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A favor de los cursos de escritura

Donde se especula sobre qué sería un curso de escritura creativa y a qué peligros se enfrenta

Gonzalo Torné 3/11/2018

<p>Creative Writing Club.</p>

Creative Writing Club.

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En el capítulo anterior se planteaban las limitaciones de las “técnicas literarias” para favorecer el despliegue de la imaginación, motor de cualquier novela que se precie; una fuerza que deja producto pero no rastro, y que cualquiera sabe cómo estimular o encaminar. 

Pero ¿se aprende algo en los cursos de escritura? Se aprende, se aprende. La manejable resonancia del anterior artículo me ha permitido charlar con una veintena de alumnos satisfechos, y aunque la muestra no sea significativa, sus argumentos son plausibles de extrapolarse: orientación, estímulo, lectura en profundidad, compartir inquietudes, conversar con escritores a los que admiran, acercarse a la industria editorial... 

Y más allá de los réditos íntimos hay algo que sí se puede enseñar (y aprender) con solvencia en los talleres de escritura creativa: fórmulas.

Creo que era Naipaul (bueno, lo sé perfectamente, era Naipaul) el primero que advirtió sobre la proliferación de novelas con el sello de la “escritura creativa”: manuscritos de unas doscientas y pico páginas donde el autor intercala descripciones, diálogos y alguna reflexión bien novelesca (la muerte, el paso del tiempo, el decaimiento del amor, la agonía del planeta...) siempre en un estilo que no presente complicaciones al ojo. El argumento suele estar pegado a la vida del autor, la comicidad bien medida, y los conflictos, aunque estruendosos (problemas con los padres, malos tratos, abandonos amorosos, holocaustos ajenos...), están tan sobados que no pueden perturbar al lector. Estos productos plastificados han inundado el mercado estadounidense y sus obedientes zocos locales. Es una fórmula que cualquiera puede asimilar sin demasiado esfuerzo, aunque si lo que de veras quiere es publicar, lo razonable sería invertir su dinero en aprender inglés y buscarse un agente en los Estados Unidos. 

Por fortuna, también existen fórmulas patrias. La más golosa, sin duda, es la “autoficción” (he estado a punto de escribir autoayuda), pues combina buenas ventas y el afecto de la crítica (en especial del sector que valora sobremanera reconocer enseguida la clase de libro que tiene en las manos). Es una fórmula sencilla (alternar vivencias con la escritura de esas mismas vivencias, recurrir a un colega de mayor prestigio para ir comentando la jugada, resolver problemas políticos en el teatrillo de la propia sentimentalidad, despliegues hipotéticos, considerar la actividad administrativa del escritor un asunto de interés narrativo...) que se puede enseñar con relativa solvencia, y que a poco que el alumno sea despierto puede producir un libro resultón, con “buenas perspectivas comerciales”. Ahora bien, nada de esto es demasiado “creativo”. Las fórmulas, una vez desentrañadas, se combinan y se aplican, pero ni inventan ni descubren nada. 

Si la creatividad no está en las técnicas ni en la disposición formularia de una serie de constantes, ¿dónde la situamos? Una pregunta sencilla para una respuesta complicada: a día de hoy diría que se trata de un ente compuesto, cuyo ingrediente principal es el “tema”. Sobre el “tema”, o mejor dicho, contra el “tema” ya di la lata en estas páginas; pero el “tema” se dice de varias maneras, y ahora no me refiero a la etiqueta reconocible de inmediato, que se comparte con otras 567 novedades del trimestre, bajo la que se pretende subsumir el contenido del libro y que te den un punto positivo por tratar asuntos “candentes”... Con “tema” intento aludir a algo sorpresivo y sencillo: la manifestación paulatina de que una novela trata de aquello que solo el autor podía contar, y que muchas veces se queda sin contar no por “falta de técnica” sino porque las instancias literarias (colegas, lectores, críticos, académicos...) no lo reconocían como asunto literario. 

El “tema creativo” (no me convence el adjetivo, pero lo empleo para distinguirlo del otro) suele ser el núcleo de las obras donde comparece, una especie de tejido conjuntivo, de tono particular, que nos abre los ojos a realidades (psicológicas, políticas, sociales...) poco frecuentadas por la literatura anterior. Como la definición nos llevaría muy lejos y no creo mucho en las definiciones, lo compenso con una lista de “temas creativos” y que el lector extraiga por sus propios medios el “aire de familia” que los vincula: el yo desarticulado por sentimientos indefinidos y pensamientos fragmentarios en Virginia Woolf; la descolonización, en Naipaul; el secreto y la confidencia, en Marías; las ficciones del enamorarse, en Iris Murdoch; los corrosivos entusiasmos del odio, en Ozick; la postergación, en Kafka; la espera y la inactividad, en Beckett; el charneguismo en Marsé; el sabotaje colectivo, en Gopegui...

Se me dirá que esto es apuntar muy alto, que no todos los alumnos son talentosos, que hay que empezar a andar antes de aprender correr; que la casa por el tejado no, hombre, no; quequi dia passa any empeny; que pasito a pasito se anda el caminito... bueno, muy bien, pero este artículo no pretende ser razonable ni proponer cursos económicamente viables, sino averiguar qué diantre podría ser un “curso de escritura creativa”; y si la cosa sale razonablemente bien, las escuelas también podrían ofrecer cursos de escritura solvente o de literatura formularia. Se los quitarían de las manos. 

A lo primero que dedicaría un curso de escritura creativa seria a tratar de localizar entre las propias vivencias aquello que el alumno ha vivido y que no reconoce como material para una novela, sencillamente porque no hay demasiados precedentes. La “vivencia” no implica para nada que el futuro libro sea “autobiográfico” (aunque podría), los desvíos de la imaginación son de lo más variados: puede tratarse de material vivido por otros, vivido por uno mismo pero proyectado en otro personaje, modulado con leves o intensas variaciones o extraído de varias vidas para formar algo así como una peripecia emblemática... Las posibilidades son casi infinitas. Ya lo decía Wallace Stevens: “Canto a las cosas como son / pero las cosas como son / en mi guitarra azul / se modifican”. 

Sé que hay escritores que se documentan y hacen esquemas previos, pero me cuesta mucho tomármelos en serio. Mi experiencia es que los descubrimientos de la escritura se hacen mientras uno escribe, de manera que preferiría que mis alumnos (¡ya estoy metido en el papel!) indagasen sobre su “tema” mientras escriben, después de una breve reflexión previa sobre qué experiencias y condiciones (que suelen ser más decisivas que las experiencias) reconocen como propias (y lo “propio” se abre aquí a lo “común”, a un “nosotros” generacional, de barrio, de género, de clase social...) y con los que la literatura todavía no ha hecho nada o muy poco. 

De lo que se trataría es de ir tanteando con la escritura estos temas “creativos”, y ya que estamos amoldándolos a las diferentes técnicas disponibles sancionadas por la tradición, a la espera de que el alumno se fabrique su propio vehículo (el segundo ingrediente de la dichosa “creatividad”, que sería mucho mejor llamar “inventiva”) para transportar su tema. 

En paralelo a estos ejercicios se establecerá un exigente programa de lecturas con tres vertientes insoslayables: a) libros con “tema creativo”; b) autores que han hecho carrera comercial amasando tópicos (Almudena Grandes es ideal), y c) malos manuscritos de otros noveles. Estas últimas lecturas son muy importantes en la medida que contribuyen a estabilizar en el imaginario del estudiante una serie de rutas por las que mejor no aventurarse, un mapa de lo inconveniente. A su debido momento el valor de este mapa sería inapreciable. 

El trabajo de los profesores (tras el primer curso pienso delegar la patente) sobre los textos consistirá no tanto en tratar de “mejorar” las muestras de escritura de sus alumnos con añadidos resultones ni maquillajes, sino en ir desprendiendo con ayuda de un bolígrafo rojo las adherencias de lugares comunes, la roña de lo consabido, y la venenosa caspa de los automatismos sentimentales. Será, y mira que lo siento, un curso “negativo” donde todo lo “positivo” deberá extraerlo el alumno de su cerebro entregado a los inevitables toboganes de entusiasmo y frustración solitaria. Sobre este particular proceso o fase de la mente creativa se ha escrito mucho y muy bueno y sería una impertinencia por mi parte sugerir un itinerario. Y mucho menos antes de que se pasen por caja.

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Autor >

Gonzalo Torné

Es escritor. Ha publicado las novelas "Hilos de sangre" (2010); "Divorcio en el aire" (2013); "Años felices" (2017) y "El corazón de la fiesta" (2020).

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3 comentario(s)

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  1. Godfor Saken

    "El lápiz del carpintero" (discurso del escritor rumano Mircea Cărtărescu al recibir el Premio Formentor de las Letras): http://wmagazin.com/relatos/el-lapiz-del-carpintero-o-el-destino-de-escritor-de-mircea-cartarescu/

    Hace 2 años 6 meses

  2. Godfor Saken

    A propósito de cursos y talleres de escritura, recomiendo la novela "A contraluz", de Rachel Cusk, en la editorial Libros del Asteroide. "Una escritora inglesa llega a Atenas en pleno verano para impartir unos cursos de escritura. Durante su estancia en la capital griega, la gente que va encontrándose decide sincerarse con ella y contarle aspectos importantes sobre sus propias vidas..." http://www.librosdelasteroide.com/-a-contraluz

    Hace 2 años 6 meses

  3. Godfor Saken

    “De veras, ¿cómo se crean los cuentos? Creo que muchos escritores se hacen esta pregunta, aunque la mayoría de ellos evitan contestarla. ¿Por qué? Quizá porque no saben la respuesta, o quizá porque temen portarse como esos médicos que en sus conversaciones con los pacientes usan solo términos latinos (ciertamente, cada vez son menos), para así llevarle ventaja al enfermo (ventaja que de todos modos tienen) y mantenerlo en una posición inferior (en la cual el paciente se halla de una manera u otra). Por eso los escritores prefieren encogerse de hombros y permitir que los lectores crean que los cuentos proliferan como las malas hierbas, y tal vez es mejor así, ya que de las reflexiones de los literatos sobre este tema se podría recopilar una voluminosa antología de insensateces”. Dubravka Ugrešić, “Zorro”.

    Hace 2 años 6 meses

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