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CRÓNICAS GONZAS

El asunto de la Mezquita de Córdoba es complejo y viene de lejos

Aznar regaló 4.500 inmuebles a la Iglesia. La Iglesia quiere que la mezquita se llame Santa Iglesia Catedral. Los vecinos de Córdoba están divididos. Y los vigilantes de Prosegur no dejan hacer preguntas a los periodistas en el recinto

Santini Rose CÓRDOBA , 10/10/2018

<p>Santini Rose con su amigo Ángel en la Mezquita de Córdoba.</p>

Santini Rose con su amigo Ángel en la Mezquita de Córdoba.

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Expolicía y Bonoloto (ahora verás) discuten sobre la plaza de la Corredera. Boina, mirada afilada, guarda silencio.

-Si no entras desde el sur, no estás viendo la plaza, estás viendo otra cosa –concluye Bonoloto (ahora verás).

-Mira –contesta Expolicía-, una mañana que no tengas nada que hacer te vas a venir conmigo y con mi mujer. Vas a ver lo que es una plaza como Dios manda.

Ángel me da un codazo. “Ahí los tienes”, susurra. El más comprensivo de mis amigos hace contacto visual con el camarero y levanta los dedos índice y corazón. Un Mercedes blanco atraviesa la calle. De sus ventanas sale un reggaetón robusto. Expolicía mira como Clint Eastwood. Niega con la cabeza. En el bar Los Romerillos, situado en el barrio cordobés del Campo de la Verdad, todo Cristo se conoce. Todo Cristo para a saludar. Todo Cristo acaba sentado y bebiendo. El camarero trae las dos macetas. Le doy un trago a la mía. Me coloco entre Expolicía y Bonoloto (ahora verás). Les cuento la historia: tengo que escribir sobre qué piensa la gente de Córdoba acerca del follón de la mezquita.

El follón de la mezquita viene de lejos.

En 1946, en compensación por los bienes requisados durante las desamortizaciones del XIX y la II República, el Gobierno franquista convirtió a la Iglesia en fedatario público. Esto significa que, para inmatricular (inscribir una propiedad en el Registro por primera vez), a la Iglesia solo le hacía falta la firma de un obispo que corroborase que sí, que esa canasta que ves desde tu ventana le correspondía. Esta norma contaba con una excepción: los lugares de culto. Ahí entra en la historia un bigotudo presidente llamado José María Aznar. En 1998, a través de un decreto ley, el gobierno del PP modificó el artículo 206 de la Ley Hipotecaria para cargarse la excepción. ¿El resultado? A falta de recuento oficial, se estima que la Iglesia se ha apropiado de unos 4.500 bienes gracias a esta norma.

Uno de esos bienes es la mezquita catedral de Córdoba, inmatriculada en marzo de 2006. Tres años más tarde, miembros de lo que en 2013 se convertiría en la Plataforma Mezquita-Catedral dieron la voz de alarma. El ayuntamiento de Córdoba, la Junta de Andalucía y el Gobierno central se desperezaron. Entretanto, el Cabildo Catedral de Córdoba se tomó la libertad de renombrar el monumento como Santa Iglesia Catedral, denominación que se vio obligado a eliminar (y reponer el nombre de mezquita-catedral) en 2016. El último capítulo tuvo lugar hace menos de un mes. El ayuntamiento de Córdoba encargó a una comisión de expertos un informe sobre la propiedad de la mezquita. La conclusión es clara: la comisión afirma no tener pruebas de que el monumento haya pertenecido nunca a la Iglesia. La otra parte (principalmente, el Cabildo Catedral de Córdoba y la plataforma Hazte Oír) se parte el culo con el informe y dice que basta ya de robarle a la Iglesia. Cuando pregunto por la mezquita catedral, Bonoloto (te lo dije), apura su café con leche y se levanta como si le hubieran rellenado el intestino con un rastrillo. Dice: “Uy, me acabo de acordar de que tengo que echar la bonoloto”.

-Mira, de eso se está diciendo mucho –contesta Expolicía-, y la realidad es que la mayoría de los cordobeses no tenemos ni puta idea. Lo que está claro es que lo que siempre ha sido de la Iglesia debe ser de la Iglesia.

-¿Qué capullo de la Iglesia? –Boina rompe su silencio. Su voz abre océanos–. Eso es del pueblo y siempre debe ser del pueblo. Lo que pasa es que a los curas le gustan mucho las perras, nene. Y ahí hay muchas perras…

Expolicía le da vueltas a su quinto de cerveza. Medita.

-Eso tienes que preguntarle a los expertos, nene –dice-, nosotros podemos opinar, pero es una tontería porque no tenemos ni idea.

Vuelvo a nuestra mesa y me acabo la cerveza. Esta mañana, en la puerta del hotel, le dije a Ángel que molaría no empezar la investigación en la mezquita. El recepcionista, por cierto, se ha quedado a medias de una explicación sobre por qué no podemos pretender que la mezquita sea de todos. Alguien le ha llamado para que subiera a arreglar una ventana. Cruzamos el Guadalquivir. Ya en la judería, nos topamos con la taberna Casa Bravo.

-Habrá que parar –dice Ángel.

El más comprensivo de mis amigos cree que el periodismo gonzo consiste en emborracharse y liarla. Yo asiento. Hace tiempo aprendí que negarse a entrar en un bar no habla bien de uno. En las paredes hay fotos firmadas por flamencos. Me llama la atención una de Pepe Marchena. Juan, el dueño, 40 y tantos, mocasines, vaqueros, camisa rosa y gomina, duda. “Hombre… Bueno… Yo creo que…”. Después de una llamada telefónica –quién sabe si del mismísimo Dios–, las dudas se evaporan y lo tiene claro: “Mira, eso siempre ha sido de la Iglesia. Fernando III se lo regaló a la Iglesia y, más aún, antes de mezquita, esto era una basílica visigoda”. Ángel señala una guitarra en la pared. “Esa guitarra suena todas las tardes”, zanja Juan.

El argumento de que, tras la reconquista, Fernando III regaló la mezquita a la Iglesia es uno de los más utilizados por el estamento eclesiástico. Alejandro García Sanjuán (especialista en Historia Medieval y miembro de la comisión que ha elaborado el informe) afirma que “según la legislación de la época, las mezquitas eran propiedad del rey, que podía darlas a quien quisiera, y en el caso de Córdoba no hay ninguna evidencia de donación. Por lo tanto, es totalmente infundado repetir que la mezquita es de la Iglesia porque se la dio Fernando III. Lo que se cedió fue el uso cultural del templo, no la propiedad”. Con respecto a la existencia de una basílica visigoda previa, Miguel Santiago, portavoz de la plataforma Mezquita-Catedral, explica: “Cuando levantaron el suelo para descubrir la basílica de San Vicente, encontraron restos romanos y visigodos, claro, de todas las civilizaciones que pasaron por aquí, pero ninguna prueba que aquí hubiera una basílica. La Iglesia está inventando otro relato histórico”. Después de una semana dando el follón, tanto el Cabildo Catedral de Córdoba como la plataforma Hazte Oír han pasado de mi cara.

Ángel entra en una tienda de souvenirs y se compra un pin de la bandera de España “por las risas”. Le pregunto al responsable. Dice que las iglesias deben ser de todos, “como pasa en el resto de países”, que la Iglesia es demasiado fuerte y que “ni el Estado puede con ella”. Lo mismo opinan los trabajadores de otras tres tiendas y la joyera de la platería Azahar. Todos tienen menos de 30 años. El camarero del bar Santos dice que “lo que está pasando es una falta de respeto”. Junto a él, un señor de unos 60 se saca de debajo del polo verde oliva una cruz y una virgen y dice que “a los curas les importa más el negocio que la fe”.

Centenares de turistas se arremolinan alrededor de la mezquita-catedral. Entramos. Trazo el plan: entrar al templo y preguntar a todo Cristo. En la cola –la entrada cuesta, para quien no sea cordobés, 10€–, Ángel escucha a dos ingleses. Está motivado.

-Si yo supiera ser gracioso en inglés… –se lamenta–. Bueno, si yo supiera ser gracioso en español…

No puedo permitir que el más comprensivo de mis amigos se desanime justo ahora. Le digo que es muy gracioso. Que jamás permita que le digan lo contrario. Se viene arriba. En la entrada a la mezquita, le pregunta al guardia en qué categoría está el Córdoba. “En segunda”, despacha el tío, como si le pareciera inadmisible. Dentro hay mil estímulos: guiris con la boca abierta, guías al borde del paroxismo, millones de fotógrafos. Damos una vuelta. Es impresionante. Casi en el centro, veo a un cura y a un guardia de Prosegur. Están hablando. Le doy un codazo a Ángel. Asiente. Cuando terminan, el cura sale disparado hacia una de las esquinas. Le persigo.

-¡Padre! –imploro.

-¿Sí? –responde, girándose hacia mí.

-Padre, tengo una pregunta para usted –estoy resollando.

-Pierdonie, yo soy un simplie visitiante –responde. Es americano.

Le pido disculpas. Pongo las manos en posición de rezar. No voy a dejar de ser idiota en la vida. Noto un dedo entre mis costillas. Es Prosegur 1.

-¿Es que no sabes que aquí no puedes hacer preguntas?

-Perdone, no lo sabía… –pongo mi cara de perro apaleado. Me pregunto si en 2018 todavía se la cree alguien.

-Venga, circulando.

El experto en Historia Antigua y Arqueología Fernando Segura dice que uno de los problemas en temas de patrimonio es “la falta de coordinación clara entre los poderes públicos”. Explica que “es algo muy español pensar que lo que es público, al final, no es de nadie. Esa desidia permite que organizaciones y personas bien armadas de abogados y dinero y sin ningún rubor hagan y deshagan a sus anchas”. En cuanto a la solución, apuesta por “educar más en Patrimonio y Cultura, no todo va de vender entradas”.

Juan Sandino no se llama Juan Sandino, pero está opositando y prefiere mantenerse en el anonimato. Este historiador experto en patrimonio dice que es básico entender las estrechas relaciones de poder entre las élites eclesiástica y política en Andalucía para encajar las piezas del puzle. Además, aventura que “con elecciones a la vista y dado el poder que tiene la Iglesia en Andalucía, la titularidad no se va a tocar de momento. Y si se hace, será con un acuerdo muy ventajoso para la Iglesia. Susana Díaz”, concluye, “tiene lobos al acecho y tiene que cuidar sus movimientos”.

Seguimos caminando. De pronto, noto la presencia de Prosegur 2. Habla por el walkie. Lo apunto en la libreta. 

-Está apuntando algo en una libreta –dice.

Ahora apunto que ha dicho que estoy apuntando algo en la libreta. Le digo a Ángel que demos otra vuelta. 

-Sí, joder, voy a pedir el libro de reclamaciones –dice el más comprensivo de mis amigos, ya más animado. Le pido calma.

Damos otra vuelta. Prosegur 1 y 2 vigilan cada finta. Se nos acercan. En la tercera esquina de la basílica nos topamos con Prosegur 3. Me pregunto cómo se referirán a nosotros. ¿Los periodistas? ¿Los gilipollas? ¿El bigotes y el Wikipedia? De vuelta al centro, Prosegur 1, 2 y 3 nos cercan. Prosegur 1, pose de sheriff, manos en la hebilla del cinturón, dice: 

-¿Qué es, un trabajo para la universidad? –el tío tiene ganas de que no seamos parientes de Julian Assange–. Aquí no podéis preguntar nada. A nadie.

Iba a preguntarle cómo se han referido a nosotros durante este correcalles, pero solo veo inconvenientes. A los 20 minutos nos cansamos de dar vueltas. Salimos. En la puerta, Prosegur 4, el tío al que le parece bochornoso que el Córdoba esté en Segunda, me dice que en el patio tampoco podemos preguntar nada. A nadie.

-¿Y en la calle? –le pregunto.

-¿Eh? Ni en la mezquita ni en el patio puedes preguntar nada. A nadie.

-Digo en la calle –creo que no se da cuenta de que es una broma. Me acuerdo de la escena de Trampa 22 en la que un general prohíbe hacer preguntas a los soldados que se pasan el día haciendo preguntas y solo se lo permite a los que nunca hacen. Con el tiempo, nadie se acuerda de que hubo un día en que se podían hacer preguntas.

-En la calle… –dice sonriendo, casi satisfecho; coge el walkie– ¡Es un disparate, ahora me pregunta si puede hacer preguntas en la calle! 

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Santini Rose

Santini Rose, seudónimo bajo el que escribe Santos Martínez (Fuente Librilla, 1992), es periodista. Hubo un tiempo en que las abuelas de su pueblo pensaban que tenía en sus manos el futuro, pero eso ya no lo piensa nadie. Autor del libro de relatos Mañana me largo de aquí (La marca negra ediciones).

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1 comentario(s)

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  1. Fede

    Un día de celebración católica la gente podía entrar a la catedral libremente, pero el acceso a la mezquita estaba acordonado. Me jodió, porque quería pasear por la mezquita (siempre de espaldas a ese monstruo abominable que construyeron en el centro -la catedral). Entré y me puse junto al cordón, a contemplar los arcos, aunque fuera a distancia. Un guardia de seguridad vino y me echó a empujones de allí. Ni perdí el tiempo en reclamar.

    Hace 4 años 3 meses

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