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MORENTE DE LA A A LA Z (VI)

De Siguiriya a Zambra

Extractos del libro ‘La voz de los flamencos’ (Siruela, 2008): una larga entrevista, en seis tomas, con preguntas de una sola palabra (o dos) al genial cantaor granadino

Miguel Mora 29/08/2018

<p>Fernando Terremoto</p>

Fernando Terremoto

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Siguiriya. Uno de los puntales del cante. Una fuente de música inagotable. Tiene una medida curiosa y les suele costar trabajo a los músicos que no son del flamenco: los que pillan fácil una bulería o un tango acaban cogiéndola pero les cuesta coger la medida, la colocación, el compás y el ritmo. Bajo su aspecto primitivo, es un invento musical con mucho carácter, no se parece a ninguna melodía de otra música. Va partida en dos caracteres de compases diferentes y equivoca mucho. Es un palo que hace grande al flamenco. Tal vez es más trágica que la soleá. Ha habido especialistas en siguiriyas y soleares, y se supone que los especialistas en una lo son también en la otra; pero muchas veces no pasa eso, y al revés también, un buen siguiriyero no llega a gran solearero. La guitarra y el baile hacen grandes creaciones hoy en la siguiriya. No se bailaba antes de Vicente Escudero, se hizo más tarde que la soleá, y es un tiempo muy difícil. En soleá hay muchos bailes muy buenos. Tienen más historia que la siguiriya, que parte todavía casi de cero. La soleá tiene más camino andado, está más transitada... La guitarra tiene mucha tradición en los dos palos, pero hay menos creaciones también por siguiriyas, aunque hoy ya hay mucha preparación. ¿Siguiriyeros buenos jóvenes? Hay muchos cantando bien, pero está un poco estandarizada y hacen casi siempre el mismo estilo. Siempre salen con el ay por delante. Y es un palo muy extenso. Falta investigación. Se habla mucho del cambio de la siguiriya pero el famoso cambio de Molina, que yo se lo achaco a Vallejo, realmente no cambia de tonalidad. Así que no es cambio, aunque es muy difícil de hacer. El cambio real, ya lo dijimos la otra noche, es cuando pasa a cabales.

Soleá. Una fuente sin fin, un manantial que continúa naciendo y creciendo, en los tres estilos, cante, toque y baile. Hay muchas expresiones y formas de cantarla: antes se cantaba la soleá más encima del ritmo, sobre la mano izquierda del guitarrista; hoy hay otra forma de cantarla que lleva mucho más acentuada la expresión, la melodía y el compás. Valderrama, Caracol, Tomás Pavón son ejemplos de ese estilo antiguo, más libre y con las frases más ligadas, que se canta sobre todo para bailar. Mairena, Fernanda, Camarón estarían en esa evolución reciente. Es uno de los cantes que tiene letras más bonitas y diversas. El repertorio es inagotable; desde los antiguos, todos tenían sus soleares: hay de cuatro versos, de tres, y la solearilla, que tiene una palabra al principio, por ejemplo “María”, y luego sólo dos versos de ocho sílabas (“Serrana / en tu puerta planté un pino / al cielo llegó la rama”). Es uno de los cantes que más me gustan. Mi hija mediana se llama Soleá.

 

Las estrellitas del cielo

se visten de colorao

y yo me visto de negro

en pensar que me has dejao.

 

Mis fatigas son tan dobles

que no las puedo aguantar.

Se unen unas con otras

como las olas del mar…

 

Taranta y taranto. Cantes libres, de las minas; tienen melodías diferentes: la medida del taranto es tipo zambra, machacón; la taranta se canta más ad líbitum. 

Tangos. Un cante de muchos sitios. Extremadura, Granada… En los recitales suele ser un cante de descanso, pero también se pueden cantar en plan cante grande y son tremendos, aunque suelen tener más alivio, más apoyo rítmico. Yo, de cada siete letras por tangos, hago cinco de descanso. El baile por tangos es precioso.

Templarse. Prepararse, buscar la entonación y templar el cante antes de empezarlo. Se hizo una ley, y de ese temple hubo quien hacía verdaderos cantes. Por ejemplo, Chacón: una salida de Chacón era un cante.

Terremoto. Artista de eco muy gitano, y pellizco muy personal; caracolero, con momentos geniales de pellizcar. Muy de Jerez.

Tientos. Muy antiguos, tipo familia de la habanera, es un tango parao, o lento; hay varias formas de cantarlo, pero siempre es muy delicado. Es uno de los más difíciles de todos por el tiempo que lleva, tan difícil como la soleá. Dicen que los inventó El Mellizo, pero es imposible que eso lo inventara un tipo solo.

Torre, Manuel. Una leyenda. Los grandes cantaores que lo han escuchado decían que cuando le cogía inspirado no se te olvidaba nunca. Se minusvalora lo que tiene grabado, para comprenderlo hay que saber de cante: es muy interesante y hay destellos de gran genialidad, no era un loco con cicatrices y dientes de oro. Sabía cantar muy bien. Tronco de Faraón es un apellido para toda la vida. 

Triana. Dicen que fue en tiempos una cuna de cante grande; yo no la he conocido; pero tiene arte y sabor, y me gusta pasear por allí.

Unamuno. Tenía cara de gato resfriado. No lo he leído, he oído hablar de él. Lo conozco por fotos y parece el hermano de un gato del Albaicín que está siempre acatarrado. La pinta no la tenía muy gitana.

Unión, La. Un festival veterano, empezaron unos cuantos hombres con pocos recursos y ahora es uno de los más importantes de España. Se mantiene, cada año va a más porque tienen la imaginación que había hecho falta en otros festivales de Andalucía. 

Vallejo, Manuel. Uno de los más geniales artistas de la historia del cante flamenco. Tuvo muy mala suerte, víctima de los “revertefascistas”, lo metieron en la cárcel y lo sacó un militar amigo y aficionado al flamenco, pero ya estaba destrozado de las palizas que le dieron. Todo, por cantar los fandangos republicanos. Como cantaor ha sido de los más grandes, y hubiera dado dinero por conocerlo. Pero mucho dinero.

Valderrama, Juan. Otra maravilla. Independientemente de ser uno de los más grandes, fue un gran empresario, un gran cancionero, un rey de ese género que se ha perdido prácticamente por falta de capacidad de evolución. Valderrama se tiraba 40 días seguidos en el Teatro Calderón de Madrid y lo ponía a reventar cantando por fandangos, un palo que nadie ha cantado tan flamenco como él. Uno de los más grandes aficionados e investigadores del cante flamenco; si no, no habría sido la clase de conocedor tan grandísimo que fue.

Varea, Juan. El caballero del cante, otro de mis maestros principales. Una vez llevé una prueba de los primeros cantes que grabé con el Niño Ricardo y me dijo Perico el del Lunar: “Es una copia exacta de Juan Varea”. Yo no lo entendí. Para mí era una honra ser su discípulo. Años después, entendí lo que quería decir. Ya he dicho que es la única etiqueta que no me molesta: lo esencial es ser una esponja. Y dedicarse a esto con entrega. Me gustó muchísimo, tiempo después, que me dijeran que me parecía a Juan, aunque sólo lo dijeran, en algunos casos, como un cumplido.

Vargas, Manuela. Ha hecho los mejores espectáculos que ha habido. Cuando trabajé en su compañía, llevaba una puesta en escena impresionante, con Miguel Narros como director, y un cartel de bailaores impresionante: Mario Maya, El Mimbre, todos los Pelaos, dos bailaores más de Sevilla, a la guitarra los Habichuela, Juan, Pepe y Luis, más Manzanita, y como cantaores el Indio Gitano, Chocolate, Curro Fernández y yo. Los últimos años del Teatro Barceló, cuando era empresario Raphael, trabajamos allí con ella. Tenía arte vistiéndose y como bailaora: echaba los brazos arriba con un estilo de baile que ya prácticamente se ha perdido. Conviene volver a decir que el braceo de Matilde Coral, de Manuela y de las bailaoras mejores de esa generación viene de Enrique el Cojo. Porque nadie lo dice.

Vidalita. Otra canción compuesta e inspirada en los viajes de los cantaores a la Argentina de aquel tiempo; pasa como con la colombiana: están tan bien hechas, tan bien construidas, que se quedan como un cante clásico más. La vidalita es un cante que se ha quedado algo corto, porque la milonga tenía más cante, ha rodado más, se ha escrito más…  Pero no deja de ser preciosa. De los cantes de ida y vuelta, la rumba, la guajira y la milonga son los que se han desarrollado más. La vidalita y la colombiana, siendo más modestas, siguen siendo fastuosas. 

Yerbagüena, Frasquito. Era uno de los que le pedían la cartera al señorito para ver la foto de su nieto. Gran aficionado de Graná que cantaba un fandango del Albaicín muy personal. Es un cante muy bonito que ha prosperado mucho: lo hemos cantado todos.

 

Plaza de los Herradores.

A las puertas de Graná,

está la Virgen del Triunfo

con veinticinco faroles.

 

Recuerdo que había coreografías de las cuevas del Sacromonte por ese palo; es un cante bailable que se conserva gracias a los gitanos. En la conservación de cantes y músicas ancestrales, la importancia de los gitanos ha sido crucial. 

Zambra. El cante y el baile por zambras… Puede ser un taranto, es un cante y un baile del Sacromonte, tiene un compás distinto, en tiempo de tango parao y en ritmo de taranto. La zambra que me gusta, siendo diferente de medida, se parece al Bolero de Ravel; mi hija Estrella hizo una con las bandurrias de Granada en su disco Mujeres. Le pusimos una letra de unos tangos viejos:

 

Quítate de la ventana

porque voy a suspirar,

mis suspiros son de fuego

y te pueden abrasar.

 

Zorongo. Canción popular de Federico, una belleza a la que el mundo del cante también le ha metido mano. Es tan pequeño el escalón dentro del laberinto entre el folclore, la canción popular andaluza y castellana, el flamenco y la canción tradicional, todo está tan cerca, que muchas veces distinguirlo es difícil. Pero esa confusión, y esa fusión, me gustan mucho.

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Autor >

Miguel Mora

Nacido en Madrid, en 1964, el director de CTXT fue corresponsal de El País en Lisboa, Roma y París. Anteriormente, trabajó durante 10 años en la sección de Cultura como reportero para temas de cine, literatura y arte. En 2011 fue galardonado con el premio Francisco Cerecedo y con el Livio Zanetti al mejor corresponsal extranjero en Italia. En 2010, obtuvo el premio del Parlamento Europeo al mejor reportaje sobre la integración de las minorías. Es autor de los libros 'La voz de los flamencos' (Siruela 2008) y 'El mejor año de nuestras vidas' (Ediciones B).

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