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La tragedia de compartir

Zonas comunes y una minúscula habitación con baño desde 1.500 dólares. La empresa Common ensaya en Estados Unidos un modelo de edificio impersonal y de paso que gentrifica e impide la participación política de sus vecinos

Zach Webb (The Baffler) 27/06/2018

<p>Una de las famosas macroviñetas de <em>13, Rue del Percebe. </em></p>

Una de las famosas macroviñetas de 13, Rue del Percebe. 

Francisco Ibañez

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Lo primero que llama la atención son las superficies: acero inoxidable pulido, azulejos de estilo metro y madera de acacia con acabado de bellota. Luego están los servicios del todo incluido: limpieza semanal, WiFi de alta velocidad, papel higiénico y jabón de platos de séptima generación. Después, a medida que el tour avanza hacia las zonas comunes, los detalles se van acumulando: sótano de estar, cocina, salón, todos rigurosamente decorados siguiendo las últimas tendencias… Hasta que se llega al paraíso privado que podría ser tuyo: una diminuta pero luminosa habitación equipada con un baño adjunto y enriquecida con un colchón Casper y una cómoda West Elm. Al otro lado de la ventana, las vistas dan directamente a un muro de ladrillos.

Desde 1.500 dólares al mes, todo esto y más podría ser tuyo en el edificio Common Kingston, en Brooklyn, una de las dieciséis casas cohabitadas que la empresa Common tiene repartidas por el país. La nueva emergente, que ha recibido un torrente de 40 millones de dólares de capital buitre, ha ideado quiere proporcionar “alojamientos urbanos, pero mejorados” a un tristemente olvidado segmento de la población: los millennials socialmente ascendentes o aquellos que siguen mamando de los padres, pero que están aterrados por las historias que cuentan sobre rebajarse y compartir piso con gente extraña en una ciudad nueva.

Como amablemente señalan los chicos de Common, el mercado inmobiliario está sujeto a diversas tensiones: “Por primera vez en cien años, hay más gente joven y trabajadora viviendo con sus padres que en su casa propia”. Veinticinco millones de estadounidenses comparten piso y aproximadamente un 30 % de todos los adultos comparten habitación en Nueva York, una ciudad donde el alquiler de la habitación media cuesta 200 horas de salario mínimo al mes, almuerzo arriba almuerzo abajo. A menudo, estas soluciones temporales se adoptan a regañadientes y entre completos desconocidos, que se conocen por necesidad a través de páginas de anuncios clasificados (Craigslist), y que algún día puede que albergaran sueños de construir una comuna utópica, pero que acabaron viviendo en una habitación sin ventanas con una inocua mancha de moho en el techo.

Common tiene la solución para todo eso y su misión es ofrecer a los depósitos entrantes de capital humano un alojamiento urbano higienizado, sin pasado ni texturas, que cada vez es más y más idéntico a todos los demás centros urbanos. Cuando te conviertes en un commoner, estás exento del dolor de discutir sobre quién matará al ratón de la cocina. En su lugar, te conceden un mínimo de seis meses de acceso a detergente para la ropa ilimitado y una cosecha homogénea de compañeros de piso que puedes ignorar felizmente o con los que puedes organizar brunchs improvisados y clubs de lectura a través de la App del edificio. Todas las instalaciones del edificio, desde la ducha efecto lluvia hasta las cerraduras de las puertas, que puedes accionar desde el teléfono, están “diseñadas pensando en ti”.

Entre las estrategias para afrontar la crisis inmobiliaria, los Brad Hargreaves –CEO de Common– sonrientes que produce la universidad de Yale detectaron un gran segmento de mercado potencial aún sin explotar. Personalmente motivado por el conocimiento práctico que adquirió como cofundador de General Assembly –el espacio de trabajo compartido convertido en institución educativa internacional que vende programas de formación y contratación para paliar el déficit de cualificaciones–, Hargreaves fundó Common en 2015 con un ambicioso objetivo en mente: “Repensar la vivienda desde cero”.

Al final resulta que repensar la vivienda desde cero no era tan difícil

En cambio, ha provocado una metástasis cancerígena mediante una rápida gentrificación que erosiona el complejo tejido de los barrios, los convierte en meras estaciones de paso y promueve una ola homogeneizadora de madera blanca y bombillas incandescentes. Su proyecto aspira a reanimar el mercado inmobiliario y a sus ocupantes en esta “moderna época líquida”: sin contacto humano, de gran movilidad, siempre y nunca en casa. ¡Qué siga el baile! Ese tipo de proyectos se introduce alegremente en la ciudad como una “solución” radical y descendente, o lo que es lo mismo, toma una “solución” ya existente (los compañeros de piso) y la destina a un selecto grupo, o simplemente aplica una tirita para un problema con raíces arraigadas en décadas de políticas de vivienda, salarios derrumbándose y financiarización del mercado inmobiliario. Los escombros (los cuerpos desplazados y robar residencias poco cuidadas pero ocupadas) desaparecen en un abrir y cerrar de ojos. Al final resulta que repensar la vivienda desde cero no era tan difícil.

Sin embargo, el fantasmagórico millennial commoner, que sirve de base a todo esto, comparte muy poco con el estereotipo que habita la imaginación popular (aunque sea estadísticamente minoritario): una especie en caída libre hacia el espejismo de encontrar un empleo remunerado en la maraña de un sistema capitalista en declive, con un título universitario bajo el brazo, que trabaja como becario no remunerado y que subsiste gracias a los exiguos salarios del sector servicios.

Ahora, los poderes fácticos han forjado una nueva etapa vital para este pobre espécimen: “La adolescencia prolongada”, que se define por una deuda abrumadora y una independencia financiera diferida, retóricamente fusionada con la habitual experimentación propia de la adolescencia (relaciones abiertas, pasteles de marihuana, etc.), pero que solo puede encontrar un hogar en Common si reúne una serie de criterios.

A saber, dinero en metálico o un represente: 3.450 dólares iniciales, todo incluido, un justificante de empleo que demuestre unos ingresos anuales 30 o 40 veces superiores al alquiler (o un flujo de entrada monetaria del bolsillo parental garantizado) y, por supuesto, ningún antecedente, solo para que se atienda la solicitud de acceder a una habitación propia de las anteriormente mencionadas (los precios varían mucho dependiendo de la habitación de Common). Esta barrera de entrada no es tan extraña para alguien que quiera alquilar una habitación o un estudio en un mercado tan hostil como el de Nueva York, y que opte, lógicamente, por compartir casa.

Por eso, un commoner suele ser un empleado tecnológico, por lo general blanco, que se muda a la gran ciudad en busca de poder recuperar, como apunta Lizzie Widdicombe, “el paraíso que perdió cuando abandonó el campus de la universidad: un lugar amueblado donde vivir, café ilimitado y papel higiénico, una sensación de pertenencia”.

Una vez que se les concede el acceso, se libran de la “tragedia de compartir”, que, en la jerga de Common, se caracteriza por las nimias peleas sobre limpiar lavabos, comprar sal y otros traumas menores. En ninguna parte de la elegante promoción de Common verás mencionada la definición exacta de la frase: la tendencia de las personas individualistas a superexplotar los artículos de uso compartido. En esta última caracterización, se puede apreciar la descripción más acertada sobre lo que realmente hace Common: explotar con ánimo de lucro las cada vez más escasas existencias habitacionales en las comunidades que se están quedando sin ellas.

Mediante la “reutilización adaptada”, Common borra la historia de un edificio y la reemplaza por acabados y equipamientos genéricos idénticos a cualquier otro bar, hotel o cafetería de moda en Instagram en cualquier parte del mundo, y se vale del aura de “autenticidad” que proporciona la ciudad anónima como justificación para cobrar unos alquileres desproporcionados. Pero, como señala Hargreaves sobre uno de los recientes hogares que han montado en Brooklyn: “Conseguimos encontrar un edificio multifamiliar totalmente vacío. No queríamos desahuciar a nadie”.

Y cada vez que se establecen en un nuevo lugar no lo hacen. Al menos no personalmente. No lo hacen porque no son los propietarios, ni alquilan ninguno de sus gloriosos dormitorios. No son más que una humilde empresa de gestión inmobiliaria que colabora con promotores inmobiliarios para suministrar un servicio de pertenencia y comunidad. “Además de mejorar las vidas de nuestros miembros”, apunta Common, “nuestro objetivo es proporcionar un mejor servicio a nuestros socios inmobiliarios a través de nuestro rol como agentes de gestión de edificios diseñados para compartir”.

Finalmente, la mano catalizadora y dinamitadora termina posándose sobre el mercado de la vivienda, para que los entornos edificados anteriormente acaparados por mezquinos caseros se puedan abrir a la entrada de capitalistas cuyo único objetivo es compartir.

Ese edificio “totalmente vacío”, por cierto, es un mero producto de la imaginación de Hargreaves sobre los habitantes de la ciudad. Lo más probable es que sea un guiño a Common Kingston en Crown Heights, que abrió el año pasado. Aproximadamente dos años antes, 1509 Pacific Residences, SRL, compró el edificio junto con otras tres propiedades, por una suma global de 10 millones de dólares. Casualmente, esa SRL comparte la misma dirección que Sugar Hill Capital Partners, una empresa que “reorienta” “edificios de apartamentos del mercado intermedio que están en dificultades”. Y ahí es donde aparece Common, lista para forrar el edificio con telas blancas.

Mientras tanto, los antiguos residentes del edificio y las historias de su marcha escapan al registro histórico, aunque una vista de Google Street View tomada en agosto de 2014 demuestra claramente que el edificio no estaba vacío, sino ocupado.

¿Acaso la ciudad –por su propia naturaleza y con el capital sin alma como único arquitecto– es inhumana?, ¿no se puede concebir de manera diferente, otorgar menos atención a los insulsos nódulos de “vivienda”, “empleo” u “ocio”, y más a sus relaciones y coincidencias? Esta es una línea de trabajo que podría resultar útil para una empresa que se propone repensar “desde cero” un aspecto fundacional del tejido que compone la ciudad: escoger lo común para para emprender un camino diferente.

Common, en cambio, extirpa el calor de los lazos comunitarios

Para realizar sus casas, se desplazan existentes y complejas redes de contactos y camaradería, ecosistemas enteros de práctica social, cuyos elementos se dispersan hacia los extremos de la ciudad, y en su lugar aparecen experiencias inorgánicas manufacturadas por Common. Las redes existentes se basan en el “contacto” que, según define Jane Jacobs en La muerte y vida de grandes ciudades estadounidenses, son las conversaciones improvisadas en la calle, el café que te ofrece un vecino cuando no te funciona la llave de casa o la vigilancia colectiva de los niños en el parque, sumados al equilibrio entre vida pública y privada que se integra dentro de una zona socioeconómicamente diversa. La acumulación de estos momentos y experiencias aparentemente triviales da origen, como escribe Jacobs, “a un sentimiento que genera la identidad pública de la gente, a una red pública de respeto y confianza y a un recurso en caso de necesidad personal o vecinal”.

Common, en cambio, extirpa el calor de los lazos comunitarios y solo conserva sus fragmentos más atomizados: un saludo mascullado de pasada, una foto en Instagram del gato de la tienda, etc., para dar la falsa impresión de ser un auténtico vecindario para commoners transitorios que firman alquileres que por lo general se cuentan por meses. En Common, la energía de los commoners se utiliza para interactuar con otros commoners de clase social y uso material equivalente.

Common, al suprimir la tragedia de sus edificios, elimina la posibilidad de establecer contactos fuera de una burbuja uniforme. En Common, sencillamente, no hace falta pedir prestada una taza de azúcar al vecino o tener conversaciones con extraños en la lavandería.

Esa irritante “experiencia de usuario” no es más que una simulación de la vida compartida y común que Jacobs considera esencial para la buena salud de un vecindario, y cuya ausencia erosiona la calidad de vida. Cuando Common se deshace del tejido urbano, acaba con la cohesión y la diligencia política de un vecindario y crea un espacio acordonado para meras personas de paso. Si solo firmas un contrato por un año, ¿qué participación vas a tener en la representación del barrio en el gobierno municipal, o en las actividades vecinales que sean de su competencia?

Además, esquinar personas y alterar el tejido social disminuye el genius loci (espíritu protector) de un vecindario, su sentido espacial propio. Aunque Common utiliza el aura concreto de una ciudad para obtener alquileres más elevados de commoners que buscan el néctar bohemio higienizado de los locales musicales sometidos a una estrecha vigilancia policial, el verdadero rol de Common es el de una aspiradora, que Kyle Chayka califica como “espacio aéreo”, y que es una actualización de lo que Marc Auge denominó “nolugar”, refiriéndose a los aeropuertos y otros lugares donde existe circulación de personas. Se trata del “reino de las cafeterías, los bares, las oficinas de empresas emergentes y todos los espacios compartidos que tienen las mismas características en todos los lugares del mundo: una profusión de símbolos de confort y calidad, reconocibles al menos para una cierta mentalidad entendida”. Es un mundo de higueras de interior, ladrillos a la vista y sofás de mala calidad que repiten líneas con un estilo vintage moderno.

En Common, el incesante vaciado de las diferencias se basa en esa acogedora y familiar “experiencia de usuario”. Y mientras que el equipo de diseño alega un “enfoque personalizado” para cada hogar y un compromiso con la “creación de espacios”, el producto final en más de una docena de hogares es invariablemente parecido. Eso no se diferencia mucho del concepto de Rem Koolhaas sobre la ciudad genérica: “Un croquis que nunca se elabora”. Las zonas comunes no acumulan objetos con vida, sino que siguen siendo vestíbulos prístinos donde los mismos bailes predeterminados de establecimiento de contactos se llevan a cabo hasta la saciedad por actores intercambiables antes de que se muden a un piso mejor (o a otro dentro de la red de Common). “Los conceptos de estratificación, intensificación y finalización son desconocidos para ella: no tiene capas”, escribe Koolhaas, “Su próxima capa aparecerá en otro lugar, tal vez muy cerca […] pero también en otro sitio completamente diferente”.

Por tanto, el “lugar” se sitúa en el más allá de la ciudad, pero ese “lugar” o “aura”, que sustenta una población menguante aunque heterogénea de escritores, pintores, poetas, músicos y trabajadores, se está convirtiendo en un recurso no renovable dados los niveles actuales de estrés y explotación.

Cada vez es más habitual que lo que se vea en el exterior de una residencia de Common no sea más que una simulación

Al eliminar el contacto y la convivencia de un amplio espectro de niveles socioeconómicos y, en su lugar, privilegiar boutiques y bares idénticos que repiten enclaves cercados exactamente iguales, las aristas de una ciudad dejan de existir. En las décadas anteriores, la búsqueda de la belleza superficial por encima del diseño enfocado en lo humano dio pie a una multitud de doctrinas grandilocuentes: el movimiento para embellecer las ciudades, la ciudad monumental, etc. Ahora, a ese distinguido plantel podemos añadir la ciudad de Instagram. “Lo esencial para las ciudades”, defiende Martha Rosler en La clase cultural, “ya no es el arte, o la gente que lo crea, sino la impresión de que se está haciendo en algún lugar cercano”.

Y así es como llegamos a la auténtica tragedia de compartir: empresas emergentes falsamente benevolentes que se ponen de acuerdo con promotores inmobiliarios y que deterioran la ciudad para dejar espacio a “alojamientos urbanos, pero mejorados”. De todas maneras, aunque es posible que este proceso nunca llegue a realizarse por completo, cada vez es más habitual que lo que se vea en el exterior de una residencia de Common no sea más que una simulación, cuyo brillo es tan seguro como el interior de cualquier gran almacén.

Moverse entre los espacios familiares y uniformes que ofrecen empresas como Common, WeWork y Airbnb se vuelve un proceso que prescinde del contacto humano de manera intencionada. Por ejemplo, los edificios de Common contribuyen a que aumente la circulación de inquilinos que persiguen el trabajo donde sea y a que estén siempre en movimiento. Una consecuencia de este continuo movimiento de personas, que en ocasiones no se toma en cuenta, es el impacto que tiene sobre la organización política. En definitiva, el constante movimiento de potenciales trabajadores que entran y salen de comunidades sin aristas, impide de forma drástica que se produzcan esfuerzos por organizarse políticamente.

Esa “libertad” de movimiento claramente marcada por el desenfrenado impulso emprendedor del individuo no hace sino excitar a Hargreaves; con solo dos semanas de preaviso, te puedes mudar a cualquier habitación libre dentro de un edificio de Common, que ahora están proliferando como setas por todo el país. Jacobs apostó que “casi nadie viaja de buena gana de uniformidad en uniformidad y de repetición en repetición, aunque el esfuerzo físico de hacerlo sea mínimo”. Por desgracia, estaba equivocada. Common dice que recibe más de mil solicitudes cada semana.

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Este artículo se publicó en The Baffler.

Traducción de Álvaro San José

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Autor >

Zach Webb (The Baffler)

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