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El fin del modelo político de posguerra de Alemania

La entrada de la ultraderecha en el Bundestag muestra que ya no es una nación eternamente penitente, que expiaba los crímenes del nazismo, sino un país más “normal” donde ciertos actores políticos legitiman el miedo y el egoísmo

Amandine Crespy (Social Europe) 27/09/2017

<p>Un grupo de jóvenes, en la Hermannplatz, situada al norte de Berlín (2014).</p>

Un grupo de jóvenes, en la Hermannplatz, situada al norte de Berlín (2014).

Sascha Kohlmann

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¿Acaso Alemania, un país cuya democracia es considerada como una de las más estables del mundo, que desde hace 12 años ha estado presidida por la misma canciller, se ha vuelto ingobernable? Muchos observadores estimaron que la campaña de las elecciones generales de 2017 era una de las más aburridas de la historia reciente de Alemania, pero a la vista de unos resultados que han sumido a la Bundesrepublik en una seria confusión política, puede que ese análisis haya resultado algo equivocado.

Los dos partidos de gobierno principales, el CDU/CSU y el SPD, están experimentando una erosión de su base electoral sin precedentes históricos (desde 1949), no exenta de similitudes con lo que sucedió en las últimas presidenciales francesas

Por varios motivos, estas elecciones significan el final del modelo político alemán tal y como lo hemos conocido desde 1949. La Alemania contemporánea ha alcanzado el delta de su curso normalizador. Tristemente, esto significa que ahora es un país (del norte) de Europa occidental más “normal”, en el que un número cada vez mayor de personas tiene miedo de lo que percibe como una amenaza que surge a raíz de la apertura física, económica y cultural de las fronteras nacionales.

La erosión del Volksparteien

Con una pérdida de votos del 8,5 y del 5,2% respectivamente, los democratacristianos y los socialdemócratas son claramente los grandes perdedores. Una pregunta es: ¿quién puede gobernar sin una mayoría?, y otra, más interesante: ¿quién quiere gobernar? El domingo por la noche, escuchando el programa de debate en la televisión pública que tuvo lugar después de las elecciones, parecía como si nadie quisiera ocupar un cargo en el Gobierno de Angela Merkel, y todos apelaban a la responsabilidad ajena.

Si tenemos en cuenta solo la aritmética, la mayoría clara la obtiene la gran coalición, pero Martin Schulz ya ha descartado con firmeza esa posibilidad. Participar en grandes coaliciones ha convertido a su partido en un insípido socio inferior de la CDU/CSU, una posición que le ha hecho pagar un alto precio en el ámbito electoral. En este sentido, Schulz señaló la necesidad de revivir la confrontación política entre la “izquierda democrática” y la “derecha democrática”, o lo que es lo mismo, una dinámica de oposición al gobierno que está olvidada desde hace tiempo a causa de la tendencia centrípeta que provoca el sistema alemán de partidos políticos.

Entonces, si tenemos en cuenta los modestos resultados de los tres partidos de la zona media: los liberales del FDP (10,5%), la izquierda radical (Die Linke, 9,2%) y los verdes (8,9%), solo sería posible establecer una denominada coalición jamaicana (conservadores, liberales y verdes); aunque dada la incompatibilidad entre los diferentes programas del CSU y del FDP con las ideas de los verdes, tanto los líderes de cada partido como la reelegida canciller se han mostrado reacios a conformar una novedad de este tipo. Por tanto, queda por ver si Jamaica entrará, por primera vez, en el gobierno federal.

Los dos partidos de gobierno principales, el CDU/CSU y el SPD, están experimentando una erosión de su base electoral sin precedentes históricos (desde 1949), no exenta de similitudes con lo que sucedió en las últimas elecciones presidenciales francesas. Por otra parte, ninguno de los partidos menores ha obtenido un resultado lo suficientemente claro como para desempeñar el papel fundamental que los especialistas de la política alemana han denominado tradicionalmente el partido M, o el partido del medio, que determina la naturaleza de la coalición gobernante.

Los votantes se han distanciado con claridad de la consolidada rutina de la política alemana característica del siglo XX y Angela Merkel parecía el otro día encontrarse bastante sola, incluso asustada, de que el sistema acabe siendo víctima de la inestabilidad.

El auge de la derecha radical xenófoba

La gran novedad de estas elecciones es sin duda el espectacular avance de la Alternative für Deutschland (AfD), que no solo accede al Bundestag, sino que también ocupará 96 escaños, o lo que es lo mismo, 59 escaños menos que el SPD (de un total de 709). Si finalmente se formara una gran coalición, la derecha radical sería la principal fuerza de la oposición.

La AfD no ha hecho más que subirse a la misma ola que han surcado los demás partidos radicales de Europa. Fundada por un grupo de académicos antieuro, se ha ido convirtiendo de forma paulatina en un partido racista, antiinmigrante y antiislamista. Su éxito ha sido saber movilizar sobre todo a los no votantes, pero también a algo más de un millón de votantes del CDU/CSU, a unos 500.000 votantes del SPD y a unos 430.000 votantes de Die Linke. Además de explotar los miedos de las personas, una de las razones principales de su éxito está en el nombre, ya que simula ofrecer una alternativa que restaurará lo que de verdad significa la democracia: elección.

una cura de oposición podría no ser suficiente para brindar al SPD el tipo de refundación programática necesaria que les permita aportar planteamientos creíbles que consigan llegar a un gran número de votantes

De nuevo, esto demuestra que la Alemania del siglo XXI ya no es la nación eternamente penitente que expiaba los crímenes de la Segunda Guerra Mundial, sino un país más “normal” donde ciertos actores políticos legitiman el miedo, el egoísmo y las aspiraciones revolucionarias basadas en valores (ultra)conservadores. Recordemos la forma en que Nicolas Sarkozy, por ejemplo, hizo un llamamiento hace unos años en Francia a fomentar “una derecha sin complejos”.

El largo adiós a la socialdemocracia

Mientras los socialdemócratas alemanes parecían haber salido mejor parados que sus homólogos europeos, el resultado electoral confirmó que las cosas no son así, pues el partido ha descendido a un mínimo histórico del 20,5% de los votos. Desde una perspectiva europea, los problemas del SPD son todo menos personales. Como muchos otros partidos socialdemócratas o socialistas, el partido recibió los elogios de los conservadores y los liberales por las reformas neoliberales que llevó a cabo durante la época de Schröder, pero ha permanecido dividido internamente y ha vagado por un vacío ideológico desde entonces.

¿Cómo se puede reconciliar la necesaria apertura de la economía y la sociedad con una protección de los intereses populares y de los grupos más débiles? ¿Cómo puede la economía estar al servicio del desarrollo humano y del bienestar en lugar de ser al revés? ¿Cómo asegurarse de que la producción de riqueza acarrea una vida mejor para todos y no solo para unos pocos? Estas son las preguntas que los socialdemócratas han evitado responder desde hace demasiado tiempo. En la mayoría de los casos, se han valido de eslóganes vacíos que, en el mejor de los casos, han acompañado de tibias propuestas y, en el peor, han disfrazado de recetas neoliberales.

La política europea del gobierno federal está destinada a ser un tema de discordia en las conversaciones entre los liberales y los verdes (¡y el CSU!) sobre un posible acuerdo de coalición

Schulz parece pensar ahora, con razón, que pasar a la oposición es una obligación. Aun así, si observamos al Partido Laborista inglés o a los socialistas franceses, por no mencionar la debacle de los partidos socialistas del sur de Europa, una cura de oposición podría no ser suficiente para brindar al SPD el tipo de refundación programática necesaria que les permita aportar planteamientos creíbles que consigan llegar a un gran número de votantes.

El fin de una Alemania europea

Por último, las elecciones de este año tienen serias implicaciones en relación con la postura alemana en el nuevo e histórico gran pacto encaminado a remodelar la Unión Europea.

La política europea del gobierno federal está destinada a ser un tema de discordia en las conversaciones entre los liberales y los verdes (¡y el CSU!) sobre un posible acuerdo de coalición. Aunque los liberales solían ser un partido más bien a favor de la integración, el actual líder del FDP, Christian Lindner, ha adoptado una postura claramente defensiva, y ha argumentado en contra de una mayor participación de Alemania en la UE. En cambio, los verdes siguen siendo partidarios de una integración europea de tipo federal.

Si madura la coalición jamaicana, sin duda se le complicarían las cosas a Emmanuel Macron, quien será juzgado por su habilidad para desplazar la postura alemana sobre una mayor integración en la eurozona a cambio de hacer que Francia sea más aquiescente con el modelo de competitividad alemán. Si atendemos a esta perspectiva, sería preferible que se produjera una gran coalición.

De nuevo, esto refleja un desarrollo más prolongado de la política alemana. Al contrario que algunos cancilleres anteriores, Merkel no ha gobernado un país cuya principal política europea fuera demostrar su lealtad hacia una UE cada día más unida. De forma gradual, Alemania se ha mostrado cada vez más preocupada por satisfacer sus propios intereses, al igual que cualquier otro Estado miembro de la UE.

Aunque con cautela, algunos dicen que, a regañadientes, Merkel ha acabado imponiendo en Europa la hegemonía económica y política de Alemania, según un modelo que refleja más un antiguo juego de relaciones de poder entre los Estados que una nueva constelación posnacional en la que la interdependencia se gestiona mediante la cooperación y la soberanía compartida a partes iguales (aunque sea de forma asimétrica).

Puede que la campaña haya sido aburrida, pero los resultados de las elecciones generales de 2017 han acabado siendo tremendamente importantes. La normalización de Alemania está alcanzando su mayoría de edad y las implicaciones para Europa en su conjunto están todavía por determinar.

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Traducción de Álvaro San José.

Este artículo está publicado en Social Europe.

Autor >

Amandine Crespy (Social Europe)

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