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El fetichismo de la identidad

Podríamos pensar que la mera confrontación con el ‘otro’ sería la primera prueba de la propia identidad. Pero sería una ilusión creer que nuestra identidad esta asentada sobre una entidad única y homogénea, algo que sería nuestro y la esencia de nuestro s

Nicole Muchnik 24/10/2018

<p>Crisis de identidad.</p>

Crisis de identidad.

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En toda su obra, el griego Homero trata igual a los griegos y a los troyanos –los orientales–. De hecho, el troyano Héctor resulta más simpático que el griego Aquiles. Y también está respetado el viejo Priam, rey de Troya. Encontramos otro ejemplo en la tragedia de Esquilo, como observa Carlos García Gual, en la que el coro llora por los enemigos persas muertos. 

El extranjero no siempre ha sido despreciado, y la palabra “bárbaro” no significaba nada más que extranjero para los griegos, los romanos y luego para la primera cristiandad. 

¿Cómo se recibían y se identificaban a los que venían de otro país? Hasta ahora se han aplicado dos reglas para la integración frente a la inmigración: la filiación según el derecho del suelo jus solis –según el lugar de nacimiento– (como en Francia), opuesto al derecho de la sangre jus sanguinis, visto como único criterio de nacionalidad, como ocurre en Alemania y Reino Unido. La aplicación de este secundo criterio tiene como consecuencia el comunitarismo –basado en la homogeneidad étnica, cultural o religiosa– y no facilita o impide generalmente la integración y la mezcla social.

Enfrentados al problema de definirse frente a los “diferentes”, es cuando vemos aparecer en el siglo XVIII la Cultura como “signo de identidad”, que sería como una “esencia” pegada a los pueblos. En el siglo XIX, se amplia el concepto de cultura y abarca el del “comportamiento” de los hombres de una misma sociedad. Se deduce que esta identidad puede perder su pureza original. Y también que las sociedades pueden perder su cultura original y apropiarse de parte de otra cultura. La identidad cultural aparece entonces como una noción movediza y capaz de evolucionar en el tiempo. En el siglo XX, los sociólogos Émile Durkheim y Marcel Mauss afirman que la cultura no preexiste a los individuos sino que son los individuos en grupos los que creen un “arraigamiento social”.

Hoy, la exclusión afecta a numerosas categorías de ciudadanos: los jóvenes, las personas mayores, los disminuidos físicos y por supuesto los inmigrantes: más de 240 millones de personas viven hoy en un país distinto de su país de origen.

A nuestras sociedades atomizadas e insolidarias, les cuesta resistir la espiral egoísmo-oposición-intolerancia-xenofobia-rechazo del otro-racismo. Tanto más cuando ese otro, ese diferente, ese recién llegado, ese desarraigado, es presentado como un “no-ciudadano”, es decir, no sólo por ser distinto, sino por su carencia. Es el que no tiene, el que ya no tiene, el que ya no es... Lejos de ver en él al portador de una nueva riqueza para la comunidad, de otra cultura enriquecedora, todo nos impulsa a ver sólo en él  al desfavorecido, al que pide, lo que,  por otra parte, suele ser al principio, dado el origen dramático de la mayoría de los desplazamientos de personas en el mundo: miseria, guerra, odio racial, odio religioso, opresión.

Las diferencias culturales que están en la raíz de la situación son a menudo difíciles de comprender y pueden aparecer como amenazas. Siempre a la búsqueda de lo que puede ayudar a identificar definitivamente a un grupo respecto a otro, algunos se apoyan todavía en el concepto de “raza” –a pesar de que tal concepto no se aplica a los humanos, y que los humanos son una sola y única raza– y se refugian a veces en la idea de que su supuesta raza es superior a las demás. Para Luigi Luca Cavalli-Sforza, genetista y biólogo italiano recién fallecido, los pocos miles de años que la humanidad ha tenido para evolucionar genéticamente no pueden haber permitido la evolución de razas diferentes, más alla de pequeñas diferencias, siendo la cultura la que permite explicar mucho más las diferencias y las innovaciones. La actitud racista es “el amargo fruto de la ignorancia y del miedo que tardarán todavía en desaparecer”.

Después de dos guerras mundiales –la Segunda más impactante que la Primera desde este punto de vista– y frente a las grandes migraciones humanas como consecuencias de guerras, miserias o discriminaciones en su país de origen, acabamos de advertir de modo irreversible de que el planeta es efectivamente la “casa común” de todos los humanos y que el viejo sueño prometeico de dominio del universo que suscitó tantas guerras debería dar paso a una aspiración a la convivencia en la tierra. ¿Se opone el nuevo pensamiento planetario a la idea de nación –a la cual nos agarramos colectivamente como a un viejo cordón umbilical– tan en auge desde el siglo XX? ¿Es necesario oponer la universalidad a las patrias? Es hora de ver en el concepto de refugiado un concepto-límite, que da paso a nuevas categorías conceptuales. ¿Cómo denominar a esa masa de residentes estables no ciudadanos? 

Al fin y al cabo, ¿Qué nos distingue del ser humano que viene a “nuestra” tierra? ¿Es la idea que tenemos de nosotros mismos? ¿La que tenemos de los otros? Ante todo, deberíamos saber quienes somos. Frente a las turbulencias, los cambios rápidos y a veces dramáticos de nuestras sociedades, la cuestión de la identidad personal y de la autenticidad es ahora una de las más abiertas de la filosofía contemporánea, donde el filosofo se enfrenta a un problema a la vez lógico, metafísico, psicológico, y biológico. 

Podríamos pensar que la mera confrontación con el otro sería la primera prueba de la propia identidad. Pero sería una ilusión creer que nuestra identidad esta asentada sobre una entidad única, “fija”, homogénea, algo que sería nuestro y la esencia de nuestro ser. 

¿Que significa la identidad personalauténtica en un tiempo de globalización económica, que pretende atañer a todos cuando en realidad está creando más exclusiones económicas que nunca? ¿“Mundialización” o “repliegue identitario”? Es evidente que los dos conceptos están estrechamente relacionados. Pretendiendo interpelar a todos, es, sin embargo, cada vez más evidente que la globalización crea  más desigualdades y exclusiones económicas más profundas, tanto al nivel de Planeta como de un país.Y no se puede considerar como respuesta válida –sino más bien contraproducente y peligrosa– replegarse en una comunidad religiosa o cultural. Además, la familia, la identidad sexual, las identidades simbólica, religiosa y política, la misma profesión en un contexto de crisis del trabajo, son todas hoy mucho más frágiles o están en proceso de mutación y no son de gran ayuda para fortalecer la identidad personal. Para el filósofo Francis Wolff, “no podemos definirnos por nuestra pertenencia a una u otra comunidad porque son todas borrosas ; ni a una identidad de razas, que no existen; ni por unas identidades culturales porosas; ni  sociales, cuando las solidaridad de clase se esfuma a la hora de las reinvidicaciones múltiples”.

Antes de que se abran en Europa nuevos campos de concentración y  exterminio–campos de concentración de refugiados ya los tenemos tanto en Europa como en Estados Unidos–, tal vez sea preciso preguntarse cúal sería la situación ideal para que el argelino de París, el bosnio de Estocolmo, el nigeriano del Ampurdán, el asiático de California, el turco de Berlín, el gitano de Europa no sólo vivan humanamente en el país donde han llegado, sino que puedan desarrollar en él sus capacidades y participar de la vida común para el mayor beneficio de todos. Los debates sobre el derecho al voto de los extranjeros, la ciudadanía y el derecho de asilo son los primeros balbuceos de estas mutaciones y podrían ser una de las claves de la integración

Tal vez deberíamos pensar también en revisar la noción de estado-nación, muy útil históricamente y, sin embargo, demasiado restrictiva y casi enfermiza hoy.“¿No podríamos pensar en “una articulación de todas las patrias, familiares, regionales, nacionales, continentales para integrarlas en la gran patria terrestre?” (Edgar Morin). La patria terrestre no es una abstracción: de ella surgió la humanidad. Tal vez deberíamos cuestionar de una vez el principio de base de Estado-nación-territorio. 

El concepto de una “Planeta nómada”, al que Jacques Attali otorga una base económica, ¿no coincide acaso con el concepto de extraterritorialidad o a-territorialidad que el filósofo Giorgio Agamben opone a la “Europa de naciones” a la que nos aferramos hasta ahora? Un espacio a-territorial, en el que todos los residentes, ciudadanos y no-ciudadanos están en situación de éxodo o de refugio. El espacio señalaría, así, una “irreductible separación entre el nacimiento y la nación”.

Promover culturalmente lo nómada frente a lo sedentario, el derecho de injerencia frente al repliegue en uno mismo, la tolerancia frente a la identidad, la pluripertenencia frente a la exclusión… Un largo camino por delante.

“Sé, en este mundo de aquí abajo, como un extranjero o como un viajero que hace su camino” (Mahoma).

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Nicole Muchnick es periodista y pintora. 

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Nicole Muchnik

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2 comentario(s)

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  1. jose

    "¿Es necesario oponer la universalidad a las patrias?" Depende de qué universidades. Algunas, muchas, promueven lo que vd. critica. Los planes de estudios de dos ramas importantísimas, filosofía y economía, son una muestra patente de su unilateralidad.

    Hace 2 años 5 meses

  2. cayetano

    La cuestión radical que denota el racismo actual no es otra que económica y laboral. Los elementos identitarios sirven para establecer quiénes somos y frente a quiénes. Por eso en EE.UU. los votantes de Trump no sólo alcanzan a los descendientes de los migrantes blancos europeos, también a los migrantes latinos y afroamericanos que o son ciudadanos o tienen legalizada su situación en EE.UU. Tres cuartos de lo mismo pasa en el resto del Mundo, el rechazo actual al migrante no parte fundamentalmente de criterios supremacistas, sino que responden a criterios económicos. Los problemas de identidad... también intervienen, pero como adlateres del económico y laboral. Venía a decir Jorge Moruno en su artículo La Falacia Demográfica en Publico.es, que quienes mantienen dichas posiciones parte del Malthusianismo, dado que el migrante genera nuevas actividades económicas y empleo, transformando la realidad económica. Pero en el mismo artículo, manifestaba que la Crisis actual venía determinada por la innecesariedad de más valorización del trabajo para la reproducción sistémica ( o sea que la productividad tecnológica hacía innecesaria más aportación de trabajo humano, al menos del conocido de momento), y que debíamos proceder a repartir el trabajo, o avanzar en formulas de relación social que no tengan al trabajo como eje. De forma que Jorge Moruno, en el mismo artículo nos planteaba que actualmente la reproducción del sistema no requería más valorización del trabajo (hoy en la composición del valor gana terrreno la comercialización -distinta a la distribución- muy vinculada al big data) y que el migrante podría generar nueva actividad económica, entrando así en una contradicción sobre la dinámica del período actual. Pues si bien, la crítica a Malthusse es correcta históricamente, y hoy también lo es por como se supera la escasez vía invenciones tecnológicas, respecto del trabajo más bien estamos en un período que ha recobrado vigencia (no sabemos por cuanto tiempo) la Ley de la Tendencia Decreciente de la Tasa de Ganancia marxista. Por no dilatarnos en la última cuestión, el rechazo al migrante de hoy se funda principalmente en razones económicas y laborales, sobre todo para las clases populares. Lo que no niega la zozobra identitaria cuando estamos asistiendo a una Crisis Económica, en el marco de cambios en el relieve humano, que se manifiestan en la pugna de una nueva mentalidad y cultura en pugna con la anterior, representada en el empuje de nuevas generaciones ante otras ya socializadas en la cultura precedente, generaciones que se sienten angustiadas ante el cambio de la normalidad, de la mentalidad, sintiéndose extraños en su cotidianidad. Esta nueva cultura se apoya no sólo en una realidad social diferenciada, que ante la catarsis de la Crisis económica, ha dado vigor a las luchas de género, en cuyo marco cobran fuerza también las luchas contra la discriminación de todas las orientaciones sexuales, o de las discriminaciones raciales... Sino que también es efecto de una revolución en las relaciones sociales operada por las redes sociales, con sus efectos positivos y perniciosos, pero que modifican la realidad social y sus relaciones, luego también los contenidos de dicha relación. Y en la crisis de subsistencia material obrada por la involución social actual, que precariza a las clases populares, y mengua a las clases medias engrosando las populares, dicho sentimiento de zozobra identitaria abona el terreno para culpabilizar al extraño. Pero comprender que la base actual del rechazo al migrante no es supremacista, sino económica y laboral, por mucho que dicho argumento pueda encubrir a auténticos racistas, es situarnos ante las preguntas correctas a contestar. Un cordial saludo.

    Hace 2 años 5 meses

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