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DIARIO DE MOSCÚ, 3

Novedades para la vigilia

Tercera entrega del diario de un profesor de lengua y literatura española contratado para dar clases en Moscú, Idaho

Rubén Ángel Arias 13/07/2018

Rubén Ángel Arias

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No es, ni mucho menos, un caso infrecuente: un profesor de lengua y literatura española es contratado por una universidad de Estados Unidos. El profesor, zamorano de nacimiento y vasco de adopción, hace sus maletas y parte rumbo a Moscú (Idaho): una pequeña e improvisada ciudad en el corazón del lejano oeste. Una isla mínima desde la que escribe sus diarios.

11 de marzo

Había dejado atrás los controles policiales y, con ellos, las caras de I. y C. que –satisfechas, pero todavía inquietas– se despedían riendo y diciendo que no con la cabeza para apostillar lo apurado de la hazaña y compartir así la sorpresa y el milagro. Les devolví un rapidísimo gesto de triunfo –puño cerrado y en alto, algo ridículo, ahora que lo pienso– y salí corriendo hacia la puerta de embarque desde la que me llamaban por megafonía. Ya en el avión escribí lo que acababa de pasar y después intenté leer, pero no pude, intenté dormir, y tampoco, así que me pegué a la ventana y miré, eso sí fui capaz de hacerlo. Afuera estaban la noche redonda y las luces de posición de otros aviones a lo lejos.

Amanecía cuando llegamos a Salt Lake City, pero lo que se adivinaba desde allá arriba era solo una mancha oscura en la mitad imposible del paisaje. Hasta que no estuvimos prácticamente encima no se empezaron a diferenciar los edificios, las calles, las iglesias, los casinos. A la aurora, escribe Rimbaud, y armados de una paciencia de fuego, entraremos en las ciudades espléndidas y los oasis.

El lago que se extiende al noroeste, con sus orillas sin vida y espectrales, está hecho del mismo material del que están hechas las visiones. Es sal, aunque tenga el color de la ceniza.

Después de una escala de una hora, despegamos con destino al D.F. Enciendo la pantallita de mi asiento y busco alguna película. No encuentro nada capaz de sacudirme la pereza y opto por dejar el mapa con la trayectoria del vuelo. Pasamos por encima de El Paso y Ciudad Juárez que, desde la altura, son un único e indivisible decorado. Un decorado austero, una extensión gris rodeada de un desierto rocoso y accidentado. Por ahí se va al infierno, pienso. Un atajo hacia el horror en medio de una interminable travesía por el aburrimiento. Pero el horror es, a su vez, un atajo. El Atajo, El Gran Atajo, la distancia más corta entre dos puntos cualquiera.

12 de marzo

En el D.F. me esperaba T., que se ha prestado a ser estos días mi paciente y virtuosa cicerone. Nos hemos alojado en la calle Bucareli, en un apartamento que está a escasos cien metros del café La Habana.

Desde que llegué no hemos hecho otra cosa que caminar, subir y bajar al metro y esperar autobuses. Con todo, hemos sacado un rato para acercarnos hasta el Bosque de Chapultepec y subir al castillo de los españoles. La ciudad, imponente, inabarcable, parece construida hace apenas unas horas en medio de una selva feraz. Feraz la flora, feraz la fauna, feraz la arquitectura.

Podría decir: vine porque necesitaba dar con un texto de Roberto Bolaño, pero sería una exageración. Podría decir: vine para poder escribir después un artículo académico, o dos, una adenda a la tesis o un cierre alternativo. Pero sé que exagero también. Lo que me importa anotar aquí, sin embargo, es que esta misma mañana he conseguido –después de marear a T. y a todo el equipo de la Hemeroteca Nacional– el primer poema que publicó Roberto. Fue en 1974, con veintiún años. El  poema es malo, malísimo, y muy interesante. Lleva por título “Coigüe”, que es la denominación de un árbol de hoja perenne y el nombre de una villa chilena situada en la provincia de Biobío. “Esto me sucedió en Coigüe” […] en octubre de 1973”, se lee en los primeros versos. “Esto me sucedió en Coigüe”, se lee también en el último. El hablante del poema, que se parece en todo a Bolaño y que busca esa identificación, describe su encuentro con una niña o muchacha proletaria en la estación de trenes de la villa. La niña –o muchacha– le invita a galletas y le cuenta su historia de amor. Por supuesto, se trata de un amor desdichado. Ella estaba enamorada de un obrero socialista con el que se acostó y navegó por el Mapocho. Después, esto se deduce de uno de los versos, los militares lo asesinaron: “¡Los momios matan a los socialistas de diecisiete años!”. La niña –o muchacha– se sube al tren y Bolaño –o el hablante del poema– la ve marcharse y ve también y mientras tanto cómo un viejo defeca –“churretea”, dice– sobre sobre las páginas culturales de un montón de periódicos. Y el adiós a la niña con el novio muerto queda degradado por el adiós fecal a la poesía chilena, “adiós, adiós poesía chilena”. Despedida y heces, en suma, o mierda y más mierda. Mierda que se acumula y no se transforma, porque la mierda es la imposibilidad de la alquimia y es igual a sí misma y moderna siempre.

Justo encima de “Coigüe” aparece el primer poema publicado de Bruno Montané, que tenía entonces dieciséis años y que, con esa edad, fue también el primer editor de Bolaño.

Bruno es uno de los poetas públicos y secretos de la lengua castellana –o española, o conquistadora– y ha escrito sin prisa poemas buenísimos e hipnóticos. Conviene que uno vaya a buscarse en sus contradicciones, es lo que viene a decir ese primer poema –sin título– de Bruno, y eso me parece que tiene una validez que atraviesa épocas y generaciones y modas. Que entender es una guerra, dice también, y que todo lo que hay que entender es el dolor, lo “único que a patadas en el alma / saca de los malos sueños fetichistas / a los hombres equivocados / de esta senda”.

13 de marzo

Acabo de hablar con Bruno y de hacerle un recuento de hallazgos. La conversación se ha extendido y, en su generosidad, me ha preguntado por el diario, así que le he dado detalles sobre el viaje y he terminado contándole lo del horror como atajo. Me ha hecho una simpática corrección: “el horror es la distancia más coja entre dos puntos”. Le he dicho que eso podría haberlo firmado Gómez de la Serna, y nos hemos reído. Después hemos estado hablando, como dos cascarrabias madrileños, de lo difícil que es no tropezar en las aceras del D.F., con sus accidentes que van del escalón sorpresa al desfiladero repentino, pasando por el lugar común de las alcantarillas sin tapadera y los pasos de cebra modelo acantilado.

Por último, hemos hecho inventario de los peligros que entraña vivir en esta ciudad, y así hemos terminado hablando de Mario Santiago, que murió atropellado. Bruno me dice que hay quienes creen que lo empujaron a la calzada para, aprovechando el golpe –el atropello, la confusión– poder atracarlo. Es, sin duda, una interpretación verosímil. A Mario lo atropellan y pasan tres días hasta que alguien –su mujer– decide acercarse –temiendo lo peor– al depósito de cadáveres y allí lo encuentra. Porque temer lo peor tampoco nos protege.

14 de marzo

Hoy hemos estado en la casa museo de Frida Kahlo y en la casa museo (y escena del crimen o tumba) de Trotsky, ambas en la colonia Coyoacán, donde todas las casas tienen concertinas. Dame la cifra de metros de concertina que recorren tu tapia y te diré la consistencia de tu miedo y los ceros que acumulas en la cuenta de tu banco.

El museo de Frida Kahlo es un monumento a la personalidad, un templo al que sus fans se acercan a rendir tributo al cuerpo que, digamos, fue de Frida. A T. le fascina Frida y por respeto a su fascinación me he callado, esta mañana, lo que iba pensando. Hemos esperado más de tres cuartos de hora para entrar, pagar y ver eso. Las prótesis metálicas de Frida, los esquemas visuales de las malformaciones de Frida expuestos junto a las joyas de Frida, los vestidos de Frida y los corsés de cuero y de yeso con cascabeles de Frida. Y las gasas, las gasas con las que Frida se curaba los roces; las gasas teñidas por el pus y conservadas tras su muerte. Hay que imaginarse a quien ha pensado que eso era una buena idea, que eso y no otra cosa era lo que el público querría ver, lo que merecía la pena, lo que se debía mostrar.

A apenas cuatro cuadras del museo de Frida está el de Trotsky, y hemos ido y hemos estado allí –T., una estudiante japonesa y yo– solos durante una hora. Todo da una pena inmensa en el museo de Trotsky. La tapia alta, el jardín asilvestrado, los –al cabo– inútiles puestos de vigilancia, las ventanas –todas hacia adentro, evitando la calle–, los libros en ruso que nadie ha vuelto a abrir, las camas austeras y demasiado hechas, el baño, el solitario y espartano retrete donde ya nadie va a sentarse (esto es tristísimo en verdad), las puertas innecesariamente estrechas y bajas. Todo está inmerso en un descuido inmóvil que apenas recibe visitas. Estas y otras cosas he pensado junto a la alberca del patio donde asesinaron a Trotsky. Las risas de Natalia y de León habrán resonado aquí.

15 de marzo

Nos subimos a un autobús que nos lleva a Teotihuacán. Un autobús de línea regular que atraviesa la ciudad hacia el norte y luego hacia el este y que no solo hace decenas de paradas sino que para donde nadie pararía, donde nada indica que haya una parada o algo parecido: intersecciones, arcenes, solares abandonados.

Pasada una media hora, nos internamos al fin por las carreteras que, nos dice el conductor, salen de la ciudad, aunque de esta ciudad nunca se sale o nunca se sale del todo, añade. Y así atravesamos Ecatepec de Morelos, donde, a medida que avanzamos, nuestra vida pierde consistencia y valor, y T. –entre risas, pero con un tono que consigue meterme el miedo en el cuerpo– me pregunta si estoy o no estoy dispuesto a ser el momento de soberanía de alguien que, de pronto, se suba al autobús a sacarse su platita diaria. Mi cara de preocupación le hace gracia y me pregunta, de nuevo, si estoy dispuesto a convertirme en un párrafo de la prosa diaria de este país. Y con este comentario, y la carcajada de T., dejamos atrás la ciudad y al este vemos los cerros de Puerto Escondido y al oeste las plantaciones de El Salado y al norte los barrancos que no son barrancos sino basureros gigantes y, detrás de ellos, barrios que han nacido magullados o amputados o zambos, lotes baldíos donde se acumula la vida –es un decir– de los pobres y de los desesperados, de los que no pueden más, de los que de verdad no pueden más, chamizos y techos de zinc que arden a esta hora y moscas, moscas por todos lados, moscas que aman la carne abierta al sol de mediodía.

Y al pasar junto a las lomas de El Hoyo –donde la policía lleva siempre bolsas negras con cremalleras negras cuando se les llama– siento que la ciudad quiere decirle algo al mundo, un mensaje breve que termina con un corte de mangas y la palabra hijueputas, alta y clara.

De la visita a Teotihuacán me quedo con los perros que hemos visto. Los perros más hermosos del mundo. Los perros errantes que caminan entre las pirámides y buscan la sombra. La sombra o a unos dioses que no vemos.

16 de marzo

T. me acompaña al aeropuerto y, como marcharse es terminar de despedirse, en un momento dado hemos dejado de despedirnos para empezarnos a marchar. Vuelo a Seattle y de Seattle a Spokane, allí me esperan I., C. y S. que me ponen al día de los cotilleos de Moscú y me hacen dos millones de preguntas. De regreso, paramos en Pullman, tomamos un par de tequilas en The Zzu Club y, antes de irnos, bailamos algo.

19 de marzo

Acercarme de nuevo a la obra de Bolaño ha sido, en parte, volver sobre la tesis que defendí aún no hace un año y cuya recta final recuerdo con precisión y con fatiga. Recuerdo, y muy bien, mis ataques de rabia y mis berrinches y mis no menos continuas oraciones y prédicas, los ojos entornados y mirando a lo más alto.

El caso es que cada uno le reza a sus santos particulares y yo tengo uno, el matemático francés Évariste Galois.

Galois muere, el 31 de mayo de 1832, a los veintiún años. La noche antes del disparo que termina con su vida, se ve envuelto en una disputa de taberna. Unos bravucones –tal vez solo unos borrachos– lo ridiculizan frente a una mujer y lo retan. Como estamos en el siglo XIX, Galois no puede evitar el duelo pactado para el amanecer. ¿Y qué hace entonces? Regresa a su cuarto y escribe. En unas horas, deja anotados los fundamentos de lo que a la postre serán las matemáticas modernas. Con las primeras luces acude al que llaman campo de honor y muere. O sea, lo matan. Sus obras completas han sido escritas en una sola noche.

Desde que lo supe (debo el descubrimiento a un librito de Aira), el duelo de Galois no ha dejado de parecerme la metáfora perfecta de las fechas de entrega o deadlines de cualquiera de nuestros trabajos. Y poco importa hoy la veracidad de aquellos hechos –esta es la naturaleza de los mitos y de los santos– al lado de la contundencia narrativa y ejemplarizante de la anécdota.

En las noches previas a terminar la tesis –noches de hartura y cansancio y dudas– yo volvía a rezarle a Galois. A aquel muchacho que en lugar de hacer lo que hubiera hecho cualquiera –practicar febrilmente con una pistola, buscar un salvoconducto, salir corriendo, llorar– se encierra en su cuarto y escribe lo suyo, lo mejor que puede, y lo hace de prisa, pero sin espectáculo. A Galois le rezo y le pido, sin embargo, lo que no puede concederme, algo que es incomparablemente más valioso que su apostura, su romanticismo y su desesperación: su talento. Pues es más fácil ser valiente que dejar anotados los principios de las matemáticas modernas en una sola noche. Le pido eso que ni se enseña ni se aprende y que solo espera una fecha tope para manifestarse, una fecha que te saque definitivamente de las tabernas y te ponga frente al papel.

21 de marzo

Es Freud quien, para señalar lo que le parece una opinión chiflada, fuera de quicio, absurda, pone el ejemplo de alguien que quisiera convencernos de que el interior de la Tierra está hecho de mermelada. Ese chiflado, en principio, no existe, es un presupuesto pedagógico, luego ya veremos.

André Breton manifestó, en varias ocasiones, un vivo interés por el psicoanálisis, interés que le llevó a visitar a Freud el 10 de octubre de 1921 (lo acabo de comprobar). Breton estaba empeñado en ganar –¡en reclutar!– a Freud para el movimiento surrealista. El encuentro fue un desastre. Freud no vio nada de su interés en las propuestas de Breton y este, decepcionado, se desquitó acusándolo de advenedizo en un texto breve y rencoroso para la revista Littérature. Parece que, en el momento álgido de la conversación, Freud le dijo a Breton que allí donde los surrealistas querían ver una estética –en el delirio, en las alucinaciones– él veía un dolor que debía y podía ser tratado; que los surrealistas buscaban la belleza donde él quería forjar una ciencia destinada a disminuir el sufrimiento.

Once años después del encuentro con Breton, a Freud se le ocurre lo de la mermelada y sospecho que ahí, y de un empujón, está todo lo que tenía que decir sobre las vanguardias: “El desdichado promotor de la teoría de la mermelada se sentirá altamente ofendido y nos acusará de negarle, movidos por un prejuicio científico, la validez objetiva de su afirmación. Pero de nada le servirá”. El desdichado promotor...

22 de marzo

Terminé la entrada de ayer con tres puntos suspensivos, hoy los quitaría. Creo que es la primera vez que utilizo ese recurso adolescente, fraudulento, pretencioso, que vive siempre muy por encima de sus posibilidades y que es propio de quien quiere ser intenso y evocador más allá de su talento. Solo hay dos formas de servirse de los puntos suspensivos con propiedad: a lo Céline –en ocasiones también a lo Beckett–, esto es, con irritación y desmesura, para entrecortar el discurso, para convertirlo en balbuceo o interferencia; o a lo Aleksiévich, para reflejar el habla casi siempre titubeante y sincopada de quien se confiesa. Ni uno ni otro, esos tres puntos suspensivos de la entrada de ayer señalan algo muy obvio, quieren ser graciosos, pero solo son resabidillos y redundantes, como ese emoticono que guiña un ojo mientras sonríe.

23 de marzo

Cuando quiero leer en modo hipnótico me subo al autobús de la línea Este. Adquirí esta costumbre durante los meses en que el acúfeno se volvió más irritante y más difícil de llevar. O iba a bares con música o subía al autobús. La ventaja de este último es que es gratis y que su motor diésel de 8.000 centímetros cúbicos emite un runrún monótono y ronco que o te adormece o te pone a pensar. A mí me pone a pensar y me permite leer (lo que no deja de ser pensar, pero con las palabras de otro). Es un espacio que fui ganando a la incomodidad que implica no poder escapar de un ruido que se ha instalado en tu cabeza y que te está esperando en los silencios, en todos y cada uno de los silencios. Por supuesto, el conductor ya me conoce, sabe que el recorrido me es indiferente y que no tengo ninguna prisa, que mi destino es la última fila del vehículo y que ahí pasaré las próximas cuatro vueltas (unas dos horas). Cuando me subo le muestro un libro –es la contraseña– y él asiente y sonríe y se hace cómplice de esta excentricidad que tal vez no entiende, pero sobre la que no me ha preguntado nunca. Subo y me desea buen viaje y en eso consiste todo el entendimiento que necesitamos.

24 de marzo

Hoy ha salido a la luz (a la luz pixelada de las pantallas, mucho ojo) la primera entrega de este diario. He recibido el aplauso entusiasta de amigos y familiares, y he sentido el predecible rubor por las erratas y los deslices cometidos (alguna cursiva de más, alguna cursiva de menos, alguna frase dislocada), así como por el adjetivo joven con el que me han caracterizado desde el suplemento cultural. Rubor, digo, pero me quedo corto. Cada cual ha de vérselas con la mirada del Otro en el interior de Uno Mismo. El interior, ese lugar donde se celebran las batallas del individuo. Batallas medievales dispuestas, como se debe, con pompa y bullicio, esto es, con lanzas, escudos y caballos, y una noble concurrencia que asiste –y aúlla– desde las gradas.

También hay quien –N.– se ha reído y me ha escrito enseguida: “¿Joven? Aham”. Y no, claro, no soy joven. Con lo cara que sale la vida a partir de los veinte años como para, encima, no tener derecho a dejar de ser joven, a meter la cabeza en la autopista de tres carriles –sin límite de velocidad y sentido único– de la vejez. Y en esto redoblo la idea de Bioy, para quien todos somos héroes, pues todos hemos de vérnoslas con la muerte: nos convertimos en héroes inmediatos en el momento en que somos expulsados de la infancia. O sea, somos todos héroes forzosos, involuntarios, sin vocación, soldados rasos de la heroicidad.

26 de marzo

Estaría por escribir la novela sobre acúfenos y suicidas si Di Benedetto no la hubiera escrito. El silenciero se deja leer como una novela sobre las molestias del ruido y sobre el coste de recuperar el silencio, lo caro que sale, el precio que hay que pagar, el más alto precio. En la página 134, leo: “¿Lo sabes, lo has pensado?... La noche fue silencio. Precedió el silencio a la Creación. Silencio era lo increado y nosotros los creados venimos del silencio. […] Del silencio fuimos y al polvo del silencio volveremos. Alguien pide: ‘Que pueda yo recuperar la paz de las antiguas noches…’. Y se le concede un silencio vasto, serenísimo, sin bordes. (El precio es su vida.)”.

 

27 de marzo

Ahora ya puedo decirlo, he recorrido todas y cada una de las calles de Moscú. Y las he memorizado, me las sé. He enumerado todos los baches y registrado cada uno de los postes del alumbrado público, he puesto toda mi atención en las rodaduras del tráfico, en la goma negra y dentada de los derrapes, en su particularidad, en su contingencia. Podría adivinar la zona de la ciudad en que me encuentro solo por el color del asfalto o, si es de noche, por la intensidad y la altura de las luces. He puesto una atención enfermiza a cada una de las curvas y de las intersecciones del tendido eléctrico, he anulado, me temo, cualquier posibilidad de pérdida o desorientación. Almaceno en mi cabeza un minucioso street view de la ciudad y, por las noches, mi yo dormido sale a recorrerlo. Serán los sueños, claro, los que puntean aquí y allá y dirigen a ese títere de mí por aceras infinitesimales, carreteras sin arcén, carreteras que no limitan con otra cosa que el paisaje, carreteras despojadas y violentas de tan silenciosas. Otros ponen las calles –la infraestructura de lo cotidiano, lo que puebla y hace síntoma– y yo pongo la proyección holográfica de mí a recorrerlo todo por su haz y por su envés. Serán los sueños, digo, que en esto mi voluntad no manda, los que sacan a mi doble a pasear por el costado nocturno de las cosas. Es muy probable que a estas alturas me hayan visto, me hayan encontrado, que otros hayan sentido mi presencia, su presencia, quiero decir, la suya, la presencia de eso, de él, del otro mío. Qué estará buscando. ¿Y por qué borra? Porque borrar es lo que hace, pasa una mano por encima y borra partes de lo que con tanto celo memorizo durante el día, borra con una mano y con la otra inscribe novedades para la vigilia, borra y deja espacio para la sorpresa o el capricho, accidentes mínimos que encontraré al día siguiente. Borra y, a menudo, pobre, no encuentra el camino de vuelta. Lo mismo no tiene ganas de volver, lo mismo es que, como a mí, le gusta caminar. Si alguien lo ve, si alguien se lo encuentra, le pediría que lo deje caminar o que camine con él, que lo acompañe un trecho, que se ponga en sus zapatos, que entre en ellos, que suba y borre con él. Mi pobre Edipo trashumante, qué lejos está de Tebas, y de Colono, y qué exactos son sus recorridos, con qué precisión ha aprendido a borrar lo que ha de ser borrado.

 

28 de marzo

De todos los conocimientos literarios posibles —y de todas las figuras que lo encarnan— me interesa, por encima del resto, el conocimiento del payés. El conocimiento de quien extrae la cita, la pulpa; de quien toma el fruto y lo ofrece en su sazón. No interpreta. Mide y aprecia. Sabe morder.

29 de marzo

Leo, a salto de mata y tirando mucho de índice, la biografía de Einstein escrita por Walter Isaacson. Einstein es un mito inflado y fofo del hombre de genio, esto no lo dice Isaacson, pero lo deduzco con su ayuda. Inflado y fofo en la medida en que nuestra cultura infla y fofea lo que desconoce, y lo que desconoce es la poesía. El mérito mayor de Einstein fue decir algo que no había sido dicho con el lenguaje desfalleciente y, para muchos, finiquitado de la física de Newton. Einstein hizo saltar por los aires las concepciones precedentes sin la necesidad de una neolengua, sin las apoyaturas de un vocabulario novedoso, sin dejarse fascinar por las sofistiquerías de los avances tecnológicos. Su revolución hay que buscarla en el orden de las palabras, en la novedad combinatoria de su escritura. La teoría de la relatividad es un producto de la sintaxis.

30 de marzo

El vuelo rasante de todo lo que escribo. Una altura mínima a una velocidad descontrolada. Y la pregunta aterradora, ¿hay algún dibujo en el tapiz?

1 de abril

Es domingo. Es domingo desde hace seis horas y sigo despierto y excedido. Qué raro decir excedido. Hoy me he besado con E. Hoy, o sea, ayer, salimos de fiesta, una fiesta demencial, de tequila y brownies tóxicos. Una fiesta en casa de E. y de B. con más de ocho horas de reguetón, pim, pam. Unas cien personas, pum.

El núcleo duro de estas fiestas –no es la primera, hace muchos años que no parrandeaba como lo hago aquí– es lo que, entre amigos, llamamos el grupo latino. Está formado por doctorandos, doctores, profesores y trabajadores ultracualificados del área Pullman-Moscú. Mexicanos, colombianos, brasileños, costarricenses, cubanos, venezolanos, chilenos y vascos. Seguro que me dejo a alguien. Alguien de El Salvador, alguien de Honduras o Guatemala. Hijos de padres ilustrados, en parte, hijos de las becas, también en parte, hijos todos –el 100%– de madres abnegadas con aspiraciones de clase media.

No he dicho aún que usamos nuestros cuerpos. En el grupo latino se usa mucho el cuerpo. Se usa, nos usamos, en la pista de baile –o dance floor– y en la oscuridad de nuestros cuartos. En la fiesta de ayer, de hoy, de hace unas horas, nos hemos usado de lo lindo.

Los límites de las fiestas también los pone el cuerpo. Cuando hay alguien vomitándose encima o dormido en el suelo (suelo, sillón de discoteca o escalera; lugares) se acaba la fiesta. Se acaba la fiesta para él o ella y al poco se nos acaba a los demás. Porque el olor a vómito y la gente dormida terminan con el ánimo de cualquiera. Desde aquí, un mensaje: no beban así, por favor, que nos joden la fiesta al resto. Y en esto pienso ser insobornable: si bebes hasta la muerte, será una muerte santa y yo voy a respetar mucho tu deseo de morir. No te voy a ayudar, a morir, digo, pero tampoco voy a ponerme en medio: el matrimonio de cada cual con su muerte es sagrado y no conviene ser metiche ni fisgón, excepto petición expresa. Como es mi caso, pues soy un divorciado de mi muerte y ella sabe que conmigo tiene una orden de alejamiento, así que si me ven –es un poner– bebiendo codo con codo con ella, acérquense y llévensela o llévenme a mí, lo que sea, tomen medidas, pero no la dejen que me saque a bailar ni que me bese la boca.

Besarse, a esto iba. A las cinco de la mañana la fiesta era un teatro devastado por la euforia etílica y hubo que llamar a la ambulancia porque un tipo, al que nadie conocía, estaba inconsciente y romo sobre la alfombra. En diez minutos llegó una UVI móvil –para qué menos– y sus luces se colaron desde el parking y se mezclaron con los destellos rojos y verdes de la bola de espejos, discotequera, del salón. Alguien bajó la música y alguien, terco, la volvió a subir, mientras se llevaban al enfermo o intoxicado (porque borrachos estábamos todos, pero aquello era otra cosa y merece otro nombre). Y con la ambulancia se fue la fiesta y los afiestados salieron detrás, en procesión, como seducidos, diría, por la sirena y el relumbrón de las luces giratorias. Un Hamelin fosfórico al que seguía una nada desdeñable flota de barquitos rutilantes y taimados. En apenas diez minutos no quedaba nadie excepto E. y un servidor. Los dos. Allí. En mitad de un paisaje en ruinas y sobrecargado por los ácidos estomacales y por los ácidos, en general. No sabría decir en qué orden sucedió, tal vez primero nos besamos y después nos empezamos a reír. O fue al revés, e incluso es probable que nos besáramos sin dejar de reírnos. Lo que recuerdo –apenas hace tres horas de esto– es que nuestra risa sonaba en la casa vacía como una victoria de la intimidad. No sabíamos qué, ni contra quién, ni en qué batalla, pero habíamos ganado.

2 de abril

De vuelta a casa enciendo el móvil y en el grupo de chat que comparto con mis hermanos recibo la noticia. A M., nuestra prima, le han diagnosticado cáncer de estómago y van a empezar, hoy mismo, con las sesiones de quimioterapia. Pregunto, llamo a mis padres, pero eso es todo lo que saben o todo lo que, de momento, han decidido contarme.

3 de abril

Recuerdo haber pasado una noche en el hospital con una antigua novia. Le habían operado de un quiste en el pecho y todo había salido bien, pero la anestesia le había puesto en contacto con algo que no esperaba y al despertar había colapsado de tristeza. No quiso hablar de ello, ni entonces ni más tarde ni nunca después. Permanecía tumbada como quien siente, de pronto, una fatiga venida de lejos, nueva y antigua. Jamás la había visto así, tan desconcertada y vulnerable. Durante la noche, hice las veces de centinela. Su madre había querido quedarse, pero yo me negué. Entendía aquello como un rito de paso. Tenía que estar allí, no concebía otra opción.

La mujer que dormía o intentaba dormir en la cama de al lado estaba realmente muy mal y pasó una noche atroz. Cada hora u hora y media entraban las enfermeras a drenarle algo, una herida, no sé, lo que fuera que en su cuerpo hubiera empezado a trabajar en dirección contraria a la supervivencia. Pero también hubo varios lapsos en los que aquella mujer y N. se quedaron dormidas, a la vez, cada una con su respiración, cada una en la caprichosa intermitencia de su descanso, cada una en ese hueco de absoluta intimidad que se comparte solo con el dolor y con la impotencia más absoluta.

Durante esas treguas yo aprovechaba para ir al baño o para desentumecer las piernas y caminar hasta una ventana enorme que estaba fuera de la habitación, en uno de los extremos del pasillo. Desde allí se veía el parking del hospital, sin apenas coches a esas horas y con un guardia de seguridad que caminaba de un lado a otro mientras hablaba por teléfono, sujetándolo con una sola mano, delante de él. Tenía el altavoz activado y gesticulaba como si discutiera con alguien al otro lado de la línea. Recuerdo que me pegué a la ventana, me recosté allí, en aquel silencio de máquina en reposo en que se había convertido toda la planta, e intenté adivinar la conversación del guardia o lo que entonces me pareció la extraña versión de un Hamlet que, en lugar de lamentarse, le hiciera reproches a Yorick. En ese momento supe que lloraría, que yo lloraría, que me había estado conteniendo y que era estúpido seguir aguantando. Supe que lo haría muy lentamente, sin hipidos, sin gestualidad. Fluyan mis lágrimas, dije, en un último acceso de ironía o de mecanicismo. Pero algo –en la ironía, en el mecanicismo– estaba dañado o roto y lloré, sin dobleces y a solas.

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Rubén Ángel Arias (Zamora, 1978) es geólogo inacabado, técnico superior en química ambiental y doctor en filología hispánica.

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Rubén Ángel Arias

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1 comentario(s)

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  1. Liu

    Talentazo.

    Hace 2 años 9 meses

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