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manifiesto

Argumentos contra la novela (ese género menor)

La novela se ha convertido en el género dominante: entre académicos, críticos y libreros. Quizás haya llegado el momento de ponerle coto a su dominio. De ensayar un manifiesto en su contra

Iban Zaldúa 2/09/2017

<p>Libros de segunda mano.</p>

Libros de segunda mano.

Dani Bueno

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Los abajo firmantes nos declaramos en contra de la novela PORQUE

1) Es nueva. La novela es un género históricamente joven, sin el peso, la seguridad y la garantía que le otorgan una tradición milenaria. Se le podrán encontrar todos los antecedentes clásicos y medievales que se quiera, se podrá citar al Lazarillo y al Quijote, pero en lo básico es un género que, en su forma actual, se gestó en el siglo XVIII y se desarrolló en el XIX. ¿Qué es eso al lado de la poesía, el cuento, la tragedia o la comedia? Seamos cautos y pidamos, a la hora de aceptar la novela como género mayor, un tiempo prudencial, a la manera de aquello que –supuestamente– contestó Zhou Enlai a Nixon cuando éste le preguntó qué pensaba de la Revolución Francesa: “Aún es demasiado pronto para valorarla”.

2) Es una especie invasora. No sólo ha llegado tarde al convite de la República de las Letras, sino que además lo ha hecho desplazando a los otros géneros de sus respectivos espacios naturales. La diversidad ecológica de la literatura se ha visto seriamente dañada por la irrupción de este organismo, que, por ejemplo, ha empujado brutalmente de su pedestal a la pobre poesía –impidiendo que fuera el cuento, a quien debería haber correspondido tal derecho, el que lo hubiera logrado. Algo para lo que, estamos seguros de ello, el relato habría utilizado formas mucho más amables o, al menos, estrategias más colaborativas y/o simbióticas.

2.1.) Es invasora, además, en otro sentido: cuando un presentador del tiempo, un tertuliano, un tronista o un político deciden que tienen que publicar un libro para el siguiente Sant Jordi o la próxima Feria del Libro, ¿qué escriben –o, más bien, qué encargan escribir–? ¿Un poemario, un libro de cuentos, una tragedia, un cantar de gesta, un sesudo ensayo…? Todo el mundo conoce la respuesta.

3) Es burguesa. La novela –se trata de algo bien sabido– es hija de la revolución burguesa y, por mucho que se haya teorizado y escrito contra eso, por mucho que se haya intentado hacer una novela antiburguesa, siempre le quedará esa mancha ab origine. Y sí, podemos ligar la revolución burguesa con la idea de progreso, la iniciativa personal, la Ilustración y todo lo que queramos, pero también con el egoísmo, la mezquindad, el individualismo exacerbado, el egotismo y otra serie de taras que, inevitablemente, vienen, en mayor o menor medida, insertos en el genoma del género.

4) Pero, lo que es peor, es (turbo)capitalista –que no es exactamente lo mismo que burguesa, aunque los términos estén relacionados. Es el género literario que mejor se ha adaptado a la gran transición que ha llevado a la extensión de la economía de mercado a todos los ámbitos: si la literatura ha resultado un negocio lucrativo –para algunos– ha sido gracias a la novela. Es prácticamente el único género literario en que hay inversión privada –el motor principal de la acumulación capitalista– y que produce plusvalía, mientras que otros géneros apenas sobreviven de las ayudas públicas provenientes de los restos del estado del bienestar, aquel intento, hoy fracasado, de crear un capitalismo con rostro humano.

5) En relación a eso, la novela es también el género que mejor se ha adaptado al esquema fordista. Son raros los poetas o los cuentistas que producen en serie y siguiendo los principios de la cadena de montaje; no así entre los novelistas. No les ocurre a todos, cierto es: pero los principios del fordismo tampoco se extendieron, ni siquiera en su momento de mayor auge, a todos los establecimientos industriales. La robotización de la literatura, estamos seguros de ello, dará comienzo y llegará a su máxima expresión en la novela.

6) Por otra parte, hay que admitir que la tasa de interés de la novela es mucho más alta que la de otros géneros, lo cual, como es bien sabido, sólo causa problemas en el mercado crediticio de la literatura. Invertir –como autor– en novela es mucho más caro que en otros géneros, porque ¿qué hace un cuentista o un poeta cuando una de sus creaciones le sale mal? Le fastidia, no cabe duda, pero no tendrá más problema en deshacerse de ella; a fin de cuentas, es una obra breve. Sin embargo, ¿qué hace un novelista al darse cuenta, cuando lleva trescientas páginas redactadas, de que aquello no lleva a ninguna parte? Pues persevera, y la acaba de un modo u otro: ha exprimido demasiado tiempo y esfuerzo, y no puede arrojar por la borda así como así lo que ha escrito. Esta es una de las razones por las que en las secciones de novela de las librerías el porcentaje de libros malos es mayor que en las de otros géneros, tal y como se insiste en el punto noveno de este manifiesto.

7) La novela se ha convertido, además, en obligatoria, y eso también nos impulsa a posicionarnos en su contra: lo mismo que no suele gustarnos leer por obligación, tampoco debería agradarnos escribir por obligación. Si alguien pretende hacer carrera como escritor se verá obligado, en un momento u otro, a escribir una o varias novelas. O, si se resiste a hacerlo, a afrontar la presión de todos aquellos que le preguntarán “¿Y cuándo vas a escribir una novela?”, o algo parecido. Lo que lleva a muchos poetas y cuentistas a escribir malas novelas –o “novelas de poetas” y “novelas de cuentistas”, como también suelen denominarse.

8) Es un género, además, poco saludable, que tiende al novelón, es decir, al exceso de peso –otro rasgo de las economías capitalistas sobredesarrolladas, dicho sea de paso. Una vez más, no todas las novelas son largas o larguísimas, ni se convierten inevitablemente en trilogías o tetralogías, pero fijándose en lo que la gente lee en el metro o el autobús podría decirse que la obesidad literaria es uno de los problemas más acuciantes de nuestra sociedad literaria –fijándose, quiero decir, al menos antes de la irrupción del libro electrónico, en que obstaculiza uno de los derechos fundamentales del viajero letraherido: enterarse a toda costa de lo que van leyendo sus vecinos; pero, vale, este es un tema para otro manifiesto…

9) La novela, además, llena las estanterías de las librerías de títulos de una calidad más bien dudosa, cosa que no ocurre en las reducidas secciones de los otros géneros: el porcentaje de novelas malas es mucho mayor que el de poemarios o libros de relatos. Esto, evidentemente, tiene que ver con la superproducción y el control de calidad, o la falta de estos, por parte tanto de las editoriales –cuyo objetivo no es precisamente literario, tal y como hemos dejado claro en los puntos cuarto y quinto–, como de la crítica.

10) Además, y en aparente contradicción con lo esgrimido en el primer punto de este manifiesto, es un género que siempre está en crisis, pese a su juventud. Al menos desde que el modernismo literario rompió las fronteras y las formas “tradicionales” de la novela –es decir, a partir de pongamos del primer tercio del siglo XX–, tanto novelistas como críticos académicos vienen insistiendo en la crisis de la novela –o en la negación de dicha crisis, que para el caso es lo mismo, en términos de pesadez–. ¿Es que a los novelistas no os basta con militar en el género estrella de la época? Dejad de darnos la murga ya.

Por todas estas razones, en beneficio de la literatura y las artes en general, EXIGIMOS el cese cautelar de toda actividad novelística al menos durante un año.

Pasado ese tiempo, una vez analizadas y evaluadas las –sin duda benéficas– consecuencias de dicha medida, se decidirá si prorrogarla o no.

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11 comentario(s)

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  1. Godfor Saken

    Rodrigo Fresán: "... ese artefacto tan irreal, inverosímil, cómodo hasta la pereza e imposible de tomar ya demasiado en serio que, a falta de una etiqueta mejor, se ha dado en llamar «novela realista". http://www.abc.es/cultura/cultural/abci-satin-island-informe-para-compania-201604041926_noticia.html

    Hace 4 años 11 meses

  2. Godfor Saken

    "La ambición del cuento" (The Ambition of the Short Story) Steven Millhauser (Publicado originalmente en ‘The New York Times’ en octubre de 2008) ¡Pero qué modesto es el cuento! ¡Cuánta sencillez en sus maneras! Toma asiento discretamente, con los ojos bajos, como si intentara pasar inadvertido. Y si pudiera llamar la atención de algún modo, diría rápidamente, con una valiente y tímida voz de leve autoescarnio, al tanto de todas las posibilidades de la decepción: “Mira, yo no soy una novela. Ni siquiera una novela corta. Si eso es lo que estás buscando, no me necesitas”. Rara vez una forma ha dominado tanto a otra. Y entendemos, asentimos en señal de complicidad: aquí, en Estados Unidos, el tamaño es poder. La novela es el Wal-Mart, el increíble Hulk, el 747 de la literatura. La novela es insaciable: quiere devorar al mundo. ¿Qué es lo que queda para el pobre cuento? Puede cultivar su jardín, practicar la meditación, regar los geranios en las ventanas. Puede tomar un curso de escritura creativa de no ficción. Puede hacer cualquier cosa con tal de que no olvide su lugar, con tal de que permanezca inmóvil y fuera del camino. “¡Epa, epa!”, grita la novela, “¡aquí vengo!”. El cuento siempre está buscando refugio. La novela compra toda la tierra, corta los árboles, construye los condominios. El cuento va saltando por el jardín, se apretuja bajo la cerca. Por supuesto, hay virtudes asociadas con la pequeñez. Incluso la novela concederá eso. Las cosas grandes tienden a ser poco manejables, toscas, bastas; la pequeñez es el mundo de la gracia y la elegancia. Es también el ámbito de la perfección. La novela es exhaustiva por naturaleza; pero el mundo es inabarcable; por consiguiente la novela, esa luchadora faústica, nunca puede alcanzar sus deseos. El cuento, por otra parte, es inherentemente selectivo. Al excluir casi todo, puede dar perfecta cuenta de lo que permanece. El cuento puede incluso reclamar cierta clase de redondez que elude a la novela. Tras el primer acto de exclusión radical, puede incluir todo lo poco que ha quedado. La novela, cuando parece un cuento, se contenta con ser generosa. “Te admiro”, dice, poniendo sus grandes y pesadas manos sobre su corazón. “En serio, eres tan… tan… ¡tan lindo! ¡Tan esbelto! ¡Tan refinado! Y tan listo, también”. La novela difícilmente puede contenerse a sí misma. Después de todo, ¿qué diferencia hace? Es puro bla bla bla. Lo que a la novela le preocupa es la vastedad, el poder. Muy en el fondo de su corazón desprecia al cuento, que ocupa tan poco. No tiene disposición para la austeridad del cuento, para su poco apetito, para sus negativas y renuncias. La novela quiere cosas. Quiere territorio. Quiere abarcar el mundo. La perfección es el consuelo de aquellos que no tienen nada más. Mucho mejor para el cuento. Modesto en sus pretensiones, tímidamente orgulloso de sus pequeñas virtudes, un poquito ansioso en relación con su desfachatado rival, se contenta con sentarse en la fila de atrás y dejar que la novela se haga con el mundo. Y sin embargo, sin embargo… Esa pose tan modesta, esas miraditas de reojo, ¿no contienen un toque de astucia? ¿Podría ser que el tímido cuento se atreva a tener expectativas propias? Si es así, nunca las admitirá de frente, debido a un constante hábito de secretismo alimentado por la opresión. En un mundo regido por novelas presuntuosas, la pequeñez ha aprendido a buscar su camino con cautela. Debemos intuir su secreto. Imagino al cuento albergando un deseo. Lo imagino diciéndole a la novela: “Puedes tenerlo todo –todo–; lo único que yo pido es un grano de arena”. La novela, con un indiferente encogimiento de hombros, un encogimiento jovial pero despreciativo, concede el deseo. Pero el grano de arena es la puerta de escape del relato. El grano de arena es su salvación. Tomo el ejemplo de William Blake: “Todo el mundo en un grano de arena”. Piensen en ello: el mundo en un grano de arena. Lo que es decir: cada parte del mundo, no importa lo pequeña, contiene al mundo por entero. O para plantearlo de otra forma: si pones tu atención en alguna, aparentemente, insignificante porción del mundo, encontrarás, muy al fondo, nada menos que al mundo mismo. En ese solo grano de arena descansa la playa que contiene al grano de arena. En ese solo grano de arena descansa el océano que golpea la playa, la nave que surca el océano, el sol que ilumina la nave, las tormentas interestelares, una cuchara de té en Kansas, la estructura del universo. Y ahí tienes la ambición del cuento, la terrible ambición que yace tras su fraudulenta modestia: encarnar sucesivamente al mundo entero. El relato cree en la transformación. Cree en poderes secretos. La novela prefiere las cosas a la vista. No tiene paciencia para granos de arena, que brillan pero son difíciles de ver. La novela quiere arrasar todo con su poderoso abrazo –orillas, montañas, continentes–. Pero nunca tendrá éxito, pues el mundo es mucho más vasto que una novela, el mundo huye a cada momento. La novela salta sin descanso de un lugar a otro, siempre hambrienta, siempre insatisfecha, siempre temerosa de llegar a su fin –porque cuando se detenga, exhausta pero nunca en paz, el mundo se le habrá escapado–. El cuento se concentra en su grano de arena, en la fiera creencia de que ahí –justo ahí, en la palma de su mano– yace el universo. Busca conocer el grano de arena de la misma manera que un amante busca conocer el rostro del amado. Busca el momento en que el grano de arena revele su verdadera naturaleza. En ese momento de mística expansión, cuando la macrocósmica flor brota de la microcósmica semilla, el cuento siente su poder. Es más grande que él mismo. Y se vuelve aún más grande que la novela. Se vuelve tan grande como el universo. Ahí dentro reside la inmodestia del cuento, su secreta agresión. Su método es la revelación. Su pequeñez es el agente de su poder. La pesada masa de la novela se descubre como la irrisoria imagen de la debilidad. El cuento no pide perdón por nada. Exalta su brevedad. Quiere ser incluso más breve. Quiere ser una sola palabra. Si pudiera encontrar dicha palabra, si pudiera pronunciar dicha sílaba, el universo entero se desprendería de ella con un rugido. Esa es la indignante ambición del cuento, su fe más profunda, la grandeza de su pequeñez. http://elmalpensante.com/index.php?doc=display_contenido&id=2616

    Hace 5 años 2 meses

  3. Godfor Saken

    “Que un autor se gane la vida como escritor implica que no se permite poner en cuestión su oficio. Entre otras cosas porque no vive siquiera de vender novelas, sino de haber sido elegido por diferentes grupos de poder mediático y cultural que, si le consienten en nómina, le presentarán como a uno mejor que los y las demás (le llaman capital simbólico). Alguien admirable, minuciosamente ensalzado, productor de un autor de “éxito” y unas obras lo suficientemente constantes como para mantener un número suficiente de compradores, público, seguidores, fans”. Eva Fernández, “Narrativa crítica para un capitalismo incompetente”. http://vientosur.info/spip.php?article12322

    Hace 5 años 2 meses

  4. Godfor Saken

    "Hay que organizar con urgencia el Humanity Salvation Found. el Fondo para la Salvación de la Humanidad, con un capital de dieciséis billones paridad oro, con una tasa de interés del 4 % anual. El dinero del Fondo servirá para pagar a todos los creadores: inventores, científicos, técnicos, pintores, escritores, poetas, dramaturgos, filósofos y proyectistas, según las normas que siguen: quien NO escribe nada, NO proyecta, NO pinta, NO patenta ni propone nada, cobra una remuneración vitalicia de 36.000 dólares al año. Quien practica una de las actividades arriba mencionadas, recibe proporcionalmente menos. Perycalypsis contiene un índice tabular completo de descuentos para todas las formas de la creación. Quien haga un invento o edite dos libros al año, pierde todo derecho a cobrar. Si aumentamos la producción anual a tres títulos, en vez de cobrar, debemos pagar al Fondo una suma prevista. Gracias a este sistema, sólo cometerá un acto de creación un verdadero altruista, un asceta del espíritu que ama al prójimo y no a sí mismo, deteniéndose automáticamente la producción de la basura que se vende ahora. Joachim Fersengeld conoce la cuestión por propia experiencia, ya que él mismo costeó (perdiendo dinero) la edición de su Perycalypsis. Por tanto, sabe que la falta total de rentabilidad no determina la liquidación total de toda la creación. No obstante, el egoísmo se manifiesta tanto en la avidez de peculio cuanto en la de la fama; para quitarla de en medio, el Programa de Salvación instaura el anonimato estricto de los creadores. Para impedir que las solicitudes de remuneración de las personas desprovistas de talento obtengan el visto bueno, el Fondo examinará, por medio de los órganos adecuados, las cualificaciones de los candidatos. El valor meritorio de las obras que éstos presenten no tiene la menor importancia. Lo único que será tomado en cuenta será su valor comercial, o sea, sus posibilidades de venta. Si el resultado del examen es positivo, la pensión se adjudica al instante. Para el caso de una actividad creadora clandestina se establece un sistema de castigos y represiones, incluyendo demandas judiciales entabladas por un organismo especial de Control de Emergencia. Se instituye igualmente un cuerpo nuevo de policía, los llamados Patinantes (Patrullas de Investigación Anticreativas). De acuerdo con el código penal, aquel que clandestinamente escribiera, difundiera, sugiriera e incluso señalara disimuladamente al público cualquier fruto de la creación, deseando obtener gracias a este procedimiento lucro o renombre, sufrirá el castigo de incomunicación, trabajos forzados y, si reincide, el de reclusión en una mazmorra con cama de piedra y azotes en cada aniversario de la comisión de su delito. Por introducir de contrabando en el área de la sociedad ideas cuya trágica influencia sobre la vida pueda compararse con la plaga del automóvil, el cinematógrafo, la televisión, etc., se prevén castigos duros (que pueden llegar incluso a la pena capital), la deshonra en la picota y la obligación a perpetuidad de usar el propio invento. Son también delitos todos los intentos de susodicho contrabando; en caso de premeditación, se recurre a una estampación vergonzante en la frente del delincuente, hecha con tintas indelebles, que reza: «Enemigo del Hombre». En cambio, no se considera delito la grafomanía pura, sin pretensiones de lucro. En cualquier caso, las personas sujetas a esta tara son aisladas de la sociedad por ser peligrosas para el orden, e ingresadas en instituciones cerradas, suministrándoseles, por motivos humanitarios, grandes cantidades de tinta y papel. Ni que decir tiene que la cultura mundial no sólo no sufrirá menoscabo por culpa de esta reglamentación, sino, por el contrario, empezará a florecer. La humanidad volverá a las grandes obras de su historia, ya que la cantidad de esculturas, cuadros, dramas, novelas, aparatos y máquinas es en este momento suficiente para las necesidades de varios siglos. A nadie se le prohibirá tampoco que se dedique a los llamados descubrimientos que hacen época, a condición que no los pregone. Después de haber regulado así la cuestión, es decir, después de haber salvado a la humanidad, Joachim Fersengeld pasa al último problema pendiente: ¿qué debe hacerse con el monstruoso alud de cosas que ya existen? Fersengeld, hombre de un valor cívico extraordinario, dice: todo lo que ha sido creado hasta ahora en el siglo xx no vale nada, aunque contenga alguna que otra joya del arte o el intelecto, ya que, hecho un balance definitivo, no habrá manera humana de encontrar esas joyas en el océano de basura. Por lo tanto, postula la destrucción global de todo lo que ha sido creado: películas, revistas ilustradas, postales, partituras, libros, trabajos científicos, periódicos, siendo esta limpieza de los establos de Augias lo único que corresponde a los «Debe» y «Haber» históricos del balance de la humanidad. (…) Joachim Fersengeld subraya que conoce muy bien la infamia de la quema de libros y bibliotecas enteras. Pero los autos de fe organizados en el transcurso de la historia eran infames porque eran retrógrados. Todo depende de la posición desde la cual se ordene la quema. El propone un auto de fe curativo, progresista y salvador, y, puesto que Joachim Fersengeld es un profeta consecuente hasta el extremo, aconseja en su último párrafo que en primer lugar sea destrozada y quemada su propia profecía". Stanislaw Lem, ‘Perycalipsis’ (de su libro ‘Vacío Perfecto’).

    Hace 5 años 2 meses

  5. Tralalá

    ¿Dónde se firma?

    Hace 5 años 2 meses

  6. Tralalá

    ¿Dónde se firma?

    Hace 5 años 2 meses

  7. Souza

    Independientemente de tono más o menos jocoso del artículo, completamente de acuerdo. Desconocer la juventud de la novela y sobre todo su supremacía comercial es habitual. Y a los que les aburre esta soflama imagino que estarán inmersos en una fascinante trilogía dopada de argumentos estériles, anodinos pero, eso sí, muy comerciales. Que les aproveche.

    Hace 5 años 2 meses

  8. Fabio

    Qué reverenda pelotudez, che. Aunque Borges estaría de acuerdo.

    Hace 5 años 2 meses

  9. xavier querol

    Imagino que todo lo que dice el artículo va de broma. Porque si no es así, sólo son tonterías, una detrás de otra. Y lo de que la novela, entre otras cosas, es un género moderno ya me dirás de dónde lo has sacado o qué no has leído.

    Hace 5 años 3 meses

  10. Javier

    Menudo aburreovejas, sí

    Hace 5 años 3 meses

  11. Laura

    Joder Iban, cómo aburres ya.

    Hace 5 años 3 meses

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