1. Número 1 · Enero 2015

  2. Número 2 · Enero 2015

  3. Número 3 · Enero 2015

  4. Número 4 · Febrero 2015

  5. Número 5 · Febrero 2015

  6. Número 6 · Febrero 2015

  7. Número 7 · Febrero 2015

  8. Número 8 · Marzo 2015

  9. Número 9 · Marzo 2015

  10. Número 10 · Marzo 2015

  11. Número 11 · Marzo 2015

  12. Número 12 · Abril 2015

  13. Número 13 · Abril 2015

  14. Número 14 · Abril 2015

  15. Número 15 · Abril 2015

  16. Número 16 · Mayo 2015

  17. Número 17 · Mayo 2015

  18. Número 18 · Mayo 2015

  19. Número 19 · Mayo 2015

  20. Número 20 · Junio 2015

  21. Número 21 · Junio 2015

  22. Número 22 · Junio 2015

  23. Número 23 · Junio 2015

  24. Número 24 · Julio 2015

  25. Número 25 · Julio 2015

  26. Número 26 · Julio 2015

  27. Número 27 · Julio 2015

  28. Número 28 · Septiembre 2015

  29. Número 29 · Septiembre 2015

  30. Número 30 · Septiembre 2015

  31. Número 31 · Septiembre 2015

  32. Número 32 · Septiembre 2015

  33. Número 33 · Octubre 2015

  34. Número 34 · Octubre 2015

  35. Número 35 · Octubre 2015

  36. Número 36 · Octubre 2015

  37. Número 37 · Noviembre 2015

  38. Número 38 · Noviembre 2015

  39. Número 39 · Noviembre 2015

  40. Número 40 · Noviembre 2015

  41. Número 41 · Diciembre 2015

  42. Número 42 · Diciembre 2015

  43. Número 43 · Diciembre 2015

  44. Número 44 · Diciembre 2015

  45. Número 45 · Diciembre 2015

  46. Número 46 · Enero 2016

  47. Número 47 · Enero 2016

  48. Número 48 · Enero 2016

  49. Número 49 · Enero 2016

  50. Número 50 · Febrero 2016

  51. Número 51 · Febrero 2016

  52. Número 52 · Febrero 2016

  53. Número 53 · Febrero 2016

  54. Número 54 · Marzo 2016

  55. Número 55 · Marzo 2016

  56. Número 56 · Marzo 2016

  57. Número 57 · Marzo 2016

  58. Número 58 · Marzo 2016

  59. Número 59 · Abril 2016

  60. Número 60 · Abril 2016

  61. Número 61 · Abril 2016

  62. Número 62 · Abril 2016

  63. Número 63 · Mayo 2016

  64. Número 64 · Mayo 2016

  65. Número 65 · Mayo 2016

  66. Número 66 · Mayo 2016

  67. Número 67 · Junio 2016

  68. Número 68 · Junio 2016

  69. Número 69 · Junio 2016

  70. Número 70 · Junio 2016

  71. Número 71 · Junio 2016

  72. Número 72 · Julio 2016

  73. Número 73 · Julio 2016

  74. Número 74 · Julio 2016

  75. Número 75 · Julio 2016

  76. Número 76 · Agosto 2016

  77. Número 77 · Agosto 2016

  78. Número 78 · Agosto 2016

  79. Número 79 · Agosto 2016

  80. Número 80 · Agosto 2016

  81. Número 81 · Septiembre 2016

  82. Número 82 · Septiembre 2016

  83. Número 83 · Septiembre 2016

  84. Número 84 · Septiembre 2016

  85. Número 85 · Octubre 2016

  86. Número 86 · Octubre 2016

  87. Número 87 · Octubre 2016

  88. Número 88 · Octubre 2016

  89. Número 89 · Noviembre 2016

  90. Número 90 · Noviembre 2016

  91. Número 91 · Noviembre 2016

  92. Número 92 · Noviembre 2016

  93. Número 93 · Noviembre 2016

  94. Número 94 · Diciembre 2016

  95. Número 95 · Diciembre 2016

  96. Número 96 · Diciembre 2016

  97. Número 97 · Diciembre 2016

  98. Número 98 · Enero 2017

  99. Número 99 · Enero 2017

  100. Número 100 · Enero 2017

  101. Número 101 · Enero 2017

  102. Número 102 · Febrero 2017

  103. Número 103 · Febrero 2017

  104. Número 104 · Febrero 2017

  105. Número 105 · Febrero 2017

  106. Número 106 · Marzo 2017

  107. Número 107 · Marzo 2017

  108. Número 108 · Marzo 2017

  109. Número 109 · Marzo 2017

  110. Número 110 · Marzo 2017

  111. Número 111 · Abril 2017

  112. Número 112 · Abril 2017

  113. Número 113 · Abril 2017

  114. Número 114 · Abril 2017

  115. Número 115 · Mayo 2017

  116. Número 116 · Mayo 2017

  117. Número 117 · Mayo 2017

  118. Número 118 · Mayo 2017

  119. Número 119 · Mayo 2017

  120. Número 120 · Junio 2017

  121. Número 121 · Junio 2017

  122. Número 122 · Junio 2017

  123. Número 123 · Junio 2017

  124. Número 124 · Julio 2017

  125. Número 125 · Julio 2017

  126. Número 126 · Julio 2017

  127. Número 127 · Julio 2017

  128. Número 128 · Agosto 2017

  129. Número 129 · Agosto 2017

  130. Número 130 · Agosto 2017

  131. Número 131 · Agosto 2017

  132. Número 132 · Agosto 2017

  133. Número 133 · Septiembre 2017

  134. Número 134 · Septiembre 2017

  135. Número 135 · Septiembre 2017

  136. Número 136 · Septiembre 2017

  137. Número 137 · Octubre 2017

  138. Número 138 · Octubre 2017

  139. Número 139 · Octubre 2017

  140. Número 140 · Octubre 2017

  141. Número 141 · Noviembre 2017

  142. Número 142 · Noviembre 2017

  143. Número 143 · Noviembre 2017

  144. Número 144 · Noviembre 2017

  145. Número 145 · Noviembre 2017

  146. Número 146 · Diciembre 2017

  147. Número 147 · Diciembre 2017

  148. Número 148 · Diciembre 2017

  149. Número 149 · Diciembre 2017

  150. Número 150 · Enero 2018

  151. Número 151 · Enero 2018

  152. Número 152 · Enero 2018

  153. Número 153 · Enero 2018

  154. Número 154 · Enero 2018

  155. Número 155 · Febrero 2018

  156. Número 156 · Febrero 2018

  157. Número 157 · Febrero 2018

  158. Número 158 · Febrero 2018

  159. Número 159 · Marzo 2018

  160. Número 160 · Marzo 2018

  161. Número 161 · Marzo 2018

  162. Número 162 · Marzo 2018

  163. Número 163 · Abril 2018

  164. Número 164 · Abril 2018

  165. Número 165 · Abril 2018

  166. Número 166 · Abril 2018

  167. Número 167 · Mayo 2018

  168. Número 168 · Mayo 2018

  169. Número 169 · Mayo 2018

  170. Número 170 · Mayo 2018

  171. Número 171 · Mayo 2018

  172. Número 172 · Junio 2018

  173. Número 173 · Junio 2018

  174. Número 174 · Junio 2018

  175. Número 175 · Junio 2018

  176. Número 176 · Julio 2018

  177. Número 177 · Julio 2018

  178. Número 178 · Julio 2018

  179. Número 179 · Julio 2018

  180. Número 180 · Agosto 2018

  181. Número 181 · Agosto 2018

  182. Número 182 · Agosto 2018

  183. Número 183 · Agosto 2018

  184. Número 184 · Agosto 2018

  185. Número 185 · Septiembre 2018

  186. Número 186 · Septiembre 2018

  187. Número 187 · Septiembre 2018

  188. Número 188 · Septiembre 2018

  189. Número 189 · Octubre 2018

  190. Número 190 · Octubre 2018

  191. Número 191 · Octubre 2018

  192. Número 192 · Octubre 2018

  193. Número 193 · Octubre 2018

  194. Número 194 · Noviembre 2018

  195. Número 195 · Noviembre 2018

  196. Número 196 · Noviembre 2018

  197. Número 197 · Noviembre 2018

  198. Número 198 · Diciembre 2018

  199. Número 199 · Diciembre 2018

  200. Número 200 · Diciembre 2018

  201. Número 201 · Diciembre 2018

  202. Número 202 · Enero 2019

  203. Número 203 · Enero 2019

  204. Número 204 · Enero 2019

  205. Número 205 · Enero 2019

  206. Número 206 · Enero 2019

  207. Número 207 · Febrero 2019

  208. Número 208 · Febrero 2019

  209. Número 209 · Febrero 2019

  210. Número 210 · Febrero 2019

  211. Número 211 · Marzo 2019

  212. Número 212 · Marzo 2019

  213. Número 213 · Marzo 2019

  214. Número 214 · Marzo 2019

  215. Número 215 · Abril 2019

  216. Número 216 · Abril 2019

  217. Número 217 · Abril 2019

  218. Número 218 · Abril 2019

  219. Número 219 · Mayo 2019

  220. Número 220 · Mayo 2019

  221. Número 221 · Mayo 2019

  222. Número 222 · Mayo 2019

  223. Número 223 · Mayo 2019

  224. Número 224 · Junio 2019

  225. Número 225 · Junio 2019

  226. Número 226 · Junio 2019

  227. Número 227 · Junio 2019

  228. Número 228 · Julio 2019

  229. Número 229 · Julio 2019

  230. Número 230 · Julio 2019

  231. Número 231 · Julio 2019

  232. Número 232 · Julio 2019

  233. Número 233 · Agosto 2019

  234. Número 234 · Agosto 2019

  235. Número 235 · Agosto 2019

  236. Número 236 · Agosto 2019

  237. Número 237 · Septiembre 2019

  238. Número 238 · Septiembre 2019

  239. Número 239 · Septiembre 2019

  240. Número 240 · Septiembre 2019

  241. Número 241 · Octubre 2019

  242. Número 242 · Octubre 2019

  243. Número 243 · Octubre 2019

  244. Número 244 · Octubre 2019

  245. Número 245 · Octubre 2019

  246. Número 246 · Noviembre 2019

  247. Número 247 · Noviembre 2019

  248. Número 248 · Noviembre 2019

  249. Número 249 · Noviembre 2019

  250. Número 250 · Diciembre 2019

  251. Número 251 · Diciembre 2019

  252. Número 252 · Diciembre 2019

  253. Número 253 · Diciembre 2019

  254. Número 254 · Enero 2020

  255. Número 255 · Enero 2020

  256. Número 256 · Enero 2020

  257. Número 257 · Febrero 2020

  258. Número 258 · Marzo 2020

  259. Número 259 · Abril 2020

  260. Número 260 · Mayo 2020

  261. Número 261 · Junio 2020

  262. Número 262 · Julio 2020

  263. Número 263 · Agosto 2020

  264. Número 264 · Septiembre 2020

  265. Número 265 · Octubre 2020

  266. Número 266 · Noviembre 2020

  267. Número 267 · Diciembre 2020

  268. Número 268 · Enero 2021

  269. Número 269 · Febrero 2021

  270. Número 270 · Marzo 2021

  271. Número 271 · Abril 2021

  272. Número 272 · Mayo 2021

  273. Número 273 · Junio 2021

  274. Número 274 · Julio 2021

  275. Número 275 · Agosto 2021

  276. Número 276 · Septiembre 2021

  277. Número 277 · Octubre 2021

  278. Número 278 · Noviembre 2021

CTXT necesita 15.000 socias/os para seguir creciendo. Suscríbete a CTXT

El mundo es un negocio

El neoliberalismo es un imaginario moral y metafísico según el cual las relaciones de propiedad capitalistas proporcionan un patrón universal de interpretación

Eugene McCarraher (The Baffler) 13/06/2018

<p>God´s Money.</p>

God´s Money.

Remoto13

A diferencia de otros medios, en CTXT mantenemos todos nuestros artículos en abierto. Nuestra apuesta es recuperar el espíritu de la prensa independiente: ser un servicio público. Si puedes permitirte pagar 4 euros al mes, apoya a CTXT. ¡Suscríbete!

Queremos sacar a Guillem Martínez a ver mundo y a contarlo. Todos los meses hará dos viajes y dos grandes reportajes sobre el terreno. Ayúdanos a sufragar los gastos y sugiérenos temas (info@ctxt.es).

Network, un mundo implacable, la despiadada película satírica sobre el mundo de la televisión, que se estrenó en 1976, es especialmente recordada por el personaje de Howard Beale, el desquiciado presentador de noticias protagonizado por Peter Finch, que instaba a la audiencia a asomarse a la ventana y gritar “¡Estoy más que harto y pienso seguir soportándolo!”. Beale canalizaba así la frustración y el enfado de la gente y se convertía en “el profeta loco de las ondas” y en el personaje televisivo número uno. Sin embargo, en una de sus diatribas saca a la luz un turbio negocio emprendido por la dirección de la cadena, y Arthur Jensen (Ned Beatty), alto ejecutivo de la misma, decide meter en vereda a Beale y recordarle cómo funciona el mundo actual. Jensen manda llamar al profeta a la sala de juntas de la empresa –“Valhalla” como la llama– y suelta fuego y azufre en la escena más amenazante y lúcida de la película. Mientras brama contra Beale las acusaciones de “de entrometerse en las fuerzas primarias de la naturaleza”, pone de manifiesto los principios fundacionales de una cosmología profundamente capitalista:

La existencia de un único sistema de sistemas holístico. Un único sistema… entrelazado, en constante interacción, multivariado y multinacional dominado por el dólar… Un sistema monetario internacional capaz de condicionar toda vida en este planeta. Este es el actual orden natural de las cosas. La estructura atómica –y subatómica–  y galáctica de las cosas hoy en día… No existe América como tal, ni la democracia. Sólo IBM e IT &T y AT&T y Dupont, Dow, Union Carbide y Exxon. Estas son las naciones de hoy… en un mundo de corporaciones colegiadas, supeditadas inexorablemente a las leyes inmutables del mundo de los negocios. El mundo es un negocio, Mr Beale. Así ha sido desde que el hombre salió arrastrándose del fango.

“He visto el rostro de Dios”, murmura el alborotador anonadado. “Puede que tenga razón, Mr Beale”, responde Jensen. Si bien, en este relato escatológico, estructurado en torno a la hermenéutica del dinero, el capitalismo ha suplantado a Dios, y es el Alfa y Omega de la historia de la humanidad.

La gran cadena del mercado

Aquella diatriba de Jensen, cuyo estreno coincide con el advenimiento de la era dorada inaugurada por Margaret Thatcher y Ronald Reagan, es una sinopsis descarada de la ontología del dinero propia del neoliberalismo. No creo que sea necesario convencer al público lector de Baffler del carácter pernicioso de la economía política del neoliberalismo, esa última innovación del engranaje capitalista productor de injusticia, humillación y violencia. Ahora bien, el neoliberalismo es algo más que la liberalización del comercio, la privatización de los servicios públicos, o la implantación del modelo de la empresa corporativa en lo poco que queda del sector público (“gobernar como se administra una empresa”), con un mercado exento del control democrático. El neoliberalismo es un imaginario moral y metafísico según el cual las relaciones de propiedad capitalistas proporcionan un patrón universal para interpretar el mundo.

“No hay alternativa” como declaró Thatcher en su día, porque verdaderamente no la hay; hay un único sistema de sistemas holístico, el capitalismo que todo lo impregna. “Con el neoliberalismo”, afirma Wendy Brown en El pueblo sin atributos (2016), “el mercado se convierte en… la única y verdadera forma que adopta toda actividad”. Si antes era el foro en el que tenía lugar la producción y el intercambio de mercancías –una prueba nociva e ineludible de nuestra servidumbre al reino de las necesidades materiales– el Mercado adopta un carácter platónico bajo la tutela de los ideólogos neoliberales, y se convierte en una ontología, una hermenéutica, y la ética que guía a la guardia pretoriana de filósofos-capitalistas.

El neoliberalismo es un imaginario moral y metafísico según el cual las relaciones de propiedad capitalistas proporcionan un patrón universal para interpretar el mundo

Philip Mirowski alcanza a captar las ambiciones supramundanas de la ideología neoliberal en su libro Nunca dejes que una crisis te gane la partida (2014). Según el autor, los neoliberales erradican todo atisbo resistente e irritante para ellos de distinción entre el Estado, la sociedad y el mercado, y reconfiguran tanto la personalidad del individuo como el cosmos de acuerdo a la lógica de la razón mercenaria. El humanismo neoliberal concibe un “yo emprendedor”, según explica Mirowski, un catálogo de talentos y cualidades vendibles: “un producto a la venta, un anuncio andante… un batiburrillo de activos para invertir… un inventario de deudas que recortar, externalizar, vender en corto, cubrir y minimizar”.  De acuerdo a este “catecismo de metamorfosis continua”, el humano neoliberal debe renunciar “a su “arrogancia egoísta” –es decir, a su resistencia a las leyes inmutables de los negocios para postrarse humildemente… ante la sabiduría del universo”, inscrita en las vicisitudes del mercado. De acuerdo al imaginario neoliberal, las leyes del movimiento del capitalismo comparten un mysterium tremendum superior, y la libertad es servir al régimen de venalidad que ordena y santifica el Logos.

Si bien no es más que un recurso metafórico para Mirowski, lo cierto es que su referencia al “catecismo” alude al carácter religioso del neoliberalismo. Dios ha tenido varios aspirantes a su trono desde que (presuntamente) fuera derrotado en el siglo XIX. Entre los posibles sustitutos de la Verdad y la Bondad universales que él mismo estipulara antes de la Ilustración, estarían la Ciencia, la Nación, el Socialismo, el Fascismo y –como apunta Terry Eagleton– la Cultura. Si bien para muchos los rasgos de nuestra era secular son la ironía, el desencanto y la desconfianza en la “metanarrativa”, el neoliberalismo es un relato sobre la naturaleza de la realidad, y una interpretación beatífica de la ciudad celestial del capital corporativo, a pesar del barniz profano y tecnocrático de la econometría y los tejemanejes de las políticas públicas. Como diría Eagleton, los neoliberales reemplazan la cultura por el mercado, el sustituto de la divinidad tradicional de la Modernidad. Si las religiones abrahámicas veían al hombre y a la mujer a imagen y semejanza de Dios, el neoliberalismo crea el yo emprendedor a imagen y semejanza del Mercado. El Mercado impregna la Gran cadena del Ser; es la esencia de la divinidad neoliberal. El Mercado no se limita a distribuir bienes y recursos, sino que es la arquitectura ontológica del universo, una quintaesencia infalible y pansófica, cuya sabiduría supera a la de cualquier pobre humano falible. El mundo es un negocio, Mr Beale; el dinero es el maná y el élan vital, y el Mercado es la estructura atómica –y subatómica– y galáctica de las cosas. Es la suplantación más reciente de Dios.

Obviamente, la santidad del capitalismo no es una idea novedosa en el contexto de la historia norteamericana. Desde los puritanos a los mormones o los evangelistas contemporáneos, el cristianismo protestante ha proclamado desde tiempo atrás la buena nueva de que las relaciones de propiedad mercenarias fueron creación del Todopoderoso, y que el éxito de la competitividad empresarial es la guinda de la bendición providencial. Pero también se ha producido un giro secular, cuyo primer representante fue Ralph Waldo Emerson, que con sus alabanzas astrales al mercado entonadas antes de la guerra civil americana, durante el momento crítico de la llamada “Revolución del Mercado”, que dio rienda suelta a la industria norteamericana, prefiguraron en buena medida la ideología neoliberal.

Si Cristo advirtió a sus seguidores que Dios y Mammón eran antagónicos e irreconciliables, Emerson proclamó que el espíritu que animaba al mundo natural era el valor de cambio: “Nada existe por capricho en la Naturaleza, todo se vende”. Una década más tarde, en La riqueza, una de sus disertaciones más famosas, reimpresa numerosas veces, Emerson señalaba al comercio como vehículo sacramental de las energías cósmicas. Emanando de Dios, “las leyes de la naturaleza se descubren en el comercio, de la misma manera que la pila de un juguete descubre los efectos de la electricidad”.  Y, dado que el comercio, el dinero y la industria eran portadores de un significado moral, ontológico y teológico, Emerson elevaba a canon bíblico la literatura en auge sobre la economía burguesa. “La economía política es un libro tan adecuado para aprender sobre la vida del hombre… como cualquier otra Biblia”. La economía política, como advertía en The Young American (1844), era una versión escalofriantemente maltusiana del capitalismo. Al contemplar cómo crecía a su alrededor “la economía trituradora” –que “machaca y constriñe” a sus “pobres individuos–, al autor se maravillaba de la “cruel bondad de servir al conjunto incluso en detrimento de cada miembro”. “Nuestra condición es comparable a la de los pobres lobos”, reflexionaba. “Con que alguno cojee un poco… el resto de la manada se lo devorará sin piedad”.  La despiadada lucidez del sabio de Concord presagiaba el humanismo lobuno de Wall Street.

Un nuevo cielo, una nueva tierra

El movimiento neoliberal, asentado en los departamentos de Ciencia Política y de Economía de la Universidad de Chicago y en la infame Mont Pelerin Society, que emergió a mediados del siglo XX, era el heredero legítimo del trascendentalismo mercantilista de Emerson. A pesar de que tanto Ludwig von Mises como Friedrich Hayek, y otros padres fundadores, eran ateos o agnósticos, atribuían al mercado capitalista una autoridad ontológica ilimitada. En la cosmología neoliberal que esbozaron en sus obras –y que Ayn Rand adaptó a su obra de ficción y filosófica–  el mercado impregna el cosmos; el dinero es el referente de la rectitud; la pericia financiera, tecnológica o profesional es la representación empírica de la bienaventuranza; y el empresario agresivo, sin remordimiento alguno, es el ideal de una existencia superior.

el neoliberalismo es un relato sobre la naturaleza de la realidad, y una interpretación beatífica de la ciudad celestial del capital corporativo, a pesar de la econometría y las políticas públicas

Mises y Hayek compartían su hostilidad hacia las restricciones que imponía la religión tradicional a la par que veneraban al Mercado. Mises escribió –desde la poltrona de su puesto académico no remunerado en NYU (pero financiado por el William Volker Fund)–, dos de los textos fundacionales del neoliberalismo: Socialismo (1922; 2009) y La acción humana (1949; 2015). En su obra Socialismo, Mises pretendía desacreditar no solo al movimiento político epónimo, sino a toda forma de oposición al modelo económico y a la moral capitalistas, incluyendo incluso al cristianismo. Mises defendía que, puesto que Jesús y sus discípulos mostraron “su resentimiento hacia los ricos […] el cristianismo no puede vivir codo con codo con el capitalismo”. Hayek, agnóstico que valoraba la religión únicamente por la sombra de santidad que arrojaba sobre la propiedad privada y el modelo de familia patriarcal, sostenía en su tercer tomo de Derecho, legislación y libertad (1979; 2014) –una especie de Summa Theologica del neoliberalismo– que “la moral que predicaban los profetas y filósofos” había inhibido la expansión del capitalismo. La civilización moderna pudo emerger, proseguía, sólo gracias a que “se ignoró a aquellos moralistas indignados”.

No obstante, el enfoque de la economía política de ambos autores confería al dinero y al mercado un estatus ontológico tan robusto y fundamental como la escolástica a la figura de Dios en el medioevo. Mises replanteaba con dureza en su adusta colección de ensayos recogidos en La mentalidad anticapitalista (1956; 2011), el principio de escasez, la premisa ontológica que se cuela en todos los cursos de introducción a la economía: “la naturaleza no es dadivosa, es tacaña”. A lo largo de su obra, Mises argumentaba que la cicatería de la naturaleza imponía la necesidad de economizar y requería evaluar la economía desde los criterios competitivos y monetarios, punto de vista que resonaba ligeramente al concepto de “compensación” de Emerson. En breves palabras, secundaba la opinión de Emerson sobre el carácter intrínsecamente capitalista de la naturaleza. El dinero tuvo un papel indispensable, escribiría en 1920, “a la hora de determinar el valor de las mercancías de fabricación”. Además, dado que “es imposible hablar de producción racional” sin hablar de dinero –“racional” aquí referido a rentabilidad– el modo de producción socialista “jamás podrá regirse por consideraciones económicas”. Una sociedad socialista, guiada por la asignación de recursos y de trabajo de acuerdo a criterios distintos a los del valor, no podría ser racional, según Mises. La racionalidad del cálculo monetario aplicaba a las personas el mismo criterio que a las mercancías: “el hombre trata el trabajo de los demás como a cualquier otro factor de producción o material escaso”, como un recurso “que se compra y se vende en el mercado”.  Toda su argumentación giraba en torno a la capacidad de la alquimia del dinero para transfigurar la razón: si el dinero regula tanto el valor como la racionalidad de la producción, entonces tanto la moral como la razón tienen un carácter crematístico. El dinero determina la totalidad de la vida en este planeta.

El furor por el orden espontáneo

Mises era muy consciente de la revolución moral que conllevaba este enfoque: el crecimiento económico y la acumulación del capital alcanzaban el estatus de bienes trascendentales, por encima de cualquier consideración ética. Para este iracundo erudito del Mercado, la medida de la productividad marginal era el único barómetro de la dignidad y la justicia. “Ningún principio religioso o ético puede justificar unas políticas cuyo objetivo sean la sustitución de un sistema social en el cual el output por unidad de input sea menor, por un sistema en que sea mayor”. Los cimientos de semejante defensa incondicional de la hegemonía moral y epistémica de las economías clásica y austríaca se sentaban en La acción humana, su obra maestra, a juicio de sus acólitos. Dicho leviatán era todo un tratado sobre “praxeología” –la conducta humana es intencional, no es reflexiva ni está determinada por elementos inconscientes–; en esta obra, Mises afirmaba que la economía es la “filosofía de la vida y de la acción humanas” y “el núcleo de la civilización y de la existencia del hombre”.  Mises coronaba a la economía como la reina de todas las ciencias ya que representaba el fundamento de “todos los logros morales, intelectuales, técnicos y terapéuticos de los últimos [y escasos] siglos”.

Hayek, el menos beligerante de los dos padrinos del neoliberalismo, era además el más diligente en términos filosóficos. Venerado por su libro Camino de la servidumbre (1944; 2011), una obra abiertamente polémica, fue más minucioso en otras obras como Los fundamentos de la libertad (1960; 2008), Estudios de filosofía, política y economía (1967; 2012), y su trilogía Derecho, legislación y libertad. En gran parte, los elogios prodigados hacia su figura provenían de su desprecio hacia lo que él consideraba una presunción epistemológica de la izquierda liberal y socialista derivada de su soberbia por pretender la planificación y la regulación de la economía mediante la intervención política razonada. Para sus muchos admiradores, su genialidad y sabiduría radicaban en su insistencia en las virtudes de la humildad y la ignorancia, que permitían que surgiera un “orden espontáneo”, sin la intervención magistral de gobiernos ineptos.

El mundo es un negocio, Mr Beale; el dinero es el maná y el élan vital, y el Mercado es la estructura atómica –y subatómica– y galáctica de las cosas

Sin embargo, el propio Hayek reconocía que dicho “orden espontáneo” era una creación del capital y del Estado, cuya invención debería permanecer oculta a ojos del conjunto de la sociedad.  Su ontología neoliberal del “orden espontáneo”, una obra maestra que pasará a los anales de la sofistería, ha sido la última mentira piadosa en la ristra de falacias encubiertas que se remontan hasta el origen platónico de la filosofía occidental (Leo Strauss, el defensor acérrimo y reaccionario de Platón, era uno de los compañeros de Hayek en Chicago).

¿Cómo funcionaba exactamente este subterfugio? El pensamiento de Hayek, como el resto de los sistemas neoplatónicos que recurren a la racionalización del engaño, definía profusamente la distinción entre La Verdad, con mayúsculas, y el pequeño mundo de las apariencias. Hayek propuso el reino de cosmos –el orden imparcial y espontáneo– y el reino que él mismo bautizó con el nombre de taxis: el de la maestría del artificio premeditado. Bajo este planteamiento, cosmos representa “la más alta sabiduría supraindividual” –la Sabiduría del Universo, por así decirlo– cuya sagacidad supera a la de cualquier individuo o grupo, por muy inteligentes y formados que estos estén. Ciertamente, Hayek desestimaba toda apelación a la comprensión racional de cosmos; “por lo general, no sabemos quién lo haría mejor”, por lo que deberíamos dejar las decisiones en manos de “un proceso que no acertamos a controlar”.

La mente del mercado

El significado de la indeterminación ontológica que se le planteaba aquí a la economía es muy evidente: la planificación es imposible porque se basa en la creencia falaz y arrogante de que “la razón es capaz de manipular directamente todos los detalles de una sociedad compleja”. Contra la impudicia de los defensores de la planificación y de los burócratas, Hayek proponía la feliz ignorancia de los competidores en el mercado, que actuaban desde la modestia de “lo poco que necesitan saber quienes participan para tomar la decisión acertada”. Lo que Hayek alababa en Camino de la servidumbre, “las fuerzas impersonales y aparentemente irracionales del mercado”, se convirtió en un decálogo ontológico, en el maná profano del progreso histórico. “Lo que ha permitido en el pasado el crecimiento de la civilización ha sido el sometimiento de los hombres a las fuerzas impersonales del mercado”. El capitalismo constituye la más alta manifestación del Logos que recorre el universo.

Esa elevación por parte de Hayek de la indeterminación fundamental del mercado desregulado hasta convertirla en un principio ontológico central, es clave para entender no sólo su elogio perverso de la ignorancia como virtud, sino su aversión mal disimulada hacia los gobiernos democráticos. Condenaba todo intento de los gobiernos por difundir el conocimiento acerca de las condiciones del mercado “como irracionalismo incompleto y por lo tanto erróneo”. Se oponía a los límites democráticos sobre los mecanismos del mercado, no sólo porque despreciaba la capacidad intelectual de los ciudadanos de a pie, sino porque en su opinión equivalía a un acto fútil de insolencia contra el orden sacrosanto de las cosas –entrometerse en las fuerzas primarias de la naturaleza. “No hay suficientes razones para creer que, si en algún momento la altura de conocimiento que poseen algunos estuviera al alcance de todos, se produciría una sociedad mejor”. Hayek optaba por desacreditar cualquier esfuerzo por alentar el control popular sobre el poder del capital, y a menudo se alababa la supuesta sensatez de su apuesta por las limitaciones de la razón humana. “La altura de conocimiento que poseen algunos” era nefanda si se aplicaba a la regulación del ámbito empresarial y del desarrollo tecnológico, en interés de una sociedad democrática. “Es cuanto menos posible, en principio, que un gobierno democrático tenga una deriva totalitaria y que un gobierno autoritario se base en principios liberales” –léase aquí autoritario como cualquier intento antinatural de modificar o dirigir la espontaneidad cósmica del mercado.

Los señores del mal gobierno

Así, el control democrático del mercado representa un intento por sustituir taxis por cosmos –un escandaloso sacrilegio ontológico, una interferencia en las fuerzas primarias de la naturaleza.

Sin embargo, cosmos acabó siendo también una invención, toda vez que Hayek dejó claro que detrás de la magia de la contingencia del mercado, se escondían el capital y el Estado. Como él mismo admitió, “el orden que aún deberíamos definir como espontáneo” de hecho se basaba en “normas que son por completo resultado de un diseño deliberado”. Cosmos no era más que taxis ocluido por toda la palabrería filosófica sobre la “espontaneidad”. La humilde sumisión del Logos al mercado no era de hecho un reconocimiento a la Sabiduría del Universo; era “un método de control social”, Hayek admitía en Camino de la servidumbre –una forma de reconciliarnos con un orden social capitalista que debería considerarse superior desde nuestra ignorancia de sus resultados concretos”. (En referencia al filósofo medieval islámico, Ibn Rush, Mirowski caracteriza todo esto de “doctrina de doble efecto”: una para los dirigentes y la intelligentsia, y otra para la plebe ingenua.) Es más, miren a su alrededor, nos decía Hayek: todos hemos concedido al mercado nuestro consentimiento para que gobierne porque, insistía con zalamería, “toda vez que aceptamos las normas del juego y nos beneficiamos de sus resultados, constituye una obligación moral respetar los resultados incluso si estos nos acaban perjudicando”. Es decir, la libertad es subordinarse si no a un mayor y mejor conocimiento, sí a las maquinaciones de la élite en el poder.

Emerson: Nada existe por capricho en la Naturaleza, todo se vende

Hayek se dio cuenta de que el carácter autoritario de las fuerzas del mercado se disimulaba mejor disfrazándolo de tradición y religión. “La sumisión a las normas y convenciones inexplicadas, cuya relevancia e importancia no acertamos a entender en toda su magnitud” –normas y convenciones diseñadas bastante deliberadamente por el propio Hayek– “y la indispensable veneración a la tradición para el funcionamiento de una sociedad libre”. (Este fervor funcionalista por la sabiduría tradicional como mecanismo de control social atravesaba profundamente todo el pensamiento de Hayek; incluso antes de que emigrara a Inglaterra, adelantándose a la invasión nazi de Austria, ya era un Tory anglófilo del sector duro, e incluso quiso originariamente llamar al grupo Mont Pelerin, la Acton Tocqueville Society.)

Al reconocer abiertamente que las normas de la empresa competitiva persisten en el tiempo porque “los grupos que las pusieron en práctica lo hicieron mejor y desplazaron a los demás”, ahondaba aún más en la idea de que los ganadores visten su victoria con los ropajes que dicta “la tradición y la costumbre”. (No hay alternativa porque nunca la ha habido; así ha sido desde que el hombre salió arrastrándose del fango.) Si la tradición no acertaba a provocar una sumisión incontestable a la sabiduría del Mercado, siempre estaba la opción de que Dios –cercenada adecuadamente Su desaprobación de la codicia– resurgiera de las profundidades del mausoleo de la historia. Hayek, contrario a la religión si esta se convertía en un obstáculo para la acumulación del capital, reconocía su utilidad a la hora de consagrar la moral burguesa. “Las únicas religiones que han sobrevivido” comentaba poco antes de morir, “son aquellas que apoyan la propiedad y la familia”. Y por si no bastara con la tradición y con Dios, el fascismo siempre era un recurso fiable, aunque más burdo. Ya en la década de los años veinte del siglo pasado, Mises alabó a Benito Mussolini por construir una dictadura favorable a la iniciativa privada, librándose de la oposición socialista; años más tarde, el general Augusto Pinochet reclutó a Hayek, Friedman y otros miembros de la Escuela de Chicago, para montar el laboratorio neoliberal en Chile. (Del mismo modo, los ejecutivos de la cadena se cargaron a Howard Beale en plena emisión, al desplomarse sus índices de audiencia).

La fe de los hacedores

Hayek y Mises, respetuosos como eran con la moral protestante y el decoro teológico, evitaron atacar abiertamente al cristianismo. Su cosmología del mercado, destinada a los intelectuales conservadores, fue asimilada selectiva y juiciosamente por la intelligentsia de derechas. (Como ha sugerido Corey Robin, la mentalidad reaccionaria rara vez demuestra un compromiso inquebrantable con la ortodoxia si están en juego el poder y el dinero.) Lo que escandalizaba a los conservadores como William F. Buckley Jr. del enfoque de Ayn Rand no era tanto que renegara de la religión, sino que se saltara ostentosamente las normas de la cortesía teológica, un elemento esencial del credo conservador anticomunista de posguerra.

El ateísmo abiertamente beligerante de Rand es fundamental a la hora de entender sus novelas y tratados filosóficos, que comprenden un enfoque del mundo espantosamente coherente, basado en la ontología monetaria. Menospreciaba al cristianismo, al que consideraba “la mejor guardería del comunismo”, y con ello denigraba la caridad tildándola de vicio y pérfida afronta para quienes eran productivos y meritorios, y que, como Atlas, cargaban con las masas indistinguibles sobre sus espaldas. Afirmaba que “la mayor perversión de la caridad” residía en su desprecio por el éxito como criterio para juzgar la valía humana. Al ignorar la “verdadera valía” de la gente –valor que determina únicamente el mercado– los caritativos tiran margaritas a los cerdos mediocres, otorgándoles “beneficios morales o espirituales, como el amor, el respeto y la consideración que han de ganarse los mejores hombres”.

Sin embargo, Rand en realidad estaba creando una nueva religión. Era una auténtica “diosa del mercado”, como la apodaba Jennifer Burns, y tanto ella como su querido catequismo del mercado –bajo la típica etiqueta tan épica como impúdica del objetivismo– han engendrado un cruel canon exegético de amplio espectro. Las descripciones del objetivismo como “religión” o “culto” se originaron casi a la par que el movimiento, y la disputa interpretativa entre las dos organizaciones objetivistas –el Ayn Rand Institute y el Institute for Objectivist Studies– es tan enconada como cualquier otra disputa confesional entre los profetas convictos del apocalipsis protestante. Contenían todos los elementos esenciales para cualquier culto: un fundador venerado; experiencias cuasi ritualizadas de conversión (muchos ex objetivistas hablan de sus momentos de “epifanía”); textos sagrados (pasajes a menudo memorizados y citados de un modo parecido a las “pruebas textuales” de la Biblia de los evangelistas); y las riñas intestinas personales y entre facciones (la más cruenta se produjo entre Rand y Nathaniel Branden, su anterior segundo de abordo y amante). El objetivismo comparte sin dudas importantes elementos estructurales con otras fes, basadas en un fuerte personalismo, improvisadas en la posguerra, tales como la cienciología (Jeff Walker, autor del instructivo a la par que torpe libro, The Ayn Rand Cult, compara a Rand con Mary Baker Eddy, L. Ron Hubbard y Werner Erhard).

¿Y qué pueden hacer los infieles del neoliberalismo para contrarrestar el dineroteísmo hegemónico?

Incluso si dejamos a un lado la beligerante credulidad de los seguidores de Rand (de la que doy buena fe a partir de mis propios altercados infructuosos con miembros de mi propia familia extensa), Rand presenta los credos fundacionales del objetivismo, como si de los fundamentos de un sucedáneo de religión se tratara, y son a la vez precursores de la confesión neoliberal, y ramificaciones de la misma. Se pueden citar ejemplos con pelos y señales en la propia obra de Rand, tanto la publicada como la no publicada. “Una nueva fe es necesaria”, planteaba Rand, “una serie positiva, definitiva, de nuevos valores y una nueva interpretación de la vida”. “Le daremos a la gente una fe”, le confesó a una amiga en una ocasión, “un sistema de creencias positivo, claro y consistente”. El “objetivismo” era esa forma de fe –“era el trabajo preliminar espiritual, ético y filosófico para creer en el sistema de la libre empresa”. Cuando John Galt trazó el símbolo del dólar en los cielos, como explicaba en la conclusión de su obra La rebelión de Atlas (1957; 2009), representaba la culminación inexorable y burda de la teología encubierta del dineroteísmo.

El canto a mí mismo

La divinización del dinero a la que recurría Rand surgió en su segunda, y a menudo olvidada, novela Himno, escrita en 1937 y publicada en Estados Unidos en 1946 por Leonard Read, un hombre de negocios evangelista de Los Ángeles, y director de la Foundation for Economic Education de derechas, uno de los centros más destacados de la ideología libertaria en la etapa de posguerra. (Una vez más, vemos como tanto en los albores de la confrontación de la guerra fría, como en la etapa decadente del culto a Trump, la defensa del capitalismo supera las diferencias religiosas, de otro modo insuperables.) Himno se sitúa en un futuro postcapitalista deprimente, de colectivización de enjambre, donde los ciudadanos recurren al “nosotros” para hablar de sí mismos como individuos, y narra la liberación de “Equality 7-2521”, que descubre la palabra tabú “yo” en una caja fuerte con libros de “los tiempos innombrables”. Equality adopta el nombre de “Prometeo”, y su amante, “Liberty 3000” el de “Gea”, la madre tierra de los antiguos griegos. Prometeo y Gea se divinizan: “Este dios, esta única palabra: ‘Yo’”, Pometeo se regocija al decirlo mientras nombra a Gea “la madre de un nuevo tipo de dioses”. A través del personaje de Prometeo, Rand explica la teología intrépida, lunática incluso, de un individualismo sin límites: “No requiero ninguna garantía para ser, ni ninguna palabra de aprobación sobre mi ser. Yo soy la garantía y la aprobación… Este milagro de mí mismo es y ha de ser mío, para guardarlo y respetarlo… ¡ante el que yo mismo me arrodillo!” Prometeo se reconoce a sí mismo como único dios, dueño y devoto de su propia divinidad.

Posteriormente, Rand transfigura en sus novelas y en su pensamiento filosófico esta divinización desvergonzada del ser en una moral pecuniaria y una sensibilidad ontológica. Su dramatis personae paradigmática –Howard Roark de El manantial (1943; 2005) y Galt y el magnate del cobre, Franciso d´Anconia en La rebelión de Atlas– pasean por sus páginas como Ubermenschen capitalistas, que se vanaglorian de su maestría profesional, que se duplican como si de prodigios de la excelencia existencial se trataran. Dominique Francon, a la que viola Roark y que posteriormente se convertiría en su mujer, describe a su marido-violador como “el rostro de dios” –que recuerda al temor reverencial de aquel crítico de la arquitectura que le veía como “un hombre religioso… puedo verlo en sus edificios”. La fe de Roark se basa en él mismo como “creador” y “motor” que, como si de una deidad se tratara, es “auto suficiente, auto motivado, auto generado.” Como Roark, Galt habita en un lugar bañado por los rayos y asediado por la manada: “La quebrada de Galt”, el santuario resistente de la libre empresa en el mundo colectivista de La rebelión de Atlas; la “utopía de la codicia”, se jacta Galt, “un paraíso que puede ser todo tuyo”.

la libertad es subordinarse si no a un mayor y mejor conocimiento, sí a las maquinaciones de la élite en el poder

Así, para Rand el cielo es un mercado competitivo, y la divinidad resulta ser una de las funciones de la productividad, evaluada y sacramentalizada por medio del dinero. Rand –como Mises, Hayek y el principio de cosmos–, convirtió el fetichismo de la mercancía en norma catequística inflexible. “Existimos para obtener recompensas”, como asevera Galt en una de sus diatribas monótonas e interminables; y, como afirma D´Anconia, “el dinero es el barómetro de la virtud de una sociedad”. 

El amor de Rand por el dinero –fetichizado en el broche de diamante con forma de dólar que a menudo lucía– como fuente de todo bien, constituía una inversión deliberada de la moralidad tradicional, una Regla de Oro para la modernidad capitalista. El comercio, explicaba en La virtud del egoísmo (1964; 2010), es “el único principio ético racional que se aplica a todas las relaciones humanas, personales y sociales, privadas y públicas, espirituales y materiales”. El yo empresarial randiano “no pretende ser amado por sus debilidades ni defectos, sino tan sólo por sus virtudes”; mantiene una estricta contabilidad ética, “gana lo que gana y no toma ni da nada que no se merezca”. Hasta el amor romántico se guía por la equivalencia abstracta de la razón monetaria, constituyendo, en opinión de Rand, un “pago espiritual” prestado por “el placer personal, egoísta, que obtiene un hombre de las virtudes del carácter del otro”. Rand auguró este principio en Himno, cuando Prometeo se otorga el cetro de una divinidad tacaña y afirma –o más bien alerta– que los demás deberán “ganarse mi amor” a partir de ahora.

Maniqueos de la relación monetaria

Provisto de un mayor peso intelectual gracias a la economía filosófica de Mises y Hayek, este sería “El mensaje” –como decía con sorna Whittaker Chambers en su tristemente célebre destripamiento de La rebelión de Atlas en National Review–, la revelación final que desgarra el mundo en dos, entre “los hijos de la luz y los hijos de la oscuridad” –o, como Rand concebía tal distancia abismal, “los que hacen”, “los que fabrican” y los “que crean” , contra “los gorrones”, “los saqueadores” y “las almas de segunda mano”; la apoteosis personificada del humanismo de mercado contra una chusma de bobos existenciales. Chambers, si bien sigue siendo el diablo en la demonología de izquierdas gracias al papel que jugó en garantizar el encarcelamiento por espionaje de Alger Hiss, captó el carácter esencialmente religioso de la obra magna de Rand, augurio cáustico y de gran popularidad de la ontología monetaria del neoliberalismo. Esta era la fábula de la “economía trituradora” de Emerson personificada en los ciudadanos avariciosos de la quebrada de Galt. La racionalidad mercenaria de Mises, defendida en la monetización del amor; el concepto de cosmos de Hayek, representado en los avatares capitalistas prometeicos y su heroísmo de mercado.

Para Chambers, las blasfemias de Rand eran resultado de su inmadurez y les auguraba un poder de influencia pasajero –“como de fórmulas magistrales”, se burlaba, un “brebaje” que “probablemente no tuviera unos efectos nocivos duraderos”. Pero Chambers no fue capaz de imaginar hasta qué punto y con qué rapidez se extendería el cáncer del atractivo de Rand, ni hasta qué punto llegaría la dominación del Mercado a recorrer la moral y el imaginario ontológico de las élites financieras, tecnológicas y políticas de Estados Unidos. Sesenta años más tarde, los libros de Rand siguen aportando montañas de dinero a sus editores, mientras el portavoz Paul Ryan –un católico devoto de La rebelión de Atlas– ha podido ver hecha realidad su fantasía de fiestón desenfrenado tras la destrucción del New Deal y la reconfiguración del país en un diorama continental del Elysium libertario de Galt.

Ryan no debería acarrear con toda la culpa de este desastre; todos los presidentes de EE.UU. desde Reagan han agachado la cabeza y hecho la debida genuflexión ante “la magia del mercado”, en palabras de Gipper, y los dos partidos políticos mayoritarios rivalizan por la posición de sínodos de la interpretación de la Iglesia del neoliberalismo, implantada por casi todo el mundo. Hoy en día, los discípulos más radicales de la divinidad neoliberal residen en Silicon Valley, la quebrada desde la que los “innovadores” y los “disruptores” –encarnados por Peter Thiel, el plutócrata vampírico y cofundador de Pay Pal, entusiasta del objetivismo y recientemente galardonado con el premio vitalicio al logro por el Hayek Institute–,  se beatifican a sí mismos como la avant-garde de su especie, con derecho a trastocar y destruir toda vida que se les ponga por delante y obstaculice la “ocurrencia creativa” de turno a la que pretendan aplicar la última tecnología.  Algunos aspiran, incluso, a alcanzar la vida eterna en el reino empíreo de la singularidad tecnológica, y subir a la nube su conciencia antes de que expiren sus cuerpos corpóreos.

¿Y qué pueden hacer los infieles del neoliberalismo para contrarrestar el dineroteísmo hegemónico? Aunque la mayor parte de la izquierda sigue defendiendo una interpretación secular, desencantada del mundo, según la cual la hegemonía del neoliberalismo es un opiáceo más –interpretación que podría atraer a un número creciente de millenials carentes de Iglesia o religión–, lo más probable es que la mayor parte de los norteamericanos estarían más dispuestos a responder a una crítica del capitalismo inspirada en la religión. Sin embargo, encomendarse a una organización religiosa podría ser un gesto más bien inútil; la mayor parte de los curas, sea cual sea su confesión, están comprados y reciben su salario en la moneda ideológica del culto al dinero. Como siempre, el testimonio profético tendrá que venir de algún lugar ajeno al encantamiento de los templos del capitalismo.  A lo largo de la historia de EE.UU. han surgido mensajeros aislados de una variedad de religiones para declarar en contra del reino del Dólar Todopoderoso. Personajes como el reverendo Dr. William J. Barber y Jonathan Wilson-Hartgrove han demandado la “tercera Reconstrucción” de la economía política de la nación. Sin embargo, hasta que no seamos capaces de ver una alternativa lo suficientemente cautivadora, capaz de ganar popularidad y que haga frente a la moral neoliberal y a su imaginario ontológico –una “visión pasional” en palabras de William James, que ponga en tela de juicio que el mundo es un negocio–, nos veremos obligados a vivir de acuerdo a las normas de la dominación del dólar, seamos o no creyentes.

---------------------------

Eugene McCarraher es profesor asociado de Historia en Villanova University.

Traducción de Olga Abasolo.

Este artículo se publicó originalmente en inglés en The Baffler.

 

 

Queremos sacar a Guillem Martínez a ver mundo y a contarlo. Todos los meses hará dos viajes y dos grandes reportajes sobre el terreno. Ayúdanos a sufragar los gastos y sugiérenos temas

Este artículo es exclusivo para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí

Autor >

Eugene McCarraher (The Baffler)

Suscríbete a CTXT

Orgullosas
de llegar tarde
a las últimas noticias

Gracias a tu suscripción podemos ejercer un periodismo público y en libertad.
¿Quieres suscribirte a CTXT por solo 6 euros al mes? Pulsa aquí

Artículos relacionados >

13 comentario(s)

¿Quieres decir algo? + Déjanos un comentario

  1. Godfor Saken

    La confianza del consumidor se considera medida de la fortaleza económica relativa de un país. Cuando una carrada de pobres tontos engañados van a las tiendas, a acumular deudas sobre sus tarjetas de crédito, los ministros de Economía proclaman que la economía está “creciendo” y empiezan a celebrar. Se considera que una recesión termina en el momento en que la gente empieza a gastar un dinero que no tiene en cosas que no necesita. Consumo es sinónimo de “crecimiento”, y el crecimiento es bueno. Siempre es bueno, dondequiera y como quiera. Por ende, obviamente, el consumo es bueno, todo el consumo, en cualquier lugar en cualquier momento. Desde la lógica de la economía mundial, la muerte del planeta será el cenit del triunfo humano, porque si el consumo siempre es bueno, consumir todo un planeta debe ser lo máximo. Ben Elton, “Un Nuevo Edén”.

    Hace 3 años 3 meses

  2. Godfor Saken

    De la novela "Necrosfera", de César Martín Ortiz (editorial Baile del Sol): Quien se limita a acopiar bienes materiales frecuentemente es arrastrado por la inercia de la acumulación, pues el hombre tiende a llevar a su extremo cualquier actividad emprendida no bien descubra sus leyes y no bien este descubrimiento y la pericia que proporciona la reiteración de lo mismo se traduzcan en una progresiva facilidad. La contrapartida, el lado oscuro de todo esto, es que quien vuelca sus energías en la posesión de objetos apenas puede hacer otra cosa: sus objetos lo desafían en burla silenciosa y mortificante. Manejar bien, no ya un barco, sino solamente un violín, una cámara fotográfica, un lápiz, una navajita que realice dibujos y relieves en un trozo de madera, es la tarea de toda una vida. El poseedor de objetos cree imponer su superioridad sobre esos objetos puesto que los ha adquirido y le pertenecen y también cree ser superior al resto de los hombres que no poseen esos objetos; pero esta es la falsa posesión de quien mantiene oculta y recluida a una mujer que no le ama o de quien, para adornar su nueva casa, compra un cuadro valioso que no comprende y que debe guardar en una cámara acorazada. ¿Quién posee más perfectamente un violín de Stradivarius? ¿El magnate que lo conserva en su arcón blindado o el joven y pobre profesor de música a quien se le permite tocarlo durante una hora para divertir a los invitados de una fiesta? Yo os digo que solo posee quien sabe. Yo os digo que la propiedad es una mentira. Hay que enfrentarse a los objetos con humildad. Hay que ascender hasta ellos. ¿Cuántos titubeos, cuántos fracasos, cuántos prototipos desechados se sucedieron a lo largo de los siglos hasta que alguien produjo un violín perfecto o un hermoso velero? Los objetos resumen la inteligencia, la experiencia y el trabajo de quienes los idearon y los fueron perfeccionando apasionadamente. Nadie puede fabricar o tocar un violín sin la sabiduría de otros que lo precedieron. Los objetos compendian conocimiento y pasión, proceden de un corazón dividido entre las necesidades humanas y el ingenio práctico, entre el servicio a los otros y la vocación o consumación personal. Este movimiento oscilatorio que va de dentro a fuera y de fuera adentro, del espíritu a los demás y de los demás al espíritu, es la humanidad, si llamamos humanidad a una abstracción de la parte más noble de algunos de nosotros, parte de la que carece la mayoría y que, allí donde existe, se halla llena de impurezas. Los objetos revelan la humanidad mejor que los propios humanos. Un instante de ciega lujuria da lugar a un ser humano; no se precisa amor. Una violación da lugar a un ser humano. Un hombre puede proceder del odio y de la crueldad, pero un objeto no. La vida de un hombre es breve y llena de ignorancia. El saber no se hereda. Cada hombre debe aprenderlo todo y, por lo general, aprende muy poco. En su inconsciente se acumulan formas borrosas del miedo y del egoísmo, pero un hombre de hoy no es más perfecto que otro de hace tres mil años. Los objetos sí lo son. La ínfima, avergonzada y corrupta nobleza de cada generación se ha ido salvando en el objeto de un modo acumulativo: algo que el hombre no sabe hacer consigo mismo. (...) Esta vez se trataba de un simio con un cerebro mutante; lo que habitualmente se conoce como hombre, homo sapiens o ser humano. Esta particular clase de simios reúne todos los rasgos inherentes a su familia zoológica: la curiosidad, las manos prensiles, etcétera. Tiene memoria selectiva como el macaco y hace política como el chimpancé, pero no rastrea directamente su comida, a menos que esté muy desesperado, sino que busca procedimientos indirectos para conseguirla. Desde este punto de vista, su atención está aún más alerta que la del resto de los simios, pues, en teoría, cualquier objeto, cualquier materia y cualquier otro animal vivo o muerto, incluso de su propia especie, puede ser un procedimiento indirecto de conseguir comida. El procedimiento indirecto es la consecuencia más característica de la mutación del cerebro humano. Un chimpancé puede recoger un objeto que le sirva como martillo para partir nueces, es decir, puede recurrir a un medio, a una intermediación entre él y su comida; pero el humano recurre a infinitas intermediaciones. Las mutaciones algunas veces son enteramente malas, pero nunca son enteramente buenas. Incluso la más ventajosa en apariencia puede acarrear tan graves desventajas que propicie el fin de la especie. Los ciervos cuaternarios desarrollaron unas astas tan enormes que su formación anual requería todo el calcio y el fosfato necesarios para nutrir el resto del esqueleto: la osteoporosis los debilitaba, los volvía propensos a las fracturas y finalmente los mataba. La naturaleza tiende a deshacerse de lo exagerado; de lo exageradamente grande, de lo exageradamente especializado, de lo exageradamente delicado; y el cerebro del sapiens es estas tres cosas. (…) El atesoramiento de medios o de posibles medios o de falsos medios o de medios fantásticos o mágicos que atraigan la comida es la más sorprendente y tal vez la más definitoria característica del primate con cerebro mutante. La tendencia a esclavizar, torturar y matar a sus semejantes para conseguir más medios o por temor a perder los que ya se poseen no disminuye aunque el alimento sea abundante y esté asegurado, ni aunque los medios se revelen inútiles como tales y su condición de caminos a ninguna parte quede en evidencia. El procedimiento indirecto es como los grandes cuernos del Megaceros: es una mutación mucho más localizada y específica de lo que el delirio humano ha llegado a imaginar cuando ha proclamado su elevación sobre el resto del reino animal. Es algo muy pequeño, de utilidad innegable en el medio plazo, de consecuencias funestas a la larga. Los primates mutantes, como cualquier otro animal, viven gracias a un equilibrio energético que, en condiciones normales, ha de proporcionar a cada uno un retorno calórico por lo menos igual al desgaste sufrido para obtenerlo. A eso se le llama trabajo. Si el aporte calórico es menor que la pérdida por desgaste, significa la ruina y la muerte. Si es mayor, eso quiere decir que el clima benigno, la buena calidad de la tierra, la tecnología u otros factores juegan a favor del animal, le dan de manera gratuita una energía que él no ha puesto. Una situación en la que el retorno energético es favorable, pero no llega íntegro a quien lo produce porque otro se lo apropia, se denomina capitalismo o esclavismo, dependiendo de si resulta más rentable desde el punto de vista productivo tolerar en el trabajador una fantasía de libertad o mantenerlo en el terror y la desesperación; incluso en este último caso, puede ocurrir que sea más o menos rentable permitirle al esclavo vivir y trabajar durante largo tiempo o dejar que muera por sobreesfuerzo para sustituirlo por otro. El estado del mercado y los balances contables deciden; en ningún caso esa nobleza y esa razón que el simio mutante ha llegado a creer que le adornan por el ridículo motivo de que él mismo lo afirma. La historia humana, la ignominiosa historia del cerebro mutante, presenta todos estos casos y sus combinaciones. (...) La institución más importante de los humanos no es la moral ni la justicia, sino algo llamado propiedad. ¿Has oído hablar de la propiedad? –Sí, pero me temo no haber comprendido bien el concepto. –Imagina que alguien dice: «Solo yo puedo sentarme en este prado, bajo este árbol y junto a este arroyo, porque son mi propiedad. Si alguien osa hacerlo, lo mataré. Si quiero, puedo cambiar el árbol, el prado y el arroyo por alimentos, por metales, por animales, por esclavos o por otro árbol, otro prado y otro arroyo que sean propiedad de otra persona. O puedo quemarlo y arrasarlo todo. Cuando yo muera, este prado, este árbol y este arroyo serán propiedad de mi hijo y de nadie más, y si alguien lo niega o lo duda, mi hijo podrá matarlo». Eso es la propiedad. –Lo entiendo, pero no le encuentro ningún sentido. ¿Un hombre puede ser propiedad de otro? No comprendo con qué objeto hacen algo así. Quizá pueda cuando alcance tu edad y tu discernimiento. –No importa. Lo que te he relatado es, para los humanos, lo más importante de todo, por grotesco que parezca. Algunos de ellos, los más crueles y malvados, logran mantener esa propiedad sobre una gran cantidad de prados, árboles, arroyos, animales, metales preciosos, alimentos, mujeres, hombres y otras muchas cosas. A esos se les conoce como los ricos. –Pero, si esos ricos mantienen propiedad sobre todas esas cosas, ¿qué les queda a los demás? –Nada. A los demás no les queda nada. Si intentan acostarse bajo un árbol porque están cansados o matar un animal para alimentarse, los ricos enviarán a esclavos armados de su propiedad para que los maten o para que los encierren en jaulas y en excavaciones sin luz. Y aquí es donde intervienen la moral y la justicia humanas, que a ti te parecen tan admirables. Los ricos, además de hombres de armas, también mantienen propiedad sobre filósofos y legisladores, a los que ordenan escribir libros, y sobre maestros y sacerdotes a los que ordenan enseñar y explicar esos libros a los hombres desde su niñez. Todos los libros humanos sobre moral se reducen a una sola frase: «No es lícito sentarse bajo un árbol que tiene propietario ni comer un animal que tiene propietario». Y todos los libros de leyes se reducen a otra frase: «El propietario tiene derecho a castigar hasta la muerte a quien no respete su propiedad, salvo que este sea más rico que el propietario». –¿Qué ocurre si es más rico? –Nada. Ni la moral ni la justicia cuentan para los ricos. La moral y la justicia no son más que formas de defender la propiedad de la ambición, de la necesidad o de la desesperación de los que no tienen propiedades. Son instrumentos en manos de los ricos, al igual que los lacayos y hombres de armas, de modo que no pueden volverse contra ellos. La moral sirve para persuadir a los no propietarios de que se conformen con su condición; la justicia los castiga si no quieren conformarse. Moral y justicia constituyen parte del sistema defensivo de los ricos, como los muros, las puertas herradas y los perros guardianes. No tienen ningún valor. No ennoblecen a los humanos; antes bien, acreditan su cobardía y estupidez puesto que, siendo mucho más numerosos los no ricos que los ricos, a aquellos no les costaría nada arrebatarles sus propiedades por la fuerza siempre que quisieran. Pero no lo hacen: prefieren ver morir a sus hijos de hambre antes que mover un solo dedo para despojarse de su oprobio. (…) –Te olvidas de la principal institución humana: la propiedad. En los inicios de la especie humana, solo se podía considerar propiedad lo que un hombre pudiera llevar consigo y defender de otros valiéndose de su fuerza, pero en apenas diez generaciones de las nuestras, su sociedad evolucionó hasta llegar a ser un engendro de inimaginable e inicua complejidad, esto es, una proyección de su cerebro mutante, en todo conforme a él. En los últimos tiempos de la antigua humanidad triunfante, cuando su fracaso definitivo estaba ya muy cercano, un hombre podía poseer todo el trigo, el arroz o el maíz producidos en todo el mundo antes de que fructificaran; podía poseer el derecho a comprar y vender el combustible que aún no había sido extraído de las entrañas de la tierra, y de este modo, ponerle el precio que a él le pareciera; un hombre podía poseer la idea que otro hombre había tenido o las palabras que otro hombre había escrito, y cobrar cada vez que alguien usaba esa idea o leía esas palabras como si hubieran sido producto de su inteligencia; un hombre podía poseer el derecho a cobrarles un impuesto a los agricultores pobres cada vez que estos utilizaran una simiente que ellos mismos habían perfeccionado a lo largo de muchas generaciones… –¿Cómo es esto posible? –El hombre rico va a una oficina de su país rico y dice que tal simiente o tal planta o tal remedio medicinal descubierto por los pobres le pertenece. Paga una pequeña cantidad y desde entonces la simiente es suya y puede arrebatarles parte de sus ganancias a quienes la utilicen. Los que la utilizan, que son los mismos que la han creado, no tienen dinero para viajar al país rico, cuyo idioma y cuyas leyes desconocen; ni pueden contratar a un experto en leyes que lleve su demanda ante los tribunales de justicia. Si utilizan la que ahora es propiedad del hombre rico sin pagarle, serán castigados con dureza. Las leyes sirven para acrecentar la propiedad, por ello defienden algo llamado rentabilidad. Rentabilidad significa que el rico se desprende de una pequeña parte de su riqueza para obtener otra más grande. Cuanto mayor sea la diferencia entre la cantidad de riqueza invertida y la cantidad de riqueza obtenida, mayor es la rentabilidad, mejor es el negocio. Lo que sucede es que la riqueza no pare ni se multiplica por sí sola; necesita el trabajo de los hombres para multiplicarse; un millón de hectáreas de la mejor tierra no valen nada si no hay hombres que la trabajen; por tanto, detrás de toda rentabilidad subyace el trabajo forzoso y no pagado de alguien, pues si al trabajador se le pagara lo que realmente produce, no habría rentabilidad para el propietario. Rentabilidad es otro modo de denominar a una forma parcial de esclavitud. Ahora pensemos en la rentabilidad que puede extraerse de un hombre que predica la falsa idea de la inmortalidad. Si no es un farsante, un cómico a sueldo, sino que realmente piensa que la idea es verdadera, se conformará con el alimento y poco más. Esta es una muy buena inversión. El rico da de comer al predicador, le ofrece un techo y, a cambio, este convence a los pobres de que todos los trabajos y sufrimientos que padecen a favor del rico son irreales, son nada, ya que esta vida es fantasmagoría e ilusión. Estos miserables se verán reducidos a la esclavitud voluntaria y permitirán que la mayor parte del fruto de su esfuerzo vaya a parar a las manos ociosas del rico y no a las de ellos y sus hijos. La idea de la inmortalidad no hace mejor a nadie, aunque hace más felices a los ricos que la compran barata y la venden cara. Cuando todo es compraventa, no puede haber nada bello ni bueno.

    Hace 3 años 4 meses

  3. Godfor Saken

    "La capacidad para dirigir la propia vida es algo de lo que los hombres nos sentimos ilusoriamente orgullosos. En ciertas épocas, esa capacidad no ha existido ni como posibilidad ni como idea siquiera. Épocas de escasez, de difícil supervivencia, de explotación de los muchos por los pocos. Los hombres a los que les ha tocado vivir en uno de esos periodos históricos quizás han soñado con un mundo diferente, pero no con más convicción de la que ponemos al fantasear con montañas de oro y poderes extraordinarios, o con la mujer inalcanzable que nos perturba. En otras épocas, sin embargo, parece que la dirección de la propia vida se halla casi al alcance de la mano. Son épocas de esplendor económico, de nobles ideales, de afirmación del valor del individuo. Los hombres de estas épocas privilegiadas no tolerarían la insinuación de que son tan esclavos como los campesinos europeos del siglo X. Suelen proclamar su autonomía y su personalidad inalienable, inconfundible, única, mientras trabajan toda su vida para los accionistas del banco que les permite adquirir el coche, la casa y la ropa que hay que adquirir, mientras planean sus vacaciones en el sitio al que acuden todos los demás seres inalienables e inconfundibles y mientras se rigen, y esperan que sus hijos lo hagan, por los valores aceptados universalmente. Uno llega a preguntarse si la fantasía del autogobierno no será el bien de consumo ideal: un bien que se encuentra repartido o hipostasiado en todos los demás bienes, pero que nunca llega a poseerse por entero. Una mercancía imaginaria que requiere todas las energías vitales de un hombre traducidas en dinero y que es, por su propia naturaleza, inasequible. La dirección de la propia vida, la autarkeia de los griegos, no es más que un suplemento de la publicidad, una entelequia adherida a los productos gracias a la magia seductora de los anuncios, una etiqueta que se desprende tras unos días de uso. Los vaivenes de la economía nos arrastran a nuestro pesar por sendas que conducen a un futuro incierto; los prejuicios de nuestra época se nos aparecen como absolutos porque sus promotores ponen buen cuidado en no dejarnos distinguir lo racional de lo doctrinal y, en fin, a veces volvemos al pasado. Se dice que Hitler quería ser Napoleón y Napoleón César y César Alejandro, y no sabemos quién hubiera querido ser Alejandro, pero es seguro que no le faltaría algún serial killer como objeto de emulación. Se vuelve al pasado, que era la tercera coordenada, la tercera cadena". César Martín Ortiz, "Necrosfera" (novela de ciencia ficción publicada en Baile del Sol).

    Hace 3 años 5 meses

  4. cayetano

    Godfor Saken hace una interesante reflexión, y seguro que la evolución biológica no acompaña armónicamente a la tecnológica. Aunque hay investigadores que plantean un aumento paulatino del coeficiente intelectual año tras año, la velocidad exponencial de la tecnología que prácticamente se duplica por año es mucha más rápida. Pero lo humano no se entiende sin la conjunción de hombre y tecnología, conjunción que inicia el paso de homínido a humano, pues es característica primigenia de nuestra realidad humana. El primer palo o piedra que usamos se distingue de un exoesqueleto de última tecnología en sus capacidades, eficiencia, y relación mecánico-inteligente y sensorial con nosotr@s, pero no en la función que se pretende. Y dichos avances tecnológicos mecánicos ya los llevamos incorporados, marcapasos, válvulas, lentes, audífonos… Pero no vamos a plantear la implantación de tecnología coclear en nuestro cerebro, que ya existe y permite leer frecuencias de colores o sonidos, e incluso la manipulación de ordenadores. Sin lugar a dudas nuestro ambiente es más social que natural, es decir, nuestro constructor social nos rodea y conforma nuestra mentalidad, que incluye no sólo nuestras razones sino también a las emociones. Hay antropólogos que plantean la evolución humana desde hace miles de años más en términos de competencia social que natural (por los recursos…), al menos desde que somos la cúspide del nicho ecológico en el planeta tierra. Y desde ese momento a hoy día la evolución en las sociedades más desarrolladas económicamente ha sido brutal. Entre éstos antropólogos, que estudian el origen de la inteligencia y su desarrollo (tanto por factores aleatorios endógenos como exógenos a nuestra especie), se interpreta la relación directa con una comunidad mayor de entre 150 y 200 individuos (con conocimiento directo entre ell@s) como un vector determinante de nuestra diferencia con el resto de primates superiores. Luego la sociedad como generadora de mentalidades y emociones destaca actualmente como motor de la inteligencia. Además hemos de tener en cuenta, que según estudios antropológicos la evolución progresiva de nuestra inteligencia no ha venido acompañada de grandes cambios físicos. Así la coeficiente de encefalización no ha sufrido cambios significativos, ni otros parámetros físicos que pudieran estar relacionados con la inteligencia. Estos antropólogos opinan que la plasticidad cerebral ha permitido con la evolución cognitiva una especie de reconfiguración de las conexiones, como si el cerebro hubiera ido operando en un lenguaje y al modificarse el mismo, éste se hubiera reconfigurado físicamente en sus conexiones y funciones. Y Godfor no recoge en su reflexión, el hecho de que estamos educando y continuamos conviviendo con los esquemas o formas de la sociedad del conocimiento. Pero en realidad nuestra sociedad cada día más lo es de la competencia (ser competente), pues el conocimiento no nos desborda, simplemente lo tenemos al alcance de un clic. Hoy accedemos al conocimiento, como ayer las gafas, microcospios o telescopios nos permitían ver lo inaccesible, con un clic accedemos a un conocimiento cuasi infinito. Por tanto hoy nos movemos en otra sociedad, la de la competencia, en que debemos educar para utilizar eficientemente todo ese conocimiento vertiginoso que se acrecienta y gestionarlo, es un nuevo lenguaje (que probablemente reconfigure de alguna manera los futuros cerebros). En cualquier, y respecto de la conclusión del artículo, habría que decir que si bien el neoliberalismo es una nueva religión y sus sacerdotes son los economistas de hoy. La alternativa no pasa principalmente por un cuerpo religioso distinto, por mucho que hoy se demuestre la fuerza de la fe, y no porqué ésta haya de ser sustituida por la razón. Sino fundamentalmente porque la alternativa surgirá de las propias bases del sistema, de sus infraestructuras y recursos, de las relaciones humanas que estas últimas determinen paran. No se trata de estar acompañados de la razón alternativa, sino de estarlo en el momento adecuado. La verdad lo es cuando cobra dimensión social, mientras tanto es verdad individual pero no intersubjetiva, y esta intersubjetividad requiere de evolución cultural sustentada sobre bases materiales. Y quizás hoy, cuando el neoliberalismo arrecia y se deforma en populismo extremistas asumiendo los discursos más reaccionarios, como antes de la segunda guerra mundial los partidos tradicionales fueron asumiendo parte del discurso fascista, hasta que llevaron al triunfo inevitable al fascismo. Quizás hoy, sea posible también la eclosión de una nueva ilustración que aventure derechos y deberes impensables con anterioridad, porqué estamos asistiendo al parto de una sociedad muy diferente en sus bases materiales y en su consecuente relación humana, sustancia de cualquier sociedad, mentalidad, emoción…

    Hace 3 años 5 meses

  5. c

    Los arsitocratas nos quitaron lo que ra de todos con violencia y ahora nos lo revenden despues de explotarnos. EStos que piden emprendimiento a los demas siempre juegan con ventaja : son los herederos de ricos y no van a dejar que nadie se meta en su terreno

    Hace 3 años 5 meses

  6. cayetano

    "El neoliberalismo es un imaginario moral y metafísico según el cual las relaciones de propiedad capitalistas proporcionan un patrón universal para interpretar el mundo". Más bien diría que el neoliberalismo interpreta todo lo social como mercantil, toda relación como medio para un fín, rompiendo al imperativo categórico Kantiano. Para el neoliberalismo nuestra relación o intercambio con los demás es medio para el lucro propio. Y por ende entiende al ser individual, al ser en sí, desde dicha perspectiva taimándolo de su daimón afectivo y emocional, amputándole su socialidad y aislándolo en sociedad masifícadas que fomentan, entre otras, actitudes psicopáticas.

    Hace 3 años 5 meses

  7. Godfor Saken

    From the book "Madness Overrated", by Esra Kuş: Work hard, consume plenty, ask for more, compare yourself to others, feel good when they are doing worse than you, feel bad when they are doing better, and search for their weak spots to hide your own. Be firm; flexibility makes you weak, and so do kindness and empathy. Never show any emotions towards anyone; rather, let them feel your power by always being critical and aggressive. Take absolute advantage of any situation or person that comes your way. Never say sorry to anyone, for you will immediately be taken advantage of. When someone does something for you, never say thank you, just make them feel it is what was expected, anyway. A simple “thank you” can make people feel that they are over-delivering, and they will not do enough next time. Do not waste your time being in touch with anyone unless you have a reason. Socialize for only two reasons: to check on others and see where you stand, and to find out how you can benefit from them. Always appear busy, smart, and tough!

    Hace 3 años 5 meses

  8. Godfor Saken

    From the book "Madness Overrated", by Esra Kuş: The Dream Sometimes, the whole world feels like a Mad Man’s dream in which we are all trying to survive. Products of his fearful and greedy mind, our lives are filled with worry, disappointment, anger, and animosity. It is a quiet and organized place: empty, neat streets; no children playing or adults walking outside. Life is administered by “the rules.” There is no room for individual expression, spontaneous occurrences, or humane acts. Everything is under control and in order. People spend most of their lifetimes behind walls, learning “the rules” and working toward the flawless execution of the Mad Man’s dream. They are conditioned and tied down with fear that is induced by religion and God, law and enforcements, as well as security and accomplishments. The Mad Man Caused by an inability to handle the trauma of life, the Mad Man’s constant fear of losing ground and becoming vulnerable again manifests itself through an enormous need to dominate and control. He can never risk trusting anyone or anything in the universe. Relationships with others are composed of making judgments about them and taking advantage of their weaknesses so that he can bear his own. Always manifesting unattainable goals, unreasonable expectations, and excessive material possessions, he shows that he is the superior one, and he rules. The Mad Man’s dream is built on the illusion that he knows better than others about everything, an illusion he creates out of his lack of self-worth. The best way he’s found to escape his strong feeling of inferiority and misery has been to appear “big” and to destroy anything that remotely reminds him of the glimpse of love he felt once but quickly lost. He is incapable of doing anything on the useful side of life that involves living in harmony with his surroundings. His evolutionary development on earth is composed of strengthening his majestic appearance and skillfully controlling those he relies on to survive. He is powerful, attractive, destructive, opportunistic, stubborn, obsessive, inflexible, jealous, selfish, arrogant, and greedy. He is good at manipulating, packaging, selling, and yelling. Heavily intoxicated by fear, the Mad Man is incapable of doing many basic things on his own. This very feature, combined with his hunger for recognition, is the reason he treats everyone so poorly. Being needed is his only way of feeling good. Keeping everyone more impotent than he is and making himself more important than everyone else is the only purpose of his existence. He takes the life out of you by intimidating, criticizing, judging, and blaming you; he breaks your wings to make sure that you are always within the limits of his reach. The Mad Man uses you to tap into life. Since he does not have the courage to jump in and live life himself, he wants to feel accomplished through you. He takes a passive role behind the scenes, observes you, and comes up with hoops for you to jump through to boost his own feeling of capability. Even after your most perfect jumps, he makes sure you feel like a failure; this is his way of keeping you under control and assuring that he is not threatened by your potential. As you go through this process repeatedly, you learn to shrink yourself into a small toy that fits through his tiny, intricate hoops. If ever you feel that you are on a roll and are excited and inspired, the Mad Man makes sure it does not last long; he explodes the pleasure on your face, thereby conditioning you to be scared even of feeling happy and excited. That way, if he is not around to sabotage you, he knows that you will successfully do it yourself. The Mad Man has strict boundaries. Anything he gives you has a high price; everything he does is a big deal. When it comes to you, though, nothing you do has much worth, and all your boundaries are his to cross. In the dream, the Mad Man appears to you in various forms: a public figure, a family member, a colleague, a “close” friend, or sometimes a strange version of yourself. He never stops asking more from you—more of your attention, more of your time, more of your energy, and more of your misery. He makes so much noise all the time that you end up doing nothing except continually trying to please him. The Mad Man hates nature. He is convinced that everything went wrong with the creation and that the world needs to be redesigned and corrected. Water needs to be rechanneled, animals need to be trapped, food should be genetically modified, humans should be addicted, lives should be extended, souls should be disturbed, lands should be owned, and power should be abused. Anything that is remotely authentic should be destroyed and replaced with his own controlled creations. That is what he calls progress. He likes concrete. It provides him a sense of security and distance from all the “primitiveness” that he hates. The Mad Man builds and builds until the monuments of his power struggle with nature conceal every bit of the earth.

    Hace 3 años 5 meses

  9. Godfor Saken

    Excerpt from the sci-fi novel "Origamy" by Rachel Armstrong: "It’s an affluent society full of contradictions. People are comfortable but not happy. They only measure the weather according to degrees of cold. There is no heat. They are wealthy but not rich, and well-read with narrow horizons. They take no collective responsibility. It is always someone else’s job to balance inequalities of power, remind youths to respect their elders, combat the strangling hold of the super wealthy on inner city property prices, keep dirty feet off the seats on public transport, prompt dog walkers to clean up their pets’ mess, or bring wayward politicians to task. This place is constructed from a dizzying array of numbers that bud by default from the information infrastructure like vermin. These data spawn demand to be mined, visualised, analysed and interpreted by whatever mood they infect. They herald a culture of sentiment analysis where stable, factual representations of the world are superseded by unprecedented new abilities to sense the general vibe. Mood monitors shape the financial markets, indicating the whims of investors. Economics no longer becomes an indicator of actual events but a hall of mood tracking mirrors. Data spawn is turned back on itself, depicting cultural sentiment, worlds away from the business of truth telling. Consumers persuade each other to ‘eat data’ and inject silicon chips in their heads so they can be funnier, sexier and smarter. To have better moods. Inefficiencies in societal performance are discussed in satisfaction surveys that are viewed on countless hand-held screens. Those tasks that cannot be monetised are left to rot in corners and refuse tips. Here they mature into something most unpleasant. Unchecked, these dregs mingle with the creeping social malaise that springs from cultural blind spots and community inaction. From the distillate of neglect, malevolent fields emerge. A very dark atmosphere engulfs the city and stifles the flourishing of equity. This malicious matter is smog that slips through the city under doors, around window frames, through sewers and down vents. The plague particles that it carries feed upon societal non-decisions and breaks out into epidemics of absurdity, whereby irresponsible leaders are elected into positions of influence although nobody actually agrees with them. Corporations publicly commit crimes for which they cannot be held to account; no one supports their conduct. Banks receive bonuses for destroying national economic frameworks and human rights abuses are entrenched in the fabric of society without defenders. Seemingly, nobody and everybody make these decisions. At first everyone assumes that nothing of lasting significance will happen. Then obscene events begin to cascade, arising from a certain kind of evil. Cartoonish ugliness arises from the slow perishing of a quality of mind and flourishes in thoughts throughout the city. Mean thoughts, suspicious conduct and a paranoid attitude creates the conditions where people prefer the company of robots and surrogates to each other. A nightmare of anti-human accelerationism rides upon this thin veil of darkness, which strides towards unthinking societal collapse. I cast several origamy threads to heal this treacle nightmare and my heart stalls. The spacetime malignancy has extended beyond matter and infected minds. Perhaps mine too. I must move on before I am stuck in this toxic web." tor.com/2018/03/28/rachel-armstrong-origamy-review/

    Hace 3 años 5 meses

  10. Godfor Saken

    Del libro "Fenomenología del Fin. Sensibilidad y mutación conectiva", de Franco "Bifo" Berardi (editorial Caja Negra, Buenos Aires, 2017): EL CIBERTIEMPO Y LA EXPANSIÓN DEL CAPITALISMO El capitalismo está intrínsecamente impulsado hacia un proceso de continua expansión. El imperialismo es la expresión política, económica y militar de esta necesidad de continua expansión que hace que el capital amplíe constantemente su dominio. ¿Pero qué sucede cuando cada rincón del territorio planetario ha sido sometido a la norma de la economía capitalista y cada objeto de la vida cotidiana ha sido transformado en una mercancía? En la Modernidad tardía, el capitalismo parecía haber agotado toda posibilidad de futura expansión. Durante un determinado período, la conquista del espacio extraterrestre aparentaba ser la nueva dirección de desarrollo para el crecimiento capitalista. Posteriormente, nos dimos cuenta de que la dirección de desarrollo era sobre todo la conquista del espacio interior, el mundo interior, el espacio de la mente, del alma y del tiempo. La colonización del tiempo ha sido un objetivo fundamental en el desarrollo del capitalismo durante la Edad Moderna. La mutación antropológica que produjo el capitalismo en la mente humana y en la vida cotidiana ha sido, ante todo, una transformación en la percepción del tiempo. Sin embargo, con la difusión de la tecnología digital, que hizo posible una absoluta aceleración, algo nuevo ocurrió. El tiempo se convirtió en el principal campo de batalla, dado que es el espacio de la mente, el tiempo-mente, el cibertiempo. He introducido aquí una distinción entre el concepto de ciberespacio y el de cibertiempo. El ciberespacio es la esfera de conexión de innumerables fuentes de enunciación humanas y maquínicas, el ámbito de conexión en ilimitada expansión entre mentes y máquinas. Esta esfera puede crecer indefinidamente, porque es el punto de intersección entre el cuerpo orgánico y el cuerpo inorgánico de la máquina electrónica. Pero el cibertiempo es el lado orgánico del proceso, y su expansión está limitada por factores biológicos. La capacidad del cerebro humano para procesar se puede aumentar con drogas, con entrenamiento y atención, pero posee límites que están conectados a la dimensión emocional y sensitiva del organismo consciente. No se trata de una dimensión infinitamente extensible porque está conectada con la intensidad de la experiencia. La esfera objetiva del ciberespacio se expande a la velocidad de la replicación digital, pero el núcleo subjetivo del cibertiempo evoluciona a un ritmo más lento, al ritmo de la corporalidad, del placer y del sufrimiento. La composición técnica del mundo puede cambiar, pero la apropiación cognitiva y la capacidad de reacción física no la siguen de manera lineal. La mutación del ambiente tecnológico es mucho más rápida que los cambios en los hábitos culturales y en los modelos cognitivos. El estrato de la infoesfera crece progresivamente y se hace cada vez más denso y espeso, y los estímulos informáticos invaden cada átomo de la atención humana. El ciberespacio crece sin límites, mientras que, al contrario, el tiempo mental no es infinito. El núcleo subjetivo del cibertiempo sigue el ritmo lento de la materia orgánica. Podemos aumentar el tiempo de exposición del organismo a la información, pero la experiencia no se puede intensificar más allá de ciertos límites. Fuera de estos límites, la aceleración de la experiencia provoca una conciencia reducida de los estímulos, una pérdida de intensidad que concierne a la esfera de la estética, de la sensibilidad y también de la ética. La experiencia del otro se hace rara e incómoda, incluso dolorosa, ya que este se vuelve parte de un estímulo ininterrumpido y frenético, y pierde su singularidad, su intensidad y su belleza. La consecuencia es una reducción de la curiosidad y un incremento del estrés, la agresividad, la ansiedad y el miedo. La aceleración de la infoesfera produce un empobrecimiento de la experiencia, porque nos expone a una masa creciente de estímulos que no podemos elaborar intensivamente o percibir y conocer profundamente. Más información, menos significado. Más estímulos, menos placer. La sensibilidad se manifiesta dentro del tiempo. La sensualidad se desarrolla con lentitud. Como el espacio de información es demasiado vasto y rápido no logra dilucidar la sensualidad de manera intensa y profunda. El punto crucial de la mutación contemporánea reside en la intersección entre el ciberespacio electrónico y el cibertiempo orgánico. El cerebro social se halla sometido a la invasión de flujos videoelectrónicos y experimenta la superposición del código digital sobre los códigos de reconocimiento e identificación que dan forma a las culturas orgánicas. La aceleración producida por las tecnologías de red y la precarización del trabajo cognitivo provocan un efecto patogénico de saturación del tiempo de atención. La patología del trabajo cognitivo es la nueva condición de alienación, el requisito previo para la rebelión del cognitariado y, posiblemente, para la recomposición del cuerpo del ‘general intellect’.

    Hace 3 años 5 meses

  11. Godfor Saken

    From the book “World on Fire” by Michael Brownstein: I’ll pick one corner of the mechanism to describe. Later you can use your imagination to transfer its workings into other dark corners— Borrowing countries service their international debts by increasing their borrowing. The more they borrow, the more they depend on borrowing, and the more their attention is focused not on development but on obtaining more loans. Exactly like heroin. Exactly like the systems crash that diabetics experience. Integrating domestic economies into the global economy means removing import barriers. This virus undermines the integrity—the self-definition—of nations. Increasing the export of natural resources and agricultural commodities drives down prices of export goods in international markets—creating pressure to extract and export even more, simply to maintain earnings. The very process of borrowing creates indebtedness that gives the World Bank and the IMF power to dictate policy to these nations, whose leaders, in order to stay in power, can only become more and more corrupt. Diabolique. Foreign loans enable those governments that have bought into the process to increase expenditures without the need to raise taxes— always popular with wealthy decision makers. This artificial jolt—does it remind you of cocaine, a thousand times more potent than the coca leaf? Does it remind you of amphetamine? Does it remind you of petrochemical fertilizers, driving plants to a frenzy of artificially induced growth? Parallels everywhere—economic, environmental, psychological, physical. Drug addiction equals petrochemical addiction equals global capital’s addiction. Nothing is arbitrary, nothing occurs in isolation. Nothing is left to chance. Returning to the matter at hand— Those officials who sign foreign loan agreements tie their people to obligations outside public review or consent. This becomes especially outrageous when the projects displace the poor, pollute their waters, cut down their forests, and destroy their fisheries. repay the loans. The bottom line, the arithmetic of need: too much foreign funding prevents real development and breaks down the capability of a people to sustain themselves. The system works to increase production of more things that people who are already well-off want to buy. Luxury items for the first world. Poor people seldom buy imported goods. Their needs are met by simple locally produced goods. From the standpoint of transnational corporate capital, peoplecentered development is a major problem. It creates little demand for imports. It creates little demand for foreign loans. It favors local ownership of assets. Whereas the “structural adjustment” policy of the World Bank means building dependence on imported technology and experts. It means encouraging consumer lifestyles, displacing domestic products with imports, driving millions of people from lands and waters on which they depend for their livelihood. It means recolonization of poor countries by transnational capital. It means hidden subsidies for petroleum and transport so food from the other side of the planet costs less than local. It means replacing intrinsic value with utility value. Diabolique.

    Hace 3 años 5 meses

  12. Godfor Saken

    That murder charges are not levied against corporations, and that corporations do not express shame at their own actions, is a direct result of the peculiar nature of corporations — their split personality, if you will. Though human beings work inside corporations, a corporation itself is not a person (except in the legal sense) and does not have feelings. A corporation is not even a thing. It may have offices or a factory where it manufactures products, but a corporation does not have any physical existence or form — no corporality. So when conditions in a community or country become unfavorable — safety standards are too rigid, or workers are not submissive enough — a corporation can dematerialize and rematerialize in another town or country. This tendency is dramatically accelerated under the new free-trade agreements. If a corporation is not a person or thing, then what is it? Basically, it’s a concept that is given a name and a legal existence on paper. Though there is no such creature, our laws recognize the corporation as an entity. So does the population. We think of corporations as having concrete form, but they truly exist only on paper and in our minds. Even more curious is the way our laws give this nonexistent entity a great many rights similar to those given human beings. The law calls corporations “fictitious persons,” with the right to buy and sell property or to sue in court for injuries. And corporate “speech” — advertising and public relations — is protected under the First Amendment. This right has been extended to corporations despite the fact that, when the Bill of Rights was written in 1792, corporations as we now know them did not exist. (The First Amendment was originally intended to protect personal speech in a century when the media consisted only of single-page news sheets, handbills, and books. The net result of expanding First Amendment protection to include corporate speech is that $150 billion in advertising from a relative handful of sources gets to dominate public perception, free from nearly all government attempts at regulation.) Though corporations enjoy many “human” rights, they are not required to abide by human responsibilities. Even in cases of negligence causing death or injury, the state cannot jail or execute the corporation. In rare instances, individuals within a corporation can be prosecuted if they perpetrate acts that they know will cause injury. And a corporation may be fined or ordered to alter its practices, but its structure is never altered — its “life” is never threatened. Unlike human beings, corporations do not have to die. A corporation usually outlives the human beings who are a part of it, even those who own it. A corporation actually has the potential to be immortal. Lacking the sort of physical, organic reality that characterizes human beings, this entity, this concept, this collection of paperwork called a corporation is not capable of such feelings as shame or remorse. Instead, corporations behave according to their own unique system of standards, rules, forms, and objectives. -Jerry Mander, "The Rules Of Corporate Behavior" https://www.thesunmagazine.org/issues/264/the-rules-of-corporate-behavior

    Hace 3 años 5 meses

  13. Godfor Saken

    La frase correcta es: "“¡Estoy más que harto y NO pienso seguir soportándolo!”

    Hace 3 años 5 meses

Deja un comentario


Los comentarios solo están habilitados para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí