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Las Turroneras, bailaoras virales

Un vídeo en el que tres niñas de 10 años improvisan un fin de fiesta por bulerías hace más por el flamenco que todas las instituciones culturales juntas

Manuel Montaño 12/07/2017

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En la actualidad, Internet ha perdido su horizontalidad –si es que alguna vez la tuvo- y el tráfico en la red está dominado por las leyes del marketing online. La visibilidad digital es directamente proporcional a la inversión monetaria realizada, e incluso existe un mercado negro donde comprar seguidores falsos para las redes sociales. Se ha impuesto una jerarquía vertical que está orquestada por el posicionamiento SEO, los comunnities managers, youtubers, blogueros e influencers de todo tipo, muchos de ellos mercenarios en nómina de empresas y agencias de publicidad y comunicación. Cualquiera que quiera ser visible tendrá que pasar por caja. La igualdad de oportunidades y la inocencia en la realidad virtual se esfumó para siempre.

Sin embargo, aún quedan resquicios por donde colarse y, en algunas ocasiones, se produce el milagro digital. Este ha sido el caso de un vídeo de 8 minutos, colgado en YouTube, que sin ninguna inversión publicitaria ha conseguido en apenas dos meses la colosal cifra de 19 millones de visitas. En él aparecen tres niñas de 10 años bailando flamenco. Son Itziar La Pulga, Paola La Polaca y Claudia La Utrerana, tres jóvenes que improvisan por bulerías en el fin de fiesta de un espectáculo de la bailaora La Truco que se celebró el pasado mes de mayo en Casa Patas, uno de los templos del flamenco en Madrid.

Cuando se visualiza el vídeo se comprenden rápidamente los motivos de esta imparable efecto viral. La alegría y el desparpajo de las tres jóvenes cautiva de inmediato al internauta, gracias a esa combinación de juventud y espontaneidad. Sus fallos técnicos quedan compensados con creces con su gracia natural y su derroche de energía. Entre los espectadores, que tuvieron la suerte de presenciar el espectáculo en directo, el comentario fue unánime al salir de la sala: “la que han formando las niñas”.

Ellas participaron en aquel espectáculo por estar matriculadas como alumnas en la escuela de La Truco, situada en la localidad madrileña de Parla. Parte de la magia que se produjo es obra de su maestra, que ha sabido inculcar a las tres pequeñas bailaoras la pasión por el flamenco, sin la que hubiera sido imposible que se produjera tal estallido de arte. Junto a su otra compañera Candela se hacen llamar Las Turroneras y tienen el mérito añadido de que no haberse criado en un ambiente flamenco, excepto una de ellas, La Utrerana, hija del cantaor Pepe de Utrera y nieta del guitarrista Paco el Carbonero.

Nunca algo relacionado con el flamenco había tenido una propagación tan veloz y global. El éxito reside en que en este vídeo se conjugan códigos esenciales del flamenco, esos que son universales y consiguen emocionar a cualquiera, con independencia de que se tengan o no conocimientos sobre este arte.

Por un lado, aflora con nitidez la ejecución de lo irrepetible, característica inherente a la expresión artística del flamenco. Lo que sucede cada noche en el escenario es único, aunque esos mismos artistas repitan el espectáculo al día siguiente. Lo que se reproduce en este video no estaba preparado ni ensayado y de ahí su inevitable frescura. La magia de la espontaneidad que encierra el flamenco es una de sus mayores fortalezas creativas.

Después, la transversalidad en la manifestación del flamenco. Cualquiera puede emocionar sobre las tablas sin importar su edad, su aspecto físico o su calidad técnica. Ahora se trata de unas chicas, pero cuantos mayores han subido a un escenario a dar una patada, cuando no gordos o flacos, guapos o feos…. Lo importante en este arte siempre ha sido y será tener el suficiente compás y, sobretodo, la sinceridad en la entrega, camino seguro para meterse al público en el bolsillo.

Este video invita a una reflexión más extensa, porque se trata un nuevo ejemplo que nos habla de la histórica capacidad del flamenco para salir adelante a pesar de todo. Demuestra, una vez más, que a los artistas sólo hay que darles la oportunidad de estar y expresarse, ya que el flamenco siempre sabe cómo hacer su trabajo.

A pesar de todo

A pesar de tenerlo todo en contra, una fuerza interna siempre ha impulsado al flamenco a seguir. En el pasado cuando era despreciado por las élites por ser un expresión vulgar y salvaje del pueblo. Hubo que esperar a nuestro primer gran folclorista, Demófilo –el padre de los Machado- para que el flamenco comenzara a tener un tímido reconocimiento. Más tarde, Manuel de Falla, con la ayuda de sus amigos como Federico García Lorca, organizó en 1922 el mítico Concurso de Cante en Granada. Por fin, algunos sectores de alta cultura comenzaba a prestar atención y a respetar  la cultura y el arte popular. Pero el camino siguió siendo largo y tortuoso. Un ejemplo de ello es que, hasta hace muy poco tiempo, los guitarristas flamencos han sufrido el desdén y altanería de los guitarristas clásicos.

A pesar del hambre y las fatigas que pasaban los artistas. Fue contando, a trancas y barrancas, con apoyos coyunturales para seguir sobreviviendo. A principios del siglo pasado, los flamencos se adaptaron a  todos los formatos ideados por los empresarios: desde los cafés cantantes a la ópera flamenca. Después de la guerra civil, el flamenco vivió confinado en ventas y tablados para satisfacer los excesos y caprichos de los señoritos. Los artistas aprendieron a trasnochar para poder comer y la necesidad les empujo a agudizar el ingenio.

A pesar del franquismo que lo utilizó como banda sonora en su estrategia de apertura al exterior bajo el infantil eslogan España es diferente. Esto supuso desvirtuar su riqueza musical al reducir los palos en su repertorio y a mezclarse con la copla más rancia y acomodaticia. Por este coqueteo forzado con la dictadura el flamenco tuvo que pagar con un tsunami de prejuicios durante la transición. Los artistas sólo intentaban sacar adelante a sus familias.

A pesar de esos flamencólogos, puristas, críticos y peñas empeñados en erigirse en guardianes del arte, impidiendo cualquier veleidad contra el canon instituido, no fuese que algún artista pusiese en peligro el negocio de su contubernio. Aunque ya con menos influencia y poder, son los mismos que continúan acribillando a los flamencos más atrevidos ante cualquier atisbo de evolución o aproximación a la vanguardia.

A pesar de los políticos sólo interesados en sacar tajada política o económica del flamenco. Dispuestos a subvencionar festivales siempre con grandes figuras que les reporten réditos electorales, cuando no en crear instituciones flamencas estériles que sirven para extender su nepotismo.

A pesar del flaco favor del nacionalismo español, que salvo por su interés en un simulacro de flamenco perpetrado en ferias y romerías y por el relumbrón de los artistas triunfadores, siempre ha sido reacio a reconocer al flamenco como elemento crucial y singular de nuestra cultura, con sus trazas gitanas, árabes, judías y africanas. Un arte que debería ser objeto de un sano orgullo por haberse forjado en esta tierra y, más aún, cuando se ha convertido en un arte universal al que cada día se suman aficionados y artistas en todos los rincones del planeta. Un arte global, a pesar también, de la incomprensión de los otros nacionalismos de nuestro país que, para colmo, lo identifican como estandarte de la patria española.

A pesar de ser Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Esos mismos políticos que se empeñaron en solicitar este inútil e innecesario reconocimiento a la UNESCO -para luego darse palmadas en el pecho-, son incapaces de introducir su enseñanza en los colegios donde al menos se explicase su valor como resultado de un insólito sincretismo de razas y culturas. A cambio de esa distinción, sólo ha recibido un paupérrimo apoyo institucional y la ausencia de una sólida y decidida política cultural preocupada en difundir y promocionar el flamenco.

A pesar de no formar parte de la marca España, salvo en recepciones de embajadas, institutos Cervantes o como agasajo a algún presidente norteamericano. El potencial económico del flamenco vinculado al turismo cultural sigue si estar en la agenda de los políticos, ni en los planes de negocio de nuestros despistados empresarios. Conseguir atraer más público al flamenco supondría más trabajo para los artistas, para las escuelas y academias, los guitarreros, los fabricantes de zapatos y trajes, los teatros, los hosteleros, los locales…. Por cada artista flamenco que alcanza el éxito hay mil detrás en la sombra. La cruda realidad es que infinidad de grandes artistas en este país siguen pasando penurias, sin poder llegar a fin de mes. Es un inagotable filón que está a la intemperie, a la vista de todos, esperando que de una vez se le meta mano.

A pesar de los medios de comunicación que sólo le dedican breves píldoras informativas porque no pueden obviar un arte que sigue operando por su cuenta y riesgo. El tiempo dedicado al flamenco en las radios y televisiones públicas es ridículo en comparación al dedicado a otros estilos musicales. Siempre avergonzándonos de lo propio. Una prueba más que rubrica este nulo interés de los medios, es la escasa atención que han dedicado a este extraordinario fenómeno viral de unas niñas bailando por bulerías.

A pesar de que una gran parte de la sociedad le da la espalda, pese al origen humilde y popular del flamenco. Esa endémica mezcla de desprecio e ignorancia es fruto de todos los pesares descritos anteriormente. Lo cierto es que millones de españoles no han asistido jamás a un espectáculo de flamenco en vivo. Y a aquellos que manifiestan su interés por él, poco o nada saben de flamenco. Desconocimiento y prejuicios que siguen maltratando al flamenco. Esta sonrojante actitud es imposible de imaginar en ningún otro país, que no se permitiría el lujo desperdiciar un tesoro cultural de tal calibre. En contraste con nuestra insólita estupidez, el público foráneo muestra más empatía con el flamenco y acude sin ideas preconcebidas a disfrutar de una experiencia flamenca.

Esta niñas consiguen lo que el flamenco siempre ha hecho, que no es otra cosa que salir adelante por su propio genio y poderío. Ni siquiera la tupida y lucrativa telaraña tecnológica de Internet las ha frenado. Con su inocencia y sencillez consiguen transmitir las esencias del flamenco: salero, compás, generosidad, alegría de vivir... Esta tres pequeñas, sin pretenderlo, han hecho por el flamenco más que miles de políticos, periodistas, entendidos y patriotas juntos.

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Manuel Montaño

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