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El salón eléctrico

Prisión permanente revisable: cine desencadenado

La gran pantalla ha retratado infinitas veces el conflicto entre individuo y sociedad, entre culpa y castigo, con arquetipos recurrentes como el del falso culpable o el del presidio como infierno en vida

Pilar Ruiz 28/02/2018

<p>Cadena Perpetua (Frank Darabont, 1994).</p>

Cadena Perpetua (Frank Darabont, 1994).

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Más de dos centenares de jueces, fiscales y catedráticos de Derecho Penal piden la derogación de la prisión permanente revisable y una modificación de las penas en España, las más altas del entorno europeo. Consideran “populismo, oportunismo y electoralismo” (sic) que el Gobierno, en plena batalla por la derecha de la derecha, quiera ahora extender esta condena a nuevos delitos. Pero el monopolio de la venganza del Estado tiene límites. La Constitución actual establece que toda pena de prisión debe perseguir la resocialización del delincuente, recuerdan los juristas, mientras se echan las manos a la cabeza ante el renovado interés político por mantener y ampliar una pena fuera del código penal desde 1870: la cadena perpetua. 

Necesitada de cierta ambigüedad lingüística a causa de su mala prensa, la cadena perpetua se ha convertido –neolengua mediante– en “prisión permanente revisable”, un intento de engatusar al personal cuya percepción social fue, durante años, que la cadena perpetua era un asunto feo, oscuro e injusto. Y no por influencia de figuras enormes como Cesare Beccaria o Concepción Arenal, no, sino por culpa de la ficción, donde no queda muy bien parada. El modelo es antiguo, es literario y su dueño Víctor Hugo: en Los Miserables (1862) el ladrón y presidiario Jean Valjean es perseguido por una justicia inhumana encarnada en el policía Javert. Un canon no solo de ficción: muchas de estas historias están inspiradas en historias reales, biografías o memorias de aquellos que sufrieron los rigores de la Justicia en su peor versión. 

Fascinado por estas historias, el cine ha retratado infinitas veces el conflicto entre individuo y sociedad, entre culpa y castigo, con arquetipos recurrentes como el del falso culpable –querido especialmente por Alfred Hitchcock– o el del presidio como infierno en vida. Cadena Perpetua (The Shawshank Redemption, F. Darabont, 1994) basada en un relato de Stephen King, se alza como cumbre del género y clásico televisivo inmune al paso del tiempo.

“¿Si estoy rehabilitado? Pues déjeme pensar, para serle sincero no tengo ni idea de lo que eso significa. Para mí sólo es una palabra inventada, inventada por políticos para que jóvenes como usted tengan trabajo y lleven corbata”. Ellis Redding (Morgan Freeman)

La sombra de “papá Hugo” es alargada en otro blockbuster, El fugitivo (A. Davis, 1993), con ese Valjean-Ford y el policía trasunto de Javert, implacable y ciego, interpretado por el inmenso Tommy Lee Jones.  

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Víctor Hugo (1802-1885)

En la actual época de regresión de garantías democráticas, el paso siguiente a la petición “popular” de la cadena perpetua sería la legalización de la pena de muerte. ¿Exageración? No lo parece, más cuando la democracia más antigua del mundo aún mantiene la pena capital. El ansia de venganza inmediata que caracteriza a la multitud sin rostro, sujeta a duras penas por las reglas de un juego democrático demasiadas veces amañado, es usada por el poder político históricamente con la frase “El pueblo lo quiere”. Un pueblo hobbesiano, como el de La jauría humana (Arthur Penn, 1966). Con cruda violencia, la historia en la que una ciudad entera intenta linchar a un presidiario escapado del penal, resulta una devastadora crítica del americano medio: molestó a todo el mundo y fue un sonoro fracaso, como Furia (1936) de Fritz Lang. Con guión de la muy leftie Lilian Hellman –las mujeres pueden contar de todo, también con brutalidad– la película gira alrededor de un sheriff “garantista” apaleado por sus vecinos interpretado por Marlon Brando, a quien Penn, virtuoso de la dirección de actores, deja explayarse a sus anchas.  

Resulta difícil encontrar una obra dentro del género que no sea una crítica al sistema judicial y penal. Soy un fugitivo (Mervyn LeRoy, 1932), basada en la novela autobiográfica de Robert E. Burn –asesor del film mientras era buscado por la policía–, fue la primera denuncia abierta del sistema penal norteamericano y su gran éxito influyó en las leyes para humanizar el sistema de los trabajos forzados, el mismo que aparece en La leyenda del indomable (Stuart Rosenberg, 1967). Tanto Papillon (F. J. Shaffner, 1969) como Brubaker (S. Rosenberg, 1980) o Hurricane Carter(N. Jewison, 1999)  están basadas en hechos reales. ¿Fallos del sistema o retratos fieles del sistema?

No solo en Hollywood: El crimen de Cuenca (1979) le costó a Pilar Miró la primera censura y secuestro de una película en democracia y un procesamiento militar al contar el caso real de un sonado error judicial, torturas de la Benemérita mediante. Mucho después, Horas de Luz (Manuel Matji, 2004) y Celda 211(Daniel Monzón, 2009) una desde el caso del triple asesino Juan José Garfia y otra desde la pura ficción, cosecharon algunos reproches por desvelar anomalías democráticas como el régimen de los FIES.

El castigo carcelario como forma de prevención y reparación del delito, contado a través de un preso modelo (Kirk Douglas) y un no menos modélico alcaide (Henry Fonda), queda hecho trizas en forma de western cínico del genial J. L Mankiewicz en El día de los tramposos (1970). Sin gota de cinismo ni acidez, en el extremo opuesto se encuentra El hombre de Alcatraz (1962),  apología de la reinserción firmada por un Frankenheimer siempre preocupado por cuestiones políticas, en la que Burt Lancaster interpreta a Robert Stroud, el matón real condenado a 12 años de cárcel que descubre la ornitología como único medio de escape de la terrible cárcel de Alcatraz. 

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El hombre de Alcatraz
(J. Frankenheimer, 1962)

Son incontables los dramas carcelarios que, abordados de distintas perspectivas, tienen en común la crítica al abuso y la indignidad de las instituciones, la tortura y la imposibilidad de reinserción, con la pena capital como final irremediable. En Ángeles con caras sucias (1938), donde un apabullante James Cagney interpreta a un gánster que finge terror ante la silla eléctrica para contentar a su amigo cura (Pat O’Brien) quien le ha pedido que no sirva de ejemplo a los jóvenes delincuentes de la ciudad. 

Pena de muerte (1995)dirigida por un activista por los derechos civiles como Tim Robbins –protagonista de Cadena Perpetua– hace posible la mirada honesta sobre dos concepciones del mundo: quien se niega a aceptar la muerte como solución, contra quien, asesino confeso, va a ser ajusticiado. La peripecia real de la monja abolicionista Helen Prejean ha sido convertida en ópera estrenada en fechas recientes en el Teatro Real de Madrid. 

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Dead Man Walking
, ópera compuesta por Jake Heggie

Pero la pena de muerte sigue teniendo muchos defensores, casi tantos como los que ahora implantan la cadena perpetua, aunque Luna Nueva (Hawks, 1940) y Primera Plana (Wilder, 1970) mostraran la connivencia entre política y medios de comunicación para azuzar votantes: el ciudadano de orden siempre amará el castigo “ejemplar”. ¿Qué ocurriría si se realizara un referéndum que exigiera la vuelta de la pena de muerte? Pues que muchos de nuestros amables conciudadanos se proclamarían defensores a ultranza de aquellos Queridísimos verdugos franquistas de Basilio Martín Patino (1977). 

 

Sobre este asunto de la culpa individual frente al castigo social, es el cine español –tan denostado, ignorado y detestado– quien ha creado la obra más brillante y esclarecedora. El Verdugo (L. G. Berlanga, 1963) representa la respuesta más radical a todas esas preguntas éticas y morales que nos plantea el uso institucional de la venganza y sus consecuencias. El director valenciano quedó impactado al conocer el caso de Pilar Prades, última mujer ejecutada en España, en 1959: al enterarse de que era una mujer, el verdugo se negó a ejecutarla. Tras una gran cantidad de coñac se le llevó a rastras hasta el garrote para que cumpliera la sentencia.

 

La comedia de Berlanga y Azcona, cumbre del cine español y una de las mejores películas de todos los tiempos, alcanza e interpela a una sociedad entera, a su historia, a sus miedos y fracasos y, sobre todo, a su futuro. Ahí está la respuesta final del verdugo jubilado Pepe Isbert a ese pobre Nino Manfredi, su yerno, quien en su intento de huir de la miseria ha sido condenado a otra cadena perpetua: convertirse en el nuevo verdugo. 

-“No lo haré más, ¿entiende? ¡No lo haré más!”

-“Eso mismo dije yo la primera vez…”

Autor >

Pilar Ruiz

Periodista a veces y guionista el resto del tiempo. En una ocasión dirigió una película (Los nombres de Alicia, 2005) y después escribió dos novelas: El Corazón del caimán y La danza de la serpiente (Ediciones B).

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  1. e

    Hay delitos, como las violaciones, asesinatos en serie, que no tienen cura, lo reconocen los profesionales de la criminología, la sanidad; psiquiatría, psicología, criminología. A lo mejor, dentro de 100 años encuentran la manera de sanar a ese tipo de delincuentes, pero, hoy en día, no tiene cura. La prisión permanente revisable, para delitos de esta clase, es el mal menor, no hay solución posible. Y, esto sucede en muchos otros países, no tiene nada que ver con la ideología política. Por otro lado, o se vive en un Estado de Derecho, igualdad ante la ley, presunción de inocencia, o no se tiene. No son admisibles, a mi juicio, leyes de discriminación positiva, o invertir la carga de la prueba, o cupos especiales para ciudadanos, en función de su sexo, color de piel, religión, edad. Pues esta es la situación. Y, no quieren saber nada de la prisión permanente revisable para delitos específicos, muy graves, y al mismo tiempo se lamentan de la violencia.

    Hace 2 años 3 meses

  2. B

    respecto a la PPRevisable : ademas de evitar la PPobreza que el Pp-C$ no evita y mejorar la educaion en la empatia etc etc , el quid no es endurecer o poner la PPR sino obligar por ley a rehabilitacion y asi que sean ls presos y sicologs quiene decidan y no el funcionario quien sea ni los politicos que tbn son funcionarios ademas que dejen de ser peligrosos de verdad y si no se queden que es lo que plantea añl fin y cabo la PPR - pero quienes quieren PPR ,no lo hacen, por que aun con PPR algunos por biuen comportamiento pueden salir ( lo que es una contradiccion ) y reinciden ya que ls sicopatas sin rehabilitacion mejoran bajo presion pero en la calle no la hay - y esto no lo dicen ni hacen y asi que nos sicotizan, cn el miedo en general : esto, , con el terrorismo, cn ls videojuegos con el hambre cn el peligre a la guerra con todo lo que se pueda - http://www.eldiario.es/escolar/cadena-perpetua-demagogica-innecesaria-cruel_6_738136208.html http://www.eldiario.es/zonacritica/Argumentos-prision-permanente-revisable_6_738486189.html http://www.eldiario.es/tribunaabierta/Manifiesto-cadena-perpetua_6_739536071.html

    Hace 3 años 1 mes

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