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TRIBUNA

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Una crítica a ‘La trampa de la diversidad’

El libro de Bernabé vuelve a poner en el debate público una vieja cuestión. Para los autores, es difícil pensar una lucha redistributiva sin construcción cultural

Jacinto Morano / Isabel Serra 29/08/2018

<p>El Cuarto Estado.</p>

El Cuarto Estado.

Giuseppe Pellizza da Volpedo

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Se ha desatado una polémica en las redes sociales a cuenta del último libro de Daniel Bernabé, La trampa de la diversidad. No siempre la polémica se ha llevado adelante por los cauces del sano debate y la confrontación de posiciones. No es ese el signo de los tiempos. El comentario rápido en 280 caracteres, la búsqueda del zasca fácil y la generación de bandos irreconciliables (que en ocasiones ni se molestan en indagar cuál es la verdadera posición del adversario) podrán servir para hacer vistosos trending topics o buscar me gustas, pero, desde luego no colaboran en la construcción colectiva.

Es necesario agradecer a Daniel Bernabé haber puesto sobre la mesa este debate. Independientemente de lo que se piense sobre los planteamientos y las tesis del libro, es evidente que ha pulsado alguna tecla que ha llevado a popularizar esta discusión. Y decimos popularizar porque no se trata, en absoluto, de un nuevo debate. Al menos desde los años 90, para la izquierda organizada ha sido cotidiana la controversia entre la reivindicación de la pluralidad de identidades sociales emergentes frente a la construcción de una agregación colectiva unívoca –típicamente en torno al concepto de clase–. Para evitar ir descubriendo Mediterráneos, sería necesario que se recuperaran todos estos debates, por ejemplo (pero en modo alguno exclusivamente) el que mantuvieron a mediados de los 90 Nancy Fraser (citada con profusión por Bernabé) y Judit Butler. Y no sólo por su contenido, si no por su forma, por la capacidad de discutir sin que medien odios y enemistades insuperables.

leyendo la obra de Daniel Bernabé solo localizamos un factor desencadenante: la claudicación de la intelectualidad de izquierdas

Bernabé plantea que la insistencia del activismo en las reivindicaciones culturales “de reconocimiento” lo aleja de las mayorías sociales que carecerían de alguna de esas “identidades oprimidas”, dejando el camino abierto a la extrema derecha y olvidando las luchas realmente esenciales, aquellas que tienen que ver con la economía, con la redistribución, en última instancia, con la clase. Pero creemos que este análisis tiene algunas lagunas. En primer lugar, ¿cómo hemos llegado hasta aquí? Asumiendo –quizás es mucho asumir– que durante el “corto siglo XX” –el que va de 1917 a 1989– la identidad de clase fuera el núcleo central aglutinante del conflicto social, ¿cómo es posible que treinta años después nos encontremos en la coyuntura actual? Pues leyendo la obra de Daniel Bernabé solo localizamos un factor desencadenante: la claudicación de la intelectualidad de izquierdas. Por momentos pareciera que el neoliberalismo –y su fragmentación de las identidades sociales en correlación con la generalización de la “clase media aspiracional”– surge de una conspiración de filósofos postestructuralistas que buscaban su lugar en las organizaciones neocon después de ver frustradas sus esperanzas de ocupar secretarías de estado tras el fracaso político de mayo del 68.

Sin embargo, es una posición que no se puede compartir a la ligera. Predicar una absoluta autonomía de las dirigencias partidarias e intelectuales en, nada menos, que casi inaugurar una época histórica, hace caer todo el planteamiento de Bernabé en aquello que critica: menospreciar o directamente negar la importancia de los cambios estructurales en el sistema productivo, en la política, en la cultura y en la ideología. Si el neoliberalismo supone –como defiende Bernabé– una emergencia de identidades cerradas que compiten entre sí, esto tiene que ser debido necesariamente a una transformación integral de la sociedad, que aunque se manifieste en el ámbito identitario, tiene raíces más profundas que deben ser analizadas con rigor. 

Esta no es una cuestión menor. Resulta muy contradictorio que el autor señale constantemente la falta supuesta de “materialidad” de las diferentes manifestaciones de la diversidad y que a su vez, todo el libro carezca de un análisis de los cambios estructurales que han dado lugar a dichas manifestaciones. Confiar el análisis de casi un cambio de época a la inocencia del activismo y a la deriva postesctructuralista, limita la posibilidad de encontrar respuestas y posibles vías de intervención en la realidad.  Un análisis de algunos de estos factores estructurales –la estratificación de la clase obrera, la sociedad de consumo basada en el crédito, la derrota histórica de los procesos sociales que predicaban la clase obrera como centro, el avance en el proceso de emancipación de las minorías raciales– habría ayudado a evitar la melancolía y la idealización de una supuesta clase obrera compacta y triunfante a lo largo y ancho del siglo XX.

Además de este elemento central, nos encontramos a través de la obra con el planteamiento de diversas dicotomías, en las que el activismo estaría optando necesariamente por el “lado equivocado”. Primero, la dicotomía izquierda versus activismo. ¿Qué es la izquierda si no los activistas organizados que plantean la lucha social? ¿Existe algún reducto guardián de las esencias no sabemos dónde? Son los activistas de los movimientos sociales –por muy identitarios o dispersos que nos parezcan sus planteamientos– quienes han sostenido, en décadas de lucha y a contra pelo, la bandera de la emancipación, que es lo único que ha permitido que podamos tener este debate o que este debate todavía tenga algún sentido. Si “hay alguien ahí” es por los movimientos sociales y estos no se pueden oponer a la izquierda, con pena de quedarnos sin izquierda… Y sin movimientos sociales.

En segundo lugar, aunque sin encontrar una definición clara en ningún lugar, sobrevuela el planteamiento de la dicotomía de lo material frente a lo cultural: la sociedad se construye alrededor de las relaciones económicas, y luego, por otro lado, están las prácticas culturales (¿Derivadas de ellas? Parece que tampoco). Así las identidades culturales serían “menos reales” que la identidad de clase, que nunca aparece como una identidad en el planteamiento de Bernabé, sino que sería “otra cosa”, la tercera dicotomía. La conclusión de dicho planteamiento sería que solucionar cualquier problema vinculado con las pertenencias culturales pasaría indefectiblemente por una transformación integral del sistema de producción-consumo de bienes. Esto es, de la lucha económica (“la lucha material”). Este argumento de nuevo, no es nada novedoso. Ha sido el lugar común alrededor del que han oscilado generaciones de marxistas vulgares.

¿cómo se articula una lucha de “redistribución” centrada sólo en la economía y sin un aspecto cultural?

El problema es: ¿cómo se hace? ¿cómo se articula una lucha de “redistribución” centrada sólo en la economía y sin un aspecto cultural? Sobre esto no encontraremos ninguna respuesta. Porque cualquier lucha, incluida la lucha de clases, solo puede darse en la realidad con una faceta nítidamente cultural e identitaria. Porque las construcciones culturales son tan materiales y reales como las económicas. La identidad obrera se construye, también, culturalmente y en términos de pertenencias. Afirmar que es la identidad englobante, que está por debajo de las solo aparentemente diversas identidades superficiales, lleva justamente a lo que Bernabé quiere evitar: poner sobre la mesa una nueva identidad, la de trabajadores y trabajadoras, dentro de la neoliberal “competencia de identidades”.

Todo esto se hace mucho más evidente si levantamos la cabeza de los libros, por muy interesantes que sean los debates, y nos fijamos en las luchas reales. No podemos obviar que toda esta disquisición se produce mientras a nivel mundial, pero con una especial intensidad en el estado español, se está articulando un movimiento social de una potencia desconocida hace muchos años. El feminismo que nos asombró el pasado 8 de marzo no puede ser tratado ni como una reivindicación puramente identitaria ni puramente redistributiva. Es una conjunción eficaz de las dos cosas que muestra como planteamientos que en una mirada superficial parecerían de búsqueda de reconocimiento atacan directamente pilares materiales del sistema de producción y distribución de bienes, porque el patriarcado no es un sistema que sólo tiene efecto en “lo cultural”, sea esto lo que sea, si no que es también una forma de organizar la producción. Sorprende como, pese a la negativa expresa, se trata a la mujer en la obra de Bernabé como una “identidad cultural” más. Curiosa identidad cultural que engloba directamente y de forma inmediata a la mayoría absoluta del género humano.

El autor priva a la opresión de género y al patriarcado del estatus de social y material. Para acabar con la desigualdad de las mujeres no basta con que una mujer se empodere de forma individual, precisamente porque hay una estructura social. La “formación social” es la conjunción de los sistemas de organización social y económicos, como en capitalismo, el patriarcado y también el racismo, que no es únicamente derivado del interés económico como plantea Bernabé. Que se haya negado ese estatus de material y de estructura social al género tanto por la izquierda más clásica como por el feminismo neoliberal no debería llevarnos a reproducir ese argumento. Es una visión androcéntrica que recae en la dicotomías útiles para el capitalismo y el patriarcado, como la que construye una distinción irreal e interesada entre lo económico-productivo y privado-no productivo y no remunerado.

A nuestro juicio, la senda abierta por el movimiento feminista es la que muestra el camino para salir de la presunta “trampa” de la diversidad. El feminismo no niega su carácter plural, no pretende que ninguna mujer renuncie a otra pertenencia, lo que no siempre es un camino de rosas (en el seno del feminismo hay posiciones socialmente antagónicas), pero es la única senda de construcción posible.

La lucha antisistémica hay que realizarla en lo económico, en lo cultural, en lo identitario y allá donde se pueda

Quizás lo más chocante de todo el debate de la diversidad es que no se perciba ninguna capacidad emancipatoria en identidades emergentes. Como si el neoliberalismo fuera un macizo ideológico irresistible y que cualquier cosa que pase, pasa porque le es útil. “La resistencia también somos nosotros” como le decía el gris burócrata de 1984 a Wilson en la obra de George Orwell. Por fortuna, el mundo no funciona así. Cada conflicto social esconde potencialidades que los movimientos transformadores tienen la obligación de explotar. Negar cualquier ámbito de lo social (incluido el de las identidades cerradas presuntamente nacidas, según Bernabé, del giro neoliberal) como espacio para la construcción de alternativas es debilitar la posibilidad de la propia transformación. La lucha antisistémica hay que realizarla en lo económico, en lo cultural, en lo identitario y allá donde se pueda.

Por otro lado, todas las identidades, también la clase, pueden ser muy transformadoras, algo, o nada. La cuestión es que además de que un sujeto sea consciente de su situación como colectivo tiene que querer cambiarlo. La identidad femenina no tiene porque ser transformadora, pero la feminista sí. Del mismo modo, cuando Pablo Casado apela a “la España que madruga” se dirige a una identidad de clase que no tiene por qué ser transformadora. Pero para Bernabé parece que la clase consciente ya es en sí un dique de contención al neoliberalismo y todo el resto de identidades, un efecto de este.

La construcción de la identidad englobante como herramienta emancipadora en el siglo XXI tendrá que seguir pensando por supuesto que “la emancipación de los trabajadores (y trabajadoras) sólo podrá ser obra de los trabajadores (y trabajadoras) mismos (y mismas)”. Pero igualmente tendrá que saber que la construcción de un todo no puede hacerse negando la identidad de las partes ni pretendiendo que algunas de ellas deban subordinarse a las demás. Lo común no puede ser enemigo de lo particular, sino reforzarlo e impulsarlo. El nuevo sujeto tendrá necesariamente que ser multicolor. Y obviamente, en el año 2018, tiene rostro de mujer.

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Jacinto Morano es diputado de Podemos en la Asamblea de Madrid.
Isabel Serra es diputada de Podemos en la Asamblea de Madrid.

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Jacinto Morano / Isabel Serra

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11 comentario(s)

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  1. cayetano

    Por encima de reflexiones compartidas con el artículo y Bernabé. La cuestión central no es otra qué ¿por qué la extrema derecha avanza ante el retroceso de la izquierda? Y esta invitación queda sin respuesta. En EE.UU. las encuestas decían que ante el discurso Trump, únicamente podría ganar el alternativo Sanders. ¿En qué aspectos se centraba el discurso de Trump, y el de Sanders? En España, tras el ya lejano 15-M y las masivas Marchas por la Dignidad, la cultura política ha cambiado, pero hemos de reconocer que el retroceso de la movilización y la persistencia de la precariedad…, implican una normalización de la involución social. El crecimiento económico no llega a la mayoría social, entre la que se está repartiendo miseria, normalizándose la involución social, ganando la batalla de la mentalidad, de lo normal y sensato, y obstaculizando la movilización social. Todo ello, en una sociedad líquida como la pantalla de plasma, que potencia e invisibiliza aspiraciones, usando válvulas de escape a la presión social y adormeciéndola. Pero no debemos olvidar que este retroceso de movilización, no significa satisfacción entre precariado, trabajadores,…, pero sí pérdida de influencia y/o intensidad de los discursos que ofrecemos. Esta situación de insatisfacción prolongada, probablemente alentó en Francia el surgimiento del Frente Nacional de los Lepen, que no por casualidad tuvo gran implantación donde antes la tuvo el PCF. La cuestión es cómo hacemos llegar un discurso material, vinculando propuestas y condiciones de vida (también a la identidad) al pueblo; y cómo éste se moviliza, articula y gana conciencia. Indudablemente las dimensiones de la lucha de las kellys es feminista y obrera; la de los taxistas de resistencia ante la desregulación no sólo de su servicio público-también del uso del espacio público y su ordenación-; la lucha contra toda violencia de género; así como las de la PAH, y otro movimientos, son experiencias sobre el cómo se han articulado, entorno a qué y por quiénes, de las qué debemos aprender. Pero algo debemos tener claro, el discurso central, la prioridad discursiva, propositiva y de acción, debe ser la misma que la de Trumps y Sanders. Si queremos discutir la troncalidad de la vida deberemos proponer, exponer, extender, articular, movilizar, concienciar sobre la troncalidad de las condiciones de vida, seas del color que seas, del género que seas, del credo que seas o no, de la edad que seas. Bernabé, nos ha colocado ante una realidad el avance y retroceso de la extrema derecha e izquierda respectivamente. Y en España, debemos dar respuesta, mientras estamos a tiempo, hasta el momento gracias al 15-M y sus ondas nuestra realidad es distinta. La potencialidad alternativa de todos los movimientos “particulares o identitarios”, se vincula a la potencialidad alternativa del conjunto, qué posibilita avanzar a las partes (cuando gobierna la derechona, “pocos avances” particulares hay). Y para ello, siempre la perspectiva general, global, la troncalidad de las condiciones de vida materiales son claves para el desarrollo de cualquier lucha particular, y al mismo tiempo el elemento que la articula con el conjunto. Algo tan simple como ello, es la enseñanza fundamental de Bernabé; cómo volvemos a imbricar dichas luchas por la dignidad de forma masiva el reto; y de no ser posible, cómo mantener las organizaciones y discursos necesarios, para no dejar hueco a los discursos de la extrema derecha y llegado el momento acompañar al pueblo en sus reivindicaciones de justicia, igualdad y libertad, recuperando la hegemonía y cambiando de nuevo la cultura dominante, reflejo de las relaciones sociales dominantes. No os entretengáis en sacarle punta a las esquinas del planteamiento de Bernabé, centraros en dar respuesta a la mayor, a la invitación que realiza, probablemente ahí encontréis el marco de debate constructivo.

    Hace 4 años 4 meses

  2. sebar

    No acabo de entender la crítica, no he leido el libro (ahora pienso hacerlo), asi que me limitare a hablar de lo que propone el artículo. Y lo que propone es más de lo mismo, lo mismo que esta desplazando a la izquierda del centro del debate social, cultural, moral y político de hace cuarenta años a la nada, viendo pasar a los Trump y Pegidas, con la indiferencia del que esta en posesión de la verdad y tiene la pensión asegurada (seguramente sere un poco injusto, pero es la imagen que se da)

    Hace 4 años 4 meses

  3. Yo no tengo chalet

    Para lo que han quedado las señorias de podemos...Quiza deberian salir algo mas a la calle, no encontraran el nucleo irradiador pero lo mismo ven algo interesante...

    Hace 4 años 4 meses

  4. Fran

    ¿Cuánta gente que no tiene asegurado su subsistencia a niveles de mínima dignidad puede dedicarse a dotar de significado a los significantes vacíos? ¿Podrían sus muy posmodernas Señorías responder a esta pregunta sin recurrir a la cháchara posmo?

    Hace 4 años 4 meses

  5. Sergio

    Sinceramente, ni quiero ni puedo mojarme sobre la cuestión de fondo, porque pienso que el tema es suficientemente substancial y complejo cómo para merecer una lectura pausada de la obra de Bernabé y una profunda reflexión antes de tomar partido. Sin embargo, me quedo con el primer párrafo de este artículo: leyendo los comentarios me entristece comprobar cómo gente culta e inteligente colabora más en la destrucción que en la construcción de ideas. No, niego la mayor, este artículo no expone una posición reaccionaria contra la tesis de Bernabé, como la mayoría denunciáis (no niego que otros sí lo hagan). Defiende más bien una alternativa respetuosa y rigurosa, pueda ser más o menos acertada. Defiende la construcción del relato social a través de la confrontación. Me quedo con eso.

    Hace 4 años 4 meses

  6. Manuel

    Dos más que critican lo que no pone en el libro. Y no creo que sea porque no lo hayan entendido. La cuestión es desacreditarlos, al libro y al autor, y desviar el debate de lo que sí plantea el libro.

    Hace 4 años 4 meses

  7. Sociólogo

    Hay tanto politicucho y periodista/articulista de turno ofendido por el libro de Bernabé que es la mejor prueba de que dicha obra da en el clavo. Está claro que un planteamiento como del Bernabé (que sólo sigue planteamientos mucho más desarrollados desde hace décadas y que vienen denunciando el rol ideológico que jugado la izquierda posmoderna a favor del neoliberalismo) se iba a encontrar con una gran oposición y crítica por parte de los mismos progres que el libro critica.

    Hace 4 años 4 meses

  8. Ora et labora

    Aunque suene poco “fashion”, cualquier cambio cultural pasa previamente por un cambio material real. Mientras el trabajo asalariado continúe siendo el eje estructurante principal en la vida de los individuos como única actividad que garantiza su subsistencia al tiempo que motor reproductor del capitalismo, no hay nada que hacer. El capitalismo continuará su marcha triunfal mientras el neoliberalismo irá fagocitando todo fenómeno sociocultural postmoderno. Por tanto, si el “marxismo vulgar” ya pasado, ha hecho daño a la izquierda, más daño han hecho todos los cantos de sirena que vienen haciendo los planteamientos postestructuralistas desde los años 80 basados en sustituir el determinismo económico por un determinismo lingüístico-simbólico-cultural baldío y perfectamente funcional al sistema capitalista. De momento, cambios en la mejora de vida de las personas pocos o ninguno. Salir de la espiral “modo de vida-trabajo-capitalismo” es lo urgente, y eso solo pasa por desvincular trabajo de subsistencia (a través de la Renta básica incondicional) para una vez garantizadas las necesidades materiales básicas, poder afrontar y cuestionar toda el marco sociocultural hegemónico actual. El feminismo es una lucha necesaria por la igualdad entre mujeres y hombres, pero nada más, no es ningún sujeto político de cambio material porque dentro del feminismo tenemos a mujeres explotadoras y explotadas caminando unidas por la igualdad entre mujeres y hombres, pero no unidas para cambiar el modo de producción vigente.

    Hace 4 años 4 meses

  9. Andrea

    "no sólo esto, sino que lo otro"; corregid por favor, si no lo corregís no sólo transmitís mala ortografía sino que el contenido tampoco se entiende bien.

    Hace 4 años 4 meses

  10. Agosto Bajocero

    El autor del libro “La trampa de la diversidad”, con más o menos habilidad, simplemente lo que ha puesto de relieve no es otra cosa que el abandono de la izquierda institucional a la hora dar respuesta a las precarias condiciones materiales de una población con sobredosis en cuestiones simbólico-identitarias pero con sueldos de mierda. Que Bernabé que no vive de la política profesional, ni se apropia la representatividad de la izquierda, se haya atrevido a echar eso en cara a sus “señorías” no se lo perdonan. Una cuestión urgente en los tiempos que corren que bien harían en atender y dejar de justificarse con tanto artículo refrito en CTXT sin atisbo de autocrítica.

    Hace 4 años 4 meses

  11. Sin Identidad

    Parado intermitente, almacenero dos semanas, jardinero por horas, repartidor de pizzas los sábados, etc. Ya no sé lo que soy, hago de todo pero no soy nada. Si digo “obrero” no vale porque eso eran otros tiempos y como nos cuentan los autores del artículo la “clase trabajadora” se fue diluyendo. Vivimos tiempos postmodernos y la inestabilidad laboral hace que la profesión ni me defina ni me identifique como antaño sí lo hacía en Altos Hornos. Sin embargo, antes como ahora, la realidad es muy material. Para seguir comiendo estoy obligado a lograr dinero a través de un salario, pero cada vez hay menos trabajo y es más precario. Quizá exigir una reducción drástica de la jornada laboral y repartirlo. Kropotkin algo planteó hace tiempo. Quizás sacudirnos la mayor parte de trabajos social y ecológicamente contraproducentes y absurdos. Quizás una renta básica universal que ayudase a solventar lo que se avecina. Quizás… Quizás no vistamos a diario casco de obrero y mono azul, pero aquí seguimos formando el numeroso “grupo humano de trabajadores sin identidad” con condiciones de vida lamentables. Convendría que la izquierda, no lo olvidara.

    Hace 4 años 5 meses

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