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Una inspección casi sentimental

El autor del artículo ‘Los gatos de Estremera’ cuenta sus impresiones al ser interrogado por su texto literario en Instituciones Penitenciarias

José Ángel Hidalgo 4/04/2018

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El pasado lunes a las diez de la mañana, tras una semana de mucho trance y dudas, fui interrogado en la Inspección de la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias; y tengo que deciros que me siento raro tras el encuentro, no como si hubiese pasado por la madrileña Casa de Correos en los años cincuenta, hombre no, ni mucho menos, pero el caso es que raro sí que estoy. 

Oscilo sin pausa, pierdo pie, me siento nada más que regular… tirando a mal. Oye, me dicen las voces amigas, que acabas de conmover a mucho personal. Y eso es bueno, muy bueno, porque has sido un escritor valiente, me reiteran. Pero yo les digo, haciéndome un poco de querer, “pues no sé si me ha merecido la pena. Estos líos…” 

No te preocupes, me piden, no va a pasar nada, tranquilízate. Bueno, vale, mi deseo a lo largo de esta semana ha sido siempre el de estar contento y agradecido ante semejante cosecha de expectación y elogio; sobre todo de mis compañeros, y solo por eso he de estar satisfecho, sí, pero es que no me “hallo” tras el encuentro con los inspectores, insisto, creedme, que es así. Zozobro hora a hora, sin remedio o cura, y en este mismo momento, cuando escribo estas líneas, no me siento bien...

Pero os voy a contar cómo fue la entrevista. Lo que sea prudente revelar, claro, sin drama, con buen tono, a ver si así me voy estabilizando.

Todo empezó temprano, a eso de las ocho de la mañana. ¿Sabéis que desde la ventana de mi casa veo la Secretaría General donde fui interrogado el pasado lunes? 

Ellos no lo saben, pero a menudo les observo. Tengo unos prismáticos excepcionales, alemanes, usados en la Segunda Guerra Mundial: menudas lentes hacían los nazis del carajo…

Sí, la cosa ya empezó bien: desde la ventana, obsesionado, casi sin dormir durante toda la noche, aproveché a tope la luz diurna y enfoqué el aparato. Llegué a ver, y esto solo es alucinación, cómo preparaban el interrogatorio: observé la profesionalidad, la diligencia con que leían mi artículo antes de entrevistarse conmigo. Se prepararon a conciencia: Los Gatos de Estremera, vaya, vaya, je, je, venga, al tajo que a éste le vamos a “crujir” a fondo, pensaba yo que se decían los inspectores; y los veía pasear animados de un lado a otro del despacho, con buena disposición pero sin hacer aspavientos, es verdad, muy comedidos con dos folios en la mano (mi artículo) y eso, su comedimiento, no sé por qué, me intranquilizó aún más. 

Si braceasen con enfado, me dije, si lanzaran puñadas al éter sobre mi jeta fantasmal de pequeño funcionario; si me dedicaran epítetos como follonero o retonto, que es lo que soy, al menos luego, ya desahogados, me tratarán con mucha más humanidad, pensaba yo muerto de miedo. 

Sí, tengo que decíroslo, me descompuse del todo al pensar en ese tercer grado que me esperaba. Ya eran las diez menos veinte; besé con prisas a mi mujer antes de salir por la puerta y dirigirme a la Secretaría General, muy nervioso, tanto que se me cayó el móvil dentro del cubo de la basura sobre el que ella estaba vaciando ruidosamente un plato a golpe de tenedor. Bueno, la que se armó.

Todo el mundo me ha dicho estos días de trance y dudas que soy un valiente. Tengo que aclarar que en realidad soy más obediente que valiente, aunque tenga mis salidas, novelas y rarezas. Escribir Los gatos de Estremera ha sido una de ellas. Pero vamos a lo que vamos, y ya estamos todos dentro, incluido mi abogado, ante la Inspección.

No fueron hostiles o capciosos: se comportaron con inteligencia

Partiendo del hecho de que yo era el autor del escrito titulado Los Gatos de Estremera, con mucha diligencia comenzaron a desmenuzar el texto. Pusieron cadencia en las preguntas, con intervalos que permitían respirar a mi mente con sonidos como de fuelle viejo, quejumbrosa, cansada del trajín de estos días. No fueron hostiles o capciosos: se comportaron con inteligencia, duros pero mostrando respeto al “hecho” literario de mi artículo, es cierto. Y eso se lo he de agradecer. 

Pensaréis que tengo síndrome de Estocolmo (de pequeño funcionario que se ha portado mal y aguarda el castigo) o algo así. Pero no: soy sincero. Pasaban los minutos, y yo, aunque con los nervios hechos trizas, me iba sintiendo cada vez más animado al ver cómo un texto mío ocupaba tanta atención y esfuerzo de la Administración. Lo digo de verdad. 

Y lo siento, pero hasta aquí puedo contar.

Bueno, habéis de creerme, me ha gustado defender mi artículo, responder a las preguntas, pues el caso es que casi se me había olvidado mucho de lo que había escrito, así es, y de esta manera, puesto que ellos se lo sabían casi de memoria, puesto que lo habían sometido al foco de un microscopio verbal (como quien disecciona con gusto las entrañas de una rana), me lo han recordado de giro a frase, de bazo a tripa, a golpe de pregunta y remate lúcido… con reflexión. 

En ese sentido ha sido un auténtico placer escucharme “a mí mismo”, denunciando en ese despacho gris pero confortable, un despacho pequeño pero con su “aquél” de alta planta ministerial, mi sentimiento de tristeza, mi soledad laboral en un humilde módulo carcelario, y mi vergüenza política, claro, en una dependencia con buen nivel mobiliario, y muy confortable, que yo, como sencillo trabajador del establecimiento Madrid VII (Estremera), ni siquiera puedo soñar algún día con ocupar. 

Vaya, es que en el fondo pienso que ha gustado entre los funcionarios de la Secretaría General Los gatos de Estremera. Hombre, no voy a lanzarme a decir que les haya emocionado, pero estoy convencido de que han puesto en estima (¡y mucho!) su valor artístico, pues es que allí no se paraba de hablar de tropos, metáforas y alegorías con licencia para crear. 

Llegó un momento en que pensé si no me estarían interrogando en una imaginaria Secretaria General de Instituciones LITERARIAS. Pues sería estupendo que alguien crease ese novísimo departamento ministerial.

Pero ese encuentro concluyó. Y ya casi en la calle va mi abogado y de golpe y porrazo me transporta a la realidad desagradablemente… como hacen con el pobre Morfeo en Matrix. Que esto ha sido tan solo una información previa, me suelta, y que a lo mejor incoan expediente disciplinario, ay, y ya tomo conciencia de la realidad y veo afuera las cámaras y los micrófonos esperando mi salida, aguardando mi crucifixión, y vuelta a decir que no soy un perro, ni un gato siquiera, que tengo mis derechos, cosas obvias, tanto como que tengo libertad para pensar. 

Y entonces se me viene de nuevo encima el mundo, y me alejo buscando mi casa, mi mujer, caminando ligero, y cuando llego no tengo ganas ni de ponerme a comer. Me abraza, pero me desembarazo de ella, casi histérico, pues se me ocurre pensar que tengo los prismáticos a mano, las magníficas lentes bañadas en nitrógeno alemán, y que desde mi ventana puedo observar al milímetro qué pasa en la Secretaría tras la citación. Abro la ventana y enfoco un despacho como el que ocupamos en la entrevista, pero ya no hay nadie ni nada sobre la mesa; tan solo una botella y el vaso para el agua como el que me bebí entera, deshidratado, la que pedí por favor que me trajeran pues con los nervios rotos sangraba mi garganta como arañada por una gavilla de esparto. 

Mi ser más quebradizo y sutil comenzó a desplegarse entonces sobre ese lugar tan gris, sintiéndose solo, sin papel alguno, ausente, como el plástico arrugado de la botella de agua mineral vacía que me dejara ese regusto mórbido de insufrible expectación.

¡Deja ya de mirar a las vecinitas con los prismáticos y no exageres tanto, que pareces tonto!, soltó mi mujer mientras me abrazaba con fuerza por detrás, y empujándome después hacia la puerta, hablando ya de otra cosa (una salida en moto a las lagunas de Ruidera). Me arrastró a un restaurante que tenemos muy cerca de casa, y que es oriental, pero muy chic. Los tallarines al gato me supieron exquisitos… Al pato, perdón. 

Y eso es todo, por ahora. Un saludo y gracias por leerme.                           

Nota importante para lectores poco cuidadosos: desde mi casa se ve a la diosa Minerva culminando el tejado del Círculo de Bellas Artes de Madrid, pero no la Secretaría General de IIPP, adosada al Círculo, sí, pero NO visible desde mis ventanas. Sí dispongo de unos excelentes prismáticos, pero tan solo los uso para la observación de aves; mirlos, casi siempre, y alguna tórtola que otra que se va exponiendo. Que quede claro.

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José Ángel Hidalgo es funcionario de prisiones, periodista y escritor, autor de la novela Sal en los zapatos, publicada por la editorial Verbum.

El funcionario de prisiones José Ángel Hidalgo

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