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LECTURA

Intentando volver a la caverna: el golpe de Estado

Capítulo del libro ‘Gorbachov, primavera de la libertad. Ocaso y caída del Imperio Rojo’, con prólogo de Mijaíl Gorbachov

JESÚS LÓPEZ-MEDEL / Rafael Mañueco 22/03/2017

<p>El Presidente Reagan y el Secretario General Gorbachov, firmando el Tratado INF en la Sala Este de la Casa Blanca.</p>

El Presidente Reagan y el Secretario General Gorbachov, firmando el Tratado INF en la Sala Este de la Casa Blanca.

White House Photographic Office

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Crimea era una de las zonas del muy extenso territorio de la Unión Soviética donde los más altos dirigentes del PCUS y otras instituciones disponían de dachas.

A esa península había partido Mijaíl Gorbachov a primeros de agosto para disfrutar de unas vacaciones tras un intenso y sufrido año. En una zona relajada y hermosa como el cabo Sarych, se encontraba la residencia, exclusiva para presidentes, “Zariá” (Alba), ubicada en unos acantilados discretos, junto a Foros, en la carretera Sebastopol-Yalta.

Allí Gorbachov, acompañado de su inseparable Raísa, su hija Irina y de su séquito de seguridad se encontraba cuando el domingo 18 de agosto por la tarde recibiría el anuncio de la presencia inmediata de una delegación de dirigentes políticos que él no había convocado.

Esto le causó profunda inquietud, intentando entonces contactar telefónicamente con el exterior. Pero las líneas no funcionaban. Allí entraron personalidades político-funcionariales relevantes aunque de segundo orden. Le traían al presidente legítimo el mensaje de que ante la situación, que abundantes sectores del sistema calificaban como “catastrófica”, había que buscar una salida. Esta suponía, y así se le transmitía a Gorbachov, su dimisión.

Tal encargo, partía de una Comisión de muy alto nivel que se había erigido en promotora del golpe de Estado y había asumido por su cuenta la tarea de encauzar el rumbo de la nave soviética que se zarandeaba entre olas de todo tipo y amenazaba con naufragar. Esta era la leyenda que esos sectores iban haciendo calar, con éxito, en importantes sectores de la población acostumbrados a un dirigismo y a unas seguridades amenazadas por las incertidumbres que alimentaba el creador de la perestroika.

La dimisión demandada debía ser en beneficio del propio Vicepresidente de la URSS, Guennadi Yanáyev, que apenas llevaba 9 meses en el cargo y que era un burócrata gris y cuyo ascenso había sido propiciado personalmente por el propio presidente contra el sector reformista.

Este era el hilo de conexión, además del severo juicio crítico sobre la situación del país, que unía a los principales golpistas: ser o haber sido ser hombres de la más elevada confianza personal del propio Gorbachov. La composición de los otros componentes de ese “Comité” era muy expresiva.

Además de Yanáyev, como líder formal de los golpistas, había otros siete miembros. Entre ellos figuraba el primer ministro Valentín Pávlov, de formación financiera y cuya dura reforma de precios del año anterior afectó gravemente el nivel de vida de los ciudadanos.

También estaba implicado como miembro de este comité golpista el propio ministro de Defensa Dmitri Yázov, nombrado para el cargo en 1987 tras el cese de su antecesor producido por el espectacular aterrizaje de un una avioneta pilotada por un joven alemán en la propia plaza roja, ridiculizando los sistemas de seguridad soviéticos. Tres años después ya era abierta y sinceramente un crítico hacia las reformas del presidente Gorbachov e incluso fue, poco antes del golpe, en junio, uno de los tres dirigentes que ante el Sóviet Supremo se declarase firme partidario de establecer el estado de excepción.

Otro de los más relevantes golpistas era el jefe de la KGB, Vladimir Kriuchkov, que algunos llegarían a considerar el guionista del golpe y cuyo padrino, en tiempos pretéritos, había sido el anterior secretario general del PCUS Yuri Andrópov. Su perfil, más que espía profesional era ser un hombre netamente de partido. Era otro de los escasos dirigentes que apoyaría poco antes del golpe y ante el Sóviet Supremo los poderes especiales demandados para promover el estado de excepción.

Su perfil, más que espía profesional era ser un hombre netamente de partido

Asimismo, otro de los destacadísimos dirigentes implicado al máximo en la intentona formando parte del Comité mencionado era el ministro de Interior, Boris Pugo, de origen letón y siempre muy vinculado a la actividad política comunista en esa república báltica, hasta que fue promovido al ámbito soviético estatal en la etapa de la perestroika, concretamente en 1987. Sería el giro a la derecha de Gorbachov buscando su propia supervivencia lo que en el otoño de 1990 colocaría a aquel al frente de un cargo institucional tan importante como miembro del Gobierno.

Además de estos públicamente reconocidos como miembros del auto-constituido Comité Estatal para el Estado de Excepción, debe destacarse la implicación de otros cargos muy relevantes en la actuación golpista. Es el caso del presidente del Sóviet Supremo de la URSS, Anatoli Lukiánov, y al que los analistas sitúan, en cuanto a su protagonismo en el golpe de Estado, en dos posiciones tan diferentes como la de simple cómplice pasivo hasta máximo ideólogo de la intentona. Para completar el cuadro de instituciones implicadas en el golpe reaccionario, no podía faltar el PCUS, con la presencia en el Comité de su vicesecretario general, Vladímir Ivashko.

La delegación enviada a Crimea para intentar convencer a Gorbachov, sin éxito dada la firmeza de este, volvería sin nada en las manos o, mejor dicho, casi nada pues se llevaría a Moscú, el maletín atómico. Este era expresión mítica del poder que, junto al presidente de EEUU, tenía para a través de un sistema de códigos poder apretar un botón que diese paso a un estallido nuclear a distancia, algo muy propio de esa contienda que se alimentaba y neutralizaba a su vez, y era tan característica de la guerra fría. También se llevarían el avión presidencial, dejarían impedidos todos los vehículos, con tropas rodeando la zona y un barco de la armada bloqueando cualquier hipotética salida al mar.

En aquellos momentos de reuniones familiares y con los colaboradores más cercanos en los que llegaría a grabar un mensaje con una cámara casera de vídeo para ser emitido, en su caso, desde el extranjero, la soledad interior del gobernante sorprendido y casi “atormentado por la traición” (llegaría a decir) y a la espera de lo que sucediese a cientos de kilómetros de allí, era algo sobre lo cual nada podía hacer.

La delegación enviada a Crimea para intentar convencer a Gorbachov, sin éxito dada la firmeza de este, volvería sin casi nada pues se llevaría a Moscú, el maletín atómico

Pero no pudo evitar que a su pensamiento viniesen dos hechos premonitorios. Uno lejano cuando veintisiete años antes, concretamente en octubre de 1964, un antecesor suyo en la Presidencia, igualmente reformista como él, aunque más moderado y con un aparato en frente más sólido (con Gorbachov todo se estaba resquebrajando), estando igualmente descansando, también en el Mar Negro, fue puesto en un avión y en Moscú ante un rocoso apparatchik hubo de escuchar del Comité Central la petición-sentencia rotunda de dimisión y la firme condena política de quien se estaba convirtiendo en un peligroso moderado. Nikita Jrushiov vendría a la mente de quien se había atrevido a ir mucho más allá en el proceso de reformas pero cuyo retroceso en estas y el pacto con los sectores más conservadores de la ortodoxia, hacía que su final pareciera que se estaba acercando con ciertas similitudes respecto el antecesor mencionado.

El otro personaje coetáneo que vendría a su mente en aquel momento fue quien había sido su amigo, confidente y colaborador muy cercano, Eduard Shevardnadze. Este, que había sustituido al casi eterno Gromiko y que en el exterior había sido durante cinco años la sonrisa del régimen, el embajador de la perestroika (además del propio inspirador Gorbachov) y un firme defensor de la reunificación alemana, había advertido al propio secretario general del PCUS personalmente y también de modo público el 20 de diciembre del grave riesgo de golpe de Estado y una involución hacia la dictadura.

Su alejamiento de Gorbachov se había producido a la vista del intento de este de contemporizar con todos los sectores del Partido, incluso con los más duros que acabarían intransigentemente impulsando ese verano de 1991 su propia retirada al haberse rodeado de quienes demostrarían ser unos traidores.

En cambio, el presidente no había querido o sabido escuchar voces como las de su estrecho colaborador (y futuro presidente de Georgia tras su independencia), Shevardnadze, cuyas premoniciones recuperaron actualidad en esos momentos tan especiales, también, en la mente de quien fue el inspirador de la perestroika y que ahora estaba solo, muy solo.

Los opositores al PCUS se habían hecho con el poder en las elecciones de los principales municipios y en el Parlamento de la República más importante, Rusia

A su pensamiento vendría también en este tiempo la rápida evolución de los acontecimientos en el último año donde la perestroika iniciada por él unos años antes había dado alas a sectores centrífugos. Los opositores al PCUS se habían hecho con el poder en las elecciones de los principales municipios y en el Parlamento de la República más importante, Rusia. Ello había acercado a Gorbachov de los sectores ortodoxos del partido, ante los cuales después, en un afán de supervivencia y búsqueda de equilibrios, haría concesiones y pactos, produciéndose una clara involución conservadora.

Sin embargo, estas concesiones no harían que se conformasen estos sectores que a través de militares, diputados e incluso el patriarca de la Iglesia ortodoxa habían invocado pública y abiertamente la necesidad de un estado de excepción con ultimátum a Gorbachov incluido. La elección como Vicepresidente de la URSS del que meses después sería líder visual y teórico del golpe, Yanáyev y el hecho de rodearse de gobernantes (no pocos ministros) claramente escorados a la derecha, daría pie a que meses antes de su retención efectiva en Crimea, se extendiese ya la idea de que Gorbachov “estaba prisionero” de los sectores más reaccionarios.

Estos, alimentados poco antes por la debilidad de Gorbachov, darían este 19 de agosto de 1991 el golpe definitivo. O al menos, lo intentarían. Incluso meses antes, en presencia de dirigentes europeos sorprendidos por la involución del régimen, fruto del posibilismo o el instinto de supervivencia política del presidente de la Unión Soviética, éste llegaría a afirmar que la perestroika no había concluido sino que estaba “en fase transitoria”.

Sobre la mesa del presidente retenido en Crimea, al igual que en sus pensamientos, quedarían también los papeles relativos al nuevo Tratado de la Unión Soviética remozada y cuya firma con nueve de las Repúblicas estaba prevista para el 20 de agosto y que evidentemente, con el golpe —casualidad o no— quedaría abortada. Era este tema de los separatismos disgregadores una de las constantes de los mensajes de los sectores reaccionarios frente a Gorbachov como se analiza en otros capítulos del libro.

Sobre la mesa del presidente retenido en Crimea, al igual que en sus pensamientos, quedarían también los papeles relativos al nuevo Tratado de la Unión Soviética remozada 

Los dirigentes golpistas apelaban a la situación del, supuesto o no, desastre de la Unión Soviética, lo cual tenía un caldo de cultivo indudable entre todos los sectores e instituciones dirigentes del país y también en buena parte de la población. Al tiempo, se introducía otro elemento tan desconocido como irreal al invocarse la noticia difusa de una supuesta mala salud del presidente Gorbachov, haciendo ver cierta conexión entre la atribuida debilidad política con la de carácter físico.

La constitución de ese Comité Estatal para el Estado de Excepción se difundiría públicamente por radio y televisión a partir de las 6 de la mañana, En dicho comunicado, se comenzaba señalando la “imposibilidad por su estado de salud de que Gorbachov cumpla sus obligaciones de presidente” y la atribución de los poderes al sucesor Yanaev se hacía invocando el catastrofismo: “la finalidad de superar la profunda y total crisis, el enfrentamiento político, interétnico y civil, el caos y la anarquía, que amenazaban la vida y la seguridad de los ciudadanos de la Unión Soviética, la soberanía, la integridad territorial, la libertad e independencia de nuestra Patria…”

El aterrador paisaje descrito invocaba que se tomasen “medidas más decididas para evitar la inclinación de la sociedad hacia la catástrofe nacional”, ordenándose el “estado de excepción en algunas regiones de la URSS por un plazo de seis meses a partir de las 4 de la mañana, hora de Moscú, del 19 de agosto”.

Como antes se indicó, habían pasado 21 años desde el último intento golpista de la ortodoxia de las instituciones y dirigentes soviéticos frente a un presidente reformista como fue Nikita Jrushiov que fue obligado a presentar su renuncia. Pero, además del resquebrajamiento del sistema, había una gran diferencia respecto lo que estaba aconteciendo en este agosto de 1991 cual es que entonces nada trascendería públicamente en lo que sería una depuración de quien entonces era secretario general del PCUS.

Habían pasado 21 años desde el último intento golpista de la ortodoxia de las instituciones y dirigentes soviéticos frente a un presidente reformista como fue Nikita Jrushiov que fue obligado a presentar su renuncia

Sin embargo, ahora era distinto. El poder rocoso de la URSS estaba agrietado y los muros de contención cercanos del comunismo de los países satélites se habían desmoronado casi dos años antes. Junto a estas circunstancias generales, múltiples causas harían que en esta ocasión en 1991 todo fuese diferente y que frente al golpe de Estado —pésimamente diseñado como posteriormente se resaltará— surgieran varios elementos que harían fracasar esa intentona. Entre otros, aunque no fuese el único ni el principal, merece destacarse la actitud firme y nada complaciente con esos sectores de Gorbachov que expresaría su no disposición a dimitir y, sobre todo, la movilización popular que con un liderazgo firme de Yeltsin hiciese frente con gran vigor a los débiles intentos de llevar a cabo una ocupación militar de Moscú.

En efecto, no sería antes del anuncio público (lo cual hubiera sido lo acertado) del golpe de Estado sino con posterioridad cuándo comenzaría la movilización de las tropas por los golpistas, lo cual evidenciaba una preparación insuficiente, con apenas tres divisiones militares y sin que se realizasen movimientos de tropas desde el interior hacia la capital o Leningrado.

Además, su dirección sería primordialmente la Casa Blanca (el Parlamento) pero no otros centros neurálgicos de flujos de poder en personas e información. Ni aeropuertos ni tampoco el control inmediato de medios independientes (esto se produciría más tardíamente) mientras los periodistas extranjeros podían dar con total facilidad información al igual que la completa libertad y posibilidades que tuvieron quienes podían liderar la oposición al golpe, siendo este hecho una de las claves del desarrollo posterior de los acontecimientos.

No sería antes del anuncio público del golpe de Estado sino con posterioridad cuándo comenzaría la movilización de las tropas por los golpistas

El presidente de Rusia Boris Yeltsin pudo conocer sin ser incomodado por los golpistas las primeras informaciones sobre la intentona. Fue inmediatamente consciente de que ante el vacío dentro de las instituciones soviéticas, su papel histórico asumía en ese momento una gran dimensión. Pronto se convino con su gente de confianza que su lugar era estar cerca del pueblo para impulsar desde allí la movilización cívica al tiempo que debía ofrecer una imagen de gobierno alternativo al golpista y al silente de Gorbachov, para lo cual durante todo el día 20, emitirían decretos y declaraciones que reforzaban su autoridad y sus posiciones.

Durante esa madrugada, ya en los albores del día, empezaría el despliegue de las divisiones militares aunque únicamente por algunas calles de Moscú y dirigidas todas ellas al mismo objetivo y se vislumbraba como el centro del contrapoder de los golpistas.

El ejército que dos años antes se había retirado humillado de Afganistán —en una de las herencias nefastas de Brézhnev— y que a comienzos de ese 1991 había actuado con dureza represiva en Vilnius (Lituania) y Bakú (Azerbaiyán), estaba ya cansado y sin las ideas claras ante la falta de verdadero y firme dirigismo del mando golpista, donde ya pronto se comenzaron a percibir actitudes débiles y descoordinadas.

De hecho, la actitud de algunos jóvenes militares ocupantes de los tanques desplazados transmitía la impresión de que no tenían órdenes claras ni tajantes y delataba que su presencia allí no la tenían muy asumida sobre los objetivos ni tampoco respecto la reacción o los medios a emplear en caso de conflicto real que demandase acciones efectivas.

Las reuniones y el ánimo colectivo de lo que se había convertido en el foco de resistencia, serviría para animar a una población que tantas veces había dado muestra de mansedumbre ante la fuerza del poder

Cuando Yeltsin y sus colaboradores acudieron al Parlamento y allí se encontraban, inicialmente, apenas trescientas personas en su mayoría jóvenes y se empezaron a visualizar banderas tricolores rusas que serían un símbolo de resistencia. Pronto comenzarían a acudir también los diputados rusos a los que no se les obstaculizaría la entrada en su Parlamento. Desde su interior, las reuniones y el ánimo colectivo de lo que se había convertido en el foco de resistencia, serviría para animar a una población que en otra situación y tantas veces había dado muestra de mansedumbre ante la fuerza del poder. En cambio, en esta ocasión se iría creciendo.

Ello se producía no solo por el liderazgo emergente de Yeltsin sino también por la apreciable indefinición y perceptible debilidad de los militares ocupantes de los tanques allí desplazados con la instrucción de “no disparar ni detener a nadie, sino solo poner orden”, según expresó uno de los cabecillas del golpe Valentín Pávlov. Los casi cincuenta tanques que habían tomado posiciones en torno a las sedes del Parlamento y del Gobierno ruso y calles próximas, se vieron pronto y progresivamente rodeados de una multitud de ciudadanos que acudirían enseguida al punto neurálgico, el Parlamento.

Las actitudes nada contundentes de estos tanquistas se manifestaron pronto en su reacción tras haber causado previamente, en su camino hacia la plaza Smolensk un incidente en el que ocho blindados arrollaron una débil barricada, causando la muerte a tres personas. La respuesta iracunda de los resistentes, fue contestada con justificaciones y casi excusas por los ocupantes de los tanques y a partir de ahí, tras ser inutilizados dos de los vehículos, estos militares optaron por encerrar las escotillas y apagar los motores. Cuando abrirían, solo sabrían dar justificaciones en el sentido de que la orden con la que se les había dado desde la superioridad era “mantener el orden”.

El presidente de Rusia se subió encima de uno de los tanques estrechó la mano a sus pilotos y empezó una emotiva arenga llamando a la huelga general indefinida 

A media mañana, se produjo uno de los momentos que han pasado a la iconografía de estos acontecimientos. El presidente de Rusia se subió encima de uno de los tanques, concretamente el número 110 de la división Tamánskaya, estrechó la mano a sus pilotos y empezó una emotiva arenga llamando a la huelga general indefinida y apelando tanto a valores patrióticos genuinamente rusos como también a la libertad. Denunciaría el “golpe de Estado de derechas, reaccionario y anticonstitucional”, pidiendo una respuesta digna, exigiendo el regreso a su país a la senda constitucional y haciendo un llamamiento a los ciudadanos rusos para dar una respuesta al golpe de esas fuerzas reaccionarias.

El liderazgo inequívoco era del hombre con pelo plateado, contrario —por insuficientes— a las reformas de Gorbachov pero que ahora defendía con énfasis el regreso de éste desde Crimea como elemento constitucionalmente legítimo y, además, reformista frente a los planteamientos reaccionarios de los golpistas.

Incluso se llegaría a hablar entonces de que diez de los tanques presentes se habían cambiado de bando y se retiraban de sus posiciones junto al edificio desobedeciendo las órdenes de presencia en la Casa Blanca. Sin que los tanquistas hicieran nada por impedirlo, lo que hasta entonces había sido solo un cinturón de seguridad humano, se convertiría en un ejército de civiles que fortalecía su posición de resistencia.

Yeltsin había asumido una posición de firme liderazgo, dictando no ya simples arengas patrióticas y liberales sino también Decretos entre los cuales estaba uno en el que asumía el mando de las Fuerzas Armadas en Rusia. Junto al bloqueo más organizado (en las calles próximas se habían colocado trolebuses para evitar la llegada de más fuerzas militares), la defensa de las entradas al Parlamento se habían fortalecido.

Ya no eran simples civiles con sus solos cuerpos y gritos sino que sus posiciones de defensa habían sido asumidas por soldados con chalecos antibalas y armas que llegaban de forma creciente. Más de doscientos Kaláshnikov habían llegado para una defensa férrea en la que más allá de los ánimos (“No pasaran” era en idioma español un lema repetido), los temores del ataque inminente hacía presagiar el miedo de una masacre y un desenlace  traumático que podrían tintar de rojo sangriento el presente y también de negro el futuro de este país.

Ya no eran simples civiles con sus solos cuerpos y gritos sino que sus posiciones de defensa habían sido asumidas por soldados con chalecos antibalas y armas que llegaban de forma creciente

La lenta calma era una intensa espera en la que en cualquier momento de ese atardecer o en la anochecida, podría suceder el desenlace temido del intento definitivo por ocupar el Parlamento ruso. Parecía inútil cualquier resistencia y solo restaba esperar expectantes. Algunos intentaban convencer a Boris Yeltsin para que abandonase el lugar y pudiera seguir los acontecimientos desde un sitio seguro en el exterior pero, lógicamente, el presidente se negó y les comunicó que permanecería hasta el final en el interior del edificio. La toma de asalto sería encomendada por los golpistas a un grupo de acción especial conocido como Alfa, adjunto a un departamento del KGB compuesto por 200 oficiales, ampliables a 500 con otros cualificados miembros residentes fuera de Moscú. Sus acciones, siempre especiales y muy contundentes, jalonaban diversas órdenes especiales del Kremlin, como su intervención en el asesinato del presidente afgano Amín, en diciembre de 1979, después de la retirada soviética de ese país, o el despliegue en Vilnius unos meses antes en la represión del movimiento independentista en Lituania acontecido en enero.

La acción de ese grupo especial antiterrorista y preparado para las más altas misiones defensivas del Estado, se completaría con la acción de las unidades paracaidistas, también selectas tropas cualificadas en sus acciones expeditivas y de alto riesgo. A ellas se sumarían una unidad especial del KGB, dependiente de la sección del servicio de espionaje y destinada a operaciones especiales en el extranjero.

El país de países donde las instituciones dominadas por el principio de jerarquía y verticalidad controlaban con rigor toda actividad, se estaba resquebrajando con gran rapidez

La orden de llevar a cabo tal misión se transmitiría a las 17,30 horas y la acción debía de llevarse a cabo desde las 24 horas del día 20 para culminar a las 3 de la madrugada del día siguiente. Sin embargo, el país de países donde las instituciones dominadas por el principio de jerarquía y verticalidad controlaban con rigor toda actividad, se estaba resquebrajando con gran rapidez. Aquellos principios indicados, que habían conformado el funcionamiento y el cumplimiento en cadena de las decisiones tomadas desde el vértice, fallaban de una manera estrepitosa. Que un golpe de Estado dirigido por protagonistas muy relevantes del Gobierno, del Sóviet Supremo, del Ejército, del PCUS, del Politburó y de la KGB fracasase estrepitosamente frente a una resistencia entusiasta pero absolutamente vulnerable de civiles protegiendo el exterior del Parlamento ruso, era algo impensable.

Pero en ese fracaso, además de la descoordinación de los actores e instituciones implicadas y promotoras del golpe, tuvo un protagonismo especial la reacción de los diversos grupos armados que debían llevar a cabo la toma del único punto de resistencia civil, la Casa Blanca. Y esa reacción era algo inimaginable en una URSS fuerte pocos años antes.

Muy diversos miembros y oficiales de las fuerzas de élite emplazadas para la toma del Parlamento, expresaron sus reticencias a la orden transmitida por la superioridad. Sabían que ello se podría hacer militarmente en menos de las tres horas que se les marcaba, pero eran muy conscientes de que ello ocasionaría un inmenso reguero de sangre de la población civil congregada en torno al Parlamento, además de los que permanecían en su interior, entre los cuales estaba Boris Yeltsin que solo unos meses antes, enfrentándose al PCUS, había ganado las elecciones y se había convertido en presidente de la República de Rusia.

Eran muy conscientes de que ello ocasionaría un inmenso reguero de sangre de la población civil congregada en torno al Parlamento

Además, el ejército arrastraba una indudable crisis y desánimo y de un modo reciente, junto a la humillante salida en la última aventura imperialista en Afganistán, solo dos años antes, no pocos sectores militares se interpelaban sobre su papel reciente, reprimiendo con masacres de civiles movimientos ciudadanos desarmados surgidos muy recientemente en Lituania o Azerbaiyán, entre otros. Otra vez, en este caso en Moscú, pero con televisiones extranjeras en directo, asesinando a miles de personas con líderes políticos relevantes incluidos, resultaba demasiado impactante y aterrador.

El ministro de Defensa, Dmitri Yázov, recibió la negativa de los destinatarios en implicarse en esa misión y, al tiempo, el consejo de altos cargos de que lo pretendido era inviable y que lo más digno era la retirada de los tanquistas que en actitud pasiva, confusa y cada vez más temblorosa, permanecían en los alrededores del objetivo.

Sobre la KGB, no había órdenes rotundas, ni instrucciones ni apenas información en el temido históricamente cuartel de la plaza Lubianka, generándose una confusión creciente. Incluso cuando, días después fracasaría el golpe, se llegaría a afirmar desde la KGB que Kriuchkov actuó en su solo nombre y que la institución era ajena a todo ello según ratificaría cínicamente un telegrama de la organización. Eso era algo muy escasamente creíble y menos aún en una juventud que en la plaza de estremecedoras resonancias de gritos de torturas de otras épocas, llevarían a derribar con una soga al cuello la estatua de bronce del fundador de la institución de espionaje y represión situada a la entrada del edificio, Félix Dzerzhinski.

Incluso cuando, días después fracasaría el golpe, se llegaría a afirmar desde la KGB que Kriuchkov actuó en su solo nombre y que la institución era ajena a todo ello

Mientras el desánimo cundía en ese bando, en los resistentes el apoyo militar o paramilitar se hacía creciente, sobre todo en lo que se refería a grupos de excombatientes en Afganistán y que se posicionaron, frente a una dirigencia y unos apparatchiks que habían sustituido el honor patrio por sus propias prebendas, siendo defensores más que del presidente constitucional retenido, Mijaíl Gorbachov, de la corriente nueva de renovación que representaba en este epicentro el Parlamento ruso y quienes desde allí eran el baluarte frente a la involución. El líder era, sin duda, Boris Yeltsin.

La noche fue de larga espera para los que en el interior eran foco (no solo en la URSS sino a nivel mundial) de resistencia, y también para aquellos que fatigados pero esperanzados habían asumido un impagable papel de escudo humanos y que en la zona había garabateado las paredes con consignas de resistencia y anticomunismo y dejado flores frente a las primeras (y únicas) víctimas mortales en los albores de la llegada de los tanques a la próxima calle Tchaikovski.

Pero también fue muy larga para aquellos que desde cargos institucionales muy relevantes habían traicionado a su patria (un golpe de Estado frente al poder legítimo siempre es una traición) y en varios de los casos la confianza personal e incluso amistad prolongada de Gorbachov.

Las dudas, descoordinaciones y la creencia de que el proceso se resolvería al viejo estilo soviético, con inmediatez sin discusión ni oposición, había topado con numerosos problemas que le estaban haciendo evanescente e ineficaz, unida a la falta de un liderazgo claro dentro de este Comité golpista constituido. Desde la negativa de los cuerpos de élite a realizar el asalto e incluso, en algún caso, su alineamiento con los resistentes, provocó que el ánimo de los instigadores fuera ennegreciendo a medida que la noche avanzaba, haciendo que el alba trajera nuevos augurios de esperanzas en un nuevo amanecer a quienes tenían el coraje de mirar solo al futuro.

Desde la negativa de los cuerpos de élite a realizar el asalto e incluso su alineamiento con los resistentes, provocó que el ánimo de los instigadores fuera ennegreciendo a medida que la noche avanzaba

Boris Yeltsin llegaría a conversar telefónicamente con alguno de sus enemigos que viendo que las posibilidades de éxito del golpe se diluían, ofrecería al presidente ruso un viaje conjunto para recuperar a Gorbachov como si lo acontecido fuese un sueño u otros actores diferentes quienes lo habían protagonizado. El propio presidente propuso que fuesen otros dirigentes quienes se trasladasen a la península de Crimea. Desde el mismo aeropuerto, Vnúkovo, a ese avión que despegó a las 17,30, se le había adelantado tres horas antes otro, el presidencial, con integrantes diferentes, todos estos alineados con el golpe militar, y cuyo propósito era muy confuso. Los ocupantes del segundo avión y leales a Yeltsin (Gorbachov era ya más que un líder en el que creer, un símbolo institucional que debía ser recuperado) tenían grandes dudas sobre lo que se encontrarían al llegar a Crimea.

Tras ellos, llegarían otros inequívocamente reaccionarios como eran el presidente del Sóviet Supremo de la URSS, Anatoli Lukiánov —que resultó el principal ideólogo del golpe— y el vicesecretario general del PCUS, Vladímir Ivashko. Esto es, todos los sectores institucionales integrantes de los poderes tan efectivos antaño como decadentes ahora en la Unión Soviética.

Los aeropuertos de Simferópol y Belbek, se convirtieron en una imagen viva donde la sucesión de aterrizajes de todos estos aviones reflejaba el vértigo ante lo que podía suceder de modo inminente en la historia de este Estado multinacional.

A la residencia presidencial había llegado información sobre esa carrera aérea entre ambos sectores. Así pues cuando se presentaron los golpistas, Gorbachov, con su experiencia previa de recibir visitas no anunciadas, se negaría a atenderles pero les ordenaría que restableciesen las comunicaciones. Ello permitió que hablase telefónicamente con Yeltsin, G. Bush y se comunicase con el jefe del Estado Mayor del Ejército, Mijaíl Moiséyev, encomendándole el mando de las fuerzas armadas de la Unión Soviética.

Cuando se presentaron los golpistas, Gorbachov, con su experiencia previa de recibir visitas no anunciadas, se negaría a atenderles pero les ordenaría que restableciesen las comunicaciones

Tras la llegada de los golpistas a la dacha y su no recepción por Gorbachov, se produjo la de los dirigentes rusos constitucionalistas, e incluso llegarían a coincidir y encontrarse en la finca con aquellos, en una sucesión de escenas propias de Marx (Groucho) donde la mezcolanza de dirigentes y agentes provocaba una confusión aumentada por el papel en algunos casos algo dudoso de alguno de los protagonistas cuya posición en todo aquello, era, en alguno de los golpistas, un aparente doble juego. A las 21 horas, después ya de haber recibido a los que venían a defenderle y ayudarle y tras conversar sobre cómo actuar, recibiría a los cómplices de los miembros del Comité golpista y que sin haber formado parte de él, fueron elementos sombríos pero intelectualmente muy relevantes, de toda esta sucesión de escenas.

Tras un breve encuentro con los periodistas privilegiados al poder asistir personalmente a lo que estaba aconteciendo (entre ellos el corresponsal de La Vanguardia Rafael Poch cuyo testimonio plasmó en el libro “Tres días de Agosto”) se difundiría un comunicado oficial en el que se aseguraba por Gorbachov haber recuperado “el control de la situación”, realizándose rápidamente los preparativos para que todos los actores de esa opereta tomasen los vehículos para llegar a los aviones que dos horas después les llevaría a estar de vuelta en Moscú.

Gorbachov intentaba recuperar plenamente lo que representaba como presidente de un país cuyo desmoronamiento, a pesar del fracaso del golpe, era imparable

Mientras que aún con la emoción del momento e incluso la misma vestimenta con que había vivido esa tarde, Gorbachov intentaba recuperar plenamente lo que representaba como presidente de un país cuyo desmoronamiento, a pesar del fracaso del golpe, era imparable. Expresó su deseo de llegar a la capital del imperio en su propio avión presidencial, recuperando así uno de los símbolos del poder. Sin embargo, los razonamientos expresados por algunos leales acerca de motivos de seguridad hicieron que embarcase en el avión de la delegación rusa. Con ello, y aún sobre esos motivos, se visualizaría no solo que su regreso como presidente constitucional no depuesto era posible gracias a la resistencia desplegada por los dirigentes de la República de Rusia sino también que ese regreso a Moscú se realizaba en unas condiciones políticas muy diferentes a las que tenía antes de trasladarse a Crimea y de ser retenido por los golpistas en la dacha de Faros.

El hecho de volar en ese avión de quienes le habían salvado, supondría que aunque había recuperado no solo su posición institucional sino también su libertad, sin embargo a su retorno quedaría políticamente “prisionero” de quienes pararon la intentona golpista tal y como pronto en Moscú se pondría de relieve. A su regreso a la capital expresaría con sinceridad que “he vuelto a un país que ya no es el mismo”. Desde luego, tampoco sería la misma su posición.

En ese mismo avión que despegaba veinte minutos después de iniciarse el nuevo día, viajaba uno de los principales golpistas, Vladímir Kriuchkov, presidente de la KGB y que Gorbachov consideraba como uno de los principales responsables. Acaso aquel pensó, agarrado a una carpeta voluminosa, que durante ese viaje podría reconciliarse con el presidente.

Sin embargo, dos horas después, al aterrizar el avión en el aeropuerto de autoridades de Vnúkovo, el vicepresidente de Rusia, Rutskói sería quien daría la orden de arrestar al dirigente de la KGB. Permaneció en el avión hasta que le sacaron por la escalera trasera y en la propia pista sería el Fiscal General, también de Rusia, Valentín Stepankov, quien le anunció su detención. Así sucedió con otros golpistas, Yázov, Baklánov y Tiziakov, que volaban en otro avión y que serían, también sin ninguna resistencia, arrestados a la llegada. La espera de sus chóferes resultó baldía pues no volverían a ocupar sus automóviles oficiales Zil.

Ya con anterioridad había quedado fuera de juego el que formalmente aparecía como cabecilla de ese Comité, el vicepresidente de la URSS, Guennadi Yanáyev, que el día antes, en la confusión reinante en aquel momento, resultó que dentro de la amalgama de leales, traidores y titubeantes, era el único de los golpistas que estaba en el Kremlin.

Pasó la noche encerrado y custodiado desde fuera, en el dormitorio anexo a su despacho donde amaneció tras haber vaciado alguna botella de vodka como queriendo olvidar lo que ya dejaba de ser pesadilla para otros

Ante la ofensiva iniciada por los dirigentes seguidores de Gorbachov y que ocupaban otros despachos del mismo edificio, fue mandado por estos su arresto en el despacho, orden que fue ejecutada sin que reaccionase el golpista ni tampoco su escolta. Pasó la noche encerrado y custodiado desde fuera, en el dormitorio anexo a su despacho donde amaneció tras haber vaciado alguna botella de vodka como queriendo olvidar lo que ya dejaba de ser pesadilla para otros. Antes que él, ya se había retirado de la circulación otro de los miembros de ese Comité. El primer ministro, Valentín Pávlov, evidenció olfato y astucia pues a mitad de escena, concretamente el día 20, se convirtió oficialmente en “enfermo”, retirándose de la circulación.

El último de los instigadores elegiría una manera más dramática de alejarse de todo aunque a posteriori. Se trataba del ministro de Interior de la URSS, Boris Pugo, que decidió apartarse de modo drástico de lo que acontecía, suicidándose en su dormitorio junto a su mujer, disparándose un tiro en la boca y dejando una nota en la que lamentaba lo sucedido aunque pretendía justificar su actuación en todo este proceso.

Ya en Moscú, en una larga rueda de prensa, el presidente Gorbachov expresó que la intentona golpista había sido “una lección durísima”, admitió errores afirmando “me equivoqué al nombrarles para sus cargos. Es culpa mía y no es la única”, negándose a hacer una “caza de brujas como en el pasado” y apostó por continuar el proceso de reformas, señalando que “mi deber sigue siendo la búsqueda de los medios para deshacernos de las fuerzas reaccionarias en su seno”.

La debilidad de Gorbachov resultó muy dura y patética el día 23 con ocasión de una reunión del Parlamento de Rusia en la que la fragilidad del presidente de la URSS fue puesta en evidencia por quien había liderado la oposición del golpe de Estado.

Boris Yeltsin firmaría en presencia de los diputados rusos y del propio presidente de la Unión Soviética y presidente del PCUS un Decreto mediante el cual quedaban prohibidas las actividades del partido comunista (algo rechazado previa y públicamente por Gorbachov), la incautación —ordenada por el alcalde moscovita— de todos sus bienes, el cierre del diario Pravda, la destitución de los dirigentes de la agencia Tass y la depuración de todos los responsables, incluidos varios dirigentes de la URSS que pese a no participar activamente en el Comité golpista, su actitud había sido profundamente dubitativa y sospechosa por inactividad en la defensa del sistema Constitucional a pesar de que sus cargos institucionales le obligaba a ello.

Frente a la intención de Gorbachov de continuar el proceso de reformas, su pérdida total de crédito llevaría incluso a que el propio Yeltsin le humillase en esa histórica sesión parlamentaria al hacerle leer un documento en el que aquel reconocía lo que no por evidente dejaba de ser muy duro para él: el hecho de que estuviesen involucrados y participasen casi todos los miembros de su Gobierno.

Tras el torbellino profundamente innovador y casi revolucionario de Yeltsin, que aprovechó al máximo su defensa de Gorbachov durante el tiempo en que este había estado retenido, paradójicamente, el en otro momento reformista Gorbachov, se convertía en antirreformista, haciendo éste una defensa emotiva y patética del Sóviet Supremo, las instituciones soviéticas y el Partido Comunista.

El dirigente soviético alertó frente a furores e “histerias anticomunistas” (según llegó a decir) y que estaba dispuesto a quedarse el último para hundirse en un barco que se despedazaba lleno de grietas. Algunas de esas fisuras en el casco las había provocado él mismo con la perestroika y terminó siendo devorado por su propia reforma la cual murió cuando en su intento de supervivencia dio gran poder a sectores más reaccionarios y conservadores de la ortodoxia comunista.

El vértigo y la aceleración de los acontecimientos y de los efectos sería el contrapeso a la parálisis y esclerosis crónica que pervivió durante decenas de años en un país privado largamente de libertad

Estos, evidentemente, le habían traicionado, pero ahora quienes le habían salvado estaban en una línea muy diferente, profundamente demócrata, liberal y nacionalista, absolutamente incompatible ya con el mantenimiento (incluso reformado) del estatus institucional y de poder soviético existente a lo cual hay que añadir el desmoronamiento del país como nación mediante el desmembramiento que ya se estaba produciendo y que auguraba un final total del imperio.

Todo era ya imparable. El vértigo y la aceleración de los acontecimientos y de los efectos sería el contrapeso a la parálisis y esclerosis crónica que pervivió durante decenas de años en un país privado largamente de libertad. La borrachera de libertad vivida en esos instantes de este valor esencial para los seres humanos y las sociedades civilizadas, produciría consecuencias muy relevantes para el país y el mundo entero.

Empezaba el post comunismo, un camino lleno de interrogantes, trampas, dudas, sorpresas, recelos, temores, ilusiones y pasión. Fueron, sin duda, este final de agosto de 1991 unos días apasionantes para cualquier curioso de la historia y, especialmente, para aquellos comprometidos con la libertad que durante el zarismo y el comunismo, un país no acostumbrado a ella tenía que aprender sobre la marcha, con sus sobredosis etílicas incluidas, que hicieron que con el transcurso del tiempo, fuesen reapareciendo los nostálgicos de esa etapa indigna que reivindicaban no solo a Lenin sino incluso al gran asesino que fue Stalin y su época infame.

También otros que, aunque reconvertidos, llevarían dentro la recuperación de un orgullo patrio que en aquel agosto de 1991 se vivió con intensidad pero que quedaría rezagado y perdido posteriormente en la medida en que lo que había sido la URSS y muy pronto serían 15 estados independientes quería recuperar, con el liderazgo indiscutible de Moscú, la primacía del valor de la seguridad sobre el de libertad.

Es esta una constante en la vida de los pueblos y lo que es ahora el marco de lo que fue el gran imperio soviético de modo especial cuando el control por el poder supone el control de la sociedad, la pasividad de esta y la renuncia a lo conseguido en otros momentos históricos. Aunque cada tiempo tiene su afán…

 

Gorbachov, primavera de la libertad. Ocaso y caída del Imperio Rojo. Jesús López-Medel y Rafael Mañueco. Prólogo de Mijaíl Gorbachov. Ediciones Estvdio, 2017.

Se presenta el miércoles 22 de marzo en el Instituto de Estudio Europeos del CEU (calle Julián Romea, 23. Madrid), a las 19.00, con la participación de Jesús López-Medel y Josep Borrell.

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Rafael Mañueco

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