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LA VIDA NO ES ESTO

Elogio de la tristeza (navideña)

Lo que más le aterre en estas fechas, querido lector, es quizás lo que quiere contarle el cuento más hermoso de su vida

Miguel Ángel Ortega Lucas 17/12/2017

<p>Fotograma de <em>Qué bello es vivir</em>. Frank Capra, 1946.</p>

Fotograma de Qué bello es vivir. Frank Capra, 1946.

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Corremos, no dejamos de correr, despavoridos. Mientras tanto, un niño, una cría, allá adentro, corre en paralelo por el pasillo de nuestra propia sombra.

¿De qué huimos? Si ya nos pasamos la vida cotidiana corriendo (huyendo) de un sitio a otro, por estas fechas hierven las calles de nuestra civilización como la víspera de una catástrofe. Se supone que se avecina una fiesta, pero si detiene usted la mirada, por un momento, si hace oído por entre el fragor imposible de esas calles del demonio; si se queda quieto entre la gente y le quita el sonido a la farsa, y congela la imagen, verá quizás un macabro cuadro de Goya (en Madrid, por ejemplo) en que la Romería de san Isidro es una suerte de romería de la calle Preciados: los mismos rostros contemplando el horror, pero en este caso maquillados por la sonrisa de arlequín de las lucecitas, sepultados bajo bolsas de la compra como piedras de Sísifo; los ojos hurtando la mirada a todo lo que no sea la orgía del ruido propio.

Por debajo, sin embargo, la tristeza clandestina de los vampiros:

“Creo que casi todas nuestras tristezas son momentos de tensión”, escribía en una carta Rainer M. Rilke, “que percibimos como paralización porque no oímos ya vivir nuestro sentir enajenado. Porque estamos solos con ese extraño que ha entrado en nosotros; porque se nos ha quitado por un momento todo lo familiar y habitual; porque estamos en medio de un tránsito donde no podemos quedarnos quietos”.

La tristeza nos usurpa la farsa continua, los juegos malabares que hacemos ante nuestro propio espejo para fingir que todo está siempre bien, muy bien, qué guay, cómo mola, tía. Cercena con un golpe de sangre “nuestro sentir enajenado”: nuestro vivir ajenos a nosotros mismos, empeñados en ignorar todo aquello que nos duele. “No podemos quedarnos quietos” ante esa tensión entre la mentira exterior y la verdad que trata de emerger por dentro: entonces, lo que hacemos es correr más rápido por fuera. Huyendo de ese tránsito interior (el niño corriendo por la gruta, la niña gritando despavorida), seguimos corriendo, calles preciados arriba, hasta la cima de la nada.

Se supone que va a estallar una fiesta, pero es como si un gigante cósmico hubiera pisado el hormiguero, o estuviera al borde de pisarlo

Porque tenemos miedo de la sima interior, corremos sin tregua hasta una cima que no existe. Porque nos aterran esas voces que tratan de decirnos algo distinto, la voz de “ese extraño que ha entrado en nosotros”, procuramos con un esfuerzo fanático llenarnos de todas las vocecitas y todos los ruidos posibles –si es en manada, o en piara, mucho mejor–, de modo que casi todo el mundo conocido va convirtiéndose en una colosal jaula-discoteca en que no puede filtrarse la más mínima brizna de silencio. Y si usted sale a la calle, se pondrá unos cascos o pegará la cara al móvil o transitará por la acera con más afluencia posible, como las cabras; y si vuelve a su casa encenderá corriendo la televisión, el portátil, escribirá al cretino que peor le cae de su agenda: lo que sea por no escuchar ese silencio que alienta desde todos los rincones, como si acechara un asesino.   

Se supone que va a estallar una fiesta, pero es como si un gigante cósmico hubiera pisado el hormiguero, o estuviera al borde de pisarlo: no parece la prisa alegre de los que van a celebrar la vida, sino la desesperación de los que huyen de una ciudad a punto de ser sitiada. No se celebra la navidad: se instaura como una dictadura de la alegría por cojones; la seguridad de la alegría para mantener más allá del muro el caos revolucionario que quiere rebelarse (y revelarse) desde la propia sombra interior.

Quizá por eso, y no sólo por el delirio mercantilista –el negocio sólo hace negocio con el miedo anterior a él–, será por lo que la adelantan cada vez más, hasta que un día sea Nochebuena en septiembre: divorciados, peleados, ignorantes cada vez más de cualquier horizonte espiritual (del verdaderamente espiritual, no de las múltiples estafas que llevan ese nombre), necesitamos en consecuencia prorrogar y multiplicar las fiestas con cualquier excusa imbécil, con tal de no estar solos con nosotros mismos. La ironía radica en que no hay manera, en nuestra cultura, de frivolizar por dentro con las navidades. Sea uno o no cristiano, católico, religioso o jugador de la lotería, las implicaciones emocionales son demasiado profundas, antiguas: los niños sueñan con lo que sueñan los niños; los padres recuerdan lo que soñaban de niños, y tratan de recuperar en ello alguna limosna de infancia; casi todos lloran a los que perdieron (a los padres que perdieron, a los abuelos que perdieron, a las parejas que perdieron), porque hace mucho que dejaron de ser niños. Y también todos –absolutamente todos, me atrevería a decir– sienten que una suerte de anhelo, como una brisa del norte, les roza la cara y les siembra un escalofrío en la espina dorsal; algo que susurrase que todavía, todavía se puede tener esperanza.

No tiene nada que ver con la religión: estas fechas, lo quiera uno o no, levantan un santuario en el inconsciente colectivo en que todo parece querer hablar distinto, hacernos mirar a través de la luz azul del frío benigno de diciembre.

Pero huimos de él: huimos de nosotros mismos, de ese santuario en que quiere hablar nuestra sombra. Del templo hacia el que quieren llegar el niño, la niña que corren despavoridos por la gruta del pasillo de la casa de la abuela que perdiste. Y sin embargo (el gigantesco Rilke otra vez):

“No tenemos ninguna razón para desconfiar de nuestro mundo”, nuestro mundo interior de supuesta oscuridad, “pues no está contra nosotros. Si tiene espantos, son nuestros espantos; si tiene abismos, esos abismos nos pertenecen; si hay peligros, debemos intentar amarlos... ¿Cómo habríamos de olvidar esos antiguos mitos que están en el comienzo de todos los pueblos, los mitos de los dragones que, en el momento supremo, se transforman en princesas? Quizá todos los dragones de nuestra vida son princesas que esperan sólo eso, vernos una vez hermosos y valientes. Quizá todo lo espantoso, en su más profunda base, es lo inerme, lo que quiere auxilio de nosotros”.

Lo que más le aterre en estas fechas, querido lector, es quizás lo que quiere contarle el cuento más hermoso de su vida. Lo que más tristeza pueda provocarle es lo que lleva demasiado tiempo queriendo darle un abrazo. Y quizás esas cenas y comidas navideñas a las que tanta aversión íntima tiene (por más que finja lo felicísimo y maravillosísimo que es todo) sean justo la oportunidad para montar una fiesta verdadera, la más real, la más definitiva: todas las tristezas, de usted y de los suyos, bien puestas encima de la mesa, sin miedo alguno a decir duele, sin pudor alguno a decir lo siento, sin terrores infantiles por la lágrima que trata continuamente de salir; sin miedo a decir: Sí, estoy rota, estoy roto, no puedo más. Pero brindo por el dolor que me recuerda quién soy, cómo llegué hasta aquí.  

Son nuestros abismos, nuestros espantos: no hay razón, en el fondo, para tenerles miedo. Para no dar la mano al niño que corre por el pasillo, y ayudarle a enfrentar al dragón, a la sombra gigantesca y negra que nos espera al final de la gruta: hasta darle un abrazo, y romper los dos en ángel: “todo lo espantoso es lo que quiere auxilio de nosotros”.

“Un monstruo me persigue, yo huyo”, escribió la aterrada Alejandra Pizarnik: “Pero es él el que tiene miedo, es él el que me persigue para pedirme ayuda”.

Date la vuelta, mírale a los ojos, y escucha de una vez el cuento que lleva tanto tiempo queriendo contarte. 

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Miguel Ángel Ortega Lucas

Escriba. Nómada. Experto aprendiz. Si no le gustan mis prejuicios, tengo otros en La vela y el vendaval (diario impúdico) y Pocavergüenza.

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