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CADDY ADZUBA / PERIODISTA Y ACTIVISTA CONGOLEÑA

“Sin mujeres en las mesas de diálogo no hay paz posible”

Teresa Benítez Bogotá , 14/06/2017

<p>Caddy Adzuba, durante su estancia en Colombia.</p>

Caddy Adzuba, durante su estancia en Colombia.

Grace M. Torrente / FNUAP Colombia

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El contexto es (RDC), un hermoso país tropical, cafetero, surcado por ríos y bosques que lo tiñen de verde y lo hacen rico, muy rico. Su valor económico se fundamenta en los abundantes recursos minerales del subsuelo: oro, diamantes, petróleo, cobre, coltán, este último, elemento clave para la fabricación de tecnología electrónica. Sin embargo, no es un país próspero. Algunas regiones de este territorio viven sumidas en un conflicto de raíces antiguas, cuyos ecos reverberan desde la época de la colonia europea y transcurren por todas las crisis imaginables: esclavitud, gobiernos títeres, dictadura, desplazamientos de población. Hoy, pese a un proceso de paz que puso fin a cinco años de guerra (1998-2003) y que culminó con la firma de un tratado y la desmovilización de los grupos armados, bandas criminales “financiadas por empresas multinacionales”, siguen perpetrando ejecuciones sumarias, asesinatos, secuestros, violaciones y saqueos. Desde 2000, la sociedad civil, sedienta de paz real, se viene organizando para protegerse y visibilizar los crímenes de los que son víctimas a diario. Una de sus armas más directas es la radio.

A principios de este mes, la abogada y periodista congoleña Caddy Adzuba (Bukavu, 1981), premio Príncipe de Asturias de la Concordia en 2014, visitó Bogotá para asistir al Seminario Internacional Mujeres y Medios en Procesos de Paz, organizado por la Red Colombiana de Periodistas con Visión de Género. Ante un auditorio mayoritariamente joven y femenino, Adzuba habló sobre la terrible situación de las mujeres en su país, cuyo cuerpo definió como un campo de batalla, y destacó la contribución de la radio a los procesos de paz.

Entre la RDC y Colombia hay una gran distancia geográfica, pero comparten problemas muy parecidos…

La RDC es el segundo país más rico de África, pero una de las sociedades más pobres del mundo. En este seminario me he acercado a la historia de Colombia y ahora veo que este país también sufre a causa de sus tesoros. Es la maldición de los países ricos en recursos. Los poderes económicos globales, las empresas multinacionales, detectan esta riqueza y financian a grupos ilegales para que saqueen los territorios, a cualquier precio, al precio del terror y la violencia.

En la RDC esa violencia se ha dirigido especialmente contra las mujeres. Algunos informes hablan de 1.000 violaciones al día. ¿Cómo se explica este hecho?

Al conocer las historias de las mujeres que encontraba vagando por las carreteras, pude percibir las dimensiones del feminicidio y empezar a denunciarlo

En primer lugar, no me gusta hablar de cifras porque son inexactas. Esos datos reflejan solo los ingresos hospitalarios y los casos denunciados, pero muchas mujeres permanecen en el silencio porque en el Congo la violación es un tabú. Si has sido violada, probablemente tu marido acabe rechazándote y también lo hará tu comunidad. Esto es lo que explica que la guerra se haga contra las mujeres, ellas son la base social y económica del país, quienes desarrollan las actividades agropecuarias y comerciales, quienes mantienen a las familias y educan a los niños. Sin ellas, el país se derrumba. Y eso lo vieron muy claramente los señores de la guerra. A ellos no les basta con forzar a las mujeres para satisfacer su deseo sexual, eso sería demasiado leve. Las violan introduciendo en sus vaginas granadas, cuchillas, trozos de madera, brasas, etc. Obligan a los hijos a violar a sus madres. Las secuestran y las utilizan como esclavas sexuales. Estos crímenes constituyen un feminicidio en toda regla. Las que logran sobrevivir necesitan más de 15 años para recuperarse y luego tienen que combatir el estigma social.

Usted es de una de las zonas más golpeadas por el conflicto, la provincia de Kivu del Sur. ¿Por qué decidió quedarse a trabajar allí?

Viví la guerra en primera persona, sufrí el desplazamiento, la separación de mi familia. Y estudié Derecho porque quería cambiar la realidad de mi país. Pero la abogacía tiene un ritmo muy lento; en cambio, vi en la comunicación la inmediatez que tanto anhelaba, además de un vínculo directo con la sociedad civil. Decidí quedarme en Bukavu, capital de Kivu del Sur, porque necesitaba entender el conflicto desde la raíz. El periodismo no se ejerce desde la comodidad de una redacción. Al conocer las historias de las mujeres que encontraba vagando por las carreteras, pude percibir las dimensiones del feminicidio y empezar a denunciarlo. Radio Okapi, donde trabajo actualmente, tiene redacciones en cada provincia, y periodistas fijos, no corresponsales, en el corazón del conflicto. Hacemos una labor de visibilización y seguimiento directo del proceso de paz. Pero todo sobre el terreno; la paz se cultiva dentro de la guerra.

A su juicio, las mujeres del Congo, aun siendo las principales víctimas del conflicto, son también los primeras agentes del cambio. ¿Cree que otros grupos vulnerables, como los niños, también tienen capacidad transformadora?

Me he especializado en cuestiones de género, violencia sexual, etc., pero también trabajo con niños porque son una herramienta excepcional para la comunicación. Tenemos un programa de radio que se llama Nosotros, los niños. Es un espacio hecho por los niños para los niños. Su impacto es enorme porque en la RDC los grupos armados han secuestrado a muchos niños para convertirlos en soldados. Durante los procesos de desmovilización, los niños que venían de la guerra eran acogidos en centros de tránsito. Allí aprendían a vivir en sociedad, porque habían sido reclutados con seis años y volvían con 16 o 17. Pero es muy difícil hablarles a estos niños desde la posición de adulto. Sin embargo, si otros niños se dirigen a ellos, entienden el mensaje perfectamente. Estos niños desmovilizados empezaron a participar en los programas de radio y se convirtieron, a su vez, en niños periodistas. El resultado ha sido increíblemente positivo, hemos llevado esta experiencia a otros países. Lo único que hace falta es formación, especialmente en temas tan delicados como las torturas, la violencia sexual, la igualdad, los derechos sexuales. Luego puedes hacer maravillas.

Uno de los proyectos de la Asociación de Mujeres de Medios de Comunicación del Este de Congo (AFEM), a la que usted pertenece, es Mama Radio, que se define como un medio de mujeres para las mujeres. ¿Cree que los hombres podrían actuar también como portavoces de las mujeres?

La filosofía de género abarca tanto al hombre como a la mujer y aspira a la unidad paritaria. Por eso en AFEM trabajamos con hombres, pero solo con los que emplean un enfoque de género. Son hombres que piensan que las mujeres son iguales que ellos, que tienen las mismas capacidades y derechos que ellos. Esto puede parecer obvio pero, créame, para la mentalidad tradicional congoleña, la mujer es muy inferior al hombre. Claro, muchas mujeres se quejan de que el porcentaje de hombres que acompañan el proceso de paridad es mínimo. Y es cierto, no hay un 70% de hombres con visión de género, si eso fuera así las mujeres no estaríamos aquí reclamando nuestros derechos. Pero sí que podemos trabajar con ese 30% de hombres que desean que las mujeres se inscriban en el orden paritario. Los hombres de Mama Radio pertenecen a ese grupo. Ellos están preparados para concienciar a otros hombres, una idea similar a la de los niños.

¿Qué tipo de programas hacen en Mama Radio?

si estoy investigando una masacre en un pueblo, y me ven en el terreno haciendo preguntas, fotos, no publico esa información sino que se la paso a otro medio

Mama Radio tiene un enfoque diferencial de género. Pongamos que un pueblo ha sufrido un ataque de grupos armados. Lo primero que nos preguntamos es ¿han matado, violado, torturado, secuestrado a alguna mujer? No es que obviemos a los hombres que han sido asesinados, ni a los que han perdido a sus esposas o a sus hijos, pero desde luego, tratamos de prestar más atención a las mujeres, las jóvenes y las niñas porque la realidad nos ha demostrado que son las principales víctimas del conflicto. También tenemos un espacio que se llama La mujer del Congo. Tiene el objetivo de vender una imagen positiva de la mujer. Invitamos a una mujer líder y contamos qué formación tiene, qué labor hace, sus intereses. Es decir, nos centramos en sus logros y sus capacidades. Eso hace que el oyente se sorprenda al ver que hay mujeres que están generando cambios. Porque la mayoría de los hombres solo ven en las mujeres un cuerpo, no su enorme inteligencia.

¿Los acuerdos de paz de la RDC incluyeron una perspectiva de género?

No. Por eso seguimos en guerra. Sin mujeres en las mesas de diálogo no hay paz posible.

¿Qué otras estrategias, aparte de las relacionadas con la radio, han puesto en marcha para denunciar la situación de la mujer en la guerra?

Por ejemplo, los clubes de escucha en los pueblos, donde se reúnen las mujeres líderes. Nosotros les damos formación sobre género, democracia, empoderamiento. Una vez a la semana se reúnen para hablar de la situación de sus pueblos. Y luego actúan como nuestras fuentes. Pero en Radio Okapi no nos limitamos a la mera información. Acompañamos a las víctimas en el hospital, preguntamos si han denunciado ante las autoridades, hacemos seguimiento del caso. Así se construye una cadena que incluye al periodista, las mujeres, la policía, las ONG, la comunidad internacional, etc. También hemos puesto en marcha el sistema de alertas tempranas. Si por la noche se oyen disparos, estas mujeres escriben un código numérico en sus teléfonos móviles. El mensaje llega a una máquina, que lo decodifica. Entonces nosotros enviamos la alerta a las autoridades. Es una forma de proteger a las mujeres. De este modo, si un grupo armado les decomisa los teléfonos, no podrán averiguar que han sido ellas quienes han dado la voz de alarma.  

Usted insiste en avisar a las autoridades; ¿tanto confía en ellas?

No, pero las vigilamos. Hemos creado un sistema de sinergia de los medios. Cuando hay un ataque, los periodistas de muchos medios nos reunimos para informarnos unos a otros y hacer presión sobre las autoridades locales. Todos los medios debemos denunciar lo mismo, acusar a las autoridades de no haber actuado cuando los hechos ocurrieron. Imagínese 40 radios y 50 cadenas de televisión que señalan todas a las mismas autoridades. Es una labor de interpelación, de cabildeo. No podemos confiar en las autoridades, pero sí podemos presionarlas.

En cualquier caso, ser periodista en RDC debe de ser bastante arriesgado. El coste personal es muy alto.

Sí, lo es. Pero también hemos desarrollado mecanismos de protección. Por ejemplo, si estoy investigando una masacre en un pueblo, y me ven en el terreno haciendo preguntas, fotos, no publico esa información sino que se la paso a otro medio. Yo les doy los elementos y ellos los difunden. Así me protejo. 

Si echa la vista atrás, ¿qué balance hace de todos estos esfuerzos?  

Hemos dado grandes pasos. AFEM ha presentado casos de violación de los derechos humanos ante la Corte Penal Internacional y el Senado de Estados Unidos. También logramos que el gobierno estadounidense aprobara una ley que prohíbe que las multinacionales americanas compren minerales del Congo que no tengan trazabilidad. Y a nivel interno, las mujeres en el Congo ya no estamos en el papel de víctimas. Ahora generamos cambios.    

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Autor >

Teresa Benítez

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