1. Número 1 · Enero 2015

  2. Número 2 · Enero 2015

  3. Número 3 · Enero 2015

  4. Número 4 · Febrero 2015

  5. Número 5 · Febrero 2015

  6. Número 6 · Febrero 2015

  7. Número 7 · Febrero 2015

  8. Número 8 · Marzo 2015

  9. Número 9 · Marzo 2015

  10. Número 10 · Marzo 2015

  11. Número 11 · Marzo 2015

  12. Número 12 · Abril 2015

  13. Número 13 · Abril 2015

  14. Número 14 · Abril 2015

  15. Número 15 · Abril 2015

  16. Número 16 · Mayo 2015

  17. Número 17 · Mayo 2015

  18. Número 18 · Mayo 2015

  19. Número 19 · Mayo 2015

  20. Número 20 · Junio 2015

  21. Número 21 · Junio 2015

  22. Número 22 · Junio 2015

  23. Número 23 · Junio 2015

  24. Número 24 · Julio 2015

  25. Número 25 · Julio 2015

  26. Número 26 · Julio 2015

  27. Número 27 · Julio 2015

  28. Número 28 · Septiembre 2015

  29. Número 29 · Septiembre 2015

  30. Número 30 · Septiembre 2015

  31. Número 31 · Septiembre 2015

  32. Número 32 · Septiembre 2015

  33. Número 33 · Octubre 2015

  34. Número 34 · Octubre 2015

  35. Número 35 · Octubre 2015

  36. Número 36 · Octubre 2015

  37. Número 37 · Noviembre 2015

  38. Número 38 · Noviembre 2015

  39. Número 39 · Noviembre 2015

  40. Número 40 · Noviembre 2015

  41. Número 41 · Diciembre 2015

  42. Número 42 · Diciembre 2015

  43. Número 43 · Diciembre 2015

  44. Número 44 · Diciembre 2015

  45. Número 45 · Diciembre 2015

  46. Número 46 · Enero 2016

  47. Número 47 · Enero 2016

  48. Número 48 · Enero 2016

  49. Número 49 · Enero 2016

  50. Número 50 · Febrero 2016

  51. Número 51 · Febrero 2016

  52. Número 52 · Febrero 2016

  53. Número 53 · Febrero 2016

  54. Número 54 · Marzo 2016

  55. Número 55 · Marzo 2016

  56. Número 56 · Marzo 2016

  57. Número 57 · Marzo 2016

  58. Número 58 · Marzo 2016

  59. Número 59 · Abril 2016

  60. Número 60 · Abril 2016

  61. Número 61 · Abril 2016

  62. Número 62 · Abril 2016

  63. Número 63 · Mayo 2016

  64. Número 64 · Mayo 2016

  65. Número 65 · Mayo 2016

  66. Número 66 · Mayo 2016

  67. Número 67 · Junio 2016

  68. Número 68 · Junio 2016

  69. Número 69 · Junio 2016

  70. Número 70 · Junio 2016

  71. Número 71 · Junio 2016

  72. Número 72 · Julio 2016

  73. Número 73 · Julio 2016

  74. Número 74 · Julio 2016

  75. Número 75 · Julio 2016

  76. Número 76 · Agosto 2016

  77. Número 77 · Agosto 2016

  78. Número 78 · Agosto 2016

  79. Número 79 · Agosto 2016

  80. Número 80 · Agosto 2016

  81. Número 81 · Septiembre 2016

  82. Número 82 · Septiembre 2016

  83. Número 83 · Septiembre 2016

  84. Número 84 · Septiembre 2016

  85. Número 85 · Octubre 2016

  86. Número 86 · Octubre 2016

  87. Número 87 · Octubre 2016

  88. Número 88 · Octubre 2016

  89. Número 89 · Noviembre 2016

  90. Número 90 · Noviembre 2016

  91. Número 91 · Noviembre 2016

  92. Número 92 · Noviembre 2016

  93. Número 93 · Noviembre 2016

  94. Número 94 · Diciembre 2016

  95. Número 95 · Diciembre 2016

  96. Número 96 · Diciembre 2016

  97. Número 97 · Diciembre 2016

  98. Número 98 · Enero 2017

  99. Número 99 · Enero 2017

  100. Número 100 · Enero 2017

  101. Número 101 · Enero 2017

  102. Número 102 · Febrero 2017

  103. Número 103 · Febrero 2017

  104. Número 104 · Febrero 2017

  105. Número 105 · Febrero 2017

  106. Número 106 · Marzo 2017

  107. Número 107 · Marzo 2017

  108. Número 108 · Marzo 2017

  109. Número 109 · Marzo 2017

  110. Número 110 · Marzo 2017

  111. Número 111 · Abril 2017

  112. Número 112 · Abril 2017

  113. Número 113 · Abril 2017

  114. Número 114 · Abril 2017

  115. Número 115 · Mayo 2017

  116. Número 116 · Mayo 2017

  117. Número 117 · Mayo 2017

  118. Número 118 · Mayo 2017

  119. Número 119 · Mayo 2017

  120. Número 120 · Junio 2017

  121. Número 121 · Junio 2017

  122. Número 122 · Junio 2017

  123. Número 123 · Junio 2017

  124. Número 124 · Julio 2017

  125. Número 125 · Julio 2017

  126. Número 126 · Julio 2017

  127. Número 127 · Julio 2017

  128. Número 128 · Agosto 2017

  129. Número 129 · Agosto 2017

  130. Número 130 · Agosto 2017

  131. Número 131 · Agosto 2017

  132. Número 132 · Agosto 2017

  133. Número 133 · Septiembre 2017

  134. Número 134 · Septiembre 2017

  135. Número 135 · Septiembre 2017

  136. Número 136 · Septiembre 2017

  137. Número 137 · Octubre 2017

  138. Número 138 · Octubre 2017

  139. Número 139 · Octubre 2017

  140. Número 140 · Octubre 2017

  141. Número 141 · Noviembre 2017

  142. Número 142 · Noviembre 2017

  143. Número 143 · Noviembre 2017

  144. Número 144 · Noviembre 2017

  145. Número 145 · Noviembre 2017

  146. Número 146 · Diciembre 2017

  147. Número 147 · Diciembre 2017

  148. Número 148 · Diciembre 2017

  149. Número 149 · Diciembre 2017

  150. Número 150 · Enero 2018

  151. Número 151 · Enero 2018

  152. Número 152 · Enero 2018

  153. Número 153 · Enero 2018

  154. Número 154 · Enero 2018

  155. Número 155 · Febrero 2018

  156. Número 156 · Febrero 2018

  157. Número 157 · Febrero 2018

  158. Número 158 · Febrero 2018

  159. Número 159 · Marzo 2018

  160. Número 160 · Marzo 2018

  161. Número 161 · Marzo 2018

  162. Número 162 · Marzo 2018

  163. Número 163 · Abril 2018

  164. Número 164 · Abril 2018

  165. Número 165 · Abril 2018

  166. Número 166 · Abril 2018

  167. Número 167 · Mayo 2018

  168. Número 168 · Mayo 2018

  169. Número 169 · Mayo 2018

  170. Número 170 · Mayo 2018

  171. Número 171 · Mayo 2018

  172. Número 172 · Junio 2018

  173. Número 173 · Junio 2018

  174. Número 174 · Junio 2018

  175. Número 175 · Junio 2018

  176. Número 176 · Julio 2018

  177. Número 177 · Julio 2018

  178. Número 178 · Julio 2018

  179. Número 179 · Julio 2018

  180. Número 180 · Agosto 2018

  181. Número 181 · Agosto 2018

  182. Número 182 · Agosto 2018

  183. Número 183 · Agosto 2018

  184. Número 184 · Agosto 2018

  185. Número 185 · Septiembre 2018

  186. Número 186 · Septiembre 2018

  187. Número 187 · Septiembre 2018

  188. Número 188 · Septiembre 2018

  189. Número 189 · Octubre 2018

  190. Número 190 · Octubre 2018

  191. Número 191 · Octubre 2018

  192. Número 192 · Octubre 2018

  193. Número 193 · Octubre 2018

  194. Número 194 · Noviembre 2018

  195. Número 195 · Noviembre 2018

  196. Número 196 · Noviembre 2018

  197. Número 197 · Noviembre 2018

  198. Número 198 · Diciembre 2018

  199. Número 199 · Diciembre 2018

  200. Número 200 · Diciembre 2018

  201. Número 201 · Diciembre 2018

  202. Número 202 · Enero 2019

  203. Número 203 · Enero 2019

  204. Número 204 · Enero 2019

  205. Número 205 · Enero 2019

  206. Número 206 · Enero 2019

  207. Número 207 · Febrero 2019

  208. Número 208 · Febrero 2019

  209. Número 209 · Febrero 2019

  210. Número 210 · Febrero 2019

  211. Número 211 · Marzo 2019

  212. Número 212 · Marzo 2019

  213. Número 213 · Marzo 2019

  214. Número 214 · Marzo 2019

  215. Número 215 · Abril 2019

  216. Número 216 · Abril 2019

  217. Número 217 · Abril 2019

  218. Número 218 · Abril 2019

  219. Número 219 · Mayo 2019

  220. Número 220 · Mayo 2019

  221. Número 221 · Mayo 2019

  222. Número 222 · Mayo 2019

  223. Número 223 · Mayo 2019

  224. Número 224 · Junio 2019

  225. Número 225 · Junio 2019

  226. Número 226 · Junio 2019

  227. Número 227 · Junio 2019

  228. Número 228 · Julio 2019

  229. Número 229 · Julio 2019

  230. Número 230 · Julio 2019

  231. Número 231 · Julio 2019

  232. Número 232 · Julio 2019

  233. Número 233 · Agosto 2019

  234. Número 234 · Agosto 2019

  235. Número 235 · Agosto 2019

  236. Número 236 · Agosto 2019

  237. Número 237 · Septiembre 2019

  238. Número 238 · Septiembre 2019

  239. Número 239 · Septiembre 2019

  240. Número 240 · Septiembre 2019

  241. Número 241 · Octubre 2019

  242. Número 242 · Octubre 2019

  243. Número 243 · Octubre 2019

  244. Número 244 · Octubre 2019

  245. Número 245 · Octubre 2019

  246. Número 246 · Noviembre 2019

  247. Número 247 · Noviembre 2019

  248. Número 248 · Noviembre 2019

  249. Número 249 · Noviembre 2019

  250. Número 250 · Diciembre 2019

  251. Número 251 · Diciembre 2019

  252. Número 252 · Diciembre 2019

  253. Número 253 · Diciembre 2019

  254. Número 254 · Enero 2020

  255. Número 255 · Enero 2020

  256. Número 256 · Enero 2020

  257. Número 257 · Febrero 2020

  258. Número 258 · Marzo 2020

  259. Número 259 · Abril 2020

  260. Número 260 · Mayo 2020

  261. Número 261 · Junio 2020

  262. Número 262 · Julio 2020

  263. Número 263 · Agosto 2020

  264. Número 264 · Septiembre 2020

  265. Número 265 · Octubre 2020

  266. Número 266 · Noviembre 2020

  267. Número 267 · Diciembre 2020

  268. Número 268 · Enero 2021

  269. Número 269 · Febrero 2021

  270. Número 270 · Marzo 2021

  271. Número 271 · Abril 2021

  272. Número 272 · Mayo 2021

  273. Número 273 · Junio 2021

  274. Número 274 · Julio 2021

  275. Número 275 · Agosto 2021

  276. Número 276 · Septiembre 2021

  277. Número 277 · Octubre 2021

  278. Número 278 · Noviembre 2021

  279. Número 279 · Diciembre 2021

CTXT necesita 15.000 socias/os para seguir creciendo. Suscríbete a CTXT

Estar siempre descubriendo el fuego

La crítica ha etiquetado a Tao Lin como la “voz de su generación”. Se trata, sin embargo, de un escritor absolutamente anacrónico

Vicente Monroy 24/05/2017

<p>Dudu mandala.</p>

Dudu mandala.

Tao Lin

A diferencia de otros medios, en CTXT mantenemos todos nuestros artículos en abierto. Nuestra apuesta es recuperar el espíritu de la prensa independiente: ser un servicio público. Si puedes permitirte pagar 4 euros al mes, apoya a CTXT. ¡Suscríbete!

Necesitamos tu ayuda para realizar las obras en la Redacción que nos permitan seguir creciendo. Puedes hacer una donación libre aquí

-----------------------------------------------------------------------------------------------------

¿Es posible abordar a un escritor nuevo sin recurrir a clasificaciones generales? Y más importante todavía: ¿es posible rescatar a un escritor sumergido en una lectura generacional?        

1. La maldición del relato generacional

En la lista de libros que nunca terminé de leer, no sólo figuran El guardián entre el centeno, En el camino, Matadero 5 o Menos que cero. También Richard Yates, la novela que dio fama a un jovencísimo Tao Lin, y lo encumbró como líder intelectual de una generación. Es precisamente la etiqueta de “relatos generacionales” que se les aplica lo que más me molesta de los libros mencionados. Mis prejuicios se fundan en una evidencia: de la ingente cantidad de análisis, voces cantantes y fieles reflejos que proliferan hoy en día en torno a mi propia generación (los llamados millennials), prácticamente todos resultan desatinados, y muchos de ellos ridículos.

¿Qué significa ese afán de los escritores por reflejar el espíritu de su generación? ¿De qué se compone ese espíritu? ¿Y por qué se le exige este logro a la literatura, como si la compleja red de historias de una generación fuera equiparable a un relato? ¿Acaso es siquiera posible una cosa así: abarcar en un sólo esfuerzo las derivas de un grupo en cualquier caso heterogéneo e impreciso? Sospecho que no, al menos no más allá de una construcción mítica, sentimental y nostálgica que nos hacemos de él, y que suele ser trivial.

Viene a cuento el ejemplo de la última novela de Noah Cicero, uno de los jóvenes colegas y amigos de Tao Lin. El relato de su gestación es ya casi un mito: durante algunas semanas, Cicero acudió al mismo restaurante todos los días, llevando una bolsa llena de libros, entre los que se contaban las obras más famosas de Hemingway, Scott Fitzgerald, Truman Capote, Kerouac, Burroughs, Easton Ellis… que estudió minuciosamente. En ellas buscaba la respuesta a una pregunta: “¿Cómo se escribe una novela generacional?” Más tarde, aplicaría las conclusiones de su investigación a su propia obra. El resultado es Bad Behaviour, una impecable recopilación de todo lo que entendemos se adscribe a nuestra etiqueta: personajes, diálogos y reflexiones recuperados de estos libros, depurados y actualizados para hacer referencia al mundo de los millennials. Es una novela de un altísimo contenido referencial, que redobla la importancia de sus logros. La mayor parte de sus comentaristas han caído sin remedio en la trampa de lo generacional, condición diseñada y no encontrada por Cicero, producto de la repetición de una serie de clichés y recursos narrativos que se han vuelto anacrónicos, pero que parecen funcionar estupendamente en términos editoriales y críticos.

Si la razón fundamental de una determinada literatura es servir de reflejo a una generación, no parece que pueda ofrecer retos importantes al futuro de una reflexión sobre el lenguaje

Descubro que la obsesión por los frutos de lo generacional suele estar vinculada con un tipo de análisis de corto alcance, más atento a las modas que a cuestiones literarias, y los comentaristas que más la cultivan son aquellos que no disponen de una teoría interesante sobre la naturaleza del lenguaje y sus mecanismos, que se presentan en gran medida contrarios a la posibilidad de estas simplificaciones.  Su valor fundamental es, precisamente, la capacidad de establecer un tipo de conexión intergeneracional que es imposible de cualquier otra manera, y que convierte la literatura en una herramienta útil para el progreso humano. En este sentido, la labor del escritor debería entenderse más alejada de la del cronista y más próxima de la del científico: como el científico, trabaja construyendo con ayuda del lenguaje metáforas sucesivas de la realidad, que se actualizan a medida que una y otra (realidad y metáfora) se vuelven más complejas.

Si la razón fundamental de una determinada literatura es servir de reflejo a una generación, no parece que pueda ofrecer retos importantes al futuro de una reflexión sobre el lenguaje. Está lastrada por sus propias intenciones. La gracia, el experimento, la originalidad le son ajenos. Y hay que creer que este anhelo es común; tan común al menos como los libros inútiles. Dice Paul Valéry, en contra de los reflejos: “La mayoría de las desesperaciones de los artistas se basan en la dificultad o la imposibilidad de reflejar mediante su arte una imagen que parece decolorarse y marchitarse al captarla en una frase, una tela o un arco”. El anhelo del que hablamos no es el de un simple reflejo, sino el de un millón de ellos (¡toda una generación!), un retorcido laberinto de espejos. Las confusiones que puede provocar nuestra obsesión son fantásticas, y perjudican y benefician a muchos escritores, alimentando el hermoso lío de la literatura de nuestra época.

Pero si existe un caso paradigmático de autor malinterpretado en los términos de lo generacional, es sin duda el de nuestro héroe. Tao Lin: ejemplo de escritor científico, alejado de forma casi indignante de la problemática social o política contemporánea, es decir: absolutamente anacrónico, volcado en un profundo análisis de los dispositivos del pensamiento abstracto, que se ha ido radicalizando hacia el final de su primera juventud hasta revelarlo como un heredero inesperado de una tradición psicodélica cuyos últimos hilos parecían haberse perdido a mediados de los noventa. Resulta curioso a la luz de esta trayectoria, que de su trabajo se conozcan sobre todo sus dos obras menores, las más alejadas de este complejo proyecto, y reconocidamente escritas más por necesidad que por deseo: las novelas Richard Yates y Taipéi, que no sólo se han convertido en polémicos best sellers, también le han obligado a aceptar el papelón de “voz de su generación”, que seguramente no venía buscando.

Más bien al contrario: en su ya ingente obra, ha venido desarrollando una serie de experimentos literarios en relación con la definición de la identidad humana a través del lenguaje, y en paralelo con una intensa producción teórica que parece a punto de culminar con la aparición de su libro de ensayo Beyond Existentialism. En esta vertiente, parte siempre del incatalogable trabajo del filósofo y psiconauta Terence McKenna, para preguntarse por asuntos de gran complejidad, como el valor de la emergencia del lenguaje en la historia , su papel crucial en el desarrollo de la conciencia, y su aparente originalidad como mecanismo adaptativo de una forma de vida en la Tierra. De estas cuestiones se deriva un posicionamiento peculiar frente a la literatura, un cruce de razón y mística que empapa toda su obra, y que lo aleja sin remedio de los otros escritores de su generación.

2. La literatura como herramienta científica

Hace unos años, en el marco de un artículo sobre las posibilidades de la novela del futuro [1], Tao Lin ofrecía algunas pautas de su visión del lenguaje como herramienta del pensamiento científico o filosófico:

Ejemplo de escritor científico, alejado de forma casi indignante de la problemática social o política contemporánea. Es decir, absolutamente anacrónico, volcado en un profundo análisis de los dispositivos del pensamiento abstracto

“Los seres humanos simultáneamente existen (en) y experimentan: (1) el mundo de los fenómenos, o realidad concreta, que comparten con otros seres humanos y que disciernen con los cinco sentidos (tacto, vista, etcétera), y que está regido por leyes físicas como la ley de la causalidad o la de la gravitación universal, y (2) el mundo del noúmeno o la abstracción, que no puede discernirse con los cinco sentidos, que no tiene leyes físicas, y que es donde se originan y existen los recuerdos y los pensamientos y los sentimientos y las novelas.

Aunque la visión que tiene del mundo del noúmeno cada ser humano es única y privada, y su acceso por parte de los demás es imposible, este mundo del noúmeno es teorizado y buscado por la mayoría de las religiones y filosofías, como una unidad de la que hemos sido aislados cuando hemos adquirido forma física y hemos pasado a formar parte de la realidad concreta que, como un mundo virtual, es un espacio compartido en el que podemos comunicar nuestra visión del mundo del noúmeno a los demás, si queremos y como expresión ociosa, hasta que regresamos a la unidad del noúmeno a través de la muerte. No se sabe por qué no existimos únicamente en esa unidad del mundo del noúmeno, y por qué nos vemos obligados a soportar, o nos es regalada, vagamente, casi maliciosamente, una cantidad de tiempo, estimada entre el nacimiento y la muerte, en la realidad concreta.

Para articular y discutir este misterio, y hacerlo también con (1) y (2), los seres humanos han organizado una especie de carrera de relevos, desarrollando a través de cientos de generaciones una serie de ruidos (y después símbolos para representar estos ruidos) con significados acordados funcionalmente. Comenzamos a aprender estos ruidos inmediatamente después de nuestro nacimiento, y los usamos (1) para transmitir una retórica con el propósito de satisfacer deseos generados por la evolución y (2) para describir nuestros mundos secretos del noúmeno a los demás, con el propósito de reducir la soledad, aliviar el aburrimiento y aumentar el entusiasmo (...)”.

En esta breve introducción se reflejan con sencillez las que serán las dos grandes obsesiones de la obra de Tao Lin: por un lado, una idea del lenguaje como herramienta para mesurar la realidad tangible, que se traduce en sus juegos literarios en una experimentación radical con la medida de lo real y la forma en que se nombra; por otro lado, una concepción complementaria del lenguaje como ambiguo elemento de separación de la realidad concreta (el mundo de los fenómenos) y la realidad subjetiva (la identidad).

Además de Terence McKenna, otra de las grandes influencias reconocidas por Tao Lin es la del psicólogo Julian Jaynes, que a mediados de los años setenta esbozó una polémica teoría sobre el surgimiento del lenguaje

Identidad, lenguaje y realidad concreta. Términos, como observamos, generales y abstractos, antípodas de cualquier posicionamiento generacional. Definen las paredes de un hogar del filósofo. Su reflexión, quizás hecha prosa, quizás hecha poesía o quizás nada de esto, se eleva a una categoría antropológica, y allí se desnuda de ribetes. El estilo evade sus responsabilidades. Queda lo puramente estructural. La literatura se convierte en una herramienta constitutiva de la conciencia, y así se expresa, tensamente. La novela aspira a una utilidad universal, independiente del contexto. En sus mejores momentos, las ideas cobran en sus manos esa imagen que observamos a veces en los trabajos científicos y matemáticos: la de una depuración tal que se diría que no son obra de nadie. Termina:

“Las novelas y las memorias son quizás los informes más completos que los seres humanos pueden entregar a otros seres humanos de sus experiencias concretas. En estos términos, sólo existe un tipo de novela: un intento humano de transferir a los demás alguna parte o versión del mundo del noúmeno”.

3. Una teoría radical del lenguaje

Además de Terence McKenna, otra de las grandes influencias reconocidas por Tao Lin es la del psicólogo Julian Jaynes, que a mediados de los años setenta esbozó una polémica teoría sobre el surgimiento del lenguaje [2], y la producción de metáforas y analogías como mecanismo básico de su evolución.

Jaynes proponía en primer lugar que el lenguaje es un input de aparición bastante posterior a lo que se suele pensar, seguramente durante el Pleistoceno Tardío (entre el 70.000 y el 8.000 a.C ), una época de grandes cambios en la estructura mental del ser humano, que indican el posible desarrollo de una nueva herramienta de esta magnitud. El desarrollo del lenguaje está íntimamente ligado con el desarrollo de la conciencia.

Es lógico pensar que las primeras palabras se desarrollaron como modificadoras de una serie de sonidos previos, que dieron lugar a llamados de aviso y órdenes  (por ejemplo: la alerta frente a un peligro o la existencia de una fuente de alimento). Estos sonidos debieron sistematizarse y someterse a un proceso de gradación, que fue estableciendo una serie de relaciones cada vez más precisas (por ejemplo: la distancia a la que se encontraba el peligro o la fuente de alimento), a medida que el ser humano se volvía más y más consciente de su entorno. Esta evolución, basada en gran medida en variables espaciales, iba a determinar una de las características fundamentales del lenguaje, que ha marcado la historia entera del pensamiento abstracto, y que es lo que Jaynes denomina la “espacialización del tiempo”.

La espacialización del tiempo hace referencia a la evidente necesidad que tenemos los seres humanos de recurrir a metáforas espaciales para hacer referencia al tiempo. Si nos fijamos en el lenguaje, cualquier definición de la palabra tiempo o de conceptos relacionados con el tiempo, debe pasar siempre por una metáfora espacial. En general, el tiempo no puede imaginarse directamente, sin ayuda de analogías [3]:

“Incluso las cosas que en el mundo físico-conductivo no tienen cualidades espaciales, sí las tienen en la conciencia. Si no, no podríamos ser conscientes de ellas. El tiempo es un ejemplo obvio. Si te propongo pensar en los últimos cien años, tienes la tendencia de afrontar el problema de modo que la sucesión de años aparece desplegada, probablemente de izquierda a derecha. Pero por supuesto no hay izquierda ni derecha en el tiempo. Sólo hay antes y después, y ahí no hay cualidades espaciales excepto que se produzcan por analogía. La conciencia es siempre una espacialización en la que lo diacrónico se convierte en sincrónico, en la que lo que ha ocurrido en el tiempo se extrae y se observa como una continuidad espacial” [4].

La construcción de estas analogías del tiempo, método impuesto por la propia naturaleza del pensamiento y del medio, es el punto donde la labor del literato y la del científico se encuentran

Si hacemos el ejercicio de tratar de imaginar el tiempo de manera independiente al espacio, es decir, de imaginar la estructura del tiempo en sí misma, nos veremos en un serio aprieto. El tiempo es, a priori, inimaginable. Para hacernos una idea de su geometría, tendremos que recurrir a una imagen, esto es, a una traducción espacial. Si la analogía es el proceso fundamental que ha permitido el desarrollo del pensamiento abstracto, es precisamente por su capacidad de hacer accesibles imágenes del tiempo, es decir, de introducir el cambio. Y esta necesidad establece el inicio del desarrollo de la conciencia humana. Para Jaynes, la metáfora no es sólo un ardid o una figura del lenguaje; es nada menos que su cimiento constitutivo.

La construcción de estas analogías del tiempo, método impuesto por la propia naturaleza del pensamiento y del medio, es el punto donde la labor del literato y la del científico se encuentran, inevitablemente. Ambos son, antes que nada, exploradores del lenguaje, constructores de metáforas.

En el año 2014, Tao Lin acababa de terminar una serie de ensayos y experimentos en la revista Vice en torno a la figura de Terence McKenna, cuando fue invitado a Berlín para ofrecer una conferencia de temática libre vinculada al proyecto Netzkultur. De aquella conferencia, titulada Internet & Identity in the Context of the History & Future of Life on Earth, nacería una obra de título homónimo que iba a sintetizar su reflexión en torno a la palabra y la metáfora, y que adoptaba al mismo tiempo la forma de un poema/collage de acceso libre.

En esta pieza fundamental para entender su pensamiento, Tao Lin retomaba las ideas de Julian Jaynes sobre la espacialización y el desarrollo de la conciencia, proponiendo para ellas una hermosa  y radical  continuación. Introducía ahora una variable contemporánea: Internet, ese artefacto hecho de puro lenguaje, que tan profundamente ha incidido en la construcción de la identidad del ser humano contemporáneo.

En Internet, Tao Lin parece reconocer una forma avanzada, complejísima, de metáfora de la realidad, que culmina ciertas búsquedas del pensamiento en sus vertientes literaria y científica. Una suerte de gran espacialización del tiempo, donde la identidad y la información se entremezclan y se confunden, y donde el lenguaje parece haber suplantado firmes estratos de la realidad concreta. Un lugar que es pura elipsis, es decir, puro efecto narrativo, porque propone un viaje sin interludios entre argumentos y figuras. Aquí la imaginación, la expresión subjetiva, se funden con el medio. En esta gran metáfora, tiempos y espacios se han hecho coincidentes sobre la superficie de una pantalla, que contiene una refinada mezcla del relato colectivo de la especie (la cultura) y de nuestra propia experiencia (la psique o el “mundo del noúmeno”). Las dos parecen haber iniciado un proceso que culminaría con su unificación.

4. El fuego

Las referencias a Internet son constantes en la obra de Tao Lin, pero de nuevo no responden tanto a un argumento generacional como a la revelación de un nuevo espacio de investigación para el lenguaje, que se relaciona constantemente con la definición del individuo. Sus personajes habitan siempre esa encrucijada entre el aislamiento del cuerpo y una forma de hiperconexión mental que los golpea violentamente.

Vaciados de argumento, los libros de Tao Lin podrían entenderse como campos de pruebas del lenguaje, donde la estructura causal ha desaparecido para dejar paso a la pura elaboración lingüística

En Hikikomori, un magnífico libro escrito con Ellen Kennedy, los protagonistas son dos hikikomoris, una chica y un chico (Ellen y Tao) que viven aislados de la sociedad, encerrados en sus habitaciones. Está articulado de forma epistolar, a base de mensajes cortos que se envían entre ellos. En el reducido espacio que habitan, los dos hikikomoris van a descubrir todo un universo delirante, regido por leyes asombrosas, que no tienen nada que ver con las de la realidad. Un universo imaginario, que se construye entre el monólogo y la proliferación de voces y argumentos contradictorios. Aquí la gravedad no existe, los tamaños y los tiempos son flexibles y todo es susceptible de transformarse en cualquier instante y dejar paso a algo inesperado: OVNIS, hamsters, zombis, robots, brócolis vivientes y personajes históricos aparecen y desaparecen, invocados únicamente por la lógica del relato. Los protagonistas estudian masters, trabajan plantaciones de soja, quieren ser biólogos marinos en el espacio exterior, se teletransportan, se enamoran, mueren y reviven, se convierten en Kurt Vonnegut o en un calamar. Finalmente, su propia identidad se ve afectada por una lógica narrativa que se enreda y se desparrama.

La confusión del lenguaje y la identidad, sitúa a los individuos en un punto conflictivo entre el aislamiento total y una imparable multiplicación. En algunos de sus libros los encontramos inmersos en monólogos inaccesibles, pronunciados con frases tan extravagantes que parecen dichas en idiomas inventados, o que en todo caso no utilizan el idioma para comunicarse con los demás. En cierto modo, la función de las palabras aquí no es la comunicación, sino la creación: todo lo que puede ser escrito se hace (debe hacerse) realidad.

Para realizar estos peculiares experimentos, Tao Lin trabaja como un investigador: se ha dedicado a descubrir toda una serie de nuevas leyes físicas y naturales en sus invenciones, que se renuevan constantemente, poniendo en crisis la psicología y la fisicidad del mundo. Leyes de pura semántica: entre una dolorosa soledad y un delirio de cambios, los individuos se ven arrastrados por la dinámica del lenguaje, salvaje. Su universo es también incomprensible para ellos. Si las palabras pueden cambiar las normas más básicas que rigen el espacio-tiempo, y ellos mismos no pueden controlar el flujo de las palabras, están perdidos sin remedio. Son jóvenes que parecen contener en su interior la historia entera, que pueden ser cualquier cosa en cualquier instante, pero también los descubrimos confinados, marginados, sin proyectos, abandonados en el flujo arrebatado de su propio pensamiento, vapuleados por las emociones, incapaces de tomar un camino, cambiando constantemente de humor y de anhelos. Como reflejos del mundo virtual que habitan, la multiplicación de las identidades significa también una indefinición del carácter.

Casi todas sus obras proponen narradores subjetivos, y planean en torno a sus derivas y reflexiones, por eso es inevitable que la indefinición de los personajes se contagie a la lógica del relato, que se plantea como un discurrir sin conflictos ni temas. Vaciados de argumento, los libros de Tao Lin podrían entenderse como campos de pruebas del lenguaje, donde la estructura causal ha desaparecido para dejar paso a la pura elaboración lingüística. Ocurre así incluso en sus obras más accesibles: en la novela Taipéi, tenemos la sensación de que el comienzo y el final del libro podrían haber sido cualquier otros. Introducción y desenlace son apenas cortes de apariencia casual, convenciones impuestas en el torrente inabarcable del pensamiento de su protagonista, que las supera.

La psicología se expresa mediante una descripción minuciosa de la realidad visible que está profundamente espacializada. El tiempo parece suspendido, porque no hay origen ni destino

El esfuerzo entero de la escritura está puesto en la imposible transmisión de las características de estos extraños universos y sus leyes. Este esfuerzo se manifiesta a través de la medida. Medida: potencia fundamental de la mirada, que no excede sus límites, y no puede ser reflejo del mundo porque no coincide, aunque se aproxima a ellas, con las palabras que lo nombran. Este pequeño desajuste entre lo visible y lo expresable es la obsesión de nuestro raro científico, de la que brota un afán por medir, por mesurar desesperadamente el espacio y el tiempo, por comprender lo visible y sus posibilidades, como azuzado por una situación de emergencia. Las grandes miradas (esto ya lo sabíamos) no lo son por su alcance, es decir, no lo son por ver más allá de lo ya visto, sino por su capacidad de establecer nuevas combinaciones entre elementos que ya estaban aquí: distancia y peligro, asuntos originales de la conciencia.

La psicología se expresa mediante una descripción minuciosa de la realidad visible que está profundamente espacializada. El tiempo parece suspendido, porque no hay origen ni destino. Todo se vuelca en el intento de comprender la materialidad de un instante presente que nunca se mantiene en equilibrio. El paso del tiempo es apenas la consecuencia de este desequilibrio, que obliga a reformular constantemente las teorías para sus leyes, oscilando entre una extraña precisión de lo inconmensurable y una agotadora imprecisión de lo cotidiano. En el límite de este embrollo, las escalas se confunden, lo macroscópico y lo humano se equivocan hasta que el lenguaje que los describe recupera de golpe su sorpresa. En el que quizás sea mi favorito de sus Selected Tweets, escribe:

“He pensado algo así como “no soy capaz de trabajar en mi novela en este ambiente”, con “este ambiente” haciendo referencia al universo, creo”.

La desnudez de la prosa es necesaria para trabajar sobre los términos de esta nueva realidad hecha de palabras; un vaciado de las formas que la mayor parte de los comentaristas han querido confundir con una suerte de minimalismo, mucho más fácil de glosar y de vender. En cualquier caso, está lejos de reducir los elementos expresivos al mínimo, y si los presenta de forma fría e impersonal es para que muestren con mayor claridad sus efectos. La palabra parece retroceder en el tiempo y recuperar parte de su sentido primitivo, cuando apenas era el modificador de unos gritos animales de aviso: recomponer las distancias, los ritmos de una vida recién inventada, olvidar las definiciones para redescubrir las cosas con asombro, y volver a describirlas. Por momentos, este asombro de Tao Lin nos resulta infantil, animal, previo a la conciencia. La vinculación de la palabra con el significado se desdibuja, y se convierte en puro sonido gutural (baste recordar el título de su primera novela: Eeeee Eee Eeee).

La unidireccionalidad de los argumentos, las frases breves y contundentes, la exagerada referencialidad: todo responde a una definición de bloques como silogismos o ecuaciones que exploran este universo apenas descubierto, donde finalmente las palabras, lo expresable, o el límite de sus posibilidades, parecen la única norma. Nada puede darse por sentado, todo es nuevo.  Aquí el fuego se descubre cada día, todos los días, siempre distinto y con un renovado poder. La labor del escritor es conquistarlo una y otra vez, con ayuda del lenguaje.

__________

Vicente Monroy (Toledo, 1989) es arquitecto y profesor de cine y arquitectura en la UPM. Ha publicado, entre otros, los poemarios La realidad virtual (2014), El gran error del siglo 21 (Malos Pasos, México, 2015) y Darth Vader (2015). Le gusta bailar.

Notas:

1. Does the Novel Have a Future? The Answer Is In This Essay, Observer, 2011

2. Julian Jaynes, The evolution of language in the Late Pleistocene, Annals of the New York Academy of Sciences, Vol. 280, 1976.

3. Pensemos en el reloj: la más depurada analogía espacial del tiempo que posee el ser humano, en el que la posición relativa de unas agujas nos sirven para hacernos una idea de una posición temporal.

4. The Origin of Consciousness in the Breakdown of the Bicameral Mind, Julian Jaynes, 1976

Necesitamos tu ayuda para realizar las obras en la Redacción que nos permitan seguir creciendo. Puedes hacer una donación libre aquí

Este artículo es exclusivo para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí

Autor >

Vicente Monroy

Suscríbete a CTXT

Orgullosas
de llegar tarde
a las últimas noticias

Gracias a tu suscripción podemos ejercer un periodismo público y en libertad.
¿Quieres suscribirte a CTXT por solo 6 euros al mes? Pulsa aquí

Artículos relacionados >

Deja un comentario


Los comentarios solo están habilitados para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí