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Tribuna

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Igual sigue habiendo mimbres para un sujeto político, para un nosotros con capacidad de nombrarse y alumbrar lo que viene, pero no creo que admita ya más soluciones en falso, y la catalana no ha sido, desde luego, la única

Jorge Lago 31/10/2017

Pepdripol

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No hay independencia sin la construcción de un sujeto político. Y toda construcción de un sujeto necesita de un nosotros. Ese nosotros nunca está dado, no es el resultado de algo que ya está ahí, sino de una construcción o, si se prefiere, de una articulación. Articulación de demandas, sentimientos, necesidades, creencias, aspiraciones y, también y no menos importante, de enemigos comunes. Lo que nos une y lo que impide realizar eso que nos une. Eso, me temo, es un pueblo. Y eso ha faltado.

Ese pueblo, ese nosotros, nunca es total, siempre deja fuera de sí una parte. Pero no es lo mismo, y esta es la cosa, dejar fuera a una minoría -o a un sector amplio pero desarticulado-, que a casi la mitad de la población. Escuchaba a Soledad Gallego esta mañana en La Ser decir que esto de un solo pueblo es el principio de todos los males, que menos mal que hay muchos o diversos pueblos. Bueno, no necesariamente -con permiso de Soledad-. Sin ese nosotros que funda un pueblo, que se acaba convirtiendo en un todos nosotros, no hay Revolución Francesa, ni independencia estadounidense. Por no haber, no hay ni siquiera Constitución del 78.

La cuestión no es, pues, la apelación al pueblo. Porque sin éste no hay sujeto soberano y, sin él, el cuerpo político existe porque es nombrado por un otro externo (un soberano sin sujeto popular, un rey, un estado sin sociedad civil, unas élites o una oligarquía, y suma y sigue). La cosa, creo, estriba en la capacidad que tengas de que al decir “nosotros, el pueblo” no generes una división en la sociedad que deje de tu lado de la frontera a una escasa mitad de la población, o menos. No es, claro, una parte numérica sino simbólica lo que se busca nombrar, es decir, una parte que marca el rumbo, que se dota de razones --las tenga todas o no--. Esa parte que se hace todo. Pero si es una parte que une a la contraria y la define frente a ti con fuerza… no, no has logrado un sujeto político capaz de transformar una situación dada. Y eso es, quizá, lo que se ha hecho desde el bloque independentista: nombrar un nosotros con más fuerza para articular al otro (a esos que se sienten ellos) que para definirse o nombrarse a sí mismo de forma suficiente.

sin pueblo  no hay sujeto soberano y, sin él, el cuerpo político existe porque es nombrado por un otro externo 

También es necesario valorar la articulación de ese nosotros desde dos o tres variables más: de entrada, es necesario preguntarse cuánto de negativo y cuánto de positivo tiene esa articulación. Y me explico: ¿prima el elemento de rechazo, de antagonismo o conflicto con el ellos para definir al nosotros, o pesa más el elemento positivo, lo que ese nosotros quiere ser y será si triunfa? Dicho de forma aún más clara: ¿somos porque no nos dejan ser, o somos porque queremos ser otra cosa, esa otra cosa que ya representamos? Para que la definición del nosotros tenga vocación mayoritaria, el elemento negativo (somos en la medida en que nos oponemos a ellos) debe dar paso a un elemento o momento positivo (somos para ser… una democracia más avanzada, igualitaria, inclusiva, moderna…. toda vez que incompatible con y desde ellos.). Me temo que no es difícil intuir qué tipo de apelación al nosotros ha primado en el procés. Y por qué le ha costado ir más allá de su base electoral.

Así que no, la cuestión no es la de decidir entre el nacionalismo y alguna otra forma de construcción del sujeto político o del nosotros (¿qué sería lo contrario del nacionalismo?), sino la de atender a la capacidad de construir --o no-- un sujeto político nacional (y si no lo construyes tú, te lo construyen). Y es que tenemos que cuidarnos de asumir o tomar por evidente una creencia asentada en la izquierda: la de que todo nacionalismo es un relato inventado, una narrativa mítica, una fantasía opuesta, por tanto, a una (la) verdad (material) de las cosas. Y de que, por tanto, el pueblo no se construye o articula, sino que se manipula o se representa. Es decir, que el pueblo, el nosotros, el sujeto político es algo que está ya ahí, con intereses y demandas objetivas (que derivarían de realidades económicas, políticas o históricas identificables desde la sola razón), y que podrían ser ocultadas, manipuladas o deformadas por relatos falaces. Esta idea oculta siempre una (falsa e inconsistente) soberbia, que se despliega en dos tiempos: primero se expresa en esa idea por la que el otro manipula mientras tú haces política (una cierta superioridad moral, vamos). Para, después, considerar que el otro construye falsos relatos sobre el nosotros mientras tú los fundas en la verdad o la objetividad (superioridad intelectual, digamos). Y para terminar, esta doble soberbia oculta, como toda soberbia, una falta, una ausencia, una carencia: la de la incapacidad de la izquierda para nombrar un nosotros, o de hacerlo con más potencia o capacidad de movilización y de arraigo que sus oponentes políticos. Una ausencia, en definitiva, que se traduce en una derrota por incomparecencia. ¿Cómo que la izquierda tiene necesariamente que oponerse a todo nacionalismo?¿No hemos aprendido del S.XX? ¿De la imposible --y trágica-- apelación a la clase para fundar un país? ¿O del siempre insuficiente recurso legal-contractual para constituirse como sujeto soberano? ¿Tampoco hemos aprendido nada de la derrota histórica de un internacionalismo que se olvida siempre de que sin nación no hay nada que inter-relacionar? ¿De que si no construyes tú el nombre y el sentido del proyecto común de una sociedad --que hoy por hoy es estatal por mucho que te esfuerces en desear lo contrario--, te lo construyen siempre otros? ¿De que no hay vida en común que no pase por la apelación a un nosotros, y que más te vale ganar el relato, al menos ser parte sustantiva de su enunciación, porque de lo contrario vas a estar eternamente pidiendo perdón por hacer política (por usar la bandera, por cantar el himno, por no saber qué política internacional defender, por que te duela la emigración de tus hijos y de todos los amigos de tus hijos, por que sientas no pertenecer a un lugar porque otros se apropian de su relato?

 ¿Cómo que la izquierda tiene necesariamente que oponerse a todo nacionalismo?¿No hemos aprendido del S.XX? ¿De la imposible --y trágica-- apelación a la clase para fundar un país?

Y aquí es donde entra en escena el juego de espejos nacionalista a ambos lados del Ebro: quizá el problema no es, como mucha izquierda sugiere, el de un simple enfrentamiento entre nacionalismos. Sino el de uno entre nacionalismos sin proyecto de país más allá de su negación recíproca. ¿Qué idea de España hay detrás de las apelaciones a la unidad? Ninguna o, por ser generoso, una idea escasa, exigua. Se trata de una unidad fundamentalmente negativa: soy en la medida en que no te vas. Si se tratara de un argumento para mantener a tu pareja, sería no solo escaso, sino patético por inútil y vacío: solo somos en la medida en que no te vas. Unidad sagrada pero vacía. Ese es el contenido de la unidad que propone, exige y ejecuta el Gobierno español: Unidad Negativa Española, sin contenido propositivo alguno (salvo que esconder la corrupción, los recortes y la desafección política cuenten como contenido positivo). Apelar una y otra vez a que el Régimen del 78 ha permitido las cuatro décadas de mayor democracia y mejores derechos sociales de la historia de este país, además de tautológico (no hay otras cuatro décadas presentes con qué comparar), es un estéril ejercicio de viaje en el tiempo, a ese tiempo en que la crisis, la corrupción y la desafección política no habían roto los acuerdos que lo hicieron posible: me retrotraigo a ese momento en el que los consensos operaban para clamar… ¡que vuelvan los consensos victoriosos!

No tengo problema en confesar que me ha interesado mucho más el nacionalismo catalán que el español. No por esos prejuicios izquierdistas que descalifican el nacionalismo propio pero simpatizan con el ajeno, sino por una cuestión elemental: en su construcción discursiva hay elementos no meramente negativos (no soy tú y eso me define), sino también positivos (democracia, republicanismo, modernización institucional…). No oculto tampoco que en una confrontación entre pura negatividad (no te vas porque si no no soy) y negatividad especular (me voy para ser lo que tú no te permites ser), simpatizo con los segundos.

Pero también me cuesta poco confesar que esa simpatía con el nacionalismo catalán se transforma en relativa indignación al constatar que la premisa de la necesidad de la independencia se sostiene en la hipótesis de una España irreformable. Es decir, en una lectura selectiva de la crisis del R78 por la que la sempiterna negación Estatal/Gubernamental de las demandas de autonomía y soberanía catalanas (expresadas primero en la reforma del Estatut y después en el deseo mayoritario de un referéndum) hace sombra, hasta ignorar, los procesos de cambio político (todo lo bloqueados que se quiera) iniciados en el 15M. Lectura de la crisis del R78 que corre el riesgo de volverse puramente performativa (esto es, que acabe generando su propia confirmación): un cierre regresivo del bloque constitucional… ¡que legitima su involución democrática precisamente por la existencia del otro que se va! Y no, no puedo hacer responsables a los independentistas catalanes de ignorar lo que pase a este lado del Ebro, ni por los efectos que han tenido o pueden con mucha probabilidad tener en España las decisiones que han tomado desde el procés. Pero sí puedo, e igual debo, señalar el panorama reaccionario que nos regalan, en España y Cataluña… ¡a cambio de nada!

Y es que igual no había una mayoría social catalana para un proceso independentista de este calado. Igual lo que había era un espacio político y social para una mayoría soberanista: ese cerca del 80% de la población catalana a favor del derecho a decidir, esa tradición soberanista e independentista que podía articularse, o aglutinarse, desde el “un sol poble” del movimiento obrero catalán que se construyó con el Psuc (que la clase no haga al pueblo no significa que el pueblo se haga sin una dimensión de clase) hasta el más refinado independentismo de los jóvenes ultra formados a la Graupera, pasando por el republicanismo y federalismo transversales de sectores no desdeñables del PSC y los Comunes, sin olvidar a una sociedad civil con enorme capacidad de generar institucionalidad (ANC, Òmnium), por ser en exceso sintético.

Un soberanismo con mimbres discursivos, sentimentales y políticos más que suficientes para una ruptura con esa Unidad Negativa llamada España. Esa mayoría social que se acabó mostrando mayoritaria el 1 de octubre, sí, pero como reacción soberana ante la respuesta represiva y delirante de la Unidad Negativa. Pensar que esa unidad es lo suficientemente estúpida como para repetir esa tragedia, ya en forma de farsa, y legitimar mediante la represión un proceso de independencia es, me temo, un gran error político del procés. Enfrente tenían un proyecto político con escaso relato y una apelación vacía a la Unidad Negativa de España, sí, pero también se trataba de un estado moderno que hubiese necesitado de mucho más para hacer efectiva la ruptura imaginada.

Termino con un gráfico. Mírenlo porque explica algunas cosas fundamentales:


Fuente: electomania.es

Explica, de entrada, una profunda desafección generacional tan importante o más que la crisis de identidad nacional y su traducción política en forma de proceso de independencia. Un 56,4% de menores de 40 años llega a empujar al independentismo más lejos que nunca en 2013, durante los efectos más duros de la crisis económica y social, durante lo peor de los recortes (¡en Cataluña de forma notable!) y a poco menos de año y medio del 15M… para acabar siendo la cohorte de edad que menos apoya, hoy y según este estudio electoral, la independencia de Cataluña. No tengo espacio en este texto para un análisis más detallado de lo que esta desafección generacional, social y política ha supuesto en la historia reciente de España. De los espacios de cambio y transformación democrática que ha permitido, pero también de la orfandad política en la que puede acabar arrojada, y de la responsabilidad histórica que tenemos para evitarlo. Valga ahora una reflexión mínima en forma de eslogan: igual esto iba más de crisis generacional y de régimen (del 78, sí) que de crisis territorial (o, por decirlo con algo más de precisión, de una crisis generacional y de régimen, la que expresó el 15M, que una vez puso en crisis el bipartidismo, desplazó sus efectos --y algo dije sobre esto aquí-- a una crisis territorial y nacional que no ha conseguido articular ese descontento y esa aspiración a un cambio político sustantivo).

Igual sigue habiendo mimbres para un sujeto político, para un nosotros con capacidad de nombrarse y alumbrar lo que viene, pero no creo que admita ya más soluciones en falso, y la catalana no ha sido, desde luego, la única. Tras el aparente fracaso del procés, todo indica que vamos hacia una nueva huída hacia atrás de la Unidad Negativa Española y de su juego de espejos (DUI más breve que un suspiro, 155 hasta nuevo aviso, judicialización de la política y cierre aparente, en nombre de una estabilidad y unidad asfixiantes, de toda posibilidad de cambio político). Queda por saber si es posible todavía una construcción positiva de ese nosotros. Si cabe un proyecto de país que permita una democratización del Estado, del modelo productivo, de lo público y lo común --también de la soberanía compartida o plurinacionalidad-- a la altura de las aspiraciones que se despertaron de forma meridiana a partir de 2011… y cuyos efectos políticos han generado estos lodos de hoy.

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Autor >

Jorge Lago

Editor y miembro de Más Madrid.

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10 comentario(s)

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  1. LuisMa

    Flaneur, por Dios, qué poca capacidad de análisis. Un poquito de pensamiento propio por favor.

    Hace 4 años 1 mes

  2. Anónimo XXL

    El argumento de la España irreformable es comprobable empíricamente por mucho que el autor diga. Recuerdo que 2/3 del Congreso (PP, PSOE y CC) jalea, aplaude, apoya y celebra la represión política que sufrimos en Cataluña y los encarcelamientos. Representan 16,5 millones de votos de 24,3 (elecciones 2016). ¿De verdad cree el autor que hay espacio para un nosotros plural y diverso en esta España? ¿Piensa el autor que estos 3 partidos perderán muchos votos en las elecciones generales o se les premiará por la represión? Ni en los peores tiempos de la crisis los 2 partidos dinásticos han tenido que preocuparse por perder espacio representativo (lo que demuestra por enésima vez lo mal que encajan con la realidad los análisis trufados de marxismo, que van de error en error). E incluso si aceptáramos que "España es reformable", cabría preguntarse si lo son los ciudadanos y las instituciones por separado. ¿Cree el autor que las instituciones españolas son reformables? Choca bastante seguir encontrando análisis que confuden el "ser" con el "debería ser" (un "debería ser" del autor, claro!)

    Hace 4 años 1 mes

  3. Cesar

    Creo que el “No nos representan” que se coreaba en el 2011 era muy acertado, y sigue siéndolo. El desafío al estado se entendió claramente por las élites que reaccionaron pronto, con la porra y reconduciendo hacia los nacionalismos. Los “empoderamientos” tibios se vienen quedando cortos a la hora de articular una realidad en contraposición a los esperpénticos estados nacionales. El autor acota las opciones y por tanto se resigna una patética realidad que encajona nuestra libertad.

    Hace 4 años 1 mes

  4. Rouvroy

    No estoy de acuerdo con Carlos. Su identificación del nacionalismo con el fanatismo simplemente es comprarla propaganda del bloque dominante. O acaso son fanaticos los dos millones que quieren desconectarse. Es un grito de libertad y de rabia como lo demuestra la gráfica. Es un grito de es más fácil cambiar Catalunya que España. Y ahí está su fallo, Catalunya solo puede ser soberana por vías pacíficas en una nueva España Confederal y republicana. Por eso hay que aprovechar la ola para romper el statuquo. Si tras las elecciones catalanas fuera posible un tripartito de ERC, PSC y ECP con un programa de cambio social que incluya un referéndum pactado con tres preguntas el principio del fin del R78 está casi garantizado porque generaría una ola de ilusión en España que habría que saber surfear. No se si seríamos capaces, y esa será el reto de las nuevas fuerzas transformadoras. El 22D hablaremos y hasta entonces a pelear para ganar.

    Hace 4 años 1 mes

  5. Rouvroy

    Excelente análisis. Esconderse detrás de Lenin para justificar el rechazo al nacionalismo del pueblo, es un poco insuficiente pues no tiene nada que ver la realidad catalana de 2017 con la rusa de 1917. O si? Acaso la experiencia leninista es determinante más allá de la realidad revolucionaria transformadora fracasada por sus herederos. El proceso catalán no ha llegado al objetivo deseado pues como muy bien dice Jorge no se plantearon convocar al poble. Pero si le han dado un golpe, quizás definitivo, al R78. La nefasta intervención del monarca, la posición asustadiza del PSOE, van a significar sin duda una revisión del R78, a favor del pueblo si conseguimos modificar la relación de fuerzas o regresiva si fracasamos. Y en esa batalla transversal, la izquierda tradicional necesita aliados nacionalistas y convocar a la mayoría social en un modelo de País ilusionante.

    Hace 4 años 1 mes

  6. Carlos

    Yo creo que respeto las ideas independentistas de cualquiera, al fin y al cabo eso lo tendría que valorar alguien con una objetividad suficiente. Al final, se trata de un nacionalismo como cualquier otro, incluido el español. La clave está en separarse del peligroso fanatismo y esto es lo que no han hecho los independentistas catalanes. Primero, partiendo de la premisa de que pueden cambiar el status quo identitario, es decir, lo más básico, desde lo que piensa la mitad de la población, imponiéndolo al resto. Segundo, además, haciéndolo desde la rebelión, sí esa es la palabra adecuada, aunque se quiera disfrazar de algo parecido a una revolución falsamente moderna y suave que no utiliza la violencia física. Pero no hace falta ser muy vivo para ver que hay otras formas de violencia. La principal, la de la imposición a la otra mitad. Hay quien argumenta que la propuesta de la independencia en el programa electoral de las pasadas elecciones catalanas ya justifica su aplicación por cualquier medio. Pero la tozuda realidad, ésta sí, democrática y de derecho se ha encargado de cortar las alas del fanatismo. Por eso discrepo de lo afirmado en este artículo: “en su construcción discursiva hay elementos no meramente negativos (no soy tú y eso me define), sino también positivos (democracia, republicanismo, modernización institucional…)” Yo, sinceramente, no veo esos elementos positivos, sólo veo a unas élites políticas, sociales e intelectuales, con intereses ocultos muy diferentes, que mueven los hilos sentimentales de una gran parte de la población. Miedo me daría su democracia y modernización institucional. Como prueba un botón, el cambalache pretendido por los independentistas para no declarar formalmente la independencia: que alguien diera instrucciones a un juez de alto nivel para que arriesgando algo más que su carrera, sacase de la cárcel a los detenidos. Una cosa es que el fiscal general pueda promover o no determinadas denuncias según intereses políticos, cosa criticable, y otra pretender lo que pedían. Cada vez veo más plausible pensar que iban a fundar una república bananera hecha a su gusto, con dos aspectos que actualmente les falta: controlar más el dinero y tener tribunales a medida. En definitiva, más de lo mismo, de lo que la historia ya nos ha enseñado, pero con una salvedad, que prefiero sin duda unas instituciones más o menos consolidadas a otras por desarrollarse desde el fanatismo.

    Hace 4 años 1 mes

  7. Flaneur

    Extraordinario artículo, imprescindible para entender lo que está pasando en Cataluña y que dota de poderosísimas herramientas conceptuales. Enhorabuena al autor, espero que se anime a publicar un comentario de la gráfica más extenso.

    Hace 4 años 1 mes

  8. José Luís

    Con lo fácil que hubiera sido decir, "Nosotros, los del 3% un solo pueblo para trincar". Hubiera sido más fácil entenderse entre corruptos de la Gurtel y los del 3%, Andorra y los misales. Y diga usted qeu sí ¿qué sabría Lenin de política cuando dijo "No pintéis el nacionalismo de rojo?. Si Lenin hubiera podido leerle a usted, seguro que habría dicho, No pintéis el robo de nacionalismo, o algo así.

    Hace 4 años 1 mes

  9. Mayte

    Gran artículo de Jorge Lago.Muy de acuerdo en casi todo.El único aspecto que no comparto es el relativo a las izquierdas y los nacionalismos.Obvia los nacionalismos europeos,en su mayoría xenófobos,que viven bien y no son precisamente apoyo del pueblo llano (los míos,la clse trabajadora).No quiero ahondar demasiado pero todods los paises se han formado por la fuerza de los nacionalismos.Quizás ahora empiezo a entender mi falta de sentimiento patriótico ni hacia España ni hacia Cataluña.Apoyaría la primera república que se autodenominase socialista,me da igual si es española,catalana,ibérica,europea...

    Hace 4 años 1 mes

  10. Esteban

    Leyendo artículos como este, por otra parte pertinentísimos, no puedo dejar de preguntarme su realmente el autor —o cualquier lector avisado— cree realmente que España estaba a un pasito de la proclamación de la III República, y solo la —¡vaya por Dios, qué mala suerte!— irrupción del conflicto territorial en Catalunya ha hecho que no fuera posible su advenimiento.

    Hace 4 años 1 mes

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