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Los libros de ‘amena erudición’

Algunos libros maravillosos que (casi) nadie lee

José C.Vales 6/05/2018

<p>Libros apilados.</p>

Libros apilados.

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Detrás de los libros que se consideran imprescindibles para la formación de un escritor y el placer del lector (novelas y versos, fundamentalmente) existe una masa de libros excelentes de distintos géneros o incalificables que parecen fuera del circuito de recomendaciones: aquí les proponemos un paseo a través de la misma.

Siempre me ha parecido muy extraño que en las recomendaciones literarias anuales, trimestrales o mensuales que ofrecen los medios de comunicación nunca aparezca Plinio el Viejo o Procopio de Cesarea. También resulta un poco enojoso que –aunque sea sin malicia ni segundas intenciones, por supuesto– se nos presenten ciertos libros modernos como obligatorios e imprescindibles, cuando ni siquiera han transcurrido doscientos o trescientos años entre su publicación y nuestros días, que es aproximadamente el tiempo que una obra necesita para merecer esos adjetivos.

Entiéndase que no se está sugiriendo que los autores que aparecen en esos listados sean menos, intelectual o literariamente, que Plinio o Procopio. Solo se advierte de la sorpresa que causa el hecho de que muchos autores notables –aunque tal vez menos novedosos– permanezcan en el olvido cuando tienen obras notabilísimas en el mercado desde hace quince o veinte siglos.

Siempre me ha parecido muy extraño que en las recomendaciones literarias anuales, trimestrales o mensuales que ofrecen los medios de comunicación nunca aparezca Plinio el Viejo o Procopio de Cesarea

Es muy cierto que durante todo este tiempo los humanistas, los filólogos, los historiadores y los lectores curiosos han acabado por encontrar una buena cantidad de “libros maravillosos” que no solamente se leen, sino que se disfrutan y han conformado el pensamiento y la mentalidad de las civilizaciones. Esos textos componen lo que se denomina “el canon” –que de todos modos ha sufrido y sufre variaciones con el paso de los años y de las revoluciones– y a nadie con unas lecturas medianas se le ocurriría dudar de la calidad literaria y la importancia cultural del Quijote, Orgullo y prejuicio, La señora Bovary o Moby Dick, por citar solo unos cuantos ejemplos evidentes.

Sin embargo, escondidas en “el vasto follaje” de las creaciones literarias, hay obras fabulosas que (casi) nadie recomienda y de las que (casi) nadie habla.  Al profesor y escritor Umberto Eco se le atribuye una frase muy popular, según la cual “el mundo está lleno de libros maravillosos que nadie lee”. Independientemente de que la atribución sea legítima o no, el contenido de la cita parece bastante probable. La cita de Eco parece remitir a una serie de libros que, aun considerándose magníficos y principalísimos, se leen poco o nada y en raras ocasiones se habla de ellos: tal vez en algunas aulas universitarias, en las páginas de una bibliografía especializada o en alguna conversación nocturna de “eruditos extravagantes” con poca fortuna. Podrían incluirse en esta categoría de “libros que (casi) nadie lee” otros que son famosos por distintas razones y que, sin embargo, se citan solo de oídas: es imposible que el lector común no haya oído hablar de los libros sagrados y, sin embargo, tal vez no sea sencillo encontrar a alguno que conozca el significado de “Deuteronomio”, que pueda recordar las historias de Judit o Ruth (aunque sean imprescindibles para entender el arte occidental) o que conozca el origen y el destino de las doce tribus de Israel (y quién era Israel). Un profesor salmantino decía que resulta difícil imaginar una conversación literaria con alguien que no conozca esos detalles o no sepa que la Biblia contiene dos relatos distintos de la Creación, que Moisés tuvo que subir dos veces al Sinaí en busca de las Tablas de la Ley o que el Arca de la Alianza parece desprender una radiactividad mortal. Por no hablar de las complejidades teológicas y filosóficas relativas a Salomón, a David, a Job, a los Salmos y al Cantar de los Cantares. Ese mismo profesor decía que, afortunadamente, en la actualidad no se puede imaginar que nadie con una mínima educación literaria no haya dedicado varios años a la exégesis bíblica. En fin, cualquier estudiante mediano que haya pasado por fray Luis y San Juan de la Cruz habrá empleado al menos un trimestre en el Cantar de los Cantares. Tampoco es imaginable que nadie que se llame instruido no haya examinado con cuidado los evangelios apócrifos, de donde se pueden extraer maravillosas noticias, como un documento administrativo firmado por el mismísimo Jesucristo (dirigido al rey Abgaro V, excusándose por no poder ir a curarlo mediante un milagro rápido) o la relación de las venganzas, crueldades, bromas y milagros dudosos del joven Jesús de Nazaret, como cuando convirtió a sus amiguitos en cabritos asados o como cuando mató a un muchacho que lo molestó mientras jugaba (en el Evangelio siro-árabe). Está de más recordar lo que todo el mundo conoce, de modo que no se incidirá aquí en la necesidad de estudiar las órdenes monásticas, la historia eclesiástica, las actas de los mártires o a los Santos Padres. No pasar por ahí sería tan lastimoso como si un literato no pudiera recitar de memoria la Epístola a los Pisones cuando hasta los estudiantes más torpes canturrean el Humano capiti ceruicem pictor equinam…”.

Los eruditos religiosos ofrecen una variedad de conocimientos abrumadora y siempre maravillosa. Entre ellos puede señalarse a nuestro gran enciclopedista medieval, San Isidoro. Por desgracia, uno de los grandes libros que (casi) nadie lee es el fabuloso compendio de las Etimologías. Seguramente el intelecto humano ha dado obras magníficas al mundo, pero es dudoso que sean más útiles y tengan más sustancia que “los libros de edificación” del hispalense. Cada libro es un placer; cada capítulo, una encantadora sorpresa; cada párrafo, un asombro. La gramática, la retórica, la dialéctica, la matemática, la medicina, las leyes y los tiempos, el ámbito eclesiástico, los ángeles, las sectas, las lenguas, los pueblos, los parentescos, los seres prodigiosos, el mundo y sus partes, las piedras (¡hay tanto que decir sobre las piedras!), la agricultura, la guerra, los utensilios domésticos… nada escapa a la gran erudición de San Isidoro, que proclama un evemerismo particular para explicar la mitología con la misma firmeza que explica “los portentos” desde una razón teológica implacable.

Una de las desgracias de los estudios literarios es la consideración de que dicha disciplina puede reducirse a la lectura de ciertas novelas y versos, de modo que los verdaderos pilares en los que se asientan dichos estudios se ignoran por completo. No sé qué se puede saber de literatura si no se estudia Historia, Filosofía, Ciencias Naturales o Geografía, entre otras muchas disciplinas necesarias. Los historiadores hacen muy bien en burlarse de aquellos que no han viajado con Herodoto. ¿Dónde pretende llegar quien no ha pasado por Los nueve libros de la Historia? Es un libro tan fabuloso que cada párrafo es un asombro. Hace poco he tenido ocasión de reproducir en otro lugar la historia de Kéops y cómo este infame faraón, viéndose sin dinero para acabar su pirámide, prostituyó a su propia hija, que cobraba una piedra (de dos toneladas y media) por cada cliente. Y dice Herodoto que la hija “cumplió tan bien con lo que su padre tan mal le mandó” que no solo se completó la pirámide de Kéops, sino que la muchacha pudo hacerse una propia, aunque más pequeña. (Esto se cuenta en Euterpe, CXXVI). Herodoto es tan pintoresco que sería extraordinario que algún novelista no hubiera pasado horas y horas estudiándolo. Famosa es la cita del cruel y necrófilo Periandro (en Terpsícore, XCII), en la que se aparece el fantasma de Melisa, su esposa, para recriminarle que hubiera “metido el pan en un horno frío”, porque “había conocido a Melisa después de muerta”. Estas necrofilias son ideas muy útiles para los novelistas de nuestro tiempo.

¿Dónde pretende llegar quien no ha pasado por Los nueve libros de la Historia? Es un libro tan fabuloso que cada párrafo es un asombro

La Historia es tan necesaria en los estudios literarios como la mismísima gramática, y no solo por las verdades que de ella pueden extraerse, sino también por las muchas ficciones, embustes y patrañas deliciosas que se cuentan. Entre los grandes fabuladores está Procopio de Cesarea, cuya Historia secreta es todo un catálogo de sinvergonzonerías, indispensables para el novelista moderno. “Por aquel entonces, Teodora, que no estaba todavía desarrollada, no podía acostarse con ningún hombre y era absolutamente incapaz de tener relaciones como mujer, pero ella se unía lascivamente como los hombres con ciertos miserables y esto incluso con cuantos esclavos seguían a sus dueños al teatro para cometer este acto nefando…”. Dice Procopio que Teodora, la que sería gran emperatriz, era una “hetera de infantería”, porque “entregaba su juvenil belleza a todo el que llegaba, dejándole que se sirviera de todas las partes de su cuerpo”.

De Tito Livio nada hay que decir, porque aunque se asegura que su historia romana es otro de los libros que (casi) nadie lee, esto debe de ser una falacia, pues nadie podría presentarse públicamente sin conocer bien la obra del paduano.

Entre todos los achaques de la república literaria no es el menor el que supone que los autores, los críticos y los profesores no tienen la obligación de interesarse por las ciencias. Al evitar como la peste la astronomía, la biología, la medicina y otras disciplinas interesantísimas, los escritores no solo viven en una ignorancia lamentable, sino que pasan sin saberlo junto a grandísimas obras literarias, como las de Teofrasto o Dioscórides, por citar solo a dos botanistas imprescindibles. Dice Dioscórides de la cerveza que “es diurética y ataca a los riñones y a los nervios, y principalmente es dañosa de las meninges, y flatulenta, generadora de cacoquimia y creadora de elefantíasis”. Véase si no son asuntos primordiales y necesarios para cualquiera que se dedique a las letras.

Pero entre todos los libros literarios de ciencias, seguramente no hay otro más compendioso y necesario que la Historia natural de Plinio. Los ejemplos que revelan el talento del de Como son innumerables. Transcribiré algunos al azar: “Se cuenta la historia de un pollero que poseía tal habilidad que podía decir de qué gallina procedía cada huevo” (X, 155). Y un poco antes (X, 61) explica muy líricamente: “De dónde vienen las cigüeñas o hacia dónde se dirigen está todavía por descubrir”. En los tratamientos médicos Plinio no es menos ingenioso (XXX, 108): “Los forúnculos se tratan, según dicen, con una araña, aplicada antes de pronunciar su nombre y retirada a los tres días; [también se curan] con una musaraña, ahorcada de forma que no toque la tierra después de muerta, dando con ella tres vueltas alrededor del forúnculo y escupiendo otras tantas veces el que cura y al que va a curar”. Plinio tiene una ventaja, y es que recoge noticias varias de Varrón, de Herodoto o Teofrasto, y también de otros menores, como Mecenas, Faviano o Alfio. De estos espiga la historia de un niño y de un delfín, al que llamaba Simón; y cuenta que el delfín Simón llevaba a su joven amigo a la escuela todos los días, “a través del mar inmenso”, y lo devolvía a su casa por la tarde. Pero ocurrió que el niño murió: el delfín de todos modos siguió acudiendo al lugar acostumbrado en busca de su amigo, sin hallarlo, “hasta que murió de nostalgia” (IX, 25). En lo tocante a la biología literaria, no vale la pena insistir en otros autores, aunque Aristóteles tiene pasajes fabulosos: “La generación de las ratas es lo más extraordinario que hay en el reino animal […] Se cita el caso de una hembra preñada encerrada en una vasija con grano de mijo; cuando se abrió la vasija al cabo de algunos días, aparecieron ciento veinte ratones. Tampoco se explica el origen de los ratones en los campos ni su extinción»”(Investigación sobre los animales). Esto lo copia Plinio en su obra.

La biología siempre ha llamado la atención de los intelectuales, desde el anónimo autor del Deuteronomio (14, 3 y ss.) a la ingeniosa y muy necesaria Pseudodoxia epidémica de Thomas Browne o los trabajos de Von Humboldt, Charles Darwin y otros estudiosos modernos.

Los filósofos han sido particularmente literarios desde antiguo y muchos se siguen leyendo en la actualidad. Entre ellos, al parecer los más favorecidos son Marco Aurelio y Séneca. Otros menos conocidos se citan en un libro prodigioso titulado Vidas y opiniones de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio, que por desgracia tampoco suele aparecer en las recomendaciones de los medios, sin duda por culpa de algún olvido involuntario. Entre otros muchos y variados méritos, este compilador tiene la amabilidad de citar las obras –perdidas en su mayoría– de los filósofos de la Antigüedad, y por eso sabemos que el gran Teofrasto compuso más de doscientos tratados, entre los que había uno Sobre los zumos, otro Sobre el entusiasmo, otro Sobre las fatigas, otro Sobre el ahogo, otro Acerca del tumulto (hay que ser muy filósofo para filosofar acerca del ‘tumulto’), etcétera. Desde luego, Diógenes Laercio no se olvida de Platón, Sócrates, Pitágoras, Epicuro o de Diógenes el Cínico; pero lo más interesante es su esfuerzo por darnos noticia de otros filósofos menos conocidos, aunque igualmente interesantes, como Carnéades, que estudiaba tanto que no tenía tiempo para cortarse el cabello ni las uñas; o como Menedemo, “discípulo de Colotes de Lámpsaco”, que “se ilusionó tanto con la taumaturgia que se paseaba vestido con un disfraz de erinia, diciendo que había venido del Hades como inspector de los pecados”; o del mismísimo Homero, en quien –como en todos los grandes literatos– se funden la poesía, la filosofía, la teogonía y otras muchas disciplinas, y de quien recoge esta sentencia necesaria: “Voluble es la lengua de los hombres, y muchas sus historias” (Ilíada, XX, 248 y ss).

Es difícil saber por qué los poetas y los novelistas no estudian astronomía, meteorología, geografía o geología. No hay cosa que más influya en el carácter de las personas que los vientos, las lluvias, las tormentas, el frío o el calor, y esto es una verdad que cualquiera puede comprobar por sí mismo. Por esa razón es también extraño que la fenomenología de Avieno se encuentre entre los libros que (casi) nadie lee. Avieno se encomienda en sus versos científicos a Júpiter y luego describe muy líricamente cuáles son los indicios de lluvia: “si la golondrina se precipita con frecuencia trinando sobre las aguas a los primeros destellos del alba, si las ranas reiteran su viejo lamento por los estanques, si los autillos emiten arpegios melodiosos por la mañana, si la dañina corneja hunde la cabeza en aguas profundas…”, entonces “un abundantísimo aguacero se derramará desde las nubes” (Fenómenos, vv. 1700 y ss). En lo científico, Avieno es más lírico que Thompson, me parece.

Aunque Aristóteles y su ciencia han perdido algún prestigio últimamente, la lectura de sus obras sigue dando grandes horas de placer a sus seguidores, sobre todo en los capítulos donde explica cómo son los vientos y sus nombres, y si el mar ha existido siempre o no, y donde plantea la discusión sobre dónde se esconden los rayos y los relámpagos, y por qué descienden, cuando todo lo caliente asciende, y la discusión con otros filósofos por culpa de los terremotos, y si estos dejarán de producirse cuando la tierra acabe por compactarse, y otros asuntos muy principales.

Como la imaginación –dicen– es viajera, así debe serlo también el hombre de letras, al menos en los libros, y es una lástima que esquive los mapas, la geografía o los libros de viajes y descubrimientos. Mucho antes de que Marco Polo, Egeria o John Mandeville recorrieran el mundo en busca de prodigios, lo hicieron los griegos, que dejaron escritos los asombros del mundo para la posteridad en sus paradoxografías. El más antiguo de los paradoxógrafos es, según se dice, Antígono de Caristo, que recoge muchas historias curiosas de Aristóteles, de Heródoto o de Hesíodo, que decía que los pulpos se comen sus propias patas en invierno, y de otro saca que al pulpo se debe el dicho antiguo de que uno debe adaptarse y acomodarse a las costumbres del lugar al que viaje, y todo esto se dice porque el pulpo suele camuflarse y confundirse con el terreno que ocupa. Otros paradoxógrafos son Ninfodoro, Polemón, Antígono, Filón o Flegón de Trales, que cuenta varios casos sorprendentes de andróginos. Entre todos los paradoxógrafos destaca Claudio Eliano –también famoso naturalista–, cuya Varia Historia es otro de los libros que (casi) nadie lee. Su obra es un compendio tan maravilloso de embustes, patrañas, curiosidades, mirabilia y errores que parece mentira que no haya recibido más atención en nuestros días o no se haya convertido en vademécum moderno. Sin embargo, todas sus historias resultan interesantísimas: el autor se percató, por ejemplo, de que ningún artista había sido tan necio como para presentar a las musas llevando armas (XII, 2 y XIV, 37). “Esto demuestra que la vida entre las musas debe ser pacífica, serena y digna de ellas”. Esto lo dejo aquí escrito por si sirve de algo.

Como la imaginación –dicen– es viajera, así debe serlo también el hombre de letras, al menos en los libros, y es una lástima que esquive los mapas, la geografía o los libros de viajes y descubrimientos

No parece muy difícil deducir que casi todos los textos citados guardan relación con la tradición enciclopédica o, más ajustadamente, con la tradición de las colecciones de mirabilia y portentos, a veces llamadas misceláneas y de otras muchas maneras, como recuerda precisamente Aulo Gelio en sus Noches áticas. Este Gelio describe perfectamente el género al indicar que se trata de compendios “al azar […] de todo lo que me agradaba” y que convenían “al placer de una honesta erudición” (del Prefacio). Trata Aulo Gelio de muchas materias, sobre todo lingüística y oratoria, moral y costumbres, filosofía, leyes, historia y antigüedades, y ciencias curiosas; aunque son especialmente recomendables los epígrafes referidos a los habladores sin medida (tan incapaces de callar como de decir algo [sensato], en I, xv), quizá haya quien prefiera estudiar las diferencias que hay entre las olas con viento austral o con el aquilón (II, xxx), o los misterios y peligros del número siete (III, x), o tal vez las virtudes de Bucéfalo, o de cómo funciona la vista, o sobre la letra e, o aquella fabulosa historia de las jóvenes de Mileto, que, sin razón conocida, se arrojaban al mar y se suicidaban. Dice Gelio, citando a Plutarco, que solo cesaron los suicidios cuando se dijo que las jóvenes suicidas serían trasladadas a tierra desnudas y que así serían enterradas o incineradas. Por no pasar esa vergüenza, dejaron de matarse.

Tal vez habría podido incluirse también en este repaso a Celso, si no fuera porque la mayor parte de sus libros se perdieron, y a otros de menos nombre, como Solino, Marcelo o Capella, que con frecuencia se limitaron a copiar a sus predecesores. Julio Obsecuente copió también en gran medida a Tito Livio en su Libro de los prodigios.

Pero no puede concluir este repaso a las florestas, colecciones, compendios y misceláneas sin citar a un compilador de hechos noticiosos y maravillosos en el que es indispensable detenerse: se trata de Pedro Mexía, autor de la Silva de varia lección. Hay quien piensa –y no parece una idea descabellada– que, de no haberse escrito el Quijote, la obra más interesante de nuestra literatura sería la Silva. Y, sin embargo, la gran obra de Mexía es otro de esos “libros maravillosos que (casi) nadie lee”: gozó de un éxito singular, y en menos de dos siglos conoció hasta cien ediciones en media docena de lenguas. Esta es la obra definitiva en español dedicada a la “amena erudición” y, como señala Isaías Lerner, también pueden acercarse a ella quienes deseen conocer las inquietudes intelectuales y la mentalidad del Renacimiento español (aunque es dudoso que en la actualidad haya alguien en nuestro país con esos intereses tan estrafalarios). Resulta conmovedora en Mexía, desde el “Prohemio y prefación de la obra”, la moderna voluntad científica de compartir la sabiduría adquirida: “Parescióme que si desto yo había alcanzado alguna erudición o noticia de cosas […] tenía obligación a lo comunicar”. Mexía no solo se empeña en mostrarnos lo curioso, lo interesante, lo ameno o lo provechoso, sino que lo hace con talento de indiscutible narrador. No sé si alguien puede resistirse a leer la historia en la que se nos explica por qué los antiguos vivían tantos años (confirmado en el Génesis) y por qué tenían tan buena salud (“porque no había los potajes de ahora”), o la importancia del secreto, o cómo los egipcios pesaban el corazón, o la historia de la papisa de Roma, o de las amazonas, sobre Constantinopla, sobre el origen de las lenguas, por qué el hombre anda “levantado”, por qué el hombre muerto pesa más que el vivo, de todos los papas después de San Pedro, de las edades del mundo, de los templarios, de quién inventó las campanas, del que inventó los exorcismos y sacó demonios, por qué el agua fría hace más ruido que el agua caliente al caer, de la invención de las letras, de la primera librería (biblioteca) que hubo en el mundo (aparte de las bibliotecas judías, la primera biblioteca griega la fundó un Pisístrato de Atenas; en esto, Mexía sigue a Aulo Gelio y a San Isidoro), de “cuán excelente cosa es la memoria”, “de algunas cosas notables de la víbora”, de qué signo del zodíaco regía cuando se creó el mundo, y si era invierno o verano, de la bondad del dormir, de ciegos señalados o el análisis de los vientos…

Los libros de “amena erudición” han gozado de gran predicamento entre los lectores curiosos, aunque tal vez no entre los más exquisitos y filosóficos, debido quizá a su desorden característico, a la concentración en lo noticioso y extravagante, a su interés por lo extraordinario o a la escasa atención al análisis crítico. Por esta razón, bien pudiera ser que lo que a unos nos parecen libros “maravillosos” a otros les parezcan insufribles repertorios de patrañas inútiles. Eso va en la instrucción o en los intereses literarios y culturales de cada cual, y en el modo de leer también. En todo caso, no debería entenderse este mínimo repertorio como una recomendación o una sugerencia, porque uno no es quién para decirle a nadie lo que debe o no debe leer, y nunca he sido tan generoso ni tan altruista como para andar por el mundo dando consejos librescos a gentes que tendrán sus preferencias e intereses particulares que a mí no me incumben.

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José C.Vales

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4 comentario(s)

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  1. Miguel

    Sin duda cualquier listador de recomendaciones literarias lamenta olvidos involuntarios nada más emitir su veredicto. Por eso le disculpo que haya olvidado obras imprescindibles como, por ejemplo, "Los 4 Libros clásicos" de Confucio y tantas otras obras escritas más allá de Atenas o Costantinopla. Agradecido y avergonzado al mismo tiempo al descubrir cuán grande es mi ignorancia pues confieso no haber leído ni una ínfima parte de esas joyas.

    Hace 3 años 6 meses

  2. Dio

    Necio, se puede disfrutar con La Odisea o con El código da Vinci, pero nunca, por muchos millones de necios que lo compren, el segundo estará por encima del primero como lo sentimental por encima de lo real. El artículo trata creo yo a parte de obras olvidadas, de la importancia de saber, de convertirse en un polímata para ser bueno en cualquier otra área, en este caso un historiador, filósofo o literato, pero porque no, un ingeniero de caminos o un médico. El saber no se adquiere disfrutando, si no con estudio, a veces de lo que no parece que pueda aportar, pero que en un momento dado es la clave para resolver un problema. Para el autor del artículo, enhorabuena por esta retahila de imprescindibles que algunos ya conocía. El principal problema de que no se estudien ni en las carreras especializadas es porque la educación viene impuesta por un sistema posmoderno que necesita de personas como el del anterior comentario, y por desgracia tiene mucho éxito. Aunque debo decir que no hace falta que pasen 200 o 300 años para que una obra sea considerada obligatoria e imprescindible, las obras de Gustavo Bueno lo son y nos abandonó hace dos años. La teoría del cierre categorial, es el sistema de pensamiento filiosófico más avanzado que existe hasta la fecha. Y entre los clásicos se ha olvidado de nombrar La Numancia de Cervantes, obra imprescindible y olvidada por la gradiosidad del Quijote.

    Hace 3 años 6 meses

  3. Curatai

    Me ha hecho usted imaginar, con su precioso artículo, qué libros actuales leerán y qué les parecerán a las personas eruditas de dentro de veinte o treinta siglos (si es que la Humanidad no ha conseguido autodestruirse junto con el resto de la vida del planeta), y me ha entrado la risa...

    Hace 3 años 6 meses

  4. Julio Loras

    No se trata de saber de literatura, sino de disfrutar leyendo. Y, si no se disfruta, ya pueden ser buenos y tener cultura los libros: son totalmente prescindibles.

    Hace 3 años 6 meses

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