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Manifiesto contra la autoficción

Sobre los gravísimos peligros que conlleva la moda de la autoficción cuando la practican los escritores con oportunismo

Iban Zaldua 27/01/2018

CC

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Un fantasma recorre el mundo literario: el fantasma de la autoficción. Todas las fuerzas de la República de las Letras se han unido en santa cruzada para azuzar a ese fantasma: la Academia y la Crítica, la FNAC y las librerías hipster,  los clubs de lectores y los talleres de escritura, Alberto Olmos y Ana Rosa Quintana, las editoriales soi-dissant independientes y el complejo Alfaguara-Penguin Random House.

¿Dónde están los escritores o los críticos que le harán, por fin, frente? ¿Qué partido de oposición lanzará, tanto a los representantes más avanzados de la autoficción como a los más reaccionarios, los epítetos que merecen para así denunciar la literatura selfie?

He aquí unas cuantas ideas para quien tenga el valor de alzarse contra esa nueva tiranía. Yo, lo confieso, ya no tengo fuerzas, y es más: soy culpable, pues he arrimado el ascua –algunas veces con vergüenza, y las más sin ningún remordimiento– a ese subgénero. Ya se sabe: si los del piso de al lado meten mucha bulla, únete a la fiesta (o, en una versión más optimista, y como titulaba el grupo británico The Icicle Works uno de sus elepés, Si quieres derrotar a tu enemigo, canta su canción…). De cualquier manera, puede que estas notas sean de interés para almas literarias aún sin contaminar, y a ellas me dirijo, esperanzado.

Por un lado, las voces que afirman que esa especie de mezcla entre autobiografía y ficción constituye una de las últimas tendencias literarias no llevan mucha razón, que se diga: la autoficción no es, de ninguna manera, un género nuevo. Que el autor aparezca como personaje dentro de su propia ficción es tan de toda la vida como, por lo menos, La Divina Comedia de Dante y, si nos ponemos estupendos, la Biblia –que se supone que es un libo transmitido por su protagonista principal–; es decir, seguramente es algo tan viejo como la literatura misma. De hecho, ¿qué es la mayoría de la poesía lírica, si no autoficción? Desde ese punto de vista, quizá la novedad del asunto sea, como mucho, que la autoficción se haya desplazado del campo de la poesía al de la narrativa y, sobre todo, para su desgracia, al de la novela.

Por otra parte, la autoficción no respeta el pacto autobiográfico. Y eso, en cierto sentido, es hacer trampa. El pacto autobiográfico no significa que el autor se haya comprometido a contar sobre su vida la verdad y nada más que la verdad –el lector, a estas alturas del siglo XXI, no es ya tan ingenuo–, pero sí que se compromete a hacerlo como si él creyera que está contándonos la verdad. En la autoficción, sin embargo, se rompe esa regla, porque el escritor se arroga el derecho de plantar mentiras y fantasías donde quiere y cuando quiere y, por lo tanto, el lector nunca puede estar seguro de qué partes de la obra quiere hacer llegar como “verdad” y cuáles no…

la autoficción no respeta el pacto autobiográfico. Y eso, en cierto sentido, es hacer trampa

Pero, lo que es más grave, la autoficción traiciona sin miramientos el pacto novelesco. Y en la base del pacto novelesco, como es bien sabido, está la suspensión o el aplazamiento de la incredulidad: una ficción funciona bien mientras, durante la lectura, y contra toda evidencia –incluso en el caso de la literatura fantástica–, nos la creemos; en cuanto abandonamos el libro, desde luego, solemos dejar de hacerlo. Con la autoficción es difícil llegar a ese estado, porque el lector sospecha, y no le falta razón, que el escritor no deja de dar saltos entre mentiras de verdad y verdades de mentira.

Y eso, en principio, no tendría por qué ser tan grave. Los problemas se amontonan cuando todos esos vaivenes le imponen límites al despliegue de la ficción. Es decir, cuando el escritor, con la excusa de ser –cuando le da la gana– fiel a la verdad, renuncia a insertar en su narración elementos que serían no sólo aceptables, sino incluso atrayentes y hasta imprescindibles para cumplir con el pacto novelesco. El peligro, por supuesto, es que la narración se convierta en algo más bien flojo y poco interesante, es decir, sin mucha relevancia literaria. Y eso es una de las pocas cosas imperdonables en una novela. Pues no olvidemos que eso es lo que la mayoría de los autoficcionadores pretenden vendernos: novelas.

Por otra parte, la opción de la autoficción como género puede acrecentar sobremanera la natural tendencia del escritor a considerar que su vida es superinteresante, si es que no ocurre justo lo contrario, es decir, que el autor haya escogido la autoficción porque está convencido de que su vida es, de por sí, apasionante. Recuérdese lo que afirmó John Irving: “Un mal escritor es alguien cuya vida resulta más interesante que su obra”. Y si eso resulta cierto, si la vida del escritor es una de ésas plena de peripecias y hazañas, vaya y pase. Pero seamos realistas: la vida de la mayoría de los escritores suele ser más bien tirando a sosa –o debería serlo, atendiendo a la ecuación “1% inspiración, 99% transpiración”–, y en la ausencia de dosis de ficción muy efectivas, o de un estilo literario verdaderamente original, no resulta, per se, la materia prima más atractiva para una novela…

la autoficción como género puede acrecentar sobremanera la natural tendencia del escritor a considerar que su vida es superinteresante

Otro peligro, relacionado con el anterior, podría ser el de literaturizar, sin tasa, la propia vida de uno. En lugar de vivir la vida, el escritor podría tener la tentación de convertirla en fuente principal de su literatura, hasta el punto de sentir la necesidad, por ejemplo, de estar tomando apuntes todo el rato. Con lo que acabaría por condicionar lo que vive, porque una vida convertida en objetivo principal de la autoficción difícilmente puede considerarse una vida de verdad. Al menos si no se quiere encarnar el triste adagio que acuñó el argentino Juan Forn para su definición de escritor: “Tipo que se divierte tanto en una fiesta que se va de la fiesta para escribir sobre ella”.

La autoficción, lo mismo que el autobiografismo de autoayuda –también floreciente, y otra cara de la misma moneda–, fomenta la holgazanería del novelista. A fin de cuentas, reduce o elimina por completo el sagrado deber de documentarse, ya que tiene muy a mano el tema principal de su investigación literaria: él mismo. O al menos cree que lo tiene muy a mano, porque la del autoconocimiento no es siempre una labor que se realice cabalmente y hasta sus últimas consecuencias… Ni la del autoconocimiento, ni la de la posible autonarración derivada del mismo, claro está…

La tentación autobiográfica o autoficcional es contagiosa, y suele tender a salirse de las novelas, extendiéndose como un virus. A fin de cuentas, es algo que está en el aire, como atestiguan la metástasis de las redes sociales y la moda de los selfies. Hace tiempo que se trasladó al columnismo (¿qué le importa al lector, a la hora de informarse sobre el conflicto de Ucrania, la relación, real o imaginaria, del opinador con el vodka o el pacharán?), e incluso a la crítica literaria (¿qué interés pueden tener para el lector las razones biográfico-sentimentales del antólogo para escoger tales o cuales autores en una antología, pongamos, de cuentistas pomeranos?).

Otro problema de la autoficción, en contradicción con lo que hemos afirmado más arriba, es el de los límites que puede imponerle a la verdad. En la mayoría de la autoficciones, o, por lo menos, en las que están más en boga por nuestra geografía, es difícil encontrar un retrato verdaderamente negativo del autor, y muchas veces ni siquiera uno por lo menos ambiguo o con claroscuros: si acaso se nos muestran algunas pequeñas miserias, pero tampoco demasiadas, y serán las virtudes o las valentías del protagonista, reales o inventadas, las que se impondrán en la narración, siempre en relación con la bondad del mismo (una bondad que, desde luego, puede ser tanto tradicional como alternativa o buenista). La ficción, sin embargo, como diría Ramón Saizarbitoria, puede ser mucho más efectiva a la hora de internarse en los rincones oscuros del alma, porque le ofrece al autor más libertad para afrontarlos, más distancia.

Desde ese punto de vista, el auge de la autoficción podría considerarse, entre otras razones, como una consecuencia de la hinchazón que la figura del autor está sufriendo en nuestros días. El escritor se ha convertido en marca®, y parece estar muy lejos de haber muerto, contra lo que defendía/preveía Barthes: fuente, símbolo y objetivo máximo del negocio literario, el escritor ya no sólo escribe, sino que guía las campañas de venta de su libro e incluso intenta imponer, desde el mismo día de la presentación, cómo debemos los lectores interpretar su obra; el escritor desarrolla ahora una vida pública que va mucho más allá de la de cada uno de sus libros. En ese sentido, no es de extrañar que en muchas autoficciones el autor introduzca una justificación –o incluso varias– de la autoficción misma, que puede resultar más o menos vergonzante: como si la propia existencia de la obra no fuera suficiente por sí misma. La autoficción sería, en ese sentido, a veces, una continuación por otros medios de la campaña de márketing del autor, en el contexto contemporáneo de la hipertrofia del Yo. La novela, que alguna vez sirvió para describir el mundo social  “de ahí fuera” –realismo–, para criticar las miserias de ese mundo social –naturalismo–, e incluso para darle la vuelta a ese mundo, para revolucionarlo –las vanguardias–, corre el peligro, hasta cierto punto, de convertirse en refugio del solipsismo más egotista del yo, al menos en las versiones más inicuas de la autoficción.

Desde luego –demos fin a este manifiesto con una nota optimista– no toda la autoficción tiene por qué ser de baja calidad, y, cómo no, el resultado, en muchas ocasiones, depende de la habilidad del escritor. Por mi parte, con este manifiesto he querido subrayar que la práctica del subgénero –si es que de un subgénero se trata– conlleva gravísimos peligros. Y a qué horrorosos males nos enfrentamos en el caso –tan habitual– de que caiga en las manos equivocadas.

¡Autoficcionadores del mundo, por favor, no os unáis! Y, sobre todo, no sigáis multiplicándoos…

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Iban Zaldua ha escrito libros de cuentos como Etorkizuna (Alberdania 2005, traducido como Porvenir, Lengua de Trapo, 2007), Biodiskografíak (Erein 2011; Biodiscografías, Páginas de Espuma, 2015) e Inon ez, inoiz ez (traducido al catalán como Enlloc, mai, Godall, 2015), novelas como Si Sabino viviría (Lengua de Trapo, 2005) y ensayos como Ese idioma raro y poderoso. Once decisiones cruciales que un escritor vasco está obligado a tomar (Lengua de Trapo 2012). Este texto es una traducción/adaptación de otro de idéntico título publicado en euskera en su recopilación de panfletos (Euskal) Literaturaren alde (eta kontra) (Elkar, 2016).

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7 comentario(s)

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  1. Heriberto

    Lee esto y cambiarás tu opinión sobre la autoficción https://www.amazon.es/espiral-del-tránsito-Adolfo-Paz-ebook/dp/B07KKK2BVP/ref=asap_bc?ie=UTF8 y https://www.amazon.es/EL-ENIGMA-TRÍADA-ADOLFO-PAZ/dp/1980693366/ref=la_B076K6BY3Y_1_11?s=books&ie=UTF8&qid=1548706158&sr=1-11

    Hace 2 años 8 meses

  2. Carlos Gámez

    Muchas gracias por la respuesta (múltiple), que me clarifica ideas. La mención que haces a 'Una mujer en Berlín' me da que pensar. No conozco el contexto real de la aparición del libro, más allá del prólogo de Enzensberger en la edición española. Por lo que dice, el libro pasó desapercibido en la República Federal de los 50 y por eso se hacía necesaria una reedición. Un libro muy impactante, por otra parte, al menos para mí.

    Hace 3 años 8 meses

  3. Iban Zaldua

    Muchas gracias por vuestras aportaciones, la mayoría me han parecido muy interesantes, y las referencias que ofrecéis, muy a tenerlas en cuenta. Respondiendo más en concreto a Carlos Gámez, me da la impresión de que aciertas cuando introduces aquí el tema de la "metaliteralidad" y, lo que son la cosas, el fantasma de 'El Lazarillo' me ha venido rondando, por diversas vías, desde que publiqué el artículo. La cuestión del anonimato también me resulta atractiva, en este contexto y más allá: me acuerdo de lo que dicen que dijo Foucault, que estaría bien que durante un año o así ningún libro se publicara bajo el nombre de su autor, de manera que los críticos volvieran a leer los libros y, los lectores, a reflexionar sobre los mismos. Pero creo que hay una buena razón para que nadie haya confundido nunca, ni siquiera en su época, seguramente, a 'El Lazarillo' con una narración realmente autobiográfica o autoficcional: el escritor, necesariamente, pertenecía a un estrato social superior, incluso muy superior al del narrador. Algo que no ocurriría, quizá, con un texto más contemporáneo, es decir, perteneciente a un período en el que la educación formal estuviera más extendida que en la Corona de Castilla en el siglo XVI (me estoy acordando, por ejemplo, del anónimo -de la anónima- 'Una mujer en Berlín', obra de la que nadie duda que sea una narración autobiográfica). Con lo que los problemas, me temo, seguirían en pie, de una manera u otra...

    Hace 3 años 8 meses

  4. Carlos Gámez

    Tu texto alimenta mi curiosidad y mis dudas. Alberca también habla de la farsa que supone transitar el espacio que existe ente el pacto autobiográfico y el pacto de ficción. Sin embargo, de sus estudios se desprende que el interés de la autoficción subyace para el lector en discernir entre aquello que es real en la narración y aquello que es inventado. Pero, dado que muchas de las autoficciones son notablemente metaliterarias, eso supone estar al día de las biografías de los autores ¿Qué sucedería si apareciera un texto anónimo pero con todos los visos de ser autobiográfico? ¿A qué se aferraría el lector para discernir lo que es real de lo que es ficticio? Si se resuelve de forma brillante, ¿no cumpliría a la vez la suspensión de la incredulidad y el pacto autobiográfico, como le ocurrió al Lazarillo en el momento de su aparición?

    Hace 3 años 8 meses

  5. Bryan Roland

    CÓMO RECIBO UN PRÉSTAMO POR BRYAN ROLANDO Soy Bryan Roland por su nombre, quiero utilizar este medio para alertar a todos los solicitantes de préstamos a tener mucho cuidado porque hay estafas en todas partes. Hace pocos meses estaba muy nervioso y debido a mi desesperación me vi estafado por varios prestamistas en línea. Casi había perdido la esperanza hasta que un amigo mío me remitió a un prestamista muy confiable llamado Sr. Stephen Williams (un temeroso de Dios) que me prestó un préstamo de 145,000 euros en 72 horas de trabajo sin ningún estrés. Le explico a la compañía por correo y todo lo que me dijeron fue no llorar más porque obtendré mi préstamo de esta compañía y también he tomado la decisión correcta de contactarlos llené el formulario de solicitud de préstamo y procedí con todo lo que se solicitó de mí y para mi sorpresa me dieron el préstamo. Si necesita algún tipo de préstamo, contáctelo ahora a través de: stephenswillsloan@gmail.com Estoy usando este medio para alertar a todos los solicitantes de préstamos por el infierno que pasé en manos de esos prestamistas fraudulentos. Gracias STEPHEN WILLIAMS Loan FIRM por tu ayuda

    Hace 3 años 8 meses

  6. Godfor Saken

    A mí me parece que toda ficción es autobiográfica, y que toda biografía es una ficción.

    Hace 3 años 8 meses

  7. Godfor Saken

    "Sé que ves series con tus hijos, que veis las mejores. Entonces, por favor, piensa dos minutos. Compara. Mira lo que se escribe y lo que se filma. ¿No crees que habéis perdido la batalla? Hace ya tiempo que la literatura ha mordido el polvo en materia de ficción. No te hablo de cine, que es otra cosa. Te hablo de los cofres de DVD que tienes en tus estantes. Me cuesta creer que eso no te haya quitado nunca el sueño. ¿Nunca has pensado que la novela había muerto, en cualquier caso cierto tipo de novela? ¿Nunca has pensado que los guionistas os han ganado la mano? ¿O, más bien, que os han dejado fuera de combate? Ellos son los nuevos demiurgos omniscientes y omnipotentes. Son capaces de crear a la perfección tres generaciones de familias, partidos políticos, ciudades, tribus, mundos en definitiva. Capaces de crear protagonistas a quienes la gente se apega, a quienes cree conocer. ¿Ves de qué te hablo? Ese vínculo íntimo que se teje entre el personaje y el espectador, ese sentimiento de pérdida o de duelo que experimenta cuando acaba todo. Eso ya no pasa con los libros, tiene lugar fuera de ellos, ahora. Es lo que saben hacer los guionistas. Tú me hablabas del poder de la ficción, de sus repercusiones en la realidad. Pero eso ya no corresponde a la literatura. Habréis de aceptarlo. La ficción se ha acabado para vosotros. Las series ofrecen a lo novelesco un territorio mucho más fecundo y un público infinitamente más amplio. No, no es triste ni mucho menos, créeme. Al contrario, es una noticia excelente. Alegraos. Dejad a los guionistas lo que saben hacer mejor que vosotros. Los escritores deben volver a lo que los distingue, recobrar el elemento clave. ¿Y sabes cuál es? ¿No? Pero si lo sabes muy bien. ¿Por qué crees que los lectores y los críticos se plantean el asunto de la autobiografía en la obra literaria? Porque actualmente es su única razón de ser: describir la realidad, decir la verdad. El resto carece de importancia. Eso es lo que el lector espera de los novelistas: que pongan toda la carne en el asador. El escritor debe cuestionar sin descanso su manera de estar en el mundo, su educación, sus valores, debe poner en tela de juicio sin cesar el modo en que practica la lengua que le viene de sus padres, la que se le enseñó en la escuela y la que hablan sus hijos. Debe crear una lengua que le es propia, de inflexiones peculiares. Una lengua que lo vincula con su pasado, con su historia, una lengua personal y emancipada. El escritor no tiene por qué fabricar títeres, por despiertos y fascinantes que sean. Anda sobrado consigo mismo. Debe volverse sin cesar hacia el terreno abrupto que se ha visto obligado a tomar para sobrevivir, debe retornar sin descanso al lugar del accidente que lo ha convertido en ese ser obsesivo e inconsolable. No te equivoques de batalla, Delphine, es cuanto quiero decirte. Los lectores quieren saber lo que se pone en los libros y tienen razón. Los lectores quieren saber qué carne hay en el relleno, si lleva colorantes, conservantes, emulsionantes o espesantes. Y ahora la literatura tiene el deber de jugar limpio. Tus libros no deben dejar de interrogar tus recuerdos, tus creencias, tus recelos, tus miedos, tu relación con tu entorno. Sólo con esa condición darán en el blanco, hallarán un eco". Delphine de Vigan, ‘Basada en hechos reales”.

    Hace 3 años 8 meses

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