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CAMBIO CLIMÁTICO

Macron deslumbra en Bruselas con un discurso sin apenas propuestas

El plan de la UE para reorientar el mercado financiero hacia la sostenibilidad medioambiental contiene numerosas recomendaciones y acciones, pero poca concreción política y legislativa

José Luis Marín Bruselas , 27/03/2018

<p>Macron, durante la Alta Conferencia para las finanzas sostenibles en la Comisión Europea. 22 de marzo de 2018, Bruselas. </p>

Macron, durante la Alta Conferencia para las finanzas sostenibles en la Comisión Europea. 22 de marzo de 2018, Bruselas. 

Comisión Europea

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Emmanuel Macron es una estrella de la política. Lo demostró el 22 de marzo en la Comisión Europea, durante su intervención en la Alta Conferencia sobre financiación sostenible. El mandatario francés es, también, una estrella del marketing, de la exportación del show bussines, de la troupe. En media hora de discurso encendido solo dejó una par de propuestas importantes en política medioambiental. “Un discurso inspirador”, decía todo el mundo, incluidos algunos periodistas. “Hacía falta algo así”, decían otros, también comunicadores, que no se cortaban. El aplauso final fue cerrado y unánime, con todo el mundo en pie. Las luces de este encuentro en la Comisión sobre sostenibilidad y medioambiente contrastan con las sombras de una semana, la del 19 de marzo, efervescente para la UE, en la que los problemas internos –transición del Brexit y distanciamiento con otros estados miembros– se unen a las adversidades externas provocadas por la guerra comercial abierta entre China y EE.UU y la actividad rusa.

La presencia del presidente de la República francesa en la Alta Conferencia sobre financiación sostenible de la Comisión fue un ejercicio de determinación y firmeza. Una intervención eminentemente europeísta, integradora y de unidad: “La crisis climática es, quizás, menos mediática que la crisis financiera, pero será más profunda e irreversible”. El mandatario francés cumplió con las expectativas, generalmente altas. Quizá excepto para los que esperaban oír un buen número de propuestas políticas precisas para que el mercado financiero –se dice pronto– adapte sus prácticas y deje de participar activamente en la destrucción medioambiental que afronta nuestro planeta. Macron solo lanzó dos órdagos importantes: “Debemos subir el precio del carbón para limitar su uso”, apuntó el político, que también mencionó las tasas fronterizas para las entidades que no cumplan con los requisitos medioambientales. No es poco.

La Comisión Europea ha puesto en marcha el plan Financiando el crecimiento sostenible. Todo un ejercicio, detalladísimo, de lo que representa nuestro gobierno comunitario. Por un lado, un compromiso de altos vuelos, nada menos que salvar el clima y, por extensión, el planeta. También una burocracia sofisticada, con decenas de grupos de expertos y paneles que discuten sobre cómo convencer a los que ganan dinero de que pueden ganarlo de otra forma (más sostenible y verde), aunque no les pueden asegurar que con los mismos beneficios. Y por último un halo de fondo –el jueves 22 y el viernes 23 también hubo cumbre europea– que sacó a relucir los aspectos más acuciantes y terrenales –y quizá los únicos verdaderos– de la política: diplomacia, guerras comerciales y geoestrategia en el eje que conecta China, Estados Unidos, la UE y Rusia. Es decir, el poder. 

La semana comenzó con el anuncio del acuerdo de transición para el Brexit entre la UE y Reino Unido, que se confirmó el viernes 23 tras la aprobación del plan por parte de los jefes de Estado y de Gobierno durante la cumbre europea. El consenso logrado en este aspecto chocó con la crisis diplomática que arrastra el país anglosajón desde el ataque en Salisbury contra un espía –doble o triple, quién sabe– ruso y su hija. Las posiciones europeas difieren, y Theresa May no parece conseguir el apoyo que desea para enfrentarse a Putin. Pese a ello, la noche del jueves la Premier tuvo un encuentro con Macron y Merkel, el triunvirato, para intentar cerrar filas en este asunto. 

Vladimir Putin, recién reelegido con un aplastante 75% de los votos en su país, domina gran parte de las reservas de gas que llegan Europa, tremendamente dependiente de este combustible. Tras más de una década de tensión con la Federación Rusa por este asunto, la UE no ha terminado de definir una posición clara –hay varias, y son contradictorias– en este aspecto clave en los planes energéticos de la comunidad: el carácter contaminante del gas –concebido como herramienta de ‘transición’– choca con los objetivos del Acuerdo de París y los autoimpuestos por la UE. El propio Macron mencionó esta cuestión, pidiendo que la UE asuma que no puede cerrar tratos comerciales que no sean consistentes con los principales acuerdos sobre el clima. 

La UE hace todo lo posible porque las medidas proteccionistas de Trump no le alcancen, mientras gira la vista hacia el país asiático, que se presenta como el principal rival para liderar el mercado financiero sostenible y la economía medioambiental

El capítulo ruso pasó inadvertido en la Alta Conferencia sobre sostenibilidad, en la que sí tuvo presencia, y mucha, la guerra comercial que enfrenta a China y EE.UU por los aranceles. La UE hace todo lo posible porque las medidas proteccionistas de Trump no le alcancen, mientras gira la vista hacia el país asiático, que se presenta como el principal rival para liderar el mercado financiero sostenible y la economía medioambiental. Lo dejaron claro tanto Jean-Claude Juncker como Emmanuel Macron en sus intervenciones: “China representó el 40% de los bonos verdes en 2016, superando al Banco Europeo de Inversiones. Quiero que Europa sea el centro mundial de inversión sostenible”, aseguró el presidente de la Comisión Europea. Más fuerte fue el envite, en forma de advertencia, del presidente francés: “China debe hacer que sus proyectos sean compatibles con los Acuerdos del Clima de París”. 

La importancia de este asunto en la actualidad –y la estrategia– europea se confirmó con la presencia, nada menos que el discurso inicial de la Alta Conferencia, de Michael Bloomberg. El empresario, que actualmente ejerce como enviado especial de la ONU para la acción climática, no tardó en alinearse con la postura de Bruselas y en lanzar un primer dardo al Brexit y la administración Trump. No le debe ser desconocida la situación: Bloomberg, como Trump, abandonó una larga temporada sus negocios transnacionales para irrumpir en la política y ser alcalde de Nueva York entre 2002 y 2013. Ahora, según se encargó de promocionar, está centrado en el desarrollo de America's Pledge, una suerte de holding de “líderes del sector público y el privado” para asegurar que Estados Unidos, diga lo que diga La Casa Blanca, va a cumplir los objetivos de los Acuerdos de París. “Si America's Pledge fuese un país, tendría la tercera economía más grande del mundo”, avisó –o amenazó– el empresario. 

El Plan de Acción

Financiando el crecimiento sostenible es el nombre que el grupo de expertos de la Comisión ha decidido dar al plan de acción que presentaron el pasado 8 de marzo al resto de instituciones europeas. Un dato: Europa necesita 180.000 millones de euros de financiación extra cada año para alcanzar sus objetivos sobre energía y clima en 2030. ¿De dónde saldrán? La Comisión está convencida de que el cumplimiento de la estrategia pasa porque el sector financiero privado empiece a tener en cuenta las cuestiones medioambientales y sociales en sus inversiones. Para ello, el plan incorpora diez ‘acciones’ basadas principalmente en la creación de clasificaciones, estándares de calidad, etiquetas verdes o cupos de información sobre finanzas sostenibles. El problema surge a la hora de dejar claro qué tipo de legislación o fondos económicos las acompañarán. Solo en las últimas recomendaciones aparecen, siempre bajo fórmulas como “la Comisión explorará o revisará”, propuestas sobre la posible implementación de normas, obligaciones, requerimientos o políticas comunitarias. 

Esta falta de concreción se manifestó en la propia Conferencia, con un vaivén de posturas llamativo. Los expertos centraban sus consideraciones en cuestiones como la gestión del riesgo, los retornos en las inversiones, el rating o el análisis de mercados. En algunos casos, negando la mayor: los impuestos o los fondos públicos no son importantes en esta estrategia, hasta el punto de no aclarar qué opina el Banco Central Europeo de todo esto. Se hace difícil imaginar que las recomendaciones basten para convencer a los sectores financieros que siguen ganando dinero con la extracción de combustibles fósiles que dejen de hacerlo.

Por el contrario, Juncker, Macron y compañía sí que hicieron menciones al Fondo Europeo para Inversiones Estratégicas, las infraestructuras públicas o los marcos regulatorios, donde fue especialmente insistente en mandatario francés. Tanto el presidente de la Comisión como Emmanuel Macron recurrieron incluso al comodín de los ‘culpables’ de la crisis –siempre bajo la fórmula “pero nosotros no estuvimos allí”–, para justificar sus propuestas de regulación (o desregulación) o de estrategias en el largo plazo.

mientras el plan de acción contiene numerosas menciones a la desigualdad, la inclusión, las relaciones laborales o la inversión en el capital humano, tanto los expertos como los conferenciantes decidieron dejarlos en un segundísimo plano

Donde sí hubo coincidencia fue en la poca importancia que se dio a los temas sociales: mientras el plan de acción contiene numerosas menciones a la desigualdad, la inclusión, las relaciones laborales o la inversión en el capital humano, tanto los expertos como los conferenciantes decidieron dejarlos en un segundísimo plano. Diego Valiente, uno de los expertos financieros de la Comisión, se encargó de dejar clara esta situación en el centro de prensa Brussels Europe: si bien tienen en cuenta los temas sociales, ahora no son una prioridad y se analizarán en el futuro. Algo parecido sostuvo Valdis Dombrovskis, vicepresidente de la Comisión Europea, durante su intervención en la Alta Conferencia: “Comenzaremos con una taxonomía sobre la mitigación del cambio climático […] Luego se expandiría para incorporar riesgos ambientales más amplios y, en el futuro, problemas sociales”. 

Queda la duda –frente a la certeza de los ámbitos financieros siguen alejados de los problemas de la economía real– de cómo encajará la Comisión esta postura con el concepto de ‘transición justa’, presente en los Acuerdos de París y en los documentos de la Unión de la Energía de Europa, una región con más de 100 millones de personas en riesgo de pobreza y exclusión. O cuál es la importancia de la cumbre social sobre el cumplimiento del pilar europeo e los derechos sociales celebrada el miércoles 21 de marzo, solo un día antes de la Alta Conferencia sobre financiación y sostenibilidad.

También queda por ver cómo logrará la UE implementar la estrategia en una comunidad de 28 –27 dentro de poco– estados que demuestran una alta heterogeneidad en sus situaciones –sociales y financieras– y en sus planteamientos sobre el clima. No es lo mismo hablar sobre medioambiente en los países nórdicos –con una larga tradición verde, especialmente parlamentaria– que en otros lugares como Croacia, donde no existen fuerzas políticas ambientalistas y la población, según comentaba un periodista del país, apenas habla sobre estos temas. O en Polonia, donde se localizan 33 de las 50 ciudades más contaminadas de Europa y cuyo gobierno ya ha anunciado que potenciará el sector del carbón, que emplea a decenas de miles de personas en el país. Macron pidió ayudas para la transición en estas regiones, pero no especificó cuales ni bajo qué formulas. 

Estas dudas se manifiestan en la propia configuración del Plan de Acción, un documento complejo y plagado de tecnicismos, al mismo tiempo que escueto en propuestas legislativas y económicas concretas. Un escenario, por otra parte, habitual en la UE, cuyas decisiones tienen que pasar por los tres grandes órganos –Comisión, Parlamento y Consejo, además de otras instituciones– y donde se acumulan decenas de comunicaciones y documentos. 

La reunión sobre financiación sostenible dejó una sensación de escenario secundario, de relleno, ante los capítulos de primer orden –comerciales y políticos– que se afrontan a nivel comunitario. No porque el Plan sea papel mojado –hay progresos importantes en materia de energías limpias y economía verde–, sino porque no resuelve la duda sobre si los pasos hacia delante en términos medioambientales solo son consecuencia de la inercia, la casualidad, o simplemente de la compatibilidad de los objetivos climáticos con las fórmulas tradicionales para hacer dinero y gestionar el poder. Un poder, por cierto, que sigue dominado por los hombres: ni una sola mujer entre los seis ponente principales del evento

La conferencia terminó con la intervención de Miguel Arias Cañete. Diez minutos de reloj en los que apenas levantó la vista de los papeles y que dejaron un discurso plano y robótico. Quizá, el exministro de energía de España pensó que era mejor guardarse las espaldas y ahorrarse un mal trago como el que pasó cuando se vio obligado, antes de ser nombrado comisario europeo de Acción por el Clima y Energía, a poner en venta sus acciones en dos compañías petroleras para evitar un conflicto de intereses.

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