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Cuarto de derrota (1)

Apuntes sobre el pecio cibernético. Un nuevo ensayo narrativo

Víctor Sombra 3/06/2018

Hervé Cozanet/Wikimedia

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I. Rumbo

En la presentación del libro de Hortensia Sycomore, Timón: destino del circuito y la asamblea, celebrada el mes pasado en Ginebra se produjeron tres disparos. Las balas quedaron alojadas en sendos volúmenes de la estantería que la profesora tenía a su espalda. Los hechos resultaron especialmente chocantes, ya que la presentación tuvo lugar en la apacible librería Albatros y el libro no parecía susceptible de generar grandes polémicas. Se trata de un simple resumen de la investigación que la profesora ha llevado a cabo durante años desde su cátedra de Historia de la Ciencia de la Universidad de Novosibirsk, una suerte de despedida divulgativa al final de su carrera. La profesora ha centrado sus investigaciones en la Cibernética y el análisis de la metáfora aplicada a la disciplina de forma recurrente, el “timón”, a partir de la palabra griega “Kibernetes”, timonel, le sirve de hilo conductor para explicar distintos aspectos de la misma.

Sycomore insiste en la modestia de su empeño: para nada pretende alterar el ámbito histórico de la Cibernética. Se trata, como siempre, del control y la comunicación que permiten que un sistema (biológico, social, informático) se autorregule y alcance sus objetivos. Que lo haga en función de la relación con el entorno, cerrando un ciclo de realimentación en el que la información permita actualizar de forma constante el curso emprendido. En el caso de la metáfora preferida por los cibernéticos el navegante que empuña el timón va adaptando el rumbo a la información que recibe sobre el estado de la mar, el viento y el perfil de la costa, rectificando el curso en función del medio y el destino al que se dirige.

La proposición de Sycomore fue contestada con vehemencia por una joven de pelo rubio, muy delgada y algo cargada de espaldas. Según ella, Sycomore presentaba una panorámica de la Cibernética momificada, que la hacía aparecer como una disciplina académica superada, falta de los jugos vitales que le permitirían proyectarse en el futuro. Es más, la actualización de la disciplina debe comenzar por su metáfora fundacional, remplazando el timón por el “cuarto de derrota”.

La profesora la ha parado en seco. Ese cambio tendría consecuencias imprevisibles. El timón está inscrito en la propia etimología de la disciplina. La antecede incluso porque, a partir de la palabra kybernetes, Platón ya comparaba en La República el arte de la navegación con el gobierno de la comunidad. Y la expresión parece consustancial a la obra fundacional de la disciplina, Cibernética: control y comunicación en el animal y la máquina, de Norman Wiener, publicada en 1948. La profesora ha recalcado la importancia de evocar imágenes poderosas y bien establecidas en el imaginario colectivo.[1] ¿Qué era eso del cuarto de derrota? Todo el mundo sabe lo que es un timón.

La sonrisa complacida de Hortensia Sycomore no ha convencido a la joven. El cuarto de derrota –ha explicado ésta– es un área contigua al puente de mando, donde se despliegan las cartas de navegación y los instrumentos –sonda náutica, cronómetro marino, radio, telégrafo, GPS, etc.– para fijar la posición del barco y definir su rumbo. Según cómo esté diseñado pueden ocuparlo varias personas, lo que sustenta la noción de un proceso colegiado en la definición del curso a seguir. El timón en cambio es un instrumento individualista, ya que sólo una persona puede empuñarlo al tiempo. La acumulación de instrumental y especialistas en el cuarto de derrota, más cuanto más grande sea el buque y complicada la travesía, casa bien con la tradición multidisciplinar de la Cibernética y las conferencias Macy de las que surgió en la Segunda Guerra Mundial, cuando las autoridades estadounidenses reunieron a especialistas de distintos ámbitos para desentrañar la función de varios artilugios capturados al enemigo.[2]

Un hombre pequeño de bigote fino se levantó como un resorte y comenzó a hablar atropelladamente, con un acento que me pareció porteño. Estaba completamente de acuerdo con la joven que le antecedía en el uso de la palabra. El libro que se presentaba tenía una visión muy limitada de la transversalidad. Era completamente ajeno al objetivo cibernético de restablecer la unidad de la ciencia. Ya que a la profesora le gustaba la etimología, él quería recordar al cibernético Von Foerster, que vinculaba la etimología de ciencia con “cisma”, anticipando que la especialización nos llevaba a saber cada vez más sobre menos. El libro de la profesora Sycomore era complaciente con esa criminal especialización.

La profesora ha negado la mayor. Su obra celebraba la variedad de la cibernética que abarcaba a filósofos como Gotthard Günther, matemáticos como Von Neumann, biólogos como Maturana o antropólogos como Margaret Mead. Lo que los une es su condición de nómadas del saber. Su despreocupada desconsideración de las fronteras entre disciplinas y la búsqueda de elementos comunes entre ellas. “Timón: Destino del Circuito y la Asamblea” presenta el retrato de muchos de ellos y explica su colaboración en pos de la unidad de la ciencia. Describe varios ejemplos y un caso paradigmático, el sistema antiaéreo diseñado por Wiener durante la Segunda Guerra Mundial, desarrollado en colaboración con destacados neurofisiólogos, a partir del modelo de las redes neuronales que vinculan el cerebro y el sistema motor...

—¿Y McCulloch –gritó el hombre del bigote–. ¿Dónde está Warren McCulloch en su texto?

La profesora ha respondido que Warren McCulloch no era el mejor ejemplo para una obra de divulgación de la Cibernética, ya que su carácter histriónico representa mal a la comunidad del timón. Turing, sin ir más lejos, lo consideraba un charlatán. No hay necesidad de fijarse en los autores más excéntricos, so pena de presentar una imagen chusca de la Cibernética[3].

         —No estoy de acuerdo, profesora –dijo la joven rubia, poniéndose de nuevo de pié- Hubo muchos cibernéticos excéntricos y eso no los hace mejores ni peores. No, de hecho los hace mejores, más representativos… La excentricidad era una forma de expresar el anticonformismo y la insumisión frente a la tiranía disciplinaria…-

         —No niego sus aportaciones – repuso la profesora–, pero si queremos atraer la atención sobre la Cibernética es mejor centrarse en Wiener que en McCulloch.

         —Tampoco Wiener era un profesor convencional –dijo la joven–. Era conocido por roncar en las reuniones y meterse el dedo en la nariz mientras daba sus conferencias. Sus colegas del MIT lo esquivaban en los pasillos para evitar ser acorralados con charlas interminables e incomprensibles. Como catedrática de Cibernética usted lo sabe mejor que nadie, pero se empeña en dar una visión convencional de su materia, como si fuera una disciplina más. Nos oculta a sus más destacados miembros y blanquea a otros-.

         —¡Señorita! –exclamó Hortensia Sycomore–. Yo no soy catedrática de Cibernética. Le ruego que deje de propagar ese infundio que he visto reflejado en varios lugares. Soy catedrática de Historia de la Ciencia y la Cibernética ha centrado mis investigaciones durante años. Desde hace décadas no hay cátedras de Cibernética en Rusia, ni que yo sepa en ningún otro país.

En este punto el señor de bigote y pelo engominado se puso de pie:

         —¡Excusas! –exclamó–. ¡Vos presentrá una imagen distorsionada y edulcorada de la Cibernética!

         —¡No vas en la buena dirección, Hortensia! Reniegas de lo tuyo –apostilló la joven, llevándose la mano al interior de la chaqueta para esgrimir un revólver, al tiempo que el hombre de bigote hacía lo propio.

Ambos giraron las armas hacia la profesora. Dispararon. No sé cual de ellos hizo dos disparos y quién tiró una sola vez. En medio del desconcierto y los gritos del público, ambos salieron de la librería a paso vivo.

II. Parte de bajas

Al día siguiente volví a la librería. Le pregunté a Rodrigo si conocía a los que dispararon. Apunté que uno podía ser argentino…-

         —Uruguayo –me corrigió Rodrigo–. Es la primera vez que venían por aquí. Soy muy buen fisonomista y no me habrían pasado inadvertidos.

Nos pusimos a hablar de la presentación de Hortensia Sycomore. La policía se había llevado las balas, habían tomado unas fotos y le había hecho unas pocas preguntas. Todo muy liviano. Me señaló una pila de libros sobre el mostrador. No había vendido un solo ejemplar de la obra que se presentaba. De Hortensia no sabía nada, dijo, justo antes de contradecirse.

         —Por ahí viene –dijo–.Y echando chispas.

Apenas me giré hacia la puerta, Hortensia estaba ya a mi lado, ante el mostrador, respondiendo de forma escueta al saludo que le dirigíamos.

         —¿Qué libros han resultado heridos? –preguntó.

         Rodrigo no pudo reprimir una carcajada.

         —Hay solo tres bajas –dijo Rodrigo–, pero tranquila, no tienes que pagar nada. Hablaré con el seguro por los daños causados a la estantería y mencionaré los libros. Por raro que parezca habrá que considerarlo como gajes del oficio.

Hortensia volvió a preguntar de qué libros se trataba, pero Rodrigo no se había fijado. Los tenía en la oficina de la trastienda. Lo que sí sabía es que las balas debían ser pequeñas porque los disparos solo habían tocado tres libros.

         —¿Cuáles? –preguntó Hortensia, y esta vez Rodrigo se fue a buscarlos.

Mientras esperábamos le pregunté a Hortensia si se sabía algo de los agresores. Añadí que no debían ser habituales de la librería porque Rodrigo no los había visto nunca.

         —Eva y el señor Burrone son mis colaboradores –dijo Hortensia–.Trabajamos juntos en un proyecto desde hace seis meses. Creo que los disparos hay que leerlos en ese contexto…–

         —Un proyecto arriesgado, al parecer.

         —CYBERNETICS RELOAD –contestó ella–. Se trata de analizar, a partir de la relación entre humanos y máquinas, las condiciones en que la Cibernética podría volver a jugar un papel decisivo en el despliegue tecnológico actual. El libro que presenté forma parte de ese proyecto. A Eva y el señor Burrone les tocaba comentarlo…

         —Pues te han hecho una crítica feroz...

         —Algo así –reconoció Hortensia–. Las metáforas les ponen muy nerviosos. A su imprecisión de partida se une la que conlleva alterarlas. Creo que Eva y el señor Burrone no saben cómo decirme que me equivoco, y en qué me equivoco. Su performance trata de establecer esa comunicación, pero transmite también su irritación por la falta de entendimiento…

         —No me parece que estuvieran actuando –dije–. Y no se les veía dudar.

La voz de Rodrigo sonó, hueca y larga, a través del pasillo:

         –No sé dónde diablos los he metido, pero no los tiré, seguro. Se esconden en alguno de estos montones.

         —Mis colaboradores creen que la metáfora del timón ha dejado de ser útil –siguió Hortensia–. Saben que cambiarla desplazará el campo semántico y afectará al desarrollo de la disciplina. Piensan que es una disciplina demasiado confusa para añadirle ruido, pero insisten en que tienen que hacerlo. Que no es lo mismo apoderarse del timón que trazar juntos la ruta. Todo esto les exaspera.

         —Yo les veía más preocupados por tu currículo.

         —Eso muestra también su nerviosismo. Han comenzado a difundir la especie de que soy catedrática de Cibernética, lo he descubierto ya en varias notas de prensa. Creo que es una forma de reivindicar la sustancia –dijo Hortensia– de invitarme a comprometerme con la disciplina.

         —Me parecen unos colaboradores complicados. No los veo de gran ayuda.

         —Ahora me toca responder a sus disparos –dijo Hortensia, sin dejar de mirar el pasillo–. Para eso necesito saber qué tres libros me han señalado. Mi respuesta debe abarcar los tres títulos, hacer una lectura cibernética de los mismos. Y tengo que ampliar la conversación. Incluir el escenario, esto es, la librería.

         —¿Qué quieres decir con que te han señalado tres libros? –pregunté–. ¿Piensas que los impactos no son casuales?

         —Por supuesto que no.

         —Ni el tirador más avezado podría acertar tres libros concretos. A esa distancia ni siquiera se pueden leer sus títulos….

         —Cierto –dijo Hortensia.

         —¿No estarás diciendo que la señorita rubia y el hombre del bigote...?

         —Pues claro, solo un pulso mecánico puede alcanzar ese resultado –concluyó Hortensia, mirándome fijamente–. Eso sí, se acabaron las armas. Si me quieren pasar un mensaje no verbal, tendrán que buscar otros medios. O eso, o propondré que los reprogramen. Es la segunda vez que me disparan y esta vez las balas me pasaron más cerca.

Rodrigo apareció por el pasillo:

         …¡Aquí están! Las tres víctimas se desangraban a escondidas, ocultas por otros compañeros.

III. Autopsia

Robinson Crusoe, Quédate este día y esta noche conmigo, La isla del tesoro. Rodrigo desplegó los tres libros sobre el mostrador. Los tiros habían entrado limpiamente por el dorso, pero el daño interno era grande: habían deshecho muchas páginas y quemado, desde dentro, la cubierta:

         —Voilà –dijo–. Las víctimas son una novedad y dos clásicos.

         —Que no tienen nada que ver entre sí –apunté–. Bueno, dos de ellos sí, son libros de tema náutico…

Hortensia le dijo a Rodrigo que le debía una explicación. Le puso al día de las circunstancias de los disparos. Rodrigo no parecía sorprendido, aunque reconoció que no había pensado en que la rubia y el hombre del bigote fueran autómatas:

         —No llamaban la atención –dijo lacónico–. Aquí viene de todo...

Hortensia le dio detalles de su proyecto y Rodrigo se mostró entusiasmado. Estaba convencido de que la relación con las máquinas iba a cambiar sus vidas. Y su trabajo, añadió, y le habló de una colega librera que estaba desarrollando con la universidad un proyecto de asistente de librería. Un sistema automatizado que disponía los libros en los estantes conforme a los gustos y preferencias del librero. Cuando estos cambiaban, los libros se desplegaban de otra manera. El asistente se basaba en los comentarios que escuchaba del librero, lo que este leía y escribía. Se fijaba, por ejemplo, en que llamaba a un autor por su nombre y no por su apellido, o vinculaba a dos personajes de libros completamente diferentes. Ya no era necesario recurrir al orden alfabético para encontrar un volumen. En el ochenta por ciento de los casos bastaba con que el librero se dirigiera al lugar que le parecía más adecuado, por la cercanía a otros libros o incluso por la luz que llegaba al estante, o el color de las paredes, para que diera con lo que buscaba. A Rodrigo este proyecto le preocupaba, sobre todo en la segunda fase, que preveía hacer lo mismo con los clientes que visitaban la librería. Al entrar se pondrían unas gafas y cada uno encontraría una disposición diferente de los volúmenes en función de sus preferencias. A Hortensia el recelo de Rodrigo le parecía justificado. El asistente era una herramienta comercial, una vía para imponer y monetizar lecturas.

         —Si te fijas sucede lo mismo siempre que nos ofrecen un asistente. Nos proponen un siervo para imponernos algo, como si al ponernos en la actitud del amo relajásemos nuestra atención. La servidumbre será nuestra, pero no en beneficio de la máquina, no, sino de los agentes económicos. Justo el tipo de desarrollo solipsista que CIBERNETICS RELOAD combate.

         —Cuenta conmigo para continuar el diálogo con tus colaboradores –dijo Rodrigo–. Tienes que responder a los tres libros que te señalan. Dejarte llevar por su propuesta. Y no me parece mal que amplíes el diálogo, que me incluyas a mí y a la librería. Y a Sombra, si él no tiene inconveniente. Pero para eso, para que haya una interlocución válida, tenemos que saber más. Hay ruido y tensión cruzando en todas direcciones y sólo si lo disipamos podremos mirar contigo y ayudarte… Para empezar, la Cibernética suena vintage, analógico, un tema no ya para historiadores, sino para arqueólogos de la Ciencia. ¿Por qué pelearse por ella?

         —Eso mismo me pregunto yo, Rodrigo. El señor Burrone y Eva piensan que el hundimiento de la Cibernética no fue un tránsito regular entre disciplinas científicas, motivado por causas endógenas. Cuando les oigo me parece que buscan una agenda oculta, el hilo de una conspiración. Como si los poderes económicos hubiesen querido una Ciencia más abstracta, alejada de contextos y objetivos. Eso es lo que ven en el paso entre la cibernética y la inteligencia artificial, entre Wiener y Shannon.

         —¿ Qué Shannon?

         —Claude Shannon –dijo ella, y su voz iba recobrando distancia, un tono profesoral–. El padre de la teoría de la información y, como tal, de la revolución digital… Era compañero de Wiener en el MIT y, aunque se admiraban mutuamente, sus puntos de vista eran completamente distintos. El de Shannon se centra estrictamente en la comunicación electrónica, frente a la consideración de la información de Wiener como lingua franca entre organismos y máquinas[4]. El ascenso de Shannon en detrimento de Wiener corre en paralelo al advenimiento de la inteligencia artificial. Déjame darte los datos clave… La génesis del sorpasso se produce en la conferencia de Dartmouth[5] de 1956. La historia se parece al cuento de la Bella Durmiente, sólo que la bruja no es vengativa y no quiere usar su poder. Shannon está invitado, pero no Wiener, al que los organizadores tratan de evitar para que no monopolice el debate. Por la misma razón reemplazan el término cibernética por inteligencia artificial. Poco a poco esta irá recabando los fondos públicos que antes recibía la cibernética.

         —¿Por qué el dinero prefiere la Inteligencia Artificial? –pregunté.

         —Hay cierta frustración del Gobierno americano ante la falta de resultados concretos de la Cibernética. Y desconcierto ante la variedad y multiplicidad de quienes toman parte en sus debates. La creciente participación de expertos procedentes de las Ciencias sociales, las encarnizadas discusiones sobre la conveniencia de admitir a la cibernética de segundo orden, aquella que incluye al observador en el ciclo de realimentación de información, llevarán a su paulatino abandono… Pero esto no sería más que el principio, las razones de por qué el dinero público desconfía de la Cibernética. Lo verdaderamente decisivo será, años más tarde, la preferencia del dinero privado, el que conforma y consolida las grandes plataformas digitales.

         —Todo esto es muy teórico, alambicado –dije

Hortensia puso un libro sobre otro y los metió en su bolsa:

         —Dejemos que hablen los libros. Igual ellos encuentran otros términos. Los que Eva y el señor Burrone buscaban, pero que no son capaces de comunicarme directamente. Algo distinto de ese tono airado e idealista, crispado. Y cada vez más violento

         —¿Le enviarás el comentario de los libros a Rodrigo? –pregunté.

         —Sí, pero después quiero que nos veamos los tres aquí para seguir la conversación –dijo ella–. Y que al final uno de nosotros recopile todo el proceso.

IV. Pecio y tesoro.

El primero de los libros alcanzado por un disparo es “Robinson Crusoe”. Un tiro complicado, porque es difícil imaginar un texto más lejano de la perspectiva multidisciplinar de la Cibernética. En vez de una suma de saberes aportados por diferentes especialistas, coordinados y desplegados colectivamente, tenemos un individuo aislado que debe aprender un poco de todo para sobrevivir. En sus peores pasajes la odisea del náufrago recuerda el montaje, a veces logrado, otras no tanto, de una serie de muebles de Ikea en el piso inhóspito al que el protagonista, un hombre solo, acaba de mudarse. Mientras se enfrenta a una pieza defectuosa o un plano mal dibujado nos acompaña el runrún del que no deja de hablarse a sí mismo. Soliloquio estático, aislado, interminable elegía del bricolaje. Nada que ver con el diálogo feraz entre distintas perspectivas en movimiento, desplegadas sobre las cartas de navegación del cuarto de derrota. Pese a la continua mortificación por haber desobedecido a su padre, que le prohibía hacerse a la mar, esto es independizarse, se transparenta una y otra vez el deleite por la soledad alcanzada. El rey de la isla. El propio Robinson como una isla autosuficiente, a la que poco a poco no le falta nada de nada. Hay que darle la vuelta a esta exaltación del individualismo para encontrar un ángulo cibernético, centrándose en el naufragio más que en el naufrago.

 El barco en el que navega Crusoe embarranca en medio de la tormenta, de noche, lo que lo inmoviliza y somete al embate furioso de las aguas. Un barco encallado no puede maniobrar, sin calado el timón es inservible. Aterrorizada por la fuerza del mar y por la incapacidad de maniobrar el barco, la tripulación decide abandonarlo para alcanzar la costa cercana en un bote de remos que acabará estrellándose contra los arrecifes.

Sólo sobrevive Crusoe, pero paradójicamente el barco se mantiene embarrancado, sin hundirse, después de la tormenta. Ese barco se convertirá en el tesoro de Crusoe, del que irá sacando, en el curso de doce viajes con balsa, todos los elementos necesarios para su subsistencia en la isla: pólvora, armas, cuerdas, tela, hierro, madera, herramientas, etc. El naufragio se revela en la novela como tesoro en al menos dos sentidos. De un lado, en cuanto establece las circunstancias que permiten la individuación del protagonista, la afirmación de sí mismo en el proceso de superación de un entorno adverso. De otro, en cuanto que el pecio de la nave, meticulosamente inspeccionado y desarmado para extraer los elementos precisos, le facilitará los medios para esa conquista de sí y del tiempo que le resta hasta su rescate. Ambos procesos corren en paralelo y se sustancian mientras Robinson se pertrecha, construye su refugio y se arma, en una suerte de canto a la emancipación que prescinde de interlocutores.[6]

Hay varios indicios que nos permiten atribuir a la Cibernética la consideración dual de pecio y tesoro.[7] Como dice Rodrigo, la Cibernética es hoy en día un término vintage, propio de la historia, la arqueología y la museografía de la ciencia, pero al mismo tiempo es la inmensa carcasa de la que se alimentan un sinfín de innovaciones. Esta dualidad se reconoce de forma creciente, por ejemplo mediante la celebración de conferencias dedicadas al legado de autores cibernéticos. Las tituladas “Norman Wiener en el siglo XXI”[8] conectan el trabajo de este autor con los principales desafíos del desarrollo tecnológico actual, con participación de destacados científicos y el apoyo de personalidades como Richard Stallman, Presidente de la FSF o Vincent Cerf, Evangelista Principal de Internet (sic) de Google. ¿Por qué afloran en Congresos y seminarios tecnológicos las discusiones sobre Cibernética? ¿Por qué la vieja disciplina, anterior a la flamante revolución digital, es cada vez más citada por tecnólogos y especialista en Ciencias sociales? ¿Qué nos aportan hoy los cibernéticos en general y Wiener, en concreto?

O, dicho al modo robinsoniano, ¿qué metemos en la balsa?, ¿cuáles serían los elementos del pecio cibernético que nos ayudarán a afrontar los desafíos actuales? Podríamos empezar por la modestia de Norman Wiener, que desafía la bulimia tecnológica reinante, su ambición de hacer realidad todo lo posible. Su avezada concepción social de la tecnología, que se apoya a menudo en mitos y referencias literarias, como el aprendiz de brujo, el genio de la lámpara, o la pata de mono, para advertir de los riesgos de un acercamiento posibilista a la tecnología. No, no todo lo posible nos conviene.[9] Su pensamiento teleológico y contextual parece especialmente necesario en campos como la genética y la robótica y ante desafíos globales como el riesgo nuclear o el calentamiento global. En estas áreas lo importante no es tanto el saber en absoluto sino conducirse acertadamente en un medio complejo. También el transhumanismo sitúa a Wiener en una nueva perspectiva, con su énfasis en los lenguajes que comuniquen al ser humano y la máquina. Por no hablar del valor clave de la información y su circulación en sistemas abiertos. La interoperabilidad. La sincronización en los sistemas en red y distribuidos. El Internet de las cosas. La tecnología desarrollada por el usuario. Y es estimulante ver su fuerte impacto en la arquitectura, el diseño, la música o la literatura, como si tampoco los silos entre ciencia y arte merecieran ser respetados[10]

A menudo el aprovechamiento del pecio cibernético no se hace de forma explícita, un poco al modo en que en las casas cercanas a los arrecifes se encuentran a menudo objetos procedentes de naufragios. [11] Una de las áreas en que la Cibernética cobra hoy más vigencia es la automatización y la robótica. Los cibernéticos siempre fueron críticos con la consideración de la inteligencia artificial como traslación de la mente humana a la máquina. No admitían la comparación de la mente con el programa y el cuerpo con la computadora, porque para empezar no creían en la separación de una y otro. Se centran en cambio en la relación entre el hombre y la máquina, como si la inteligencia estuviera repartida entre ambos, residiera en la relación que mantienen. No se apoyan en la lógica simbólica para implantar en la máquina las capacidades de un cerebro adulto, de manera abstracta, estática y completa, sino que proponen el aprendizaje automático, y que la máquina comience a desarrollar tareas concretas de forma modular, contextual y escalable. Tareas que irán deviniendo más complejas en función de la respuesta que reciba del entorno y la acumulación de información que trae la experiencia. La investigación en redes neuronales artificiales, iniciada en los años cuarenta del siglo pasado por cibernéticos como McCulloch, se basa en el aprendizaje a partir de ejemplos, sin una programación específica. En vez de tratar que la máquina sepa lo que es un caballo a partir de una definición apriorística, fijando sus elementos esenciales, se trata de darle ejemplos de lo que se considera caballo para que, a partir de un número suficiente, ella misma lo reconozca. Abandonada en los sesenta por las limitaciones en la capacidad de procesamiento de los ordenadores y el predominio de una inteligencia artificial rigurosamente centrada en la lógica simbólica, regresa con gran fuerza en las últimas décadas demostrando su eficacia en áreas como la traducción automática, la predicción de comportamientos complejos y el reconocimiento de imágenes y sonidos.[12]

La Cibernética pretende relacionar distintas disciplinas científicas, no suplantarlas ni desplazarlas. La cuestión de su posición frente a ellas resulta fundamental para una coexistencia armónica. En la Cibernética hay siempre una fuerte consideración teleológica, una fijación en la finalidad perseguida y el contexto en que se despliega. Paul Pangaro señala que mientras la Ciencia busca el conocimiento por sí mismo, la Cibernética pretende alcanzar objetivos. Y esto le permite argumentar que la Ciencia por sí misma no soluciona desafíos globales como el cambio climático, en los que hay que movilizar recursos en una situación compleja e inestable para la consecución de un fin. Esta observación permite situar a la Cibernética en un terreno intermedio entre la Ciencia y la Política. Si esta última nos facilita los objetivos y la Ciencia los materiales o medios para alcanzarlos, la Cibernética permitiría ordenarlos en la consecución de los primeros. Hacerlo de forma contextual y consecutiva, atendiendo a la respuesta del medio e interactuando con él para recalibrar nuestra respuesta en un proceso de realimentación continuo. Un proceso que algunos cibernéticos como Pasky asimilan a una conversación con el medio. Una conversación desde el cuarto de derrota. Ante el horizonte y un mapa. Hablando con el timón y escuchando con los prismáticos.

VI. Autopsia

Una vez leímos el primer comentario, Rodrigo citó a Hortensia en la librería.

         —El naufragio de la Cibernética desvela sus tesoros –reconoció Hortensia–. Los pone a nuestra disposición para afrontar los nuevos desafíos. Me parece que eso es lo que Burrone y Eva quieren resaltar.

         —Eso puede tener una lectura muy destructiva –respondí–. No se sabe lo que lleva la sentina de un barco hasta que esta estalla contra las rocas.

         —No, no es eso –dijo ella–. Ese barco no debió irse a pique, pero como se hundió hay que aprovechar su carga. Lo que quieren mis colaboradores es proyectar la Cibernética hacia el futuro. Chocante a más no poder.

         —¿Por qué chocante? –pregunté.

         —Nada hay más determinista que un autómata. Al mirar al pasado, los robots se fijan en lo que sobra y no en lo que falta. Es lógico que vean el pasado como el antecedente, pálido y renqueante, de lo que luego nos llega. El presente es necesario y por tanto completo, perfecto. El pasado está cojo, no alcanza a ser como lo que ahora existe. Pero no, el señor Burrone y Eva adoptan otro punto de vista. Se fijan en las potencialidades que no fructificaron. Las que carecieron del contexto y la voluntad que las hubiera hecho posibles. Estos robots se centran en lo que falta.

         —Pon un ejemplo –le pidió Rodrigo.

         —Por ejemplo, el cibernético soviético Glushkov o el británico Stanford Beer. Sus proyectos para automatizar en los setenta la gerencia económica de la Unión Soviética y del Chile de Allende pueden verse como modelos tecnológicos toscos, fallidos, que nuestras redes actuales superan, resaltando sus imperfecciones. Sin embargo, Burrone y Eva los ven como precedentes de un Internet que no ha acabado de fructificar, cuyas potencialidades en favor del bien común no se han desarrollado plenamente.[13]

         —O sea que tenemos dos autómatas idealistas –dijo Rodrigo–. Y sobre todo una profesora de Cibernética que se niega a serlo, que quiere tratar la disciplina como un fenómeno histórico, sin proyección futura. Meros datos de un pasado sin consecuencias. Al anticipar su conducta, presentas tu propio reflejo, tú te comportas como un autómata. Ellos, al buscar un ángulo prospectivo escapan a tu previsión y demuestran su libertad. Interesantes trasvases.

         —A mí también me lo parece –dijo ella–. Para esclarecer esas comparaciones entre hombre y máquina me ha servido mucho Cibernética de lo humano, un libro de un cibernético español escrito en los ochenta. Un texto esclarecedor.[14]

         —¿Para cuándo el segundo comentario? –preguntó Rodrigo.

         —Conozco muy bien La isla del tesoro. A mi edad da vergüenza decirlo, pero desde niña la habré leído cuatro o cinco veces. Empiezo a sospechar que por eso mis colaboradores me lo señalan, quieren que intente una lectura distinta. Os presentaré mis comentarios este sábado.



[1] En otras ocasiones Hortensia ha recordado la sorprendente facilidad con que podemos unir el timón con reflexiones actuales y pertinentes, como este aforismo reciente de Jorge Wasengerg: “La mano conecta al cerebro con el cosmos”. Sin duda, el timón facilita esa mediación, convierte el océano en una superficie táctil, maleable, que se abre y despliega al empuñarlo. Basta el giro de una muñeca para doblar un cabo. 

[2] Las conferencias Macy, centradas en los sistemas causales y los ciclos de realimentación, se celebraron desde 1942 hasta 1961 con el objeto declarado de reinstaurar la unidad en la ciencia e incrementar la comunicación entre las disciplinas.

[3] Lo cierto es que los colaboradores de Hortensia aciertan al fijarse en Mc Culloch para resaltar otra dimensión de la transversalidad, que va más de la colaboración entre especialistas, y se despliega en la trayectoria personal de cada uno de ellos. Las memorias de Warren McCulloch, uno de los principales promotores de las Conferencias Macy, reflejan como su trayectoria profesional y la de Wiener presentaban un recorrido inverso. Wiener acabó formándose como filósofo y matemático, con un vertiente aplicada que le acercaba a la ingeniería, dejando de lado su vocación inicial, la biología experimental, a causa de su miopía y torpeza manual. Sus invenciones demuestran que nunca perdió interés en la fisiología. McCulloch, en cambio, se desempeñó primero como marinero dedicado al semáforo de señales, que él consideraba como topología y comunicación. Apenas contaba con algunos cursos de geometría, álgebra y teoría de números, además de un profundo conocimiento práctico de la trigonometría esférica que había aprendido de antiguos capitanes balleneros. Al final de la guerra se sumergió en los problemas epistémicos de las matemáticas y solo más tarde se adentró en la neurofisiología, para acabar dirigiendo un insólito grupo de neurofisiología en el laboratorio de electrónica del MIT. http://cyberneticians.com/mcculloch-recollections.pdf 

[4]https://www.theatlantic.com/technology/archive/2014/06/norbert-wiener-the-eccentric-genius-whose-time-may-have-finally-come-again/372607/

[5] Desde sus inicios la inteligencia artificial se construye de forma antagónica frente a la cibernética, desde el punto de vista temático pero también subjetivo, buscando con el nombre acuñado entonces que Wiener no participará y monopolizara los debates: https://en.wikipedia.org/wiki/Dartmouth_workshop#cite_note-5

[6] En un contexto actual Robinson sería el que se queda solo tras divorciarse y perder el empleo y comienza a construir su nueva y solitaria identidad trasladando los objetos más básicos para su subsistencia desde el centro comercial a su nuevo estudio.

[7] Como veremos más adelante, conocer que el naufragio de la Cibernética esconde un tesoro no revela nada de las intenciones de quien lo encuentra, que puede hasta haber provocado el estallido de las sentinas. En el Diccionario Marítimo Español, publicado en 1831 por Martín Fernández de Navarrate, se recoge el término francés vagans como ‘pillos de playa; vagos que en las tempestades acuden a las playas a ver lo que pueden pillar de algún naufragio’. Una vieja amiga ya fallecida, Manola Bárcea, armadora en la ría de Muros y Noia durante la primera mitad del siglo XX, iba más allá al contarme historias de naufragios provocados en la Costa de la Muerte, encendiendo fuegos junto a los arrecifes para que las naves los tomaran por faros. De nuevo se trata de una doble apropiación, como la de los piratas, ya que los señores de los puertos se atribuyeron durante siglos un derecho de pecio sobre los barcos naufragados en sus costas.

[9] Wiener diseñó un sistema antiaéreo que anticipaba el movimiento del blanco hasta el punto de interceptar el 99 % ciento de los V1 que cruzaban el Canal de la Mancha. Acabada la guerra se negó a entregar más trabajos al ejército americano.

[10] El impacto de Wiener en las artes no contribuyó a su prestigio en la comunidad científica. Kurt Vonnegut y Thomas Pinchon subrayaron la influencia de Wiener en varias de sus novelas y Brian Eno y otros autores de música electrónica lo consideraban como un pensador decisivo para su trabajo 

[11] Uno de los síntomas de que nos hallamos en una etapa de regreso de la Cibernética es la reivindicación de muchos de sus temas por destacados autores de distintas ramas del saber. No forman parte de esa tripulación levantisca, ni son compañeros de viaje, pero pasean por la playa del naufragio y se acercan a su pecio, ordenan con sentido las cuadernas quebradas, desentierran de la arena el mascarón de proa. El pecio va dando paso al tesoro. Un ejemplo claro lo ofrece Andy Clark, filósofo británico centrado en temas tecnológicos. En Mente extendidaClark plantea la continuidad entre la mente y el mundo y combate la quimérica separación interior / exterior con que a menudo afrontamos nuestro entorno. Subraya igualmente la corporeización o encarnación del pensamiento que se desarrolla, de forma escalable y progresiva, a partir de tareas concretas relacionadas con las necesidades del cuerpo, denunciando la arbitraria separación entre pensamiento y acción. Su noción de mente extendida llama a proteger el entorno como parte de nosotros mismos en un acercamiento de fuerte contenido social: materialista, ecológico, igualitario y adaptado a la diversidad funcional. La noción de procesamiento predictivo de Clarke trastoca la percepción como toma de datos neutral y objetiva para centrarse en la confluencia de las presunciones apriorísticas con los sentidos, la continua interacción de cuerpo, mundo y mente, con el fin conducirse acertadamente en un mundo complejo (“Surfeando la Incertidumbre”) Sus consideraciones arrojan luz sobre cómo se va trazando la ruta en el cuarto de derrota. Una buena introducción a la filosofía de Clark: https://www.newyorker.com/magazine/2018/04/02/the-mind-expanding-ideas-of-andy-clark

[12] Y en la actualidad cibernéticos como Paul Pangaro mantienen viva la dicotomía entre cibernética e inteligencia artificial. http://www.pangaro.com/definition-cybernetics.html

[14] Hortensia sin duda se refiere a Luís Ruiz de Gopegui, director de los proyectos de la NASA en España durante la época más destacada de la exploración espacial y autor de numerosas publicaciones en el ámbito de la física, la computación y la técnica aeroespacial. En 1983 publicó Cibernética de lo humano, que esclarece los cursos paralelos de la investigación sobre el cerebro humano y las máquinas. El conocimiento de las distintas facetas del ser humano, las sensaciones, sentimientos, inteligencia, consciencia, voluntad, arroja luz sobre el desarrollo de máquinas cada más perfeccionadas, profundizando más y más en la inteligencia artificial. A su vez el conocimiento de las máquinas, su comprensión como sistemas cibernéticos que se autorregulan, respondiendo a los estímulos del medio, impulsa las disciplinas que estudian al ser humano: biología, sicología, filosofía. Desde esta perspectiva transversal, Ruiz de Gopegui formula acertadas predicciones en relación con el desarrollo científico y la automatización y fija un marco sólido e innovador para analizar la autonomía y la libertad del ser humano.

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