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Adelanto editorial

¿Es posible y deseable la cuarta revolución industrial?

Volcar la tecnología en el ámbito democrático es una estrategia fundamental para volver a controlar nuestro porvenir común. Prólogo del libro 'La Cuarta revolución industrial desde una mirada social'

Florent Marcellesi 16/04/2018

<p>Prototipos de robots de Honda. Tochigi, Japón</p>

Prototipos de robots de Honda. Tochigi, Japón

Wikimedia

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La cuarta Revolución Industrial despierta grandes esperanzas. Frente al descenso estructural de las tasas de crecimiento, se abre el horizonte de una nueva era económica. Para los gurús de la nueva economía, la digitalización y la robotización son el santo grial que devolverá el crecimiento, es decir –en el pensamiento dominante– más empleo para los trabajadores y más beneficio para el capital. Además, esta ola industrial lleva consigo la promesa de un mundo nuevo, e incluso de un nuevo ser humano, donde la inteligencia artificial nos traerá felicidad, bienestar y salud eternas.

Ante este panorama idílico, las voces críticas se alzan. Los sindicatos alertan de la pérdida masiva de empleos por la robotización de la economía. ¿Se convertirán en inútiles para el sistema millones de personas? Los neoludistas alertan del peligro de la invasión de la tecnología en nuestras vidas, trabajos y sociedad. ¿No sería mejor aplicar el principio de precaución ante los avances tecnológicos desconocidos? Algunos filósofos alertan de la pérdida de sentido de la vida humana frente a un nuevo ser humano modificado. ¿Sobrevivirá homo sapiens frente a sus propios inventos? Mientras tanto, los legisladores nos volvemos locos para saber cómo encajar los robots en el marco legal y fiscal.

Ante un debate de tal calado tanto a nivel económico como ético, hagámonos tres preguntas simples. ¿Es deseable esta cuarta revolución Industrial? ¿es sostenible? ¿es posible?

¿Es deseable para el empleo?

Uno de los grandes miedos de la digitalización y robotización de la economía es la pérdida masiva de empleos. Es cierto que el robot puede sustituir, y ya lo ha hecho, al ser humano en un número creciente de tareas productivas y reproductivas. La revolución industrial es de facto la historia de la mecanización del campo, la industria, los servicios y de nuestros hogares. Es muy probable que si seguimos robotizando la economía, seguirá adelante esta mutación en el conjunto de la economía y nuestra vida diaria. Por tanto, al igual que cualquier transición, seguirá teniendo un impacto sobre el empleo, su localización geográfica, su calidad y nuestra relación con el trabajo.

Pero, ¿tanto como hablar de pérdidas masivas de empleo? Si nos basamos en los análisis de Jean Gadrey, más allá de titulares catastróficos, éste no es el verdadero riesgo. Si bien la robotización destruye empleos, también los genera en otros sectores, por lo cual el balance final no ha sido en el pasado, ni tiene que ser en el futuro, negativo.

La pregunta es otra: si los robots se multiplican solo para producir más en menos tiempo, tendremos que plantearnos si nuestro único objetivo como sociedad es aumentar nuestra productividad y nuestro crecimiento material. ¿Es deseable una sociedad transformada en una gigantesca “fábrica para producir, vender y consumir” cada vez más? ¿No sería una vía más prometedora y emancipadora orientar nuestra capacidad de innovación hacia aumentos de calidad de vida y de trabajo? Esta reorientación de la economía desde la cantidad hacia la calidad podría crear empleos con sentido. Porque si bien es verdad que por ahora la robotización no ha significado el fin del empleo, sí que ha impedido la creación de millones de empleos ecológica y socialmente útiles y con sentido.

¿Y para nuestra vida diaria?

Además, en la vida diaria, nuestra relación con la tecnología sigue siendo ambigua. Por un lado, la tecnología ha supuesto una liberación, o al menos una promesa de liberación, de tareas arduas, penosas o poco agradables, empezando por el hogar y para las mujeres. Ha traído consigo un gran potencial para terminar con el hambre o las enfermedades en el mundo, gracias una producción agrícola récord y avances sanitarios fantásticos.

Al mismo tiempo, también ha acarreado nuevas brechas y servidumbres. La tecnología puede crear nuevas desigualdades: las clases digitalizadas, tanto las que ponen las bases del mundo del mañana como las que controlan el capital tecnológico, frente a las clases analógicas o menos digitalizadas. La tecnología puede ser utilizada como falsas soluciones (como los agrocomustibles, los transgénicos o la captura de carbono) a problemas que son más bien de índole política, de modelo productivo y de estilo de vida.

Además, la dependencia de la tecnología, como de las redes sociales, o su uso y control al estilo Big Brother nos enfrenta a nuevos riesgos sociales y juegos de poder. Podría ser que Black Mirror no fuera una serie de anticipación sino más bien simplemente un reflejo de nuestra realidad presente y futuro cercano. Como bien analizó Iván Illich, pasado cierto umbral, la tecnología deja de ser emancipadora y pasa a ser contraproducente. Corremos el riesgo de pasar de controlarla para nuestro bienestar a ser sus esclavos y ser controlados por ella, y por las clases digitalizadas que la controlan1.

La cuestión tecnológica es ante todo una cuestión política y democrática

Por tanto, la cuestión tecnológica es ante todo una cuestión política y democrática. ¿Para qué y por qué nos mecanizamos y utilizamos los robots? ¿Hasta qué punto queremos digitalizar la economía y nuestras vidas? Si alguien la hace, ¿quién controla los avances tecnológicos? Para responder a estas preguntas, necesitamos poner esta cuestión en el centro del debate político y democrático, y someterla a una constante evaluación y decisión ciudadana.

¿Es sostenible?

Ahora bien, en la mayoría de los discursos dominantes, ya sean alarmistas (sobre el empleo) u optimistas (sobre el potencial de la tecnología), falta una reflexión fundamental: la sostenibilidad ecológica. Tengamos siempre presente que los robots, las tecnologías de la información y comunicación, nuestros móviles y ordenadores son grandes consumidores de energía, de materias primas y de minerales. El cloud de nuestras fotos y ficheros variopintos es todo menos una nube inmaterial: son miles de servidores necesitados de energía barata y continua. ¡Consumen el 2% de la electricidad mundial! Como analiza de forma tajante y en detalle José Halloy, “en términos de energía y materiales, las tecnologías informáticas actuales no son sostenibles a largo plazo”, y aún menos generalizables, bien sea en la industria, bien sea en la vida corriente.

La carrera tecnológica hacia adelante y sin freno nos lleva a enfrentarnos a agudas tensiones y conflictos geopolíticos

Sin embargo, la carrera tecnológica hacia adelante y sin freno nos lleva a enfrentarnos a agudas tensiones y conflictos geopolíticos, económicos y sociales por el control y el uso de la energía y la materia prima, cada vez más escasas y caras, que alimentan nuestra economía digital e hipermaterial.

¿Es posible que ocurra?

No es que sea posible que ocurra la cuarta revolución industrial, es que ya está ocurriendo. Por tanto, mejor preguntémonos: ¿queremos que siga su curso? En caso contrario, ¿es posible reorientarla?

Por razones de sentido y de sostenibilidad, la cuarta revolución industrial tiene serios límites que es necesario ir resolviendo antes de llegar a conflictos de gran calado que perjudicarán a los menos poderosos y más vulnerables, hoy y mañana. Sacar la tecnología del ámbito de los expertos y volcarla en el ámbito democrático es una estrategia fundamental para volver a controlar nuestro porvenir común en base a lo ética, social y ecológicamente aceptable.

Sin embargo, ante la complejidad del sistema actual y por venir, asumamos una realidad difícil. Como dice, alto y claro, Yuval Noah Harari: “nadie puede asimilar todos los descubrimientos científicos más recientes, nadie puede predecir cómo será la economía mundial dentro de diez años y nadie sabe hacia qué estamos yendo con tanta prisa”2. Dicho de otro modo, ya que nadie entiende realmente el sistema en su globalidad, nadie sabe exactamente dónde están los frenos y, si los hay, cómo se activan3.

La cuarta revolución industrial hoy se asemeja a un tren lanzado a plena velocidad hacia un rumbo indefinido e incierto. Para que no descarrile o sacrifique a los pasajeros de segunda clase, sino más bien que transite y nos lleve a un destino solidario y ecológico, nos toca entre todas y todos, a través de un debate democrático, valorar su deseabilidad en base a su sostenibilidad, y decidir el rumbo, el itinerario, la velocidad y quién la conduce.

Notas

1. Aunque como Cifra en Matrix, podríamos decidir comernos el filete imaginario en vez de tener libertad en el mundo real. Es decir, primar el bienestar frente a la libertad.

2. Noah Harari, Y. (2016): Homo Deus. Una breve historia del futuro de la humanidad. Debate.

3. Dicho de paso, tampoco las clases digitalizadas que piensan hoy tener el control.

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Florent Marcellesi es eurodiputado de EQUO y miembro fundador de Ecopolítica. Este texto es el prólogo del libro "La Cuarta revolución industrial desde una mirada social", editado por Ecopolítica y Clave Intelectual. 

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