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La práctica de hacer cola se ha extendido sobre todo a los acontecimientos más atractivos. Tanto es así que sirve de reclamo para otras personas

Emilio de la Peña 18/08/2018

<p>Playa Maya, Ko Phi Phi, Tailandia.</p>

Playa Maya, Ko Phi Phi, Tailandia.

Diego Delso

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Recuerda John Reed en su libro “Diez días que estremecieron el mundo” que el hábito de hacer cola pacientemente se implantó durante la Revolución Francesa. No es que antes no se hubiera practicado tal ejercicio. Supongo que sí. Pero en las calles de París, al final del siglo XVIII, se llegó a convertir en una costumbre que el pueblo llano practicaba con total naturalidad. Era lo que diferenciaba a Francia del resto de los países europeos. La escasez de alimentos obligaba a la gente a esperar turno formando hilera con otras personas. Fue durante la Revolución Rusa cuando se adoptó por segunda vez esta sufrida espera. En la guerra civil española también se generalizó. Recuerdo haber escuchado la anécdota de un madrileño que por entonces se puso a la cola de otra gente creyendo que era para comprar el periódico. Resultó que era una fila de presos dispuestos para subir a camiones. Se las vio y se las deseó para salir de la misma cuando cayó en el error.

Ahora la práctica de hacer cola se ha extendido sobre todo a los acontecimientos más atractivos. Tanto es así que sirve de reclamo para otras personas. Es ya algo natural y sobre todo en el periodo más deseado: las vacaciones. No es que escaseen las carreteras para viajar, ni que falten museos para ver o que no haya restaurantes suficientes o playas accesibles. Es que todo el mundo busca el lugar ideal para visitar, la exposición más recomendada, el sitio más agradable para comer o la playa más solitaria y limpia. Para ello no hay nada mejor que dejarse aconsejar por las guías turísticas, las páginas web más fiables, los comentarios de los expertos en viajes y turismo que se escuchan por la radio o las imágenes más seductoras en YouTube o en televisión. También por los amigos que ya han viajado allí y conocen los lugares de más interés. Se da la circunstancia de que todo turista tiene acceso a esas guías, páginas web, programas de radio o documentales de televisión. También todo el mundo tiene a su alcance amigos a los que pedir información sobre el lugar que se va a visitar o incluso amigos que aconsejan qué hacer para aprovechar bien esos días de relajo, aunque uno no se lo haya pedido: “No dejes de visitar... Ve a comer a… La playa más vacía es... Al caer la tarde date un paseo por... Lo mejor para llegar allí es coger la carretera... Cuando menos gente sale es a las... Si te pilla un día de lluvia, aprovecha para conocer...” La red de relaciones humanas es tan tupida que todos los amigos de personas que no se conocen entre sí aconsejarán más o menos lo mismo. La consecuencia es que, de una inmensidad de posibilidades para disfrutar, casi todos los turistas escucharán como imprescindibles unas pocas cosas, muy pocas, al menos insuficientes para dar cabida a tal marea humana.

La red de relaciones humanas es tan tupida que todos los amigos de personas que no se conocen entre sí aconsejarán más o menos lo mismo

Escuché hace algunas semanas describir por la radio las maravillas de la playa posiblemente con más encanto de la costa de Cádiz: Bolonia. Es de las pocas en las que hasta ahora no se ha permitido urbanizar. Una playa de tamaño mediano cerrada en uno de sus lados por una inmensa duna. Las únicas edificaciones son tres pequeñas casas de pescadores algo alejadas de la arena, convertidas ahora en sencillos restaurantes, donde puede degustarse el lenguado, la lubina, el pargo o el emperador a la plancha servidos con la tosca sencillez de una taberna marinera. Tras la playa se encuentran los restos de una ciudad romana: Baelo Claudia, dedicada en la antigüedad a la producción de conservas en salazón. Allí se elaboraba el Garum, paté de restos de pescado que se exportaba a otros lugares del imperio. Todavía se conservan restos de la factoría que dan una idea de la actividad desarrollada ya en el siglo segundo antes de Cristo. No hay más. La arena rubia y fina, el mar azul claro, una vegetación nacida de las dunas y al fondo, los días más claros, la costa africana. Maravilloso ¿no? Pues eso piensa todo el mundo cuando escucha o lee lo que puede tener ante sus ojos a sólo 22 kilómetros de Tarifa, a 80 de las urbanizaciones de La Barrosa, a 96 de Cádiz o a 188 de Sevilla. Lo que no suele pensar casi nadie es que lógicamente no va a ser el único en recibir tal mensaje y en querer disfrutar de este lugar solitario. Al llegar se encontrará lo que le han contado, pero por el mismo precio tendrá mucho más: miles de coches aparcados como se ha podido entre los enebros, las sabinas, los cardos y demás matorrales. Los más madrugadores lo habrán dejado en las cunetas de los estrechos caminos que dan paso a la playa. Y junto a ambos grupos de turistas, otros muchos dando lentas vueltas por las cercanías esperando dejar el coche. Pueden darse todavía por afortunados esperando que les llegará su turno. Otros permanecen bloqueados entre tanto vehículo sin poder avanzar ni retroceder.

Lo contado es sólo un caso. Al caer la tarde, cualquiera se dejará llevar por el consejo del amigo, al menos lo era hasta ese momento, de no perderse las pizzas de... (cualquier nombre italiano vale). Son únicas. Y como los niños no quieren otra cosa... hay que tratar de entretenerles mientras esperáis cola. Una hora aproximadamente. Pero no vale de excusa la servidumbre que supone viajar con los críos. Una pareja se acerca a un restaurante reciente. Preparan, dicen las guías, el mejor atún rojo de todo el sur. Pues a esperar. Hay 12 mesas pedidas por delante. No tardará, se consuelan, porque sólo son dos. El grupito de ocho que llegó treinta minutos antes va a tener que esperar más. “De esto no te habló tu amigo”, dice la chica a su acompañante, mientras hacen tiempo. “Pues nosotros, a quien nos pregunte, tampoco. El atún estaba como en ningún sitio y todo estupendo”.

No hablo sólo de Cádiz. Hay sitios donde las colas son más largas y hace más calor. También en el norte, donde los días soleados, que no son todos, la muchedumbre toma al asalto las mejores playas, y los días nublados o lluviosos los veraneantes se hacinan en estrechas carreteras de camino a alguna pequeña localidad famosa por sus monumentos medievales o a algún mercadillo con productos de la zona. El fenómeno se reproduce en cualquier lugar que haya tenido la suerte de salir en los papeles, en YouTube o donde sea. La cola no deja de ser una molestia, pero es también un signo de distinción. Si tanta gente se apelotona por estar allí será porque merece la pena. Tristemente no deja de ser cierto. Hay gustos para todo, pero en la mayor parte de los casos los lugares que recomiendan los conocedores de sitios con encanto suelen ser los mejores: la playa más atractiva, el restaurante donde mejor se come, el bar más chulo o el paraje más insólito. Consolarse con el calificativo de que ir a esos lugares no deja de ser una turistada es negar la evidencia de que cuando uno emprende un viaje llevado por el placer de disfrutar, de conocer nuevos lugares y de aprovechar sus días libres, uno se convierte en turista, lo quiera o no. El resto de las personas que hacen lo mismo y que le anteceden en las colas o le impiden hacer la mejor fotografía en solitario ante una ermita románica o en lo alto de un acantilado, ostentan en ese momento la misma condición de turista molesto.

La cola no deja de ser una molestia, pero es también un signo de distinción. Si tanta gente se apelotona por estar allí será porque merece la pena

Hasta aquí la observación. Ahora las alternativas. La primera es asumir ese papel y los inconvenientes que conlleva. Al fin y al cabo, uno raramente conoce lugares maravillosos que no conozcan muchos otros. Podrá consolarse pensando que peor se está trabajando, pegándose el madrugón y aguantando a los jefes. Y recordar, en las largas esperas para entrar en el museo o conseguir una mesa donde comer, que también hay atascos para ir al curro o empujones en los vagones del metro y en el tren de cercanías. Deberá, eso sí, quitarse el complejo del turista paleto, por hacer lo mismo que la mayoría. Piense que sus personajes más admirados también viajan por placer y descanso, especialmente durante el verano. Turista fue Thomas Mann, que lo reflejó en “Muerte en Venecia”. También el poeta Rainer Maria Rilke, que visitó Sevilla, Córdoba, Toledo y Ronda. Galdós realizó varios viajes turísticos por el norte de Europa al ritmo que permitía entonces la conocida frase de “si hoy es martes esto es Bélgica”. Y no digamos los actores de cine que broncean su cuerpo como los británicos en Benidorm.

La segunda opción es quedarse en casa. No está mal, pero ello le obliga a renunciar a uno de los procedimientos descubiertos por el hombre para limpiar la mente y abstraerse de las preocupaciones diarias: irse fuera, olvidarse de los lugares que constituyen su rutina.

Hay una tercera posibilidad para no aguantar el turismo sin dejar de ser turista. Renunciar a conocer lo maravilloso, pero aglomerado. Buscar rincones placenteros, aunque más toscos o feos. Viajar a donde casi nadie viaja. No quiera convencerse de que esos sitios son mucho mejores. En la mayoría de los casos serán peores y menos originales. Si no fuese así, es casi seguro que el resto de los turistas ya los habría descubierto y habrían entrado en la lista de consejos que nos llegan por los medios y por los amigos. Pero tendrán la virtud de la singularidad. Y, sobre todo, no lo extienda, salvo entre personas de la máxima confianza. Sólo así seguirán excluidos de la lista de los sitios que hay que visitar antes de morirse. Al aumentar el número de turistas, esa lista se hace menos exigente para ampliar la oferta y tratar de mantener cierta originalidad, aún a costa de incluir lugares que sólo valen por la escasa presencia de seres humanos.

Y una última advertencia. Si quiere gozar de la tranquilidad, sentirse alguien singular en el disfrute de sus vacaciones, buscar la sombra del aislamiento en medio del sol abrasador de las multitudes, en suma, ser un turista diferente de los demás, tiene un recurso: bloquee en su móvil toda red social durante esos días, especialmente la más activa: WhatsApp. Gozará de un placer todavía desconocido y casi insólito. Y le compensará sobradamente de no encontrar sólo para usted el sitio ideal para pasar las vacaciones.

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Autor >

Emilio de la Peña

Es periodista especializado en economía.

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6 comentario(s)

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  1. Fermi

    A parte del artículo, hablando un poco más en general de este medio: Deberías cuidar más las fotos. Sin ser ni mucho menos un experto, una foto con el horizonte torcido queda muy cutre. Y con el mar, el fallo se hace obvio.

    Hace 3 años

  2. Dominguero Desubicao

    Vivan los meses de Junio y Octubre!!

    Hace 3 años

  3. Diego

    En efecto la clave es ir donde no va nadie. Incluso en países muy visitados cómo japón estuve varias veces totalmente sólo en templos shintoistas que no contaré donde estaban.

    Hace 3 años 1 mes

  4. jose maanuel ortiz hernandez

    por eso en este periodico no dejan de publicitar sitios paradisiacos donde ir .para que vayamos todos en masa.

    Hace 3 años 1 mes

  5. DaniMD

    Suscribo lo que se cuenta en el artículo. Este año he pasado las vacaciones, sin proponérmelo, en un lugar poco conocido (que paso de mencionar) y que no es tan "bonito" como los más famosos del lugar, pero.... qué tranquilidad.

    Hace 3 años 1 mes

  6. El mejor salmón ahumado

    Siempre procuro NO hablar de Bolonia precisamente por lo que dice el artículo. Podría haber puesto un ejemplo del extranjero y dejar nuestras costas en paz, que ya bastante tienen.

    Hace 3 años 1 mes

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