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Diana C. Mutz / Politóloga

“Por primera vez, el miedo a la globalización es un asunto político en EEUU”

Álvaro Guzmán Bastida Nueva York , 16/05/2018

<p>Diane C. Mutz, en una entrevista realizada en noviembre de 2013. </p>

Diane C. Mutz, en una entrevista realizada en noviembre de 2013. 

The Annenberg School For Communication (Youtube)

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El relato que se ha impuesto desde la elección de Donald Trump en noviembre de 2016 es meridiano y arrollador: le votaron los blancos excluidos, los “olvidados” por una economía globalizada y unas élites soberbias. Las consecuencias políticas de dicho análisis resultan explosivas, y gobiernan el debate sobre todo lo sustancial en la política estadounidense, desde la adjudicación sobre si Trump ha abandonado a sus electores a qué líneas maestras deberían guiar un proyecto político alternativo al suyo. Pero, ¿y si la premisa fuese falsa? Eso mismo se ha propuesto demostrar Diana C. Mutz, politóloga y directora del Instituto para el Estudio de los Ciudadanos y la Política de la Universidad de Pennsylvania. Provista de una batería de entrevistas en torno a las elecciones de 2012, el equipo de Mutz reeditó el mismo trabajo para luego cruzar las respuestas y poder establecer tendencias sobre los cambios en el estado de opinión de los electores, y cómo estos se veían o no reflejados en la evolución económica de los mismos entrevistados. El resultado de su análisis empírico es un artículo académico de gran repercusión.

En su artículo, cuestiona la tesis de los olvidados” como explicación de la victoria política de Trump. ¿En qué consiste esa tesis y cómo la ha examinado?

La tesis de los olvidados es la que argumenta que el motivo de la victoria de Trump fue su capacidad de atraer a los que habían sido olvidados económicamente. Es decir, aquellos a quienes no les va bien, que viven en una situación de pobreza o han perdido su trabajo por culpa del declive en el sector manufacturero, etc.

Para examinar esa tesis, utilizamos datos del mismo grupo de votantes, entrevistadas en octubre de 2012 y de nuevo en octubre de 2016. Y, en ambos casos, les preguntamos no solo por sus ingresos, sino sobre qué pensaban subjetivamente sobre la situación financiera de su familia, si habían perdido o recuperado el empleo, si se encontraban en dificultades por los flujos del comercio internacional… También nos detuvimos a analizar la tasa de desempleo en sus comunidades, el ingreso medio, el porcentaje de empleos en el sector manufacturero y ese tipo de cuestiones. Porque es posible que, si bien la situación personal de alguien no ha empeorado, ese alguien viva en una zona castigada por el deterioro económico. Lo que descubrimos fue, de manera no especialmente sorprendente, dada la mejoría económica en esos cuatro años, que la gente estaba en condiciones mucho mejores en 2016. Más aún, los verdaderos “olvidados”, los que estaban sufriendo económicamente o no se habían recuperado de la recesión tan rápido como otros, esos precisamente no apoyaron a Trump. No fueron ellos quienes le auparon a la Presidencia. Y esto sugiere que la tesis es errónea. No es que no haya “olvidados”, gente que sufre, es que
ésas no fueron las bases del electorado de Trump.

Hay mucho que desgranar en lo que cuenta. La propia narrativa que se propuso analizar es muy prevalente y ha dominado los análisis desde las elecciones. ¿Qué consecuencias tiene un análisis tan erróneo, basado en una premisa que usted ha señalado como falsa?

Bueno, creo que lleva a los políticos a poner énfasis en los asuntos equivocados de cara al futuro. Una de las grandes ironías es que en la última década, el número de empleos en el sector manufacturero en EEUU en realidad ha crecido. No quiero decir que no hayamos perdido un gran número de puestos de trabajo en la industria. Sin duda, eso ha sucedido. Pero lo que ocurre es que fue hace ya mucho tiempo. Y es difícil creer que pudiera influir en los votantes en 2016, cuando ocurrió mucho antes de 2012.

Lo interesante es ver de dónde viene este error de análisis. Los periodistas empezaron a desarrollar esta interpretación justo después de las elecciones presidenciales, basándose en un patrón claro que se repite entre los votantes de Trump: su bajo nivel educativo. Trump ganó en zonas con escaso nivel de educación secundaria y terciaria, algo poco habitual para los republicanos. Y mucha gente se apresuró a interpretar eso como una muestra de que esa gente tenía una situación económica peor. Pero como científicos sociales, sabemos que el nivel educativo suele ir aparejado no solo con el nivel de renta, sino con otros muchos aspectos, como la tolerancia, la xenofobia, el racismo, etcétera. Así que el observar ese patrón respecto al nivel educativo de los votantes no ofrecía respuestas demasiado claras.

La tesis que propone como alternativa habla de grupos que perciben una amenaza a su estatus como los verdaderos votantes de Trump. ¿A qué se refiere?

Bueno, lo que ha sucedido en los EEUU en los últimos años es en primer lugar que la gente cada vez tiene más claro que pronto seremos un país de “minorías mayoritarias”. Los blancos van a dejar de ser mayoría en EEUU. De hecho, eso ya es una realidad entre el alumnado de los colegios estadounidenses. Mucha gente piensa en los EEUU como un país prototípicamente blanco, cristiano y demás. Así que esto representa un verdadero cambio de identidad.

Lo cierto es que los blancos seguirán teniendo una situación financiera mucho mejor en su conjunto que el resto, y conservarán mayores niveles educativos, por mucho que se den estos cambios demográficos. Pero para mucha gente, esto supone una redefinición fundamental de quiénes somos. Y, como demuestran los estudios psíquicos, esto da lugar a una suerte de nostalgia por las jerarquías de estatus del pasado.

La idea de que EEUU pueda tener que compartir escenario con China le resulta muy amenazadora a la gente

Esto es algo que observamos no solo en lo que se refiere a la cuestión de raza, sino también a la de género. Me refiero a que la misma gente que percibe que los blancos sufren discriminación con respecto a las minorías tiende a pensar que se discrimina a los hombres en favor de las mujeres, y también perciben a los cristianos como víctimas de discriminación, a pesar de que esos colectivos son los dominantes en la sociedad estadounidense.

Cunde esta sensación de que, de algún modo, el mundo está patas arriba. “Las cosas han cambiado. Ya no somos el colectivo más poderoso”. Aunque la gente no vaya por ahí diciendo esas cosas, sí que muestra una pronunciada ansiedad sobre el rumbo que lleva el país. Y, de nuevo, no es ya que esos colectivos tiendan a coincidir, es que son también quienes temen a la globalización. Tienden a temer la interdependencia de gente de otros países. Y eso sí que casa perfectamente: la actitud contraria al comercio internacional va de la mano de la mala recepción a la gente de orígenes distintos al propio.

Insisto, los EEUU forman un país enorme, que está acostumbrado a ser el súper poder económico dominante. Y la idea de que pueda tener que compartir ese escenario con lugares como China le resulta muy amenazadora a la gente. Les hace perder la sensación de control sobre su entorno y desear volver al pasado.

¿Quiénes son, entonces los votantes de Trump? Habla de gente de raza blanca, hombres, cristianos, y los define a todos como colectivos de alto estatus. Suena a algo muy diferente de la cacareada “clase trabajadora blanca”.

Los pobres no votaron a Trump

Exacto. El término “clase trabajadora” es algo ambiguo. Pero los votantes de Trump son gente de ingreso medio y también gente rica. No son pobres. Los pobres no votaron a Trump. Son, ante todo, gente de nivel educativo bajo. Y el nivel educativo y el ingreso tienen cierta correlación, pero no son lo mismo. Uno puede tener un buen sueldo sin haber ido a la universidad.

Usted señala, al comparar cómo el electorado percibía a Trump con la percepción de Mitt Romney en 2012, la capacidad de Trump de conectar con las actitudes de la gente respecto del libre comercio y China, como elemento clave para explicar su victoria. ¿A qué actitudes se refiere y cómo de importante fue la capacidad de Trump de apelar a las mismas?

Lo curioso del asunto es que históricamente el partido republicano siempre ha sido el más favorable a la liberalización del comercio. Pero las tornas han cambiado en EEUU. Ahora son los demócratas los que favorecen más la liberalización del comercio. En 2012, la gente no apreciaba especial diferencia entre las posturas de ambos candidatos en ese asunto. Pero si nos acercamos a 2016, vemos cómo Trump se posiciona claramente como el candidato contrario al libre comercio. Y la idea de que se pueden levantar muros y se puede ser autosuficiente sin conectarse con el resto del mundo y participar en la economía mundial y que eso, de alguna manera, nos hará más fuertes, todo el Make America Great Again, el “compre productos americanos”, se convierte en un eslogan muy atractivo, en especial para quienes no tienen un conocimiento del comercio y lo muy interconectado que ya está el mundo.

Hay otro elemento en su trabajo, que ha mencionado de pasada hace un momento, que tiene que ver con la percepción de que el dominio del mundo por parte de los EEUU se ve amenazado. ¿Hasta qué punto es Trump consecuencia del declive imperial estadounidense?

Se impone una sensación de que ya no somos el superpoder dominante que un día fuimos. Y toda la idea de compartir protagonismo con otras economías fuertes es poco atractiva, especialmente para aquellos que sienten que el estatus de su propio grupo a nivel doméstico ha disminuido. Uno de los datos fascinantes que a menudo se pasan por alto es que, si uno se fija en las actitudes con respecto a la inmigración en este periodo de tiempo, han sufrido precisamente la evolución contraria. La gente no se ha vuelto más anti inmigrante. No se sienten más amenazados que antes por los inmigrantes. Y creo que hay una gran diferencia entre las posturas tan negativas en el aspecto racial que se hacen evidentes hoy en día, que se basan en el miedo al progreso de las minorías y de la gente de otros orígenes. Pero la gente en general no les percibe negativamente. Si acaso, la visión negativa de los inmigrantes es menos imperante que hace veinte años.

Más allá de las percepciones de la gente, ¿qué cambios en la economía política estadounidense y las políticas de ocho años de gobiernos demócratas alimentaron el ascenso político de Trump?

La combinación de ir contra los programas del estado de bienestar y al mismo tiempo contra el libre comercio te sitúa contra la espada y la pared

No creo que tenga tanto que ver con las políticas. Tiene más que ver con el cambio. En el pasado, había un consenso entre las élites políticas sobre asuntos como el comercio exterior, pero estas élites no hablaban demasiado del asunto en público, porque eran conscientes de que el público de masas tenía una opinión más negativa del asunto que los demócratas y los republicanos en el congreso. Así que tenían un incentivo para seguir haciendo lo mismo de siempre sin politizar el tema. Ahora la globalización es un asunto político. Y no creo que se vaya a evaporar. La cuestión es, ¿cómo combinamos aspectos como la participación en la economía global con un estado del bienestar tan débil como el que tenemos? Porque es cierto: la globalización desplaza a la gente de sus empleos. Y en otros países eso se resuelve mediante programas de capacitación, con un sistema de bienestar más fuerte que amortigüe la caída. Pero en EEUU no tenemos eso. Es un asunto que debemos abordar. Pero no debemos equivocarnos y pensar que la gente que, individualmente, ha sufrido las consecuencias de la globalización fue la que apoyó a Trump. El problema se da cuando los republicanos son, al mismo tiempo, el partido “anti comercio” y el anti políticas sociales y de bienestar. Es muy interesante ver cómo nuestros entrevistados, si bien se sienten olvidados, cuando les preguntamos, ¿debemos establecer programas públicos que ayuden a los ‘olvidados’ a conseguir trabajos mejor pagados, adquirir nuevas habilidades, etc.? La respuesta es: “No, lo que queremos son los trabajos que teníamos antes”. Bueno, eso no es posible. El problema es cómo ajustarnos a un mundo cambiante. Y creo que la combinación de ir contra los programas del estado de bienestar y al mismo tiempo contra el libre comercio te sitúa contra la espada y la pared, porque esto no es algo que los mercados vayan a resolver solos.

Se ha hablado mucho, desde la elección de Trump, de cómo está gobernando de espaldas a los intereses de quienes le votaron. Pero esa crítica normalmente viene asociada a la tesis que su trabajo se propone desmontar. Dado su análisis sobre la composición del electorado ‘trumpiano’ y las políticas que ha llevado a cabo desde su elección, ¿diría que Trump ha traicionado a sus bases?

Bueno, para empezar sus bases no eran los olvidados. Así que, en ese sentido, no. Sus seguidores más acérrimos, los que le siguen secundando por mucho que sea un presidente con muy poco nivel de apoyo en relación con los anteriores, son republicanos fieles que le apoyarán haga lo que haga, en base a una identidad partidista.

Muchos de los factores fundamentales que describe, desde el hecho de que EEUU sea un país cada vez menos blanco a la globalización y la inmigración, es previsible que se intensifiquen en los próximos años. Por otro lado, muchas de esas supuestas amenazas contra los blancos, los cristianos, etc., parecen cumplir la función de ofuscar la posibilidad de una política común, basada en intereses compartidos económicos o de clase, más allá de esas divisiones. ¿Significa esto que seguirán apareciendo nuevos ‘trumps’ salvo que se articule una política que ponga en cuestión la narrativa misma de desposesión que llevó al ascenso de Trump?

Las cosas han cambiado sobremanera en los últimos cincuenta años en los EEUU

El tipo de ansiedad que la gente sufre durante épocas como esta puede resultar pasajero. Por ejemplo, hay estudios sobre cómo cuando una ciudad tiene un alcalde negro por primera vez, los blancos tienen una sensación parecida de: “Oh, esta persona va a gobernar solo para los suyos y olvidarse de nosotros”. Y, pasado un tiempo, coinciden en que: “¿Sabes qué? Las cosas no han cambiado tanto”.

A menudo, esa ansiedad sobre el futuro supera con creces a la realidad. La gente tiende a acostumbrarse. Por supuesto, las cosas han cambiado sobremanera en los últimos cincuenta años en los EEUU. El problema no es que el cambio sea malo o la gente no sea capaz de adaptarse, sino que el proceso lleva tiempo y hay obstáculos en el camino.

Creo que tener una interpretación más clara de lo que realmente motivó a la gente en 2016 permitirá a los políticos desarrollar medidas y discursos que a la larga sirvan para paliar los miedos de la gente a estos cambios. Pero eso no ha sucedido aún. Y creo que el hecho de que confluyeran todas estas corrientes al mismo tiempo, dominadas por ansiedades raciales y de dominio, hizo mucho por aumentar las posibilidades de Trump. Si el candidato republicano nominado para la presidencia hubiera sido otro, la situación hubiera sido muy distinta.

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Autor >

Álvaro Guzmán Bastida

Nacido en Pamplona en plenos Sanfermines, ha vivido en Barcelona, Londres, Misuri, Carolina del Norte, Macondo, Buenos Aires y, ahora, Nueva York. Dicen que estudió dos másteres, de Periodismo y Política, en Columbia, que trabajó en Al Jazeera, y que tiene los pies planos. Escribe sobre política, economía, cultura y movimientos sociales, pero en realidad, solo le importa el resultado de Osasuna el domingo.

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