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Lectura

Las mujeres negras importan

El papel de estas mujeres en los movimientos políticos contra la violencia policial y la discriminación racial en EE.UU. ha sido central en la última década. Hoy día el rostro de Black Lives Matter es ampliamente queer y femenino

Keeanga-Yamahtta Taylor 7/03/2018

<p>Una mujer protesta en Ferguson, en octubre de 2014.</p>

Una mujer protesta en Ferguson, en octubre de 2014.

Johnny Silvercloud

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La mayoría de los asesinatos que sufre la gente negra a manos del Estado pasan inadvertidos para el público y no reciben atención por parte de los medios hegemónicos. Los pocos casos —si se los compara con la gran cantidad de personas asesinadas— que llegan a ocupar el foco público se refieren, mayoritariamente, a hombres o chicos negros. Esto, sin duda, era cierto en Ferguson o en Baltimore [lugares donde ha habido disturbios contra la represión policial por la muerte de jóvenes negros]. Y no es demasiado sorprendente, ya que cuando la policía tira a matar, lo hace frecuentemente teniendo como blanco a hombres afroamericanos. Pero las mujeres negras, con quienes esos hombres forman parejas, con quienes tienen hijos o de quienes son sus madres, también sufren los efectos de la violencia. La ocultación de la manera particular en la que las mujeres negras experimentan la violencia policial minimiza la profundidad y la extensión del daño causado por el abusivo Estado policial. La caída de los hombres negros en las manos del sistema penal tiene un impacto mortífero en sus familias y barrios. El estatus de exprivado de libertad incrementa las tasas de pobreza y desempleo; quienes han estado en prisión tienen prohibido acceder a los programas federales que tratan de aplacar los peores efectos de la pobreza: cupones de vivienda, préstamos a estudiantes y otras formas de ayuda financiera. Estas políticas no solo afectan a los hombres negros, sino a las mujeres negras que tienen hombres negros en sus vidas.

Además de esto, la mujeres también son víctimas del Estado policial, la violencia y el encarcelamiento. Si bien Trayvon Martin –muerto en una confrontación con un vigilante vecinal en Florida– se volvió un nombre familiar, mucha gente no conoce el caso de Marissa Alexander, una mujer negra que fue víctima de violencia doméstica. Después de utilizar un arma de fuego para mantener a raya al acosador, Alexander invocó, en su defensa, el estatuto del estado de Florida Stand Your Ground. A pesar de que George Zimmerman, el asesino de Trayvon Martin, había tenido éxito utilizando este argumento, Alexander fue sentenciada a veinte años de cárcel. Aun cuando es posible que Alexander termine siendo liberada, el contraste es un severo recordatorio del sistema dual de justicia que funciona en Estados Unidos.

La policía también mata a mujeres negras. Los nombres de Rekia Boyd, Shelly Frey, Miriam Carey y Alberta Spruill son menos conocidos que los de Mike Brown o Eric Garner pero sus asesinatos estuvieron motivados por los mismos factores deshumanizantes. La policía considera las vidas de las mujeres negras como igualmente sospechosas y, en definitiva, menos valiosas, convirtiendo la brutalidad y los asesinatos en hechos frecuentes. Y es todavía menos digno de notoriedad cuando las mujeres negras, incluyendo a las mujeres trans, son muertas o violadas por los agentes de la ley debido a que son consideradas como menos femeninas o vulnerables. Considérese el caso del oficial de policía Daniel Holtzclaw, de Tulsa en Oklahoma, preso por haber violado a trece mujeres negras mientras estaba de servicio. Se cree que Holtzclaw elegía mujeres negras porque eran “de un estatus social menor”, lo que significa que eran menos propensas a que se creyeran sus testimonios y les importaran a menos gente. De hecho, los crímenes de Holtzclaw raramente tuvieron repercusión en las noticias nacionales.

A pesar de que las mujeres negras han sido desde siempre objeto de la violencia de la policía y del sistema penal, allí donde han surgido luchas y organizaciones, estas han tenido, mayoritariamente, un rostro masculino. En los casos a nivel nacional, las caras visibles son con frecuencia abogados hombres, reverendos o líderes varones por los derechos civiles —como Al Sharpton—. Por supuesto, las madres y otras mujeres presentes en las vidas de las víctimas (típicamente masculinas) son escuchadas, pero el activismo ha sido visto como organizado y dirigido por hombres. Hasta Ferguson [disturbios y manifestaciones de agosto de 2014 como protesta por el asesinato de un joven negro a manos de la policía].

De hecho, los medios han sido particularmente conscientes de la centralidad de las “mujeres de Ferguson” a la hora de convertir “un manojo de protestas en un movimiento, yendo y viniendo entre roles de pacificadoras, disruptoras, organizadoras y líderes”. De hecho, las mujeres que cumplieron un rol indispensable al mantener unido al movimiento de Ferguson a lo largo del verano y hasta comienzos del invierno tenían claro dicho rol. Tal y como señaló Britney Ferrell

“Los medios han dicho que si no fuera por las mujeres negras, no habría movimiento. Definitivamente, hemos sostenido esto y lo hemos llevado hasta donde está actualmente; no quiere decir que no haya hombres ahí afuera porque los hay. Lo que estoy diciendo es que las mujeres hemos estado aquí desde el primer día, estamos dispuestas a dejar nuestras vidas en el frente de batalla por mantener esta lucha justa y lo hemos hecho sin el apoyo de nadie ni de ninguna organización. De ahí que hayamos construido nuestro propio movimiento”.

Preguntarse por qué las mujeres negras han ejercido ese papel central en el movimiento implica asumir que han jugado roles menores en otros movimientos. Huelga decir que las mujeres negras siempre han asumido un papel decisivo en las sucesivas expresiones de la lucha por la libertad negra. Ya sea Ida B. Wells, que arriesgó su vida exponiendo uso generalizado del linchamiento en el Sur; o las madres de los “chicos de Scottsboro”, acusados erróneamente, que dieron vueltas por el mundo organizando la campaña para liberar a sus hijos; las mujeres negras han sido decisivas en cada una de las campañas significativas a favor de la libertad y los derechos para los negros. Las mujeres negras, incluyendo a Ella Baker, Fannie Lou Hammer, Diane Nash y otras tantas, incontables y desconocidas, han sido claves en el desarrollo del movimiento por los derechos civiles de los años sesenta. Sin embargo, ese movimiento sigue siendo conocido por sus líderes hombres.

Hoy día, no obstante, el rostro de Black Lives Matter es ampliamente queer y femenino. ¿Cómo ha sido posible? El liderazgo femenino podría ser un resultado del control policial profundamente racista que han experimentado los hombres negros de Ferguson. De acuerdo con la Oficina del Censo de Estados Unidos, mientras que en Ferguson viven 1.182 mujeres de entre veinticinco y treinta y cuatro años, sólo hay 577 hombres negros que pertenecen a ese grupo de edad. Más del 40 % de los hombres negros entre 20-24 y 35-54 años están desaparecidos.

No ocurre solo en Ferguson. A lo largo y ancho de Estados Unidos, 1,5 millones de hombres negros están “desaparecidos”, arrancados de la sociedad por el encarcelamiento o la muerte prematura. Para plantearlo en términos duros, “más de uno de cada seis hombres negros que hoy deberían tener entre 25 y 54 años ha desaparecido de la vida cotidiana”. Esto no quiere decir que, si el 40 % de los hombres negros desaparecidos de Ferguson estuvieran presentes habrían jugado el mismo papel que las mujeres a la hora de construir, organizar y sostener el movimiento, pero ofrece un ejemplo concreto del impacto de la estrategia de control policial hiperagresiva y enfocada en la recaudación. Lo más probable es que las mujeres hubieran avanzado en posiciones de liderazgo a causa del impacto absolutamente devastador del control y la violencia policiales sobre las vidas negras en general. Sean cuales sean las razones, su presencia ha contribuido algo más que un equilibrio entre los géneros.

Las mujeres negras que lideran el movimiento contra la brutalidad policial han trabajado para expandir nuestra comprensión del amplio impacto de la violencia policial en las comunidades negras. A veces esto se articula en la demanda frontal de que la sociedad como un todo reconozca que la policía victimiza a las mujeres negras. “Los medios excluyen el hecho de que la brutalidad y el acoso policial en nuestras comunidades impacta sobre las mujeres, tanto como sobre los hombres”, dice Zakiya Jemmott, y agrega: “Destacan las vidas negras masculinas y dejan de lado las vidas negras femeninas perdidas a manos de la policía. Quiero que los medios entiendan que todas las vidas negras importan”. Pero las mujeres también han hecho una intervención mucho más deliberada para exponer la brutalidad policial como parte de un sistema de opresión más amplio sobre las vidas de los pobres y los trabajadores negros. Charlene Carruthers, del Black Youth Project 100, explica: “Es importante porque estamos realmente ocupados en crear libertad y justicia para toda la población negra pero, con frecuencia, las mujeres y las chicas negras, la gente LGTBQ, son dejadas de lado. Y si vamos a ser serios respecto a la liberación tenemos que incluir a toda la población negra. Es así de simple. Y es parte de mi experiencia que los asuntos de justicia de género y justicia LGTB acaban siendo secundarios o no reconocidos para nada”.

Las mujeres negras que crearon el hashtag #BlackLivesMatter —Patrisse Cullors, Opal Tometi y Alicia Garza— articularon muy nítidamente la yuxtaposición de opresiones que enfrenta la gente negra en su lucha por acabar con la violencia policial y lograr justicia. En un ensayo que capta la naturaleza expansiva de la opresión sobre los negros, al tiempo que sostiene que el movimiento no puede reducirse sólo a la brutalidad policial, Alicia Garza escribe:

“Es el reconocimiento de que el millón de personas negras encerradas en jaulas en este país —la mitad del total de gente encarcelada— constituye un acto de violencia estatal. Es el reconocimiento de que las mujeres negras continúan soportando la carga de un ataque incansable sobre nuestros hijos y nuestras familias y que ese asalto es un acto de violencia estatal. Que queersy trans negros soporten un peso único en una sociedad heteropatriarcal que dispone de nuestras vidas como basura, al tiempo que nos fetichiza y saca provecho de nosotros, es un acto de violencia estatal; el hecho de que 500.000 personas negras en Estados Unidos sean inmigrantes indocumentados y estén relegados a las sombras es violencia estatal; el hecho de que las chicas negras sean utilizadas como fichas de negociación en tiempos de conflictos y guerras es violencia estatal; que las personas negras que viven con discapacidades o capacidades diferentes carguen con el peso de experimentos darwinianos que, apoyados por el Estado, intentan meternos a presión en compartimentos de una normalidad definida por la supremacía blanca es violencia estatal”.

El foco puesto en “la violencia estatal” se aleja estratégicamente de los análisis convencionales que reducen el racismo a las intenciones y acciones de los individuos implicados. La declaración de que una “violencia de Estado” legitima la consecuente demanda de “acción estatal”, exige algo más que el despido de un oficial en particular o la amonestación de un departamento de policía concreto; llama, en cambio, la atención sobre las fuerzas sistémicas que permiten a los individuos actuar con impunidad. Más aún, estos activistas son “interseccionales” en sus estrategias de organización; parten, en otras palabras, del reconocimiento básico de que la opresión de los afroamericanos es multidimensional y debe ser combatida en diferentes frentes. La amplitud del análisis presente en estas activistas es lo que verdaderamente subyace a las tensiones entre “la nueva guardia” y “la vieja guardia”. En cierta manera, esto demuestra que los militantes de hoy en día luchan contra cuestiones similares a las que enfrentaron los radicales negros de la era del Black Power, cuestiones vinculadas con la naturaleza sistémica de la opresión sobre los negros en el capitalismo estadounidense y con cómo aquella da forma a las estrategias de organización.

La inserción de la brutalidad policial dentro de una red más amplia de desigualdades ha sido pasada completamente por alto en las estrechas agendas de las organizaciones del establishment liberal, tales como la National Action Network de Al Sharpton, que se ha centrado más en resolver los detalles de los casos particulares que en generalizar respecto a la naturaleza sistemática de la violencia policial. Esto supone que las principales organizaciones de derechos civiles tienden a centrarse en estrategias legales para resolver la brutalidad policial, a diferencia de los activistas, que conectan la opresión policial con otras crisis sociales presentes en las comunidades negras. La estrategia legal, por supuesto, no ha sido reemplazada completamente; un importante foco del movimiento de Ferguson fue el registro de votantes y el incremento de la presencia de afroamericanos en los gobiernos locales. Pero el movimiento de Ferguson también validó a quienes, sosteniendo una visión mucho más amplia, mostraban cómo el control policial de los afroamericanos está directamente ligado a mayores niveles de pobreza y desempleo en las comunidades negras, a través de una red de multas, tasas y órdenes de arresto que entrampan a las personas negras en un ciclo de deuda infinito. La gravedad de la crisis que enfrentan las comunidades negras, que brota frecuentemente de estos encuentros dañinos con la policía, legitima la necesidad de un análisis más amplio. Permite a la gente ir de la violencia policial a los modos en que la policía recibe fondos públicos a expensas de otras instituciones públicas y crea espacio para preguntar por qué. 

No sólo la política de “la nueva guardia” contrasta fuertemente con la de la vieja, sino también con las estrategias de organización. Además de ser liderada por mujeres, la nueva guardia es descentralizada y organiza el movimiento a través de las redes sociales. Esto es muy diferente respecto a organizaciones nacionales como NAACP, NAN o, incluso, Operation PUSH de Jesse Jackson, cuyos líderes, mayoritariamente hombres, toman decisiones con muy poca incidencia, al tiempo que no ejecutan directivas que provengan de la base. Esta estrategia no es simplemente el producto del liderazgo masculino, sino de un viejo modelo que privilegiaba las conexiones y las relaciones influyentes dentro del establishment por encima del activismo de calle; o que utilizaba la protesta en la calle para ganar influencia dentro del establishment. El carácter novedoso del movimiento de Ferguson y del incipiente movimiento contra la violencia policial han prevenido temporalmente ese tipo de atajos políticos.

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*Keeanga-Yamahtta Taylor es escritora, autora de  Un destello de libertad: De #blacklivesmatter a la liberación negra, recientemente publicado por Traficantes de Sueños. El texto es un extracto del libro. 

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Keeanga-Yamahtta Taylor

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