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Crónicas Hiperbóreas

Hagámonos jázaros

Xosé Manuel Pereiro 15/09/2017

X.M.P

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No se lo tomen a mal. No es nada personal. Ni siquiera es fruto de un calentón provocado por los recientes acontecimientos, o más bien por las reacciones a esos acontecimientos. Ni por las reacciones a los acontecimientos de hace ya bastante. De hecho, lo venía pensando tiempo atrás, pero lo de estos días, y lo que vendrá, me han determinado a dar testimonio, como dicen en los realities, o echar mis versos del alma, que reza la letra más conocida de Guantanamera. No se ofendan, pero el caso es que estoy sopesando si quitarme de español. Ser español es muy cansado y muy exigido, y hoy en día es una actividad que exige dedicación full time.

Reconozco que posiblemente tenga un déficit de espíritu patriótico, en el sentido que le daba Bernard Shaw de que era la convicción de que tu país era superior a todos los demás porque naciste en él. Pero es que creo que no es lógico sentirse orgulloso de algo que no has elegido ni conseguido, sino que te ha tocado. Puedes estar contento de ser rubio, o de ser alto, de haber nacido en una parte del mundo en la que la esperanza de vida supera los 55 años, pero, ¿orgulloso? Tampoco confundan mi falta de patrioterina en sangre con la misantropía. Estoy muy a gusto en donde estoy, y con la gente con la que estoy, todo ello con las naturales excepciones. Me supondría una auténtica tragedia tener que ausentarme para siempre (aunque a un par de años no diría que no). Es decir, no quiero hacer un Cristina de Borbón: no quiero “que acabe todo esto para no volver a pisar este país”. Y claro que estoy orgulloso de que en España existan una educación y una sanidad públicas y universales, todo lo mejorables que se quiera, pero más que buenas; como lo estoy del espíritu solidario de la gente ante las tragedias, del índice de donaciones… Eso sí son cosas que hemos conseguido entre todos.

Pero no me agrada ser el responsable alícuota de unas instituciones trufadas de trincones, escogidos y ratificados por mis conciudadanos en su libre albedrío. Ni tener unas muy altas instancias capitaneadas, todas y cada una, por señores que no superarían ninguna ITV ética o legal en un país del entorno al que creemos pertenecer. Y sufrir, en general, una de las clases dirigentes más torpes, mentirosas, maniobreras y rapaces al norte del ecuador. No me gusta que los empleos que promueven esas preclaras clases sean los de camareros para atender turistas, como antes fueron los de peones de albañil para levantar casas para que los bancos diesen créditos, mientras los jóvenes preparados con el sudor de sus frentes, los ahorros de sus familias y nuestros impuestos emigran como emigran las cigüeñas en pleno cambio climático: para no volver. Ni que las fiestas tradicionales se hayan convertido en aquelarres de alcohol mal destilado y peor bebido, con dosis de ruido ídem. Es decir, ni me seduce el presente ni el probable futuro.

Lo que agota la barrita de la paciencia es vivir en un estado de alarma generalizado en la que cualquier nimiedad es un problema y los problemas de verdad se tratan como si fuesen nimiedades

Sé que todo eso es soportable con una cierta práctica de encogimiento moral de hombros y una dosis mañanera de actitud asocial (y una buena racha de resultados electorales, dirán los optimistas). Lo que agota la barrita de la paciencia es vivir en un estado de alarma generalizado en la que cualquier nimiedad es un problema y los problemas de verdad se tratan como si fuesen nimiedades. Aguantar una sempiterna situación de cable azul o cable rojo en la que estamos al borde del colapso de la civilización tal y como la entendíamos (en el supuesto de que hayamos entendido alguna vez que es eso). Una situación que te impide abrir los periódicos y encender las televisiones por temor a que se produzca la invasión de los ladrones de mentes. Habrán deducido que a mí lo que realmente me mata es más bien “lo español”, pero como una cosa y otra las ha unido el DNI ―algo que, por cierto, no has elegido, salvo que hayas nacido fuera― hasta que la muerte los separe, según un argumento muy usado estos días, pues eso es lo que hay. No pretendo dejar de pagar impuestos ni renunciar a los deberes ni a los ―cada vez menos― derechos derivados de ser nacido y residente en territorio DNI. Lo que reclamo es no sentirme concernido y esbozar una interesada y curiosa sonrisa de foráneo cuando, por ejemplo, escucho a Soraya Sáenz de Santamaría decir que no ha visto nunca nada tan antidemocrático como lo que sea, teniendo en casa lo que tiene.

Me hubiese gustado ser irlandés, porque lo que tienen lo han conseguido a pulso, sin desgraciar a prójimo alguno con la excusa de civilizarlos o enseñarles a explotar sus riquezas naturales. O de algún país nórdico, o incluso de esas pequeñas naciones de Europa central de historia un tanto acelerada, aunque ahí ya empezamos a tener esqueletos en los armarios, y no siempre de la familia. Pero eso supondría algo tan poco reconfortante como intentar sobreponerse a una relación conyugal fallida arrojándose por despecho a un enlace matrimonial con alguien vagamente conocido. Descarto el Reino de Redonda ese que rige Javier Marías, porque no veo en el horizonte un posible ofrecimiento (aunque lo atrabiliario de este texto quizá me haya hecho merecedor de los papeles de residente temporal) y, sinceramente, porque también me pasa como a Mark Twain, que prefería el cielo por el clima y el infierno por la compañía. Así que mejor echar mano de uno de esos pueblos a los que la historia sepultó.

Yo barrería para casa y propondría Galitzia, la Galicia de los Cárpatos, esa tierra de nadie y de todos, entre Polonia, Ucrania, Eslovaquia, Hungría y Rumanía, la patria de origen de Billy Wilder, que fue principado y reino antes de acabar aplastada por la II Guerra Mundial y luego repartida entre los vencedores. Pero tengo la íntima presunción de que quizá a alguien le pase lo mismo que a mí y se apunte, o sea, que mejor una opción menos personalista. Por ejemplo los khazar o jázaros. Los jázaros, que estaban asentados en la ribera norte del mar Caspio y eran aliados de Bizancio, fueron el único imperio que tuvo la originalidad de escoger como religión la judía, en el siglo IX, para desaparecer de forma misteriosa en las nieblas de la Historia en el X. Un hipotético pasaporte jázaro no molestaría a nadie, porque nada tendrían que reclamar sus poseedores ni sus descendientes. Anímense. Yo, parafraseando a Manquiña en Airbag, lo dejo, esto de ser español es muy estresante.

Autor >

Xosé Manuel Pereiro

Es periodista y codirector de 'Luzes'.

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3 comentario(s)

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  1. Juan José Castells

    Hace mucho tiempo que he dejado de sentirme español según esas definiciones que circulan en los medios y en las redes. ¿ Cómo sentirse parte del estado que , regularmente excluye a una parte de su población- siempre la más laboriosa, siempre la más progresista- para dar cabida a los más ineptos, a los más trepas ? Siglos siendo la nación que más veces se ha declarado en bancarrota, siglos soportando a una clase aristocrática que, salvo honrosas excepciones, ha sido y continua siendo de lo más impresentable del hemisferio norte, en fín ya lo ha dicho Pereiro mucho mejor de lo que yo puedo, ser catalán era mi esperanza, pero: ¿ Por qué hacen política como si fueran españoles?

    Hace 3 años 6 meses

  2. SINISTERRA

    ¡Qué bien describes lo que siento hacia la nacionalidad! ¿Porqué debería sentir orgullo de un país sudamericano, ahí nací, que cayó en una dictadura gracias a una clase económicamente igual a la que hay en España y en otras partes del mundo? Ser de un país de emigrantes, que tuvieron que huir de guerras y represiones . Soy ciudadana sueca, sin sentir orgullo de raza, que muchos ahí tienen, sólo tengo orgullo de ser de un país que respeta, al menos un poco, a los seres humanos y que trata de practicar la igualdad.

    Hace 3 años 6 meses

  3. Miguel

    Aplaudo tu agudísimo guiño, aunque me gustaría ver en la prensa más valentía respecto a ese "misterioso pueblo jázaro".

    Hace 3 años 7 meses

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