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OBRAS Y SOMBRAS

Joan Báez y las canciones del crepúsculo

El mito de los sesenta ha publicado el que será último álbum de su carrera. Su impacto civil durante medio siglo transciende incluso a su música

Miguel Ángel Ortega Lucas 17/10/2018

<p>Joan Báez.</p>

Joan Báez.

Luis Grañena

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Parecía una princesa india que hubiera vencido, que hubiera sometido a la bestia invasora con su voz, cantándole en voz baja. Parecía una madona oscura y adolescente que hubiera tomado sola, ella sola, la Bastilla, sin dar una sola voz; o reventando los muros con las notas más altas de su voz sola. “Mi mayor don, otorgado por unas fuerzas que nada tienen que ver con la genética, el ambiente, la raza o la ambición, es una voz apta para el canto. Mi segundo don, el deseo de compartir esa voz”. Esa combinación le deparó, durante toda su vida, “un caudal de emoción, amistad y alegría pura”. 

Joan Báez (1941) se llama así porque su madre se llamaba Joan Bridge y era escocesa, criada en Estados Unidos, y su padre se llamaba Albert (o Alberto) Báez y había nacido en Puebla, México, de donde sus padres habían emigrado a los Estados Unidos. El mexicano resultó un científico brillante y fue reclutado por el gobierno norteamericano, pero cuando se dio cuenta de que no iba a ser capaz de poner su talento al servicio de los experimentos atómicos –inspirado en parte por las reuniones cuáqueras a las que comenzaron a acudir–, cambió la investigación por la enseñanza (“no tendríamos esas cosas que tanta ilusión hacen a las niñas, pero tendríamos un padre con la conciencia tranquila”). Cuando Joan tenía diez años, Albert aceptó un trabajo en la Universidad de Bagdad:

“Tal vez fue allí donde nació mi pasión por la justicia social”, escribió en sus memorias. “Nada más aterrizar vimos con horror cómo los policías echaban del aeropuerto a bastonazos a un mendigo viejo. En Bagdad vi matar animales a palos, a gente buscar comida en nuestro cubo de basura, a niños sin piernas que se arrastraban por la calle sobre cartones, pidiendo limosna y con llagas cubiertas de moscas”. 

Cierta frase dice que el tiempo no cambia a la gente: sólo le quita fuerza. Si esto es cierto, también lo es que hay cierta gente con pilares de granito a quienes el tiempo sólo va otorgando arañazos, rozaduras, colores nuevos, sin que la piedra se mueva un milímetro. Joan Báez cumplirá pronto 78 años. Los sesenta últimos, como una suerte de ídolo humano de sangre y bronce, cantando desde el pedestal al que le encumbró su voz, siendo apenas una cría, la misma canción: la que dice no a esos bastonazos contra el mendigo, a esos cubos de basura, a esos niños mutilados. Sucediéndose las tonalidades, las coloraciones y las cicatrices en la columna de cristal de su voz, y centenares de canciones que son en el fondo la misma, porque tratan todas, escritas o no por ella, de conjurar todo lo mezquino de este mundo para destilar alguna gota de dignidad y de belleza.

Esa voz legendaria nació, por supuesto, sintiendo la injusticia en la propia piel, por la propia piel. En el instituto, en California, “con el apellido, el color de la piel y el pelo mexicanos no podía ser aceptada por los anglos; pero es que los mexicanos tampoco me aceptaban, porque no hablaba español”. También era la única en su clase, en aquella época y circunstancias, que hablaba mal de los misiles. Un día se quedó sola en la clase, sin atender al tétrico simulacro de ataque nuclear en los que instruyeron a los niños norteamericanos de los 50. Cuando la rechazaron para cantar en el orfeón de chicas pensó que las razones eran “uno: yo no pertenecía a los grupos socialmente distinguidos, y dos: no tenía vibrato” en la voz. “Como no podía cambiar mi condición social, decidí cambiarme la voz”. Un día, en la ducha, descubrió que, amén de que su voz saliera “recta como una flecha”, pasando el índice por la nuez “podía crear el sonido que quisiera”. También descubrió que en el instituto le hacían caso todos cuando cantaba. “Cuando estoy triste” –escribió en una redacción, a los catorce– canto para demostrarme a mí misma que la vida no es tan mala, y cuando reviento de alegría agarro una guitarra y lo proclamo a gritos”.

No cambió de sistema desde entonces, consciente ya de ciertos “demonios” psicológicos de muy oscura procedencia que conspiraban a cada tanto y conseguían doblegar su vendaval imparable: desde muy niña, “año tras año, con los primeros fríos del otoño o los primeros crepúsculos breves, a la hora de la cena, me invade una profunda melancolía, una sensación de desesperanza y perdición” (relacionada con una pesadilla viscosa de la niñez, o recuerdo reprimido, que no sabemos si ha podido conjurar hasta ahora). Pero las pesadillas colectivas le quitaron siempre el sueño de igual modo. La joven descubrió la música de Pete Seeger, patriarca entonces de la música folk; a la oronda negra Odetta, a Harry Belafonte. Empezó a cantar en todas partes, invitada por todos aquí y allá, aún en el instituto. Empezó a cantar para todos para tratar de mitigar el miedo de todos y cuestionar la dictadura de cualquier desesperación. 

Empezó a cantar en público regularmente a los 18, en Boston, en un lugar llamado Club 47. Y todo lo demás (Albert Grossman; el primer festival de Newport; etc.) pareciera apenas la sucesión lógica de acontecimientos que suceden en estos casos, o al menos en aquella era cuasi-bíblica llamada los sesenta, cuando el mundo quedó súbitamente obsoleto ante la marcha de una generación que parecía dispuesta a cualquier cosa. Cuanto menos –dijo la propia Báez de veinte años en alguna ocasión ante los micrófonos, en una de las incontables protestas–, a no decir que sí a todo lo que quiera que dijeran los papás, los profesores o los presidentes.

Báez fue la antorcha, la heroína juvenil de aquella época, de aquel anhelo. Los derechos civiles, la guerra de Vietnam, la segregación racial, la objeción de conciencia...: donde quiera que hiciera falta su timbre soprano, ahí estaba. Vendía montones de discos sin tener que negociar ninguno de los principios irrenunciables, casi franciscanos, que buscaba en su carrera (su misión), que no era sino el catecismo de la no violencia, de la conciencia nueva, de la ruptura indiscutible pero benigna. Pudo firmar con la todopoderosa Columbia de John Hammond (el que descubrió a Dylan, a Cohen, a Jimmy Hendrix, a...) pero prefirió la más modesta Vanguard por no interesarle los jardines más grandes. El mundo, en cualquier caso, era ya su jardín. Dejó finalmente al novio idealizado y pelma y abrazó al universo. Dylan incluido, con quien mantuvo durante dos años una deslumbrante relación sonámbula hasta que tuvo que darse cuenta, con dolor, de que él no estaba dispuesto a acompañarla en su cruzada particular tras las pancartas. Un día despertó a Martin Luther King, cantando bajito, antes de una marcha (“Creía que estaba oyendo a un ángel. Cántame otra, Joan...”). Fue arrestada y encerrada varias veces por participar en actos anti-reclutamiento para la guerra de Vietnam. Durante diez años, desde 1964, se negó a pagar el impuesto destinado a Defensa. Etcétera.

Han pasado cincuenta años desde que alcanzara ese trono de juglar-emperatriz; su leyenda jamás se apagó, si bien su música, que aguantó bien los setenta, quedó relegada en los pizpiretos ochenta de los yuppies a una, según ella misma, “deferencia distante”. Los tiempos, efectivamente, habían cambiado: para cortarse las pelambreras del festival de Woodstock (fue la única hereje folk invitada a aquel desmadre, por cierto) y ponerse gomina. A ella le dio igual. Siguió cantando en inglés y también en francés y en español y en italiano; en el Olympia de París, tratada casi como si fuera Edith Piaf, o en Buenos Aires, tratada casi a palos por los milicos, que no le dejaron cantar. En el 74 grabó un álbum en castellano “como mensaje de esperanza al pueblo [Chile] que sufría bajo Pinochet”. Se negó a cantar en España mientras viviera Franco, así que aterrizó en el 77. Como los fotógrafos no la dejaban cantar en paz en el recital en Madrid, acabó por sacarles una peineta, que luego fue universalmente reproducida y por la cual hasta la Virgen del Carmen le pidió luego explicaciones. 

Joan Báez editó este año un disco, Whistle down the wind (Silbido bajo el viento), que asegura es el último, antes de ir haciendo sereno mutis por el foro con casi ochenta años, aunque aparente diez menos. Un álbum bellísimo, crepuscular en el sentido exacto del término: suena exactamente como si lo cantase, con los instrumentos justos, en el crepúsculo de su vieja casa de California; cada canción pareciera ser la última que se canta junto al fuego antes de decir adiós. Recoge composiciones de otros (Tom Waits entre ellos), como siempre, pero todo es suyo cuando ella lo canta: sean temas ajenos o devastadoras declaraciones propias (aquella célebre carta póstuma a Dylan, Diamonds and rust), esta mujer siempre ha contado con un tercer don esencial, reservado sólo a los elegidos: que su sombra transcienda a su obra. Que ella sea más grande, de alguna forma misteriosa, que sus canciones, que la emoción con que las interpreta, que su propia voz legendaria; ese diamante rasgado ya por la edad, el viento, la herrumbre que ha ido dejando una vida espectacular de la que ha sido dueña absoluta, así en el amor como en cualquier guerra.

“Soy la última hoja del árbol”, canta en una de estas canciones: “El otoño se llevó al resto pero no me llevará a mí”. Y sí: hoja última y primordial de lo que significó el vendaval civil de los sesenta, cuando se vaya del todo será porque querrá ella dejarse ir, igual que ahora. 

Esperemos que no le quede ya, en el crepúsculo de su vida, ningún demonio despierto al llegar el otoño: a estas alturas, quién de ellos osaría resistirse, cuando les canta y les obliga a dormir.

-----

Fe de errores: En una versión anterior aparecían versos de la canción Muchacha de ojos tristes de las tierras bajas, asumiendo que Bob Dylan la había compuesto para Joan Baez. El cantautor la escribió, sin embargo, para otra persona. 


Autor >

Miguel Ángel Ortega Lucas

Escriba. Nómada. Experto aprendiz. Si no le gustan mis prejuicios, tengo otros en La vela y el vendaval (diario impúdico) y Pocavergüenza.

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