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Relato de Verano

El concejal extraviado (IV)

Miguel Pasquau Liaño 23/08/2017

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RESUMEN:  El cuerpo sin vida del concejal Manuel Pérez de la Malta ha sido hallado en el río Genil al día siguiente de que su sospechosa desaparición provocase el fracaso de la moción de censura contra el Alcalde de Nazaria. Semejante escándalo ha convertido a la ciudad en foco informativo, y ya se han producido las primeras reacciones de los políticos. El periodista Antonio Castromil, cuya sentencia esperan con inquietud los ciudadanos de Nazaria, ha recabado algunos datos que le hacen sospechar que el edil de Ciudadanos no había decidido ausentarse del Pleno, y que simplemente llegaba tarde, aunque aún no ha resuelto por qué salió de la ciudad unos minutos antes del comienzo de la sesión. Eso es lo que le obsesiona.

Cuatro de julio, martes, las siete y media de la tarde. Antonio, mira tu correo electrónico, es el mensaje que Mónica Andrade, del consejo de redacción de CTXT, ha enviado por Telegram a Antonio Castromil, a quien aprecia desde que fueron compañeros de Facultad. Desde el móvil Castromil accede a su cuenta de correo. Mónica somete a su consideración un artículo redactado por un juez de Nazaria, que le parece algo imprudente. No queremos meter la gamba y seguro que tú sabes si podríamos arrepentirnos de publicarlo.

En el artículo, titulado pretenciosamente El precio tenía una muerte, el atrevido juez se pronuncia sobre la contundencia de los indicios que conducen a pensar en una “muerte provocada”: la fecha, el carácter decisivo de su voto, la trascendencia de los intereses urbanísticos y de los secretos municipales que quedarían comprometidos con el éxito de la moción de censura, y la habilidad de las mafias para hacer que los asesinatos parezcan accidentes. Finalmente, el juez sugiere dos hipótesis: una, que amenazas de última hora hubieran forzado al concejal a aceptar un suicidio programado en sus detalles a fin de evitar males mayores para su reputación y su familia; otra, que expone como más creíble, una emboscada que por razones que no podrán llegar a conocerse (la entrega de un documento o de una cantidad de dinero, o una revelación, por ejemplo), lo convencieran para acudir a una cita, y un golpe fatal al motorista en la curva elegida con un automóvil que tiene que estar guardado en alguna cochera.

Antonio contesta por correo electrónico a su apreciada colega: Leído. Periodísticamente es una pieza a la que es difícil renunciar. En cuanto a sus errores de bulto, va firmado: es cosa suya.  

Mónica lo llama por teléfono. Hablan de Madrid, de Nazaria, del calor, del tiempo que hace que no se han visto.

- Toño -le dice Mónica-, a mí lo que me preocupa no es que se equivoque. Lo que me preocupa es que sea verdad. Si lo fuera, irían por nosotros y podrían hacernos daño.

- Sí podrían, Mónica -contesta, sin titubear, Castromil-. Pero no es verdad.

- ¿Estás seguro?

- No, claro que no. Pero acuérdate de que tú siempre decías que preferías mis hipótesis a la realidad.

- ¿Por qué crees que no es verdad? -dijo Mónica, volviendo al presente.

- Porque ese hombre se mató volviendo a Nazaria, y no yéndose.

- A lo mejor no les dio lo que le pidieron, y estaban preparados para actuar según reaccionase.

- Lo he pensado. Pero si fueran mafiosos capaces de matar, sabrían conseguir de ese hombre lo que querían sin necesidad de matarlo. Era un tipo débil, Mónica.

- Ese es un buen argumento... ¿Me lo prestas?

- No, en absoluto. De momento es la piedra angular de mi sentencia. Tú limítate a publicar el artículo del juez. Yo no veo ninguna razón para no hacerlo.

- Lo daremos mañana. Vamos a esperar un poco por prudencia.

- Mañana puede ser demasiado tarde.

 ***   ***   ***

Al cementerio de San José hemos subido unos doscientos, además de familiares, amigos y autoridades. La misa de corpore insepulto la oficia Don Gregorio Castillo, el joven párroco de la familia. Teresa Aranda tiene una buena relación con él y ha pensado que en el entierro necesitaría sus palabras. En la homilía, Don Gregorio se dirige desde el principio y todo el tiempo a Lolo y Claudia, los dos hijos. Les está explicando quién es su padre, para que no lo olviden. Les dice que no se han quedado sin padre, porque llevan dentro de ellos lo que ya les ha dado para siempre. También les dice que van a echarlo de menos, y que él va a echarlos a ellos de menos, pero que a cambio cuentan con la ventaja de que desde el cielo cuidará de ellos. Y les habla de tres niños a los que él conoció que perdieron no sólo al padre, sino también a la madre, y de cómo son unos campeones de la vida. Nosotros estábamos consternados. Lolo, de ocho años, no para quieto en el asiento. Se levanta, se sitúa al lado del féretro, que es su padre, como un centinela, sonríe a quienes le sonríen con ojos húmedos desde los asientos, se siente protagonista.

La misa ha terminado. Don Gabriel ha dicho que la familia agradece las muestras de pesar y que es su deseo vivir en la intimidad el enterramiento, por lo que ruega que abandonemos el recinto para organizar el cortejo. Salen de la capilla las autoridades. Don José Sebastián recibe un espontáneo abucheo. Dimisión, dimisión, gritan algunos. Luego sale Don Baltasar de la Oliva, y más abucheos: Carroñero, dicen otros, o quizás los mismos. Nosotros vamos descendiendo ya a la ciudad en coches particulares, en taxis y autobuses, en los que seguimos imaginando desordenadamente argumentos para este trágico guion de verano que toda España sigue con atención. Sentimos vértigo ante la posibilidad de que finalmente todo acabe en un archivo por confusión. Tememos que pase el tiempo y nadie nos diga por qué el concejal se salió del camino previsto y acabó en el cauce del río. Necesitamos un culpable que no sólo confiese, sino que nos cuente todos los detalles, para no sentirnos culpables.

Hoy por hoy retransmite su emisión nacional desde la Plaza del Ayuntamiento. La brújula lo hace desde la Plaza de Bib-Rambla. Vamos de una plaza a otra, pero en las dos nos topamos con ese muro frustrante al que llaman secreto de sumario. Imaginamos a policías y fiscales siguiendo pistas, y a periodistas siguiendo a policías y a fiscales. Imaginamos también a la viuda al volver a casa. Ha caído la noche y la luna llena hace de pantalla de su cara oculta, que es la que nos importa. Alguno de nosotros dice haber visto a Antonio Castromil entrar en el edificio Pirámide, donde vive Don Juan Antonio del Mármol, y eso nos da esperanza.

***   ***   ***

 - Gracias por recibirme, Juan Antonio --dice el periodista.

- De nada, amigo. Lo hago porque me interesa --dijo el asesor de Urbanismo.

- Y también porque sabes que estoy seguro de que tú no has matado ni has ordenado matar a nadie.

- Te tendría miedo si fuera culpable de algo. Aunque, ¿sabes?, a mí no me importa ser culpable, pero sí ser un sospechoso. Eso es lo que no soporto.

- De tus muchas culpas no vamos a hablar hoy. Hay tiempo. Ahora quiero que me anticipes las coincidencias que te preocupan, y sobre todo las que todavía no sabe la policía. Por ejemplo, me gustaría saber qué va a encontrar la policía al revisar las últimas llamadas del teléfono de Pérez de la Malta.

- Quise presionarle, a través de su primo el Sandalio, ¿no lo llaman así? También van a saber que Juanito lo llamó la víspera.

- ¿Gómez Montañés?

- Sí. Estábamos dispuestos a muchas cosas para hacer que no asistiera a la sesión del Pleno. Supongo que no te sorprenderá. A ti puedo hablarte claro, porque sabes de qué va esto. A mí me bastaría con decirte que me interesa seguir donde estoy, pero otros también podrían decirte que esa moción de censura es un camino a ninguna parte, un desastre para Nazaria,  y una jugada del hábil De la Oliva que ha visto una oportunidad de conseguir el poder que los nazaríes no quieren darles, aprovechando las estupideces esas sobre mis dineros y la necesidad de los naranjitos de parecer santos, íntegros, y toda esa mierda barata. El caso es que creíamos que no lo habíamos conseguido, y estos ya estaban resignados. Luego, al ver que no venía, pensamos que la almohada le habría aconsejado bien a última hora.

- Dime una cosa, ¿tienes alguna idea de qué hacía por Cenes del Genil?

- ¿Vas a creerme? -preguntó Del Mármol.

- Depende de lo que me digas.

- Pasé la puta noche del domingo al lunes en el Lady’s y estaba desayunando allí ayer por la mañana, viendo por la televisión el Pleno.

- El Lady’s? Joder, qué puntería. Entre Cenes y Pinos. Espero que fuera en un reservado y que te hayas buscado a un buen abogado.

- ¿Tú crees que en el Lady’s hay algo reservado? Estoy seguro que mañana me veis subir las escaleras del Juzgado rodeado de policías. Doy todo el perfil: Panamá, Suiza, urbanismo, putas. Y tú no me has dicho todavía por qué estás tan seguro de que no es cosa mía.

- Ni tú me has dicho todavía qué hacía Manolo por allí.

- Te juro por mi madre que no tengo ni idea.

- Te creo, porque te perjudica.

- ¿Me perjudica?

- Claro, hombre. Cuando algo no puede explicarse ganan los atajos, y el atajo eres tú. Por muy extraviado que fuera Pérez de la Malta nadie va a creerse que se equivocó de trayecto para ir al Ayuntamiento.

- Tendría gracia que hubiera venido al Lady’s a recoger algo que se le hubiera olvidado. Hay tantas cosas que pueden cambiarte el trayecto de todos los días…

- Una de ellas podría ser una cita de última hora, a la desesperada, relacionada con el asunto del día.

- Eso es lo que va a pensar todo el mundo.

- Y cuando te pregunte el Juez, ¿qué vas a decir?

- Que tú crees en mi inocencia, jajaja

- Más bien en tu inteligencia. Tan mal no lo habrías hecho.

- Se agradece, hombre. Algo de lo que presumir.

- ¿No te das cuenta de que te hablo en serio? No tienes más defensa que la de convencerles de que nadie lo haría así, sin coartadas, a lo bruto, dejando que apareciese su cadáver en el río, con lo fácil que a ti te sería un chantaje más. Por cierto, ¿qué le ofreciste?  

- La presidencia de la Cámara de Comercio dentro de dos años. Y guardar en el cajón algunas cosillas suyas.

- Pobrecillo -dice Antonio Castromil-, qué mala noche tuvo que pasar.

***   ***   *** 

Como Teresa Aranda. Pese a los fármacos, da vueltas por la casa sin poder dormir, sin ni siquiera poder descansar en un sentimiento de pena y tristeza. No tiene sentido – piensa por séptima vez- que Manuel hubiese dejado media tostada en el plato y la cama deshecha para fingir haber dormido en casa, porque ella no iba a volver en toda la semana. Por tanto, es cierto que esa mañana salió de casa. Pero ese extravío, ese trayecto tan extraño le levantaba la sospecha de mentiras, de vidas ocultas, de probables asuntos que ella no conocía y quería y no quería saber. La muerte, cuando llega sin avisar, desvela muchos secretos, porque no se han borrado los últimos mensajes de teléfono, no se han destruido algunos papeles, deja cabos sueltos indiscretos. Mientras estamos vivos somos dueños de nuestros cuartos reservados, pero la muerte abre las puertas de esas estancias por detalles que nos sobreviven a nuestro pesar, y ella quiere y no quiere saber qué le está diciendo el detalle de haber muerto en un lugar tan extraño. ¿Dónde ibas, Manuel?, vuelve a preguntarse temiendo quedarse sin respuesta para siempre. Teresa procura apaciguar su turbación, vuelve a la cama, necesita dormir para escapar de ese sumidero inoportuno, se dice que Manuel es víctima de todo y no culpable de nada, pero el kilómetro 8 de la carretera de la sierra le hace seguir dando vueltas, vueltas y vueltas, como si estuviese conduciendo a Manuel por los pasillos de un Purgatorio que quizás sea el Infierno, porque esos pasillos son un laberinto que nunca se acaba; o quizás es que ya se ha dormido.

***   ***   ***

A primera hora del día cinco de julio, miércoles, suena el teléfono de Antonio Castromil. Va a pulsar el botón de repetición de alarma en diez minutos, pero se da cuenta de que es una llamada. Una llamada de Salvador Susaeta.

 - Tengo la lista de las últimas llamadas del teléfono de Pérez de la Malta, con el nombre de los titulares de los números registrados. ¿Qué me das por ella?

- Un beso en los morros si hace falta, Salva, con todo lo feo que eres.

- Más, más.

- Quitamos la estatua de Isabel la Católica y ponemos la tuya. Venga, suéltalo.

- La tarde del domingo le llamó un primo suyo, Ignacio Pérez, y estuvieron hablando cuarenta y cinco minutos. Al primo lo relacionan con una empresa de Del Mármol. Juanito Gómez Montañés, media hora. Estas te van a interesar: Albert Ribera, cinco minutos, y Mario Jiménez, siete minutos. Por la noche él llamó a su mujer, once minutos. El lunes a las ocho y cuarenta y seis de la mañana lo llamaste tú, pero no contestó.

- Sigue.

- Esta también es buena: a las ocho y cincuenta y dos, una llamada desde el Lady’s, seis minutos.

- ¿Desde el Lady’s? ¿Un teléfono fijo?

- Sí, si quieres te doy el número.

- Muy gracioso. ¿Qué más?

- A las nueve y seis minutos, una llamada hecha por él a un 902 de Fénix Directo, nueve minutos.

- ¿Qué es eso?

- Una compañía de seguros.

- ¿De vida?

- De todo. Vida, coches, hogar, todo.

- ¿Alguna más?

- La última: de un tal José Ruiz, que todavía no saben quién es. A las nueve y veinte. Treinta segundos. Y siete u ocho de Balta de la Oliva, ninguna contestada.

- ¿Me puedes dar el número de Fénix Directo y el de José Ruiz?

- Yo pensaba que ibas a pedirme el de Albert Ribera…

- Estás de broma. Aquí ése pinta poco. Ah, y mírame también cuál es la matrícula de la moto de Manolo. Y su DNI. Me lo mandas todo por WhatsApp.

- A sus órdenes. Pero quítame también a Colón de la estatua, que me haría competencia.

Antonio Castromil se hace un café y se fuma dos cigarrillos. Cuando ya tiene todos los datos, marca el número de Fénix Directo, y elige la opción “servicio de asistencia”. Se identifica como Manuel Pérez de la Malta y dice su número de DNI. Llama con motivo de la asistencia recibida por el ciclomotor 4943 JLM el día 3 de julio. La señorita le pide un momento, para localizar la incidencia. Castromil apuesta fuerte: le dice que el empleado de la grúa se dejó una cartera con dinero y documentos, y no sabe cómo localizarlo para devolvérsela. La señorita le pide por favor que espere un momento, y vuelve a escucharse la música alegre y repetitiva. Por fin, la voz de la señorita le dice que desde el servicio de grúa se pondrán en contacto con él. Ha acertado. Mientras recibe la llamada de la grúa, el periodista llama al privado de Juan Antonio Del Mármol:

 - Dos preguntas nada más, Juan Antonio, antes de que el lechero llame a tu puerta. Tienes derecho a guardar silencio. ¿Para qué llamaste a Manolo el lunes por la mañana, y por qué no me lo dijiste?

- Para decirle que todavía estaba a tiempo. Y no te lo conté para que no te equivocaras en tus investigaciones.

A poco de colgar, llaman a Antonio Castromil desde Grúas Herrador, S.L. La conversación, al principio, parece un corto de Martes y Trece, hasta que Castromil reconduce y logra su objetivo.

Nosotros, mientras, nos hemos ido despertando, y hemos comprobado que a lo largo de la noche no se han producido noticias interesantes. Teresa Aranda está también despierta. Por fin ha podido llorar, y está mucho más tranquila. Pero en la radio, un poco antes de las noticias de las diez, dan una de última hora: agentes de la policía han entrado en una conocida casa de citas del término municipal de Cenes del Genil, por razones al parecer relacionadas con la muerte del concejal elvirense. Y a Teresa se le seca otra vez el llanto.

[…]

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Autor >

Miguel Pasquau Liaño

(Úbeda, 1959) Es magistrado, profesor de Derecho y novelista. Jurista de oficio y escritor por afición, ha firmado más de un centenar de artículos de prensa y es autor del blog "Es peligroso asomarse". http://www.migueldeesponera.blogspot.com/

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