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CRÓNICAS GONZAS

Inauguración de Xiaomi Nueva Condomina: un chino contento

Los caminos del capitalismo son inescrutables. Hay tecnología para ricos y aparatos para pobres

Santini Rose 26/09/2018

<p>Dani, el amigo del autor, posa con sus flamantes auriculares.</p>

Dani, el amigo del autor, posa con sus flamantes auriculares.

S.M.

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Ha pasado tiempo, pero al tío de El club de la lucha habría que decirle cuatro cosas. La primera: ¿Raciones individuales de amigos en los aviones? Muchacho, mira las escaleras mecánicas. Primer contacto visual, primera conversación, complicidad, vivencias, anhelos comunes y un pasado sobre los hombros, muerte. Todo en 30 segundos. Lo pienso mientras bajo por las escaleras mecánicas del Centro Comercial Nueva Condomina y una mujer de mediana edad –permanente, jersey de entretiempo– se apoya en el reposabrazos de goma negra y me pregunta a qué viene esa cola. Enfrente, 400 personas se arremolinan alrededor de una tienda.

-Abren una tienda de móviles –respondo; me doy cuenta de lo poco periodístico que sueno y lo arreglo–, de móviles buenos. Y baratos.

-Ya tienen que ser buenos…-contesta, escéptica.

Su tono anuncia el final de nuestra relación. Ya en tierra firme, hago balance. Sábado. Diez de la mañana. No solo estoy despierto, sino que voy a pasar medio día en un centro comercial. Hace 12 años desde la última vez. ¿Quién se acuerda de cuando llevar chándal y calcetines a la altura de la pantorrilla no era vanguardista? Además, estoy a punto de colocarme en una cola para entrar a un sitio en el que venden innovación tecnológica. Pocas cosas me interesan menos en este mundo. No voy solo: dos sagaces amigos se han embarcado en esta aventura. Me han dado información y me han prometido apoyo. Tienen sus propias misiones. Dani va a comprar unos auriculares. Es necesario que sean inalámbricos, porque siempre se le rompen por ahí y está hasta los huevos. Ángel, el más comprensible de mis amigos, una pulsera de plástico con una pantalla. No termino de entender para qué sirve, pero necesita un recambio de la correa. Le digo que no se preocupe, que vamos a conseguir ese recambio de correa.

La información: dice Dani que Xiamoi es un gigante tecnológico de origen chino. Algo así como el Apple de los pobres.

-¿Inditex en móviles? –pregunto.

-Algo así –contesta mi barbudo amigo, aún lejos de la desesperación.

Xiaomi ofrece tecnología más o menos aceptable –hay quien dice que buena– a precios más o menos aceptables –hay quien dice que baratos–. La tienda de Nueva Condomina es la decimotercera que los chinos abren en España. Dice Ángel, orgulloso, que han preferido abrirla en Murcia antes que en Alicante. Por algo será, remata. El más comprensible de mis amigos edifica gran parte de su autoestima con estas pequeñas victorias. También dice que los 200 primeros clientes se llevan un obsequio. Y yo quiero encontrar al cliente 201. ¿Cómo coño va a hacer para levantarse mañana? ¿Qué le pasa por la cabeza? ¿Cuánto le duele el corazón?

La tienda es un cubo de unos 80 metros cuadrados. Está entre una de gominolas y una perfumería. En la entrada hay mil globos naranjas y blancos, un par de guardias de seguridad y otro de chinos con polo blanco y acreditación. A la izquierda, dos metros de oso blanco cariacontecido. Bufanda roja y gorro ruso verde. Es Mitu, la mascota de Xiaomi que nadie parece entender. Ni siquiera la atención mediática que despierta –el pobre no tiene tiempo ni para pegar un bocado, con tanta foto– parece sacarle  de su abatimiento. Me pregunto qué estará haciendo ahora mismo el cliente 201. ¿Se habrá dado ya cuenta de que es el cliente 201?

La cola dobla la esquina. Llega hasta la mitad del pasillo perpendicular, frente al Sprinter. Nos colocamos al final. Delante de nosotros, un matrimonio de unos 40. Ella suda. Él reniega. Activo el protocolo de conversación iniciática: soltar, a un tono ligeramente superior al necesario, frases obvias con las que todo el mundo en esta situación está de acuerdo.

-Madre mía, qué gentío, nene.

El tío deja de renegar. Gira el cuello. Me escanea con el ceño fruncido. Vuelve a lo suyo. Estas cosas van lentas. Al minuto ya tenemos detrás a unas 20 personas. Dos adolescentes con riñonera y móviles más grandes que su cabeza observan la cola.

-Tía, ¿tú harías una cola como esta?

La otra niega con la cabeza. Ahora son más amigas.

-Madre mía, Ángel, hemos madrugado un sábado para hacer una cola, qué cosas, ¿no? –Sigo a lo mío. El tío vuelve a escanearme. No sé si estoy más cerca de entablar una conversación con él o de que me parta la boca. ¿Será él el cliente 201? ¿Pagará conmigo su frustración por no conseguir el obsequio? No estaría bien del todo, pero, en fin, todo el mundo tiene alguna razón para hacer lo que hace. Cambio el objetivo. Tarareo Xiaomi con la melodía de Seven Nation Army. No cuadra. Miro a mis amigos, doctos en el noble arte de la melodía.

-¿Cómo creéis que sería la canción de Xiaomi?

Se encogen de hombros, pero, incansables, agitan la cabeza. Trocean la palabra Xiaomi en partes que nunca hubiera imaginado. Cambian el ritmo. Falsete. Voz cavernosa. No hay manera: es posible que solo una raza superior consiga componer un cántico en condiciones para estos chinos. Sería el principio del fin. Avanzamos. A nuestra izquierda pasan personas radiantes con camisetas blancas de Xiaomi y bolsas naranjas.

-Estos son los Premium –dice el tío.

Yo activo el plan b del protocolo de conversación iniciática: reírme y repetirlo.

-¡Estos son los del Premium! –repito entre risas.

Me mira. Ríe. Sigue:

-Me cago en Dios, han tenido que madrugar poco, ¿sabes? Por lo menos llevan aquí desde las ocho.

-Pues seguramente –como no deje de reírme, me cargo la inauguración con un tsunami de orina.

-Nosotros venimos de Cieza a casico hecho para esto. Y a la una nos vamos a Águilas, que juega mi crío –Ciezano tenía ganas de hablar–. Hay un chino en la puerta que le da la mano a todo Dios. Contento se le ve…

Me vuelvo a acordar del cliente 201. Tengo que moverme. Una pareja con camiseta blanca de Xiaomi y bolsas naranja y sonrisas pasa a nuestra izquierda. Les pregunto si han conseguido el obsequio.

-Yo es que soy el cliente número uno –dice él, pelirrojo y exultante.

-¿Y cómo lo has conseguido? –pregunto.

-Pues me vine anoche y dormí aquí, en una banqueta –habla con suficiencia, como si dominar un pasillo de un centro comercial desde una banqueta durante una noche entera fuera la única forma de ser el cliente número uno de Xiaomi Nueva Condomina. Quizá lo sea.

-¿Y el obsequio? ¿Qué es?

-El obsequio no es un obsequio como tal –contesta la chica a su izquierda, los ojos se le van a salir de las órbitas y su tono dice que pertenece a la familia de los camarones pistola–, tú tienes que comprar cosas y luego entras a un sorteo. Yo te recomiendo que compres cosas baratas. Muchas. Muchas cosas baratas. Y así…

-¿Me puedo echar una foto con vosotros? –no sé qué decir, pero necesito que se calle.

-Yo te recomiendo que compres muchas cosas y muy baratas. Así es más posible que te toque el obsequio –continúa, ya con espasmos y espuma en la boca.

-Sí, muchas bolsas, pero las bolsas se ven vacías, el chino va a decir: Me cago en Dios, muchas vueltas, pero no me compráis un pijo…-Es Ciezano, claro.

A la altura de la esquina, el olor de una tienda de marroquinería me pone tontorrón. Qué piel, qué correas. Se lo digo a Dani.

-El capitalismo tiene estas cosas –dice–  recibes este estímulo, te compras un cinturón de piel y le dan por culo a Xiaomi.

Ciezano se fija en el escaparate de The Phone House y se lamenta de la pobre caja que van a hacer hoy. Es un tipo empático. Llegamos a la tienda. El guardia deja pasar al personal en grupos de cinco. Solo una cinta de tela azul nos separa de la Arcadia. Al fondo,  un capazo de personas enloquecidas gira su propio eje. Tocan móviles y tablets, dispuestas en cuatro mesas de madera en el centro de la tienda. El guardia coloca la cinta justo cuando va a pasar Ciezano.

-Chs, pues me alegro, así voy a cobrar el Euromillón. como me toque, le digo al chino que le compro la tienda y que se puede volver a China.

Entramos. Dani va a por sus auriculares. Ángel trata de explicarle a una dependienta lo que le pasó con su pulsera. Yo me quedo en el centro. No sé qué hacer. Un mazado y una señora chocan conmigo. Me piden disculpas. Dos adolescentes sonríen frente a una de las mesas de madera. En las pantallas, el menú de Herramientas. Busco al 201. Una dependienta me dice que no sabe qué ha sido de él, pero que mira qué regletas. Y sí: qué regletas. Blancas, con espacio para cinco enchufes y seis euros más caras que las que venden sus compatriotas en pantalones de tergal. Me cruzo con Ciezano. Dice que le ha tocado un euro. Le deseo suerte. Veo a mis amigos. Están en la cola. Joder, el obsequio. Lo grito. Consigo acercarme a ellos.

-El obsequio, zagales.

El dependiente se ríe. No entiendo nada. Me imagino al 201. Ya en casa, escribiendo su carta de despedida. De camino al coche, Dani me pide una foto con sus flamantes auriculares en el Sprinter. Sigo sin entender nada. Ángel se seca la frente con la manga de la camisa.

-Joder, macho, cómo agobia el puto capitalismo.

Me fijo en su muñeca. Lleva una pulsera azul celeste. Me pregunto si esa pulsera podrá cuadrar la palabra Xiaomi en una melodía. Espero que no.

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Santini Rose

Santini Rose, seudónimo bajo el que escribe Santos Martínez (Fuente Librilla, 1992), es periodista. Hubo un tiempo en que las abuelas de su pueblo pensaban que tenía en sus manos el futuro, pero eso ya no lo piensa nadie. Autor del libro de relatos Mañana me largo de aquí (La marca negra ediciones).

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1 comentario(s)

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  1. Miguel

    Seguro que los chinos ed pantalón de tergal tienen una rgleta con 3 enchufes eléctricos + 3 USBs controlada por WiFi por 8.50 €, 13.50 € cuesta la de Xiaomi https://www.gearbest.com/plugs-sockets/pp_322116.html?wid=1433363#goodsDetail Y que conste que yo tengo la de 5+5 de poweradd por 24 € https://www.amazon.es/gp/product/B01CQRA374/ref=oh_aui_detailpage_o04_s00?ie=UTF8&psc=1 El artículo es "de la broma", pero, ya puestos a escribir de Xiaomi y sus productos con tan excelente calidad precio que son noticia, se debería hacer con un poco mas de precisión, y puestos a reirse, mejor de los que venden productos peores mucho mas caros y de los que los compran, a veces a costa de los contribuyentes.

    Hace 4 años 4 meses

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