1. Número 1 · Enero 2015

  2. Número 2 · Enero 2015

  3. Número 3 · Enero 2015

  4. Número 4 · Febrero 2015

  5. Número 5 · Febrero 2015

  6. Número 6 · Febrero 2015

  7. Número 7 · Febrero 2015

  8. Número 8 · Marzo 2015

  9. Número 9 · Marzo 2015

  10. Número 10 · Marzo 2015

  11. Número 11 · Marzo 2015

  12. Número 12 · Abril 2015

  13. Número 13 · Abril 2015

  14. Número 14 · Abril 2015

  15. Número 15 · Abril 2015

  16. Número 16 · Mayo 2015

  17. Número 17 · Mayo 2015

  18. Número 18 · Mayo 2015

  19. Número 19 · Mayo 2015

  20. Número 20 · Junio 2015

  21. Número 21 · Junio 2015

  22. Número 22 · Junio 2015

  23. Número 23 · Junio 2015

  24. Número 24 · Julio 2015

  25. Número 25 · Julio 2015

  26. Número 26 · Julio 2015

  27. Número 27 · Julio 2015

  28. Número 28 · Septiembre 2015

  29. Número 29 · Septiembre 2015

  30. Número 30 · Septiembre 2015

  31. Número 31 · Septiembre 2015

  32. Número 32 · Septiembre 2015

  33. Número 33 · Octubre 2015

  34. Número 34 · Octubre 2015

  35. Número 35 · Octubre 2015

  36. Número 36 · Octubre 2015

  37. Número 37 · Noviembre 2015

  38. Número 38 · Noviembre 2015

  39. Número 39 · Noviembre 2015

  40. Número 40 · Noviembre 2015

  41. Número 41 · Diciembre 2015

  42. Número 42 · Diciembre 2015

  43. Número 43 · Diciembre 2015

  44. Número 44 · Diciembre 2015

  45. Número 45 · Diciembre 2015

  46. Número 46 · Enero 2016

  47. Número 47 · Enero 2016

  48. Número 48 · Enero 2016

  49. Número 49 · Enero 2016

  50. Número 50 · Febrero 2016

  51. Número 51 · Febrero 2016

  52. Número 52 · Febrero 2016

  53. Número 53 · Febrero 2016

  54. Número 54 · Marzo 2016

  55. Número 55 · Marzo 2016

  56. Número 56 · Marzo 2016

  57. Número 57 · Marzo 2016

  58. Número 58 · Marzo 2016

  59. Número 59 · Abril 2016

  60. Número 60 · Abril 2016

  61. Número 61 · Abril 2016

  62. Número 62 · Abril 2016

  63. Número 63 · Mayo 2016

  64. Número 64 · Mayo 2016

  65. Número 65 · Mayo 2016

  66. Número 66 · Mayo 2016

  67. Número 67 · Junio 2016

  68. Número 68 · Junio 2016

  69. Número 69 · Junio 2016

  70. Número 70 · Junio 2016

  71. Número 71 · Junio 2016

  72. Número 72 · Julio 2016

  73. Número 73 · Julio 2016

  74. Número 74 · Julio 2016

  75. Número 75 · Julio 2016

  76. Número 76 · Agosto 2016

  77. Número 77 · Agosto 2016

  78. Número 78 · Agosto 2016

  79. Número 79 · Agosto 2016

  80. Número 80 · Agosto 2016

  81. Número 81 · Septiembre 2016

  82. Número 82 · Septiembre 2016

  83. Número 83 · Septiembre 2016

  84. Número 84 · Septiembre 2016

  85. Número 85 · Octubre 2016

  86. Número 86 · Octubre 2016

  87. Número 87 · Octubre 2016

  88. Número 88 · Octubre 2016

  89. Número 89 · Noviembre 2016

  90. Número 90 · Noviembre 2016

  91. Número 91 · Noviembre 2016

  92. Número 92 · Noviembre 2016

  93. Número 93 · Noviembre 2016

  94. Número 94 · Diciembre 2016

  95. Número 95 · Diciembre 2016

  96. Número 96 · Diciembre 2016

  97. Número 97 · Diciembre 2016

  98. Número 98 · Enero 2017

  99. Número 99 · Enero 2017

  100. Número 100 · Enero 2017

  101. Número 101 · Enero 2017

  102. Número 102 · Febrero 2017

  103. Número 103 · Febrero 2017

  104. Número 104 · Febrero 2017

  105. Número 105 · Febrero 2017

  106. Número 106 · Marzo 2017

  107. Número 107 · Marzo 2017

  108. Número 108 · Marzo 2017

  109. Número 109 · Marzo 2017

  110. Número 110 · Marzo 2017

  111. Número 111 · Abril 2017

  112. Número 112 · Abril 2017

  113. Número 113 · Abril 2017

  114. Número 114 · Abril 2017

  115. Número 115 · Mayo 2017

  116. Número 116 · Mayo 2017

  117. Número 117 · Mayo 2017

  118. Número 118 · Mayo 2017

  119. Número 119 · Mayo 2017

  120. Número 120 · Junio 2017

  121. Número 121 · Junio 2017

  122. Número 122 · Junio 2017

  123. Número 123 · Junio 2017

  124. Número 124 · Julio 2017

  125. Número 125 · Julio 2017

  126. Número 126 · Julio 2017

  127. Número 127 · Julio 2017

  128. Número 128 · Agosto 2017

  129. Número 129 · Agosto 2017

  130. Número 130 · Agosto 2017

  131. Número 131 · Agosto 2017

  132. Número 132 · Agosto 2017

  133. Número 133 · Septiembre 2017

  134. Número 134 · Septiembre 2017

  135. Número 135 · Septiembre 2017

  136. Número 136 · Septiembre 2017

  137. Número 137 · Octubre 2017

  138. Número 138 · Octubre 2017

  139. Número 139 · Octubre 2017

  140. Número 140 · Octubre 2017

  141. Número 141 · Noviembre 2017

  142. Número 142 · Noviembre 2017

  143. Número 143 · Noviembre 2017

  144. Número 144 · Noviembre 2017

  145. Número 145 · Noviembre 2017

  146. Número 146 · Diciembre 2017

  147. Número 147 · Diciembre 2017

  148. Número 148 · Diciembre 2017

  149. Número 149 · Diciembre 2017

  150. Número 150 · Enero 2018

  151. Número 151 · Enero 2018

  152. Número 152 · Enero 2018

  153. Número 153 · Enero 2018

  154. Número 154 · Enero 2018

  155. Número 155 · Febrero 2018

  156. Número 156 · Febrero 2018

  157. Número 157 · Febrero 2018

  158. Número 158 · Febrero 2018

  159. Número 159 · Marzo 2018

  160. Número 160 · Marzo 2018

  161. Número 161 · Marzo 2018

  162. Número 162 · Marzo 2018

  163. Número 163 · Abril 2018

  164. Número 164 · Abril 2018

  165. Número 165 · Abril 2018

  166. Número 166 · Abril 2018

  167. Número 167 · Mayo 2018

  168. Número 168 · Mayo 2018

  169. Número 169 · Mayo 2018

  170. Número 170 · Mayo 2018

  171. Número 171 · Mayo 2018

  172. Número 172 · Junio 2018

  173. Número 173 · Junio 2018

  174. Número 174 · Junio 2018

  175. Número 175 · Junio 2018

  176. Número 176 · Julio 2018

  177. Número 177 · Julio 2018

  178. Número 178 · Julio 2018

  179. Número 179 · Julio 2018

  180. Número 180 · Agosto 2018

  181. Número 181 · Agosto 2018

  182. Número 182 · Agosto 2018

  183. Número 183 · Agosto 2018

  184. Número 184 · Agosto 2018

  185. Número 185 · Septiembre 2018

  186. Número 186 · Septiembre 2018

  187. Número 187 · Septiembre 2018

  188. Número 188 · Septiembre 2018

  189. Número 189 · Octubre 2018

  190. Número 190 · Octubre 2018

  191. Número 191 · Octubre 2018

  192. Número 192 · Octubre 2018

  193. Número 193 · Octubre 2018

  194. Número 194 · Noviembre 2018

  195. Número 195 · Noviembre 2018

  196. Número 196 · Noviembre 2018

  197. Número 197 · Noviembre 2018

  198. Número 198 · Diciembre 2018

  199. Número 199 · Diciembre 2018

  200. Número 200 · Diciembre 2018

  201. Número 201 · Diciembre 2018

  202. Número 202 · Enero 2019

  203. Número 203 · Enero 2019

  204. Número 204 · Enero 2019

  205. Número 205 · Enero 2019

  206. Número 206 · Enero 2019

  207. Número 207 · Febrero 2019

  208. Número 208 · Febrero 2019

  209. Número 209 · Febrero 2019

  210. Número 210 · Febrero 2019

  211. Número 211 · Marzo 2019

  212. Número 212 · Marzo 2019

  213. Número 213 · Marzo 2019

  214. Número 214 · Marzo 2019

  215. Número 215 · Abril 2019

  216. Número 216 · Abril 2019

  217. Número 217 · Abril 2019

  218. Número 218 · Abril 2019

  219. Número 219 · Mayo 2019

  220. Número 220 · Mayo 2019

  221. Número 221 · Mayo 2019

  222. Número 222 · Mayo 2019

  223. Número 223 · Mayo 2019

  224. Número 224 · Junio 2019

  225. Número 225 · Junio 2019

  226. Número 226 · Junio 2019

  227. Número 227 · Junio 2019

  228. Número 228 · Julio 2019

  229. Número 229 · Julio 2019

  230. Número 230 · Julio 2019

  231. Número 231 · Julio 2019

  232. Número 232 · Julio 2019

  233. Número 233 · Agosto 2019

  234. Número 234 · Agosto 2019

  235. Número 235 · Agosto 2019

  236. Número 236 · Agosto 2019

  237. Número 237 · Septiembre 2019

  238. Número 238 · Septiembre 2019

  239. Número 239 · Septiembre 2019

  240. Número 240 · Septiembre 2019

  241. Número 241 · Octubre 2019

  242. Número 242 · Octubre 2019

  243. Número 243 · Octubre 2019

  244. Número 244 · Octubre 2019

  245. Número 245 · Octubre 2019

  246. Número 246 · Noviembre 2019

  247. Número 247 · Noviembre 2019

  248. Número 248 · Noviembre 2019

  249. Número 249 · Noviembre 2019

  250. Número 250 · Diciembre 2019

  251. Número 251 · Diciembre 2019

  252. Número 252 · Diciembre 2019

  253. Número 253 · Diciembre 2019

  254. Número 254 · Enero 2020

  255. Número 255 · Enero 2020

  256. Número 256 · Enero 2020

  257. Número 257 · Febrero 2020

  258. Número 258 · Marzo 2020

  259. Número 259 · Abril 2020

  260. Número 260 · Mayo 2020

  261. Número 261 · Junio 2020

  262. Número 262 · Julio 2020

  263. Número 263 · Agosto 2020

  264. Número 264 · Septiembre 2020

  265. Número 265 · Octubre 2020

  266. Número 266 · Noviembre 2020

  267. Número 267 · Diciembre 2020

  268. Número 268 · Enero 2021

  269. Número 269 · Febrero 2021

  270. Número 270 · Marzo 2021

  271. Número 271 · Abril 2021

  272. Número 272 · Mayo 2021

  273. Número 273 · Junio 2021

  274. Número 274 · Julio 2021

  275. Número 275 · Agosto 2021

  276. Número 276 · Septiembre 2021

  277. Número 277 · Octubre 2021

  278. Número 278 · Noviembre 2021

  279. Número 279 · Diciembre 2021

CTXT necesita 15.000 socias/os para seguir creciendo. Suscríbete a CTXT

Análisis

Intento fallido del independentismo catalán

Es difícil saber hasta qué punto hay en el sector soberanista una conciencia realista acerca de la magnitud de su fracaso y de las dificultades que tienen delante

Eugenio del Río 13/12/2017

Carlos Echevarría

A diferencia de otros medios, en CTXT mantenemos todos nuestros artículos en abierto. Nuestra apuesta es recuperar el espíritu de la prensa independiente: ser un servicio público. Si puedes permitirte pagar 4 euros al mes, apoya a CTXT. ¡Suscríbete!

CTXT está produciendo el documental 'La izquierda en la era Trump'. Haz tu donación y conviértete en coproductor. Tendrás acceso gratuito a El Saloncito durante un mes. Puedes ver el tráiler en este enlace y donar aquí.

¿Qué variedades de hombres y de mujeres prevalecen ahora en esta sociedad y en este período?
¿Y qué variedades están empezando a prevalecer?
¿De qué manera son seleccionados y formados, liberados y reprimidos, sensibilizados y embotados?
C. Wright Mills

Las elecciones del próximo día 21 van a cerrar una etapa de la política catalana. Nadie ignora que ha concluido una operación política de grueso calibre. El independentismo catalán no renuncia a su razón de ser: la puesta en marcha de un proceso secesionista que, por una u otra vía, desemboque en la independencia de Cataluña. Quienes tienen este ideal están en su derecho cuando lo defienden. Pero la ofensiva que ha ocupado el último lustro ha fracasado; se abre un nuevo ciclo.

En el presente artículo consideraré algunos aspectos de la refriega de estos últimos años.

Un escenario asimétrico

Desde el despegue del independentismo en los últimos meses de 2012 y los primeros de 2013 se ha desarrollado un conflicto estrictamente asimétrico.

En un lado, el independentismo; una parcela de la sociedad catalana que ha recibido su impulso del nacionalismo tradicional, pero que lo ha desbordado con la agregación de muchas gentes que, sin proceder del nacionalismo, han optado por la reivindicación de la independencia.

Es una fuerza social, política, ideológica, cultural relativamente unificada –si bien atravesada por desacuerdos y tensiones entre las diversas fuerzas y dentro de cada una de ellas–, de derecha y de izquierda, socialmente transversal, muy organizada, con una extraordinaria capacidad de movilización, implantada en todo el territorio catalán, si bien comparativamente menos en los principales núcleos urbanos y más en las zonas menos pobladas del interior, identificada especialmente con la lengua catalana, y con unos niveles de renta superiores a los de la parcela de la sociedad no independentista.

 

El independentismo aspira a ser hegemónico en la sociedad catalana y tiene bastante camino recorrido en esa dirección.

Frente al independentismo se ha configurado un conglomerado o un espacio heterogéneo que está lejos de ser un bloque político, social o ideológico. Ahí se sitúa el Gobierno de España, que ha exhibido durante años una llamativa indolencia. Ahí están también los diferentes partidos no independentistas, así como la parte de la sociedad catalana que no desea la independencia.

A diferencia del independentismo, estos sectores sociales no disponen de un relato propio para cohesionarse, ni aparecen como un conjunto relativamente unificado, diferenciado, articulado. Durante los años de mayor iniciativa y crecimiento del independentismo –desde la última parte de 2012 y comienzos de 2013 hasta las dos grandes manifestaciones del 8 y del 29 de octubre pasados en Barcelona– han tenido una presencia pública muy tenue. Han votado a partidos no independentistas o se han abstenido pero no han sido nada activos ni se han dejado ver en la calle. 

Una peculiaridad del escenario en el que se despliega el conflicto es que ha operado un sistema de doble poder político cuyas piezas principales han sido, de un lado, el bloque socio-político e institucional del independentismo, con el Govern y la mayoría parlamentaria a la cabeza, y, de otro lado, el Gobierno español y los partidos no independentistas. La asimetría es muy pronunciada, debido a la distribución de competencias y de organismos, ubicados unos en Cataluña y los otros en buena medida fuera de ella.

De hecho, la contienda que se está librando tiene varias vertientes. Es una lucha entre dos poderes políticos, el del conjunto de España y el de Cataluña. Es también un pulso entre partes de la sociedad diferenciadas en cuanto a sus sentimientos de pertenencia nacional. 

Es característico de este conflicto que la demanda o el rechazo de la  independencia se presenta como la cuestión no solo central sino que ocupa la mayor parte del debate político hasta el punto de que otros problemas como los concernientes al régimen laboral, al desempleo, a los servicios sociales, a la política económica, a la Unión Europea u otros quedan relegados. Durante los últimos cinco años todo ha quedado subordinado a esta cuestión. Por lo demás, en el independentismo no hay un proyecto social. No podría haberlo, en cualquier caso, dada la heterogeneidad socio-económica de quienes lo integran. 

Bazas relevantes

El independentismo cuenta con bazas poderosas. 

Una de ellas es una amplia red de organizaciones diversas: la Assemblea Nacional Catalana (ANC), el Òmnium Cultural, el Partit Demòcrata Europeo Catalá (PDeCAT), Esquerra Republicana, la Candidatura d’Unitat Popular (CUP)… por no contar la asociación de alcaldes independentistas, las agrupaciones de profesionales favorables a la independencia (enseñantes, abogados, bomberos, ingenieros, etc.), las redes de la Iglesia católica y tantas asociaciones locales. Es una parte de la sociedad catalana organizada, amplia y muy activa en las movilizaciones.

Otra es el Govern de la Generalitat, con sus recursos humanos y financieros; y la capacidad que todo ello confiere al independentismo para actuar sobre la sociedad catalana. Gracias a esas posiciones institucionales fue posible la extensa implantación en la sociedad de las ideas nacionalistas que promovió desde el comienzo el Govern  de Convergència i Unió entre 1980 y 2003. Las instituciones estatales autonómicas han sido un factor determinante en la construcción nacional catalana. El poder político catalán empleó sus recursos para propiciar una labor de recatalanización, aunque, como se ha podido comprobar reiteradamente, el éxito en este empeño, con ser importante, no fue total, y ha pervivido una distinción de campos a lo largo de décadas.

El nacionalismo, que ha sido tan decisivo en el despegue y desarrollo del independentismo, nació, además, con otro punto a su favor: fue perseguido por el franquismo. Esto le confirió una legitimidad que contribuyó a asentar su prestigio tras la reforma política. Este prestigio se extendió entre gentes de izquierda dentro y fuera de Cataluña, lo que es bastante raro en Europa occidental.

El independentismo se ha servido de banderas de innegable eficacia: en su representación de la realidad personifica la democracia: su delito es querer que la gente vote, frente a la negativa del Gobierno de Rajoy; sus movilizaciones son pacíficas, a diferencia de la acción del Gobierno español que las reprime violentamente; las instituciones se limitan a cumplir el mandato popular; se encarcela a los dirigentes por sus ideas; etc.

A lo largo de estos años ha fidelizado a un electorado de grandes dimensiones y, en términos generales, ha consolidado su campo de influencia política.

La iniciativa del independentismo ha logrado polarizar a la sociedad catalana, poniendo en dificultades al PSC y también a CiU y a UDC, y, más recientemente, a Catalunya en Comú-Podem, que no encaja bien en esta acusada polarización.

Un horizonte mítico  

En las semanas anteriores al 1 de octubre me vino a la mente Georges Sorel. El nudo táctico de la operación secesionista, esto es, el binomio referéndum—declaración unilateral de la independencia (DUI), me llevaba a pensar en la concepción soreliana de la huelga general. Esta era a la vez la puerta que abría un nuevo mundo de posibilidades, cuya mención trasciende a los individuos y los une en un propósito compartido: una fórmula simple que condensa una gran aspiración, la promesa de alcanzar el ideal, en este caso además con suma rapidez.

“Hay que juzgar los mitos –escribió Sorel– como medios para actuar sobre el presente. (…) Ofrecen un aspecto de realidad plena a las esperanzas de acción próximas…”. Su mito era la huelga general, que, afirmó, “contiene entero el socialismo”. “El lenguaje no podría bastarse para producir esos resultados de forma segura; hay que servirse de conjuntos de imágenes capaces de evocar en bloque y por la mera intuición, antes de cualquier análisis elaborado, la masa de sentimientos que corresponden a las diversas manifestaciones de la guerra emprendida por el socialismo contra la sociedad moderna” (Réflexions sur la violence, 1906, París-Ginebra, Slatkine, 1981).

En este caso no se trata del socialismo, ciertamente, sino de la independencia, portadora de las más ambiciosas promesas. Su reivindicación ha unido voluntades, ha movilizado, sobre el pedestal de unas  esperanzas poderosas.

El programa de Junts pel Sí para las elecciones del 27 de septiembre de 2015 había hecho acopio de las más estimulantes expectativas. La independencia, a la que se podría llegar pronto y de forma más bien sencilla, vendrá cargada con un caudal deslumbrante de bienes. Muchas de las ideas que siguen proceden de aquel programa, que venía a servir también como una suerte de argumentario. En muchos aspectos coincide con la Full de Ruta 2014-2015 de la ANC. 

“Cataluña tiene unas capacidades superiores a las de España. Podría ir mejor si fuera una república independiente, liberada del lastre español”. “El Estado español ha negado toda posibilidad a Cataluña para seguir progresando como nación”. “Cataluña puede ser un país diferente, capaz de afrontar los retos de la modernidad y las aspiraciones de su ciudadanía sin las limitaciones que se derivan de la pertenencia a un Estado hostil”.

“La mayoría de los indicadores económicos demuestran la capacidad de Cataluña para situarse en vanguardia del progreso económico, no solo a escala europea, sino también mundial”.

“Está a nuestro alcance conseguir ‘un país más próspero, más equitativo, más solidario y más democrático’ pero no podrá lograrlo si antes no  puede ejercer ‘como país la libertad de la plena soberanía”.

La narrativa independentista incluía una representación del mundo real que permitía soñar con una Cataluña independiente.

Se echó mano de una descripción de la sociedad catalana armónicamente orientada hacia la independencia. 

Según el citado Programa, en contra de toda evidencia, “La sociedad catalana es un conjunto unificado: un sol poble. No hay diferencias destacadas en su interior; los conflictos relacionados con los sentimientos nacionales son poco relevantes”. “Una gran mayoría del pueblo de Cataluña quiere avanzar decididamente hacia la consecución de la plena soberanía”, sostenía el programa de Junts pel Sí.

La defensa de una vía unilateral e ilegal se abrió paso en un ambiente dominado por la falta de realismo.

Una de las apreciaciones clave se resumía así: “La Declaración Unilateral de Independencia (DUI) es la única vía posible, dado que España niega el derecho de Cataluña a decidir su futuro. Un referéndum pactado es una quimera. Hay que pasar por encima de la legalidad española.

El razonamiento, que al parecer aspira a permanecer dentro de la lógica, adolece de varios errores de bulto: 1) Todo parte de una premisa basada en un simple prejuicio: es imposible reformar España porque España no quiere ser reformada Esta idea admite una versión propiamente esencialista: España es así y no puede ser de otro modo); 2) De que con “esta España”, es decir, la que hoy encarna el Gobierno del PP, no se pueda negociar la independencia no se infiere que “con otra España” sea imposible negociar; 3) Igualmente, del hecho de que actualmente no sea viable un referéndum pactado no se sigue que nunca vaya a serlo; 4) Asimismo, que no sea factible negociar la independencia con el Gobierno del PP no supone que sí sea realizable la DUI. Puede ocurrir, como así sucede, que no sea posible ni lo uno ni lo otro.

De todos modos, la propaganda independentista no logró que la mayoría de la población se considerara suficientemente informada sobre los posibles efectos de la independencia. Un sondeo del GESOP de enero de 2017 (1.600 personas entrevistadas telefónicamente) formuló la siguiente pregunta: ¿Usted cree que tiene mucha, bastante, poca o ninguna información sobre las consecuencias de una hipotética independencia de Cataluña? Un 46,65 declaró tener mucha o bastante información; un 49,6%, poca o ninguna.

Lo cierto es que en estos últimos años han quedado ancladas unas apreciaciones difícilmente compatibles con la realidad, que han acabado costando muy caras al independentismo.

Hemos observado un auténtico recital de lo que se ha dado en llamar sesgos cognitivos, desde el pensamiento grupal (el grupo funciona como una burbuja en la que las creencias compartidas cobran verosimilitud y se llega a un consenso tácito para no ver lo que no conviene ver) hasta el pensamiento deseante (lo que comúnmente se dice confundir los deseos con la realidad), pasando por el sesgo de confirmación (seleccionar aquellas partes de la realidad que nos dan la razón), las tendencias al autoengaño y los prejuicios de todo orden. Hemos podido contemplar abundantes muestras de disonancia cognitiva: se ha violentado la percepción y la descripción de una realidad que se resiste a ser compatible con las aspiraciones y sentimientos independentistas.

Los últimos años han visto desarrollarse la hipocognición a gran escala, esto es, una ignorancia construida socialmente favorable a las creencias y a los fines del independentismo. Esa ignorancia ha incluido una explicación reduccionista de los males de Cataluña, atribuyéndolos a un factor externo llamado España.

Con los espíritus inflamados por el sueño independentista, se ha repetido, contra toda evidencia, que la voluntad colectiva libre y pacíficamente expresada en las urnas será respetada por el conjunto de la ciudadanía de Cataluña, por el Estado español y por la comunidad internacional” (Programa de Junts pel Sí), que la independencia no pondría en peligro la pertenencia de Cataluña a la Unión Europea y que la economía progresaría.

Me detendré unos momentos en estos aspectos.

Frente a la mitad de la sociedad catalana

Un objetivo primordial de los líderes independentistas era alcanzar una amplia mayoría social con cuyo apoyo poder negociar en posición de fuerza.

Pero no han acertado en su trato a la mitad no independentista de Cataluña (No incluyo aquí a las más de 1.100.000 personas extranjeras con autorización de residencia cuyas preferencias a este respecto ignoro). La han ninguneado, no la han tomado en consideración, no se han preocupado por conquistar parcelas de esa parte de la sociedad.

No dieron importancia al hecho de que más de la mitad de la gente entendiera que un referéndum por la independencia dividiría a la sociedad catalana. Esa era la opinión en enero de 2017 de un 55,1% de las personas consultadas, mientras que un 40,5% pensaba que no produciría ese efecto (No se pronunció un 4,5%) (Encuesta del GESOP de enero de 2017 antes mencionada).

Era cuestión de tiempo que la mitad de Cataluña que estaba en desacuerdo con la independencia acabara reaccionando, como así ha sucedido. 

La ofensiva independentista ha propiciado que pasara del aturdimiento inicial y de la pasividad a un despertar autoprotector y a modificar en cierta medida su forma de ver las cosas. 

A lo largo de estos últimos años, se ha podido advertir una progresiva aproximación de esa mitad de Cataluña hacia el resto de la sociedad española. 

En la actualidad, a juzgar por la encuesta de My Word (la parte catalana del sondeo abarcó 606 entrevistas on line), realizada entre el 13 y el 16 de noviembre, ha cambiado sustancialmente el panorama. Lo recordaba hace unos días Belén Barreiro, directora de My Word, entrevistada por Pepa Bueno en la SER: en los últimos meses se han consolidado “dos sociedades en Cataluña”, la independentista y la no independentista. Esta última es cada vez más parecida a la población del resto de España. “Ahora hay una mitad de la sociedad catalana que es igual que la española y los políticos no independentistas no se dirigen a esa sociedad". "Ha habido un repliegue de los catalanes no independentistas que han cambiado de opinión y ya no ven en el referéndum una solución. Los catalanes no independentistas respaldan la gran mayoría de las actuaciones del Estado en Cataluña, salvo la intervención policial del uno de octubre”. 

El Gobierno español, la Unión Europea, la economía

El Estado, encabezado por el Gobierno del Partido Popular, no quiere un proceso secesionista. Al igual que no puede aceptar un proceso ilegal. Es condenable su comportamiento el 1 de octubre –muy en el estilo de ciertas inclinaciones de la derecha española– pero su respuesta era previsible. Esa prueba, en todo caso, daría beneficios al independentismo. Si la consulta no era reprimida, le permitiría exhibir un fuerte apoyo social; si, por el contrario, era reprimida, como así fue, reforzaría su papel de víctima. Al menos algunos sectores del independentismo, desde tiempo atrás, han tratado de sacar provecho de la represión. Así se puede comprobar en las siguientes palabras, pronunciadas por el dirigente de la CUP Quim Arrufat en septiembre de 2016: “Hay que hacer entrar en contradicción antidemocrática al Estado y que tenga que recurrir a algún tipo de fuerza legal o fuerza bruta para que tenga que reprimir, si quiere reprimir, hasta las últimas consecuencias”.

Un hecho: tras el encarcelamiento de Jordi Sánchez y de Jordi Cuixart el 16 de octubre y hasta el 26 de noviembre, el número de socios del Òmnium Cultural experimentó una subida de 16.000.

El artículo 155 de la Constitución adolece de un defecto importante. Me refiero a su extrema imprecisión que no ha sido compensada por el desarrollo de una ley orgánica. Esto hace que quede en manos del Senado su concreción material, de un Senado que no representa a las comunidades territoriales (como debería ser si se tratara de un Senado federal) sino que está integrado por elegidos provinciales. Su aplicación,  entre otras anomalías, podría haber posibilitado que el Gobierno español controlara al Parlament, quebrantando la división de poderes. No ha sucedido en este caso porque la rápida convocatoria de elecciones ha supuesto la disolución inmediata del Parlament. En cualquier caso, la inclusión de esa potestad de controlar al Parlament, propuesta por el PP, fue rechazada por el Senado a iniciativa de los senadores canarios.

Pero, ¿alguien podía creer que ante una situación como la creada tras la-proclamación-de-independencia-que-no-fue-una-proclamación de independencia cualquier Gobierno no se emplearía a fondo?

Las instituciones del conjunto del Estado español no están en disposición de inclinarse ante esa supuesta “voluntad colectiva libre y pacíficamente expresada”, según la fórmula oficial independentista. Uno de los grandes errores de apreciación de los líderes independentistas consistió precisamente en no percatarse suficientemente de esta imposibilidad.

Desde julio de 2016 se concedió la prioridad al referéndum que conduciría a la DUI y, aunque hasta octubre de ese año los líderes independentistas se refirieron en múltiples ocasiones a las posibles iniciativas represivas del Gobierno del PP,  a partir de entonces cambiaron radicalmente. La consigna fue que, hiciera lo que hiciera Rajoy, lo decisivo sería la voluntad del pueblo catalán. “Si se quiere, se puede”. Este mensaje intensamente voluntarista se convirtió en un leit motiv en vísperas de la consulta del 1 de octubre. Joaquim Forn, consejero de Interior, el 1 de septiembre: “Depende de nosotros ganar y conseguir nuestro sueño de la independencia”. Marta Rovira, número dos de Esquerra, el 14 de septiembre: “El camino hacia la república catalana no tiene retorno”. “Todo depende de nosotros” fue una frase muy repetida. Es difícil saber hasta qué punto lo creían y en qué grado fue un señuelo manipulador.

Lejos del más elemental realismo, los dirigentes independentistas defendieron un axioma táctico verdaderamente asombroso. Recalcaron que una vez declarada la independencia se reforzaría la posición negociadora de las instituciones catalanas en su relación con el Gobierno español y con las instituciones europeas. 

También se alentó la ingenua creencia de que la Unión Europea acogería con los brazos abiertos a una Cataluña independiente, uno de los territorios más prósperos del continente. Grave error: los Estados de la Unión Europea no desean tocar las fronteras actuales ni activar las demandas soberanistas. José María Ruiz Soroa ha seguido la pista de la evolución de la UE respecto a las demandas de independencia en Cataluña: “La posición de la UE ante la reivindicación catalana consistió, en un primer momento, en un simple recordatorio de las reglas de pertenencia ya existentes: si Cataluña se sale de España quedará fuera de la Unión, tendrá que solicitar su ingreso como un tercer país nuevo. En un segundo momento, se añadió una posición más substantiva, pero todavía de marcado carácter neutra (…): es una cuestión interna de España sobre la cual la UE no se pronuncia. Pero en un tercer y último momento, Europa ha adoptado una posición que es ya declaradamente normativa: La Unión está en contra de la segregación de cualquier región de un Estado miembro porque es incompatible con sus valores (Obligación de convivir, El Correo, 19 de noviembre de 2017). 

Los dirigentes independentistas no quisieron tomar en serio estas declaraciones y siguieron asegurando que Europa acabaría acogiendo a la República catalana.

En lo tocante a la economía, se negó reiteradamente que una situación tan inestable como la actual pudiera llevar a miles de empresas a trasladar su sede a otros lugares, incluyendo en muchos casos el domicilio fiscal, con los consiguientes perjuicios para la hacienda de una hipotética Cataluña independiente. Tampoco se reflexionó debidamente sobre las posibles repercusiones que tendría la independencia en los intercambios comerciales con el resto de España. La Cataluña virtual del independentismo carecía de una economía instalada en la realidad. 

El éxito conseguido en estos años, en amplios sectores de la población, por las fantasías fabricadas por los líderes independentistas es un objeto de estudio que debería merecer especial atención.

Fin de ciclo

La operación DUI (Declaración Unilateral de Independencia) no podía triunfar contra la mitad de Cataluña, el Estado, la Unión Europea y buena parte del mundo empresarial. Y, además,  rompiendo la legalidad. Una proeza imposible. En póquer se llama ir de farol; aunque se aparentó lo contrario, no había cartas para ganar.

En un reciente y excelente artículo, Alberto López Basaguren subrayaba las dificultades de esta operación. Entre ellas, la siguiente: “La secesión es algo muy serio, extremadamente difícil. Especialmente, en la zona del mundo, en la sociedad y en el momento histórico que nos han tocado en suerte. Es la geopolítica. Es el precio de no padecer dominación colonial; de no sufrir persecución ni violaciones graves de los derechos humanos; de disfrutar de plenos derechos civiles y políticos; de participar, a través de representantes elegidos democráticamente, en el gobierno del país; de tener reconocida la singularidad cultural y lingüística; de gozar de autogobierno para la propia comunidad. El derecho de autodeterminación es un remedio para quienes tienen la desgracia de vivir en condiciones de dominación, falta de reconocimiento o persecución; aunque ni tan siquiera en esas circunstancias esté siempre garantizada su viabilidad” (La larga marcha, El Diario Vasco, 5 de diciembre de 2017).

Hemos asistido al comienzo de un episodio que era a un tiempo un combate entre dos Estados, el español y el catalán, a su vez incluido en el español, y a un intento semi-revolucionario contra uno de esos dos Estados. Para llevar adelante semejante empresa, tal empeño habría necesitado, como condición imprescindible, un plus de legitimidad que el independentismo no llegó a alcanzar, por más que sus promotores aseguraran que el respaldo social conquistado daba luz verde a la independencia.

La operación que comenzó en 2012 ha concluido sin alcanzar el fin perseguido. No es que el independentismo se haya extinguido, ni mucho menos. Pero ha fracasado la fórmula concreta puesta en práctica, que abarcaba un referéndum fuera de la ley y una proclamación unilateral de independencia. Ha terminado así un episodio de un lustro en el que han confluido impresionantes movilizaciones, gestos políticos erráticos y la construcción de una realidad imaginaria que la realidad real se ha encargado de desmontar. 

Las proposiciones políticas míticas no pueden soslayar la prueba de los hechos. Como sostuvo el sociólogo Norbert Elias –que consideraba que quienes se dedican a la labor científica debían actuar como cazadores de mitos–, “Los grandes mitos son insostenibles cuando se contrastan con los datos de la realidad” (Sociología fundamental, 1970, Barcelona: Gedisa, 2008). 

Según el sondeo de Metroscopia publicado el 27 de noviembre (consulta telefónica a 1800 personas residentes en Cataluña, entre el 20 y el 22 de noviembre), entre enero y octubre de 2017, pasaron de un 22% a un 49% quienes, habiendo votado a Junts pel Sí y a la CUP, pensaban que una Cataluña independiente quedaría fuera de la Unión Europea; de 22% a 45% quienes estimaban que muchas empresas trasladarían su sede fuera de Cataluña; de 82% a 59% quienes suponían que la economía catalana mejoraría con la independencia; de 70% a 55% quienes esperaban que se redujera el paro en Cataluña.

Ante la pregunta: “¿Qué preferiría que ocurriera tras las elecciones del 21 de diciembre?”, un 24% optaba porque se intente continuar con el proceso independentista, mientras que un 71% se mostró favorable a que se negocie con el Gobierno de España la situación de Cataluña en el Estado español (Un 4% se declaraba contrario a ambas posibilidades).

Dentro del independentismo, la idea de continuar con la estrategia de los últimos cinco años atraía aún al 56% de los votantes de la CUP, al 58% de los de Junts per Catalunya y al 63% del electorado de Esquerra Republicana.

Por lo demás, el independentismo necesita seguir una dirección, pero ¿cuál puede ser esta después de haber quemado los cartuchos de las elecciones plebiscitarias, del referéndum y de la DUI?

En las últimas semanas, tras la activación del 155, los dirigentes independentistas han admitido públicamente que no tenían un respaldo social suficiente para culminar el proceso independentista. Han admitido que no calcularon bien las reacciones del Gobierno. Han reconocido, igualmente, que no estaban preparadas las estructuras estatales de recambio para controlar el territorio catalán. 

Algunos líderes destacados han afirmado que en la actual situación que no será posible la unilateralidad, que habrá que cumplir la ley y que convendrá descartar ponerse plazos para la realización de los objetivos políticos.

A mediados de noviembre, el PDeCAT y Esquerra firmaron un documento de nueve puntos en el que se comprometían a promover “un gran acuerdo de país” con vocación constituyente y orientado hacia la autodeterminación. Según el texto, se trataría de llegar a una “negociación bilateral con el Estado español y con la Unión Europea –como sujeto de derecho internacional– a partir de la cual, sin ninguna renuncia previa por parte del Parlament y del Govern, se haga posible el acceso de Catalunya a la plena independencia y a la efectiva y pacífica articulación democrática de la República catalana”.

A través de estas declaraciones es difícil saber hasta qué punto hay en el mundo independentista una conciencia realista acerca de la magnitud de su fracaso y de las dificultades que tienen delante. Cabe pensar que tras el 21 de diciembre no se va a intentar hacer lo que acaba de naufragar. 

Pero, si no se toma la medida del mundo real, es probable que el independentismo –hoy más erosionado que antes por las desconfianzas, las divisiones, los signos de hostilidad, y más desorientado respecto al rumbo a seguir– vuelva a salir escaldado. Y, aunque no lo sepan o no quieran admitirlo, los líderes que han organizado este fracaso no están en condiciones de afrontar debidamente la nueva situación.

------------------------

Eugenio del Río fue uno de los fundadores del MCE. Ha escrito entre otras obras, Primeros pasos de Podemos. 2014-2015 (Gakoa, 2016), Liderazgos sociales (Talasa, 2015), y De la indignación de ayer a la de hoy. Transformaciones ideológicas en la izquierda alternativa en el último medio siglo en Europa occidental (Talasa, 2012). 

CTXT está produciendo el documental 'La izquierda en la era Trump'. Haz tu donación y conviértete en coproductor. Tendrás acceso gratuito a El Saloncito durante un mes.

Este artículo es exclusivo para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí

Autor >

Eugenio del Río

Suscríbete a CTXT

Orgullosas
de llegar tarde
a las últimas noticias

Gracias a tu suscripción podemos ejercer un periodismo público y en libertad.
¿Quieres suscribirte a CTXT por solo 6 euros al mes? Pulsa aquí

Artículos relacionados >

5 comentario(s)

¿Quieres decir algo? + Déjanos un comentario

  1. Catherine

    Me parce importante decir que los independentistas son ante todo un movimiento nacionalista y racista. Yo me fui de cataluna en el 83 y ya en esa épices empezaba a haber endoctrinamiento, en el instituto el profesor daba un punto suplemenrario si se escribia en catalan. Desde el 83 je vivido en Francia y varios paises latinoamericanos y siempre me he sentido acogida en todos la dos menos en cataluna. Todavia tengo familia allo, y se que ellos se tienen que callar. Asi no se puede vivir.

    Hace 3 años 10 meses

  2. Edu MS

    No ha sido usted imparcial, Sr. Eugenio. Coincido plenamente con la opinión de Castañer. De la lectura de su artículo se podrían concluir cosas como que las empresas catalanas cambiaron su sede "sin más" por el mero hecho de la independencia. La actitud del estado no ha sido inocente tampoco en este aspecto o... ¿no se decretó una aflombra roja para que la salida de las empresas catalanas? Olvida usted también (¿deliberadamente?) la acción más que política que judicial de la justicia española, desvirtuando con ello la sacrosantidad de lo que dicen defender. El movimiento independentista ha fracasado, cierto, pero el auge brutal de este movimiento y la situación actual son también un fracaso del gobierno español, incapacitado profundo para hacer política. Observando y entendiendo el mundo a través de su dicotómico prisma de Victoria/Derrota. Me da la sensación que tiene usted buen ojo para la paja en el ojo ajeno.

    Hace 3 años 11 meses

  3. Castañer

    Al articulista parece irritarle profundamente que le recuerden que España es irreformable. No que lo sea: que se lo recuerden. Que le recuerden que España (es decir, el cuerpo político que decide lo que España es) se muestra graníticamente sólido en los temas que aquí se debaten, sin asomo de flexibilidad en un horizonte racionalmente concebible. Es una lástima tal irritación ante la evidencia de las cosas. Si la independencia es una mentira, seamos al menos igualmente honestos no defendiendo otra: la mentira de la reforma.

    Hace 3 años 11 meses

  4. asterix

    Si, el problema del nacionalismo español es que no se reconoce como tal. Que se asevere que la DI fue ilegal, demuestra la tendencia del autor. Fue ilegal segun la sacrosanta constitución española, no según el derecho internacional. El derecho internacional, por mucho que pese en España está por encima de un texto constitucional elaborado con los militares en la mesa.

    Hace 3 años 11 meses

  5. Sebas Guim

    Se hace difícil de seguir un texto que habla continuamente de nacionalistas sin especificar a qué nacionalistas se refiere.

    Hace 3 años 11 meses

Deja un comentario


Los comentarios solo están habilitados para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí