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Luchas culturales y luchas materiales: un enfoque ecosocialista (I)

Decrecer, y por tanto empobrecerse, todavía es una salida políticamente imposible a la encrucijada de nuestro tiempo. Quizá pueda dejar de serlo cuando la ‘lujosa pobreza’ arraigue en nuestros imaginarios como un horizonte colectivo deseable

Emilio Santiago Muiño 10/10/2018

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El ciclo de cambio que nació en las plazas en mayo de 2011 parece haberse empantanado. De las muchas disputas teóricas que podría alimentar este impasse, se ha impuesto un revival de la vieja polémica entre luchas culturales y luchas materiales. Solo en CTXT Jorge Lago, Pastora Filigrana, Fernando Broncano, Diego Santo Domingo Porqueras, Jacinto Morano o Isabel Serra han respondido ante un tipo de esquemas argumentativos que ejemplifica bien el libro de Daniel Bernabé, La trampa de la diversidad. La discusión está ya tan saturada que parece difícil poder decir algo nuevo. Sin embargo, el ecosocialismo aporta un enfoque diferente que es capaz de reordenar el debate.  

En este renacer de la vieja disputa entre lo cultural y lo material se superponen al menos dos polémicas, que se solapan en parte pero son independientes. Por un lado hay un debate de fondo que versa sobre la validez de ciertos marcos teóricos para interpretar el mundo y pensar la política transformadora. Por otro lado un debate de coyuntura sobre las diferentes estrategias que pugnaron por catalizar institucionalmente la energía de esa erupción política en bruto que fue el 15M. Este último nos interpela de modo muy apasionado porque parece dirimir responsabilidades ante el asalto al cielo fallido. Enfrentaré desde una mirada ecosocialista esta polémica dual en dos artículos. Necesariamente dibujaré mis argumentos con un pincel muy grueso que exigiría muchos matices. Ni el posestructuralismo ni el feminismo ni el marxismo ni el ecosocialismo son realidades simples, sino corrientes de pensamiento y acción con profundas divergencias internas y unas fronteras más nominales que esenciales.

Antes de empezar, una obviedad: la divisoria entre lo material y lo cultural es falsa. Cualquier proceso material humano solo puede darse a través de símbolos y por tanto de códigos culturalmente situados. La cultura no es una superestructura. Por tanto no es un reflejo de una base “más material” y en consecuencia más determinante. Las sociedades no son edificios: si hay que buscar metáforas útiles, se parecen más a un organismo donde el hueso (la infraestructura) y la carne (la superestructura) coevolucionan juntos. Defender que lo material tiene mayor intensidad de realidad que lo simbólico implica manejar una idea de materia extremadamente vulgar,  aquello que se puede tocar, reduciendo la materia a cuerpos –los bultos que ocupan espacio, especialmente los bultos en estado sólido-. Un reduccionismo que no se puede defender ya ni en el ámbito de la física desde el siglo XIX, pues un campo gravitatorio es tan material como una roca.

Las realidades humanas están siempre dadas en tres dimensiones. Los intercambios biofísicos se estructuran en redes de relaciones sociales que además están implantadas en mundos simbólicos. Cada una de estas tres dimensiones es tan material como cualquiera de las otras (porque no es espiritual). Y esta tridimensionalidad  afecta absolutamente a todo. También a la lucha de clases.  Por ello no hay sujeto colectivo alguno, tampoco el proletariado revolucionario en sus buenos tiempos, sin que medien constantemente operaciones simbólicas de agregación identitaria que algunos hoy descalifican como “luchas culturales”.

En las posiciones empeñadas en enfrentar lo material y lo cultural influyen también algunas tesis que desde Ronald Inglehart han tenido cierto predicamento: el carácter posmaterial de reivindicaciones ecologistas o feministas. Supuestamente cuando uno tiene el estómago lleno se puede preocupar del lenguaje inclusivo o de salvar a las ballenas. Pero con una tasa de paro disparada lo lógico sería reestablecer prioridades. Estos argumentos son un despropósito. Martínez Alier demostró ya  que la gran mayoría de las luchas de motivación ecologista se dan en países empobrecidos (defensa del territorio o resistencias contra el extractivismo) aunque no usan ni los referentes ni los lenguajes propios del Primer Mundo. Casi más relevante: no hay nada más material, en la acepción común del término, que la crisis ecológica.

Dos datos para reflexionar que hablan por sí solos. La contaminación del aire mata prematuramente al año en España a 36.000 personas. Una cifra que multiplica por mucho la suma de los asesinatos  provocados por otras lacras sociales como los accidentes laborales, la violencia machista, el terrorismo o los siniestros de tráfico. El segundo dato es que el 50% del gas que consume nuestra economía depende de las exportaciones de un país, Argelia, que desde 2014 produce cada año menos gas por restricciones geológicas. En fechas próximas Argelia se debatirá entre seguir exportando a países como el nuestro o abastecer su demanda interna creciente. Y, como explica Antonio Turiel, España se debatirá entonces entre una transición energética que será muy dura, necesariamente asociada a una devaluación importante de los estándares materiales de vida, o la intervención militar en el Norte de África. En general,  nada de lo que ha pasado en este siglo XXI tan inesperado, empezando por el incremento exponencial del sacrificio social que exige mantener la carrera del crecimiento económico en pie, y terminando por sus consecuencias políticas más perturbadoras, se entiende sin el análisis ecológico. Especialmente por el shock petrolífero a cámara lenta que está suponiendo el declive del petróleo convencional de altos rendimientos energéticos a partir  del año 2006. Desde la era Trump y el auge de la extrema derecha hasta el conflicto territorial entre Catalunya y España, la luz que falta para que los acontecimientos del presente pierdan su halo misterioso la irradia la ecología política. Parafraseando el famoso eslogan de la campaña de Clinton podríamos decir: es la energía neta, estúpido.

Las compañeras feministas y ecofeministas podrían hacer una defensa tanto o más sólida del carácter materialista de su propuesta: la reproducción del capital sería materialmente imposible sin la ingente cantidad de horas de cuidados que el patriarcado carga sobre los cuerpos mujeres. Feminismo y ecologismo no son dos “temas” más entre otros; son enfoques que introducen una crítica explosiva en los cimientos mismos de la economía política. No se limitan a denunciar la distribución desigual de la riqueza o la apropiación de la plusvalía, que también, sino que van más allá: impugnan el modo patológico en que concebimos socialmente la riqueza o la producción.  

Dicho esto, a lo que parecen querer remitir los reivindicadores de lo material frente a las luchas culturales es a la vigencia del esquema del materialismo histórico vieja escuela: la lucha de clases como motor de la historia y el proletariado como una clase materialmente dotada de un papel mesiánico en el advenimiento del comunismo. Siendo cualquier otra forma de articulación política de las personas que venden su fuerza de trabajo fórmulas de “falsa conciencia”. Este es el verdadero asunto teórico que está en juego.

Tomemos para desgranarlo y como punto de partida una de las últimas columnas de Bernabé. En ella se contrasta el trato comunicativo privilegiado dado a la momia de Franco, los límites del humor, la movilidad y el cachalote en el Manzanares frente al silencio organizado alrededor de la eclosión de conflictos laborales, el problema de la vivienda o la plaga de los casinos en los barrios obreros. Una agenda comunicativa históricamente frívola como síntoma de una derrota consumada. La moraleja es conocida: con una izquierda que lleva años a por uvas posmodernas el camino para la extrema derecha parece despejado. La Internacional Nacionalista cosechará políticamente el sufrimiento obrero que sembró la ofensiva neoliberal.

En este marco el éxito de La trampa de la diversidad, además de las virtudes estilísticas de Bernabé, se explica por la necesidad de una parte de la izquierda de ajustar cuentas con el postestructuralismo.  Aquí se mezcla análisis lúcido y revancha nostálgica. Análisis lúcido porque el crack de 2008 fue un terremoto que también abrió grietas en los paradigmas subversivos imperantes. Cuando parecía olvidada, la crisis puso de nuevo la economía en el centro. Y  resucitó el interés por volver a estudiar a un Marx que, como tantas otras veces, había sido dado prematuramente por muerto. Si queremos explicar qué nos ha pasado en los últimos diez años y revertirlo, hay que volver a El Capital. Pero ante esta nueva encrucijada Bernabé falla porque propone una salida pendular: el retorno a un marxismo y a un movimiento obrero idealizado. Que ya en los setenta no tenían razón y hoy menos. Sin duda estoy simplificando: lo mejor de lo que muchos marxistas caricaturizan como teoría posmoderna no deja de ser una lectura más atenta, y menos preinterpretada por sesgos ideológicos, de la obra de Marx.

Incluso reduciéndonos a los contornos de la french theory canónica, el posestructuralismo ha tenido aportes fundamentales. El más importante es que ha atendido de modo más preciso a la complejidad de lo social. En las sociedades modernas coexisten una pluralidad de dinámicas de poder, y por tanto una pluralidad de opresiones y resistencias. Sin duda hay procesos con mayor influencia para definir el curso de lo socialmente posible. Especialmente el gran olvidado, que es el metabolismo entre sociedad y biosfera, que marca límites infranqueables. Pero el presente solo cabe pensarlo ya como un ensamblaje complejo de estructuras de dominación, que si bien adquieren rasgos específicos en su articulación con la lógica capitalista (el patriarcado productor de mercancías no puede equipararse con el patriarcado de sociedades agrarias tradicionales) no son floraciones o emanaciones de esta lógica, como si se tratara de las ramas de un tronco unitario.  Por supuesto el mérito no es solo ni principalmente de un puñado de intelectuales parisinos: las luchas feministas, anticoloniales o ecologistas han servido para comprender mejor la verdadera distancia que existe entre cómo vivimos hoy y cómo podríamos vivir.  

Sin duda el posestructuralismo tiene fallas. Muchas fueron señaladas en su momento, y otras han quedado en evidencia con el roce del tiempo. Quizá la más sangrante es cierta hipóstasis textualista, donde lo simbólico parece flotar desprendido de otras tramas de materialidad. Y por tanto el lenguaje presentar un carácter casi mágico como constructor performativo de la realidad social. O dar por supuesto una continuidad muy fluida entre la escala macropolítica y la micropolítica. Esto ha dado pie a una ingenua confianza en la capacidad transformadora de los cambios moleculares, cuya búsqueda predispone un estilo militante siempre próximo a deslizarse en guetos autorreferenciales. Como dice Harvey, el cambio climático no lo frenan los huertos urbanos. Y ubicar la subjetividad singular y deseante como centro de gravedad de la impugnación política ha demostrado compatibilidades inesperadas con la creciente sofisticación del mercado capitalista en nichos de consumo muy específicos. Recordemos que el valor de uso prioritario de las mercancías hoy es ya la satisfacción de necesidades de identidad diferencial. Además muchos temas “posmo” provocan una antipatía espontánea con un marcado carácter de clase: para activistas socializados en la cultura militante que pervive en los antiguos barrios obreros, hay algo en estos discursos que se percibe como esnobismo hipster. Como mostoleño, confieso que en mi entorno es muy fácil hacerse el simpático cuñadeando las últimas extravagancias de inspiración posestructuralista. Que la obesidad es un problema de salud pública con una raíz socioeconómica, y que afecta especialmente a personas pobres, es algo que en Madrid Sur ningún militante discutiría. Pero el “activismo gordo” suena a broma de gente con máster de Lavapiés con demasiado tiempo libre.  

Si a todo ello se le suma el hundimiento del socialismo real, el resultado es que el sentido intelectual de época que gestó la izquierda durante el último tercio del siglo XX parece haber perdido la voluntad o la capacidad de promover una transformación estructural de alcance sistémico. Sin horizonte poscapitalista, como si hubiéramos hecho de la necesidad virtud ante la apisonadora neoliberal,  conformados a hacer política emancipatoria en el regate en corto y en un lenguaje menor: resistencias, hibridaciones, diseminaciones, activaciones, éxodos, nomadismo, agenciamientos contrasubjetivos, luchas por el reconocimiento.  Así nos descubrimos cuando todo empieza a venirse abajo. 

Sin duda la micropolítica posestructuralista no puede responder a la crisis económica ni va a parar el curso catastrófico del Antropoceno, que más que una era geológica es un evento límite. Algo más parecido al impacto del meteorito que acabó con los dinosaurios que a una época histórica nueva, como recuerda Haraway. Pero tampoco nos sirve en el siglo XXI desapolillar el mito socialista tal y como este movilizó a nuestros abuelos y abuelas.  En primer lugar porque el proletariado no es una cosa dada que tenga que tomar conciencia de sí misma: es una red de relaciones sociales que puede orientar su potencia política en muchos sentidos, incluso en sentidos simultáneamente contradictorios, y ninguno de ellos está predefinido en su constitución material última. El nazismo fue un producto de la clase obrera alemana tan genuino como el SPD o la Liga Espartaquista.

Con ánimo de provocar al marxismo tradicional, Robert Kurz solía negar el papel revolucionario del proletariado afirmando que la lucha de clases había demostrado ser realmente un motor de modernización capitalista y no una línea de fuga hacia el comunismo. No hace falta afirmar algo tan rotundo para reconocer que el papel histórico de la lucha de clases ha sido y es esencialmente redistributivo: encarecer mediante la negociación colectiva el precio de la fuerza de trabajo, y repartir políticamente la riqueza que el capital tiende a concentrar en pocas manos de un modo socialmente nefasto. Esto se puede hacer de muchas maneras, e insisto, el fascismo también es una de ellas. Pero incluso aunque la autodefensa de la sociedad  frente al mercado autorregulado (Polanyi) vire a la izquierda y no a la derecha, de ahí a emprender la transformación comunista en pos de una sociedad emancipada hay un trecho. El siglo XX demostró que salvar ese trecho tiene más que ver con las casualidades de los milagros políticos que con el despliegue imparable de un destino histórico a través de las argucias de la razón hegeliana.

En un siglo XXI que nace acumulando desigualdades superlativas, un programa fuerte de redistribución económica es impostergable. Pero en un  mundo lleno sin espacio ecológico ya no basta con redistribuir. Hace falta transformar radicalmente nuestro aparataje técnico, nuestro sistema socioeconómico y nuestro régimen antropológico. De un modo tan profundo que ni el postestructuralismo ni el marxismo pueden inspirarnos porque ambos comparten el mismo punto ciego: la incapacidad para comprender la extralimitación ecológica en la que estamos incurriendo y la impotencia de la tecnología para revertirla. Por tanto, ni el marxismo ni el postestructuralismo logran captar cómo el ecocidio ha convertido el futuro de la humanidad en un paso muy  angosto. Llevamos 30 años viviendo por encima de nuestras posibilidades biosféricas. Cambios sociales que eran materialmente plausibles en 1972 o en 1992 hoy se han perdido para siempre.

Conectando la extralimitación con la cuestión de la lucha de clases, el ecosocialismo debe poner un acento incómodo en la sospecha porque las reivindicaciones de las clases trabajadoras occidentales están motivadas por expectativas de consumo y calidad de vida que, una vez que hundidos en la crisis ecológica, solo pueden sustentarse y de modo efímero en la rapiña geopolítica. Generalizar el estilo de vida de un ciudadano español promedio, no el de la familia Botín, requeriría más de dos planetas. Como afirma Jorge Riechmann, estos modos de vida que consideramos normales son sencillamente imperiales. Y ya no quedan recursos para que nuestro imperialismo y el desarrollismo del Sur puedan convivir pacíficamente.

Por tanto, la preocupación sobre la deriva dextropopulista del mundo desarrollado es en parte ilusoria. Como suele explicar Yayo Herrero, una política exterior basada en el cierre de fronteras para las personas migrantes, pero su apertura total para la energía y los recursos naturales extraídos de esos mismos territorios, es sencillamente una política exterior fascista. Queda por ver si este fascismo se instala también de fronteras para dentro.

Llegados a este punto, volvamos a la sugerencia de Bernabé y echemos de nuevo un vistazo a la actualidad mediática reciente. Una persona ecológicamente informada, y con un marco conceptual que deje atrás los tics prometeicos tanto del marxismo como el posestructuralismo,  notará rápidamente otras ausencias. Sin duda también previsibles, pero mucho más trágicas. Por ejemplo, la imposibilidad  geológica de Arabia Saudí de aumentar su producción petrolífera. Un anuncio que tensa todavía más si cabe un precio del crudo disparado. Por otro lado las muy malas noticias que nos llegan del Ártico tras el verano boreal, siendo la liberación masiva del metano contenido en el permafrost  una posibilidad cada vez más cercana. Sin la primera información nos descubriremos haciendo análisis tan errados como afirmar que nos encontramos situados en un escenario poscrisis. Precisamente cuando los vientos de cola del crudo relativamente barato, tan importantes para España, están a punto de amainar y de arrojarnos otra vez a un politraumatismo económico. Que dada la correlación de fuerzas vigente volverá a ensañarse especialmente con las clases populares. Sin la segunda información no calibraremos la magnitud real de la amenaza climática y su urgencia. Que no se trata tanto de ciudades costeras inundadas, como nos animan a visualizar las campañas de Greenpeace, sino de la pérdida de productividad de las cosechas mundiales, la inhabitabilidad creciente de amplios territorios intertropicales o, en caso de liberar la bomba de metano ártica, la previsible extinción de nuestra especie en unos pocos decenios de generaciones. Manejemos escenarios optimistas: 200 millones de refugiados climáticos a mediados de siglo, cuando tres millones de refugiados  ya han hecho de Europa algo tan irreconocible para mal, es algo que definitivamente, y como afirma Naomi Klein, lo va a cambiar absolutamente todo.

En resumen, reinventar la emancipación en el siglo XXI pasa por combinar una fortísima redistribución de la riqueza con una revolución cultural sin precedentes históricos. A ello debe aspirar el ecosocialismo: a un proyecto común de país  que nos permita, cuando llegue el momento de elegir claramente entre empobrecerse o matar, optar por la primera opción. Decrecer, y por tanto empobrecerse, todavía es una salida políticamente imposible a la encrucijada de nuestro tiempo. Quizá pueda dejar de serlo cuando la lujosa pobreza arraigue en nuestros imaginarios como un horizonte colectivo deseable. A saber: combinar el descenso energético-material con una mejora sustancial de la calidad y el sentido de la vida en otros aspectos. Como por ejemplo a través de ganancias en términos de seguridad biográfica. O mediante la reconfiguración de una idea de felicidad no monopolizada por el gesto ecológicamente suicida del consumo. Que la lujosa pobreza sea todavía un concepto teórico en boca de activistas ecologistas,  y no un gran experimento en el campo de las políticas públicas, la industria cultural o las prácticas militantes explica, en parte, por qué es tan difícil traducir las tomas de poder institucionales en avances emancipatorios a la altura de nuestros retos. Especialmente en el ámbito de la transición ecosocial. 

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Autor >

Emilio Santiago Muiño

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3 comentario(s)

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  1. Peatón

    Sobre la distinción entre lo material y lo cultural, dos precisiones. Si partimos de la definición de cultura propia de la Antropología, todo lo que no es naturaleza efectivamente sería cultura, es decir todo lo construido por el ser humano, sus formas de producir, de consumir, sus costumbres, formas de cantar, las diferentes lenguas, etc. sin ir más lejos, la conocida definición de Tylor. Ahora bien, la acertada y necesaria crítica que Daniel Bernabé realiza en su libro “La trampa de la diversidad” se refiere a la dimensión simbólica del concepto cultura, dimensión que convendría subrayar, es a lo que ha quedado reducido el concepto de cultura desde el postestructuralismo -tras suprimir su dimensión material- y que es el empleado por muchos de los soliviantados con el libro de Bernabé. Por tanto, cuando desde un tiempo a esta parte la izquierda postmoderna viene priorizando “lo cultural” nos estamos refiriendo a todo lo no económico. Por poner un ejemplo, a la famosa disputa de los trajes de los reyes magos, a repetir al hablar “ellos y ellas” los “flacos y las flacas” y demás luchas simbólicas, absurdas muchas de ellas, que han centrado el interés de la izquierda institucional últimamente. De esta manera, toda reivindicación material que afecta directamente a las precarizadas condiciones de vida de las clases populares han quedado olvidadas. Como consecuencia de su desesperación gran parte de estas han ido a engrosar el electorado de la ultraderecha. Por tanto, priorizar la cuestión material de tanto desempleado y precarizado es algo que urge y para eso existen propuestas concretas: la Renta Básica Incondicional, pero al parecer, ningún replicante a Daniel Bernabé la cita, Podemos la ha metido en el cajón y Alberto Garzón prefiere vernos a todos con “trabajo garantizado”. Los apologistas del trabajo (se supone que asalariado que es el que facilita dinero para comer) pasan así por alto que vivimos en un planeta con recursos limitados. En este sentido, es una pena que Emilio Santiago ya que cita al marxista Robert Kurz, no nos recuerde la idea central de la teoría “crítica del valor” de este autor que demuestra como el trabajo asalariado es el principal motor del capitalismo. Por otra parte, convendría también desde el planteamiento ecológico de Emilio Santiago concretar como se realiza ese necesario “cambio cultural” (cultura entendida ahora en sentido de la antropología, por tanto incluyendo lo económico) en el modo de vida occidental ecológicamente insostenible. Quizá una medida debiera ser la reducción drástica de la jornada laboral, cosa que por cierto, tampoco he leído en ninguno de los replicantes a Daniel Bernabé, y mucho menos el cuestionarse el trabajo asalariado. Creo que Emilio Santiago en esa equidistancia en que quiere situarse entre los postestructuralistas críticos de “La trampa de la diversidad” y el supuesto “marxista ortodoxo” Bernabé, debiera concretar pasos y medidas a poner en marcha ya, el diagnostico está claro. Se trata de priorizar y de actuar y no de ir de comparsa con la agenda de los posmodernos. Desde un planteamiento estrictamente ecológico, estaría bien mojarse y señalar si ciertas luchas postmodernas esencialistas de exaltación de la diferencia identitaria son más importantes para la salud de los seres vivos y el planeta que denunciar por ejemplo la plaga de automóviles que invade nuestras ciudades o cualquier rincón terrestre. ¿Para cuando campañas contra el coche y su fabricación? Nada se oye, tubos de escape día va y día viene.

    Hace 3 años

  2. zyxwvut

    Un apunte: http://arainfo.org/daniel-bernabe-hemos-perdido-nuestra-identidad-de-clase-y-no-sabemos-quienes-somos/

    Hace 3 años

  3. zyxwvut

    He leído "La trampa de la diversidad", en ningún párrafo he visto proclamada esta idea que el autor de este artículo airea: "Pero ante esta nueva encrucijada Bernabé falla porque propone una salida pendular: el retorno a un marxismo y a un movimiento obrero idealizado.". No he visto ninguna idealización del movimiento obrero en el recorrido histórico que realiza por la lucha de clases en el siglo XX, ni en los apuntes que plantea para salir de "La trampa", esa supuesta idealización es la que le adjudica Garzón en su desabrido y desviado primer artículo crítico en eldiario.es, sin apuntar ni una prueba ni una cita. Pero la imputación ha hecho fortuna y se repite y se repite como una descalificación genérica que invalida la reflexión de fondo que el libro de Bernabé plantea. El debate sigue siendo sesgado y los enunciados genéricos de Riechmann y Herreo, que las personas que llevamos años de activismo ecologista compartimos, aportan poca sustancia activista u organizativa. Como el artículo de Javier Andaluz en este mismo número. Los brillantes y documentados diagnósticos de la problemática hechos desde el ecosocialismo o la biomímesis de poco sirven si no incluyen propuestas concretas de intervención, algo que los que elaboran dichos diagnósticos no parecen muy dispuestos a asumir dada su altura intelectual. Esperemos a ver que plantea Emilio Santiago Muiño en su segunda entrega.

    Hace 3 años

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