1. Número 1 · Enero 2015

  2. Número 2 · Enero 2015

  3. Número 3 · Enero 2015

  4. Número 4 · Febrero 2015

  5. Número 5 · Febrero 2015

  6. Número 6 · Febrero 2015

  7. Número 7 · Febrero 2015

  8. Número 8 · Marzo 2015

  9. Número 9 · Marzo 2015

  10. Número 10 · Marzo 2015

  11. Número 11 · Marzo 2015

  12. Número 12 · Abril 2015

  13. Número 13 · Abril 2015

  14. Número 14 · Abril 2015

  15. Número 15 · Abril 2015

  16. Número 16 · Mayo 2015

  17. Número 17 · Mayo 2015

  18. Número 18 · Mayo 2015

  19. Número 19 · Mayo 2015

  20. Número 20 · Junio 2015

  21. Número 21 · Junio 2015

  22. Número 22 · Junio 2015

  23. Número 23 · Junio 2015

  24. Número 24 · Julio 2015

  25. Número 25 · Julio 2015

  26. Número 26 · Julio 2015

  27. Número 27 · Julio 2015

  28. Número 28 · Septiembre 2015

  29. Número 29 · Septiembre 2015

  30. Número 30 · Septiembre 2015

  31. Número 31 · Septiembre 2015

  32. Número 32 · Septiembre 2015

  33. Número 33 · Octubre 2015

  34. Número 34 · Octubre 2015

  35. Número 35 · Octubre 2015

  36. Número 36 · Octubre 2015

  37. Número 37 · Noviembre 2015

  38. Número 38 · Noviembre 2015

  39. Número 39 · Noviembre 2015

  40. Número 40 · Noviembre 2015

  41. Número 41 · Diciembre 2015

  42. Número 42 · Diciembre 2015

  43. Número 43 · Diciembre 2015

  44. Número 44 · Diciembre 2015

  45. Número 45 · Diciembre 2015

  46. Número 46 · Enero 2016

  47. Número 47 · Enero 2016

  48. Número 48 · Enero 2016

  49. Número 49 · Enero 2016

  50. Número 50 · Febrero 2016

  51. Número 51 · Febrero 2016

  52. Número 52 · Febrero 2016

  53. Número 53 · Febrero 2016

  54. Número 54 · Marzo 2016

  55. Número 55 · Marzo 2016

  56. Número 56 · Marzo 2016

  57. Número 57 · Marzo 2016

  58. Número 58 · Marzo 2016

  59. Número 59 · Abril 2016

  60. Número 60 · Abril 2016

  61. Número 61 · Abril 2016

  62. Número 62 · Abril 2016

  63. Número 63 · Mayo 2016

  64. Número 64 · Mayo 2016

  65. Número 65 · Mayo 2016

  66. Número 66 · Mayo 2016

  67. Número 67 · Junio 2016

  68. Número 68 · Junio 2016

  69. Número 69 · Junio 2016

  70. Número 70 · Junio 2016

  71. Número 71 · Junio 2016

  72. Número 72 · Julio 2016

  73. Número 73 · Julio 2016

  74. Número 74 · Julio 2016

  75. Número 75 · Julio 2016

  76. Número 76 · Agosto 2016

  77. Número 77 · Agosto 2016

  78. Número 78 · Agosto 2016

  79. Número 79 · Agosto 2016

  80. Número 80 · Agosto 2016

  81. Número 81 · Septiembre 2016

  82. Número 82 · Septiembre 2016

  83. Número 83 · Septiembre 2016

  84. Número 84 · Septiembre 2016

  85. Número 85 · Octubre 2016

  86. Número 86 · Octubre 2016

  87. Número 87 · Octubre 2016

  88. Número 88 · Octubre 2016

  89. Número 89 · Noviembre 2016

  90. Número 90 · Noviembre 2016

  91. Número 91 · Noviembre 2016

  92. Número 92 · Noviembre 2016

  93. Número 93 · Noviembre 2016

  94. Número 94 · Diciembre 2016

  95. Número 95 · Diciembre 2016

  96. Número 96 · Diciembre 2016

  97. Número 97 · Diciembre 2016

  98. Número 98 · Enero 2017

  99. Número 99 · Enero 2017

  100. Número 100 · Enero 2017

  101. Número 101 · Enero 2017

  102. Número 102 · Febrero 2017

  103. Número 103 · Febrero 2017

  104. Número 104 · Febrero 2017

  105. Número 105 · Febrero 2017

  106. Número 106 · Marzo 2017

  107. Número 107 · Marzo 2017

  108. Número 108 · Marzo 2017

  109. Número 109 · Marzo 2017

  110. Número 110 · Marzo 2017

  111. Número 111 · Abril 2017

  112. Número 112 · Abril 2017

  113. Número 113 · Abril 2017

  114. Número 114 · Abril 2017

  115. Número 115 · Mayo 2017

  116. Número 116 · Mayo 2017

  117. Número 117 · Mayo 2017

  118. Número 118 · Mayo 2017

  119. Número 119 · Mayo 2017

  120. Número 120 · Junio 2017

  121. Número 121 · Junio 2017

  122. Número 122 · Junio 2017

  123. Número 123 · Junio 2017

  124. Número 124 · Julio 2017

  125. Número 125 · Julio 2017

  126. Número 126 · Julio 2017

  127. Número 127 · Julio 2017

  128. Número 128 · Agosto 2017

  129. Número 129 · Agosto 2017

  130. Número 130 · Agosto 2017

  131. Número 131 · Agosto 2017

  132. Número 132 · Agosto 2017

  133. Número 133 · Septiembre 2017

  134. Número 134 · Septiembre 2017

  135. Número 135 · Septiembre 2017

  136. Número 136 · Septiembre 2017

  137. Número 137 · Octubre 2017

  138. Número 138 · Octubre 2017

  139. Número 139 · Octubre 2017

  140. Número 140 · Octubre 2017

  141. Número 141 · Noviembre 2017

  142. Número 142 · Noviembre 2017

  143. Número 143 · Noviembre 2017

  144. Número 144 · Noviembre 2017

  145. Número 145 · Noviembre 2017

  146. Número 146 · Diciembre 2017

  147. Número 147 · Diciembre 2017

  148. Número 148 · Diciembre 2017

  149. Número 149 · Diciembre 2017

  150. Número 150 · Enero 2018

  151. Número 151 · Enero 2018

  152. Número 152 · Enero 2018

  153. Número 153 · Enero 2018

  154. Número 154 · Enero 2018

  155. Número 155 · Febrero 2018

  156. Número 156 · Febrero 2018

  157. Número 157 · Febrero 2018

  158. Número 158 · Febrero 2018

  159. Número 159 · Marzo 2018

  160. Número 160 · Marzo 2018

  161. Número 161 · Marzo 2018

  162. Número 162 · Marzo 2018

  163. Número 163 · Abril 2018

  164. Número 164 · Abril 2018

  165. Número 165 · Abril 2018

  166. Número 166 · Abril 2018

  167. Número 167 · Mayo 2018

  168. Número 168 · Mayo 2018

  169. Número 169 · Mayo 2018

  170. Número 170 · Mayo 2018

  171. Número 171 · Mayo 2018

  172. Número 172 · Junio 2018

  173. Número 173 · Junio 2018

  174. Número 174 · Junio 2018

  175. Número 175 · Junio 2018

  176. Número 176 · Julio 2018

  177. Número 177 · Julio 2018

  178. Número 178 · Julio 2018

  179. Número 179 · Julio 2018

  180. Número 180 · Agosto 2018

  181. Número 181 · Agosto 2018

  182. Número 182 · Agosto 2018

  183. Número 183 · Agosto 2018

  184. Número 184 · Agosto 2018

  185. Número 185 · Septiembre 2018

  186. Número 186 · Septiembre 2018

  187. Número 187 · Septiembre 2018

  188. Número 188 · Septiembre 2018

  189. Número 189 · Octubre 2018

  190. Número 190 · Octubre 2018

  191. Número 191 · Octubre 2018

  192. Número 192 · Octubre 2018

  193. Número 193 · Octubre 2018

  194. Número 194 · Noviembre 2018

  195. Número 195 · Noviembre 2018

  196. Número 196 · Noviembre 2018

  197. Número 197 · Noviembre 2018

  198. Número 198 · Diciembre 2018

  199. Número 199 · Diciembre 2018

  200. Número 200 · Diciembre 2018

  201. Número 201 · Diciembre 2018

  202. Número 202 · Enero 2019

  203. Número 203 · Enero 2019

  204. Número 204 · Enero 2019

  205. Número 205 · Enero 2019

  206. Número 206 · Enero 2019

  207. Número 207 · Febrero 2019

  208. Número 208 · Febrero 2019

  209. Número 209 · Febrero 2019

  210. Número 210 · Febrero 2019

  211. Número 211 · Marzo 2019

  212. Número 212 · Marzo 2019

  213. Número 213 · Marzo 2019

  214. Número 214 · Marzo 2019

  215. Número 215 · Abril 2019

  216. Número 216 · Abril 2019

  217. Número 217 · Abril 2019

  218. Número 218 · Abril 2019

  219. Número 219 · Mayo 2019

  220. Número 220 · Mayo 2019

  221. Número 221 · Mayo 2019

  222. Número 222 · Mayo 2019

  223. Número 223 · Mayo 2019

  224. Número 224 · Junio 2019

  225. Número 225 · Junio 2019

  226. Número 226 · Junio 2019

  227. Número 227 · Junio 2019

  228. Número 228 · Julio 2019

  229. Número 229 · Julio 2019

  230. Número 230 · Julio 2019

  231. Número 231 · Julio 2019

  232. Número 232 · Julio 2019

  233. Número 233 · Agosto 2019

  234. Número 234 · Agosto 2019

  235. Número 235 · Agosto 2019

  236. Número 236 · Agosto 2019

  237. Número 237 · Septiembre 2019

  238. Número 238 · Septiembre 2019

  239. Número 239 · Septiembre 2019

  240. Número 240 · Septiembre 2019

  241. Número 241 · Octubre 2019

  242. Número 242 · Octubre 2019

  243. Número 243 · Octubre 2019

  244. Número 244 · Octubre 2019

  245. Número 245 · Octubre 2019

  246. Número 246 · Noviembre 2019

  247. Número 247 · Noviembre 2019

  248. Número 248 · Noviembre 2019

  249. Número 249 · Noviembre 2019

  250. Número 250 · Diciembre 2019

  251. Número 251 · Diciembre 2019

  252. Número 252 · Diciembre 2019

  253. Número 253 · Diciembre 2019

  254. Número 254 · Enero 2020

  255. Número 255 · Enero 2020

  256. Número 256 · Enero 2020

  257. Número 257 · Febrero 2020

  258. Número 258 · Marzo 2020

  259. Número 259 · Abril 2020

  260. Número 260 · Mayo 2020

  261. Número 261 · Junio 2020

  262. Número 262 · Julio 2020

  263. Número 263 · Agosto 2020

  264. Número 264 · Septiembre 2020

  265. Número 265 · Octubre 2020

  266. Número 266 · Noviembre 2020

  267. Número 267 · Diciembre 2020

  268. Número 268 · Enero 2021

  269. Número 269 · Febrero 2021

  270. Número 270 · Marzo 2021

  271. Número 271 · Abril 2021

  272. Número 272 · Mayo 2021

  273. Número 273 · Junio 2021

  274. Número 274 · Julio 2021

  275. Número 275 · Agosto 2021

  276. Número 276 · Septiembre 2021

  277. Número 277 · Octubre 2021

CTXT necesita 15.000 socias/os para seguir creciendo. Suscríbete a CTXT

El declive del dogma capitalista, o tu trabajo nunca será suficiente

Los programas de bienestar de las empresas disfrazan sus motivaciones primordiales: lograr la máxima eficiencia hasta que consigan automatizar las tareas y prescindir de nosotros

Josh Hall (THE BAFFLER) 5/09/2018

A diferencia de otros medios, en CTXT mantenemos todos nuestros artículos en abierto. Nuestra apuesta es recuperar el espíritu de la prensa independiente: ser un servicio público. Si puedes permitirte pagar 4 euros al mes, apoya a CTXT. ¡Suscríbete!

CTXT es un medio financiado, en gran parte, por sus lectores. Puedes colaborar con tu aportación aquí.

Nos encontramos en el vestíbulo de un gran edificio de oficinas del oeste de Londres. El gran hall estilo atrio se eleva cuatro plantas, todas acabadas en blanco brillante con detalles en roble. Unas sillas de respaldo alto rodean las relucientes mesas de reuniones negras, sobre cada una de las cuales cuelga una lámpara. A un lado de la planta hay un gran espacio tipo almacén destinado a las empresas pequeñas, donde las startupstecnológicas y de moda teclean en silencio. En el lado opuesto hay un extenso conjunto de escritorios y estudios para negocios más grandes; arriba hay un entresuelo con salas de reuniones. Y a un lado del espacio, ocupando al menos una cuarta parte de la superficie total, hay una yurta.

La yurta, que mide casi 3 metros de alto y está fabricada en mimbre y bambú, es una zona exclusiva donde “no se permite el empleo de tecnología”. En este lugar, los empleados van a oír charlas que ofrecen personalidades de la salud, la cultura y los negocios, a participar en meditaciones guiadas o a practicar yoga siguiendo las instrucciones de un yogui free lance. Esto ocurre en todos y cada uno de los edificios de oficinas de nueva generación que se inauguran en todas las ciudades importantes del mundo. En estos lugares las empresas no son meros espacios de trabajo. En su lugar, comulgan con una cultura específica: la de hacer networking (creación de una red de contactos para compartir información y prestarse ayuda), salir a tomar una copa los viernes, participar en torneos de Mario Kart y, a menudo, participar en un completo programa dedicado al “bienestar del empleado”.

En el distrito financiero de Londres, y especialmente en los alrededores, a medida que nos acercamos a la revalorizada zona de moda de Shoreditch, las clases de yoga en la oficina son la norma. En Estados Unidos, los negocios de yoga y fitnessanuncian sus servicios a clientes grandes y pequeños. Office Yoga (yoga corporativo), de sugerente nombre, que cuenta entre sus clientes con McKinsey, Wells Fargo y el Ministerio de Asuntos Exteriores, precisa lo que ofrece: “Las secuencias están diseñadas para generar claridad mental y eficiencia, así como para aliviar síntomas crónicos provocados por la postura de estar sentado”. Esto supone un beneficio mutuo para las empresas en cuestión, que hoy en día pertenecen principalmente a los ámbitos de las finanzas y la tecnología pero cuyas prácticas se están extendiendo rápidamente a otros sectores: los empleados alivian algunos problemas de salud ocasionados por el trabajo; la empresa obtiene trabajadores más en forma y más comprometidos; y, teóricamente, esos trabajadores hacen proselitismo de la cultura empresarial a otros posibles empleados.

Sin embargo, los programas orientados al “bienestar del empleado”, que actualmente son un elemento básico de la mayoría de los negocios grandes o en expansión, van mucho más allá del yoga. Un vistazo rápido a las páginas web de algunos de los proveedores de bienestar más importantes de Estados Unidos da una idea de los servicios que ofrecen: la mayoría proporciona apoyo psicológico, formación en inteligencia emocional y seminarios sobre economía. El objetivo principal, no obstante, sigue siendo la salud física. Desde la obesidad al cáncer, los negocios dedicados al bienestar del empleado quieren ayudar a los trabajadores a estar en plena forma. Un número cada vez mayor está utilizando métodos de tecnología avanzada para ayudarles a conseguirlo. Kamwell, una empresa que ofrece dichos servicios de bienestar en Londres, es una de las muchas que en sus programas incluye dispositivos tecnológicos portátiles. Kirsten Samuel, director ejecutivo de Kamwell, explica:

“Actualmente, en el puesto de trabajo se emplean dispositivos tecnológicos portátiles de diferente nivel. Hay desde medidores de la actividad física comunes, como Fitbits y Garmins, hasta los de tecnología más avanzada, que miden la variabilidad del ritmo cardíaco, como Firstbeat, que analiza las reacciones al estrés, la capacidad de recuperación y la actividad física comparando los momentos en que una persona está despierta, viajando, bebiendo alcohol o haciendo ejercicio y los efectos que producen en su cuerpo. Asimismo, también hay tecnología que analiza los datos biométricos. Esta emplea el entrenamiento y la automonitorización para comparar los indicadores corporales de una persona que coinciden con periodos de ansiedad, fatiga, la capacidad de concentración o la capacidad para escuchar y, de este modo, sacar conclusiones acerca de la fisiología emocionalde un individuo”.

Se trata de un panóptico digital. Y es importante apuntar que las empresas que prestan estos servicios no se ocupan de las tensiones y peligros psíquicos que entraña el lugar de trabajo adoptando medidas para evitarlos, sino que simplemente tratan los síntomas. Los empleados que participan en estos programas deben someterse al seguimiento de todos sus movimientos, al cálculo de todas las calorías que consumen, al registro y análisis de todas sus reacciones al estrés. En general la participación es opcional, al menos en teoría, pero en muchas empresas estos programas están tan arraigados en los métodos de Recursos Humanos, y de hecho en sus calendarios sociales estipulados, que desvincularse puede ser inviable. El riesgo de que un empleado sea visto como alguien “no adaptado a la cultura empresarial” nunca había sido tan acuciante.

Hasta ahora las empresas no habían tenido una cantidad tan ingente de información acerca de la gente que trabaja para ellas. Sin embargo, Samuel afirma que los empleados generalmente tienen una actitud positiva ante estos programas. “Nunca oirás a los empleados quejarse de los programas de bienestar de la empresa”, sostiene, “sí se oye a los empleados quejarse de que están estresados, infravalorados, mal dirigidos y que no logran conciliar la vida familiar y profesional. Actualmente, los empleados buscan mucho más que el clásico aumento salarial y dan mucha más importancia al hecho de poder escoger su posible empleador en función de la cultura empresarial, la flexibilidad de las condiciones de trabajo y las prestaciones de salud y bienestar”.

Ante la ausencia de expectativas para lograr unas condiciones laborales aceptables, estímulos o una jornada laboral justa, nos persuaden y engatusan para aceptar un trabajo con la promesa de una clase de yoga gratuita y la ilusión de que nos valoran. Si echamos un vistazo a las principales páginas webs de empleo, especialmente dentro de la industria tecnológica, obtenemos un sinfín de información acerca de la cultura corporativa de las empresas. “Tenemos una impresionante cafetería para empleados”, incluye el listado para un puesto en la filial de una empresa de Internet de Nueva York, “guitarras, una batería, un taller mecánico para bicicletas, una amplia biblioteca y un equipo rotativo encargado de hacer comida para todo el mundo”. Otra, para un puesto en la empresa de reparto de comida Deliveroo en Londres, ofrece “unas oficinas divertidas con sala de descanso, gimnasio propio, cancha de baloncesto y terraza con vistas al Tower Bridge”. (Deliveroo tiene algo parecido a un sistema de clases entre sus empleados –comparemos el “lujo” de estas oficinas con el trato lamentable que reciben sus mensajeros–.)

Esta incesante atención a la cultura de empresa, cuyos programas dedicados al bienestar del empleado constituyen un elemento fundamental, representa un cambio generacional en el modo en que delineamos nuestro tiempo. La distinción entre los periodos de “trabajo” y de “no-trabajo” prácticamente ha desaparecido. Ya no vamos al bar, sino que bebemos en la oficina; ya no leemos por placer, sino que cogemos libros de la biblioteca del trabajo para profundizar en temas que atañen a nuestro ámbito laboral. Y con los programas dedicados al bienestar del empleado, ahora las empresas supervisan lo que hasta hace poco eran asuntos que no atañían al trabajo: las horas de sueño, las decisiones financieras (que a menudo incluyen contribuciones benéficas) e incluso la comida.

Matthew Holder es el director de campaña del Consejo Británico de Seguridad, que este mes publicó un artículo sobre el impacto de las nuevas prácticas laborales en la salud, la seguridad y el bienestar. Holder establece un vínculo entre la cultura laboral de “en cualquier momento y en cualquier lugar” y las nuevas y atípicas modalidades de trabajo como el autoempleo o los contratos eventuales. “Las nuevas tecnologías en forma de máquinas inteligentes y comunicaciones digitales, en combinación con el aumento de empleos atípicos, puede derivar en un ‘compromiso excesivo’ con el trabajo”, afirma:

La gente se lleva el trabajo a casa y muchas personas tienen que esforzarse para desconectar y fomentar el descanso y la recuperación en sus vidas. Debido a esta situación actual, la simple diferencia entre empleador y empleado, y sus responsabilidades correspondientes, está desapareciendo.

La gente no trabaja bien si está agotada debido a este compromiso excesivo, y se calcula que entre el 60 y 80 por ciento de los accidentes se deben a decisiones asociadas al agotamiento.

El aumento de las técnicas de supervisión de los empleados, tecnológicamente avanzadas, también explica en cierto modo el nuevo fervor por los programas dedicados al bienestar del empleado. La industria de supervisión de empleados está centrada en ofrecer a los empresarios un nivel de información lo más pormenorizado posible acerca de su plantilla, y esta exigencia de detalles está provocando la creación de tecnologías cada vez más invasivas. Según una investigación que Kaveh Waddell publicó en The Atlantic en 2016, actualmente, algunas empresas como Accenture, Intel, IBM, y Twitter emplean el análisis de opiniones para hacer un seguimiento de las emociones de sus empleados. El año pasado, el periódico londinense The Daily Telegraph instaló cajas negras debajo de cada una de las mesas de trabajo de sus empleados para comprobar si el ocupante estaba en su sitio (una maniobra que el periódico dijo que era para mejorar la eficiencia energética, pero que la plantilla se temió que era con fines más dudosos). Slack, actualmente la herramienta de referencia mundial para la comunicación entre los equipos de trabajo, por defecto permite a los empleadores supervisar las conversaciones privadas. Y el mes pasado Amazon presentó una patente para un artículo de tecnología portátil que les permitiría hacer un seguimiento de los movimientos de las manos de los empaquetadores de los almacenes en el puesto de trabajo: una obscena intrusión en la autonomía de los empleados, pero que está en consonancia con la tendencia de una empresa para la que el empleo de personas simplemente parece ser una molesta etapa en el camino para lograr la automatización completa.

Las empresas utilizan estas técnicas porque están interesadas en la eficiencia, exactamente como admitía alegremente la empresa Office Yoga que hemos visto antes. No es de extrañar que las empresas tomen decisiones para justificar su cuenta de resultados; lo que hace que esa práctica sea tan de mal gusto es el modo en que intentan disfrazar sus verdaderas motivaciones con el lenguaje de los cuidados y la salud.

Las clases de yoga o el taller de bicicletas que ofrece la empresa tecnológica de Nueva York podrían considerarse parte de la idea de las “tecnologías del yo”. Foucault acuñó el término para referirse a las técnicas “que permiten a los individuos efectuar, por sus propios medios o con la ayuda de otros, cierto número de actuaciones sobre su cuerpo y su alma, pensamientos, conducta o  forma de ser para lograr una transformación de sí mismos con el fin de alcanzar cierto estado de felicidad, pureza, sabiduría, perfección o inmortalidad”. Sin embargo, en el caso de las clases de yoga en la oficina, esta tecnología del yo se ha recuperado de forma tan drástica que ya no se trata de construir identidades personales, sino más bien de destruirlas. El fin del empeño por lograr la máxima eficiencia y la optimización perfecta es convertir al trabajador en un ser menos humano. Tu trabajo nunca será suficiente; las corporaciones ofrecen clases de yoga para mejorar la función cognitiva sencillamente porque todavía no les es posible reemplazarnos por máquinas que no requieran dichos cuidados. Las empresas presumen de sus programas de bienestar para atraer a trabajadores de alto nivel, pero los ofrecen únicamente porque aún no están en situación de automatizar el trabajo y prescindir de nosotros.

Y, por desgracia, somos cómplices del proceso. En su último libro, Psicopolítica, el teórico coreano-germano Byung-Chul Han sostiene que ya no somos en absoluto sujetos —más bien somos proyectos—. Hemos internalizado el lenguaje de la optimización. Somos entes de los que se puede eliminar la negatividad con el objeto de potenciar la máxima productividad. El lenguaje de la productividad, y el desajuste entre trabajo asalariado y vida social está en todas partes: buscamos en Google “consejos vitales”; engullimos publicaciones; pedimos prestadas las técnicas de asesores de desarrollo profesional y personal que predican concentración en los objetivos y una evolución constante. Puesto que el capital invade cada instante de nuestras vidas, ya sea mientras caminamos o dormimos, nuestra identidad, nuestra autonomía y nuestra esencia humana rápidamente van perdiendo valor.

Esto resulta más exasperante aún porque las tecnologías del yo deberían, por derecho, adquirir un lugar en la esencia de un proyecto político liberador y radical. En el Reino Unido, la idea de Foucault ha sido incorporada por un amplio grupo de pensadores en torno al proyecto “Acid Corbynism”, que incluye al académico Jeremy Gilbert. Este cree que “el yoga, la meditación e incluso los psicotrópicos, en teoría deberían tener un potencial radical si están conectados con una cultura más amplia de cuestionamiento de la cultura capitalista y de organización política en su contra”. Deberíamos tener en cuenta estas técnicas, afirma Gilbert, tanto como hicimos con los grupos de concienciación de principios de la década de 1970, en los que los temas personales y sociales se debatían como parte de un intento de liberarse del pensamiento patriarcal.

Con el objeto de rehacer esas conexiones entre las tecnologías del yo y un proyecto político más amplio, primero necesitamos recuperar dichas técnicas, retirarlas de manos de los ámbitos totalizadores del trabajo y la productividad. ¿Cómo podemos saber lo que verdaderamente pensamos, lo que da sentido a nuestras vidas, si la totalidad de nuestra experiencia vital está filtrada por el prisma del trabajo? ¿Cómo podemos convertirnos verdaderamente en ciudadanos si no entendemos lo que estamos consintiendo? El primer paso que hay que dar es el de recordar de un modo radical, imaginar de un modo radical; realizar un esfuerzo para reivindicar las tecnologías del yo al capital para que vuelvan a nuestras manos.

La clase de yoga corporativo podría parecer trivial o incluso una gratificación extra. Pero es un ejemplo de la degradación de muchísimos de nuestros impulsos y procesos básicos humanos gracias a la cada vez más astuta habilidad del capital. Deberíamos estar buscando nuevas formas de organizarnos, nuevas formas de reflexionar y actuar en pro de la libertad. Por el contrario, actualmente nos encontramos en el camino hacia una existencia conectada a un bio-monitor, a que nuestros patrones de sueño queden registrados, a que nuestra ingesta de calorías sea determinada por la gente que solo nos paga lo suficiente para vivir.

--------------------

Traducción de Paloma Farré.

Este artículo se publicó originalmente en inglés en The Baffler.

CTXT es un medio financiado, en gran parte, por sus lectores. Puedes colaborar con tu aportación aquí.

El artículo solo se encuentra publicado para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí

Autor >

Josh Hall (THE BAFFLER)

Suscríbete a CTXT

Orgullosas
de llegar tarde
a las últimas noticias

Gracias a tu suscripción podemos ejercer un periodismo público y en libertad.
¿Quieres suscribirte a CTXT por solo 6 euros al mes? Pulsa aquí

Artículos relacionados >

5 comentario(s)

¿Quieres decir algo? + Déjanos un comentario

  1. cayetano

    Es un ataque en toda regla al derecho a la intimidad, no se entiende que no haya denuncia, ni demanda al respecto. No se puede plantear el consentimiento a un conjunto de emplead@s, alumn@s, investigadores-as..., tal intromisión en sus vidas. El derecho laboral existe por la relación exageradamente desigual que existe entre empleador-a y emplead@, y el requerimiento de un consentimiento a un colectivo, aunque sea individu@ a individu@, más que a un contrato libremente celebrado entre partes, más merecería la consideración legal de cláusula abusiva y por ende absolutamente prohibida. La era digital abre un nuevo escenario, que permite prácticas ilícitas moralmente que según la doctrina jurídica debiera regularse prohibiéndolas en sus efectos perniciosos, y que dejan vacios que como el comentado (más allá del yoga, la cafeteria) permiten la intromisión en el derecho a la intimidad, bajo la excusa de prestar un servicio eficiente al violad@ en su intimidad. Caminamos hacia el Gran Ojo y no hay Dios que lo pare, no olvidemos que los macrodatos y la personalización de las ofertas (mercantiles, políticas...) son uno de los grandes negocios de hoy, permitiéndose la discriminación en los servicios en función de aceptar la violación o no de tus datos (intimidad, tu acción vital)

    Hace 3 años 1 mes

  2. Vicens

    hacer yoga es un subterfugio del capitalismo para ternenos controlados en ambitos de hyperproductividad? Si, es cierto. Que te gusta lo que haces, también. El capitalismo quiere que te realices por tu trabajo. Todo (incluido el articulo) tiene lectura en terminos de beneficios o un interes. Pero, sinceramente, aun en el caso de abrazar sin reflexion esta forma de explotacion me parece muchisimo mas sana que la viejas de forma de trabajo (capitalistas, es decir a partir del siglo XVIII) cuando veo a mis padres y amigos asqueadaos y quemados de sus puestos de trabajo "para toda la vida". Por otro lado lla robotizacion de las tareas repetitivas y que obligan a las personas a despazarse a un lugar de trabajo presencial posibilitara el trabajo remoto y distribuido a larga escala y por lo tanto una bajada de la presion en los precios de la vivienda que son tan altos debido a la rigidez del mercado laboral.

    Hace 3 años 1 mes

  3. trotajueves

    CAPITALISMO S.S. (sano y saludable)

    Hace 3 años 1 mes

  4. c

    Nos estan des-humanizando a base de poner por encima nº y de todo el dinero

    Hace 3 años 1 mes

  5. MIGUEL LEÓN PRADO O

    Buen analisis

    Hace 3 años 1 mes

Deja un comentario


Los comentarios solo están habilitados para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí