1. Número 1 · Enero 2015

  2. Número 2 · Enero 2015

  3. Número 3 · Enero 2015

  4. Número 4 · Febrero 2015

  5. Número 5 · Febrero 2015

  6. Número 6 · Febrero 2015

  7. Número 7 · Febrero 2015

  8. Número 8 · Marzo 2015

  9. Número 9 · Marzo 2015

  10. Número 10 · Marzo 2015

  11. Número 11 · Marzo 2015

  12. Número 12 · Abril 2015

  13. Número 13 · Abril 2015

  14. Número 14 · Abril 2015

  15. Número 15 · Abril 2015

  16. Número 16 · Mayo 2015

  17. Número 17 · Mayo 2015

  18. Número 18 · Mayo 2015

  19. Número 19 · Mayo 2015

  20. Número 20 · Junio 2015

  21. Número 21 · Junio 2015

  22. Número 22 · Junio 2015

  23. Número 23 · Junio 2015

  24. Número 24 · Julio 2015

  25. Número 25 · Julio 2015

  26. Número 26 · Julio 2015

  27. Número 27 · Julio 2015

  28. Número 28 · Septiembre 2015

  29. Número 29 · Septiembre 2015

  30. Número 30 · Septiembre 2015

  31. Número 31 · Septiembre 2015

  32. Número 32 · Septiembre 2015

  33. Número 33 · Octubre 2015

  34. Número 34 · Octubre 2015

  35. Número 35 · Octubre 2015

  36. Número 36 · Octubre 2015

  37. Número 37 · Noviembre 2015

  38. Número 38 · Noviembre 2015

  39. Número 39 · Noviembre 2015

  40. Número 40 · Noviembre 2015

  41. Número 41 · Diciembre 2015

  42. Número 42 · Diciembre 2015

  43. Número 43 · Diciembre 2015

  44. Número 44 · Diciembre 2015

  45. Número 45 · Diciembre 2015

  46. Número 46 · Enero 2016

  47. Número 47 · Enero 2016

  48. Número 48 · Enero 2016

  49. Número 49 · Enero 2016

  50. Número 50 · Febrero 2016

  51. Número 51 · Febrero 2016

  52. Número 52 · Febrero 2016

  53. Número 53 · Febrero 2016

  54. Número 54 · Marzo 2016

  55. Número 55 · Marzo 2016

  56. Número 56 · Marzo 2016

  57. Número 57 · Marzo 2016

  58. Número 58 · Marzo 2016

  59. Número 59 · Abril 2016

  60. Número 60 · Abril 2016

  61. Número 61 · Abril 2016

  62. Número 62 · Abril 2016

  63. Número 63 · Mayo 2016

  64. Número 64 · Mayo 2016

  65. Número 65 · Mayo 2016

  66. Número 66 · Mayo 2016

  67. Número 67 · Junio 2016

  68. Número 68 · Junio 2016

  69. Número 69 · Junio 2016

  70. Número 70 · Junio 2016

  71. Número 71 · Junio 2016

  72. Número 72 · Julio 2016

  73. Número 73 · Julio 2016

  74. Número 74 · Julio 2016

  75. Número 75 · Julio 2016

  76. Número 76 · Agosto 2016

  77. Número 77 · Agosto 2016

  78. Número 78 · Agosto 2016

  79. Número 79 · Agosto 2016

  80. Número 80 · Agosto 2016

  81. Número 81 · Septiembre 2016

  82. Número 82 · Septiembre 2016

  83. Número 83 · Septiembre 2016

  84. Número 84 · Septiembre 2016

  85. Número 85 · Octubre 2016

  86. Número 86 · Octubre 2016

  87. Número 87 · Octubre 2016

  88. Número 88 · Octubre 2016

  89. Número 89 · Noviembre 2016

  90. Número 90 · Noviembre 2016

  91. Número 91 · Noviembre 2016

  92. Número 92 · Noviembre 2016

  93. Número 93 · Noviembre 2016

  94. Número 94 · Diciembre 2016

  95. Número 95 · Diciembre 2016

  96. Número 96 · Diciembre 2016

  97. Número 97 · Diciembre 2016

  98. Número 98 · Enero 2017

  99. Número 99 · Enero 2017

  100. Número 100 · Enero 2017

  101. Número 101 · Enero 2017

  102. Número 102 · Febrero 2017

  103. Número 103 · Febrero 2017

  104. Número 104 · Febrero 2017

  105. Número 105 · Febrero 2017

  106. Número 106 · Marzo 2017

  107. Número 107 · Marzo 2017

  108. Número 108 · Marzo 2017

  109. Número 109 · Marzo 2017

  110. Número 110 · Marzo 2017

  111. Número 111 · Abril 2017

  112. Número 112 · Abril 2017

  113. Número 113 · Abril 2017

  114. Número 114 · Abril 2017

  115. Número 115 · Mayo 2017

  116. Número 116 · Mayo 2017

  117. Número 117 · Mayo 2017

  118. Número 118 · Mayo 2017

  119. Número 119 · Mayo 2017

  120. Número 120 · Junio 2017

  121. Número 121 · Junio 2017

  122. Número 122 · Junio 2017

  123. Número 123 · Junio 2017

  124. Número 124 · Julio 2017

  125. Número 125 · Julio 2017

  126. Número 126 · Julio 2017

  127. Número 127 · Julio 2017

  128. Número 128 · Agosto 2017

  129. Número 129 · Agosto 2017

  130. Número 130 · Agosto 2017

  131. Número 131 · Agosto 2017

  132. Número 132 · Agosto 2017

  133. Número 133 · Septiembre 2017

  134. Número 134 · Septiembre 2017

  135. Número 135 · Septiembre 2017

  136. Número 136 · Septiembre 2017

  137. Número 137 · Octubre 2017

  138. Número 138 · Octubre 2017

  139. Número 139 · Octubre 2017

  140. Número 140 · Octubre 2017

  141. Número 141 · Noviembre 2017

  142. Número 142 · Noviembre 2017

  143. Número 143 · Noviembre 2017

  144. Número 144 · Noviembre 2017

  145. Número 145 · Noviembre 2017

  146. Número 146 · Diciembre 2017

  147. Número 147 · Diciembre 2017

  148. Número 148 · Diciembre 2017

  149. Número 149 · Diciembre 2017

  150. Número 150 · Enero 2018

  151. Número 151 · Enero 2018

  152. Número 152 · Enero 2018

  153. Número 153 · Enero 2018

  154. Número 154 · Enero 2018

  155. Número 155 · Febrero 2018

  156. Número 156 · Febrero 2018

  157. Número 157 · Febrero 2018

  158. Número 158 · Febrero 2018

  159. Número 159 · Marzo 2018

  160. Número 160 · Marzo 2018

  161. Número 161 · Marzo 2018

  162. Número 162 · Marzo 2018

  163. Número 163 · Abril 2018

  164. Número 164 · Abril 2018

  165. Número 165 · Abril 2018

  166. Número 166 · Abril 2018

  167. Número 167 · Mayo 2018

  168. Número 168 · Mayo 2018

  169. Número 169 · Mayo 2018

  170. Número 170 · Mayo 2018

  171. Número 171 · Mayo 2018

  172. Número 172 · Junio 2018

  173. Número 173 · Junio 2018

  174. Número 174 · Junio 2018

  175. Número 175 · Junio 2018

  176. Número 176 · Julio 2018

  177. Número 177 · Julio 2018

  178. Número 178 · Julio 2018

  179. Número 179 · Julio 2018

  180. Número 180 · Agosto 2018

  181. Número 181 · Agosto 2018

  182. Número 182 · Agosto 2018

  183. Número 183 · Agosto 2018

  184. Número 184 · Agosto 2018

  185. Número 185 · Septiembre 2018

  186. Número 186 · Septiembre 2018

  187. Número 187 · Septiembre 2018

  188. Número 188 · Septiembre 2018

  189. Número 189 · Octubre 2018

  190. Número 190 · Octubre 2018

  191. Número 191 · Octubre 2018

  192. Número 192 · Octubre 2018

  193. Número 193 · Octubre 2018

  194. Número 194 · Noviembre 2018

  195. Número 195 · Noviembre 2018

  196. Número 196 · Noviembre 2018

  197. Número 197 · Noviembre 2018

  198. Número 198 · Diciembre 2018

  199. Número 199 · Diciembre 2018

  200. Número 200 · Diciembre 2018

  201. Número 201 · Diciembre 2018

  202. Número 202 · Enero 2019

  203. Número 203 · Enero 2019

  204. Número 204 · Enero 2019

  205. Número 205 · Enero 2019

  206. Número 206 · Enero 2019

  207. Número 207 · Febrero 2019

  208. Número 208 · Febrero 2019

  209. Número 209 · Febrero 2019

  210. Número 210 · Febrero 2019

  211. Número 211 · Marzo 2019

  212. Número 212 · Marzo 2019

  213. Número 213 · Marzo 2019

  214. Número 214 · Marzo 2019

  215. Número 215 · Abril 2019

  216. Número 216 · Abril 2019

  217. Número 217 · Abril 2019

  218. Número 218 · Abril 2019

  219. Número 219 · Mayo 2019

  220. Número 220 · Mayo 2019

  221. Número 221 · Mayo 2019

  222. Número 222 · Mayo 2019

  223. Número 223 · Mayo 2019

  224. Número 224 · Junio 2019

  225. Número 225 · Junio 2019

  226. Número 226 · Junio 2019

  227. Número 227 · Junio 2019

  228. Número 228 · Julio 2019

  229. Número 229 · Julio 2019

  230. Número 230 · Julio 2019

  231. Número 231 · Julio 2019

  232. Número 232 · Julio 2019

  233. Número 233 · Agosto 2019

  234. Número 234 · Agosto 2019

  235. Número 235 · Agosto 2019

  236. Número 236 · Agosto 2019

  237. Número 237 · Septiembre 2019

  238. Número 238 · Septiembre 2019

  239. Número 239 · Septiembre 2019

  240. Número 240 · Septiembre 2019

  241. Número 241 · Octubre 2019

  242. Número 242 · Octubre 2019

  243. Número 243 · Octubre 2019

  244. Número 244 · Octubre 2019

  245. Número 245 · Octubre 2019

  246. Número 246 · Noviembre 2019

  247. Número 247 · Noviembre 2019

  248. Número 248 · Noviembre 2019

  249. Número 249 · Noviembre 2019

  250. Número 250 · Diciembre 2019

  251. Número 251 · Diciembre 2019

  252. Número 252 · Diciembre 2019

  253. Número 253 · Diciembre 2019

  254. Número 254 · Enero 2020

  255. Número 255 · Enero 2020

  256. Número 256 · Enero 2020

  257. Número 257 · Febrero 2020

  258. Número 258 · Marzo 2020

  259. Número 259 · Abril 2020

  260. Número 260 · Mayo 2020

  261. Número 261 · Junio 2020

  262. Número 262 · Julio 2020

  263. Número 263 · Agosto 2020

  264. Número 264 · Septiembre 2020

  265. Número 265 · Octubre 2020

  266. Número 266 · Noviembre 2020

  267. Número 267 · Diciembre 2020

  268. Número 268 · Enero 2021

  269. Número 269 · Febrero 2021

  270. Número 270 · Marzo 2021

  271. Número 271 · Abril 2021

CTXT necesita 15.000 socias/os para seguir creciendo. Suscríbete a CTXT

VIAJES Y FICCIONES

India: el corazón circular del bosque

Dicen los que saben que India es, sobre todo, una oportunidad para viajar al fondo de uno mismo

Miguel Ángel Ortega Lucas 24/10/2018

<p>Camino de la pira en Benarés.</p>

Camino de la pira en Benarés.

M.Á.O.L.

A diferencia de otros medios, en CTXT mantenemos todos nuestros artículos en abierto. Nuestra apuesta es recuperar el espíritu de la prensa independiente: ser un servicio público. Si puedes permitirte pagar 4 euros al mes, apoya a CTXT. ¡Suscríbete!

CTXT organiza las I Jornadas Feministas en Zaragoza el 8 y 9 noviembre. Durante dos días, más de 40 ponentes debatirán para cambiar el mundo desde el feminismo. Puedes mandar tu idea a jornadasctxt@gmail.com. Si quieres contribuir a nuestra libertad y nuestra salud, dona aquí:

India es un secreto. Y no te lo va a contar nadie. 

Nadie puede. Primero, porque no hay sólo uno: cada cual lleva y trae consigo el suyo. Segundo, porque no se deja traducir al idioma habitual. Resulta, intentar contarlo, algo así como trasladar agua con el cuenco de las manos al cuenco de otras manos distintas: se escurre, se pierde casi todo sin remedio; se acaba por no dar, no decir nada –“...Que muy bien, señora; que un viaje muy bonito, muy intensito...”. 

Dicen, los que parecen saber, que India es una maestra. Hablan de ella así, como si fuera un ente vivo: una suerte de espíritu que fuera una tierra que fuera una atmósfera; una placenta que sintiera y respirase. (La atmósfera parece exactamente eso para el foráneo, el europeo al menos, al aterrizar en Delhi: una placenta de humedad y temperatura vecina del magma terrestre, o primeras plantas del infierno)... Ah: el infierno. Dicen, los que al parecer saben más que nosotros, dicen que India contiene tanta luz como oscuridad. Tanta cosa bonita como intensita, si quieren. Dicen que, de una u otra forma, la maestra chamana India te tocará: soplará en tu rostro su aliento de niebla, y mutará en un túnel de espejos deformantes que reflejará lo mejor y lo peor de ti. Te lo extirpará, como un vómito. Muchas veces, literalmente. 

Dicen los que saben que, si te da la gana, India es una oportunidad para viajar a ti y saber qué sucede ahí dentro realmente. Si estás dispuesto; si eres de los que no les importa darse una vuelta de vez en cuando por el corazón de las tinieblas...: “No te permite escapar. India te enfrenta con todos tus conflictos, toda tu porquería. Es lo que te permite crecer”. 

El hombre que habla no quiere decir su nombre: dice que no tiene. O no quiere tenerlo hoy. Es latinoamericano, acento del Cono Sur. El pelo largo, grisáceo ya; los ojos cobalto; la barba rala. Habla con la calma estoica de un monje medieval –de los de El nombre de la rosa–, pero si le miras de reojo se asemeja a un león oteando la espesura. Le llamaremos el hombre del bosque. Porque ahí nos habla, a la sombra de un árbol del bosque (gigantesco) que arropa a la montaña de Arumchala, en Tiruvanamalai, sur de India. Lo hemos encontrado como se encuentra todo aquí: en el momento en que parecía decirlo el reloj. Lo hemos encontrado en un momento especialmente intensito de agotamiento mental; no por haber subido y bajado la montaña, sino por cosas que quizá vienen de antes, de mucho antes de todo... “India es así. Si te lo permites, un proceso de depuración de tu basura interna. Así que lo mejor es que lo aproveches y no juegues a hacerte el fuerte”.   

Cima del monte de Arumchala, Tiruvanamalai.

Cima del monte de Arumchala, Tiruvanamalai.

El hombre del bosque explica a su modo, al sentarnos ahí a descansar –y como si leyera la mente–, que India está diseñada como una especie de acelerador de partículas, de modo que todo lo que traigas de tu casa se disparará; lo que no podía emerger, estallará; lo que no querías ver te sacará la lengua como un payaso siniestro en las narices.

India es bellísima, sucísima, decadente e inmemorial. Como algo invencible a punto siempre de derrumbarse. Pero no se derrumba nunca. Recordaba el maestro Paramahansa Yogananda en su clásico Autobiografía de un yogui [long-seller planetario desde su publicación en 1946] que, al menos hasta el siglo XVIII, era considerada la nación más próspera del mundo. En la Biblia se cuenta cómo fueron llevados desde allí al rey Salomón “oro y plata, marfil y monos”, “árboles de sándalo y piedras preciosas”. El comercio con ella desde occidente data de la Grecia clásica y Roma. Cuando Colón se topó con lo que luego llamaron América, lo que buscaba era eso, “las Indias”. Fue admirada por los árabes (los números que usamos hoy, arábigos, los trajeron de allí), y sólo cayó bajo dominación extranjera en el siglo XVI, con los turcos. Tras miles de años, sólo ese choque produjo que el sólido andamiaje de orfebrería en que se sustentó se debilitara lentamente, hasta caer en manos inglesas.

“India ha respondido en la forma más meritoria de entre todos los pueblos al desafío del tiempo”, escribió Yogananda. “Extintos se hallan los imperios diestros en el arte de la guerra que fueron sus contemporáneos, tales como el antiguo Egipto, Babilonia...”. Pero “pocos historiadores han reparado en el hecho de que su supervivencia no es un mero accidente, sino el resultado lógico de su devoción a las verdades eternas”. Se refería a esto: “Durante la Primera Guerra Mundial, un grupo de jóvenes de la universidad me propusieron que dirigiera un movimiento revolucionario. ‘Matar a nuestros hermanos ingleses no aportará beneficio alguno a nuestra nación –respondí, declinando la oferta–. India no obtendrá la libertad por medio de las armas, sino a través del poder espiritual’”. 

Sin pegar un solo tiro, el movimiento no violento de Mahatma Gandhi (mahatma: ‘gran alma’) logró la independencia de los ingleses en 1949. Veinticuatro siglos antes, Alejandro Magno, que quiso el mundo, se había rendido allí: nunca pudo conquistarla del todo. 

La India actual es en su mayoría pobre, mísera; también alegre, imprevisible y escandalosa. Hay hombres tirados en plena calle, en la ciudad, que quizá tengan dónde ir, pero simplemente les dio sueño y ahí se echaron, a hacer la siesta, entre la gente que pasa y las moscas y el calor y los olores triunfales de los puestos de comida, la basura, los animales, la contaminación, la humanidad bullente e interminable. Hay ruido por todas partes, coches pitando siemprepor todas partes, gente que quiere venderte algo por todas partes al ver que eres blanquito, y niñas que no levantan dos palmos del suelo pidiéndote rupias con ojos de mil años de cansancio. Hay vacas por la calle, monos por los tejados (monos cleptómanos que saben abrir ventanas), mierda casi por doquier. Las duchas no tienen cortinas o frontera alguna entre el grifo y el resto del cuarto de baño (al que habrá que entrar en piragua), las sábanas tendrán manchas en casi cualquier alojamiento, el agua (ergo el hielo) es más peligrosa que la kriptonita; un indio al volante, más que un consejo de ministros. La distancia por carretera entre dos puntos siempre será la más larga posible. 

También sonríe todo el mundo, miran a los ojos, saludan: la gente está para el otro. Mucho más fácil sentirse solo en cualquier ciudad de por aquí, donde alguien puede agonizar a gritos sin que el resto aparte la mirada del móvil.  

Este país, o continente, es, por supuesto, como cualquier cosa de este mundo: lo que cada cual ve, siente, vive en él. De modo que el que busca hacerse un selfie en el Taj-Majal, comprarse un sari, ponerse un puntito hindú en el entrecejo y reportarlo al orbe por internet, hará eso, vivirá eso. Existe también, en paralelo a ésa y las demás, una India común a cierta especie concreta: la de quienes buscan algo más allá.

 

Ese algo suele tener que ver con la herida (secreta): la de todo el mundo; cada cual la suya. Lo llevan escrito en la cara casi todos –o casi todos con pinta occidental– que buscan refugio, por ejemplo, en el ashramde Ramana Maharshi, ahí en Tiruvanamalai. En su templo, al que acuden cientos cada día sólo por respirar la paz, el silencio goteante entre los ídolos, hay quien da vueltas circulares en torno al altar como quien sube la escalera en espiral de su propia confusión, de su pérdida: la religión, aquí, es la que re-ligalos jirones en harapos de uno mismo. Tiruvanamalai es de los lugares más luminosos de India, en la India profunda; centro de peregrinaje, si hay occidentales no son turistas sino viajeros. Ahí está también el ashramdel renunciante, encumbrado en gurú popular, Yogiramsuratkumar. Las historias sobre él, milagros reales o leyendas, como ustedes quieran, tienen que ver con su nombre: invocar su mantra sería pedir ayuda automática para cualquier cosa. 

Pero esta India de la que hablo no consiste, aunque pueda parecerlo, en abrazar una fe, una creencia; consiste en poner flores en el altar íntimo de la fe propia, restaurarla; en merecer de nuevo el suelo que uno pisa... Y en despedirse de lo que ya noes

Tiruvanamalai posee un centinela de 800 metros de altura: la montaña de Arumchala. Es un lugar físico pero también, para los autóctonos, la deidad misma de Shiva: en el hinduismo, la máscara destructiva de Dios, junto con la de la creación (Brahma) y la conservación (Vishnu); los tres fenómenos en que consiste esta realidad espacio-temporal. Una vez al año, en el mes tamil de Karthigai (noviembre-diciembre), un cónclave se reúne en su cima para prender una pira que arde toda la noche; de ahí el suelo liso y calcinado que encontramos al llegar, tras largas horas de ascenso entre piedras, vegetación y laderas escarpadas. El rito es símbolo, metáfora de una verdad universal (eterna): el fuego transmuta todo lo viejo para dejar sitio a lo nuevo; en la destrucción se anuncia ya la creación futura; en el corazón de todo final late ya el embrión de lo por venir, del mundo nuevo que ha de fundarse tras la disolución del antiguo. Como la retracción del cosmos previa al Big Bang. Como el agua evaporándose para hacerse lluvia para volver al agua. Como el amor que se termina. 

Por eso, la labor (dificilísima) que a todos nos toca es dejar ir lo que tiene ya que irse, manque duela (y duele; duele). “El aferramiento es ignorancia”, dice el hombre del bosque, después de relatar la historia de Arumchala y su fuego, después de que bajáramos de allí. Es ignoranciaporque, para empezar, pretendemos ignorar continuamente la ley eterna por la cual todo perece en este mundo: la ancestral resistencia al cambio del ser humano. Aferrarte a un trabajo que ya no toca, a una casa que sólo te hace la puñeta, a una persona que ya debe seguir su camino sin ti; a la idea (caduca, que ya huele) que quieres seguir teniendo sobre ti o lo que te rodea. El miedo. En el fondo –explica el hombre del bosque–, se trata de miedo al cambio, “y el miedo al cambio es miedo a morir”. Pero para vivir de verdad, resucitar en lo siguiente que nos toque, hay que estar dispuesto a morir. Y lo muerto debe arder. Hasta las cenizas. 

En los bosques que circundan Arumchala –así como en toda India– pueden encontrarse hombres apenas vestidos con una túnica: son los llamados sadhus, ascetas,renunciantes. Porque renunciaron a casi todo apego material. Viven del camino, de lo que la gente les da, a cambio de una bendición o de nada en absoluto. No tienen nada; sólo lo que llevan puesto. Sonríen invariablemente. Y les brillan los ojos como si los cruzara un cometa ardiéndoles ahí dentro.  

También existe en India la orden monástica de los swamis [en sánscrito, aquel que es uno con su propio ser]:orden antiquísima, su “ideal de servicio desinteresado a toda la humanidad” –cuenta Paramahansa Y.– “y de renunciación a lazos y ambiciones personales, conduce a la mayoría a tomar parte en obras humanitarias y educativas”. También profesan el desapego a las posesiones de cualquier índole; no por desprecio a lo mundano, sino por suponer generalmente obstáculos hacia la liberación personal. Visten túnicas ocres, color fuego: para recordarles que todo lo tangible perece en las llamas del tiempo, y que aferrarse a lo perecedero es una de las principales causas de sufrimiento en este mundo. 

En Benarés, o Varanasi (noreste de India), el aire mismo parece fuego también, a veces. Es el calor de la propia atmósfera pero también cierta cortina de lodo que puede sentirse, en ocasiones, según la época del año o la densidad ambiental. 

Benarés es una suerte de sucursal del Hades en la tierra; la aduana preferida (sagrada y diabólica) para que las almas partan al otro lado. Los hindúes prefieren morir aquí. Se diría que lo celebran, los grupos de hombres o muchachos que atraviesan las callejas estrechísimas con un cadáver a los hombros, envuelto en telas hermosas sobre una camilla de bambú, lanzando admoniciones que parecen vibrar entre el júbilo y la furia (Dejad paso a este muerto, parecen decir; dejad paso a este cuerpo camino de su honor último). Van, como si portaran un trofeo, camino de una pira funeraria a las orillas del Ganges. A cualquiera de las que se extienden junto a las escalinatas de la orilla, o ghats. Allí, el cuerpo será incinerado y empujado después a las aguas del río –putrefactas o sagradas; o las dos cosas–, rumbo al siguiente puerto del samsara, o rueda de las reencarnaciones.

“Cuando vengo a India, vengo dispuesto a morir” –emergen en el recuerdo las palabras del hombre del bosque, al presenciar la incineración de un cuerpo, junto al río–. Cobran un significado nuevo si se piensa en lo que decíamos antes, la muerte simbólica: cuando algo se acaba, es nuestro cadáver el que nos quedamos velando en realidad; el de aquello que fuimos, y ya no somos. Somos nosotros, en realidad, los que debemos dejarnos morir; estar dispuestos a arder en la pira que despide el final de los finales. Benarés puede ser un infierno porque nos recuerda el propio, el que va con nosotros; la linde última que debemos conquistar, según los Vedas y cualquier tradición milenaria, para llegar a ser dueños de lo único que realmente podemos conquistar en este mundo. 

Paramahansa Yogananda recoge en su libro cierta historia sobre la incursión de Alejandro Magno en India: éste experimentó un “profundo interés” en su filosofía ancestral. Se cuenta que, intrigado por la sabiduría de un gran renunciante de Taxila, Dandamis, Alejandro le envió a alguien con el siguiente mensaje: “Si vais con él, os colmará de regalos, pero si rehusáis, os cortará la cabeza”. Dandamis, explicando muy tranquilo que, por más que le cortara la cabeza, Alejandro “no podría destruir mi alma”, respondió: “No deseo nada de lo que posee Alejandro, pues estoy contento con lo que tengo, en tanto a él lo veo errante con sus hombres, a través de los mares y las tierras, y sin ningún beneficio... ¿Cómo puede Alejandro ser amo del mundo, si no ha conseguido instalarse en el trono universal del dominio interior? Ni ha entrado vivotodavía en el Hades, ni conoce el curso del sol a través de las regiones de la Tierra... Si sus actuales dominios no bastan para satisfacer sus deseos, dejadle cruzar el río Ganges; ahí encontrará una región capaz de proporcionar sustento a todos sus hombres... Lo que me ofrece es por entero inútil”. 

“Ni Alejandro ni ninguno de su generales cruzaron jamás el Ganges”, apunta Yogananda. “Encontrándose con una decidida resistencia en el Noroeste, el ejército macedonio rehuyó penetrar más lejos; Alejandro se vio obligado a continuar sus conquistas en Persia”.

Alejandro nunca cruzó literalmente el Ganges; pero tampoco, presumiblemente, cruzó vivo el Ganges de su infierno interior, que es a lo que se refería con guasona malicia el sabio Dandamis: estar dispuesto a abandonar su conquista (interminablemente inútil) del mundo material, que jamás apagaría su sed, y enfrentarse a sí mismo: que Alejandro estuviera dispuesto a dejar morir a Alejandro Magno. 

(En las orillas del Ganges, mientras arde para siempre un muerto anónimo, pueden oírse en la pira interior de uno mismo, mientras arde el cadáver de uno mismo, palabras como: Donde quiera que estés, que seas feliz.)   

Un mandala –círculo, en sánscrito– es una alegoría de la creación universal en muchas civilizaciones. También es una obra de arte en el budismo; una filigrana hecha con gramos de arena coloreados, con paciencia y atención exquisitas, de belleza irrepetible. Una obra que es también rito, símbolo: construirla es meditar: atención plena, exquisita, en lo que se está llevando a cabo... casi vistiéndose de gala para su propia aniquilación. Como el solitario que hace el anciano con los naipes, como el castillo de arena de los niños en la orilla, los monjes tibetanos crean el mandala como si les fuera la vida en ello; para, una vez culminada la obra, destruirla. Justo en el momento de mayor esplendor, soltarla, decir adiós. 

McLeod Ganj, en la región de Dharamsala, al norte del norte, en las laderas del Himalaya, es conocida como “la pequeña Lhasa” por acoger a la mayor comunidad tibetana en el exilio, desde que el décimo cuarto Dalai Lama, Tenzin Gyatso, fuera autorizado por India a establecerse allí en 1960, tras la invasión y secuestro del Tíbet por parte de China. Se trata de una usurpación que dura hasta hoy, con la aparente indiferencia (clamorosa) de la comunidad internacional. [En las proximidades del recinto del Lama –residencia donde muchos jóvenes reciben su iniciación– pueden verse retratos de monjes quemados a lo bonzo a lo largo de décadas como protesta por la situación de su pueblo. Se recuerda asimismo el secuestro del décimo primer Panchen Lama –llamado a ser la segunda autoridad budista– y de sus padres en 1989: también por el Gobierno chino. Y hasta la fecha.] En McLeod Ganj se respira montaña pura. Hay puestos de artesanos en casi cada calle, de tibetanos artesanos que, si te preguntan cómo estás, no es retórica: te preguntan en serio. También existe aquí el que quizás sea el mejor restaurante del mundo: Shangri-La.   

Monja budista en el sendero de la kora, McLeod Ganj.

Monja budista en el sendero de la kora, McLeod Ganj.

La kora es el sendero, también circular, que rodea el recinto del Dalai Lama, a través del bosque. Todo es bosque en Dharamsala. Todo verde y niebla; niebla y águila meditando ahí a lo lejos; todo silencio aquí, en este bosque, como un caballo azul cruzando la niebla (los banderines colgados aquí y allá se llaman lung ta, ‘caballos del viento’: llevan las bendiciones adonde uno desee enviarlas). Es un recorrido que se hace en el sentido de las agujas del reloj y que conviene hacerse solo, que conviene hacerse en silencio; como una meditación. Hay, aquí y allá, enormes rodillos de oración que hacer girar al paso, con un mantra escrito millones de veces (millones) en su interior: Om mani padme hum. El código de la purificación.  

También suelen encontrarse monjes en este camino circular de la kora. Me he sentado en uno de los bancos, respirando el silencio, y lo mismo ha hecho una monja budista –la veo ahora– en otro banco más allá: por la decrepitud del rostro, entrevisto de perfil, como un pergamino pálido con ojos, podría tener cien, podría tener doscientos años.

Otro monje anciano emerge por el camino, a la izquierda. Anda muy despacio; cojo, con bastón. Muy despacio, llega casi a hasta esta altura; como si llevara andando siglos. Se ha detenido: ha visto algo en el suelo. Se agacha lentamente, y con cuidado extremo, exquisito, sin soltar el bastón, recoge del suelo a una polilla. Malherida, pero viva aún. Entonces, el monje la arropa entre las manos, haciendo un cuenco, y se acerca el cuenco hasta la boca. Con los ojos cerrados, como si entonara una canción de cuna –como si la hubiera estado buscando siglos, esperándola siglos, a la polilla; como si la polilla fuera un hada de este bosque–, el monje lanza un mantra a la gruta de las manos, al oído de la polilla. Al cabo, abre las manos, lanza al viento a la polilla, y la polilla se pierde de nuevo en el bosque, la niebla, el silencio. 

El monje avanza entonces algunos pasos más y se sienta en este mismo banco, muy despacio, a descansar. No dice nada. Sólo me mira y sonríe; sonríe mucho, con la cara, los ojos, los siglos. Me sonríe desde siglos de distancia, el monje anciano del sendero: como diciéndome en silencio que todo está bien. Que todo está bien así. 

Autor >

Miguel Ángel Ortega Lucas

Escriba. Nómada. Experto aprendiz. Si no le gustan mis prejuicios, tengo otros en La vela y el vendaval (diario impúdico) y Pocavergüenza.

Suscríbete a CTXT

Orgullosas
de llegar tarde
a las últimas noticias

Gracias a tu suscripción podemos ejercer un periodismo público y en libertad.
¿Quieres suscribirte a CTXT por solo 6 euros al mes? Pulsa aquí

Artículos relacionados >

4 comentario(s)

¿Quieres decir algo? + Déjanos un comentario

  1. luis

    (Reseña y dos primeros capítulos) https://books.google.es/books/about/El_club_de_los_suicidas.html?id=qK2LDwAAQBAJ&redir_esc=y ............................................................................................................................... https://meencantaleer.es/el-club-de-los-suicidas-luis-mendez/

    Hace 1 año 9 meses

  2. Godfor Saken

    “And so, the real treasure, the treasure that brings our wretchedness and our ordeals to and end, is never far away. We must never go looking for it in distant lands, for it lies buried in the most secret recesses of our own house; in other words, or our own being. It is behind the stove, the life- and heat giving center that governs our existence, the heart of our hearth, if only we know how to dig for it. But then there is the strange and constant fact that it is only after a pious journey to a distant region, in a strange land, a new country, that the meaning of the inner voice guiding our search can be revealed to us. And added to that strange and constant fact there is another: that the person who reveals the meaning of our mysterious inner voyage to us must himself be a stranger, of another faith and another race”. Heinrich Zimmer.

    Hace 2 años 3 meses

  3. Godfor Saken

    Recomiendo el cómic "Advaita", de Iván Sende, "el relato de una búsqueda en la que el autor relata en primera persona las vicisitudes del doble viaje que él mismo realizó en una etapa crucial de su vida: sus viajes por la India y el viaje interior en busca de sí mismo": http://www.diaboloediciones.com/advaita/

    Hace 2 años 3 meses

  4. Godfor Saken

    Maravilloso texto. Gracias.

    Hace 2 años 3 meses

Deja un comentario


Los comentarios solo están habilitados para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí