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ANTONIO CASADO DA ROCHA / FILÓSOFO Y PROFESOR

“No sé si podría convertirse en un sistema, pero la sobriedad es una posibilidad real, no utópica”

Andrés Carretero 21/09/2018

<p>Antonio Casado da Rocha.</p>

Antonio Casado da Rocha.

Nagore Iraola

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Habiendo dejado atrás el pasado año el bicentenario de Henry David Thoreau (1817-1862), que ha facilitado el acercamiento a su obra en el contexto hispanohablante mediante nuevas traducciones, entre las publicaciones que conmemoran esta efeméride destaca por su singularidad y pertinencia Una casa en Walden. Sobre Thoreau y cultura contemporánea (Pepitas ed., 2017). Tras la presentación del libro comenzamos una correspondencia con su autor, Antonio Casado da Rocha (Donostia, 1970), filósofo, ensayista y profesor de ética contemporánea en la Universidad del País Vasco (UPV-EHU).

“Most men appear never to have considered what a house is”, dice Thoreau en Walden, y con esta cita abres el libro. Entiendo que has reflexionado en torno a lo que una casa es o puede llegar a ser. Entonces, ¿qué es una casa?

Yo no soy arquitecto, así que permíteme que te responda desde Walden. Allí escribió Thoreau sobre la casa como si fuera una forma de arroparse, una extensión del cuerpo humano dedicada a conservar su calor, físico y afectivo. Me gusta esa definición porque hace de la casa algo práctico y al mismo tiempo completamente personal, nuestra forma básica de estar en el mundo. La frase que citas tiene su ironía —dice “hombres” y no “gente”— y en este caso creo que admite una lectura de género. Esos hombres ignorantes, esas vidas desconsideradas que Thoreau critica me incluyen también a mí y a muchos otros lectores de Walden, de entonces y de hoy.

Podríamos detenernos en el origen etimológico de la palabra ecología, “discurso sobre la casa” o “estudio del hábitat de los seres vivos”, humanos y no humanos, y en la figura de Thoreau como pionero.

La palabra fue puesta en circulación algo después, pero se puede considerar a Thoreau un precursor de la ecología en tanto que ciencia natural, y también del ecologismo en tanto que cultura o movimiento social. Aunque murió cuando estaba comenzando a publicar sus primeros trabajos científicos, era inusualmente capaz de escribir con precisión y audacia al mismo tiempo, y anticipó mucho de lo que nos está sucediendo hoy. La deuda que tienen con Thoreau iniciativas contemporáneas como el Dark Mountain Project es inmensa.

En la introducción describes las dimensiones y la escala de la casa en Walden –“poco más grande que el tonel de Diógenes”–, estableciendo así una primera relación con el cuerpo, e indicas que Thoreau “tenía en su casa tres sillas: una para la soledad, otra para la amistad y una tercera para la sociedad”. Esto puede relacionarse con el proyecto habitacional mínimo, cooperativo, que planteó Hannes Meyer en Co-op Interieur (1926), donde unos pocos elementos muebles conforman el espacio destinado para una persona.

No lo conocía, tendré que googlearlo para ver si hubo alguna influencia, pero tampoco olvidemos que Thoreau se inspiró en otros: a mediados del siglo XIX el minimalismo ya estaba de moda entre algunas sectas religiosas y proyectos comunitarios de Nueva Inglaterra. Y, efectivamente, podríamos remontarnos hasta Diógenes y los cínicos, que preconizaban vivir con lo mínimo posible. Que la casa de Thoreau sea tan pequeña hace que esté completamente volcada hacia fuera, pero al escribir sobre lo que ocurre en el exterior de la casa, también nos está hablando de su vida interior. La metáfora de las tres sillas ha dado mucho juego, hasta Esther Ferrer hizo con ellas una instalación para la Bienal de Venecia, Las tres gracias, creo que se llamaba.

Reinterpretas el lema “simplify, simplify” de Walden como una autolimitación del deseo, una llamada a la concentración e intensificación en un hacer o haceres concretos, que a su vez cede espacio a la producción de los otros. ¿Es viable la aplicación efectiva de este principio en un contexto marcado por la figura del emprendedor neoliberal, maker capaz de resolverlo y llegar a todo, valorado en el mercado por la amplitud de sus capacidades multitarea?

No sé si es viable, pero son principios opuestos. Aunque Thoreau sabía hacer de todo, en una de sus cartas a Blake recomendaba esta máxima: haz sólo eso que nadie más que tú puede hacer. Esa otra figura que describes se mueve por un imperativo diferente: hazlo todo, sé capaz de hacer cualquier cosa. El primero promueve la autenticidad y la inacción, el segundo lo versátil e hiperactivo. Esto me recuerda otro pasaje de su correspondencia con Blake en el que a las preguntas de su discípulo Thoreau simplemente declaró “I am nothing”. Algo muy distinto de ese otro lema, “Impossible is nothing”, con el que nos venden ropa deportiva.

El “simplify” podría ayudarnos a entender la decisión de Thoreau de no hacer carrera académica en Harvard o rechazar las profesiones que ocupaban los graduados universitarios en su época, prefiriendo retirarse a Concord como productor periférico, popular (escritor, agrimensor y fabricante de lápices). Una elección que, según comentaste en el acto de presentación, fue criticada por el mismo Emerson.

Sí, Emerson no entendía que, pudiendo ser el ingeniero de América, Thoreau se limitara a organizar excursiones en busca de bayas. No fue el único en recriminarle su provincianismo, pero Thoreau ya había vivido en Nueva York y no tenía la menor intención de volver. Procedía de una familia modesta, no tenía grandes habilidades sociales, pero nadie conocía mejor que él los campos de Concord, y era ese conocimiento lo que le daba de vivir. De nuevo, estoy interpretando el “simplify” en términos de conocimiento práctico: descubre eso que sabes hacer bien, y hazlo, pero no hagas nada más.

Señalas que Thoreau levantó su casa en Walden reutilizando materiales de derribo procedentes de otras construcciones, acción que te permite desplegar dos proposiciones: la construcción del entorno en relación a la autocreación de la identidad, por un lado, y la reutilización y ensamblaje de deshechos o residuos como práctica ecológica primigenia y radical, por otro. ¿De ahí la elección del diario, un género literario biográfico y fragmentario, que facilita la apropiación, para comenzar el libro?

No quería escribir un libro sobre Thoreau, sino sobre nosotros: sobre cómo se relaciona con Thoreau la cultura contemporánea, con sus influencias y sus contradicciones. Su obra principal es el diario, así que me pareció legítimo usar ese género para abrir el libro, reciclando algunos extractos de mi blog del curso 2015-2016, un poco como hacía él, que escribía largas entradas en casa, pero a partir de pequeños fragmentos anotados en el campo. De esta manera el libro no es sólo un conjunto de ensayos sobre diversos temas relacionados con Thoreau, escritos en frío y desde la distancia académica, sino un ejercicio de apropiación que también muestra el proceso de cocina, la perspectiva en caliente desde la cual los he producido, que es muy distinta de la del propio Thoreau. Por eso me he atrevido a mostrar los materiales y vivencias de estos años, sin pudor y sin pulirlos demasiado, para que no perdieran ese carácter tentativo y transparente que para mí ha de tener el ensayo, un género en el que siempre se ve al autor enzarzado con su tema.

Dialogas con las ideas elaboradas por Jorge Riechmann en Autoconstrucción. La transformación cultural que necesitamos (Catarata, 2015). Una autoconstrucción crítica, reflexiva, que se define como realista para distanciarse de la utopía y oponerse a ese otro realismo que es el capitalista. ¿Cómo articular ese lento proceso de socialización que conlleva otras formas de vida posibles?

Naturalmente, el libro está escrito en diálogo con otros libros, como ese de Jorge que mencionas, o los de Marina Garcés, que es de lo mejor que le ha pasado a la filosofía española en los últimos años. Los dos comparten algunas intuiciones que yo también encuentro en Thoreau, como la continuidad entre naturaleza y cultura, la importancia de las historias que nos contamos a nosotros mismos, o la resistencia a dejarse llevar por pasados o futuros imaginarios que nos roban la atención y la intervención en el presente, que es el único tiempo vivible que hay.

Aparece de forma recurrente otro escrito representativo de Thoreau, Walking (que aún puede leerse en su versión original publicada por la revista The Atlantic en junio de 1862), un alegato del caminar que inscribe al personaje en una cierta tradición, la del filósofo peripatético y práctico. Una primera relectura de Walking alude a la escritura performativa, a la vida como obra de arte y al caminar como práctica artística subversiva –donde land artists como Robert Smithson y sus Monuments of Passaic, o el británico Hamish Fulton, serían referentes.

Sí, pero también muchos otros artistas, por lo menos desde las Sendas de Oku de Basho hasta lo más cercano, como las caminatas poéticas y multitudinarias de Esther Ferrer por San Sebastián. Y tal vez hoy sea incluso más subversivo que en tiempos de Thoreau, pero lo que no ha cambiado es el potencial del caminar como práctica de autoconocimiento y recuperación de un tiempo propio. Thoreau decía que caminaba cuatro horas diarias para recuperar la cordura… en pleno siglo XIX, mucho antes de la Gran Aceleración cuyas consecuencias estamos comenzando a sufrir.

La segunda atañe a la progresiva privatización del territorio –todavía incipiente a mediados del siglo XIX–, mediante la parcelación y construcción de infraestructuras, apoyadas en fenómenos como la división del trabajo y la automatización del transporte. ¿Cómo se relaciona en Thoreau la propiedad privada con el ejercicio de apropiación que garantiza un proyecto de identidad y permanencia? ¿Es posible disociarlos?

En el primer capítulo cito una observación de Thoreau sobre unos pájaros en los árboles que Emerson poseía en Walden, y yo me pregunto de quién eran en verdad esos árboles. El título de propiedad (“las escrituras”) sería de Emerson, pero mediante su práctica de escritura Thoreau se apropió de ellos y nos los entregó sostenidos por esas aves de las que hablo en el libro.

Defines el paisaje como “estructura moral”, un bien común construido de forma anónima y colectiva, siguiendo tu trabajo junto a Laura Menatti en torno a la teoría ecológica de la percepción y el concepto de affordances, o posibilidades medioambientales que vinculan paisaje, cuerpo y salud. ¿Se trata de una concepción del paisaje más política que romántica?

Bueno, el filósofo Javier Muguerza me dijo un día que el romanticismo es la revolución por otros medios, y yo también lo veo así. No separo el Thoreau político del Thoreau esteta. En ese trabajo con Laura nos ceñimos más a la percepción, pero en el libro lo ilustro con algunos pasajes del diario de Thoreau que muestran su interés por leer el paisaje en clave relacional, fijándose en toda una serie de procesos y prácticas que lo configuran y asocian a una forma de vida particular.

Una de las prácticas o formas-de-vida que atraviesan el texto es la autocontención elegida, aquella que se funda en una ética de la sobriedad ante la austeridad neoliberal y el hedonismo consumista. Son necesarios matices que diferencien sobriedad de pobreza: pobreza de muchos, sobrevenida u obligada; sobriedad de algunos, voluntaria en pos de su autonomía. ¿Prefigura un posible sistema cuyo horizonte sea el decrecimiento?

No sé hasta qué punto podría convertirse en un sistema, pero la sobriedad es una posibilidad real, no utópica; en el libro menciono algunos ejemplos además de Thoreau. No es pobreza ni aislamiento, sino un cierto equilibrio en esa zona de transición entre la adicción y la abstinencia. Un equilibrio precario o relativo, que persigue como dices una autonomía, pero una autonomía-con-otros.

La relación existente entre la identidad y las prácticas a las que uno se entrega es tratada en profundidad por Richard Rorty en “Creación de sí mismo y afiliación”, un capítulo de su célebre Contingencia, ironía y solidaridad (1989). La llamada a Rorty que aparece en su libro, a través de Harold Bloom, hace referencia al liberalismo político, “la individualidad democrática” en Thoreau. ¿Hasta qué punto tu lectura deja en suspenso esta interpretación del autor norteamericano?

En el libro utilizo esa expresión, “poeta fuerte”, no porque Thoreau escribiera buenos versos (Cátedra acaba de publicarlos este año, traducidos por Javier Alcoriza) sino en el sentido de Rorty: fue uno de esos pocos escritores que crearon un nuevo vocabulario, una manera distinta de ver el mundo que otros adoptan y pasa a ser parte de la visión heredada, de la tradición. Pero el ironista liberal de Rorty está marcado por la duda sobre su propio vocabulario, y eso también puede encontrarse en Walden. Thoreau se inventó a sí mismo como escritor en la laguna, se forjó una identidad mediante esas prácticas que mencionas, pero al final decide abandonar su casa en Walden porque tiene “otras vidas que vivir”, más experimentos que probar, esta idea tan liberal de maximizar la libertad para experimentar con la propia vida, que también se encuentra en John Stuart Mill. Hay quien ve en Thoreau un fanático, y conforme se va acercando la guerra civil norteamericana todo se va radicalizando, pero es fácil encontrar en Walden pasajes que presentan esa vacilación irónica, lo que Thoreau llamaba “el carácter volátil de nuestras verdades”, la sensación de que es imposible establecer cualquier verdad de una vez para siempre, que uno siempre se encuentra en camino.

Para terminar, comentas que “Thoreau culminó su acción de desobediencia civil durante su estancia en la laguna”, antes de abandonarla. En las últimas páginas reflexionas no tanto sobre el fracaso –fracasar en traducir Walden–, sino cómo dejar de hacer, abandonar la tarea y ensayar otras cosas.

No trato de hacer teoría con Thoreau, pero volviendo a Rorty el ironista sabe que ninguna visión, ningún vocabulario es último, ni siquiera el suyo. En esto, como en todo, parece que funcionamos por ensayo y error. Thoreau encontraba poesía en el movimiento, en ese vagar entre diferentes territorios, lenguas y vocabularios que llamamos “pensar” o “pensamiento”. Por eso la parte final del libro es también una especie de diario, pero no de días sino de lecturas: una serie de glosas a poemas que me han ayudado en esos desplazamientos o transiciones que me llevaron primero al Walden original, y que luego me han traído de vuelta para buscar un Walden aquí y ahora, aunque sólo sea para fracasar y volver a intentarlo.

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Andrés Carretero es arquitecto y crítico. Su práctica abarca una concepción expandida de la arquitectura atravesada por el arte, la teoría y lo político. Co-fundador de MONTAJE –infraestructura cooperativa de producción arquitectónica.

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Andrés Carretero

Andrés Carretero (1986) es arquitecto y crítico. Su práctica abarca una concepción expandida de la arquitectura atravesada por el arte, la teoría y lo político. Co-fundador de MONTAJE – infraestructura cooperativa de producción arquitectónica y co-editor de Materiales concretos.

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