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CRÓNICAS GONZAS

Este muletazo va por usted, maestro Padilla

Relato de la visita de Santini Rose al II Congreso Internacional Taurino de Murcia

Santini Rose 24/10/2018

<p>Plaza de Romea. </p>

Plaza de Romea. 

S.R.

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Perdóneles, Maestro Padilla. No saben lo que hacen. A estas horas, los cabrones no sabrán ni cómo se llaman. Los veo: tumbados conforme cayeron anoche, a lo ancho, en vaqueros y sudadera, los pies y la cabeza colgando, la boca a punto de abrirse para rogar al cielo una gota de agua. Pero cómo me voy a desentender, Maestro Padilla, si son mis amigos. Me refiero a que ellos no sabían de la grandeza de todo esto, Maestro. Es normal que no hayan venido. Ni siquiera yo la conocía. Y fíjese: un congreso internacional de tauromaquia después, ya estoy pensando en mi primer traje de luces. ¿Verde esperanza? ¿Blanco lipotimia? ¿Rojo pasión? ¿Cómo lo ve usted, Maestro? Ya, entiendo: torería. La torería siempre es la respuesta. ¿Oye esa música celestial? Pasodobles, Maestro. En la calle y con esta lluvia. Torería, de nuevo. Nos reclaman. ¿Que qué me parece que mientras bajamos le cuente la historia de cómo yo era un deshecho miserable, palillo ojeroso y bigotudo, que ridiculizaba La Fiesta y ahora soy un admirable prohombre bigotudo que exuda torería? Cuidado con el escalón. Me parece una idea magnífica, Maestro Padilla. Magnífica. 

Todo empezó el viernes por la mañana. Murcia estaba en alerta por gota fría y yo no había pegado ojo en toda la noche. Ya ve, Maestro: era un tunante. En la puerta del Aula Cultural de la CAM tuve un problema con la entrada. Le enseñé el código de cuadrados –moderneces, Maestro– a la azafata y va y me dice que aquello era una entrada de un concierto. 

– Coño –le digo–, tienes razón. Espera. 

Fíjese, Maestro, con qué ordinariez me dirigía yo a La Mujer, que es lo más sagrado que hay después de El Toro. Bueno, pues llegué al auditorio y me senté en la antepenúltima fila. Ole. La primera charla se llamaba, usted lo sabe, Maestro, La tauromaquia en la sociedad española del S. XXI. Vaya turra a las nueve de la mañana, pensé, estulto como era. El moderador fue Gonzalo Bienvenida, un rubenesco gentilhombre al que un rato después escuché hablando por teléfono. Dijo: “Sí, ha ido muy bien, apenas me ha temblado la voz”.Lo más interesante fue escuchar al gentilhombre Borja Cardelús, director general de la fundación del Toro de Lidia. No se lo creerá, Maestro, pero llevaba yo 26 años pensando que Lidia era una marquesa. Don Borja llamó a las cosas por su nombre. Dijo que las administraciones viven aterrorizadas por grupos ruidosos y que estos son los tiempos del Reich Animalista. A mí me dio por sudar, Maestro, no era yo hombre ni era nada. Miré a ambos lados. Buscaba una mirada cómplice. A mi izquierda había dos señores engominados con ese morro que se le pone a los hombres cuando tienen 35 en cada pata y nadie sabe si están concentrados, a punto de descansar la vista o enfadadísimos. El refugio lo encontré, cómo no, a la derecha. Maestro Padilla, es momento de presentarle a Jovencito Novillero. Jovencito Novillero tiene todo lo que a mí me faltaba a esas alturas: audacia, mirada confiada, saber estar, torería, frescura, dinamismo, odio nauseabundo a la zona de confort y carácter emprendedor. Ole. Se le veía, Maestro, se le veía. Me bastó una mirada para saber que sobre los hombros de este adolescente descansan tantos y tantos años de españolidad y torería. Mocasines granates con borla, chinos verdes por encima del tobillo, camisa Spagnolo, media melena de oro rizado. Oh, Maestro: Jovencito Novillero me miró con esos ojos azules como el mismísimo torrente sanguíneo de Fernando VII y sabe el cielo que el pecho se me hinchó de esperanza. Ahí estaba la primera piedra. No supe verlo, claro. Yo aún era zopenco perdido.

En el descanso salimos al recibidor. La cadena SER montó un chiringuito allí, imagino que sin otro propósito que el de pregonar el comunismo y la bajeza moral. Tenemos que cuidar más eso, Maestro. No podemos permitir a cualquiera entrar en La Fiesta. Al fondo había una mesa repleta de manjares. Bizcocho con chocolate. Sin chocolate. De dos chocolates. De tres. Siete chocolates. Galletas. Café. Leche. Zumo. Sabe usted que yo antes me comportaba como un auténtico cochino, Maestro, y heme aquí, sin desayunar, dispuesto a clavar mis viles zarpas en todo alimento de carácter gratuito que encontrase. El caso es que se cruzó en mi camino Asertivo Parlanchín. Mire, Maestro: este tipo se encargaba de repartir unas tarjetas en las que ponía La tauromaquia para mí es…Había que completar la frase. Entrabas en un sorteo. Como yo era un inepto, no me enteré del todo. Qué poco hombre era yo, Maestro, qué poca torería. Asertivo Parlanchín también me entregó una bolsa de papel azul. Era el Pack Tauromaquia: acreditación de congresista, clavel rojo, dos panfletos sobre la oferta hotelera en Murcia y los libros Los toros, periodismo y literatura en MurciaEmbestida, Ni al rojo ni al movimiento: la teoría del depredador y su relación con las técnicas del toreo. Lo cierto es que no veo el momento de llegar a casa para empaparme de torería. 

Oiga, pues fue colgarme la acreditación de congresista y ponerme a hacer y deshacer. La bandeja de bizcochos la dejé tiritando. Al principio opté por separarme de los corrillos, pero sentía en el cogote los ojos de Asertivo Parlanchín. Se acercaba y me preguntaba si había podido rellenar ya la tarjeta. Yo negaba y le mostraba los trozos de bizcocho, buscando empatía. Sabe el cielo que nunca llegó. Asertivo Parlanchín se alejaba y volvía al minuto. ¿Ahora? Tuve que huir a los círculos taurinos.  Me acerqué con tres galletas en cada mano. Dispuesto a todo. Asentí. Reí. Hasta solté algún chiste, ¿sabe usted? Intenté crear un símil entre el rabo de un toro y la coleta de Pablo Iglesias y la necesidad imperiosa de cercenar ambos. No sé si no fue del todo efectivo, si no lo pillaron o si es que los hombres de verdad se ríen así, como si una mosca les hubiera rozado la nariz. Las dos siguientes charlas, que podríamos guardar, si usted me lo permite, Maestro Padilla, en el cajón de la turra inmerecida, las dediqué a rellenar la tarjeta de Asertivo Parlanchín. Se lo digo, Maestro: no era yo quién escribía. Fíjese en lo que puse: La tauromaquia para mí es…Un verso de Keats, un plano de Bogart, un gol de Zidane, una canasta de Jordan, un cuadro de Picasso, la tauromaquia es todo aquello que nos convierte en algo más que animales, ¡Que nadie se engañe! ¡Un saludo! Era Dios, Maestro. Sentí lo que usted dijo que sintió cuando, en Zaragoza, le dieron un micrófono y las palabras le salían solas. Era Dios quien escribía, Maestro. No tiene una caligrafía del otro mundo, Dios, pero hay que reconocer que sabe decir las cosas. 

Estaba a punto de salir del auditorio cuando un gentilhombre, al que llamaremos El Catalán Turrero, pidió el micrófono. Verá, Maestro, El Catalán Turrero se ha pasado todo el congreso esperando a que dijeran: “Venga, última pregunta para reclamar el micrófono y decir: Hola, soy El Catalán Turrero, gran aficionado del toro, una especie en extinción en Cataluña, y más que una pregunta, me gustaría hacer una reflexión”. Los cuellos quebrados, Maestro. Los ronquidos se habrán registrado en Shangai. 

En el pasillo me crucé con Jovencito Novillero. Le saludé levantando las cejas.

– ¿Vas a lo del Romea?

– ¿Qué hay en el Romea? –qué voz, Maestro, ni José Carreras, señor mío.

– Una muestra de toreo de salón –respondí, más seguro de lo que he estado en mi vida de nada.

– ¡Papanatas! –respondió– ¿Quién quiere torear en un salón?  –chasqueó. Me clavó esos ojos que hubieran intimidado al mismísimo Islero. Claro: A mí no me quedó otra que echar a correr hacia la salida de emergencia.

En la plaza del Romea había una docena de Jovencitos Novilleros con sus capotes. Estaban sus padres, sus madres, sus hermanos, el exultante consejero Pedro Rivera, el periodista costalero y taurino Alberto Castillo y otras personas engominadas que yo, Maestro, en mi abominable ignorancia, no conozco. Una excursión de niños de primaria cruzaba la plaza. Un pelirrojo se emocionó. Preguntó: “¡Qué guapo, maestra! ¿Me puedo disfrazar de toro?”. La maestra le tiró del brazo. El espectáculo se estudiará en nuestros colegios, Maestro: cuánta torería atesoran nuestros jóvenes. Uno que se parece a Álvaro Odriozola dijo que lo bueno de ir a una escuela taurina es que, además de torero, te haces Hombre. Al exultante consejero Rivera le dolían las manos de tanto aplaudir. Entenderá, Maestro, que me puse a hacer números. Porque yo tengo que hacerme Hombre. Ya está bien, joder. Podría contar más sobre aquello, Maestro, pero le diré una sola cosa: de vuelta al auditorio, donde usted ya estaba repartiendo torería, me marqué unos muletazos. Nada serio, ya sabe que esto va lento, pero yo tengo a El Toro delante y le miro a los ojos, ¿sabe? Porque El Toro es lo más sagrado que hay.

Y nada, Maestro, que me ha puesto usted en un brete: estaba yo notando cómo me hacía hombre y, al mismo tiempo, sus palabras me emocionaban. Me he tenido que meter un dedo hasta el nervio óptico para poder justificar la humedad en el párpado. Qué bien habla usted, Maestro. Qué dicción. Qué claridad. Habrá visto que en Murcia se le quiere, ¿no? ¿La manifestación animalista en contra del congreso? Bueno, Maestro, siempre hay desalmados, pero respóndame a algo: ¿con quién estaba el exultante consejero Rivera: con nosotros o con ellos? ¿Ve?

¡Ya estamos aquí, Maestro, mire, mire! ¡Las nubes no se atreven con usted, Maestro, se han escondido! ¡Este pasodoble lleva su nombre! ¡Vamos, música, vamos! ¡Apóyese en la pared! ¡Cuidado! ¡Un capote, necesito un capote! ¡Este muletazo va por usted, Maestro Padilla! Coño, ¿no hay un capote? ¿Tanto amante de El Toro y nadie lleva un capote en el gabán? En fin, ¿me deja su americana, Maestro? Será un momento.

Autor >

Santini Rose

Santini Rose, seudónimo bajo el que escribe Santos Martínez (Fuente Librilla, 1992), es periodista. Hubo un tiempo en que las abuelas de su pueblo pensaban que tenía en sus manos el futuro, pero eso ya no lo piensa nadie. Autor del libro de relatos Mañana me largo de aquí (La marca negra ediciones).

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1 comentario(s)

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  1. Aburrido

    Curioso el epígrafe o como se llame, lo que acompaña al título de Embestida: Ni al rojo ni al Movimiento. ¿Seguro que no es un libro político?

    Hace 2 años 5 meses

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