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EL FIGA ENTREVISTA A MUERTOS ILUSTRES (III)

Tomás de Torquemada: “Hoy me siento muy reivindicado”

Esteban Ordóñez 15/08/2018

<p>Tomás de Torquemada.</p>

Tomás de Torquemada.

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[Las entrevistas de esta serie han sido realizadas por la persona conocida como El Figa. Mi labor es ejercer de mero transcriptor. Esa fue su condición: no puedo tocar frases ni datos. Cualquier parecido estilístico será una pura coincidencia]

 **********

El sumo pirómano, Tomás de Torquemada, ha sido el muerto más difícil de convocar. Lo reclaman del más acá constantemente. Goza de una lista de espera inusual para finados tan antiguos. Más abajo sabremos por qué. El Inquisidor desciende tantas veces a la tierra que decidió vestir moderno. Claro que su visión de modernidad es desajustada: desde mediados del siglo XX hasta hoy, todas las modas le parecen la misma. Sus combinaciones de prendas carecen tanto de coherencia y sentido de la armonía que acabó atrayendo a decenas de cazadoras de tendencias de Instagram.

            — No sé a qué santo el vulgo me mira tanto. Cambié de ropajes para pasar desapercibido y ha ido a peor. He llegado a la conclusión de que llevo el siglo XIV grabado en el rostro. La forma del cráneo humano, eso es, don Figa, la fisonomía ha cambiado desde mi época, y lo detectan –se lamentó él con su sombrero morado de ala y pluma, sus pantalones cagados, su camisa a cuadros de manga corta, su hebilla con la cara de cristo y sus chanclas de piel–.

            — ¿Cómo? ¿Está diciendo que hemos evolucionado?

            — No, bueno, que Dios matiza su obra, obviamente –reculó–, pero parecía dispuesto a defender las leyes de Darwin, antes de aceptar su pinta de espantapájaros.

La voz de Torquemada era como una trenza fina, hecha de tres pelos de alambre. Sonaba agudísima, más infantil que femenina, y se repujaba a sí misma. Cuando parecía que su textura iba a desarmarse, brotaba una fuerza que la corregía, una fuerza ajena a sus cuerdas vocales. Su rostro, en cambio, era costroso. El contraste acojonaba.

Caminábamos por los aledaños de Callao, era casi la hora de dar de comer a los guiris y los restaurantes exhalaban aroma de carne asada. “¡Qué tiempos!”, aspiró a boca abierta, “siempre me gusta pasear por esta calle”.

            — Sabe usted que lo que huele son vacas, ¿no? Que ya no quemamos personas…

            — Por supuesto, descuide, pero la nostalgia no distingue. Este olor es parecido al del principio, el tramo dulce, lo llamábamos. Empezaba a cocerse el hereje y su cuerpo nutría el aire. Pero enseguida se carbonizaba y desprendía un humo tóxico, irrespirable, incomodísimo, y esa era nuestra penitencia, nuestra cruz. Éramos jueces y mártires, don Figa.

            — Pobres, tenía que ser duro. Pues fíjese que esa parte no se ha contado. Se ha hablado mucho de los quemados, pero no de vuestros pesares, y, oiga, la historia tiene contar las dos partes.

            — Sí, sí, sí. –se agradó–. Mire, siempre empezábamos animosos, en gracia, montados en la potra del fervor. El condenado gritaba y nos mirábamos unos a otros, admirados, inspirados, y competíamos con frases para halagar a Dios: “cada lamento inflama el amor Divino”, y exclamaciones así, una tras otra. Era muy bonito. Pero luego dejaba de chillar y ya era solo chascar de leña y negritud y, en fin, no me gustaría ser muy gráfico al respecto... Pero ahí, nos atacaba la ansiedad. “No vuelvo a quemar más”, asegurábamos. Pero llegaba otro auto de fe y, bueno, ya sabe...

            — Entiendo, me ocurre cada fin de semana… ¿Y cómo pasaba el mal trago? A mí me va bien tomar glucosa.

            — Con el trabajo. Eso sí debo confesarlo: amaba el registro, los archivos, los informes, y ordenarlos y recapitular. Revisitar juicios antiguos, mirar cifras: tantos condenados, tantos torturados: ¿a este qué fue?, ah, el potro; ¿al otro?, la garrucha; tal y tal; tal y tal… Gozaba del tacto de los legajos manuscritos [¿En serio, Figa, en serio?, NdelT]. Yo era, en fin, como un funcionario más.

El dominico se negó a entrar en una cafetería: “Veo que se ha documentado usted no mucho: ¡Yo no como!”, clamó torrencialmente. Me disculpé y quise guiarle hacia una calle más despejada, pero con malas artes, dándole la vuelta al asunto como si me estuviera haciendo un favor, acabó sentándose en lugar muy concurrido. “Aquí, bien, don Figa. De verdad que no me importa”. Comprobó el tránsito de personas a derecha y a izquierda y calculó su postura un par de veces. Mientras yo introducía el siguiente tema de conversación (¿por qué lo llamaban tanto los vivos a estas alturas?), me cosqué de que le entusiasmaba que lo miraran; a cada tanto, se recolocaba el sombrero o apartaba la camisa y empujaba la pelvis para lucir el cristo sangrante y plateado de la hebilla.

            — Desde hace unos años, me siento muy reivindicado. Renegasteis de mí durante siglos, pero ahora me necesitáis.

            — ¿A qué se refiere?

            — Diseño estrategias para redes sociales…

            — ¿Qué me está contando, santidad?

            — No, hombre, santidad es solo para el papa, pero gracias.

            — Ah, coño… Bueno, ¿y cómo es eso? ¿Para quién trabaja?

            — Para todos, colectivos de uno y otro lado: para mi Santa Madre Iglesia, pero también para xenófobos, homófobos, nacionalistas españoles, catalanes, liberales, comunistas, feministas, veganos, taurinos… Para todos, ya le digo—estiró las piernas y removió los dedos de los pies, verdinegros como percebes.

            — Pero, hombre, siendo usted un hombre de Dios –aluciné–.

            — Oiga, no se soliviante, para mí son todos igual de herejes, incluida la Iglesia. En mi época, estarían todos anotados en mis registros con una caligrafía preciosa. ¿No le han mostrado mi caligrafía? –fingí que lo tomaba como una pregunta retórica y siguió–. En fin, el cielo da para lo que da, y yo tengo un plan. Mire, yo diseño palabras, burlas, insultos, razonamientos tautológicos, también elijo personas linchables a las que colgarle el sambenito; entonces le paso la información a mis contactos de cada grupo y estos lo distribuyen entre sus acólitos para que lo esparzan por las redes. Han llegado a guerrear entre dos bandos, todos con mis armas.

            — ¿Y cómo sabe que van a funcionar?

            — ¡Si no lo sé yo! La difamación es un arte. Lo principal es que no fluya la lógica, que se hable de sentimientos viciados, que parezcan argumentos, sí, pero que, sobre todo, califiquen y degraden al otro, que intervengan su autonomía de ser, que lo apresen como un cepo para osos. Y la maniobra perfecta: inventar unos procesos por los cuales se puede extraer de las palabras de otras cosas que no han dicho, y que al final sea más legítima la invención que la expresión original. Y también reducir y reducir, que hagan falta menos elementos para acusar a alguien de criminal. ¿Tú sabes esos que dicen: esto “fomenta” no sé qué, esto “perpetúa” tal y tal? Así se conecta lo anecdótico con lo brutal, así es como se acaba equiparando un chiste a un asesinato… Pues eso, hijo mío, es parte de mi obra.

            — Me da miedo preguntarlo –me atacó una ansiedad rara, de pronto, notaba el vacío del tubo del esófago, me pesaba horrores–, pero ¿cuál es su plan?

Torquemada se quitó el sombrero y emergió el planeta de su cráneo con la tonsura bien rasurada. Su mirada ennegreció, desapareció el contrapunto del iris y el blanco del globo y los ojos se le volvieron del todo oscuros como aceitunas. Me miró fijamente, no me agarró de la pechera ni de los hombros, pero me sentí atenazado, sobre todo cuando empezó a hablar con su voz de niño maquiavélico, de niño rey: “No puedo quemar personas, pero sí incendiar las mentes. El fuego llama al fuego. Acabaréis haciéndoos arder unos a otros. Todos creeréis que vuestra causa es justa, pero yo estaré riéndome con la antorcha originaria entre mis manos”.

Miré a mi alrededor y no encontré a ningún peatón que no me pareciera un demonio. Entendí por qué el Inquisidor vestía como vestía. Por un lado, le gustaba presumir. Por otro, la presencia pura de su cráneo, sin edulcorar, era demasiado terrorífica. Nadie le dejaría las llaves de su casa a un señor con pinta de ladrón. Pensé rápido, me dije que estaba a tiempo de advertir a todo el mundo, de revelar la amenaza, de que nos tratáramos con respeto. Pero conforme lo pensaba, me entró una pereza que te cagas. Además, a mí me daban asco muchas personas a las que no me apetecía querer, y menos ganas tenía aún de empezar a escuchar lo que decían de verdad. Así que decidí solucionar la cosa al estilo posmoderno:

            — Tomás de Torquemada, hágame el favor, ¿puede ponerse otra vez el sombrero en la cabeza?

Se lo puso. Fue un descanso.

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Autor >

Esteban Ordóñez

Es periodista. Creador del blog Manjar de hormiga. Colabora en El estado mental y Negratinta, entre otros.

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