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literatura y género

El incordio feminista

Las reacciones de la escritora norteamericana Siri Hustvedt a unas declaraciones del celebrado novelista noruego Karl Ove Knausgård sirven para una reflexión sobre los clichés y las tendencias victimistas de ciertas actitudes feministas

Marina Porras 21/07/2017

<p>Virginia Wolf (1882-1941), cuando tenía veinte años. </p>

Virginia Wolf (1882-1941), cuando tenía veinte años. 

George Charles Beresford

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La diferencia entre la generación de Siri Hustvedt y la mía es que yo no he podido pasar un semestre en la universidad sin tener que tragarme a Judith Butler, Simone Veil o Julia Kristeva; en cambio Hustvedt descubría el feminismo a los catorce años leyendo con actitud rebelde a Simone de Beauvoir o Kate Millett. Ese discurso rupturista ahora se ha convertido en «mainstream». Por eso me sorprende ver como cierto feminismo todavía se mueve alrededor de conceptos como el victimismo o la exclusión. Escribo esto a partir de una anécdota entre escritores que nos revela muchas cosas sobre este debate.

Karl Ove Knausgård se ha hecho famoso escribiendo una autobiografía en seis volúmenes. El escritor noruego intenta trasladar al texto, sin filtros, la realidad que ha vivido. Cuando salió el primer volumen de la serie, uno de cada diez noruegos tenía el libro en casa; y rápidamente se convirtió en un fenómeno editorial a nivel mundial. Siri Hustvedt, escritora y ensayista americana, es uno de los estandartes del feminismo americano. De ascendencia noruega, quedó fascinada por el fenómeno Knausgård y fue una de las primeras en entrevistarlo. Hustvedt le preguntó por qué, entre todas las referencias a escritores que había en la novela, solo aparecía una mujer. Knausgård, con su pose desganada y ausente, contestó: “No son competencia” (en inglés original, aún más seco: “No competition”). 

Esta respuesta, que ella no repreguntó, afectó a Hustvedt intensamente. Tanto que, a partir de estas dos palabras, ha escrito un ensayo de veinte páginas, que podemos encontrar en el libro La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres. Ensayos sobre feminismo, arte y ciencia.

A partir del momento en que ocurrió esta anécdota es muy difícil encontrar una entrevista extensa a Knausgård en la que no aparezca este comentario y sus consecuencias: “Una vez, cuando estaba impartiendo una clase de escritura, era como si estuviera en un juicio. Todo trataba sobre moral. Me sentía como si estuviera en una secta, como si la manera como leían ellos mis libros fuera la única forma en que se podían leer, y para mí la literatura es justamente lo contrario: es abrir las cosas […] He estado en entrevistas donde todo iba sobre lo que estaba mal en mis libros. Me decían que, sin ser yo consciente de ello, expresaban valores patriarcales opresivos para las mujeres […] Lo que yo había hecho, lo que yo había escrito, de repente se transformaba en lo que yo no había escrito y tendría que haber escrito. O sea que la conversación ya no era sobre el libro sino sobre los valores de las mujeres que habían leído el libro y me estaban entrevistando”.

Las respuestas de Knausgård van directas al núcleo del problema de un cierto feminismo que, aunque tiene tribuna en las universidades y ha hecho omnipresentes los estudios culturales, no acepta ningún intelectual que no tenga en cuenta su discurso. Esto deja mucho margen para una actitud afectada y victimista, que es el tono general del ensayo de la americana. “La autocensura no es una buena idea si quieres hacer literatura”, dice Hustvedt. En cambio, al noruego le critican por haberse expuesto sin mentir ni querer encajar en ningún lugar. 

La obsesión de la ensayista, que a la vez crítica y perdona la vida al escritor, es saber por qué el noruego no comparte sus opiniones. Y, por lo tanto, todo el ensayo es una especulación sobre lo que Knausgård tendría que haber contestado en aquella entrevista. 

Así, Hustvedt se lamenta porque la semióloga estructuralista Julia Kristeva es la única mujer que aparece citada en el volumen. La tesis de la autora es que Kristeva estaba de moda cuando Knausgård estudiaba en Bergen, y que si hubiera vivido en otra época hubiera citado a Virginia Woolf o Simone Veil como cuota de mujer escritora o intelectual. No sé si Hustvedt hubiera preferido que Knausgård escribiera con una calculadora en las manos para ver cuántas escritoras y escritores le salían por página para cuadrar con la paridad de género.

El problema del ensayo de Hustvedt es que exalta los mismos clichés que critica, porque sin estos clichés se quedaría sin discurso. Cuando dice que Knausgård es femenino porque habla de tareas domésticas le está atribuyendo unos prejuicios que un lector contemporáneo no tendría que tener; y cuando dice que tiene “una parte abrumadoramente femenina, el núcleo delicado, herido y lleno de sentimientos” trata a las mujeres como seres delicados, heridos y sentimentales.

La gracia de Knausgård es que hace una literatura que no acepta, por muy mal que siente a los estudios culturales, lecturas de género fáciles ni cómodas. Y por eso mismo es bueno. El noruego no está preocupado ni interesado por los mismos temas que Hustvedt, y por eso ella y su prosa repelente no aciertan a leerlo bien. La conclusión del ensayo –“parece que los miles de páginas no han servido para iluminarlo sobre la mujer que lleva dentro”– demuestra, además de una actitud paternalista, que no ha entendido el gesto que el noruego pretende hacer con sus libros. 

Por eso hay un cierto feminismo que no nos tomaremos en serio hasta que deje de ser una forma más de victimismo. Comprendo que Hustvedt, que presume de moverse con dificultad en un mundo de hombres, lo que querría es someter a Knausgård a su visión del mundo. “Cuando Mi lucha se publicó”, escribe Hustvedt, “fue como si un hombre adulto se hubiera desnudado, hubiera caminado hasta la plaza mayor y se hubiera subido a un banco para berrear y balbucear a la vista de sus conciudadanos”. A Hustvedt le encanta poder decir esto, intuimos su placer al ver a un hombre rebajado y llorando en medio de una plaza. Porque tras un discurso erudito y delicado sobre el feminismo, lo que se ve en su ensayo son unas ganas enormes de encular a algún macho alfa. 

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Marina Porras es librera y crítica literaria.

Este artículo fue publicado originalmente en catalán en La Llança. Diari d’oci y cultura de El Nacional (www.elnacional.cat).

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9 comentario(s)

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  1. Mónica

    ¿La autora de este artículo de verdad leyó el ensayo de Hustvedt o lo hojeó buscando agravios hacia un escritor de sus afectos? Porque Hustvedt en ningún momento asume una postura victimista; de hecho, y lo dice muy claro en el ensayo, el comentario del noruego la dejó simplemente sorprendida. Y no hay forma de negar que es un comentario bien machista. ¿Y qué es eso de "hay un cierto feminismo que no nos tomaremos en serio..."? ¿Quién está incluido en ese nosotros? ¿Marina Porras y su familia? ¿Este medio? ¿Quién designó a Marina Porras como árbitra de los feminismos contemporáneos? Qué desatino.

    Hace 2 años 8 meses

  2. Tu nombre

    Mariel: Norte América tampoco es un país. Millones de Canadienses estarán de acuerdo conmigo en que la palabra que buscabas en "estadounidense". Te la dejo en minúsculas que se entiende igual. Por otra parte yo resido en EE.UU y no, no soy ni norte americano ni estadounidense. La nacionalidad y la residencia son dos conceptos distintos. Entiendo tu intento de sarcasmo, pero el número de volumenes de una obra vs la población representada en la misma es una pendiente resbaladiza, la cual, este yo de acuerdo o no con la autora o contigo, refuerza su argumentación respecto al victimismo que rodea a la crítica de la misma. Dicho esto, el la respuesta que dió el autor a la pregunta que le hicieron es digna de un verdadero gilipollas.

    Hace 4 años 4 meses

  3. Mariel

    Una aclaración: Cuando se habla de alguien que nació o reside en EE UU, por favor hacer de la forma correcta. No es un/a americano/a, sino una persona NORTEAMERICANA. América, además de ser un continente rico y diverso, NO es un país. En cuanto a S.H., puedo entender que una mujer que se enmarca dentro del Feminismo, la ofenda que en una novela de varios tomos!, no se represente correctamente a la mitad del planeta

    Hace 4 años 4 meses

  4. pancracio

    después del comentario de Mery, ya nada se puede decir, es tan exacto que Marina Porras debería leerlo mas de dos veces y estudiar su error.

    Hace 4 años 4 meses

  5. Javier

    No conozco a los protagonistas de la polémica, pero me parece clave el hecho de que la entrevistadora no repreguntara cuando el escritor dijo de las escritoras: "no competition". Supongo que se quedaría bloqueada ante la respuesta, y luego rumiaría tanto el desprecio del autor hacia las escritoras como su propia indefensión momentánea. Y le salieron 20 páginas.

    Hace 4 años 4 meses

  6. Mery

    No he leído ni a la una ni al otro, con lo cual no puedo forjarme una opinión solida. Sin embargo, me atreveré a lanzar unas pequeñas conclusiones basándome en mis prejuicios vitales (no lo niego): -Una enumeración de intelectuales en la que sólo aparece una mujer porque el resto “no son competencia” merece, sin lugar a dudas, una crítica profunda por parte del feminismo como fenómeno sintomático de machismo que es. -Hace tiempo aprendí que cuando una escritora/or o artista en general se autoproclama (o lo hacen otras personas) de polémica, rebelde, inclasificable, libre...etc. es muy probable que su producción sea una bazofia infumable, vacía de contenido y llena de morbo provocador que tan sólo busca repercusión y palmeros. No todos, por supuesto, hay honrosas excepciones como Pasolini, que realmente no se casaba con nadie pero tenía un discurso muy profundo y comprometido con los derechos humanos en general. Insisto en que no he leído al sueco y tan sólo me guío por el texto de Porras, que no deja de ser su interpretación. -Coincido en que el feminismo de la diferencia no es mi opción. Intentar categorizar el mundo en “valores femeninos” y “masculinos” por mucho que la sociedad patriarcal y machista lo haya convertido en realidad no es sano. El feminismo de la igualdad (y radical) es para mi, la vía y el referente en ese sentido: todas y todos podemos construirnos de cualquier manera, con valores muy diversos; la clave está en la educación y la socialización de la que seamos objeto. De ahí, la necesidad de acabar con el motor patriarcal y machista que es el causante de esos polos masculino/femenino. -No se puede llamar llorona y victimista a una feminista porque realiza una crítica de una visión cultural. Es como decir que Marx lo era porque criticaba al capitalismo (en ambos casos hay sectores oprimidos y bilipendiados por otros). Podrás estar más o menos de acuerdo pero no es, a mi parecer, victimista. Estamos de acuerdo en que el escritor plasma su concepción de las cosas, pero también en que el resto estamos en nuestro derecho a criticarlo, le guste a él o no. ¡Claro que no nos sentimos identificadas y no lo compartimos por mucho que para él sea su verdad, su estilo, su intención o como lo quieras denominar! Y tenemos el derecho a esgrimir nuestro propio enfoque de como deberían ser las cosas aunque el criticado esté en desacuerdo ¡y a mi que me importa! Yo tampoco comparto su visión, por eso lanzo mi crítica argumentada. Buenas tardes.

    Hace 4 años 4 meses

  7. EgoSum

    Qué buen artículo. Tanto que ya de antemano diagnostica los comentarios que empiezan a aparecer bajo él.

    Hace 4 años 4 meses

  8. carmen

    ¿Esto es una crítica? Lo que Marina Porras escribe es una opinión de café y bastante desafortunada. El lugar que le corresponde es aquí, en comentarios, y no en un periódico que respeto y sigo.

    Hace 4 años 4 meses

  9. Androcentritis

    Tal y como están todavía las cosas en este mundo, poner las palabras feminismo y victimismo en la misma frase me parece una cagada.

    Hace 4 años 4 meses

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