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José Luis Villacañas / Filósofo

“Errejón es un centauro político”

Sebastiaan Faber Madrid , 22/03/2017

<p>José Luis Villacañas, en un café en Madrid. </p>

José Luis Villacañas, en un café en Madrid. 

Manolo Finish

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Cuando José Luis Villacañas se dispone a contestar a una pregunta, a veces sus labios se precipitan y empiezan a formular sílabas, al mismo tiempo que su cerebro se niega a soltar el freno de las cuerdas vocales. Por un momento, uno tiene la impresión de asistir a una película muda, como si alguien se hubiera olvidado de darle al botón del sonido. Pero a los pocos segundos, cuando empiezan a salir las palabras, éstas son pronunciadas con la precisión y convicción del que ha asumido la lucidez como forma de estar en el mundo.

La tensión entre entrega entusiasta y férreo autocontrol —entre compromiso y análisis— ha marcado la vida y obra de Villacañas. En los últimos años, la cuerda entre estos dos polos se ha tensado más de lo común. Sin abandonar su prolífica producción académica como filósofo político, Villacañas ha venido asumiendo el papel de intelectual público. Ha aprovechado su columna semanal en El Levante, además de otros espacios públicos, para pronunciarse —a menudo en términos muy duros— sobre la política española actual. Andando el tiempo, se ha convertido en compañero de viaje de Podemos. Eso sí, un compañero nada incondicional. 

En octubre de 2015 publicó el libro Populismo (La huerta grande), en el que argüía que las tesis de Ernesto Laclau, abrazadas de forma entusiasta por Íñigo Errejón y compañía, no sólo no sirven para comprender la realidad española sino que su imposición resulta sumamente nociva. En su lugar, instaba a los jóvenes podemitas a redefinir su proyecto en torno al republicanismo. Si el populismo de Laclau se nutre de la permanente desestabilización de las instituciones —argüía Villacañas—, el republicanismo comprende que reforzar esas instituciones es el mejor modo de satisfacer las justas demandas de la ciudadanía y garantizar una sana vida democrática.

Curiosamente, a Villacañas su crítica apasionada del ideario de Errejón le acabó convirtiendo en uno de los mayores aliados del errejonismo

Curiosamente, a Villacañas su crítica apasionada del ideario de Errejón le acabó convirtiendo en uno de los mayores aliados del errejonismo. A principios de año, cuando en las semanas anteriores al segundo congreso de Vistalegre escalaba el conflicto interno en Podemos hasta alturas insospechadas, también las columnas de Villacañas se hacían cada vez más duras. El resultado de Vistalegre II le produjo profunda decepción. “Que España es un país con dificultades para administrar sus asuntos políticos”, escribía pocos días después, “se aprecia tanto en que, frente a todo pronóstico, Rajoy haya atravesado la mayor crisis de la España democrática, provocada en buena parte por su propio partido, como en que los militantes de Podemos hayan premiado a Pablo Iglesias y su errática política con la Secretaría General de Podemos, a pesar de haber contribuido de forma decisiva a prolongar la hegemonía de la derecha española”. Para Villacañas, el liderazgo de Iglesias había sido inseguro, débil e inmoderado. “La segunda oportunidad de acabar con [la derecha]”, escribió, “que era dar la mayoría a Íñigo Errejón, se ha frustrado por la inclinación de los militantes de Podemos, apegados a un carisma aparente, mediático y estéril”. 

Catedrático de Historia de la Filosofía Española en la Universidad Complutense de Madrid, José Luis Villacañas Berlanga es autor de unos 25 libros de filosofía y ensayo, incluida una Historia del poder político en España (2014); cuatro obras de historia medieval, entre ellas La formación de los reinos hispánicos (2006); y tres novelas. Filosóficamente se confiesa adicto a Kant y Weber. Es oriundo de Úbeda, Jaén, donde nació en 1955 —siete meses antes de que, en ese mismo pueblo, lo hiciera el novelista Antonio Muñoz Molina—. A los 16 años se mudó a Burjassot, Valencia, para ingresar en un colegio mayor. En ese mismo pueblo sigue viviendo con su familia. Hizo la carrera de Filosofía en la Universidad de Valencia. Ganó una cátedra en Murcia en 1986, donde estuvo 23 años, interrumpidos por un breve período al timón de la Biblioteca Valenciana (1999-2003). Desde 2009 trabaja en Madrid. 

Su intensa involucración política de estos últimos años, incluida la política interna de Podemos, me parece que constituye una ruptura con su trayectoria hasta ese momento y hasta, diría, con su temperamento.

Sí, en verdad mi actitud es fundamentalmente contemplativa. Pero ya antes de que yo me hiciera de Podemos llevaba una línea de publicación en El Levante muy dura contra el Partido Popular y el Partido Socialista. Contra el PP de forma despiadada; contra el Partido Socialista, con más dolor, porque tenía muchos amigos socialistas, mi tradición familiar es en parte socialista y la memoria de muchos seres queridos está vinculada al partido. Esa línea que me lleva inevitablemente a Podemos.

Esto no quiere decir que, cuando la vida intelectual se conjuga con la política, no se produzcan contradicciones. Yo estaba escribiendo contra el populismo —contra Laclau— pero era mucho más afín a los que, efectivamente, defendían posiciones populistas. A Errejón le pareció que yo estaba diciendo algo positivo, mientras que Iglesias adoptó actitudes mucho más duras contra mi posición. Todo esto hacía que yo fuera muy consciente de las distancias que debía mantener ante Podemos. 

¿Y ha podido mantenerlas? 

Llega un momento en que no soy capaz. Es cuando mis estudiantes empiezan a contarme la intrapolítica de Podemos. Comprendo entonces que el errejonismo está en una situación muy difícil porque no puede revelar lo que está pasando sin ser acusado de traición. Entonces creo que esa voz, a la que me vinculo afectivamente, tiene que ser escuchada, y que yo puedo estar en condiciones de decir lo que ellos no pueden. Asumí en ese momento que yo estaba pasando de la raya. Que no solo estaba tomando partido —que cualquier lector podía ver que ya lo había tomado— sino que estaba tomando partido dentro del partido. 

En las semanas anteriores a Vistalegre II, tuve la impresión de que se estaba rompiendo una tradición muy española: la de nunca, bajo ningún concepto, poner nombres y apellidos. Es cuando entran Carlos Fernández Liria, Santiago Alba Rico o Luis Alegre con acusaciones muy concretas.

El errejonismo está en una situación muy difícil porque no puede revelar lo que está pasando sin ser acusado de traición.

Pero su intervención tiene una genealogía completamente diferente de mi caso. Yo no me veía traicionado personalmente por nadie. Mi posición frente a Podemos era la propia de un ciudadano que compartía muchísimas cosas, pero no tenía trato personal con ninguno de ellos. No estoy resentido, ni albergo sentimientos ambivalentes. Mi relación con los de Iglesias es específicamente política. Creo que se han equivocado políticamente. Y creo que han llevado a Podemos a una situación muy difícil. Pero no hay nada personal aquí. Simplemente es frío juicio político. Los otros, en cambio, se sienten traicionados personalmente. 

Y les nubla el juicio.

Les nubla el juicio, aunque con matices. Yo comprendo que Liria se sienta mal con Iglesias por cuestiones personales y familiares. Luis Alegre ha sufrido más porque estaba más cerca. Liria es pura afectividad; es un hombre ingenuo e indefenso. Alegre, no. Es un hombre político. Y ha estado en la política más dura de Podemos. Se ha quedado sin posición política justamente por los vaivenes de Iglesias. En su caso, el motivo específico político es suficiente para explicar la hostilidad. 

En su diagnóstico señalaba que los defectos de Iglesias lo eran también de personalidad. 

No exactamente. Mi argumento era que Iglesias tiene un concepto erróneo de lo que es un líder carismático. Y ese concepto erróneo le sirve de coartada para no tomar distancia respecto de su mismo carácter. Bendice demasiado sus pulsiones. Es autocomplaciente. Mi artículo quizás era pedantemente pedagógico: Si quieres ser un líder carismático —le decía a Iglesias—, no puedes ser éste. No puedes bendecir todas tus inclinaciones. Pero confieso que he sentido zozobra al escribirlo, porque no sabía si estaba ayudando o perjudicando a los que quería ayudar o perjudicar.

Es la tensión entre la persona contemplativa, el intelectual que analiza la realidad desde la lucidez y el conocimiento, y el intelectual que busca intervenir en el momento adecuado para empujar las cosas en cierta dirección.

Sí, pero esta tensión está impulsada por unos fenómenos y dulcificada por otros. Lo que yo llamo la gente de Errejón, antes de serlo, ya eran amigos míos. Es decir: los jóvenes a los que yo respetaba y a los que admiraba por su compromiso filosófico y político caminaron hacia Errejón. Yo no los llevé allí. Pero esto me introdujo, sin yo quererlo, en un posicionamiento. Si yo hubiera despreciado a esos jóvenes, ni siquiera me habría implicado. Pero aparecieron en un sitio que a mí me parecía el correcto. 

Iglesias tiene un concepto erróneo de lo que es un líder carismático. Y ese concepto erróneo le sirve de coartada para no tomar distancia respecto de su mismo carácter

Debo decir que, en mi caso, esto estuvo muy reforzado por pensar, como sigo pensando, que Errejón es un talento político inédito en España. Si se leen bien todos esos artículos en los que yo intento decirle a Iglesias: “Señor Iglesias, si usted quiere ser un líder carismático, tiene que ser esto”, en el fondo todos tienen un submensaje: el único que tiene capacidad de ello es Errejón. Porque es el único que es frío y cálido a la vez. Es el único que tiene distancia y compromiso, frialdad y entusiasmo. Tiene inteligencia y, al mismo tiempo, sentimiento. Es un centauro político. No existe otro en España así. ¿Felipe González? Ha sido un cínico toda su vida. ¿Adolfo Suárez? Era un impostor, nunca se creyó realmente lo que estaba haciendo. La política de bandazos del propio Iglesias indica que, en el fondo, se ha dejado asesorar por alguien. Que es un hombre influenciable, y que su criterio ha sido erróneo. E Iglesias ha sido cobarde al no asumir sus propios errores. Porque son sus errores, no los de Errejón, los que han determinado toda la línea de la política de Podemos. 

Cuando habla en público a favor de Podemos, o de Errejón, lo hace desde una posición de prestigio. Este prestigio se lo brinda su posición universitaria, pero también su posición generacional. Podemos, como partido de jóvenes que es, ha dividido a las generaciones de intelectuales y políticos mayores. Algunos de los representantes más prominentes de la élite intelectual se han dedicado a azotar a Podemos sin piedad y de forma casi obsesiva. Su generosidad hacia sus alumnos, ¿no va en contra de la dinámica institucional española y su jerarquía de poder? Que un catedrático confiese su admiración por sus estudiantes, y además los siga y proteja, me parece bastante excepcional.

Es posible que lo sea. Allí hay historias edípicas para todos los gustos, obviamente. Pero quizá lo peculiar sea que yo no he dejado nunca de ser periférico. Si te fijas, verás que nunca he formado parte de la generación que ha mandado. Muchas veces me he caracterizado como el hermano menor de esa generación. Alguien que tiene todos los vicios, y todas las formas de observar, propios de los hermanos menores. El hermano menor sabe que tiene derecho a muy pocas cosas, y acepta su posición periférica. Por cuestiones que ahora no vienen al caso, el gremio decidió que debía dejarme en Murcia 23 años. Por razones que ignoro, el gremio decidió llamarme a Madrid en 2009. Pero no hago vida social en Madrid. Doy mis clases y me vuelvo a Valencia. No entro en cenáculos. Por tanto, mi vida sigue siendo una vida marginal. No he obedecido a otros estímulos que los que hay dentro de la vida universitaria. 

Ahora, si te fijas en toda esta generación intelectual tan crítica con Podemos, te das cuenta de que ya no tienen vida universitaria. Ninguno de ellos tiene que mirar cara a cara a un chico de 20 años. Algunos, aun estando en activo, simplemente se niegan a hacerlo. Otros no lo hacen porque están jubilados. Otros porque se han jubilado prematuramente. Otros porque no pueden pisar la universidad sin ser odiados. Es decir: no tienen vínculo alguno con la juventud. Por lo tanto, todo su movimiento es pura especulación. No tiene vida material; es pura soledad. Y no hay nada más ridículo que hacer un argumento moral abstracto. Si tuvieran que estar en la vida universitaria, tendrían que mirar de otra manera. Por no hablar de que la inmensa mayoría de ellos no tiene hijos. Si tuvieran un hijo, tendrían que pactar. Yo tengo que pactar con mis hijos todos los días. 

Toda esta generación intelectual tan crítica con Podemos, te das cuenta de que ya no tienen vida universitaria. Ninguno de ellos tiene que mirar cara a cara a un chico de 20 años

Es evidente que a estos intelectuales nadie en su entorno les cuestiona. 

Porque su papel en la cultura española no es el de ser cuestionado, sino el de legitimar. Su papel es que el PSOE pueda decir: nuestro intelectual es éste. No porque el PSOE le pida opinión, o le diga: “¿Cómo lo ves?”, o porque esté en condiciones de someterse a su crítica, sino sencillamente porque él sabe que el PSOE lo utiliza para eso. Ése es el juego. 

Un trato. 

Un trato de mutuo apoyo. Eso genera el tipo de intelectual público que genera, cuyo papel es legitimar posiciones que él no toma. 

Lo que acaba de describir es una dinámica extrauniversitaria. Yo siempre he tendido a achacar esas conductas a las aprendidas en una cultura académica plagada de nepotismos y endogamias, que no premia la disidencia, sino que la castiga. En su Historia del poder político en España analiza la cultura política ibérica, a través de los siglos, como una cultura incapaz de encajar la diferencia. En lugar de integrarla, dice, entra en conflicto con ella y acaba por expulsarla. ¿Hasta qué punto este estilo de gobernar también opera en la universidad? ¿Y hasta qué punto contagia a todos los que están dentro de ella? ¿su lucidez alguna vez le obliga a reconocer que usted puede estar reproduciendo esos mismos patrones?

Ciertamente, mi forma fenoménica es la de alguien al que le ha ido bien en la vida universitaria. Pero en realidad mi destino ha estado determinado por ese viejo estilo de catedrático. 

¿Como víctima?

Como víctima. Esto no lo he contado mucho, pero la cátedra de Murcia se me concedió en cumplimiento de un viejo refrán español: a enemigo que huye, puente de plata. Me mandaron a Murcia para quitarme de en medio. A los dos años de  llegar a Murcia, un conocido catedrático español me llamó por teléfono: “José Luis, va a salir una cátedra en Madrid. Y se va a presentar fulanito. No queremos que sea catedrático. Vente”. Yo le dije: “Mira, no. Madrid está más lejos de Valencia que Murcia. Para mí el único valor es estar lo más cerca posible de mi familia en Valencia”. Y entonces este gran capo de la filosofía española me dice: “Pues esta es tu última oportunidad. Prepárate a vivir veinte años desterrado en Murcia”. Por esa misma época, me enteré de un episodio que había presenciado mi director de tesis en Valencia, que estaba a punto de jubilarse. En una defensa de tesis, otro capo le dijo que había que evitar que yo le sucediera en la cátedra. Dijo: “Hay que impedir la catástrofe de que Villacañas venga a Valencia”. Cuando, no mucho después, fui a ver a mi director de tesis, le pregunté por qué sería un desastre que yo volviera. El hombre se vio en un gran apuro. “No le hagas caso”, me dijo finalmente. “Estaba borracho”.

Quiero decirte que yo padecí ese tipo de catedrático de manera muy directa. Hasta tal punto que, porque yo sabía que me habían hecho catedrático para quitarme de encima, yo nunca me tomé en serio el ser catedrático. Y estuve esos años en Murcia, tranquilamente, yendo y viniendo, sin gozar de ninguno de los privilegios sociales de los que goza el catedrático. No entré nunca en la ciudad, no me hice amigo de los jueces. Viví de un modo que me gustaría ver hasta qué punto estaría en condiciones de aguantar alguno de los prohombres intelectuales de este país. Tenía un apartamento en el propio campus, que está en un desierto; cuando llegaban las nueve de la noche, no quedaba nadie. Durante veinte años, yo me dedicaba a pasear, solo por la noche, por el campus. 

Ahora, aquí en Madrid, la cosa es diferente. Porque cuando Madrid me llama, por arte de magia, me convierto en el catedrático más antiguo de la Facultad de Filosofía, y posiblemente en uno de los más antiguos de toda la Complutense. Y por lo tanto esto me ha dado una posición de poder clarísima, que genera ambivalencias de todo tipo, matizadas de nuevo por el hecho de que no tengo relación social en Madrid y por tanto no gozo de los privilegios sociales propios del puesto.

Ni tampoco quiere.

Porque mi vida es de otra índole. Pero a pesar de todo tengo que tomar decisiones propias de los viejos catedráticos. Ahora, respecto de esta conversación que quizá es impúdicamente personal, debo decir que los grandes intelectuales españoles desprecian la universidad. 

La universidad española, y sobre todo la de Madrid, ha sido siempre una universidad que concede rango social

¿Siempre, u hoy?

Siempre. La universidad española, y sobre todo la de Madrid, ha sido siempre una universidad que concede rango social. Y una vez que te concede ese rango, lo que debes hacer es usarlo fuera de la universidad, no dentro de ella. Eso no es criticado por nadie. Profesores que vienen, dan su clase, y se marchan, no son mal vistos. Son admirados, porque ése es el síntoma del éxito. El síntoma del éxito no es estar aquí dirigiendo 35 tesis. Eso es propio de un pringao, que no tiene una percepción adecuada de las cosas, de lo que es relevante. Todos los intelectuales que son admirados, incluso por los estudiantes, son intelectuales cuyo compromiso con la universidad como institución es mínimo. Odian todo compromiso cotidiano con ella. La consideran un trampolín para otra cosa. 

Aquí vuelve el paralelo con la política. 

La política en España es la oportunidad de botín. Y la universidad en España es la oportunidad de relevancia social. 

Que es otro botín.

Y esto es lo que ha determinado que los políticos, siempre que han podido, y siempre que se les ha permitido, hayan acabado en la vida universitaria. Todos los políticos más vilipendiados por la corrupción han acabado siendo doctores. 

Con tesis doctorales brillantes —y algunas blindadas—.

Yo debo decir que, cuando llego como director a la Biblioteca Valenciana, en 1999, se me acerca Manuel Tarancón y me dice: “Yo quiero hacer la tesis”. “¿Qué tema te interesa?”, le pregunté yo. “Algo sobre las relaciones con Iberoamérica”. “Ah, muy bien”, le dije, “no te preocupes”. A la siguiente vez, le llevé algo así como 25 libros y se los di. “Con estos libros para empezar”, le dije, “puedes fácilmente en tres años ser doctor”. Y él se quedó mudo. Luego me mandó un amigo que me dijo: “Que dice Tarancón que qué hace con los libros”. (Ríe.) Yo he visto la mirada depredadora de los políticos, viendo qué pueden sacarte, qué puedes darles. Jamás he visto generosidad en ellos. Siempre he visto la mirada del felino que dice: ¿qué puedo comerme de éste?

Muchos miembros de su generación académica acabaron en el extranjero. ¿Nunca le ha tentado mudarse a un campus norteamericano?

No ha dejado de tentarme. Pero al final lo que determina mi posición ante la realidad es una mentalidad muy campesina. No me he visto nunca fundando una vida en otro sitio. Fue tal el trauma de irme de Úbeda a Valencia con 16 años —un trauma de ruptura— que tuve durante un mes las maletas sin deshacer. Esta experiencia dolorosa ha motivado que nunca aspire a moverme de Valencia. No me entiendo sin el regreso a Valencia. Por tanto, me he acostumbrado a estar fuera de sitio, a estar fuera de la realidad. 

Es un poco determinista cultural.

Me temo que sí. Un poco orteguiano. No sé si soy lamarckiano, pero estoy casi por decir que sí. Al final, el estilo de una persona no lo forma la persona. Lo encuentra después de muchas dudas pero lo encuentra en modelos previos, heredados…

Que son colectivos.

Sí. 

Y de largo abolengo.

De muy larga raíz. Por lo que a mí respecta, si analizas realmente las líneas rojas de mi carácter, ves que en el fondo son las estructuras más básicas de los campesinos andaluces. Que no tienen nada que ver con el hombre ciudad. 

Los campesinos que fueron sus abuelos.

Y mi padre. Son personas muy solitarias, muy contemplativas. No desean la vida social. Les gusta la interioridad. Cuando escribí la vida de mi padre, algún amigo que leyó el libro me dijo: “¡Pero si tú ya eras kantiano antes de saber que Kant existía!”. Tenía razón. La frase fundamental de mi padre era “esto no es de ley”. Nadie sabía lo que decía la ley, pero sabía que, allí donde había que tomar una decisión, algo era de ley o no lo era. Si yo me hubiera quedado en Úbeda, no tendría que haber explicitado todo esto. Pero te vas a Valencia a los 16 años, una ciudad gigantesca para ti, te ves expuesto a todos los riesgos y te tienes que preguntar constantemente: “¿esto es de ley o no es de ley?”, enfrentándote lacanianamente al fantasma de tu padre. Yo carecía de parámetros para ese entorno. Y me tuve que hacer consciente de los parámetros que traía.

Es la virtud epistemológica del exiliado.

Claro. Todo lo latente lo tiene que hacer patente, porque tiene que encarar situaciones para las que no tiene solución. A mí, esto me ha iluminado la vida. No he hecho otra cosa que sacar latencia. Hay un momento en que ya te das cuenta que en el fondo eso constituye tu destino. 

De toda la historia familiar soy de la primera generación que va a la universidad. Todo lo que recuerdo de mi casa es resistir. Es el único verbo que recuerdo que se ha conjugado de todas las maneras. Resistir significa salir a la calle con los animales para ir al campo, sin saber que es el día del Corpus; y que venga la policía y diga: “¿Usted no sabe que hoy es día del Corpus? Venga usted a la cárcel, todo el día del Corpus, para que se entere”. Resistir es llegar a pedir un certificado de cualquier cosa y olvidarse de decir “Arriba España” y ser humillado. Resistir es saber que tienes al enemigo al lado. 

Pero también tener una brújula moral muy clara, vinculada a los instintos más básicos.

Y saber que la moralidad sólo funciona bien en situaciones concretas, y cuando estás solo, mejor.

Volvamos a Podemos. ¿Cuál es su diagnóstico de la situación actual?

España siempre ha tenido un problema histórico, que es darse por satisfecha demasiado pronto. ¿Estamos en Europa? Pues ya está. ¿Estamos en democracia? Ya está. Y Podemos corre el riesgo de esto. Esa autocomplacencia, que en el fondo, sí, tiene una determinación cultural. 

Los únicos con los que yo me identifico en la historia de España son los conversos. Ellos nunca se dieron por satisfechos porque habían dejado atrás algo insustituible y más valioso que todo lo que tenían por delante. Esto te hace ser crítico hasta el final. Es posible que tenga más sangre musulmana que conversa. Pero no me identifico con los musulmanes porque no tienen la aspiración espiritual del protestante. Gozan de los bienes de la tierra tan pronto estén al alcance. El musulmán es hedonista: conquista y disfruta. Y ese fondo es muy español, una terrible aspiración hispana que es en el fondo fruto de la escasez real. Pendón y caldera: es lo que es un partido político español. Trabajar por los míos y los que me dan de comer. Y el poder mimetiza en cada generación esa mirada. Es terrible porque genera la única legitimidad que entiende el español: la legitimidad patrimonial, que es prebendal —te lo da el jefe— o de conquista. Esto ha determinado no sólo la estructura del Estado español —concebida como la oportunidad de botín— sino también la del capitalismo español. El liberalismo español es un liberalismo de privatización: de apropiación del capital social. De ahí también la poca capacidad integradora del Estado español. Para mí, lo decisivo de Podemos era que rompía con las tradiciones españolas. No era el PCE. No era Izquierda Unida. No era el PSOE de la guerra. No: eran los hijos de la primera democracia de la historia española que, como demócratas, decían: “¡Mejoremos esto! ¡No nos demos por satisfechos!”. Y creo que esto es lo que ha fracasado. Por el momento. 

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Autor >

Sebastiaan Faber

Profesor de Estudios Hispánicos en Oberlin College. Es autor de numerosos libros, el último de ellos 'Exhuming Franco: Spain's second transition'

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1 comentario(s)

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  1. Honorato J. Ruiz

    Meses después me parece que esta entrevista es de una lucidez pasmosa.

    Hace 4 años 4 meses

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