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Reportaje

“Hemos pasado de ser asesinados por el Ku Klux Klan a ser asesinados por la policía. Y no pasa nada”

Se reabre el caso de Emmett Till 63 años después de su asesinato en Money (Mississippi). Su primo Simeon Wright, con quien estaba aquellos días, nos cuenta su historia en Chicago

Diego Cobo Money (Mississippi) , 29/08/2018

<p>Emmett Louis Bobo Till.</p>

Emmett Louis Bobo Till.

Image Editor

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You can get killed just for living in your American skin

Bruce Springsteen

 

Y la historia se desenterró de nuevo. El pasado día 13 de julio el Departamento de Justicia de Estados Unidos anunció que reabría las fosas de la historia: la investigación por el asesinato racista de Emmett Till, un chico negro de 14 años. Fue en el ya lejano 1955 del lejano Money, en el áspero estado de Mississippi.

Sesenta y tres años después y atravesados varios intentos de juzgar a los asesinos (el caso se cerró en el 2007 tras la muerte de los acusados), el cambio de versión de una de las testigos en aquel proceso en un libro del historiador Timothy Tyson hace que se vuelva a revisar. Carolyn Bryant, a quien el joven dirigió el silbido, es la confesora: durante el breve proceso judicial, ella mintió. “Nada de lo que hizo ese chico”, admite Bryant en The Blood of Emmett Till, publicado el año pasado, “podría nunca justificar lo que le ocurrió”. Y lo que ocurrió fue que después de comprar, junto a sus primos, unos refrescos y dulces en una tienda de Money, Emmett silbó a la chica, que atendía el establecimiento. Fue su sentencia de muerte.

Poco importaron los testigos de lo que había sucedido; la montaña de pruebas contra los acusados Roy Bryant (marido de Carolyn) y John Milam, los autores materiales del asesinato tres días después de aquel silbido. Ni siquiera, a día de hoy, ha servido la investigación del FBI que concluyó mediante una prueba de ADN que el cuerpo exhumado en 2005 efectivamente era el cadáver de Emmett Till.  Mucho menos sirvió el testimonio de la persona que más de cerca vivió todo, Simeon Wright, su primo. Simeon estaba en la tienda y dormía en la misma cama que Emmett cuando, en la madrugada de aquel sábado 27 de agosto, los asesinos irrumpieron en la casa familiar y se llevaron al joven. Cansado de los bulos, en 2010 escribió Simeon’s Story, donde dice que Emmett “nunca agarró a Mrs. Bryant, ni le puso los brazos encima, que fue lo que ella testificó más tarde durante el juicio. Los separaba un mostrador: Bobo tendría que haber saltado. Bobo no le pidió una cita ni la llamó “nena”. No tuvieron ninguna conversación lasciva. Y pasados pocos minutos, él pagó lo que había comprado y nos fuimos de la tienda juntos”.

Era el 24 de agosto, un miércoles asfixiante y húmedo. No se supo nada de Emmett hasta que, tres días después, apareció muerto y casi irreconocible. Cuando su madre, que vivía en Chicago, dijo que era su hijo, los supremacistas blancos dijeron que lo que quería era cobrar el seguro de vida.

Simeon Wright tiene ahora 76 años y aún se le cristalizan los ojos cuando habla de aquello. Vive en una apacible urbanización a 25 kilómetros del centro de Chicago, en una de esas casas con un césped que, envuelto en el aura del río Michigan, parece fluorescente. Y allí estuve con él, hace dos veranos, escribiendo sobre las consecuencias de la esclavitud en Estados Unidos para lo que sería el libro Huellas Negras (La Línea del Horizonte). Durante toda una mañana Simeon, atento y didáctico –y paciente– volvió, otra vez a tirar de memoria... Y al presente.

“Solo un silbido”, comencé diciéndole. “Mataron a Emmett por silbar a una chica”. “Nosotros conocíamos el peligro de hacer algo así, pero él no”, me dijo sentado en un butacón acolchado en el que no paraba de menearse. A partir de entonces siguió contando cómo era Emmett, al que llamaban Bobo –comediante, alegre, bromista–, de lo que hablaban aquellos días y de cómo aquel miércoles 24 de agosto de 1955 se subieron al viejo Ford Sedan del 46 de Moses, el padre de Simeon, para comprar unos refrescos y dulces a la tienda de Bryant en la carretera Dark Fear.

No había pasado nada, salvo un silbido. Pero de esa nada empezó el todo: su muerte. De hecho, tal era el peligro, que Simeon escribe en el libro que “Emmett no conocía las reglas del Mississippi y Maurice sintió que alguien debía de estar con él todo el rato”.

La noche del secuestro, la familia entró en pánico ante la impotencia: unos blancos se llevaban a un chico negro y ellos solo pudieron contemplarlo. Me extrañó que “dejaran” llevarse al chico, pero mi ingenuidad chocaba con la realidad de aquellos días. Simeon pronto me lo aclaró: si se hubieran defendido, incluso con las armas de fuego que tenía Moses, habrían matado a toda la familia.

La impunidad en el Sur era brutal.

Money es hoy un minúsculo pueblo apenas recordado por la historia. Llegué días después de estar con Simeon en Chicago, a través de caminos apenas perceptibles, como finos capilares entre campos de maíz y algodón. Y silencio. Y el áspero ronquido de un tractor en el que me encaramé para preguntar al granjero si era en aquella soledad donde brotaba Money; si ese pequeño río era el fangoso Tallahatchie; si aquí, en las entrañas del río Mississippi, comenzó todo. Hoy el Estado que tomó el nombre del río más musical de Norteamérica es el más pobre del país y aún bailan al viento, en muchas casas, las banderas confederadas.

*

Mi encuentro con Simeon –testigo vivo de la historia– comenzó meses antes, en una entrevista que leí de Tony Morrison en la que hablaba de aquel chico tímido y bromista, comediante y confiado que trataba de escaquearse del trabajo en los campos de algodón donde le pagaban algún dólar en las vacaciones de verano. Me impactó la historia de Emmett y me puse en contacto con Simeon Wright, la persona, acaso la única, que había vivido –y revivido muchas veces– aquella historia.

–¿Emmett tenía miedo?–, le pregunté.

–No, no sabía lo que sucedía en el Sur, qué pasaba con los negros. La madre le dijo algo, pero él tenía ese tipo de personalidad que no se lo creía, que tenías que mostrárselo.

Porque lo que pasaba en el sur del país era que hasta 1950 y, durante las seis décadas anteriores, 4.000 negros habían sido asesinados por cuestiones racistas, según un estudio de Equal Justice Initiative; que la muerte era moneda corriente en las relaciones entre blancos y negros y que en los campos de algodón regía una regla no escrita sobre los trabajadores negros con mejor suerte: “Si te mantienes fuera de la tumba, te mantendré alejado de la cárcel”.

Claro que había muchos asesinatos en aquellos días y que la situación era alarmante. Depués de escuchar historias, y leer informes, uno piensa que películas descarnadas, como Arde Mississippi, no exageran. De hecho, cuando desapareció Emmett, el padre de Simeon dijo que había que buscarlo debajo de los puentes y en las orillas de los ríos, que era donde aparecían los negros cuando los mataban, como finalmente sucedió. Emmett apareció tres días después con el rostro desfigurado, el cuerpo mutilado y sin un ojo. No se le reconocía.

Aquel acto brutal era el comienzo de la lucha. “Los asesinatos en aquellos tiempos no se hacían públicos. Nos mataban y no había repercusiones legales”, me explicó Simeon. “Emmett podría haber sido otro asesinato más como los de aquella época, pero mi padre estuvo de acuerdo en testificar: esa misma mañana fue a la policía para informar del secuestro de Emmett Y estaba dispuesto a testificar: hasta ese momento, ningún hombre negro había testificado en un juicio”.

El juicio, a pesar de que se sabía quiénes eran los autores del crimen –Moses, furioso, los señaló durante el proceso, y tuvo que aguantar burlas– los absolvió. Fue un jurado popular el que lo hizo: todos, claro, blancos. Y, según admitió uno de los miembros, hubieran tardado menos del poco tiempo que tardaron en tomar la decisión si no hubieran parado para tomar una coca-cola. Pocos meses después, los autores del asesinato, convencidos de que la justicia no podía tocarlos, admitieron en una revista –a cambio de 4.000 dólares– que habían sido ellos.

El ambiente de la época lo permitía. Las leyes racistas se mantenían en pie, la segregación estaba enquistada en cada célula de las instituciones, los periódicos racistas tenían amplia circulación y la impunidad, siempre la impunidad, parecía infranqueable. De hecho, cuando la policía acudió a buscar a los asesinos, me contó Simeon ante mi incredulidad, se sintieron ofendidos. Cómo os atrevéis, debieron pensar, a detenernos por matar a un negro. Pero la historia quiso que el padre de Simeon testificase, jugándose la vida, y que la madre de Emmett decidiera hacer el funeral en Chicago y con el féretro abierto: quería que el mundo viera la brutalidad. Y lo consiguió.

“Fue la chispa de la lucha por los derechos de los negros, la gota que colmó el vaso”, continuó Simeon, “y, cuando eso sucede, todo cambia para siempre”. Además, aquello sirvió para que se unieran grupos de negros y blancos que perseguían el objetivo común de liberar las cadenas de gran parte de su población.

Se podría afirmar que el asesinato de Emmett Till partió la historia en dos. Hay casos y asesinatos más sonados, desde del crimen de Luther King en Memphis o el de Malcom X, mucho después de que la familia y la madre de Emmett decidieran acudir a la justicia. Incluso Rosa Parks, cuando se negó a ceder el asiento a un blanco en un autobús de la línea 10 de Montgomery, pocos meses después del crimen en Money, dijo que en aquel acto de desobediencia, tenía al joven en mente.

Hoy la situación de los negros en Estados Unidos ha mejorado, pero lejos aún de los sueños del reverendo Luther King: “Sueño que un día, incluso el estado de Mississippi, un estado que se sofoca con el calor de la injusticia y de la opresión, se convertirá en un oasis de libertad y justicia”. Las estadísticas son elocuentes en la mayoría de estados sureños: las condiciones de vida de la población negra siguen siendo considerablemente peores.  

Un estudio del Urban Institute concluyó que los blancos tenían seis veces más riqueza que los negros; otro estudio afirma que los negros sufren condenas veinte veces más severas que los blancos por un mismo caso; y aunque apenas representan el trece por ciento de la población total, casi la mitad de las personas con VIH del país son negros. O, por citar los casos de violencia policial, los afroamericanos son, con diferencia, los más discriminados. De las más de 1.100 personas que la policía mató en 2017, el 25 por ciento eran negros. No es extraño que el primo de Emmett piense en un fuerte retroceso: “Hemos pasado de ser asesinados por el Ku Klux Klan, y no sucedía nada, a lo que ocurre hoy, que somos asesinados por la policía. Matan un joven negro sin ninguna razón y no pasa nada”.

Simeon sigue peregrinando por centros sociales y culturales, iglesias e instituciones de todo el país con su firme compromiso. Pero su desesperanza pesa demasiado y las muertes de jóvenes negros a manos de la policía que los medios amplifican no ayudan a cicatrizar la herida por una lucha que comenzó en el triste Mississippi. Cree que la oportunidad de cambio estaba ahí, “pero la generación de jóvenes actuales”, reflexiona, “no ve el peligro porque ya se ha encontrado con ciertos derechos que se ganaron en el pasado. No lo valoran”.

Autor >

Diego Cobo

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