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Bendito lunes

Ángeles Caballero 22/04/2018

<p>Aramis Fuster en la televisión</p>

Aramis Fuster en la televisión

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Cuando era pequeña las monjas de mi colegio me enseñaron a valorar algunas cosas en su justa medida. “Si os pasáis los días pensando sólo en el viernes os perdéis la semana”, decían. En el fondo no era más que una forma de pedirnos más atención en clase, pero no les quito la razón. Porque llegaba el tan deseado día y a mí se me hacía un poco largo hasta que volvía a ver a mis compañeras, con esas tres horas y media que duraban mis salidas y en las que me perdía lo mejor de todas las fiestas. Veintimuchos años después ese deseado viernes ha pasado a ser el lunes.  

A mis 42 años, los viernes por la tarde son días de mercado. Llegamos a casa desde el colegio y cambiamos bolso y mochila por el carro de la compra. Plena hora punta en uno de esos epicentros de barrio que aún (y que dure) no ha sido invadido por la cosa gourmet y moderna. Porque hay que comprar fruta, la socorrida cinta de lomo que nos resolverá una cena sin complicaciones y volveré a apurarme cuando mis hijos ponen cara de pena para que el frutero les dé un plátano y el pescadero un langostino cocido (basado en hechos reales de este último viernes).

Los viernes volvemos a casa con el peso a las espaldas (el de la comida y el de la vida en general) y queda poco tiempo para hacer la cena. Por unos segundos imagino que mi ángel de la guarda, hada madrina o cualquier otro tipo de ser etéreo y celestial aparecerá y nos hará la cena, recogerá la compra y aún le dará tiempo a darme un masaje en los pies, mientras me dice que todo irá bien y que esas ojeras desaparecerán muy pronto.

Por unos segundos imagino que mi ángel de la guarda, hada madrina o cualquier otro tipo de ser etéreo y celestial aparecerá y nos hará la cena

Ayer, sábado, mientras la mitad de Instagram dormía y la otra enfocaba su móvil con el filtro ‘belleza’ para fotografiar el desayuno, yo me vestía con una mano, me hidrataba con la otra y me preguntaba a mí misma: ¿cómo se te van a ir las ojeras si el contorno de ojos te costó apenas tres euros? Crucé la ciudad y fui a la residencia a por mi madre. Me esperaba como siempre, sentada en los sillones de la puerta con el abrigo en la mano. Por un momento visualicé esos vídeos que veía de pequeña con ella en los que los polluelos esperan con la boca abierta la llegada de la madre con comida. Aquí hemos cambiado los papeles. “Mamá, nos vamos”, le dije. Ni siquiera se despidió de la de recepción, que salió corriendo detrás de mí para darme las medicinas de la comida.

Nos vinimos al barrio las tres generaciones: abuela, madre y nieta. Y sin haberlo planeado, celebramos el primero de mayo, el día de la madre y el 80 cumpleaños de la señora que me trajo hasta aquí. Mi madre, con el andar lento que da la vejez, me pidió ver escaparates. Zapatos, pasteles, bolsos y gafas. Todo le parecía poco. Hasta se paró para ver a los infelices que a esa hora no tenían otra cosa mejor que hacer que correr en una cinta en el gimnasio.

Entró en una tienda. Se probó un par de zapatos. El dependiente no necesitó probarle el pie izquierdo para ver cómo andaba con los dos. “Los quiero”, me dijo. Y mientras me disponía a pagar vino con otro par de sandalias. “Ya sabes que yo no soy de darle vueltas; y no me dé la caja, por favor, que ocupa mucho”, nos dijo. Los zapatos despertaron en ella ese hambre voraz del que lleva mucho tiempo sin comer, pero en vez de bollos quería ropa. La ropa que sigue estando en los armarios de una casa que sigue siendo suya pero que no pisa desde hace casi un año y medio.

Entramos en una de esas tiendas de barrio en las que el tiempo lleva sin pasar desde que abrieron. De esas tiendas de barrio en las que salen a tu encuentro cinco mujeres a la vez que te llaman cariño y te preguntan si vas buscando “alguna cosita”. Detecto en mi madre el asombro ante ese despliegue de atenciones, el ruido y la carcajada sonora de un sitio plagado de ropa y de señoras algo más jóvenes que ella que hablan de dietas, maridos y “lo de la Cifuentes”. Que quieren ponerse guapas pero a los que cualquier cosa les parece cara. “Me harás un descuento, ¿verdad?”, dice una en el probador, mientras la dependienta se agacha con los alfileres a cogerle el bajo del pantalón. Esa mujer era mi madre hasta hace apenas diez años.  

A la señora que me agarra el brazo empiezan a sacarle todo tipo de prendas. Vuelve a sacar la determinación que recuerdo de ella. “Eso no, que no me gustan las flores grandes ni los tigres”, dice rotunda. Mi madre y su eterno odio al print animal, me digo a mí misma. Mientras, mi hija asiste con los ojos como platos a ese oasis femenino en el que se encuentra. Me meto en el probador y la visto y la desvisto con la delicadeza de quien toca algo con respeto y con miedo a que se me rompa. La miro con ternura, la recuerdo con más kilos y con más ganas, con menos canas, paseando con su escote rotundo, como la Loren, como la Jurado, como esas mujeres rotundas a las que mi padre jaleaba siempre que podía.

“Este tipo de cortes les gustan mucho a ellas”, me dice la dependienta. “Qué bonita estás, te vamos a poner toda fashion, hecha una princesa”, insiste con voz muy alta. Mi madre se ruboriza y pone cara de que esos piropos quizá son desmedidos, pero lo agradece. Hace apenas diez años me habría mirado despreciando esos comentarios por considerarlos un burdo peloteo. “Estás muy guapa, mamá”, le digo. Miro a mi hija buscando complicidad. Ella está sentada con cara de que la cosa le aburre y que a ver si salimos de ahí porque quiere unas patatas fritas y unas aceitunas. Mi madre lo quiere todo, porque todo le queda bien, y yo saco la visa porque siempre he obedecido a mi madre, salvo cuando me dijo que los hijos y el periodismo no eran compatibles y que debía dejar de trabajar. Me pregunto si no tendré un descubierto el próximo mes, pero ella está esplendorosa, hace tiempo que no la veía tan animada.

- “Ahora me invitarás a un vermú, ¿no?”

- “Mamá, el azúcar. Que no te conviene. Si acaso una cerveza. Que luego me llaman la atención, como cuando te llevo galletas a escondidas”    

Acabo tomándome con ella de postre un perolo de arroz con leche que en el fondo no quería, pero ay, el azúcar. Piropea mi casa, ésa que ha visto tantas veces y que siempre le pareció pequeña. Quiere ver la terraza. Inspecciona las habitaciones, el baño y la cocina, por si hay algo nuevo. Me felicita por la limpieza y el orden. Me pregunto si se dará cuenta de que el sofá tiene un roto del tamaño de Detroit, pero tiene cara de niña con zapatos nuevos (dos pares, concretamente). La llevo de nuevo a la residencia y lamenta no haberse echado una cabezada en mi sofá mientras escucha de fondo la voz de sus nietos. No quiero decirle que con sus nietos ningún ser humano puede echarse la siesta, pero no debo romperle la ilusión. La dejo en esa postura que indica que estará roncando antes de que coja el autobús de vuelta.

A mi vuelta aprovecho la paz que otorga un cumpleaños infantil para sacar la ropa de verano. La alergia me visita de nuevo y me pican los ojos, pero no me tomo la pastilla que me dieron en la farmacia. ¿Pereza? No, es que soy hija de Tauro y Capricornio, Terca Premium por la universidad de la vida. Acabo el inventario y salgo de nuevo de casa. Cojo el metro y voy a por el niño. A la vuelta me espera otra vez hacer la cena y la Copa del Rey. “¿Qué tal un poquito de embutido?”, pregunto. Acabo haciendo unas pizzas y escuchando de fondo la paliza al Sevilla. Los niños se acuestan y hago zapping. Aramís Fuster, vestida de látex fucsia, dice que está amenazada de muerte porque sabe muchas cosas “a nivel político y a nivel masonería”. Me parto de risa en mi salón cuando en el fondo tengo las mismas ganas de llorar que Iniesta, que será la última imagen que veré antes de meterme en la cama. Porque mañana aún es domingo. Benditos sean los que llegan vivos al lunes, porque de ellos será el reino de los cielos. Decidme que sí.  

Autor >

Ángeles Caballero

Es periodista, especializada en economía. Ha trabajado en Actualidad Económica, Qué y El Economista. Pertenece al Consejo Editorial de CTXT. Madre conciliadora de dos criaturas, en sus ratos libres, se suelta el pelo y se convierte en Norma Brutal.

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2 comentario(s)

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  1. Jamonero

    Esa sensación....tan normal y tan extraña. Gracias por hacer sentir cosas reales. Seamos humanos

    Hace 2 años 11 meses

  2. Jorge

    Buenísimo, como siempre.

    Hace 2 años 11 meses

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