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Elogio de las banderas

Los símbolos son de todos cuando el país, el poder, la riqueza son de todos. Pero para que sean de todos hay que transformarlos en su matriz. Las emancipaciones también tienen su tela

Santiago Alba Rico 24/11/2017

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Hace quince años, tras una visita al Líbano, escribí un “homenaje a la bandera” que ahora retomo con algunas variaciones, un poco irritado con los abanderados trileros de todos los partidos pero también con los cosmopolitas abstractos que levitan, sin vértigo, medio metro por encima de la tierra firme.

Nunca me han emocionado las banderas, ni siquiera de niño, a esa edad en la que apenas representan la instructiva convergencia de nombres majestuosos y colores elementales. Pero tuve que ver bailar sin suelo a un puñado de jóvenes palestinos en el campo de refugiados de Nahr-al-Barid para comprender que una bandera puede ser a veces, más que nada, una cadera. Es terrible, sin duda, que una bandera represente casi siempre el desprecio por el otro, la mentira rentable, la esclavitud sublimada, pero es muy bueno, muy bonito, muy sano y habla muy conmovedoramente de los límites felices de la condición humana el hecho de que --al revés-- la virtud, la belleza, la bondad, el amor, las fuerzas más abstractas e inasibles, las más íntimas, tengan que cristalizar y sólo puedan expresarse a través de un grumo de materia: un volumen, un color, una textura, un cuerpo. No hay escapatoria posible. Cada vez que rechazamos las banderas, nuestro rechazo se convierte, como poco, en una insignia. ¿Y por qué rechazarlas? Un pañuelo en un caballo, una cinta en el cabello, un anillo en el dedo, ¿no pueden ser las banderas de un abrazo? El fuego, ¿no es la bandera de la cultura humana? El sol, ¿no es la bandera de la razón? Y la ropa colgada en el balcón, ¿no es la bandera de la limpia y dura normalidad doméstica?

Materialista no es el que “cree” en la materia sino el que se pasma o se rebela ante la variedad jeroglífica de sus cristales; el que la protege de los ahormadores sin entrañas, el que no confunde el rojo de una rosa con el rojo de una fosa

La buena voluntad de los izquierdistas es inseparable de una cierta falta de circunspección; es decir, de un cierto desprecio por los detalles. Allí donde las diferencias se asocian a jerarquías, no se nos ocurre otra forma de luchar contra las jerarquías que negar todas las diferencias; ni otra manera de combatir los instrumentos de la opresión que liberar al hombre de todos los instrumentos, incluso de los de la liberación. Así, contra las reglas de la tiranía nos conformamos muchas veces con la afirmación vacía de una libertad gelatinosa e insípida. Así, contra el nacionalismo chovinista y el expansionismo colonial, desdeñamos todas las banderas so pretexto de que “no son más que un trapo”. Bueno, un trapo. Los tanques son sólo hierro. Las estatuas son sólo piedra. Los novios son sólo carne. Las palabras son sólo aire. Y todos, pobres y ricos, de derechas o de izquierdas, somos por igual cuerpos. Contra las banderas, incurrimos en una especie de idolatría al revés, mediante la cual sumimos todas las diferencias en una pasta original a la que no reconocemos ningún valor o solo uno venenoso y negativo. Yo estoy a favor de la idolatría, la cual se inclina ante la madera, el ladrillo, la tela y la piedra. Pero no me inclino ante el hierro si tiene forma de tanque ni ante las estrellas estampadas en el uniforme de un marine ni ante la tela ideológica en la que se ha urdido --sangre y pus-- el rojigualda destino de España. Idólatras, sí; idólatras, siempre, pero idólatras con criterio. Amamos que las cosas se materialicen, pero no amamos por igual todas las cosas que se materializan. Materialista no es el que “cree” en la materia sino el que se pasma o se rebela ante la variedad jeroglífica de sus cristales; el que la protege de los ahormadores sin entrañas, el que distingue entre una horca y una percha y no confunde el rojo de una rosa con el rojo de una fosa.

Los humanos deberían tener una bandera sólo hasta que tuviesen un suelo de verdad o cuando el suelo estuviese amenazado en su raíz o si el suelo se llamase y contuviese Un-Poco-De-Justicia; y en este último caso se tendría una bandera como se tiene una mancha en la camisa favorita o una cicatriz en la rodilla: marcas de uso de las que nadie se avergüenza pero para las que nadie reclama un homenaje. Me conmueve la bandera de Palestina. Me gustaría creer en la de la ONU. Me enternece y embravece la arco iris del orgullo gay. En cuanto a la española, no me ofende en un estadio y entre las manos de un seguidor de la Roja y sí en la sede del PP. Hay cosas ante las que uno se puede inclinar sin humillarse y otras cuya sola existencia es ya una humillación. Nos inclinamos ante un niño porque es perfecto; nos inclinamos ante el amado porque es bello; nos inclinamos ante una montaña porque es grande; nos inclinamos ante un desgraciado porque es más débil; nos inclinamos también ante una bandera cuando es una cadera. No podemos inclinarnos, en cambio, ante el engaño, la traición, el servilismo, la tortura, el desprecio por el otro, el vicio de uno mismo, la tiranía y la barbarie, por muy inocentes que sean los colores con que se anuncien.

Pues ocurre que el contrapunto exacto, sobre la misma línea, de los izquierdistas abstractos que dicen que “la bandera es sólo un trapo” lo constituyen los derechistas de toda laya que declaran que “la bandera es de todos” porque es lo único que están dispuestos a compartir. La bandera es de todos cuando el país, el poder, la riqueza son de todos. Pero para que el país, el poder, la riqueza, sean de todos hay que transformarlo en su matriz. Las emancipaciones también tienen su tela. En un mundo en el que incluso la razón y la piedad --lo más invisible y delicado-- se expresan con trapos y ladrillos y en el que la universalidad sólo puede defenderse a partir de un territorio concreto y malogrado, la causa del hombre contra la estrechez de las patrias ha de tener por fuerza fronteras y banderas; ha de tener también su patria. Fronteras cada vez más anchas, banderas cada vez menos aparatosas. Patrias cada vez más matrias.

Por muy grande que sea la bandera española en cinemascope --gran nube contra el sol-- de la sede del PP en la calle Génova de Madrid, no es lo bastante grande como para cubrir el cielo ni para ensombrecer todos los rincones de la tierra. No cubre a mis amigos ni sus dolores, ni a mis compañeros ni sus cabreos, ni mis árboles ni mis mermeladas ni mis elucubraciones ni mis anhelos. No cubre España entera. Para todo eso habrá que encontrar o recuperar también colores y bordar una (o varias) banderas republicanas, democráticas, plebeyas y biodegradables. Y el que no se incline ante ella(s), será porque se está inclinando en libertad ante algo más serio, más placentero o más hermoso.  

Autor >

Santiago Alba Rico

Es filósofo y escritor. Nacido en 1960 en Madrid, vive desde hace cerca de dos décadas en Túnez, donde ha desarrollado gran parte de su obra. Sus últimos dos libros son "Ser o no ser (un cuerpo)" y "España".

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