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Crónica parlamentaria

Todos los caminos (que no) llevan a Camps

El expresidente valenciano consigue comparecer sin decir nada en la comisión de investigación del Congreso sobre financiación ilegal del PP. Salvo que no le gusta la expresión ‘País Valenciá’

Miguel Ángel Ortega Lucas 7/03/2018

<p>Francisco Camps comparece en la comisión del Congreso que analiza la financiación de los partidos-</p>

Francisco Camps comparece en la comisión del Congreso que analiza la financiación de los partidos-

VERONICA POVEDANO

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No era el Papa, pero casi. Que Francisco Camps es un ser iluminado resulta una sospecha difícil de disipar, por diversos motivos (varios de ellos comprobables en su comparecencia). Sin embargo, toda su luz interior no bastaba a los camarógrafos que hacían guardia el 6 de marzo en el Congreso, persiguiéndole hasta la misma mesa con un furor que hizo que uno de ellos se medio estrellase contra la pared. No era el Papa, pero el joven Papa de Sorrentino a lo mejor sí. 

Se supone que acudía el expresidente valenciano del PP (2003-11) para explicar cosas; irrelevancias mundanas. Nimiedades de este valle de lágrimas tales como la financiación ilegal de su partido desde aproximadamente el Génesis. Concretamente, los milagros que multiplicaron los panes y los peces para la Generalitat valenciana durante sus años de mandato, cuando corrían ríos de leche y miel y escandalosas mayorías absolutas. Más concretamente: que comentase qué supo él durante todo ese tiempo de las piadosas donaciones bajo capa (o capilla) que distintos empresarios realizaron a su partido; algo que el ex secretario general del PP de Valencia, Ricardo Costa, excolaborador suyo, ya ha admitido. A finales del pasado febrero, Álvaro Pérez, el Bigotes, responsable de una de las empresas implicadas –Orange Market– y socio de Francisco Gürtel Correa, ya declaró en la misma comisión que los empresarios “pagaban con alegría y felicidad las facturas del PP”.

Quizás esperarían algunos, a juzgar por la atención mediática, una batalla verbal que ni en El nombre de la rosa. Pero todo se resolvió como si estuviera Camps examinando a un grupo de aspirantes a seminaristas. Quizás esperarían algunos que los miembros de la comisión, los diputados opositores al PP, pusieran contra las cuerdas al hombre cuya carrera política acabó presuntamente por unos trajes que le fiaron en la tienda de la esquina. Pero no. Siguiendo la estela del líder espiritual, prefirieron plantear la historia por el éter y la metafísica. Es decir: 

El diputado del PSOE, Artemi Rallo: ¿Sigue siendo militante del PP? 

Camps: Espero que sí. 

Rallo: ¿Le ha fallado usted al señor Rajoy? 

Camps: A quien no tenía que fallar era a los valencianos, que fueron los que me eligieron. (...) Todo el mundo sabe que soy una persona honrada. 

Y en ese plan. Pasaban los minutos, las preguntas. De vez en cuando se escuchaba mencionar a un tal Pérez, a un tal Costa. Varias veces más a un tal señor Rajoy (que estaría temblando acurrucado en ese momento bajo el grifo de la ducha, como todo el mundo sabe). El  diputado del PSOE le preguntó si no quería “pedir perdón” a los valencianos por algo; a Camps le poseyó la ira santa, y con la contundencia de Escarlata O’Hara poniendo a Dios por testigo explicó al socialista que en todo caso debía ser el actual presidente de Valencia, Ximo Puig, quien debía pedirle perdón a él, por toda una campaña de descrédito resuelta finalmente con el sobreseimiento de su caso en el Supremo. Algún despistado podría pensar que se tratase, aquesta comisión de investigación, de un debate cualquiera en las Cortes Valencianas, o en el Congreso mismo, entre el PP y el PSOE, en su línea de bota, rebota y en tu culo explota; pero no había que impacientarse. 

Camps fintaba sin problemas invocando el Antiguo Testamento, mentando noventa y nueve veces nueve los “nueve años”, desde 2009, que han estado callados tanto esos empresarios que ahora hablan como el malogrado delfín Costa. Y encontraba brechas continuas para escabullirse al territorio que le encumbró en mesías: el éxtasis demagógico. Por ejemplo, atacando al actual Gobierno valenciano de PSOE y Compromís de todas las (obvias) maneras que tuviera a mano. 

Mientras tanto, la diputada de Esquerra Republicana de Cataluña, Ester Capella, se volvía a veces, en modo cómplice, a la última fila, donde los periodistas, negando con la cabeza y moviendo los labios como diciendo Si es que no, eh, así no... Hubiéramos pagado por saber qué es lo que decía, porque acto seguido –esperando todos un giro de guion, como cuando aparece un testigo inesperado en los juicios de las películas americanas– le llegó el turno. Y ahí sí que empezó Paco Camps, el musical.

Capella quiso preguntarle quién se hacía cargo de las cuentas del PP de Valencia cuando él era presidente. Cuando era presidente “del País Valenciá. Y, como si hubieran mencionado un lupanar en misa, Camps agarró el tema y no lo soltó casi, literalmente, durante los veinte o treinta minutos (eternos, divertidísimos) que duró el presunto intercambio verbal con la diputada de ERC. “El País Valenciano no existe”, dijo Camps; “existe la Comunidad Valenciana”. De nuevo pasaban los minutos, se consumían el tiempo y las oportunidades de preguntar algo al hereje por parte del presunto Santo Oficio de la comisión, pero nada: porque, por supuesto, la diputada de ERC no iba a decir Comunidad Valenciana así cayeran chuzos de punta (que caían, en la calle). De modo que ahí siguieron: Estella diciendo País Valenciá, y Camps respondiendo, sin responder a nada, que la señora estaba “insultando” a su pueblo, erigido en rey de los ándalos y protector de los siete reinos (de España y de Valencia): “El país valenciano no existe y yo tengo la obligación de defender la denominación de mi tierra!”.

Para cuando consiguió hacerle la pregunta, y eludir el debate metafísico de la nación y la nomenclatura (“la patria, el último refugio de los canallas”, murmuraba al lado cierto veterano periodista), fue para plantearle algo demoledor: si, cuando llegó a la presidencia, las cuentas del PP estaban bien, o no. Esperando seguramente que Camps dijera que aquello era un escándalo, ¿lo de las cuentas del País Valenciá con mi partido al que más quiero? Un escándalo, señora. 

Capella trataba, al parecer, de demostrar que Camps está “al final de todos los caminos” que llevan a la corrupción, como a Roma. Pero olvidaba que Camps, hermano en Cristo y en política, viene ya de vuelta de Roma: “Camps no está al final de ningún camino”, dijo –resumiendo bien todo el interrogatorio–. “No se ponga nervioso”, le llegó a decir Capella. Camps parecía tan nervioso como un yogui del Himalaya. 

Luego le tocó a Joan Baldoví, de Compromís (procedente del País Valenciá, es decir), al que todo el mundo miraba como a la última esperanza de El rival más débil, y éste preguntó de nuevo si “seguía considerando a Álvaro Pérez su amigo del alma”, ese que dijo en su boda, al parecer, que Camps “siempre le daba cosas”. Camps respondió que “después de casarse todo el mundo está muy feliz y puede decir muchas cosas”. Y remató, sin aparente asomo de ironía: “Me parece una pregunta extravagante”. 

Pero fue entonces, pasada la hora de estar allí sentados (algunos doblados, de la risa), cuando Camps vino a decir algo: que él “jamás vio las cuentas” de su partido, que él estaba en otras cosas, y que les preguntase a los empresarios tales si “yo, o alguien en mi nombre, les ha dicho que dieran nosequé a cambio de nosequé”. “En mi vida he visto un libro de contabilidad”, dijo. Porque lo suyo era estar “en las carreteras, en los hospitales, en los pueblos...”. Su reino no era de este mundo... 

–¡Pues al mío no fue nunca! –gritó, triunfal, Baldoví. 

–¿De qué pueblo es usted? –preguntó el hermano Camps. 

–De Sueca.  

–¡Pero si no salía de Sueca! 

(Y puede que sea cierto)

Cuando parecía que nada podía mejorar, intervino Toni Cantó, de Ciudadanos. Quien, en el tono cordial que suele usar su partido en los momentos más insospechados (son los indies del Congreso: muy bonita siempre la música), le recordó que la última vez que se vieron –en momentos difíciles para ambos– le vio “mucho más tocado”, y que se alegraba de verle ahora “con mucha más energía” (el tono inquisitorial iba in crescendo, como se ve). Y entonces Camps le respondió sinceramente que le honraba aquello, y sobre todo lo que Cantó le había dicho esa vez que mencionaba: “Que usted [Cantó, a Camps] me dijera que he sido el mejor presidente de la Comunidad Valenciana, me pareció de una grandísima honorabilidad. Don Antonio”. Cantó le quiso reprochar más tarde ese quiebre, pero ya era tarde. Cantó también cantó lo que ha escrito, al parecer, Arcadi Espada en un libro sobre Camps: que éste es “una víctima del poder” (querrían decir mártir).

En el tramo final, desde Podemos quisieron saber a qué se había dedicado Francisco Camps antes de entrar en política, en el año 1982 del calendario gregoriano. Es decir, si se había dedicado a algo más en su vida. Éste respondió que se pagó los estudios universitarios trabajando, al salir de clase, en el negocio de su familia, “una pequeñísima empresa textil”; que él no procedía de ninguna “fábrica de hacer políticos”, según le acababan de acusar. Que él procedía “de la fábrica de la calle, de la fábrica de la ciudadanía”. Sólo le faltó decir que había estudiado en la Universidad de la Vida. 

El diputado Rojas, del PP, corroboró al final, en nombre de todos sus cofrades, que Camps no era más que una víctima, que se estaba violando con él la presunción de inocencia, y que su partido “no cree en esta comisión” de investigación. También dijo que esta comisión “no es necesaria”, y ahí quizás dio en el clavo el hombre. O sea: podéis ir en paz. 

Autor >

Miguel Ángel Ortega Lucas

Escriba. Nómada. Experto aprendiz. Si no le gustan mis prejuicios, tengo otros en La vela y el vendaval (diario impúdico) y Pocavergüenza.

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1 comentario(s)

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  1. Jesús Albiol

    El Sr, Camps. miente o no se ha leido el Estatut. En su prologo hace referencia a la histórica Región. País y Comunidad. Y de trapicheos lo sabemos los valencianos. Los estamos pagando aún.

    Hace 3 años 1 mes

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