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Centrarse en la ordinariez belicosa de Donald Trump solo convierte los problemas políticos en problemas cosméticos o de etiqueta de una forma muy sutil

Ben Davis (The Baffler) 4/04/2018

<p>Caricatura de Donald Trump.</p>

Caricatura de Donald Trump.

Luis Grañena

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La milenaria tormenta política que ha suscitado la presidencia de Trump ha chocado de lleno contra la fábrica de comentarios en caliente de los medios de comunicación. El resultado, como sabe cualquiera que haya leído casi cualquier cosa en el último año, es un estallido sin precedentes del criticismo cultural en torno a Trump. Desde los exasperantes regodeos narcisistas de los programas cómicos nocturnos, hasta los comentarios en caliente de la sección de estilo, pasando por las metódicas diatribas de las revistas de teoría del arte, el ecosistema mediático en su conjunto se ha convertido en un referéndum ininterrumpido sobre el significado de Trump. En marzo, la revista New York satirizó y disfrutó con algo que acuñaron como un “insta-ángulo”, al titular una reseña cinematográfica como “Parar de decir que todas las obras de arte son sobre Trump; solo El bebé jefazo es sobre Trump”.

En medio de toda esta bruma mediática, cada vez es más difícil distinguir los análisis serios de los desahogos que solo complacen a quienes los escriben. Y la verdad es que en esta época de confusión, se pueden albergar dos pensamientos aparentemente contradictorios de forma simultánea. El primero es que Trump es realmente un espectáculo andante particularmente terrible y alarmante; como lo describió Masha Gessen poco después de la inauguración, su estrambótico carisma representa “un vocabulario estético diferente al de cualquier otro candidato del que se tenga memoria”. Y eso merece una atención muy especial.

Pero el segundo pensamiento es que concentrarse en exclusiva en los excesos personales de Trump no hace sino reflejar la superficialidad de la política liberal dominante y la arraigada obsesión de los expertos por considerar la personalidad y la óptica como las fuerzas motrices de la política. Esa miopía salió cara durante las elecciones, cuando el consenso entre los medios era que Trump estaba demasiado alejado del estándar, culturalmente hablando, como para conseguir el apoyo mayoritario que finalmente acabó consiguiendo. Y ese es uno de los elementos que hacen que este tipo sea diabólico: en tanto que personalidad política, es tan excesivo, y lo que hay de malo en él es tan evidente y gratificantemente risible, que consigue repeler los análisis complejos acerca del sistema que lo ha hecho posible. En ese aspecto, la prensa cultural ha demostrado ser especialmente vulnerable a caer en el vicio de considerar las cuestiones políticas en términos de gustos personales, ya que su propia naturaleza tiende a otorgar más valor de la cuenta al estilo y a las marcas.

“Para el multimillonario magnate inmobiliario, el oro de esa silla significa ‘ganar’, tener ‘éxito’ y ser ‘grande’”, arremetió el autor William Vaillancourt en un ensayo titulado El gran destructor: el desprecio de Donald Trump por la estética, que escribió para The Progressive. “En su torpe y nulo intento por ser el centro de la idolatría, Trump ha sido incapaz de ver lo que ven todos los demás: que existe otro tipo diferente de grandeza. Todo lo que brilla no es oro. Las cualidades que definen el arte y las humanidades (matices, humildad, reflexión y apreciación) están diametralmente opuestas a la forma que Trump tiene de comportarse”. 

Es un insulto realmente mordaz, aunque no sea un análisis especialmente profundo sobre el evento que dio pie al ensayo: la propuesta para retirar la financiación del Fondo Nacional para las Humanidades y del Fondo Nacional para las Artes. El presupuesto de Trump no lo ideó él solo a partir de un “desprecio por la estética” personal y profundo, sino que incorporaba, casi literalmente, las recomendaciones del grupo de reflexión libertarian The Heritage Foundation. Suprimir la financiación estatal de las artes es un objetivo al que esa organización antigubernamental le tiene mucho apego desde hace ya décadas, y Trump no ha hecho más que seguirles el juego. El poder explicativo de su gusto por las sillas de oro es únicamente circunstancial. 

concentrarse en exclusiva en los excesos personales de Trump no hace sino reflejar la superficialidad de la política liberal dominante y la arraigada obsesión de los expertos por considerar la personalidad y la óptica como las fuerzas motrices de la política

Y ahora, fijémonos en cuáles son los vínculos concretos del gobierno de Trump con las instituciones artísticas, a través del claro ejemplo que representa la relación que existe entre la imagen que emana del populismo trumpiano y su composición real. A la postre, también dice mucho sobre los límites de la crítica estética como forma de análisis político.

La codicia es buen arte

Trump no entiende de arte. Este es uno de los postulados de la etiqueta #resistencia, y es cierto e incierto al mismo tiempo. En Trump: El arte de la negociación, su libro de autoayuda / tarjeta de visita, se nos obsequia con una ventana abierta a su vida como negociador durante la década de 1980. En ese libro, además de un animado relato hora por hora de sus aventuras, encontramos esta historia de valor incalculable:

14:45. Un amigo mío, un pintor con mucho éxito y muy conocido, me llama para saludarme y para invitarme a una inauguración. Me encanta este tipo porque, a diferencia de los otros artistas que he conocido, no es para nada pretencioso.

Hace algunos meses me invitó a pasarme por su estudio. Estábamos hablando tranquilamente cuando de repente me soltó: “¿Quieres ver cómo gano veinticinco mil dólares antes del almuerzo?”; “claro”, dije yo, sin tener ni idea de a qué se refería. Entonces cogió un gran cubo de pintura y arrojó un poco sobre un lienzo que estaba estirado sobre el suelo. Luego cogió otro cubo, de un color diferente, y vertió también un poco de ese sobre el lienzo. Hizo lo mismo cuatro veces y tardó en total quizá unos dos minutos. Cuando terminó, se giró hacia mí y me dijo: “Bueno, pues eso. Acabo de ganar veinticinco mil dólares. Vamos a almorzar”.

Estaba sonriendo, pero al mismo tiempo hablaba completamente en serio. Lo que quería decir era que muchos coleccionistas no sabían cuál era la diferencia entre el arte que tarda dos minutos en hacer y las pinturas que realmente le importan. Solo estaban interesados en comprar su nombre.

Siempre me pareció que una gran parte del arte moderno es una estafa, y que los pintores que más éxito tienen son a menudo mejores vendedores y promotores que pintores. A veces me pregunto qué pasaría si los coleccionistas supieran lo que yo descubrí esa tarde sobre mi amigo. ¡El mundo del arte es tan ridículo que la revelación podría hacer incluso que sus cuadros aumentaran de valor! Aunque no es que mi amigo vaya a correr el riesgo de averiguarlo.

La anécdota es quizá demasiado buena; es sabido que Tony Schwartz, el coautor de El arte de la negociación adornó el libro de forma vistosa, aunque he hablado con gente que estuvo allí, en el epicentro del mundo artístico que preconizaba el ‘vamos, vamos, dinero, dinero, dinero’ de la década de los 80, y me dicen que el pintor existe de verdad. Pero aquí le vemos cultivar, a pequeña escala, su extraña imagen de magnate populista. La élite cultural miente (“el arte moderno es una estafa”), y Trump es el tipo que lo dice con todas las letras, porque lo ha visto desde dentro.

Hasta se podría decir que Trump aprendió del arte una valiosa lección sobre los negocios: “Solo estaban interesados en comprar su nombre”, decía asombrado sobre su amigo pintor. Tras fracasar como zar de los casinos, la Trump Organization terminaría por ganar al menos 59 millones de dólares patentando el “nombre Trump”, según The Washington Post.

Pero el argumento debería ser que ese aspecto del arte no es ni mucho menos un invento. Wall Street, la síntesis efectista del torbellino de depravación yuppie de esa era –que llegó a los cines el mismo año que Trump: el arte de la negociación– es una fábula sobre el mismo tiempo y lugar: “¿Este cuadro? Lo compré hace diez años por sesenta mil dólares. Hoy en día vale seiscientos mil”, presume Michael Douglas, mientras que Gordon Gekko profetiza: “La codicia, a falta de una palabra mejor, es buena”. “La ilusión se ha vuelto realidad y cuanto más real se vuelve, con más desesperación se desea. Capitalismo absoluto”. En gran medida, esa era la imagen que la escena artística de Nueva York irradiaba en esa época.

A menudo se dice, y es verdad, que Trump dice en alto lo que ya venía insinuando desde hace tiempo el partido Republicano, y también que sustituye la actual política del doble lenguaje por un racismo directo y clamoroso. En ese sentido, Trump es, al mismo tiempo, un paso más en la dirección de la política de siempre y el producto refinado de la misma. Lo mismo se puede decir de su relación con la “élite cultural” a la que se opone de forma tan hábil. Toda esa retórica liberal exagerada sobre las virtudes innatas del arte (matices, humildad, reflexión, apreciación y todo eso) ha sido con mucha frecuencia el envase políticamente correcto tras el que se ha escondido mucho engreimiento sin examinar, mucho postureo social y pura codicia mercenaria. Solo que resulta de mala educación decirlo en el cóctel. La idea de que hay algo sospechoso en toda esa retórica sobre el gusto perfecto no es una conspiración que Trump haya sacado de Infowars. Ese contagio provino en concreto de la élite del mundo artístico de Nueva York.

1600, Quinta Avenida 

A los seguidores de Trump se los conoce como “la pandilla de la Quinta Avenida”, que puede sonar afectado, pero se refiere en realidad al infame discurso que Trump pronunció en enero de 2016, y que fue una invectiva contra la cultura con un adorno especialmente belicoso: 

A menudo se dice, y es verdad, que Trump dice en alto lo que ya venía insinuando desde hace tiempo el partido Republicano, y también que sustituye la actual política del doble lenguaje por un racismo directo y clamoroso

“Los estadounidenses trabajadores son mucho más listos que cualquiera de esos eunucos ideológicos en toda su gloria pontificadora. Es verdad. Mi gente es tan lista. ¿Y sabes lo que también dicen de mi gente las encuestas?: dicen que tengo la gente más leal. Que podría ponerme en medio de la Quinta Avenida, disparar a alguien y no perdería ningún voto, ¿vale? Es increíble”. 

Una legítima razón para que el debate gire en torno a la estética chabacana de Trump podría ser que sirve para explicar por qué Trump apela al culto de los “estadounidenses normales que trabajan duro” (léase: la clase trabajadora blanca perjudicada). “Con su estilo ambicioso pero indisciplinado del tipo ‘solo se vive una vez’, Trump es un avatar de aquellos que son plenamente conscientes de la evanescencia del dinero”, sugería Justin Gest en The Guardian. Allison Coffelt, por su parte, teorizaba en The Los Angeles Review of Books que la clave del atractivo de Trump radica en su incorporación del “kitsch”, y en la apelación que hace al espectáculo emocional simplista y a la hostilidad contra el tinte elitista. “No todos los partidarios de Trump ignoran estas complejidades”, explicaba. “Aun así, muchos de ellos (sobre todo los que consiguieron que saltara al primer plano en un principio) todavía prefieren, ya sea de manera inconsciente o no, aceptar su mundo kitsch y su discurso simplista de nosotros contra ellos”.

Por muy seductoras que sean estas tesis, podrían representar en sí mismas un análisis del fenómeno Trump más bien falto de matices. Después de las elecciones, The Guardian brindó el siguiente consuelo: “Lejos de ser únicamente una revuelta de los blancos más pobres y marginados contra la globalización, que ciertamente votaron de forma más mayoritaria en esta ocasión que por el candidato republicano en 2012, la victoria de Trump también se basa en el apoyo de la clase media, de las personas con un nivel educativo más alto y de las clases acomodadas”. Parece como si comprender el mítico atractivo transversal que ha tenido el magnate entre los marginados sea tan importante como comprender que los votantes republicanos tradicionales se han movilizado en su apoyo.

Ahora que está en el poder, ¿qué representan las fuerzas conjuntas del trumpismo, culturalmente hablando? En un cierto sentido, esta constelación justifica sin duda las evaluaciones más aterradoras de El cuento de la criada sobre el programa de guerras culturales del gobierno. Al tipo le encantan los militares rudos y los demagogos evangélicos. Eligió personalmente como vicepresidente, de entre un abanico de opciones, a Mike Pence, un converso y antiguo locutor de radio que presentaba un programa de debate, que se describe a sí mismo como “Rush Limbaugh sin cafeína”. Las genuinas guerras culturales de Pence son intachables: ahora su misión en la vida es convertir en un infierno la existencia de las personas LGBTQ y promover la planificación familiar. Que su mujer, Karen Pence, sea, según la Casa Blanca, una “acuarelista galardonada” y que su causa personal sea defender la terapia artística es poco probable que sirva para consolar a los que temen una tiranía kitsch. (De hecho, su apoyo ha producido una verdadera fisura entre los arteterapeutas). 

Sin embargo, en los círculos más externos que rodean a Trump, el perfil cultural se vuelve más complejo. La secretaria de Educación Betsy DeVos forma parte de una familia cuya financiación ha respaldado el auge de la derecha cristiana moderna, que ha vapuleado a los sindicatos en Michigan y que ha empoderado profusamente las causas anti-LGBTQ. Así y todo, es una guerrera cultural que ama el arte, y hasta en su biografía personal se menciona su “continuado interés por el arte y el diseño”. Su hijo, Rick, fundó ArtPrize, un popular concurso de arte de la ciudad de Grand Rapids que atrae una multitud de visitantes. Si tenemos en cuenta los círculos tradicionalmente más intelectuales, el antiguo director del Kennedy Center para las Artes Escénicas describió una vez a Betsy DeVos como “la mejor miembro de la junta directiva que he tenido nunca”. En 2010, ella y su marido les hicieron un regalo de 22,5 millones de dólares, la mayor donación privada de la historia de esa institución hasta entonces, que derivó en la creación del Instituto de Gestión Cultural DeVos.

El Instituto DeVos se ha centrado en aplicar al mundo artístico sin ánimo de lucro, con fama de indisciplinado y con problemas de liquidez, los rigores de una buena gestión; “los servicios del Instituto DeVos son eficaces, directos y prácticos”, se jactan. Si tenemos en cuenta que esas instituciones se enfrentan a una verdadera crisis de financiación, parece que se trata de un área estratégica de filantropía. Dentro de una generación, una buena parte de la infraestructura cultural podría estar configurada por gestores formados en el Instituto DeVos. La organización presume también de su compromiso con “desarrollar las capacidades de las organizaciones culturales que poseen una especificidad cultural”, aunque hasta la fecha su mayor acercamiento a la fama fue un estudio de 2015 fuertemente disputado que afirmaba que, más bien, habría que sacrificar a las organizaciones culturales dirigidas por minorías, porque no hay suficiente dinero para todos; en lugar de otorgar pequeñas becas a muchos beneficiarios, “puede que los patrocinadores obtuvieran mejores resultados si concentraran sus becas en un número limitado de organizaciones”.

Las credenciales culturales de DeVos son insignificantes en comparación con las de Wilbur Ross, el autoproclamado banquero multimillonario (también conocido como “el rey de la bancarrota”) reconvertido en secretario de Comercio. Él y su mujer dijeron a Forbes en 2013 que eran “yonquis de museo” y habituales en las subastas de Christie’s y Sotheby’s. En 2013, una de las estimaciones más conservadoras calculaba que poseían 150 millones de dólares en obras de arte, entre las que figuraban una colección de cuadros de Magritte y una selección de arte contemporáneo chino. Ross también aparece de fondo en la obra apropiadamente titulada 100 USD del artista chino Liu Bolin, una obra con la que el artista pretendía plantear cómo los dólares estadounidenses se han convertido en “una nueva religión en el mundo actual”.

¿Qué nos dicen estos vínculos de alto standing sobre las características generales del populismo de Trump? Su círculo próximo de facilitadores está formado por personas que no solo son megamillonarios sino sofisticados convencidos

Así y todo, puede que el actor con mayores conexiones artísticas dentro de la esfera de Trump sea su director de financiación de campaña, Steven Mnuchin, actualmente secretario del Tesoro. “Lo primero que diría la mayoría de los corredores de Wall Street sería que lleva la negociación (y un cierto nivel del glamour de Manhattan) en la sangre”, escribió el Wall Street Journal en 2009. Su padre, también exbanquero de Goldman Sachs, dirige una de las galerías más ostentosas de Manhattan, la Mnuchin Gallery, conocida por exhibir obras modernistas solventes y sofisticadas, además de las obras del venerado artista conceptual afroamericano David Hammons. El joven Mnuchin cuenta con una extensa colección de arte, que incluye la “participación” en un cuadro de Willem de Kooning valorado en millones de dólares. Su mujer, Louise Linton, quedó totalmente en ridículo cuando se hizo célebre por alardear de sus #marcas de diseño en Instagram; y también por jactarse ante Town & Country de “contemplar anillos mientras estaba en Miami para asistir a la Art Basel”.

Sin embargo, lo más significativo es que Mnuchin es notorio por pertenecer a las juntas directivas de varios museos, entre las cuales estaba hasta hace poco el Museum of Contemporary Art de Los Ángeles, puesto del que dimitió tras las elecciones. Lo que hizo fue poner ese pasado al servicio de Trump. Como relató Los Angeles Times cuando fue designado por primera vez para ocupar el puesto de director financiero de campaña, “Mnuchin dijo que no tenía experiencia recaudando dinero para una campaña electoral, pero un historial de hacerlo como parte de su trabajo en juntas benéficas”.

¿Qué nos dicen estos vínculos de alto standing sobre las características generales del populismo de Trump? Su círculo próximo de facilitadores está formado por personas que no solo son megamillonarios sino sofisticados convencidos. Debería resultar evidente, pero el grotesco numerito de Trump parece conseguir que la gente se olvide: la proximidad al refinamiento no es una puerta abierta a una ideología progresista. Presuntamente, los miembros del círculo de Trump conocen cuál es su propia agenda y no están especialmente preocupados por el qué dirán para llevarla a cabo, ya sea arrasar las escuelas (DeVos) o conseguir el mejor trato posible para las corporaciones y los ricos (Mnuchin).

Esas élites culturales se sumaron al gobierno de Trump tiempo después de que hubiera hecho sus declaraciones más zafias: llamar a los inmigrantes mexicanos “violadores”, o decir lo de “agarrarlas por el coño”. Hasta la fecha de este artículo, han permanecido a su lado, literalmente, mucho después de que comenzara a coquetear de manera evidente con los neonazis. Por eso ellos sí que son la verdadera pandilla de la Quinta Avenida.

La primera dama de la Art-Right

Durante la primera parte de 2017, los medios rebosaban de especulaciones sobre el futuro del gobierno de Trump. ¿Se inclinaría por la corriente Ivanka-Jared, o sería la corriente Bannonista, armada con Breitbart News, la que se apoderaría de los corazones enfermos y de los cerebros purulentos de la Casa Blanca? Y aquí es dónde la cuestión estética, de entre todas las posibilidades, se vuelve complicada e interesante.

Ivanka y Jared, al contrario que su padre, se han mostrado terriblemente preocupados por congraciarse con el público más sofisticado. Asociarse con una colección vanguardista de arte contemporáneo representa una parte importante de su marca. Hasta la casa de la pareja, como se puede apreciar en el obsesivamente cuidado muro de Instagram de Ivanka, es diáfana y elegante, y está adornada con obras de célebres “chicos malos” del arte contemporáneo: Alex da Corte, Dan Colen, Alex Israel, Nate Lowman o Christopher Wool. Mientras paseaba y exploraba el nuevo feudo de la familia en Washington, Ivanka aprovechó para buscar “me gusta” en las redes sociales y publicó una entrada desde la Obliteration Room de Yayoi Kusama en el Museo Hirshhorn.

En enero, el gusto de JarVanka por el arte transgresor produjo una de las muestras menos convencionales del reciente activismo artístico. A Richard Prince, un artista que se hizo famoso en la década de 1980 por fotografiar de nuevo las imágenes del vaquero de Marlboro como si fueran arte hecho por él, le ha dado ahora por reventar las imágenes de Instagram de otras personas e imprimirlas sobre lienzo. Evidentemente, el asesor artístico de Ivanka pensó que eso sería perfecto para su cliente, así que contactó al artista en 2014 y le pidió que seleccionara una de sus fotos y le diera el toque Prince, que es una especie de arte conceptual personalizado o una forma de retratismo social característico de esta era de redes sociales. Prince eligió una imagen de ella mirando su teléfono mientras la maquillaban.

Sin embargo, pasadas las elecciones, Prince se lo pensó dos veces y no quiso que le asociaran con los Trump. Devolvió los 36.000 dólares que había aceptado por el retrato de Instagram y declaró que la obra ya no era suya, más o menos igual que antes había aceptado la imagen y declarado que era suya. En concreto, lo que hizo fue publicar una foto de Ivanka sujetando la obra incriminatoria y agregó la leyenda “Esta no es mi obra. No la hice. Lo niego. Lo denuncio. Esto es arte falso”. La retirada de autoría de Prince supone un absurdo vuelco en la historia del amigo pintor de Donald Trump diciendo que los coleccionistas “Solo estaban interesados en comprar su nombre”

De cualquier modo, aquí no sirve la ecuación mal gusto igual a mala política. Más aún, la percepción entre el público sobre el vínculo de Ivanka con la alta cultura es tan positivo que The New York Times dedicó todo un artículo a reflexionar: “¿Intervendría Ivanka Trump si su padre eviscera la cultura?”

Mientras tanto, el bando militante antiglobalista, los Bannonitas, se han apropiado del reconocimiento por la cruzada de extrema derecha más radical de Trump: el “veto musulmán”, atacar a los miembros transgénero del servicio militar, etc. “Activar el odio” es una de las frases más características de Bannon (¡que además iba dirigida a los republicanos!). En lo que al gusto se refiere, Bannon está resentido presuntamente por sus raíces católicas obreras. Cuando actuó como documentalista político (en el documental La Invicta sobre Sarah Palin, que dirigió en 2011), Bannon afirmó que sus influencias estéticas eran el improbable trio formado por Sergei Eisenstein, Michael Moore y Leni Riefenstahl. Pero cuando se trata de bellas artes, se le conoce por poseer un cuadro de sí mismo vestido de Napoleón, que le regaló un fan, el líder del Brexit, Nigel Farage.

Solo hay que desplazarse por los archivos de Breitbart News, la máquina mediática de la extrema derecha de la que Bannon era y es de nuevo el director ejecutivo, tras haber sido expulsado de su cargo en el gobierno de Trump, para ver que el arte solo aparece como un ejemplo de la decadencia liberal. La página es radicalmente estrecha de miras y está destinada a grupos muy concretos con el objetivo de alimentar la rabia populista entre la extrema derecha. (Sabiendo que Bannon, en su época como banquero de Hollywood, hizo un montón de dinero con los restos de Seinfeld, me sorprende que nadie haya escrito el inevitable artículo de opinión sobre la “Estética Seinfeldiana de Breitbart News”, o como caricaturiza las polémicas más insignificantes y las transforma en parábolas sobre la locura de la élite metropolitana).

Pero el quid de la cuestión es este: Breitbart y una buena parte de la campaña de Trump fueron ambos financiados por la multimillonaria familia Mercer. Mientras que los Trump son entusiastamente públicos, los Mercer, hasta hace poco, habían sido discretos. Robert, el padre, es un frío libertario que ganó cientos de millones de dólares en el fondo de alto riesgo Renaissance Technologies. A su hija mediana, Rebekah, la han denominado la “primera dama de la Alt-Right.”

Y resulta que fue Ivanka y Jared quienes tomaron la iniciativa de contactar a Rebekah Mercer para solicitar su apoyo económico, mediante almuerzos en la Trump Tower con ensaladas y sándwiches. Y fue Rebekah Mercer la que, a su vez, atrajo a Bannon y a Kellyanne Conway al equipo de Trump durante la campaña electoral, con el objetivo de afinar los mensajes de odio. De acuerdo con The Washington Post, “Ivanka y Rebekah conectaron gracias que las dos son madres de hijos pequeños e hijas de padres ambiciosos y con éxito”. Esta cultura afín de engreimiento convencido es el auténtico elemento cultural de cohesión en el trumpismo.

Los Mercer son conocidos por organizar fastuosas fiestas de disfraces en su casa de Long Island, The Owl’s Nest, que son auténticos festivales conservadores solo para invitados. La temática del festejo postelectoral fue “héroes y villanos”: Conway se presentó vestida de Superwoman; Bannon y Trump iban de ellos mismos. Un año antes, la temática había sido el fin de la II Guerra Mundial. Los Mercer trajeron reliquias de museo para disfrute de los invitados, entre las que había un pedazo del acorazado USS Arizona recuperado de Pearl Harbor. (Ted Cruz iba vestido de Winston Churchill). También tienen un superyate, The Seal Owl, valorado en 75 millones de dólares y diseñado a medida con un equipamiento que incluye una lámpara de araña Dale Chihuly de cristal veneciano y unos murales de trampantojo personalizados. La revista Boat International señaló: “Aunque la decoración es lúdica, nunca llega a ser kitsch.”

Los Mercer son más que bienvenidos entre la clase alta de Manhattan, de hecho, habitan en las esferas más estiradas de la ciudad, culturalmente hablando. Han sido mecenas de la Frick Collection, del Metropolitan Museum, del American Museum of Natural History (lo que supone una suerte de escándalo, ya que también son una importante fuente de financiación de los negacionistas climáticos) y del Central Park Conservancy.

“Lee todos los artículos y llama cuando encuentra errores gramaticales o erratas”, contó “alguien de dentro” a The New Yorker sobre la participación de Rebekah Mercer en Breitbart. En definitiva, el lado más desagradable de la actual guerra cultural está patrocinado por las mismas personas que ocupan los estratos culturales más altos de Manhattan.

Error de diseño

Uno de los géneros preferidos de la crítica artística en torno a Trump se puede apreciar en el análisis que realizó el virtuoso diseñador Peter York en un artículo que escribió para Politico Magazine: “El mejor descriptor estético del aspecto de Trump, en mi opinión, es el estilo dictador”, afirmó York, y con eso establecía una Gran teoría unificada de la estética despótica, basándose en su estudio de personajes que iban desde Nicolae Ceaușescu a Saddam Hussein. “Con su mesa comedor con incrustaciones de mármol, sus techos pintados y sus florituras de oro literalmente por todas partes”, concluyó, “la estética de Trump lo sitúa más en la tradición visual del presidente de Turkmenistán, Saparmurat Niyazov, que erigió en Asjabad una enorme estatua giratoria de oro a su imagen y semejanza, que de la convención modesta y el traje gris de los líderes democráticos occidentales”.

El foco autocomplaciente sobre el mal gusto de Trump es tentador, pero obsesionarse con él es una trampa. Por regla general, solo sirve para rebajar el nivel del debate

Como suerte de híbrido entre psicología pop y consejo de decoración de interiores, resulta bastante divertido, pero también se aprecia toda la debilidad del género. Cuando se trata de ver lo que hay detrás de la brillante cortina dorada y de echar un vistazo al término positivo implícito, la alternativa con la que comparas a Trump, lo que hay, es… la “¿convención modesta y el traje gris de los líderes democráticos occidentales?” ¿El asfixiante más de lo mismo de la política neoliberal? Y viéndolo así, resulta que el nivel de argumentación era, casi literalmente, superficial. 

El foco autocomplaciente sobre el mal gusto de Trump es tentador, pero obsesionarse con él es una trampa. Por regla general, solo sirve para rebajar el nivel del debate. Aunque pueda parecer extraño, ayuda a su adversario porque enmarca las tóxicas y alarmantes políticas de la Casa Blanca dentro de un discurso de “gandules contra esnobs” que sirve en realidad para elogiar a Trump (¿quién quiere estar del lado de los esnobs?). Sin embargo, en líneas generales, analizar la estética personal del personaje podría verter luz sobre ciertos aspectos del atractivo de Trump, pero igual de fácilmente podría empañar el fenómeno más amplio del trumpismo, que tiene sus raíces tanto en el museo como en la megaiglesia y que obtiene casi el mismo poder de los sofisticados cínicos que de los sans culottes.

A menudo, la crítica estética de la política comienza por considerar al estilo como un síntoma de una dolencia más grave. El peligro es que a menudo termina confundiendo los síntomas con la enfermedad. La prisa por condensar todo lo que nos ha traído hasta aquí: el deterioro institucional generalizado, la corrosiva desigualdad, la fragmentación social y cómo se aferran el racismo y los oligopolios a la política estadounidense, y transformarlo todo en un referéndum sobre la ordinariez belicosa de un hombre, Donald Trump, no hace sino convertir los problemas políticos en problemas cosméticos o de etiqueta de una forma muy sutil. Si alguien se imagina a Trump como un aguafiestas grosero, no tiene que preguntar si es la fiesta lo que está corrupto.

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Este artículo se publicó en inglés en The Baffler.

Traducción de Álvaro San José.

 

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Autor >

Ben Davis (The Baffler)

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