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Crítica ficción

Diccionario abreviado de literatura hispanocursi

Xandru Fernández 4/11/2017

Carlos Brayda

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Hace unas semanas se presentaba en Calatayud el libro-manifiesto Los límites de lo cursi. Quince años de literatura española (2002-2017), una antología “dialogada”, según su prologuista y compilador, Saturnino Molero, en la que se incluyen textos en prosa y en verso de casi medio centenar de escritores en lengua castellana nacidos después de 1960. Concebida como una panorámica de la literatura española actual (en castellano; le pregunté a Molero por Whatsapp si hacía sus tesis extensibles al resto de literaturas peninsulares; me respondió que no era experto en literatura portuguesa, el muy gilipollas), Los límites de lo cursi plantea la arriesgada hipótesis de que las mutaciones experimentadas por la poesía, la narrativa y el periodismo de opinión en estos quince años suponen un cambio no solo generacional sino también sentimental con respecto a la llamada Cultura de la Transición, a cuya sombra se moldea y a la que, hasta cierto punto, impugna como paradigma ético y estético. Esas mutaciones, siempre siguiendo a Molero, pasan por una primera fase de optimismo vanguardista y tecnológico (2002-2007), una segunda fase de autocrítica motivada por la recesión económica (2007-2012) y una tercera fase de radicalización política y adocenamiento estético (2012-2017). En ellas quiere ver Molero el campo de pruebas donde se fraguará la mojigatería discursiva de los portavoces de la llamada “política de autor”, una controvertida etiqueta que Molero toma prestada del mundo de la gastronomía y que se aplica a todos aquellos políticos-personajes que, según el antólogo, “no alimentan, pero empalagan” (en justa venganza por la impertinencia de su respuesta a mi razonable y educada pregunta anterior, revelo aquí algunos nombres que Molero me chivó cuando le pedí ejemplos de esos políticos-personajes: Juan Carlos Monedero, Juan Carlos Girauta, Andrea Levy, Gabriel Rufián, Mónica Oltra, Adriana Lastra y Pablo Iglesias).

Debido a su incoherencia temática, su prosa desabrida y desordenada, su total carencia de aparato crítico y sus más que cuestionables conclusiones, Los límites de lo cursi no me parece un libro apto para adultos y estoy más que satisfecho con su nula repercusión mediática. Con todo, me ha parecido oportuno rescatar algunas observaciones interesantes que aparecen dispersas por sus páginas y ordenarlas alfabéticamente, por si se diera el caso de que algún lector, aparte de los seis asistentes a la presentación de Calatayud, echara en falta una pequeña introducción a sus delirantes páginas. Helas aquí.

Revelo aquí algunos nombres que Molero me chivó cuando le pedí ejemplos de esos políticos-personajes: Juan Carlos Monedero, Girauta, Andrea Levy, Gabriel Rufián, Mónica Oltra, Adriana Lastra y Pablo Iglesias

Autoficción. Parodia de novela protagonizada por un individuo razonablemente parecido al autor solo que más majo, más alto y más atormentado. Si todos los demás personajes son escritores famosos, el autor es Vila-Matas.

Bernhard (Thomas). Seudónimo de Miguel Sáenz. “Como en todos mis libros, nunca pensé en la estructura antes de ponerme a escribir. Empiezo a hacerlo automáticamente, a lo Thomas Bernhard, pam-pam-pam” (Agustín Fernández Mallo).

Canon. 1) Lugar platónico donde residen las obras maestras. Solía adoptar la forma de un programa de estudios universitarios del que salía uno convertido en cultísimo. Estaba lleno de novelas rusas y cosas de Shakespeare. Harold Bloom vive allí. La cultura del turbocapitalismo lo ha sustituido no exactamente por departamentos de estudios culturales, que es lo que le quita el sueño a Harold Bloom, sino por listas de “los 100 libros que deberías leer antes de morir”, resumidos y comentados por becarios que sobreviven a base de kebab. 2) Marca registrada, fabricante de máquinas de escribir eléctricas (típica tecnología de transición, como el vídeo beta, el laser-disc o la yogurtera), de esas que tampoco usó nunca Javier Marías (véase).

Correo electrónico. Instrumento utilizado por los autores noveles para dirigirse a editores que desconocen su uso. A principios de siglo eran indispensables para que una novela diera la impresión de ser hipermoderna. Ya han sido sustituidos por el Whatsapp.

Courier New. Tipografía con que, en las novelas epistolares de principios de siglo, se redactaban los correos electrónicos (véase Correo electrónico).

Crítica. El brazo armado del canon. Desde que el canon ha sido desplazado por el mercado, la crítica es el brazo desarmado del mercado: en lugar de golpear, abraza.

Cursi. En su tercera acepción, cursi es para el DRAE lo siguiente: “Dícese de los artistas y escritores, o de sus obras, cuando en vano pretenden mostrar refinamiento expresivo o sentimientos elevados”. Dos expresiones son aquí relevantes: la primera, “en vano”, nos sitúa dentro de los límites de la estética de la recepción; la segunda, “elevados”, nos obliga a asumir una jerarquía mucho más cruda que la que insinúa el sustantivo “refinamiento”. Combinando ambas expresiones, se sigue que el receptor que juzga si una obra es cursi se encuentra en un sitio elevado, esto es, pertenece a una elite cuyo gusto da gusto al canon (véase Canon) y rechaza aquello que, proveniente de abajo, no da la talla. En sus primeras comparecencias escritas, allá por la década de 1860, el adjetivo cursi describía las pretensiones de las clases medias por “elevarse” al nivel de refinamiento de los superricos. Con el paso del tiempo, le ha pasado lo mismo que al sustantivo “régimen”, que de tanto aplicarse a cosas chungas ha perdido su potencia descriptiva (lo que explica que tanta gente se ponga violenta cuando dices “régimen del 78”): al adjetivo cursi le ha quedado solamente, de sus primeros pasos, el lacado tardorromántico que exhibían aquellas clases medias afectadas y cucañeras, y hoy día connota sensiblería fácil, favoreciendo discursos autorreferenciales como este de Risto Mejide: “Ser cursi no es andar todo el día afectado. Ni repetir las chorradas que escuchaste en esas películas que acaban siempre con una declaración en el aeropuerto y un vuelo a punto de despegar. Ser cursi es el derecho universal del ser que ama. Es hablar un idioma que nadie más entiende ni entenderá. Un idioma que no se traduce en palabras, sino en un estado emocional. Ser cursi es la forma que tiene de liberarse la intimidad”. Y así. En los últimos quince años la intimidad del escritor tecnológicamente desacomplejado ha cultivado ese “idioma que nadie más entiende ni entenderá”, con tan mala o peor suerte que, finalmente, algunos han creído entender que se abría la veda para abonarse a los clichés. Esos clichés siguen cursos definidos, todos ellos deudores de la pedantería tardorromántica, que pasan por: a) el desparpajo, incluso la logorrea, entendida como quintaesencia de una individualidad a prueba de balas: el autor-personaje no teme al ridículo, lo desafía y lo sobrepasa: “No perdamos esa belleza. Pues esa belleza, nuestro brillo en los ojos, es la fuerza de Podemos, y está por encima de la habilidad y la capacidad de cálculo de cualquiera de nosotros” (Pablo Iglesias); b) el desprecio hacia lo que el autor-personaje concibe como imposiciones de estilo o de conducta, ya provengan del canon o de la corrección política: “Su decadencia se hizo inevitable no tanto por la gratuidad del porno ubicuo en la era digital –y digital en el más amplio sentido– como por el creciente triunfo del puritanismo intelectual, ese que mientras predica el amor libre encadena el pensamiento salvaje, reacio a la estabulación en las cuadras de lo correcto” (Jorge Bustos, sobre Hugh Hefner); c) el sesgo de género tradicionalista, más que tradicional, que implica alabar las virtudes tribales de lo masculino (la valentía, el ardor guerrero, el “con dos cojones”) y de lo femenino (la sumisión, el susurro, el amor por la prole y el jabón de Marsella): “Impresiona que el perfeccionismo de Letizia haya llegado al extremo de consolidarla no ya como una reina, sino como la heredera de una milenaria dinastía. Delgada, hierática, de tez albina. Y como escribía Valle Inclán en Sonata de estío, consciente del desdén patricio de los criollos” (Rubén Amón). Lo hispanocursi, en su versión corregida y aumentada, ha encontrado enseguida su lugar propio, después de intentar domar la narrativa y la poesía, en el periodismo de opinión y, consecuentemente, en el discurso de los políticos de autor.

“Impresiona que el perfeccionismo de Letizia haya llegado al extremo de consolidarla no ya como una reina, sino como la heredera de una milenaria dinastía"

Fuertes (Gloria). Epítome de lo cursi para toda una generación, ha acabado representando la Poesía, con P mayúscula y en singular platónico, al menos para el negociado hipster (véase), que no es poco. Javier Marías (véase) la convirtió en excusa de uno de sus celebrados ataques contra el feminismo.

Hipster. Sector del público potencial del mercado editorial al que se trata de atraer y agasajar con: a) libros muy gordos que parecen ilustrados por un publicista de hace sesenta años y muy probablemente lo hayan sido por un becario de dieciséis; b) libros firmados por músicos con experiencias traumáticas inconfesables; c) libros firmados por humoristas sin experiencias traumáticas conocidas; d) libros sobre berenjenas.

Humor. Virtud de la que hace gala el escritor hispanocursi cuando quiere ganar lectores. Virtud de la que carece él mismo cuando empieza a perderlos.

Ironía. Antigualla romántica. En su sentido más extendido, conjunto de muecas que hace un autor para aparentar que no se toma a sí mismo en serio pero aspira a que sus lectores sí lo hagan.

Marías (Javier). Novelista analógico, aspirante a Nobel y probable merecedor de él. Dice escribir con una máquina de aquellas que hacían tanto ruido y tal vez por eso genere tanto ruido con sus columnas de opinión, en las que apenas se reconoce al novelista y sí, en cambio, a un cascarrabias muy poco selectivo. Es a la literatura lo que Iggy Pop al glam-rock: le debe la fama a su maestro-amigo (David Bowie/Juan Benet). Siempre pareció más viejo de lo que es, le suelen hacer fotos con posados raros en blanco y negro, y aún no ha escrito su obra maestra. La literatura hispanocursi le necesita como blanco de resentimientos generacionales y él se presta a ello. Francisco Umbral (véase Umbral) lo calificó de “angloaburrido”. Rechazó el Premio Nacional de Narrativa.

Murakami (Haruki). Novelista digital, aspirante a Nobel e improbable merecedor de él. Es el Jaimito de los chistes entre escritores. Pasará a la historia de la literatura si no se la carga antes la crítica literaria abrazafarolas: resume una sensibilidad. Se trata de una sensibilidad muy masculina pero sin arcabuces ni ardor guerrero: delirios heterosexuales de varones de clase media que un día se compran unas mancuernas y al día siguiente un gusto estético. No debería extrañar a nadie que el mejor exponente de la sensibilidad hispanocursi sea japonés: el lector hispanocursi consiente en verse reflejado en una novela pero rechaza ver en ella a sus vecinos, sus compañeros de trabajo o sus clientes. La sensibilidad hispanocursi es hiperindividualista.

Nocilla. Marca registrada de una popular crema de cacao. Se desconocen sus propiedades literarias.

Novela (muerte de la). Una de las paradojas más inquietantes de la literatura hispanocursi (vale, tal vez no sea una paradoja, pero es que la última vez que alguien dijo “dialelo” sucedieron cosas) es que: a) casi nadie lee novelas, o al menos no al ritmo frenético con que se publican, o en todo caso no las novelas aspirantes a figurar en el canon (véase), de donde b) se concluye que la Novela, con mayúscula y en singular absolutista, ha muerto o se está muriendo o está esperando a que la maten, en cuyo caso c) se profetiza que será un novelista superdotado el que le dé el coup de grâce mediante un nuevo Ulysses o una nueva Recherche, por lo que d) los grandes sellos editoriales siguen publicando novelas como churros cuya rentabilidad depende de la fortuna que corran en los cada vez más escasos clubes de lectura. Hay alternativas en prosa, tan duraderas como un partido de extrema izquierda: la autoficción (véase Autoficción), el ensayo sin fuentes, el reportaje novelado y lo que escribe Manuel Vilas.

Poesía. Es la forma hegemónica de la sensibilidad hispanocursi. Según dicen, se escribe “en la red”. Lo que es en la red, se leen cosas como “Las etiquetas no se pegan sobre el sudor feliz endorfinado”, que tal vez signifiquen algo o tal vez no. Su universo temático se ha comprimido de un modo extraño hasta caber perfectamente en las siguientes categorías: a) efusiones sentimentales sección Álex Ubago; b) informaciones no deseadas sobre eyaculaciones, menstruaciones y otras genitalidades aparentemente inspiradas por Bukowski; c) lo mismo que antes, pero con drogas; d) cosas relacionadas con coches, autopistas, arcenes y cuentakilómetros. Su arsenal conceptual en materia de escándalos es anterior a los Sex Pistols y puede que anterior a Catulo. Curiosamente, se ha convertido en la forma literaria más pura del sesgo de género, algo así como una reserva espiritual de estereotipos cuya irrelevancia social la pone a salvo de la crítica política. Su cursus honorum es sencillo: se empieza recitando en un bar y, con suerte, se acaba en Visor o de columnista en El Mundo. Otros posibles destinos, mucho más lucrativos, incluyen contrato con supermegamonstruos editoriales y fotos en blanco y negro en las que tanto ellas como ellos suelen aparecer con el pelo tapándoles media cara y posando como extras de Zoolander. Se lo pasan bien.

Post. 1) Género literario menor caracterizado por la exposición más o menos ordenada de pensamientos ajenos con redacción propia o sin redacción alguna. Se ensayó primero en blogs de autor, donde parecía simplemente continuar las tradiciones del ensayo o del diario íntimo, pero acabó encontrando su nicho propio en Facebook, ese bazar oriental de la grafomanía. 2) Prefijo ubicuo que delata al escritor perezoso o al lector sin lecturas, suponiendo que sean personas diferentes. Acompaña preferentemente a términos con enjundia filosófica o política (como “verdad”, “censura” o “democracia”) y se utiliza para privarlos de ella. Hace añorar los adverbios terminados en –mente.

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