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El vals de las identidades

Mientras predomine la lógica identitaria que reivindica lo particular y lo propio, la agenda social por la igualdad y los derechos comunes quedará relegada a un papel subalterno

Martín Alonso Zarza 19/09/2018

<p>Matteo Salvini, líder de La Liga.</p>

Matteo Salvini, líder de La Liga.

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“Nosotros nos preocupamos por la cultura y por la identidad del pueblo europeo”, se promocionaba Matteo Salvini a principios de agosto, de cara a las próximas europeas. La misma música entonaba Steve Bannon poco después: “Las ganarán los movimientos de derecha populista y nacionalista. Se harán con el gobierno. Veréis Estados-nación cada uno con su identidad y sus fronteras”. Así pues, el principio activo de la pócima mágica de esta nueva hornada de caudillos es la identidad; una ubicua –hagan la prueba de contar el tiempo antes de encontrarse con ella– etiqueta. De modo que vale la pena echar un vistazo a la cuestión.

Empecemos por el lado, digamos, anecdótico. En la cafetería bonaerense Floren Garden, las servilletas de papel proclaman “La identidad de una esquina”, la del cruce Florida-Paraguay. “El tomate de ramellet es parte de nuestra identidad y cultura popular”, declara el ganador de una beca de investigación en la modalidad de Cultura Popular del gobierno balear. Desde la misma sección hortelana pero en los Alpes, los hermanos Zollinger se ocupan de las semillas swiss-made y reivindican para la ensalada identitaria el tomate ‘rosa de Berna’. De la huerta a la cocina. En mayo pasado el gobierno sueco confesó que el plato nacional, las albóndigas, es en realidad turco. Muchos tuiteros reconocieron la honestidad del gobierno por revelar la verdad sobre un tema tan sensible para la identidad nacional. Salto a la música. En la interesante exposición “Sonidos de la protohistoria” del Museo Numantino de Soria leemos sobre las trompetas celtibéricas “que los romanos las eligieron como elementos identitarios en las representaciones de los galos y los celtas vencidos”. Cambio de registro para sustituir en la representación colectiva un équido por un bóvido. Un titular de finales de agosto: “Galicia estrena su primer ‘paso de vaca’, porque la cebra no le representa”. Pero resulta que las manchas representativas son de una vaca forastera no autóctona. “Hay razones para homenajear a la vaca como icono gallego”, declara la directora de marketing de una granja. No podía faltar el deporte: “Durante décadas [el Madrid] fue el equipo de los que llegaban a la capital. Sin embargo, ha perdido su particular batalla sociológica, lo que ha dejado a muchos madridistas sin identidad”. ¡Pobres madrileños sobrevenidos en cueros identitarios! Y para finalizar un ejemplo en sentido contrario, una patología que viste, porque parece que es mejor una mala identidad que ninguna: “Me llamo X, soy autista y no quiero que nadie me cure porque el autismo no se cura. Es una condición, es parte de nuestra identidad”. El caso hace recordar a aquel médico que sostenía que la fiebre del heno era la marca de identidad, y de superioridad, de los ingleses.

El inagotable repertorio da cuenta de la omnipresencia del término y no solo en las anécdotas populares. Pasa lo mismo en el lenguaje académico, donde a menudo la omnipresencia se multiplica en anacronismo y se presenta la identidad como una constante histórica. Es bien sabido que el primer capítulo de cualquier identidad es la invención de una genealogía. Unos ejemplos de firmas autorizadas: “La identidad ha sido uno de los elementos destacados en la educación del siglo XX” (DEDiCA. Revista de Educação e humanidades, 5, 2014); “la pregunta por la identidad ha estado presente en todas las épocas de la historia de Occidente” (Ensayos de Filosofía, 6, 2017).

¿Es así? En el Diccionario de Ciencias de la Educación (Santillana, 1983), no aparece “identidad”. En los índices analíticos de los nueve volúmenes de la Historia de la Filosofía de Frederick Copleston, las referencias son, hasta el siglo XX, al principio de identidad, que es una propiedad lógica (una cualidad de las proposiciones) no ontológica (un atributo de la realidad, como quiere el uso actual). En los cinco volúmenes del Dictionary of the History of Ideas (1974) no aparece el término. La identidad en la tradición clásica se entiende como una relación de semejanza total entre dos instancias. Por eso el término brilla por su ausencia en los clásicos del pensamiento social. De modo que en el índice de The Macmillan Book of Social Science Quotations, editado por David L. Sills y Robert K. Merton como volumen 19 de la International Encyclopedia of Social Sciences (1991) no aparece identidad. En los volúmenes de contenido aparece solo en la acepción psicológica (desarrollo de la personalidad, concepto de sí mismo) en la entrada “identidad psicosocial”, no como atributo de culturas, sociedades u otras instancias colectivas. El término tampoco aparece en los volúmenes del Diccionario Unesco de Ciencias Sociales (1975).

Precisamente la referencia psicológica es la primera en el sentido corriente y nace en la segunda mitad del siglo pasado de la mano del psicoanalista Erik H. Erikson. Pronto, en el maelstrom del 68, el término se extiende a otros campos hasta convertirse en el constructo comodín y nebuloso que conocemos. La identidad nace precisamente en el humus conservador del final de las ideologías (la obra pionera de Daniel Bell con ese título se publica cuatro años después del trabajo de Erikson, en 1960). La genealogía es clara, como han puesto de manifiesto analistas como Liana Giorgi, Robinson Baudry y Jean-Philippe Juchs o Detlev Claussen. En particular, Baudry y Juchs aciertan a resumir la paradoja en una frase: “La noción de identidad es de un uso masivo pero reciente en el campo de la psicología y las ciencias sociales”. De modo que es un claro abuso retroproyectar históricamente el uso del término. Y esa alegría en el uso se replica en otras direcciones. “La identidad nacional es un algoritmo político”, dice una de las viñetas de El Roto. Un algoritmo performativo, porque el lenguaje de la identidad se inserta en una constelación semántica muy connotada. Claussen asegura que ha sustituido a “ideología” y desplazado el foco desde lo social hacia el tejido blando culturalista. Las palabras crean campos de valores. Así, “identidad” rima con particularidad (se enaltece lo propio frente a lo común), distinción, ADN, competición, privatización/patrimonialización, diferencia, pureza, exclusión, tribalismo, marcadores, fronteras, muros, estrategias de suma cero, síndrome carencial…; pero no con solidaridad, igualdad, reciprocidad, cooperación, fraternidad, ciudadanía, dominio público, universal o planetario.

No cabe aquí el desglose de la constelación tenebrosa (supremacismo, victimismo, esencialismo, narcisismo, faccionalismo, radicalización, binarización –“nosotros-ellos”–, fundamentalismo, organicismo, irredentismo emocional, intolerancia, burbuja cognitiva, paleofilia…) propiciada por las gramáticas de la identidad que se resuelven en el mejor de los casos en bastiones incomunicados. Es algo más de una ironía que el mismo Erikson padre de la criatura acuñara igualmente a su contraparte, a la que denominó “pseudoespeciación”, la tendencia a considerar al endogrupo como “naturalmente” superior (“The concept of identity in race relations. Notes and queries”, Daedalus, vol. 95, 1966). Es esta propensión la que explica las prevenciones de mentes preclaras: para Tony Judt, “‘Identidad’ es una palabra peligrosa. No tiene ningún uso respetable en nuestros días”; para Ian Buruma, como para Amin Maalouf, es “un asunto con sabor a sangre”. Sin llegar tan lejos, la identidad es una herramienta que produce resultados bien diferenciados según el espacio ideológico y civil. De nuevo Steve Bannon: “En tanto [los demócratas y la izquierda] sigan hablando de política de identidad, les tendremos dominados”. Recordemos donde germinó el “Spain is different”, precursor del contagioso “X [nosotros] primero”, “hacer a X grande otra vez”. De ahí la inclinación de los líderes etnopopulistas a convertir la identidad en palanca de movilización. Porque la identidad activa emociones negativas low cost, como el miedo, el odio o el resentimiento.  De modo que a poco que las circunstancias coadyuven, el vals de las identidades derrapa en danza macabra.

Pero sin llegar a ello la identidad produce una segmentación en la movilización que impide la confluencia en términos de solidaridad ciudadana, como señalaba hace poco en estas páginas Eugenio del Río y acaba de recordar Michael Ignatieff aprovechando la publicación de dos libros recientes que apuntalan el mismo argumento. No se ha prestado bastante atención a la diferente respuesta de la marea blanca en Madrid y en Barcelona; y a las consecuencias que ello ha tenido para las poblaciones respectivas en términos de calidad asistencial. Es evidente que mientras predomine la lógica identitaria que reivindica lo particular y lo propio, la agenda social por la igualdad y los derechos comunes quedará relegada a un papel subalterno. Al final, la política de la identidad se convierte a la vez en una prisión grupal y en un obstáculo social para configurar una acción colectiva con capacidad de hacer frente a las lógicas depredadoras de gentes como Orbán, Bannon o Netanyahu. El último nombre es el mejor ejemplo para mostrar el efecto sobre la izquierda y las fuerzas sociales de una lógica identitaria en un estado que se considera con razón heredero de la peor catástrofe producida por la lógica identitaria.  Mírese qué peso tiene hoy la izquierda en el país de los kibutz.  No deberíamos olvidar, junto a otras reivindicaciones legítimas de la memoria histórica, el núcleo central de la historia del siglo XX.

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Martín Alonso es autor de No tenemos sueños baratos. Una historia cultural de la crisis y El catalanismo del éxito al éxtasis.

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1 comentario(s)

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  1. cayetano

    Es un buen artículo, relatándonos la interpretación histórica del significante identidad (con referencias bibliográficas), desde sus relaciones con ideologías y/o culturas políticas en cada contexto histórico. De compartir su enfoque, no podría más que aportar alguna matización o pellizcar algún argumento secundario, pero no es el caso. Como atrevido ignorante, critico la mayor junto al proceso de razonamiento, sin necesidad de negar o afirmar su relato histórico. Y la crítica va a la línea de flotación de la médula en su razonamiento, sobre si >. Cosa que no entiendo, pues prefiero más “concepto” que “principio” de identidad, y al entender que no es ni unívoco pacíficamente, aun si fuera cualidad de proposición. Por la misma razón que la realidad social de la que se habla, tampoco cuenta con atributos unívocos como se pretende. Y ello, porque no hay realidad que niegue la contradicción, ni afirme la univocidad y/o al Uno, menos aun la realidad social en todo su esplendor y complejidad, con infinidad de contradicciones. Pero en mi corto entendimiento, al menos sobre el tema, pienso que la capacidad performativa de un término consiste en reproducir o consolidar experiencias y/o realidades, deseos o pulsiones, fantasías… en definitiva vivencias imaginarias o reales, que preexisten y son potencia de concepto. El concepto es performativo al dar corporeidad delimitando los significados, y concretando las distintas potencias que preexistían al mismo, conformándolo respecto de una cultura, normalmente hegemónica y asumiendo una función teleológica (inmanencia), en su contexto. Como decía un comentario de Iñaki en uno de los artículos sobre el tema en CTXT, lo que no se nombra no existe, y apunto para ser más estricto: o al menos su incorporeidad impide la manifestación de su presencia consciente, que es preexistente a la potencialidad contradictoria de la que nace, en su caso, el concepto o principio corpóreo y ya delimitador de un significado. A donde nos lleva este razonamiento, de entrada a comprender porque los términos y conceptos cambian de significado a lo largo del tiempo y espacio. Creo que este aserto es compartido por todos. Y este argumento no negaría el artículo que nos ocupa, pero si traslada e invalida la argumentación sobre la univocidad ahistórica del significado (principio o atributo) de identidad y sus inmanencias performativas. De un lado, aun si aceptamos que todo concepto responde, para el caso da igual que sea proposición de cualidad o atributo de realidad, a una realidad contradictoria e histórica. Está claro que el concepto identidad es reciente históricamente, tanto como el concepto de individuo (lo ha explicado muy bien el autor). Pero no podemos por ello negar que la significación conceptual tanto de identidad como de individuo, son parte de la realidad y cultura de hoy. De hecho lo denunciamos y vamos a contracorriente, precisamente porque son hegemónicos hoy, en este contexto histórico. Y aunque sea desde la negación y la crítica, el autor se ha dedicado a explicarnos y afirmarnos de una parte cuan actual es el concepto de identidad (sea proposición o atributo), y de otra cuan perniciosa es su actual significación. Que el concepto de identidad como el de individuo, aparezcan en la Modernidad, no demuestra que el concepto de identidad responda a una única potencia de corporeidad de una realidad histórica presente, sólo que no responde a la de ayer. Y el autor en ningún momento plantea que dicha univocidad sea histórica, más bien pareciera que es ahistórica, dado que siempre han de tener los significados perniciosos que le atribuye ontológicamente (“atributo de la realidad”). Además, tampoco demuestra necesariamente que la corporeidad instrumentalizada del término identidad, ahora hegemónica (tenga la significación e inmanencia teleológica que tenga), sea la única potencia de corporeidad del término, dado que primero la realidad es contradictoria, y por ello evoluciona. Es decir, que se pueda discutir la significación del término, con el mismo o inventando otro, encabezonarse con el término y entender unívocamente y atemporalmente la cuestión es su error. Otro significante o resignificado del mismo, que cómo función ha de ser némesis significativa, con origen en las propias contradicciones de la realidad social preexistente. Que naciendo de la misma preexistencia potencial por contradictoria, sea su antítesis, némesis de la acepción que la ultraderecha asigna al término, sea concepto, principio y/o atributo de la realidad. Y eso es realmente lo importante no el significante o término, sino encontrar, disputar desde la misma raíz de la realidad contradictoria de dónde nació la acepción perniciosa, la contraposición, su antítesis, su némesis. Y Clara Ramas junto a otr@s, entienden que puestos a discutir la interpretación de la realidad, hagámoslo disputando la batalla por la significación de los términos que ella misma parió, quizás porque sea lo más económico o eficiente en términos de comunicación. Pero también porque eso es coger al toro por los cuernos- metafóricamente-. Dicho en otras palabras, la gran reflexión para mí que soy insignificante, de seguir el hilo argumental del autor y teniendo en cuenta las consideraciones previas de este comentario, sería contraria a la manifestada por él. Por ello, si al autor del artículo no le gusta el término identidad, y da por imposible una batalla por su resignificación. Resignificación posible, como sin pretenderlo afirmaba uno de los artículos contrarios al término Patria, pues afirmaba que en condiciones diferentes los términos son fácilmente resignificados, lo decía éste al hablar de Patria y su significado para los pueblos y movimientos de liberación latinoamericanos. Como decía, en el caso, de que el autor no comparta el término identidad para resignificarlo, para disputar la batalla del lenguaje, el imaginario popular y la política, debería proponer la comentada Némesis que nace de las mismas contradicciones de la realidad que contraponer a la óptica de la extrema derecha. Que el término identidad parta de la cultura actual sólo indica que corresponde a estos tiempos, cómo explica en tantos ámbitos y perspectivas el propio autor. Que su significación remite al individuo es lógica en esta cultura donde todos nos hemos socializado, incluso la comunidad se piensa desde la suma de individuos y no como realidad ontológica preexistente. Pero ello, no significa que no podamos resignificar el término identidad dotándolo de potencias positivas, frente a la némesis que propone la extrema derecha. Recuperar el término identidad cuando hay tantas vivencias de identidad, unas con base material y otras no, pero todas sustanciales en la cotidianidad vital. Recuperarlo o recrearlo para un proyecto de comunidad o de Patria, que se enriquece en la diversidad de identidades, que incorpora esa diversidad como seña de identidad (no es una contradicción lógica, señas de identidades como seña de identidad, depende de la mentalidad o imaginario). Y ello en base a los valores inmanentes de comunidad en diversidad de identidades (materiales o no), sustentado todo ello por compartir unos intereses materiales y condiciones de vida frente a la involución social que recorre las distintas identidades que la componen y creen en el futuro de sus sinergias desde la diversidad. Recuperar un concepto que de corporeidad a la misma contradicción en la realidad de la que nace y avanza la extrema derecha, pero desde las antípodas, sin dejar vacío. Pues no olvidemos que la extrema derecha crece sobre una contradicción imaginaria o real que ha quedado sin respuesta, y ellos han ocupado el vacío. Y si no abordamos ese vacío contradictorio de la realidad, para dar respuesta desde nuestra óptica, contraponiendo la antítesis a la ultraderecha y resignificando desde ese vacío y contradicciones, vamos en inferioridad, como de otra parte se está demostrando desgraciadamente. Clara Ramas y otros proponen identidad, comunidad y Patria, y no tratan de parecerse para contrapesar. Pero sí de reconocer que están dando respuesta a una serie de contradicciones en las que existían un vacío, y en las que por tanto sus significantes son hegemónicos. Discutamos la hegemonía del lenguaje, del significado, de la proposición, y otra cosa, no lo hagamos en su terreno, el de la maximalización universalista. Acaso renunciar a la batalla por el lenguaje y sus significados, no es ir desarmados, al no dirigirnos al núcleo contradictorio desde el que irradian las extremas derechas. Quién, hoy en día va a renunciar a su identidad, sea proposición o atributo o potencia de la realidad contradictoria. Pensemos en términos políticos, ahí es donde está la batalla, la ultraderecha muda como serpiente y como a serpiente hemos de darle en la médula espinal de su fake rhetoric, si pretendemos acabar intelectual y emocionalmente con ella, demos también la batalla por significar el lenguaje. Un cordial saludo.

    Hace 3 años 2 meses

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