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Un paseo por la Zona Negativa (I)

Sobre la huella literaria de la violencia en el País Vasco antes de ‘Patria’: una selección de autores euskaldunes y sus obras sobre el conflicto vasco

Iban Zaldua 20/10/2017

<p>Manifestación contra la dispersión de  los presos de ETA (2008).</p>

Manifestación contra la dispersión de  los presos de ETA (2008).

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Todos sabemos que antes del año 0 de Patria nadie se había atrevido a hacer literatura en torno al ciclo de violencia que el País Vasco ha padecido desde la década de los sesenta del pasado siglo. Ni siquiera el propio Fernando Aramburu, cuyos anteriores libros sobre el asunto –Los peces de la amargura, Los años lentos y, más tangencialmente, Fuegos con limón– es como si tampoco hubiesen existido nunca.

Sin embargo, en un universo paralelo –al parecer tan inaccesible desde el nuestro como La Zona Negativa de los tebeos de los Cuatro Fantásticos–, sí que se ha escrito sobre el tema, tanto en castellano como en ese otro idioma, el euskera o vascuence, que, pese a todas las leyendas, no se representa en Lineal A o algún otro alfabeto indescifrable, sino que pueden leer al menos unos setecientos y pico mil de todos esos ciudadanos que cantan y bailan a ambos lados del Pirineo –como dicen que decía Voltaire de los vascos–, y pasmosamente, se puede traducir y, de hecho, se traduce a los grandes idiomas de la República Mundial de las Letras, entre ellos el español.

la literatura en euskera, minoritaria y minorizada, no llega a una cierta mayoría de edad hasta finales de los ochenta, cuando logra una cierta autonomía con respecto al compromiso nacional-culturalista 

El Ministerio de CTXT me ha pedido que haga una selección, por fuerza muy personal, de autores euskaldunes y sus obras sobre el conflicto vasco, o, tal y como nos hemos empeñado en denominarlo gentes como Jokin Muñoz o yo mismo, La Cosa. (La amnesia aramburiana también afecta, al menos en parte, a no pocas obras en castellano, por ejemplo de Raúl Guerra Garrido, de Ramiro Pinilla, de Luisa Etxenike, de Juan Bas, de José Manuel Fajardo, de Jorge M. Reverte, etc., pero el del vascuence es el campo que conozco mejor, y, además, es el más menospreciado por la citada amnesia. Con mucho). Así que me calzo la escafandra, abro el portal que me lleva al Área de la Distorsión, y voy recogiendo una serie de muestras, por supuesto incompleta, que voy a intentar glosar. Pese a lo caótica que suele ser la Zona Negativa, hoy es mi día de suerte y la mayoría de las referencias, aunque no todas, van apareciendo en orden cronológico ascendente, y así es como las voy depositando en mi zurrón positrónico, y como las intentaré catalogar al verterlas al artículo que escribiré posteriormente, cuando regrese de mi excursión interdimensional.

Los pioneros

Lo primero que me encuentro es Cien metros, de Ramon Saizarbitoria. Esta novela breve, que tenía que haber visto la luz en 1974, pero no fue publicada hasta 1976 (Editorial Kriseilu) y fue secuestrada por las autoridades franquistas –con el consiguiente quebranto económico para editores y autor–, marca el comienzo, al menos en el campo de la narrativa, del subgénero literario de La Cosa vasca, y lo hace, creo yo, a un buen nivel literario: pese a que el contexto no era el más propicio, no es en absoluto una novela panfletaria. Narra, en varios planos –la influencia del experimentalismo vanguardista de la época es clara–, los últimos metros en la carrera de un militante de ETA herido de muerte por la plaza de la Constitución –entonces plaza del 18 de Julio–, en un San Sebastián despreocupado y tan entregado como hoy a su vocación turística. Acaba de ser reeditado en castellano por la editorial Erein (2017), con una portada horrible y un prólogo a evitar (entre otras cosas, por los spoilers: quizá habría sido preferible utilizar las notas que el propio autor escribió para la última reedición en euskera).

Un poco más allá aparece Grand Placen aurkituko gara (Haranburu Editor, 1983), de Mario Onaindia. Fue la segunda novela del antiguo miembro de ETA y dirigente –entonces– de Euskadiko Ezkerra, y la más directamente ligada, de las suyas, a La Cosa. Un activista recién amnistiado espera en una terraza del centro de Bruselas, donde va a reencontrarse con su familia: la novela recoge en paralelo lo que le pasa por la cabeza y una carta que le está escribiendo su compañera, lo que tiene su punto, porque hace aparecer, bastante pronto, el punto de vista de las mujeres –de una mujer– en el conflicto, dentro de un subgénero literario que, por su naturaleza –no pocas veces ha versado sobre “nuestros muchachos”…–, ha solido ser muy “masculino”, como insistiré más adelante. Situada en 1977, se publicó en el contexto de la autodisolución y reinserción de ETA político-militar, y se nota. Aunque creo que es la mejor de las novelas de Onaindia, me temo que no ha envejecido del todo bien; no tan bien como Cien metros, eso seguro. Tuvo traducción al español, Grand Place (Akal, 1985), y se puede encontrar en algunas bibliotecas y, por lo que veo, bastante barata además, en IberLibro.com.

Caramba: la siguiente obra que voy a mencionar es ya de la década de los noventa. ¿Qué quiere decir esto? ¿Que en los años de plomo, los de mayor violencia y tensión por parte de ETA –y por parte del Estado–, no se escribió nada sobre La Cosa? Pues sí, en parte es así. Pero eso, más que con el conflicto en sí, creo que tiene que ver con la dinámica propia de una literatura en formación: hay que recordar que la literatura en euskera, minoritaria y minorizada, no llega a una cierta mayoría de edad, pongamos, hasta finales de los años ochenta, cuando logra una cierta autonomía con respecto al compromiso nacional-culturalista que había sido, hasta entonces, uno de sus principales motores. En cualquier caso, yo diría que sí, que vale, que el mito de que la literatura en euskera ha eludido el tema proviene de esta época, como señalaba en mi ensayo Ese idioma raro y poderoso (2012). Aunque, en realidad, no lo hace: hay buenas obras que tratan el tema en la época, pero tan indirectamente que no creo que puedan ser consideradas novelas sobre La Cosa, como Hamaseigarrenean aidanez, de Anjel Lertxundi (Erein, 1983), la historia de un apostador rural que, en uno de sus lances, muere, entre el silencio cómplice de todos los que le jalean durante el juego… un silencio y una connivencia con los que, como el propio autor ha defendido en más de una ocasión, pretendía hacer referencia a los de la sociedad vasca ante su tragedia política; y algunas bastante flojas, como Exkixu, de José Luis Álvarez Enparanza ‘Txillardegi’ (Elkar, 1988), una novela de aventuras, fallidamente barojiana, sobre la formación y la “carrera” de un militante de ETA, y que fue, seguramente por desgracia, best seller entre el público escolar de secundaria durante gran parte de los años noventa (un tema digno de estudio, por lo tanto, más desde el punto de vista sociológico que del literario; bueno, fijo que también es muy goloso para los conversos a los Cultural Studies, teniendo en cuenta que su autor fue uno de los fundadores de ETA…). O como Mugetan, de Hasier Etxeberria (Elkar, 1989), un intento temprano y también raté de aunar novela negra y La Cosa. Mi hipótesis es que no escribir de La Cosa, en la época, era también una manera de criticar la deriva del llamado “conflicto vasco” en aquellos años: reivindicando la autonomía literaria por medio del intimismo, del vanguardismo o del realismo mágico a la vasca, o dándole la vuelta al viejo costumbrismo rural, como hicieron, entre otros, Arantxa Urretabizkaia, Bernardo Atxaga, Pako Aristi o Inazio Mujika. Pero lo cierto es que, si echamos un vistazo a la literatura en castellano de la época, sea vasca o sea española, tampoco me salen tantos buenos libros que traten del asunto, de manera que no sé…

La crudeza del conflicto hace su aparición, o una sociedad civil dividida

ha habido una cierta tendencia a prestar más atención a la figura del victimario, sobre todo a la del militante de ETA. Eso sí: se ha hecho muchas veces desde un punto de vista muy crítico

Etorriko haiz nirekin?, de Mikel Hernandez Abaitua (Elkar, 1991). Los noventa se abren con esta ambiciosa novela en torno a Alberto, profesor universitario, sus cartas y visitas a un amigo preso, sus relaciones familiares, las amenazas que recibe… Pero es también una de las primeras que encara la violencia de ETA en toda su crudeza –aunque también la de la policía y el Estado en general–, lo que en su día le trajo al autor no pocas críticas, amenazas y problemas personales; por cierto, hay traducción al castellano (¿Vendrás conmigo?, Centro de Lingüística Aplicada Atenea, 2010). Aunque pienso que, en esa misma línea de ahondar en los efectos de la violencia en los distintos ámbitos de la sociedad vasca –Patria no inventa nada, en ese sentido–, es algo mejor su siguiente novela “cosística”, Ohe bat ozeanoaren erdian [‘Una cama en medio del océano’]  (Erein, 2001), aún no traducida. En esta misma línea creo que merece una mención también Ur uherrak, de Aingeru Epaltza (Pamiela, 1991). A primera vista no parece una novela de La Cosa (no es una “novela terrorista”, es decir, sobre ETA, que sería el sub-subgénero más inmediato dentro del subgénero Cosa). Pero las historias que hila en torno a los peculiares habitantes de un pequeño pueblo de la montaña navarra, entre los cuales destacan un bertsolari retirado y la hija mulata de un antiguo emigrante que ha regresado de Norteamérica después de haber luchado en la guerra de Vietnam, se desarrollan en un ambiente que predice con dolorosa precisión el enfrentamiento civil que sacudió a la sociedad vasca sobre todo a partir de los años noventa. También de esta hay traducción al castellano, con el título de Agua turbia (Pamiela, 2013, aunque la editorial de Eva Forest y Alfonso Sastre, Hiru, la publicó en este idioma por primera vez en 1995).

Los fantasmas del pasado nunca se desvanecen

Gizona bere bakardadean, de Bernardo Atxaga (Pamiela, 1993). Creo que es muy significativo que tras el éxito de su libro de cuentos Obabakoak (Premio Nacional de Narrativa en 1989), Atxaga se atreviera con algo en principio tan incómodo como La Cosa, tanto de cara al mercado “interno”, como al “externo”. De hecho, sigo pensando que es la mejor novela –la más novela– de un autor cuyo territorio natural, en prosa, es el del relato. Algo que logra a través de una mezcla de intriga y elementos semifantásticos, una suerte de thriller extraño en el que el protagonista, Carlos, antiguo miembro de ETA “retirado”, que regenta un hotel en las cercanías de Barcelona, ve turbada su tranquilidad por la llamada del pasado: la llegada de unos activistas en fuga que buscan refugio en su hogar en vísperas del Mundial de fútbol de 1982. Es una buena novela sobre el fracaso de las ilusiones militantes, un tema recurrente en las ficciones sobre La Cosa; la actual edición en venta, en castellano, es la de Alfaguara (El hombre solo, 2006), que sustituye a la previa en Ediciones B (1995). Aprovechando que el Ibaizabal pasa por Durango, creo que la primera novela de Atxaga tiene más de un paralelismo con la que casi una década después publicó Joseba Sarrionandia, su compañero de fatigas en la revista vanguardista Pott y el evadido más famoso de La Cosa vasca: Lagun izoztua (El amigo congelado)  (Elkar, 2001). Es un libro que, aunque comparte en ocasiones el ambiente onírico que desprende El hombre solo, se centra en el tema del exilio o el destierro de los militantes de ETA, en el contexto de un mundo cada vez más globalizado; sin embargo, creo que como novela funciona algo peor que la de Atxaga, aunque tiene pasajes hermosos (Sarrionandia es otro poeta/cuentista metido a novelista…); no hay traducción al español, pero sí al alemán (Der gefrorene Mann, Blumenbar, 2007). Años después de El hombre solo, y dejando a un lado la novela corta Zeru horiek (Erein 1995; Esos cielos, Ediciones B, 1997), Atxaga hizo un intento, más ambicioso, de explorar las raíces históricas de la violencia vasca en Soinujolearen semea (Pamiela, 2003), es decir, El hijo del acordeonista (Alfaguara, 2004), la novela que, por desgracia, dio lugar al vergonzoso episodio de censura conocido como caso Echevarría, que no puedo resumir aquí. No estoy de acuerdo con el severo juicio del crítico Ignacio Echevarría: pese a lo discutible que pueda parecerme la fórmula “ETA fue consecuencia del bombardeo de Gernika”, con la que podría resumirse –caricaturescamente– la tesis de la novela, creo que tiene aspectos muy reivindicables, sobre todo los referidos a la microhistoria de la guerra civil o el estremecedor episodio de las torturas.

El retorno

Hamaika pauso, de Ramon Saizarbitoria (Erein, 1995). El donostiarra rompió su prolongado silencio –no publicaba nada desde 1976– con una de las novelas cumbre sobre La Cosa y lo que supuso el desarrollo del nacionalismo de izquierdas en los años sesenta y setenta. Se trata de la crónica de la memoria y la desilusión que vivió la generación de los fusilamientos de septiembre de 1975, cuyos tres ejes son un personaje, el perdedor Iñaki Abaitua, el fusilamiento de un activista de ETA, Daniel Zabalegi –trasunto literario de Angel Otaegi–, y la némesis del protagonista, el también etarra Ortiz de Zarate. Con su rigor literario, su labor de reconstrucción de la memoria y su tratamiento del tiempo, es probablemente la mejor novela sobre la época y, desde luego, la más exigente desde el punto de vista literario; la tradujo Jon Juaristi como Los pasos incontables (Espasa-Calpe, 1998). El acercamiento que hace Saizarbitoria a la cuestión en Martutene (Erein, 2012; también hay traducción al castellano, de 2015) quizá no sea tan directo: en primer plano se sitúa, en apariencia, el tema de la crisis de la pareja contemporánea y las siempre difíciles relaciones entre hombres y mujeres. Pero, a la postre, se trata de una novela acerca de las consecuencias degradantes y paralizantes que el problema de la violencia ha tenido en la sociedad vasca a lo largo, sobre todo, de las décadas de los 90 y 2000: el personaje de Julia –no estoy incurriendo en ningún spoiler– es clave en esta lectura. Es una lástima que la edición en castellano de Erein haya tenido una distribución tan limitada en el mercado español.

A veces, cuando vuelo entre unicornios en el país de la piruleta, quiero pensar que los problemas de marketing que padecen las pequeñas editoriales que se dedican a traducir libros en euskera son la causa de que muchos de los próceres españoles que tienen la voz y la palabra sobre el tema ignoren que en lengua vernácula se ha escrito, y no poco, sobre La Cosa. Pero en cuanto vuelvo al mundo real me doy cuenta de que no es motivo suficiente y se me ocurre que alguna dosis de mala fe también tiene que haber…

¿Se puede hacer humor sobre La Cosa? Sí, se puede

Kontaktua, de Luistxo Fernandez (Elkar, 1996). Ahora que estallan polémicas estúpidas como la de la denuncia contra la publicidad del producto audiovisual Fe de etarras, no viene mal recordar que en una fecha tan temprana como esa de mediados de los noventa alguien se atrevió a hacer humor –negrísimo– a costa del tema. Y en un momento tremendo, como fueron las fechas posteriores al atentado contra Gregorio Ordóñez –al que se alude en el relato– y los comienzos de lo que se dio en llamar la “socialización del sufrimiento”. Un estudiante de postgrado, en plena encerrona de tesis, es confundido en el bar que frecuenta con el “contacto” de ETA en la zona y abordado insistentemente por un loco, que pretende alistarse en la banda. Es una especie de hápax literario: en realidad se trata un cuento largo que, por su excepcionalidad, mereció su publicación como librillo –a la manera de aquellos de Alianza 100–, y es, hasta ahora, la única ficción de su autor, pero que, para mí al menos, es el punto de partida literario del uso de las tramas humorísticas en el tratamiento del tema. Puede que por casualidad, o puede que no, el siguiente año Xabier Mendiguren, director literario de la editorial Elkar, publicó una novela de espíritu humorístico, Berriro igo nauzu (Elkar, 1997; Mi vieja montaña, Hiru, 2000), sobre el regreso a casa de un preso de ETA tras haber cumplido su condena: su arranque, tan irreverente como escatológico, no tiene continuidad, por desgracia, en las siguientes páginas, en las que da la impresión de que al autor le entra miedo a traicionar demasiado a Euskal Herria, de manera que empieza a discurrir por derroteros más trillados –siempre desde el punto de vista abertzale–, y acaba desinflándose con rapidez.

Las chicas (también) son guerreras

Koaderno gorria, de Arantxa Urretabizkaia (Erein, 1998). Un mundo tan masculinizado, incluso tan cipotudo como el de la literatura de La Cosa necesitaba oxigenarse, y este es, probablemente, el intento más serio en ese sentido, de entre las obras publicadas en la década de los noventa. Una vez más nos enfrentamos al fin de las ilusiones revolucionarias y al absurdo del conflicto, en este caso de la mano de una abogada encargada de entregar el cuaderno que ha escrito una activista de ETA a sus hijos, a los que el padre se llevó años atrás a Venezuela, tras romper con su compañera y sus ideales. De estructura sencilla pero eficaz –pasamos alternativamente de las reflexiones y las idas y venidas casi detectivescas de la abogada, al discurso del cuaderno de la terrorista, que la encargada de custodiar lee a hurtadillas–, creo que es la última gran obra de una de las autoras que lideraron la modernización de la literatura en euskera (hay traducción al español: El cuarderno rojo, Ttarttalo 2003). No están a la misma altura, pero creo que cabe recordar en este contexto otras dos obras de autoras muy reconocidas en el País Vasco. Por una parte, la novela epistolar Nerea eta biok, de Laura Mintegi (Txalaparta, 1994; existe traducción al inglés: Nerea and I, Peter Lang Press 2005), historia de un amor lésbico en el contexto del mundo de los presos vascos. Un subgénero dentro del subgénero –el de la literatura carcelaria– que, inevitablemente, ha producido muchas obras literarias de denuncia, y no solo en el campo de la narrativa (recordemos los Kartzelako poemak de Joseba Sarrionandia, sin ir más lejos). Y, por otra, Hiruko (Alberdania, 2003), de la vascofrancesa Itxaro Borda, una obra muy crítica con el mundo de la izquierda abertzale, formada por un relato largo, una obra de teatro breve y un ensayo –Trío–, que nos ofrece una mirada periférica, distinta de la que podemos recibir a través de los escritores varones del País Vasco peninsular, que, como se ve por las muestras recogidas durante esta expedición, son los que más han publicado sobre el asunto.

Visto lo visto hasta ahora: ¿puede decirse que la literatura en euskera ha llegado tarde al tema de La Cosa? Dado que la primera novela importante en castellano sobre el tema, Lectura insólita de El Capital, de Raúl Guerra Garrido, se publicó en 1977, yo no diría que ha habido un retraso significativo; no creo que la literatura en euskera tenga mucho de qué avergonzarse en ese sentido. Sí es posible, como he señalado e intentado explicar ya, que la producción literaria de los años ochenta sea, en lo que a La Cosa se refiere, un poco floja tanto en cantidad como en calidad. A eso habría que añadir la acusación que a veces se hace contra la literatura en euskera de que no ha prestado suficiente atención a las víctimas (de ETA). Eso, ya lo hemos visto aquí mismo, no es del todo verdad. Pero sí que es cierto que ha habido una cierta tendencia a prestar más atención a la figura del victimario, sobre todo a la del militante de ETA. Eso sí: se ha hecho muchas veces desde un punto de vista muy crítico, sobre todo en las mejores obras, como intentado responder a la pregunta “¿cómo hemos podido llegar a esto?”. El título de la obra testimonial de la historiadora Idoia Estornés no es por casualidad Cómo pudo pasarnos esto (Erein, 2013), por ejemplo… Y hay que tener en cuenta que la mayoría de los escritores en euskera, históricamente, han provenido del mundo nacionalista vasco, y mantienen vínculos más o menos estrechos con el mismo. Y que muchos de sus lectores, la mayoría seguramente, pertenecen a ese campo político. De manera que esa orientación me parece que entra dentro de lo previsible. Aunque, como se verá a continuación, no es la única ni mucho menos.

Un momento: algo se acerca por detrás del planetoide a mi derecha. ¿Será Annihilus, señor de la Zona Negativa, empuñando su Cetro de Control Cósmico? ¿O Rosa Díez amenazando con pedir el Estado de Excepción para Cataluña y, de paso, para la literatura vasca? (para Euskadi no va a ser, ahora que, con Urkullu, estamos siendo superformales…). No lo sé, pero, por si acaso, dejaré de recoger muestras por un rato y procuraré esconderme. Por lo menos hasta que empiece la segunda parte de este artículo.

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Iban Zaldua ha escrito, entre otras cosas, libros de cuentos como Etorkizuna (Alberdania 2005, traducido como Porvenir, Lengua de Trapo 2007), Biodiskografíak (Erein 2011; Biodiscografías, Páginas de Espuma 2015) e Inon ez, inoiz ez (traducido al catalán como Enlloc, mai, Godall 2015), novelas como Si Sabino viviría (Lengua de Trapo 2005) y ensayos como Ese idioma raro y poderoso. Once decisiones cruciales que un escritor vasco está obligado a tomar (Lengua de Trapo 2012).

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4 comentario(s)

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  1. José Urraca Velasco

    Ni ere guztiz ados. Baina ba nuen holako argumentuak entzuteko beharra (edo irakurtzeko, kasu hontan) Eskerrik asko.

    Hace 3 años 11 meses

  2. Julen

    No creo que haya que preocuparse tanto por las opiniones sobre la literatura vasca de una persona que no sabe euskera, no puede leer ni una página en euskera y se enorgullece de no haber tenido ningún interés por la "cultura rural" del País vasco (que es como él denomina a la cultura en euskera). Si los periodistas de el País o el Mundo fueran un poco profesionales no le habrían dado pábulo. Por poner un ejemplo: si me cambio el apellido y me lo pongo armenio, sin saber nada de esa lengua ni haber leído jamás nada escrito en esa lengua, ¿me permitirían en esos periódicos que opinara sobre la situación de la lírica armenia actual?

    Hace 3 años 11 meses

  3. Liz

    Para Aramburu no existía nada en la literatura vasca antes de Patria. Por el mismo motivo, en la novela la única producción artística en euskera que se menciona -y se insiste en ella hasta el hastío- es la canción Txoria Txori de Artze y Laboa. Ni Hertzainak, ni Zarama, ni Kortatu por supuesto, y eso que está ambientada en los 80-90. Me apostaría una cena que, a día de hoy, Txoria Txori sigue siendo la única canción en euskera que se sabe Aramburu.

    Hace 3 años 11 meses

  4. Iñigo

    ¡Sí señor! Ha sido un placer "reconocerme" en el texto. Espero ansiosamente el segundo capítulo. La verdad no solo se refleja en la literatura. También en la crítica literaria del articulista.

    Hace 3 años 11 meses

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