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Feminismos

La violación como forma de desahucio

La artista Jana Leo busca en su libro respuestas a su traumática experiencia

Nuria Alabao 12/10/2017

<p>Azoteas en Harlem.</p>

Azoteas en Harlem.

Jana Leo

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“Era la segunda vez que me desnudaba ese día: primero para el médico, y ahora para un hombre armado con una pistola”.

“Se trata de pensar que no pasa nada, me dije a mí misma. Haz como si estuvieras en el médico y sigue las instrucciones. No pienses en lo que te está ocurriendo. Limítate a hacer lo que te pida y sé amable y coopera para que pase rápido, como cuando te quedas quieta para que te hagan una radiografía. Simplemente sigue las instrucciones y pónselo fácil.”

Estas son algunas líneas de Violación en Nueva York, recientemente publicado (Lince Ediciones, 2017). En sus primera treinta páginas, Jana Leo (Madrid, 1965) explica en detalle cada una de las palabras que intercambió con el violador, cada uno de sus movimientos, cada una de las cosas que pensó, mientras era violada, para evadirse de la situación: la pintura del techo tenía extrañas formas ese 25 de enero de 2001.

Después de la agresión, Jana reunió minuciosamente cualquier rastro de Bennie –el violador– en la casa. También empezó a escribir. “Busqué respuestas a lo que había sucedido, pero no encontré ningún libro que describiera mi situación: tuve que crear el mío. Empecé a narrar para documentar y para entender.” 

En los meses y años posteriores a su violación, la autora recopiló no solo información sobre su agresión, sino sobre cuántas había habido en el barrio, cuántos crímenes, por qué ese edificio, por qué ese barrio, cuál era su relación con la ciudad, con celo de archivera, de investigadora, de artista –su profesión–. La primera edición del libro se publicó en inglés ocho años después. En él desgrana muchas de las pistas que había ido encontrando.

Violencia y gentrificación

Jana Leo es madrileña. Emigró a EE.UU. para cursar un máster de arquitectura, después de licenciarse en Filosofía. Allí recaló en Harlem, un barrio tradicionalmente afroamericano muy castigado por el crack en los años 80 y 90, en ese momento inmerso en un proceso de transformación. El típico barrio céntrico de ciudad global que atrae una importante masa de turistas y se convierte en carne de gentrificación. El valor del suelo empieza a subir y empuja a la población residente, que no tiene más remedio que  marcharse a otras zonas. El color del barrio comienza a cambiar, también su clase. Llegan jóvenes profesionales y estudiantes blancos de clase media, que se instalan en él. Jana fue parte de ese proceso. 

Durante la investigación llegará a entender cómo su violación estaba relacionada con ese mismo proceso de renovación urbana, y la forma en la que algunos propietarios extraen rentas exageradas de él. Aquí también pasa. Le llamamos mobbing inmobiliario cuando el propietario deja degradarse el edificio para expulsar a los vecinos de manera que puede subir la renta, sustituyéndolos por otros. A Jana ya le había pasado de niña en Pueblo Nuevo, en las afueras de Madrid, junto a su familia. Pero en los 2000, en uno de los edificios más peligrosos de Harlem, eso implicaba cerraduras rotas, puertas que no cierran, permisividad con delincuentes a los que se deja dormir en la azotea y violencia. Y la forma generizada de la violencia es la violación. 

“En EE.UU. se ha creado una especie de ciudad A y otra ciudad B. Una es una burbuja para los turistas, la otra es la ciudad real. Ciertos edificios que se van a transformar como el mío, se convierten en sitios donde florece la delincuencia porque las cerraduras se rompen y las puertas están abiertas. Mi casa estaba dentro de los siete bloques más peligrosos del barrio, cosa que descubrí después. Había habido una muerte, otra violación y unos 50 robos con violencia.”

“Después del ataque, cuando llamé al casero para que arreglase la cerradura de la puerta de la calle que llevaba tiempo rota me contestó: ‘¿Te crees que vives en Park Avenue? Puedes marcharte si no te gusta.’ Y sabía lo que me acababa de pasar. Eso me indignó. En realidad, lo que él quería es que me fuese.”

Posteriormente Jana descubrirá algunas cosas para las que no encontrará explicación, como que aparentemente el violador dormía en la azotea o que una vecina del mismo edificio también había sido violada en su casa. Jana ha encontrado un nombre: “violación instrumental”.

“El hecho de que una persona se beneficie de tu violación no implica necesariamente que se lo encargue a alguien, pero sí que se produce un beneficio. En el caso de mi casero, podía conseguir que yo me fuese, por lo tanto, podía quedarse con mi depósito y también podía subir la renta un 20%. Era era una violación que le generaba beneficios en un entorno donde se facilita que se produzcan agresiones.”

Hace unos años, durante el cambio de milenio, Rudolph Giuliani se hizo famoso como alcalde de la ciudad y legitimador de las políticas de mano dura. De hecho, fue el inspirador de muchas de las normativas cívicas que se impondrían tiempo después en muchas de las ciudades españolas y que penalizaban cosas como la prostitución callejera o hacer pis en la calle. Control social como solución a la delincuencia, a través del urbanismo y la represión.

“Lo que pasó en algunas zonas durante la etapa de Giuliani es que la calles eran seguras --o lo parecían-- pero los edificios resultaban peligrosos. Se empujaba a la delincuencia dentro de los edificios, a los espacios ‘públicos’ dentro de estos. Hay que tener en cuenta que hay escaleras de incendios que conectan con las azoteas. Si la cerradura de abajo se deja rota y hay una puerta que lleva el tejado y los tejados son planos y comunicados, quiere decir que hay un espacio sin control, sin policía y sin gente”, cuenta. Gran parte de Violación en Nueva York relata precisamente eso, el intersticio, lo que no es ni público ni privado. En este caso sería responsabilidad del casero que es el propietario.

La amenaza de agresión sexual: arquitectura invisible

Muchas feministas han denunciado cómo la violación opera también como una forma de control social sobre los movimientos de las mujeres. “Las violaciones fuera o lejos del hogar se perciben como una forma de castigo, como si la víctima mereciera ser violada por haberse alejado de sus padres, de su pareja o de su casa”. El relato mediático acostumbra a poner el acento en el miedo, y en la presión indirecta para que las mujeres limiten sus movimientos. De ahí también los consejos que acostumbramos a escuchar: “No salgas de noche.” “No vayas por lugares oscuros”. “No viajes sola”. O peor, “no viajéis solas”. Porque dos mujeres que viajan juntas viajan solas.

“Gran parte del libro habla de todo esto, del gran porcentaje de violaciones que ocurren dentro de la casa o cerca de ella, cuando la casa se supone que es el espacio de la mujer y dónde está segura. Existe el mito ese de ‘no salgas tarde’. La idea de que la violación es un acontecimiento aislado, que ocurre lejos de lugares familiares, disociado de los aspectos cotidianos del día a día; es una ilusión. El 75% de los violadores son hombres que viven en casa de la víctima, o parientes con los que mantiene algún tipo de contacto social.”

El miedo puede obligar a encerrarse, pero también a lo contrario, a marcharse de un lugar. “Hay bastantes textos escritos sobre esto. En Colombia, por ejemplo, mandan a los soldados a violar para desplazar a las mujeres de sus comunidades. Es una forma de amedrentamiento”, explica Leo. En su caso, el terror a que el violado volviese y la matase hizo que se marchara. Antes de irse, él le dijo que si denunciaba la mataría. Y ella denunció.

Probar la violación

Como se explica en el libro, en EE.UU uno de cada de cada 10 hombres está en la cárcel o lo estará en un futuro, mientras en el caso de los negros, la cifra asciende hasta el 25%. Jana consiguió la condena de su violador aunque le costó que la policía se empeñara en localizarlo.

“De no haber sido blanca, no me hubiesen creído; de hecho, la otra persona que fue violada por el mismo hombre unos días después, y que presentó cargos, era mexicana y no la creyeron. Los cargos se desestimaron”, dice.

“Yo había ido a Princeton y tenía 33 años. Él era un negro de 19 años sin hogar. Como me decía la fiscal: ‘es que nadie se va a creer que tú, motu propio, te relaciones con ese hombre sin más’. Es decir, que si hay una relación entre una blanca con educación y un negro sin educación tiene que ser violación por narices. Yo pensé, ‘¡qué fuerte!’ porque si yo hubiera conocido a ese chico en un bar podría haber ligado con él”, cuenta.

“En cambio”, añade, “no puedo excitarme si no he elegido al tío ni la situación, si no hay consentimiento. Eso es lo que tienen que entender los hombres. No se trata de dónde lo conozcas, ni siquiera de cómo ha entrado en tu casa. Se trata de si has dicho sí o no. Y a veces, claro, es difícil de probar. Ahora me parece fundamental que en las relaciones alguien te pregunte ‘¿te quieres ir a la cama ahora?’ nn vez de tirarse encima de ti. Yo pregunto siempre. A mí no me gusta que se me echen encima como un acto de posesión. Me parece que debería ser un gesto para todos, en las mujeres y los hombres, que podría cambiar muchísimas cosas.” 

Escribir para conjurar el miedo 

Violación en Nueva York es una historia en primera persona, es una investigación, una pieza artística, un archivo, una manera también de darle salida al trauma. Si una se pone a recopilar datos, a pensar de qué manera está relacionado  lo que le ha sucedido con la violencia inmobiliaria, con el racismo, con la transformación de la ciudad global se consigue dar sentido al trauma en un relato más amplio. De alguna manera, fue una forma de terapia. Sin embargo, el relato en primera persona, reivindicación básica del feminismo, sitúa a quien lo hace en otro lugar peligroso: el de la transgresora. La violación es una cosa fea, que no hay que asociar nunca públicamente a tu propio nombre. 

“La transcripción literal de las dos horas de mi violación ha tenido consecuencias graves para mi carrera. En realidad el contar las cosas con detalle. No la teoría. No la perspectiva académica con distancia, sino la narración desde la perspectiva de un ser humano. Como por ejemplo, que no me contraten de profesora en una universidad porque he sido violada. Me lo han dicho así, no públicamente claro: ‘A ver cómo le explicamos a los padres, cuando miren el listado de profesores y busquen tu nombre en Google y aparezca la palabra violación;  y encima lo publicas’. Parece que lo que hay implícito es que me he salido de mi papel, porque en el momento que lo haces público eres una amenaza”, relata.

Traducirlo al español ha sido un proceso duro: el de revivir la violación quince años después. Pero Jana dice que no ha tenido ganas de maquillar la parte más cruda del relato. Piensa así, escribe así “desde los 13 años”.

“A mucha gente le parece que doy demasiados detalles, pero por otro lado tampoco me importa. Lo escribí para concienciar a los hombres, pero no quería purificarlo o quitarle la parte sexual. Sólo contarlo como fue. Incluso me da igual si alguien se pone leyéndolo. Incluso alguna vez me han preguntado si me excitan las escenas de violación. Y quizás en mi imaginación podría ser, pero eso no quiere decir que no tenga clara la diferencia entre la fantasía y la realidad. Claro que si yo tuviese ese precedente de decir públicamente que la violación en la imaginación puede excitarme antes del juicio, hubiese tenido muy difícil que me creyeran. Como esto es una guerra de interpretaciones, estamos muy jodidas”, concluye.

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Nuria Alabao

Es periodista y doctora en Antropología. Es miembro de la Fundación de los Comunes.

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3 comentario(s)

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  1. Liu

    para "pasempre": a la violación pagada se la llama prostitución. Luego, si a jana leo la violaron y ha recibido indemnización ha de callar. Comentarios nauseabundos de este tipo son los que hacen urgente y necesario continuar hablando en serio de la violación desde el punto de vista de quien la ha sufrido. Las películas y policiacos van llenos de mujeres violadas y muertas: el tipo amargado de turno, con o sin carnet de detective, nos descubre las cloacas de la sociedad y quién fue el criminal. Pero si, oh desgracia, una violada sobrevive y tiene más de dos neuronas en su cerebro para analizar el por qué además del cómo de la agresión y comparte con la sociedad sus reflexiones sobre los mecanismos con que la sociedad controla a las mujeres se la van a comer a insultos o la van a excluir de la sociedad bienpensante (no dándole trabajo como ella cuenta aquí).

    Hace 3 años 6 meses

  2. pasempre

    he escrito pero no sale

    Hace 3 años 6 meses

  3. pasempre

    Siento decirlo pero creo que usted esta vendiendo su violacion, pienso que usted relata en un libro su violacion, porque el daño irreparable que le causo, le ha orientado, para buscar una compensacion economica, de una sociedad que atiende al morbo de conocer los detalles intimos de su violacion Hace bien quizas es terapeutico y a la vez alivia su economia ,esta en su derecho, pero considerese pagada a todos los efectos

    Hace 3 años 6 meses

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