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Sánchez el inesperado (o la última oportunidad)

Bienvenido cualquier alivio, por pequeño que sea, pero de lo que se trata no menos, si no queremos que vuelva el PP o lo desbanque C's, es de obligar al PSOE a romper con su pasado y de obligar a Podemos a volver al suyo

Santiago Alba Rico 2/06/2018

<p>Mariano Rajoy saluda a Pedro Sánchez, investido presidente del Gobierno</p>

Mariano Rajoy saluda a Pedro Sánchez, investido presidente del Gobierno

Eulogio Valdenebro

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Podemos felicitarnos del resultado, imprevisible y casi mágico, pero habrá que reconocer que la ceremonia de la moción de censura, irreprochable en términos de procedimiento democrático, ha sido poco edificante. El cometido del Parlamento no es el de proteger la libertad de expresión, derecho individual que hay que blindar frente a toda censura estatal pero que está felizmente limitado en nuestras vidas privadas por la buena educación, la piedad, la ternura y el pragmatismo. La misión del Parlamento, sede de la soberanía popular, debe ser la de proteger el debate; es decir, los argumentos, las propuestas y, en definitiva, el lenguaje mismo como instrumento de comunicación y persuasión. El Parlamento no es el lugar -no- de la libertad de expresión. Para eso están los estadios, los bares, los dormitorios y -si nos dejan- las redes sociales. Al contrario, el ingreso mismo en el hemiciclo debería inducir en los diputados una espontánea contracción de la libertad de expresión en favor de la argumentación, el rigor, la destreza intelectual y, si se me apura, la belleza; al menos ese tipo de belleza que, asociado a la disciplina verbal, llamamos retórica. Un debate parlamentario debería ser reglado y pugnaz como en encuentro de esgrima y apasionante como una demostración matemática. Frente a este ideal y volviendo a la Carrera de San Jerónimo, un Parlamento en el que hay más libertad de expresión que en twitter, menos retórica que en una cita amorosa y el mismo nivel de debate que en una discusión futbolística no se parece a la “gente”, como pretendía Podemos, sino a nuestros peores medios de comunicación. Lo que dice mucho también acerca de nuestros medios de comunicación.

Retóricamente, el debate de la moción fue nulo. Sólo tres intervenciones estuvieron a la altura: la de Mariano Rajoy, formidable fajador decimonónico que, contra las cuerdas y más agresivo que nunca, vapuleó a Ábalos y a Sánchez; la de Aitor Esteban, que tuvo el valor sereno de explicitar las reglas del juego y mostrar todas sus cartas con finezza jesuítica, y la de Pablo Iglesias, al que, incluso en sus momentos más broncos, hay que reconocer brillantez, desenvoltura y cromatismo. Pedro Sánchez, que es todo él caucho y aire, aire y caucho, no dependía felizmente de su capacidad oratoria y menos aún de sus dotes de improvisación, completamente romas frente a Rajoy y Rivera. En definitiva, todas las emociones de la sesión fueron exteriores a un debate impropio de un acontecimiento parlamentario de ese calado.

Pedro Sánchez, que es todo él caucho y aire, aire y caucho, no dependía felizmente de su capacidad oratoria y menos aún de sus dotes de improvisación

Si faltó retórica, sobró, en cambio, su contrario: demagogia. La retórica, que mantiene una relación aleatoria con la verdad, enaltece y vivifica las palabras; la demagogia las mata. Por eso la post-verdad no tiene nada que ver con la retórica, que se sitúa al lado –pero no después– de la verdad; tiene que ver con la demagogia, que es el crimen lingüístico propio de los políticos. Hace unos meses, en una de esas falsas noticias que escribo para el programa de radio Carne Cruda citaba el estudio apócrifo de una organización inventada, Cuida tus Palabras, que demostraba que “las mismas palabras que florecen y se mantienen frescas y vivas en las bocas de las cajeras del Carrefour, de los camioneros y de los poetas, se corrompen en pocos segundos apenas son pronunciadas por los miembros de nuestra clase política”. El inventado director de la inventada organización, Juan Alberto Ciernes, enumeraba algunas de las palabras asesinadas en el año 2016 (“responsabilidad” o “sentido común”) y pedía limitar legalmente el léxico de los políticos para proteger así el significado de las cosas y el poder verbal de los ciudadanos: “Las palabras las paren los amantes y los poetas; no hay que dejar que las maten los políticos”. Las palabras, que nombran las cosas, también las desgastan. Esa es la mejor definición posible de demagogia y la más precisa ilustración del populismo verbicida de nuestros “anti-populistas”. No propongo, claro, que se limite legalmente el léxico de los diputados pero sería un reto saludable que se impusieran a sí mismos –con el objeto de proteger el lenguaje común– algunas restricciones: intentar,  por ejemplo, hablar media hora sin mencionar las palabras “democracia” o “España”, las más dañadas durante la sesión parlamentaria. Hernando y Rivera las gastaron tanto que ya no queda bastante democracia para elegir a un delegado de clase ni bastante España para levantar una choza o plantar un geranio.

Los representantes del pueblo deberían imponerse también otra restricción. Deberían renunciar a la libertad de mentir. En el debate parlamentario hubo cero retórica, mucha demagogia y post-verdad a toneladas: es decir muchas mentiras concienzudas y desvergonzadas. Hasta 27 contó Ignacio Escolar, director de eldiario.es, en las intervenciones de Rafael Hernando, orgulloso de la corrupción lingüística de su partido, aún más grave que la económica. ¿Quién debe impedir que los diputados mientan? Los partidos políticos mediante la transparencia discursiva, organizativa y administrativa; y los medios de comunicación con su independencia profesional y su presión sobre los partidos. Porque el Parlamento, como decía al principio, no se parece a la gente sino –lo que es razonable en un sistema representativo– a los partidos y a los medios de comunicación. Es un hecho poco objetable si no estuviéramos hablando de partidos corruptos y de medios de comunicación partidistas, pues son ellos los que acaban marcando la pauta e imponiendo el tono de los debates. Nada tiene de extraño, pues, que la corrupción del PP contamine sus discursos; ni que la grosería panfletaria de OK Diario o de Libertad Digital atraviese las peroratas de Hernando. Pero esa contaminación degrada de tal manera la actividad parlamentaria que, a la espera de sanear los partidos y redignificar el periodismo, se debería constituir una comisión de periodistas parlamentarios independientes –como la hay de letrados– facultados para intervenir in situ tras los discursos y desmentir, si fuera el caso, las trolas más flagrantes. No se puede aceptar que los españoles oigan decir a un diputado –aupado en una tribuna de autoridad pública– que una moción de censura no es “democrática”, que la sentencia de la Gürtel no condena al PP o que los tribunales se han pronunciado contra Pablo Iglesias por recibir 400.000 euros de Irán.

En cuanto al resultado de la moción, se ha dicho casi todo. La salida de Rajoy, y la sencillez procedimental con que se ha volteado lo imposible, producen una alegría purísima. Pero deberíamos contener nuestro entusiasmo. Se ha llegado hasta aquí de la única manera posible, en la concurrencia de factores adventicios que nadie podía prever y que han desatado con una varita mágica los grilletes que impidieron a PSOE y Podemos llegar a un acuerdo hace dos años. Ahora bien: esos grilletes eran tan objetivos –en términos de partido– como esta reanudación “oportunista”. No se podía haber llegado antes hasta aquí, como algunos pretenden, pero llegar ahora y de esta manera –alzando el PSOE la mira y rebajando Podemos sus ambiciones– ilumina también la complicada relación de fuerzas en la que se verá enredado el gobierno de Sánchez. No ha sido una varita mágica. Recordémoslo de nuevo: la moción de censura ha investido como presidente al secretario general muy cuestionado de un PSOE debilitado; ha contado con el apoyo de un Podemos descascarillado y errático; y se ha resuelto gracias al voto del PNV, de PdeCAT y de ERC, fuerzas demonizadas incluso por una parte del electorado socialista. Sánchez va a recibir, por tanto, la presión –de un lado– del IBEX, del PP y de C's, de su propio partido y de la mayor parte de los medios de comunicación; y –del otro– la de “las fuerzas del cambio” con sus justas reivindicaciones sociales y civiles y la de los partidos nacionalistas, que votaron a sabiendas de que Sánchez no se va a volver independentista, pero a los que habrá que hacer algunas concesiones, y no sólo simbólicas. En realidad, lo mejor y más esperanzador de la destitución parlamentaria de Rajoy es justamente el apoyo del procesismo catalán. Y si el nuevo gobierno fuese capaz de introducir un poco de distension y de diálogo en Catalunya, normalizando así el juego político lejos de las banderas y los tribunales, todos –españoles y catalanes– saldríamos ganando y la moción de censura habría quedado ya justificada.

la moción de censura ha investido como presidente al secretario general muy cuestionado de un PSOE debilitado

Entre unas presiones y otras –y la de su propio carácter, caucho y aire, díscolo por orgullo, conformista por ambición– Sánchez se definirá muy pronto. De entrada frente a Podemos, fuerza con la que mantiene una relación muy parecida a la que mantiene el PP con C's: de dependencia y de amenaza. Sería ingenuo pensar que Sánchez no va a hacer todo lo posible por conservar el apoyo de Podemos pero también por debilitar sus opciones electorales; o que Podemos, frente a su exclusión previsible del nuevo gobierno, no volverá a meter la pata y, con poco margen de maniobra, no subirá el tono verbal para evitar quedar fuera de juego. Sólo Madrid y Barcelona, en vísperas de las elecciones municipales, podrán forzar un equilibrio contrario a las inercias íntimas de los dos partidos (y a las voluntades de sus líderes).

En todo caso, por mucha y muy necesaria que sea la alegría –hasta desde un punto de vista “moral”–, lo que sería un error es dejarse arrastrar por ella e interpretar que el 1 de junio España se desplazó –los españoles se desplazaron– hacia la izquierda. No. Si en algo tenían razón los enrabietados Hernando y Rivera cuando invocaban –¡ellos!– la “democracia” era en su convicción de que unas elecciones generales darían hoy la victoria a una mayoría de derechas. Por eso el éxito democrático de la moción de censura es sobre todo una oportunidad. Atado por los presupuestos y por todas las presiones arriba mencionadas, es improbable que en un año el gobierno de Sánchez haga –ni siquiera– todo lo que podría hacer: pensiones, mercado laboral, recuperación pública de la sanidad, ley mordaza, etc. Pero de que haga más o menos, y de que lo haga con la visible tensión de las “fuerzas del cambio” y de la calle dependerá el que las próximas elecciones –ya muy cercanas– confirmen que, en efecto, España no se parece a Italia o a Hungría. O, por el contrario, que España se está europeizando de la peor manera, a toda prisa y sin remedio.

La paradoja de la moción de censura es que ha restaurado el “turnismo” bipartidista mediante una anomalía que revela asimismo su agonía. Una vez más el PSOE ha sucedido al PP, como tantas veces en las últimas cuatro décadas. Pero en esta ocasión lo ha hecho con un líder reprobado por su propio partido, con el apoyo de Podemos y sus 70 diputados y frenando en seco a C's, hijo bastardo también del nuevo marco político abierto tras el 15-M. El milagro de la moción es éste: que nos concede otra oportunidad, después de haber perdido tantas, cuando nadie ya la esperaba. ¿Cómo no estar contentos si nadie la esperaba? ¿Y cómo no estar preocupados después de haber perdido tantas? No pidamos poco; no pidamos demasiado. Bienvenido cualquier alivio, por pequeño que sea, pero de lo que se trata no menos, si no queremos que vuelva el PP o lo desbanque C's, es de obligar al PSOE a romper con su pasado y de obligar a Podemos a volver al suyo. En los próximos meses, con la vista ya en las cruciales citas electorales, y en la posibilidad por tanto de consolidar este dique esperanzador, toda la política de izquierdas debe pasar por el triple arte de saber presionar, saber ceder y saber romper. Celebremos cuanto haga falta para recordar que “sí se puede”, pero no tanto como para olvidar que, en realidad, España sigue siendo la misma que hace una semana; y que hay que cambiarla.

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Autor >

Santiago Alba Rico

Es filósofo y escritor. Nacido en 1960 en Madrid, vive desde hace cerca de dos décadas en Túnez, donde ha desarrollado gran parte de su obra. Sus últimos dos libros son "Ser o no ser (un cuerpo)" y "España".

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2 comentario(s)

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  1. Luis Felipe Sellera

    "No pidamos poco; no pidamos demasiado." Difícil equilibrio, pero estoy de acuerdo en que es la clave para que este "twist of fate" no acabe en fiasco.

    Hace 3 años 6 meses

  2. Lupe

    Un buen análisis con sesgos tan subjetivos como imposibles de reconocer. Yo escuché íntegro el discurso de Mariano Rajoy y para nada me pareció brillante ni retórico, más bien lo contrario y en la línea habitual: plagado de mentiras, chascarrillos y forzados pareados. Por otro lado, usted parece ver la paja en el ojo ajeno y utiliza un lenguaje partidista y tan igual a la burbuja semántica que nos ofrecen la mayoría de medios de comunicación que creo necesita reflexionar en ello. ¿Por qué, si está escribiendo en castellano escribe Catalunya? ¿Por qué la distinción entre españoles y catalanes cuando todos somos españoles? Esta moción de censura puede servir, entre otras cosas, para dar una oportunidad a los partidos que la han apoyado: demostrar hasta qué punto son demócratas y no piensan ni actúan solo en su propio interés y beneficio. Y si algo debemos aprender de esta censura es que la política no consiste en la imposición de una mayoría, sino que los mecanismos para darle forma son muchos y variados, y el reto que tenemos por delante es saber dialogar y saber negociar para ensalzar a la política al puesto donde debería haber estado siempre. Muy bueno, no obstante, la idea del control de las mentiras en el Congreso.

    Hace 3 años 6 meses

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