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García en el país favorito de la divina providencia

Capítulo XIII. En el que el plan prosigue, en un restaurante millonetis

Guillem Martínez 16/08/2017

<p>Santa Meritxell</p>

Santa Meritxell

ArstyBee- PIXABAY

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RESUMEN DE LO PUBLICADO: García prosigue con su plan para encontrar las urnas. Es decir, para fabricarlas 

Volví a casa más contento que un ganadero cuyas gallinas le ponen huevos de a dos yemas. Le dije a Giovanni que se pusiera mono, que hoy íbamos a liarla.

-¿Qué celebramos?

-Que en breve te vas al bar mitzváh del primo Elvis.

-Yupi.

Mientras Giovanni acometía su grand lever -se había levantado hacía poco; tenía esa edad en la que los niños se alejan de la infancia, por lo que duermen como ceporros para, sin éxito, intentar olvidarla-, me fui a pelar la pava con Esparraguera.

Esparraguera estaba en el salón, ensayando nuevas piezas de su repertorio callejero. En el momento en el que me senté en el sofá, estaba dándole a una versión del duetto del Papageno y la Papagena, en el que ambas dos voces eran de castrati. Iba vestido, en efecto, de papagallo gigante. Le mirabas y, más que a un papageno y, en ocasiones, una papagena, parecía una mascota de un club de asociado a la UEFA. Más concretamente, de un club que, además, se había estrellado en un avión, como el malogrado y siempre añorado Torino. Por lo demás, la versión que modulaba su ¿voz? no podía dejar indiferente ni a crítica ni a público. Ni a Mozart, que en esos instantes se revolvía en su fosa común y clamaba al cielo por el maldito momento en el que se le había ocurrido escribir Die Zauberflöte de una tacada. Aquello era atroz. No sólo dañaba los oídos sino que, por sorprendente que pudiera parecer, también las muelas y el mercado de deuda. Su audición evocaba en todo momento a un papageno, sí, pero en instante en el que era, finalmente, capturado por un gato. Atrás y muy lejos quedaba la perfección sublime de la voz de Esparraguera que habíamos escuchado ayer en las Ramblas, cuando el cauce de turistas se abrió para que pudiéramos escapar del faraón Guiri II. No cabía la menor duda de que Esparraguera, en estos momentos, como casi siempre, estaba disimulando su esencia divina, echándole morro. Cuando finalizó, fue más lejos en sus ansias de hacerse el sueco y me miró fijamente, con una sonrisa de oreja a oreja de tonto de pueblo, con la que parecía buscar mi opinión. Que me cuidé mucho de emitir. Esparraguera, finalmente, abrió la boca de la cara y de ella volvió a emanar su voz de pito:
-¿Qué? ¿Qué te parece, García?

-No tengo palabras -Dije, tras 15 minutos buscando palabras-. Por cierto, ¿dónde aprendiste canto?

-No lo dirías nunca, pero soy completamente autodidacta. Del mundo del que vengo, esta música, tan humana, era impensable.

-Del mundo del que vienes, ¿qué música había? ¿Coros celestiales?

-No. Muñeiras.

Cada vez tenía menos dudas sobre la verdadera identidad de Esparraguera. Decidí, por tanto, apretarle los tornillos.

-Por cierto, Esparraguera, ayer, en la ducha, estaba pensando. ¿Cuál es tu segundo apellido?

-Dupont. ¿Por qué?

-Bingo.

-¿Perdón?

-Nada, cosas mías. ¿Y cuánta pasta dices que levantaste ayer en esas actuaciones en las que brindas tu arte al público profano?

Esparraguera se infló de orgullo, como un papageno en celo, y me dijo, henchido de satisfacción:

-20 euros.

Señoras, señores: era el momento de comprobar si, sistemáticamente, Esparraguera me daba la razón como, según Giovanni, hace Dios con los humanos.

-Pues me vienen de perlas. Tengo mi economía en la UVI del Hospital Clínic, y tendría que ir a verla y llevarle unas flores. Para lo cual necesito 20 euros para un taxi. ¿No te importaría, si eso, ya tal?

-Es todo lo que tengo -Dijo, preocupado- ...y hoy iba a comprar partituras nuevas. Pero en fin, para eso están los amigos. Dios proveerá.

-Yo no lo hubiera dicho mejor.

Esparraguera, como un papageno ahorrador, sacó de debajo del ala una bolsa del Mercadona, con monedas de 1 céntimo hasta la cantidad de 20 euros.

-Muchas gracias.

-¿Nos vamos?

Ese era Giovanni que, en efecto, se había puesto mono. Llevaba bermudas, camisa de manga corta y corbata. Le ponías un boli en el bolsillo de la americana y parecía uno de los inventores de la bomba atómica, paseando por Nueva Méjico. Nos fuimos pitando.

-¿Dónde vamos, Papá?

-A un restaurante millonetis. Para que veas, a), cómo nos las gastamos los García y, no menos importante y b), cómo los García podemos comer alimentos lujosos tan tranquilamente, incluso si están en el listado de animales en vías de extinción de la UNESCO.

-Mola. Pero me parece todo muy raro.

Llegamos al restaurant millonetis. Un señor vestido de legionario romano nos abrió la puerta y, en nuestro honor, sacrificó un oso panda y el último dodo del planeta. Nos lo sirvió como apéritif, en mi caso acompañado por un spritz homologado que tiraba de espaldas. Le dije al mâitre el nombre de nuestra reserva. El mâitre se inclinó. Y siguió inclinándose, hasta tocar con sus labios nuestros zapatos, que seguidamente lustró. Nos invitó, posteriormente, a acompañarle al salón. Nada más entrar en él vimos, en un punto discreto alejado de cualquier ventana, a Meritxell. Era un punto discreto, sí. Pero desde ahí Meritxell copaba la sala. El resto de clientes, de tanto girarse para verla, ya iba por el segundo pack de cervicales. Meritxell era, en fin, un festival. Vestía con sobriedad. Llevaba americana y minifalda negra, el uniforme de la agencia Kalia Vanish Oxiaction. Pero lo rellenaba de manera personal y diferente al de cualquier otro agente. Sus piernas, cruzadas, incomprensibles y retorcidas como una columna salomónica, eran más largas que un día sin pan. Si el Señor Chang se hubiera querido suicidar de manera certera, sólo hubiera tenido que subirse sobre los tacones de Meritxell, y lanzarse luego al vacío. Por su generoso escote pugnaban por salirse sus senos, que eran como un par de cachorritos de un animal simpático, pero peligroso. Sus labios, de un rojo que parecía dar nombre al color rojo, eran tan grandes que podrían ocupar, de pleno derecho, un asiento en la ONU. Su cabello, negro como la noche más oscura, brillaba tanto y con tanta intensidad que ya había dejado ciegos a dos camareros. Sus ojos eran del color de las avellanadas de otro planeta. Al volver a verlos, no pude evitar pensar que había visto pai-pais más pequeños que sus pestañas. Sí, es cierto, podría pasarme un plan quinquenal describiendo a esa mujer, en lo que es una prueba de su belleza perpleja y carnal, pero también de mi soledad más absoluta. Para no hacerme el pesado, utilizaré una sola y definitiva imagen. Esa mujer, y ya concluyo, cuando salía a la calle estaba obligada por la DGT a ponerse en la espalda un cartel con este texto: Long Vehicle.

Giovanni se percató también de la presencia de Meritxell.

-No me digas. Me has traído aquí para presentarme a mi nueva mamá.

-Giovanni, hijo, mira a esa mujer y, si tienes pelotas de pronunciar en su presencia la palabra mamá, te pago el doble de lo que ingieras hoy.

Giovanni lo intentó.

-Ostras, pues es verdad, papá.

-Lo que yo te diga. Hemos venido a hablar de negocios. Y a ponernos las botas y, de paso, a que adquieras mundo.

-Hombre, García -Dijo Meritxell-. Y este debe de ser su asistente.

-Es Giovanni. Mi hijo. Intento conciliar. Espero que no le moleste.

Meritxell dio un par de besos a Giovanni. Giovanni se quedó catatónico.

-¿Cómo va la vida, Giovanni?

-Giovanni -Le dije por lo bajini mientras le daba una colleja, para que volviera de la nube a la que había subido-, compórtate como un caballero, tal y como te he enseñado.

Cuando salió de su estupor, Giovanni estuvo al quite y se comportó, en efecto, como un caballero:

-¿Cómo me va? Pues del hipódromo de Ascot al de Chantillí, del de Chantillí al de Ascot, y así todo el día.

Nos sentamos. Escudriñamos la carta. Giovanni fue el primero en pedir.

-Arrancaré con una sopa de almejas de Maine, poco hecha. Seguiré con las tres calidades de caviar, ya sea ruso, iraní, o un max-mix. ¿Cómo está el marisco?

-Tenemos des huîtres rondes de la Bretagne. Estupendas.

-Pues traiga des huîtres rondes de la Bretagne como para una boda. Y espardenyes, la pechuga de una becada al punto, y una lamprea en su jugo. No escatime la trufa negra y, no le digo ya, la blanca. Regaremos todo, generosamente, con un Aquarius.

-Tiene saque el niño -Dijo Meritxell-.

-Está en edad de crecer.

Giovanni concluyó su pedido con un:

-Por cierto, ¿tiene ancas de rana?

-Por supuesto.

-Pues le ruego que pegue un par de saltos y traiga todo rapidito, que aquí se está juntando el hambre con las ganas de comer.

-Veo que su hijo nunca pasará hambre -Dijo Meritxell.

-Si se come todo lo que ha pedido, me temo que no.

Iniciamos en ese punto una conversación ji-jí-ja-já, mientras buscaba el momento y la vía de introducir en la mesa una parte importante de mi plan. Necesitaba una cita con Puigdemont y Junqueras. Y la necesitaba ya.

Autor >

Guillem Martínez

Es autor de 'CT o la cultura de la Transición. Crítica a 35 años de cultura española' (Debolsillo), de '57 días en Piolín' de la colección Contextos (CTXT/Lengua de Trapo) y de 'Caja de brujas', de la misma colección.

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